Karma

Cada vez hacia más frio conforme el inverno estaba más entrado. Ya era enero; en todo el transcurso de diciembre y el año nuevo no habíamos vuelto a ver a Nagisa. Su casa estaba completamente cubierta de nieve y cerrada en su totalidad, incluso temí que la hubiera abandonado.

Faltaban 10 días para el cumpleaños de Mayu y por más que intentaba no podía quitármela de encima. Cada día era una cuenta regresiva para que su cumpleaños se acercara y a fuerza quería que Nagisa estuviera ahí. Y de cierta manera, yo también estaba preocupado por ella. En las últimas celebraciones, las tartas que habíamos hecho habían sido un éxito, lo cual había subido el ego de Mayu hasta los cielos queriendo aprender cada vez más acerca de la repostería con tal de presumir a sus amigos cuando regresara a clases. Otra razón por la cual necesitaba a Nagisa. De cierto modo se había vuelto "fundamental" en nuestro nuevo estilo de vida.

El trabajo que me había llevado a casa me estaba absorbiendo por completo, y algo que noté es que no era más que el año pasado, sin embargo, si se sentía aún más pesado; desde que había dejado de tomar turnos dobles en las noches mi cuerpo perdió práctica y su procesador instantáneo de café cargado. Ese era otra de las tantas cosas que cambiaron ese pequeño lapso de tiempo en el que conocía a Nagisa. Mi cuerpo acostumbró tanto a las cosas dulces que incluso mi inseparable amigo, el café, me sabía demasiado amargo para que lo consumiera todo el día como antes.

Suspiré pesadamente mientras dejaba la laptop de lado y tomaba otro sorbo del vaso con leche que me había servido Mayu. Me recargué en la silla del comedor, cerré la computadora. Después de levantarme, decidí ir de compras con Mayu. Para el cumpleaños de mi hija necesitaría algunas cosas, y sobre todo si quería que su pastel fuera casero.

La temperatura en Enero, especialmente en Japón, bajaba mucho a comparación de los otros meses, las calles estaban cubiertas de escarcha y hielo haciendo el perfecto escenario para una película de Frozen – de las favoritas de Mayu – Hacer las compras era relativamente fácil, si no fuera porque realmente no tenía idea de que podía comprar para hacer un pastel casero, la cuestión era la siguiente: Nagisa tenía una gran variedad de ideas para preparar y Mayu y yo escogíamos, Nagisa se encargaba de decirnos la receta y nosotros la apoyábamos con los pocos conocimientos que teníamos, de manera que, nuestro manual andante era Nagisa y nosotros solo hacíamos lo que ella decía.

Ahora comprendo porque se frustraba a veces con nosotros

Como no teníamos idea de que comprar comenzamos a echar lo primero que veíamos en los estantes al carrito, había desde chocolate hasta nata para batir. Al salir del supermercado con una gran cantidad de bolsas nos dimos cuenta de que volvería a nevar, así que apresuramos paso para llegar sin contratiempos.

En la avenida donde alguna vez nos reencontramos con Nagisa después de mucho tiempo y pedimos comida para llevar, había una pequeña cantidad de gente aglomerada alrededor de una persona. Quisimos evitar la aglomeración, sin embargo, unos ladridos nos detuvieron. Un perro San Bernardo había mordido mi pantalón levemente arrastrándome hacia el centro del círculo de personas, pero no era cualquier perro, era su perro. Me abrí paso empujando y ahí vi a Nagisa siendo auxiliada por un hombre que la sostenía del brazo preguntándole constantemente si estaba bien.

Estaba recargada en un poste de luz jadeando pesadamente mientras se aferraba a su carreta con las jaulas y regalando sonrisas al hombre que le ofrecía ayuda. Cuando la llamé hizo un gesto de confusión seguido de uno de alivio y finalmente con uno de tristeza.

--¿Estás bien? – noté que sus mejillas estaban rojas al igual que su nariz. Su vestimenta era abrigada, pero no demasiado para el frío que hacía.

-- Akabane... Estoy... -- sin previo aviso se desmayó.

Logré atraparla y al estar en contacto con su cuerpo me di cuenta de que estaba ardiendo en fiebre. Puse mis bolsas sobre las jaulas y la coloqué en mi espalda para cargarla. Mayu se encontraba con Jack y al vernos se asustó por la condición de Nagisa. Su casa quedaba demasiado lejos, así que nos dirigimos a la mía.

