Omnisciente
Érase una vez una niña, una niña muy linda, su cabello era azul como el mar y sus ojos azules como el cielo. La niña no era la más inteligente de todas, pero, lo que la destacaba de los otros niños de su pueblo era lo observadora que era. Nunca supo si atribuir eso al carácter amable de su padre o a la rigidez de su madre, sin embargo, desde pequeña, era capaz de saber cómo los demás se sentían. Y eso, en ocasiones la hacía sentir un poco solitaria.
Ella tenía una amiga, otra niña del mismo lugar de nacimiento. Crecieron y se educaron juntas, hubo quienes las llegaron a considerar hermanas, tal vez la de cabello negro pensaba igual. Pero para la de ojos azules no era así. Desde siempre supo que eran diferentes, muy diferentes. Por alguna razón podía escuchar voces que no estaba ahí, ver sombras inexistentes y sobre todos escuchar lamentos inaudibles. Tal vez esa era la razón por la que podía encontrar animales agonizantes a la mitad del camino, aun cuando nadie más había alrededor, ella podía escuchar sus gritos de ayuda, con la peculiaridad de que en todos los casos no había manera de ayudarlos, de esa forma, la niña aprendió a esperar a la muerte pacientemente y consolar a aquellos sin esperanza. Sí, escucharlos llorar en silencio era cruel, más cuando se tenían los brazos atados por la situación, dolía no hacer nada.
Con el tiempo aquellos lamentos y nociones se hicieron cotidianos hasta que aprendió a vivir con ello. Sin embargo, eso no significaba que dejara de sentir pena por ellos, al fin y al cabo era humana. Todo cambió drásticamente cuando vio a aquel hombre en el festival de verano; se veía jovial y lleno de vida, pero su cabeza parecía estar cubierta de un velo negro muy espeso, que al parecer nadie podía notar, cuando dijo esas palabras prediciendo su muerte no era su intención que pasara, en si era lo que menos deseaba. Pero eso significaba ser diferente, ser como ella.
Al día siguiente cuando supo la noticia, mientras se lamentaba por haber sido mal augurio; debajo de un árbol cercano a su hogar lo conoció. Era un hombre con piel blanca como la leche, ojos y cabello oscuro como el carbón, su vestimenta era una gabardina del mismo negro intenso. Al verlo se dio cuenta inmediatamente, él era diferente, él era igual a ella.
Se sorprendió al saber que ese hombre se hacía llamar a sí mismo "Shinigami", pero a esas alturas de su vida ya no dudaba de su existencia. Y al parecer fue en ese instante cuando la niña dejó de sentirse tan sola, aunque fuera la materialización de una idea tan antigua como la muerte, en su interior sabía que ese hombre no podía ser tan diferente a ella. Sentía su humanidad, o lo que quedaba de ella.
La niña y la muerte se reunían casi todos los días a conversar y muchas veces él la acompañó a calmar aquellos lamentos que nunca llegaban a los oídos de las personas ordinarias. El hombre muchas veces le propuso acabar con su sufrimiento por su propia mano, sin embrago, la niña era tan noble que no podía, aun sabiendo todo el dolor que sufrían, creía que era amable; pronto el Shinigami le hizo saber que probablemente la muerte inmediata era lo más gentil que podías hacer por otros en algunos casos.
"—Tu cuentas con la habilidad. Impresionantemente tu instinto asesino es mayor al de cualquier adulto o persona que yo conociera"
La niña no pudo evitar asustarse ante las palabras del sombrío hombre, sin embrago, tenía que admitirlo. Muchas veces ella misma lo había pensado seriamente, pero trataba de reprimir aquel instinto salvaje en su interior. Al final no quería ser un monstruo como como la gente solía decir al ver su comportamiento extraño. Quería ser normal, no una asesina.
Aquel hombre le contó varios secretos en pos de su habilidad, la niña se emocionó mucho al saber que había más como ella, pero debía quedarse en su pueblo hasta que su madre se lo permitiera, hasta que sus cadenas quedaran libres. De ese modo el Shinigami era su único contacto con el mundo exterior.
