Karma

Una vez entrado Febrero las cosas se habían vuelto mucho más cómodas para todos. Nagisa venía seguido a la casa y a veces no era por enseñarnos repostería, en varias ocasiones Mayu la había invitado a pasar la tarde juntos viendo películas o jugando. Tuvimos que explicarle a Mayu la condición visual de Nagisa e increíblemente ella ya lo sabía.

"-- Lo noté desde el día que te conocí. ¡¡¡La gran detective Mayu nunca deja ir ningún detalle!!!"

Desde que había conocido a Nagisa yo mismo había notado como se había vuelto cada vez más observadora e intuitiva. Nagisa, por su parte, dijo que era tal vez por estar en contacto con lo sobrenatural por medio de ella, al formar un vínculo Mayu había comenzado a compartir cosas con Nagisa que yo no terminaba de entender del todo, pero ellas se veían felices en la compañía de la otra.

En los últimos dos meses tenía que admitir que mi pasatiempo favorito era molestar a Nagisa. Desde hacer comentarios en doble sentido para avergonzarla hasta jugarle bromas con ayuda de Mayu, definitivamente era el blanco perfecto para ese tipo de cosas. Incluso, con el tiempo Nagisa se quedaba a dormir en nuestra casa muy de vez en cuando y tanto mi hija como yo aprendimos más acerca de las aves que ella tenía, sus cuidados y características. Den estaba más que feliz con la presencia constante de la mujer en nuestra casa.

Conforme más contacto teníamos parecía que aprendimos a coordinarnos. Fue así como Mayu, Nagisa y yo lográbamos comunicarnos casi mentalmente, mientras uno batía, otra agregaba los ingredientes y otra los sacaba de la gaveta sin decir ni una palabra, era casi automático, como engranajes.

Aunque a veces había ocasiones en las que salí de improviso y otras tantas en las que desaparecía dos días seguidos. Sus desapariciones no hacían más que preocuparnos; más porque a veces podría jurar que se veía más decaída cuando la volvíamos a ver y aunque muchas veces quise preguntar, seguí nuestra promesa. Ella sabía que estaba preocupado y me miraba sonriéndome, asegurándome de que todo estaba bien, pero de alguna manera yo sabía que no. Aun así me esforcé por mentirme a mí mismo y aceptar sus mentiras.

Me preguntaba si alguna vez dejaríamos de mentirnos, si algún día podría descubrir aquello que tanto lastima a Nagisa. También me cuestionaba constantemente sobre lo que Maehara había dicho:

"—Y al parecer ella ya tiene titiritero"

Tenía una teoría respecto a eso, sin embargo, tenía miedo a investigar y descubrir algo que no quería descubrir, estaba inseguro de qué camino tomar respecto a eso. Y aunque le insistí a Sakura que investigara más, simplemente no había nada. La única con respuestas era Nagisa y sabiendo un podo de su pasado, no quería presionarla a dármelas, además de que yo no tenía ningún derecho.

Ese día en especial había despertado con una sensación diferente en el pecho, pero no sabía que. Mientras me lavaba los dientes repasé con la mente la lista de compras que había realizado el día anterior en busca de algo que se me hubiera olvidado. Cuando me di cuenta de que nada faltaba comencé a hacer una lista de pendientes del trabajo. Al final, tampoco había algo mal en ese asunto.

Ayudé a Mayu a preparar el desayuno, aún pensativo acerca de aquello que se me había olvidado. Fue de camino a la escuela que caí en cuenta al ver los adornos en los aparadores de las pequeñas tiendas. Había envoltorios con decoraciones de corazones y cajas de chocolate en descuento. Era San Valentín y yo lo había olvidado.

De camino al trabajo me quedé pensando un poco acerca de la compra que había realizado después de dejar a Mayu en el colegio. Todos los años compraba una pequeña caja y la dejaba en el altar de Manami para conmemorar el día, sin embargo no podía evitar preguntarme por qué en esta ocasión en mi bolsa de compra habían 2 cajas.

Por más que le di vueltas al asunto no llegué a una conclusión en concreto, así que lo dejé pasar y me fui con calma a mi trabajo.

Nagisa

-- ¿Chocolate? – pregunté recibiendo el regalo que Kaede me había dado.

-- Cuando es San Valentín se los das a personas importantes para ti – dijo sonriendo – Es una muestra de amor y cariño. Cuando éramos niñas solíamos darnos regalos en la escuela, ¿Lo recuerdas?