Por suerte aun no comenzaba a nevar.

Nagisa

Todo daba muchas vueltas, también hacía demasiado calor. Todo a mí alrededor estaba oscuro, muy oscuro.

Akabane su voz fue la última que escuché antes de sumergirme en el sopor que ahora está viviendo.

En medio de la oscuridad comencé a buscarlo, a él, a Mayu o a Jack. Por más que gritaba nadie respondía. El pánico comenzó a devorarme al igual que una desesperación enorme. Apreté los ojos y al abrirlos me encontraba en mi cama.

-- Nagisa – me llamó mi madre -- ¡¡Otra vez durmiendo de más!! – Dijo mientras ponía sus manos en sus caderas -- ¡levántate!

Desorientada y con un mareo insoportable causado por el calor que sentía, pude ponerme de pie y mirarme al espejo que estaba a un costado de mi cama. Por alguna razón me sentía más pequeña, mi pelo corto había comenzado a crecer después de ser cortado. Me quedé un momento mirando mi reflejo sin reconocerme, había algo que no cuadraba, toqué mis mejillas y efectivamente la del reflejo era yo, pero no me sentía así. Me sentía otra persona.

Tome un listón que había colgado sobre el espejo y lo puse en mi cabello. A mi madre le gustaba que fuera femenina en muchos aspectos. Peiné mi corto cabello aún con esa sensación de desconocimiento en mí.

Hacía mucho calor.

Bajé a desayunar y saludé a mi padre quien leía un periódico. Él me devolvió el gesto sonriéndome de igual forma, sin embargo pude notar las ojeras bajo sus ojos. Había discutido con mamá de nuevo. Y era mi culpa.

Me senté en la mesa a esperar el desayuno, sintiendo ese insoportable calor que el verano tría consigo. Recargué mis brazos y cabeza en la mesa cerrando mis ojos por un momento. A pesar de haber despertado, mi cabeza seguía dando demasiadas vueltas y me seguía sintiendo desorientada.

-- ¡Si te duele la cabeza ve a recostarte! – me ordenaron.

Lentamente dejé la luz pasar por mis pupilas. Estaba mareada, muy mareada. Me levanté y ya no me encontraba en mi hogar, estaba en la entrada de la casa del señor Matsukata; el sol pegaba de lleno a mi posición deslumbrándome un poco. El señor Matsukata estaba en el patio con la escoba en la mano mirándome fijamente con un gesto parecido al enfado, aunque yo sabía que no era así. Le sonreí y le dije que debía recoger los libros que había tomado prestado de la biblioteca antes de que los niños llegaran.

Crucé el patio para llegar al otro edificio, cuando un dolor de cabeza acompañado de otro mareo me obligó a recargarme en la pared y cerrar mis ojos de nuevo. El calor del verano era insoportable.

-- ¿Te sientes mal?

Abrí mis ojos y la casa había desaparecido para verme ahora en el bar recargada en la barra sintiendo la mano de Hazama tocar con delicadeza mi frente, aunque su rostro seguía tan neutral como siempre. Al principio me confundí un poco al estar en el bar y no en el otro lugar, pero aun así el mareo y el calor eran más importantes que mi localización.

-- Estoy bien – respondí para luego sentir otra mano tocar mi frente desde atrás.

-- Pareces cansada – dijo Yada haciendo un gesto de preocupación – ¡Deberías irte a recostar, esta noche yo me encargo!

Negué con la cabeza y le sonreí tratando de convencerla de que estaba bien. Sonaron las persianas abriéndose desde atrás avisando que había llegado alguien.

-- Prepárame un levanta muertos... -- Hayami había llegado de su último trabajo. Mi vista todavía era lo suficientemente buena para reconocer que se veía muy cansada aparte de que su ropa era casi nula.

-- ¿Qué tal la noche? – preguntó Hazama mientras preparaba su bebida.

-- Fatal – exclamó en un suspiro – Solo te diré que no fue mi noche, estoy segura de que Irina me matará – dejó caer su cabeza en la madera dándose un golpe en la frente que hasta a mí me dolió.

-- Tranquila, hay noches buenas y noches malas – intentó consolarla Yada.

-- Espero – exclamó dándole un sorbo a la bebida que Hazama le había ofrecido – Lo único que agradezco es que Nagisa solo tenga 13 años. Sería peor si fuera más grande – me sonrió y se acabó su bebida de un trago.