Al igual que le propuso acabar con las vidas con sus propias manos, el Shinigami le propuso huir de aquel pueblillo en el que solo la controlaban, pero a pesar de todo, la respuesta fue la misma; la de ojos azules amaba demasiado a su madre como para causarle ese dolor de abandonarla. El deseo de esa niña era hacer felices a los demás, aún si eso significaba sacrificarse a sí misma.
La muerte sintió un sinfín de emociones al ver la pureza de la niña, entre ellas la tristeza y la admiración; que pena que aquel pajarillo con alas hermosas y plumaje brillante se hubiera encerrado en una jaula por voluntad propia, para poder cantar para otros, mientras su voz deleitara los oídos ajenos no importaba si sus plumas caían poco a poco. De ese modo, el Shinigami decidió quedarse a su lado hasta que decidiera volar, aun con todo el poder que él tenía, no podía obligarla a nada ni hacer nada por ella. Eso sería intervenir drásticamente en el mundo de los humanos, y eso no se lo podía permitir. Se convirtió en su profesor y confidente, ganándose el apodo de Koro-sensei.
Con el paso de los años se volvieron más cercanos y la pequeña parecía aprender rápido cuando se trataba de cosas sobrenaturales; pronto descubrió que su profesor era un pícaro fan de las mujeres prominentes y las revistas para adultos, así como que era un presumido y ególatra al hablar de sí mismo. Un profesor muy gracioso si se pensaba bien, aunque eso no quitaba que era extremadamente divertido verlo fracasar en algunos de sus planes.
Probablemente lo que más resaltaba de aquel sujeto era la manera en que miraba a cierta mujer con una nostalgia increíble; como se había dicho, aquella niña era muy observadora y no tardó en darse cuenta de que su querido profesor estaba perdidamente enamorado de la hermana mayor de su mejor amiga. Al principio lo negó cuando fue descubierto, sin embargo, pronto se dio cuenta que probablemente la pequeña sería el único ser humano con el que podría hablar en siglos. Así que sonrió y le contó una historia; la historia de dos amantes que vivieron hacía más de 500 años.
Esos amantes tenían un lazo demasiado fuerte y juraron que ni la muerte los separaría, era gracioso el destino a veces, ¿no? La mujer enfermó gravemente y él en la desesperación cometió un delito infernal. Por aquel tiempo, el oscurantismo y las artes ocultas eran tan comunes como las ratas que corrían por la ciudad, y las leyendas que prometían una vida eterna se escuchaban en todas la calles. Tal vez, la más bizarra de todas era aquella que aseguraba que bebiendo la sangre de otra persona la vida estaba asegurada. Incluso una condesa al otro lado del mundo obsesionada con su belleza había llevado a la práctica dicho rumor. ¿Por qué él no?
Fue así como condenó su propia alma, y sin querer la de su amada. Cuando se dio cuenta de su pecado era tarde, no había marcha atrás; así que rogó, rogó porque el alma de su persona más querida fuera perdonada por el pecado que el mismo le había hecho cometer, ella nunca pidió beber sangre de otro ser humano. Fueron noches en vela cuidando de su mujer y rogando por un perdón al cielo. Cuando ella por fin murió, él se quitó la vida en el acto. Una vez en el juicio, rogó por última vez, dispuesto a dar lo que fuera para que, aunque fuera solo ella, fuera eximida del castigo. La muerte, encargado de su juicio decidió hacer un trato con él; él sería la nueva muerte y solo cuando encontrara un alma dispuesta a sustituirlo sería liberado. Por lo mientras, su amada sería perdonada y su alma podría renacer de nuevo en el mundo terrenal, obviamente sin recordar nada de su vida anterior. Y fue así como el Shinigami había pasado 500 años mirando a la misma mujer nacer y morir, y a pesar del tiempo, la seguía amando como el primer día.