Kaede me había invitado a desayunar con ella y platicar un poco. Desde que nos reencontramos me buscaba seguido y me invitaba a salir. Aunque muchas veces me negaba, terminaba arrastrándome a sus planes.

-- Sí, pero no creí que me darías algo.

-- Por fin te encontré, así que me niego a pasar desapercibido este día.

Personas especiales, ¿eh? pensé mirando la pequeña cajita. Desde hace años que no recibía algo como esto, con el tiempo este tipo de fechas habían sido pasados de largo por mi persona. Para mí era un día normal como cualquier otro y de cierta forma, me sorprendía que volviera a aparecer en mi calendario.

En ese instante dos personas en especial vinieron a mi mente. Lo medité un poco antes de pedirle a Kaede un consejo y de paso su ayuda para lo que quería hacer.

...

Desde que conocí a los Akabane, la cocina se ha vuelto un campo de batalla para mí. Más porque era increíble la extraña habilidad que tenía para atraer a horribles cocineros a mi lado. Kaede batía torpemente demostrando que nunca lo había hecho y su delicadeza para con el chocolate era la misma que la de un ganso en patines, completamente horripilante. Para sorpresa de las dos, decorar era su punto fuerte, así que mientras yo arreglaba los desastres que ella había hecho, ella decoraba con dedicación los chocolates y adornaba las cajas. Una de ellas tenía estampado de conejitos mientras que la otra de fresas.

Cuando quedamos satisfechas con nuestro trabajo fue momento de partir a entregar aquello que tanto sudor y lágrimas nos había costado. Kaede me deseó suerte con una gran sonrisa en su rostro. Por mi parte solo pude sonreír agradecida de que me hubiera dejado cocinar en su casa y que me hubiera ayudado. Aunque tuvimos varios problemas, fue divertido. Adoraba haber recuperado a mi hermana.

Ese sentimiento de felicidad me llenó el pecho. Últimamente todo había estado saliendo relativamente bien; con lo que Akabane me daba por las clases de cocina podía guardar un poco de dinero para mí misma y pasar la tarde con esa familia me divertía mucho. Y él no se había aparecido en semanas. Se sentía casi irreal de que todo estuviera saliendo tan bien.

Si... Irreal, demasiado bueno para ser cierto.

Palpé las cajas que tenía dentro de mi bolso y sonreí. De repente una mujer chocó conmigo.

-- Lo siento – esa voz... la conocía – No vi por donde iba... ¡Tú!

Mi cuerpo comenzó a temblar y apreté la corra de Jack para apresurar el paso, pero la mujer con la que había chocado me detuvo del brazo.

-- ¿Nagisa?

En ese momento, en esa situación, ya no había donde huir o correr así que no tuve más opción que afrontarlo de frente. Me giré sobre mi eje y le sonreí tal y como ella me había enseñado.

-- Hola, Irina-sensei.

...

Miraba la taza de chocolate que tenía frente mío con detenimiento, aunque fuera borroso, distinguí el color blanco de la taza y su contenido. Me negaba mirar hacia el frente y ver a los ojos a esa mujer de cabello dorado que tantas veces me había consolado cuando todo parecía oscuro y sin esperanza, a aquella que incluso llegué a considerar tan importante como a mi madre o Aguri. Y que también me había vendido.

-- ¿Cómo estás? – me preguntó queriendo romper el hielo.

-- Viva... -- respondí aun pensando si esa podía ser una respuesta sincera a su pregunta

-- Ese perro... ¿Es muy jóven, no? – preguntó refiriéndose a Jack.

-- No tanto, pero es muy fuerte.

-- Como tú – dijo de repente.

-- Los dos hemos pasado por momentos difíciles, probablemente sea la única criatura en el mundo que no me ha abandonado.

Irina cayó por un momento y leí en su frecuencia como se ponía nostálgica, y también logré identificar un rastro de tristeza. Aun así no confié, ya que la vez que lo hice terminé en la situación que estoy ahora; Irina era la mejor mentirosa del mundo, amable, manipuladora, cariñosa, cruel, infantil; una gama completa de facetas que constituían a una sola persona. Aunque la conocí durante años, en verdad no podía asegurar cual Irina estaba frente a mí.

-- Yo no quise abandonarte – dijo dolida.

Su voz en verdad sonaba afligida, pero me había prometido a mí misma no confiar. No podía tropezar dos veces con la misma piedra.