-- Nagisa es nuestro tesoro, debemos conservarla mientras dure la protección de Irina – dijo Yada abrazándome por la espalda de manera cariñosa – Por eso te digo Nagisita que si no te sientes bien te vayas a acostar. De paso puedes llevar a Rinka* contigo, se ve que necesita uh buen baño y una noche de sueño reparador.

-- ¡Eso es cierto! – dijo Hayami de nuevo con la cabeza pegada a la barra.

Me reí nerviosamente al ver a Hayami pedir otro trago. No podía dejarles todo el trabajo a ellas, limpiar el bar y atender mesas era lo menos que podía hacer por todo lo que hacían por mí. Me negué de nuevo para tomar la escoba y seguir limpiando, sin embargo un mareo junto a una nueva oleada de calor volvió a invadirme obligándome a cerrar los ojos de nuevo. Suspiré y abrí mis ojos.

El pasto picaba mis brazos y el sol me daba de lleno en la cara. Me levanté sintiendo el pelaje de Jack a un lado de mí. Estaba tendiendo la ropa en la montaña cuando de repente me quedé dormida. Entré a la casa para sacar el pastel que había dejado en el horno. La insolación por quedarme dormida en medio de la montaña hizo que me diera mucha sed, sin embargo por más que buscaba no encontraba el agua. No le di importancia.

Seguía sintiendo demasiado calor y la montaña era demasiado húmeda dándome una sensación de asfixia. Me senté en la mesa recargando mis codos en ella y la frente en mis manos. Todo daba demasiadas vueltas al alrededor. En medio de mi sopor escuché a alguien llegar a la casa, me levanté alarmada abriendo mis ojos para ver su silueta entrar por la puerta. Había pasado tanto tiempo desde que me trajo a esta montaña que ya no recordaba su rostro, solo en ese caso agradecía enormemente que mi vista se hubiera deteriorado.

Me tomó de los brazos limitando mis movimientos. Hacía demasiado calor y el mareo en mi era demasiado para mantenerme cuerda. Forcejeé intentando liberarme de su agarre, él era muy fuerte. Estaba recargada en la mesa donde estaban los instrumentos de cocina, no supe cómo, pero había un cuchillo muy cerca de mi posición. Tenía miedo, pero no de lastimarlo, de lastimarme a mí misma después; tomé el cuchillo cerrando mis ojos fuertemente con la intención de enterarlo en su pecho.

El calor era insoportable.

-- ¿Nagisa?

Abrí mis ojos de nuevo y mi mano empuñaba una espátula de goma con demasiada fuerza. La voz de Akabane me había sacado de mi ensoñación. Estábamos en su cocina haciendo muffins de chocolate, él se encontraba a mi lado y su frecuencia se notaba preocupada.

-- Estas sudando mucho – dijo Mayu sentada desde el otro lado de la barra.

-- Te dije que te recostaras un rato – me regaño Yada sentada a un lado de Mayu comiéndose las chispas de chocolate.

¿Qué está pasando?

-- Deberías descansar un poco – sugirió Hazama tomando mis manos quitándome la espátula y el bowl con la mezcla – Nosotros nos encargaremos.

La miré confundida, ella no debería estar aquí, ni Yada. No pertenecían aquí, por alguna razón lo sabía. Algo estaba sucediendo y las náuseas solo me hacían dudar más. Me miré en el reflejo del vidrio de la alacena donde guardaban los condimentos. Mi cabello estaba demasiado corto para la edad que tenía y el listón atado en el me hizo alarmarme más.

Esto no está bien

Akabane tomo mi muñeca haciéndome girar y colocó su mano en mi frente.

-- Opino lo mismo, deberías descansar.

Me solté bruscamente de su agarré y caminé hacia atrás alejándome de ellos, analizando la situación. Mi cabello era inusualmente corto, todo a mí alrededor estaba borroso a excepción de Hazama y Yada. Podía ver la frecuencia de todos demasiado alarmadas. Se acercaban lentamente a mí rodeándome. El calor no hacía más que aumentar al igual que mis nervios.

Esto no es real Pensé, Esto no es real me repetí.

--¡¡YA BASTA!! – grité sumergiéndome de nuevo en la oscuridad.