Y así por primera vez en 500 años recibió un abrazo tierno y lleno de calor. La niña no temía, sabía que de cierta manera él no podría hacerle daño a diferencia de otros seres vivientes. Fue así como se preguntó finalmente "¿Por qué habiendo tantos como yo, solo yo puedo verte?" La respuesta era simple, azar. Tal vez era el destino el que quería que esa niña lo viera. Hubo muchos antes de ella que pudieron convivir con él, sin embargo, le temían o lo veneraban, ninguno lo trataba como un ser humano, en 500 años ella fue la única que notó un poco de humanidad en su corazón y se dio a la tarea de explorarlo y quererlo.
"—Yo puedo relevarte -- dijo sin más – Al final, yo solo vivo para servir, no tengo algún otro deseo. Puedo hacerlo si eso te hace feliz –"
El Shinigami se sorprendió demasiado y lo pensó detenidamente. Cuando aceptó el trato con la infante, le dijo que era muy probable que en el futuro su decisión cambiaría, y si así era, él lo aceptaría, así que no había porque apresurar las cosas. El tiempo y los corazones humanos eran una cosa realmente extraña.
Pero así como los días soleados iluminaban sus experiencias, también llegaron terribles tormentas. Lo recordaba, aquella ocasión en la que su madre intentó pegarle. Tal vez fue su instinto de supervivencia, tal vez fue el enojo que había contenido, al igual que un sin fin de emociones; pero por primera vez aquel instinto oculto en su interior dio sus primeras señales de existencia. Miró a su madre de manera fría y sombría, no fue intencional; se arrepintió mucho cuando vio el terror en la cara de su madre. Su profesor se lo había dicho, ella era una asesina nata. En verdad era un monstruo y ella estaba aterrada de ello.
Aun cuando la niña fue encerrada en su hogar y perdió su larga cabellera color azul siguió sin decir nada ni quejarse, y tal como era de esperarse, el Shinigami le ofreció huir de nuevo, pero eso nunca pasó. A pesar de ser el encargado de llevarse las almas no había prestado demasiada atención a los padres de la niña; ambos poseían un velo negro que con el pasar de los días aumentaba su largo hasta casi cubrirlos por completo. La niña no podía abandonarlos, no en ese momento.
Cuando murieron la niña no pudo llorar, no supo porque, pero lo aceptó. La muerte era tan normal como la vida. Aun así agradeció que su profesor la hubiera salvado. Si él no hubiera matado de un infarto a aquel hombre; Kayano pudo haber terminado en un lugar de mala muerte, si era ella no importaba, pero no podía dejar que su amiga sufriera, no más.
Así pasó el tiempo, ellas viviendo solas con la muerte vigilándoles de cerca. Cuando la de pelo negro se fue, la de cabello azul no lloró, "las despedidas eran normales", se convenció y cuando no tuvo nada que la retuviera en ese pueblo aceptó la propuesta de la muerte y se fue.
La pequeña después de que su amiga se fuera solo tenía una posesión que consideraba preciada. Dentro de una cajita de color violeta atada con un moño color rojo se encontraba un precioso collar de plata con forma de ave. El último regalo que su madre le había dado antes de morir, el único recuerdo de lo que alguna vez fue una familia feliz. Koro-sensei al momento de partir decidió que sería buena idea hechizar aquella cadenita.
"—Esto te protegerá y no solo eso, serás capaz de compartir tu poder con quien la use"
Sin objetar o preguntar nada, la niña se la colocó y tomo la mano de la muerte para juntos ir a aquella biblioteca que Koro-sensei tantas veces le había platicado. El encargado era un hombre de edad un poco avanzada, aunque con mucha energía. Un poco cascarrabias, pero de buen corazón que no dudo en aceptarla como parte de su familia.
Así la niña conoció alguien más además del Shinigami parecido a ella. Y lo apreciaba, aun así, ella nunca dejó de lado a su primer amigo y profesor: La muerte.
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Besitos en la cola, chao