--Pero lo hiciste.

-- En ese momento no había nada que hacer. Pensé que si te ibas con él tus probabilidades de escapar y sobrevivir eran mayores que quedándote en ese lugar; más por lo que pasó ese día...

-- Pues te salió bien Irina, estoy viva, sobreviví, alégrate. Estoy viva... por ahora.

-- ¿Acaso tú...?

-- Sigo siendo su propiedad, pagó por mí, ¿recuerdas? No hay nada que pueda hacer al respecto, ni siquiera puedo huir... -- me abracé a mí misma encogiéndome en mi lugar.

De nuevo, como aquel día en el que Akabane supo de mi ceguera, mi cuerpo empezó a temblar, pero logré disimularlo. No quería que ella me viera vulnerable, no más.

-- ¡¡Conozco a alguien!! – Dijo de repente – Sé que él puede sacarte de esto.

-- ¿Me pides que de nuevo confié en ti? No, no Irina, ya no puedo hacer eso. Si hubiera sabido la clase de persona que eras hubiera preferido morir en su lugar.

-- ¡Lo hice para protegerte! – Alzó la voz levantándose de su asiento -- ¡No podía permitir que terminaras de la misma manera!

-- ¡¿Protegerme?! – Sin querer, también había alzado la voz y de igual manera me levanté de mi asiento recargando las manos en la mesa -- ¿Acaso crees que estar con ese sujeto me protegería? ¡¿Qué demonios tienes en la cabeza?! El sujeto se llevó todo lo que amábamos y tú lo protegiste... ¡DEJASTE QUE SE LA LLEVARA! – grité llamando la atención de la gente a nuestro alrededor.

Mi respiración volvió a agitarse, mi pecho apretaba demasiado y mi cuerpo temblaba sin parar. Volví a abrazarme, buscando refugio en mis propios brazos. No poder llorar era lo peor del mundo.

-- A todas... No quedó ni una. Cuando fui la última tu única solución fue venderme. Hubiera estado mejor muerta, por lo menos no habría estado tan sola...

-- Nagisa...

-- No puedo ir a ningún lado Irina, no existe ningún lugar en el globo lejos de su alcance. Tampoco puedo pelear, no puedo hacer nada, soy una inútil atada de manos. Le pertenezco.

...

Karma

Caminaba por las calles pensando en lo que compraría para la comida de ese día, si bien la alacena ya estaba llena de especias y otros ingredientes, mi madre siempre me sugirió que la proteína debía conseguirse el mismo día que se ingería. Así que me debatía seriamente si debía comprar pollo o camarón para la cena. Mayu se había quedado en la casa para esperar a Nagisa, quien había dicho que ese día nos acompañaría.

El frio había cedido casi por completo y la primavera se sentía cada vez más cerca. Aunque había intentado evitar el tema, me seguía preguntando la razón por la cual había comprado dos cajas de chocolates ese día. La primera, se la dejé a Manami en el altar que teníamos en casa, y la otra había quedado encerrada en el refrigerador a espera de alguna respuesta. Por mi mente pasó la graciosa idea de que tal vez de manera inconsciente me la había comprado a mí mismo por ese asunto del amor propio y eso, pero debía aceptar que eso era en gran parte tonto; así que deseché la idea.

En medio de mi caminata reflexiva pasé por el parque, y de alguna manera sentí que debía entrar ahí. Eché un vistazo rápido y de primera instancia no vi nada que llamara mi atención, así que pase el lugar de largo y fui a comprar lo que necesitaba. De regreso, ya con las compras hechas y cargadas en una bolsa, volví al mismo sitio y por la hora había más gente, esta vez entre de lleno al lugar para prestar más atención a los alrededores.

Yo no era mucho de las personas que se dejaban guiar por sus instintos, sin embargo, por alguna razón una pequeña voz en mi cabeza me decía que ahí había algo importante. Y no tardé en encontrarlo.

La vez que me encontré con Rio en la torre de telecomunicaciones, había notado la extraña habilidad de Nagisa para ocultar su presencia entre las personas y si no hubiera sido por el bendito instinto para los problemas – cualidad de mi padre – no la hubiera encontrado sentada solitaria en aquella banca mirando a la nada. Su nariz estaba completamente roja y el pulgoso – apodo que le puse al perro aunque Nagisa varias veces me dijera que no era cierto, aunque yo estaba seguro de que si – estaba dormido a sus pies. Parecía tener rato ahí sentada con la mirada perdida, parecía que no estaba en este mundo.