Me levanté de un salto, jadeando sintiendo el sudor bajar por mi cuello al igual que la sensación de despegarse un trapo mojado de mi frente. Seguía desorientada, pero al notar a Jack a mi lado y ladrando de emoción supe que no podía ser un sueño, aunque todo podía pasar. Estaba en una habitación completamente desconocida y no había ningún elemento anormal en la sala. Aun dudando de la realidad pellizque mi brazo sintiendo el ardor, convenciéndome de que no era falso. El calor había bajado considerablemente y eso era de gran ayuda. Toqué mi cabello alarmada, pero toda preocupación se fue cuando lo sentí largo.

Suspiré aliviada. Ahora lo que quedaba era averiguar dónde estaba.

Tambaleante me levanté y de inmediato noté que la ropa que llevaba no era mía. Vestía un pijama enorme que alguien había arremangado para disimular el largo y estaba completamente descalza, de alguna manera u otra me sentía fresca, tal vez era porque mi cabello estaba mojado.

Me paseé por la habitación notando que era un poco pequeña, pero tenía todas las comodidades de una habitación normal. No había olores distintivos en el cuarto, por lo que supuse que no se había usado en algún tiempo o que no le pertenecía a nadie. Exploré un poco más bajo la atenta mirada de Jack. En uno de los cajones había una pequeña esfera la cual miré de cerca para tratar de leer que decía en su etiqueta, había una pelotita de goma en uno de sus costados que apreté sin pensar y recibí un penetrante olor junto a un salpicón de perfume en toda la cara haciéndome toser.

-- ¿Qué no sabías que la curiosidad mató al gato? – dijeron desde la puerta.

Asustada como una niña a la cual la había cachado haciendo una travesura, dejé el perfume en el tocador y me gire en dirección en la voz.

-- ¡Akabane!

-- En tu caso creo más que serías un ratón. Ya sabes, por lo pequeña.

No pude evitar sonrojarme de la rabia ante su comentario, quise protestar de inmediato, él se acercó a mí y tocó mi frente haciéndome sonrojarme más.

-- Ya no tienes fiebre, al parecer el baño si sirvió de algo.

-- ¿B-baño? – Pregunté un poco asustada -- ¡¿Acaso tu...?! – me abracé mi misma viéndolo con recelo y rabia.

-- Fue recomendación del doctor. Y no, no lo hice solo, mayu me ayudó, fue un baño seco de esponja. Sin embargo lavamos tu pelo, sudabas mucho y creímos que te sentirías más cómoda.

Suspiré sintiéndome aliviada de que ambos Akabanes no se atrevieran a meterme a una bañera y darme un baño como si fuera un bebé. Sin previo aviso sentí como tomaba mi cabello y lo olía. De inmediato se lo arrebate y me separé de él.

-- Ahora hueles a lavanda, Usamos el Ricitos de oro* especial que teníamos para ti. Agradécenos después con un rico pastel.

Aunque no tuviera fiebre sentía un calor insoportable en mis mejillas. Ese idiota se estaba burlando de mi – la verdad era de que mi cabello si olía a lavanda – de la manera más descarada posible.

-- ¡¡¿Cómo te atreves a tratarme como a un...?!! – le grité, con mi dedo señalándolo, pero de inmediato tapo mis labios con sus dedos haciendo un "Shhh"

-- Mayu está dormida – Me susurró – Decidiste levantare a las 4 de la mañana, bella durmiente.

Enojada, aparte su mano de mis labios y me senté en la cama dándole la espalda. Como lo odiaba. Él se rio y me pidió que esperara mientras calentaba algo de comer para mí. Solo bufé en respuesta, aún estaba muy enojada por lo idiota que resultó ser Karma Akabane. Jack estaba meneando la cola con felicidad al ver mi recuperación, aunque de cierta manera sentí como si se burlara de mi al igual que ese demonio rojo.

Esperé unos minutos más hasta que él llegó con una bandeja que contenía sopa y algunas medicinas. En ese momento caí en cuenta de que se habían tomado la molestia de traerme hasta aquí, buscar un médico y acogerme mientras me recuperaba.

Están haciendo demasiado. Eso no es correcto

-- Te pagaré todo esto – dije terminando la comida y dejando la charola en la gaveta que estaba de lado de la cama.