Me coloqué frente a ella y esperé algún tipo de reacción, pero al perecer no había notado siquiera mi presencia. Me saqué mi abrigo y lo coloque sobre su regazo llamando su atención.

-- Te vas a congelar si te quedas ahí – la regañé.

Ella pareció recia a mi comentario, pero su reacción fue distinta a la que había idealizado. Desvió su mirada opaca y no dijo ni una palabra. Tal vez yo no podía leer las emociones como ella, pero, no había que ser un genio para notar que su estado de ánimo era desastroso. Suspiré y procedí a sentarme a su lado. Ella parecía no quererme cerca, pero yo era terco con ganas, así que una vez a su lado tomé el abrigo y nos tape a ambos del frío.

Ella se me quedó mirando con un gesto indescifrable debido a mi acción a lo que solo pude responder:

-- Yo también tengo frio, no seas envidiosa.

Y cerré mis ojos relajándome y sintiéndome calientito poco a poco bajo mi abrigo. Sentía su mirada sobre mí, pero decidí no hacerle caso por el momento hasta que sentí como recargaba su cabeza en mi hombro. La miré de reojo y seguía con la mirada perdida en la nada con un gesto triste. Recargué mi cabeza en su cabeza y nos quedamos así por un momento mirando hacía los columpios sin decir ni una palabra y sintiendo la compañía del otro. Era relajante en realidad, tanto que podría haberme quedado dormido ahí, pero había una Mayu hambrienta esperándonos además de...

-- Vamos – dije levantándome y rompiendo aquella cálida atmosfera.

Le ofrecí mi mano y aunque ella se mostró un poco dudosa la tomó. Cuando me devolvió mi abrigo, lo rechacé y lo coloqué en su espalda.

-- No puedo dejar que te enfermes de nuevo. Eres tan frágil como un ratoncito, así que el generoso Karma Akabane te cuidara. No, no tienes que arrodillarte y agradecerme, es mi hobbie ayudar—dije fingiendo la voz.

Nagisa de nuevo me miro con un gesto indescifrable, sus ojos seguían reflejando un poco de melancolía sin embargo, sonrió ante mi comentario y me pegó con su hombro. Fingí dolor y sobe la zona afectada mientras ella tomaba la delantera junto a su pulgoso. Me sentí un poco mejor al verla sonreír de nuevo, no quise pensar en la razón por la cual estaba tan mal hace unos momentos, así que la seguí sintiéndome un poco feliz de haber aliviado aunque sea un poco su pena.

...

No me gusta presumir, pero la cena estuvo deliciosa. Y antes de poder repartir el postre, Mayu había sacado de su mochila una pequeña cajita de chocolates y se la entregó a Nagisa.

-- Los compré saliendo de la escuela. Supuse que te gustarían – dijo sonriente.

Nagisa se vio impactada por el obsequio, más yo porque después de todas esas horas pensando en lo que había pasado esa mañana por fin había resuelto el misterio. Saqué del refrigerador la cajita que yo también había comprado y se la di. Por alguna razón me sentía un poquito avergonzado por haberlo comprado sin darme cuenta y aprovecharme de que Mayu había tenido la iniciativa antes que yo. Aunque no tenía un espejo, podía jurar que un ligero tono carmín había coloreado mis mejillas.

Nagisa aceptó el gesto y su sonrisa estaba llena de muchas emociones, entre ellas tal vez un poco de nostalgia, pero sin duda la que más destacaba era la alegría. Mayu y yo nos contagiamos de su sonrisa y nos sorprendimos igualmente cuando de su bolso sacó dos cajas y nos dio uno a cada uno.

-- El día de blanco es en Marzo, Nagi – dijo mayu abriendo la caja con chocolates.

-- Es que ustedes me robaron la idea – dijo un poco sonrojada.

-- ¡Genial, hoy recibí tres chocolates!

-- ¡¿Tres?! – pregunté un poco molesto.

-- Asami y Yoichi me los dieron hoy – explico alegremente.

Podía admitir que Asami lo haya hecho puesto que era su amiga de la infancia, pero que un niño lo haya hecho me ponía celoso, muy celoso. Nagisa se rio al notar mis reacciones y Mayu la imitó. No tarde mucho en también echarme a reír. Al final seguir mis instintos no había sido tan malo del todo.

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Besos en la cola, chao