Si esa persona se entera de ellos, les irá mal

Sentí su mirada en mi persona y luego sentí como la cama se hundía un poco, y él se subía en ella, gateando como un gato en busca de su juguete. Me tensé un poco sintiéndome completamente nerviosa y sin saber a dónde huir. Como una cacería, Akabane gateaba hacia mí y yo me hacía para atrás como podía, cuando mi cuerpo chocó con la cabecera me digné a mirarlo. Sus ojos dorados me miraban de manera profunda y siniestra de alguna manera. Me acorralo con sus brazos quedando encima de mí.

Así que al final, tú también deseabas eso pensé con algo parecido a la decepción.

Cerré mis ojos resignada sintiendo su aliento en mi oído.

-- Voy a querer tres cosas – dijo con voz gruesa haciéndome cerrar los ojos con más fuerza – La primera...

Se separó de mí sorprendiéndome, abrí mis ojos para recibir un pequeño coscorrón de su parte. Me quejé llevando mis manos a mi cabeza mientras él se reía.

-- Es que te cuides más, Mayu no paraba de llorar cuando te vio inconsciente, y si haces llorar a mi hija te las verás conmigo – se quitó de encima y me sonrió divertido.

Lo miraba sorprendida mientras seguía sobando mi coscorrón. De inmediato me sentí mal al haber mal entendido sus intenciones – aunque también fue su culpa por hacer cosas extrañas –y me reprendí mentalmente.

-- La segunda, es que me ayudes con algo después – dijo saltando de la cama quedando parado frente a mí – La tercera es que no sientas la necesidad de pagarme. Haces demasiado por nosotros y no recibes sueldo por ello – Puso su rostro a la altura del mío y puso su dedo índice en mi nariz – Un simple "Gracias" es suficiente, ratón – con su dedo aplastó mi nariz haciéndome enojar – Creo que mejor me voy, cuando los ratones se enojan llegan a morder. Te espero abajo para que me ayudes con eso.

Se rio mientras se dirigía a la salida, bajé mi mirada avergonzada y alcancé a sujetarlo del brazo. Susurré un "Gracias" sin saber si había escuchado. Soltó su brazo de mi agarre y murmuró un "de nada" saliendo del cuarto.

Me quedé unos instantes en la habitación manteniendo el silencio que se había formado tras su partida. Sonreí para mis adentros al notar que verdaderamente era buena persona e inevitablemente pensé que Manami había conseguido un buen esposo. Estaba feliz de haber conocido a esa familia. Aunque... algo en mi lo sabía, esa familia era demasiado luminosa y pura, muy diferente a mí, me asustaba el hecho de entrometerme tanto, no solo por el hecho de que ninguno de mis trabajos anteriores había sido como ese, sino porque temía sumergirlos en mi oscuridad.

Yo traigo mala suerte, soy un maldito demonio siempre lo supe, cualquiera que se relacionaba conmigo terminaba mal, muy mal.

Con ese sentimiento de desasosiego en la mente acaricié a Jack y le pedí que me llevara a las escaleras. Para bajar pegué mis manos a la pared siendo cuidadosa con cada escalón para evitar caerme. Al llegar a la planta de abajo lo vi sentado frente a la mesa ratonera mirando algo con atención. Me senté a su lado y vi que eran cartas, aunque por lo pequeñas que eran no podía distinguir con exactitud que juego era.

-- Compré este memorama hace poco – dijo sacando las tarjetas de la caja – Y no tenía nadie con quien jugar. Así que ¡vamos a jugar!

No pude evitar casi caerme de lo absurdo que había sonado aquello, aunque estábamos hablando de Akabane, estoy segura que esto no es nada extraordinario para él. Suspiré y disimulé una sonrisa casi molesta; miré de nuevo el juego y tragué duro al notar que sería difícil para mí, gracias a Dios, tenía muchos colores y sería fácil identificar los pares por ello – o por lo menos eso esperaba –

Tal como predije el juego no fue tan difícil e incluso había ganado la mayoría de partidas. Akabane resoplaba molesto, pero su frecuencia denotaba algo más que no supe identificar. En medio de la 5ta partida se cansó del juego y me llevó frente a una pintura pidiéndome que la juzgara, pues la había adquirido hace poco. No tardé mucho en darme cuenta de sus intenciones.

Lo sabe Aun así seguí con mi rol intentando averiguar si en verdad lo sabía o solo lo sospechaba.

-- Son lindas flores – dije con seguridad. Aunque sabía que no era verdad.

Se hizo un leve silencio lo cual confirmo mis sospechas.

-- Es verdad tú... Eres ciega

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Besitos en la colita, chao