Karma
A finales de Febrero el frío había cedido completamente, dando inicio a una temperatura más templada y agradable, sin embargo, más que buenas noticias para nosotros, significaba que los eventos gubernamentales, festividades, eventos de caridad y demás problemas caían sobre mi escritorio como hace unas semanas caía la nieve sobre la ciudad.
Me duele la cabeza pensé por enésima vez tomando un sorbo del café frío que Sakura me había dejado. Afuera de la oficina no estaba mejor, mis empleados corrían de un lado a otro con papeles sacados de la fotocopiadora o borradores de proyectos que yo tenía que revisar, llevábamos así cerca de 2 semanas y por lo mismo había vuelto a hacer turnos dobles en el trabajo, gracias al cielo ahora ya no temía dejar a Mayu sola, en ocasiones Nagisa se quedaba con ella por las noches y a Mayu le encantaba, decía que era genial tener pijamadas todas las noches, hubo ocasiones en las que se sumó Kayano a la causa y sabiendo a Mayu acompañada me sentía más tranquilo.
Antes siempre que salía de casa por la noche me aseguraba de que todo estuviera completamente cerrado – básicamente encerraba a Mayu en la casa – pero nunca me pude acostumbrar a el sentimiento de inseguridad que me dejaba eso.
Saqué el aire contenido en un resoplido y continúe leyendo papeles sin parar hasta que un tarareo me llamó la atención
-- Salta, salta, salta conejito blanco. Salta, salta, salta que el reloj sigue corriendo. Salta, salta, salta que hay mucho trabajo. Salta, salta, salta que si no trabajas no comerás. Salta, salta, salta, que en la madriguera esperan. Salta, salta, salta y vuelve a empezar... Salta, salta, salta conejito blanco [...] – Sakura tarareaba mientras llevaba y traía papeles por montones.
-- ¿Qué haces? – le pregunté sin poder evitar reírme.
-- Traigo su trabajo – dijo mientras cargaba una pila de documentos del escritorio.
-- ¿Y esa canción?
-- ¡Oh! – Rio avergonzada acomodando mejor los folders en sus manos – Me la enseñó mi hermanito menor, dijo que era un buen hechizo para cuando me sintiera estresada. Repetirlo varias veces como que distrae mi mente – y dicho eso, salió de la oficina con su carga nueva.
Me quedé pensando unos minutos para después volver al trabajo.
Salta, salta, salta conejito blanco. Salta, salta, salta que el reloj sigue corriendo. Salta, salta, salta [...] hice una mueca de frustración al notar que me había pegado la melodía y ahora no podía dejar de pensar en ello.
Omnisciente
Cuando el conejo rosado salió por fin del trabajo pudo respirar con tranquilidad, si bien, sabía que trabajar no era fácil, no se imaginaba que sería así de duro; a pesar del dolor de espalda y de pies, agradecía tener un trabajo con el cual mantenerse a ella y a sus hermanos. De los trabajos que había tenido hasta la fecha – que iban desde asistente en una tienda comercial, hasta vendedora en una tienda de 24/7 – ese era el mejor pagado y más agradable hasta cierto punto. Sus compañeros de trabajo la trataban bien y su jefe que era un demonio, había de admitir que tenía buenas cualidades. – Por ejemplo, desde hace meses, cuando comenzaron sus clases de repostería, llevaba pastel para todos –
Caminó unas cuadras para detenerse en una tienda igual a las que ella solía atender y compro un hot dog de microondas, al igual que un par de emparedados para sus hermanos y unas gelatinas de pasas para el viejo cascarrabias de la biblioteca – como ella le solía llamar – Pensaba, juraba y aseguraba el mal carácter del anciano, lo cierto era que le debía más de lo que podía imaginar.
Sakura era muy pequeña cuando se enteró que el mundo no era fácil o amable con todos. Sus padres trabajaban a todas horas del día, y a diferencia de su jefe, ellos nunca se interesaron por pasar tiempo con ella o atenderla como ella necesitaba, y vaya que era así. En su primaria por alguna razón – tal vez el extraño color rosado en su cabello o su baja estatura – los niños de su clase la molestaban a diario, desde comentarios hirientes, chicles en el pelo y el escritorio destrozado, hasta en una ocasión cortarle parte de su melena rosada; los primeros años ella intentó soportarlo, pero como era de esperarse llegó a un punto de quiebre.
Salta, salta, salta conejito rosado. Salta, salta, salta que te persiguen
Sus padres no podían – querían – tenerla en casa, así que fue fácil dejarla en la Guardería Wakaba, un pequeño lugar en el vecindario para los niños que todavía no iban a la escuela. Era un lugar pequeño, muy pequeño y viejo; cuando lo vio por primera vez pensó que la pobre construcción se caería en cuestión de segundos. El encargado de ahí era un hombre viejo - al igual que el edificio – de nombre Matsukata, que la había aceptado sin rechistar acerca de su edad o sus antecedentes.
El conejito rosado se había cansado de ser la presa tras tantos años de acoso y bullying, por lo que optó por tornarse rebelde y molestar a los otros niños que había en el lugar, de esa manera se volvería el cazador en busca de carne fresca. Y vaya que se sentía bien no ser molestada, pero no faltó mucho para que el hombre le pusiera un alto a su rebeldía.
Pronto descubrió que el depredador más hábil no es aquel que devora a su presa con rapidez y sin bondad, si no, aquel que gana todos los juegos posibles y te deja sin escapatoria. El hombre nunca perdió oportunidad para retarla a juegos de ajedrez, videojuegos, cartas, trepar o cosas así para dejarla derrotada en el suelo. Porque si, el hombre a su edad – solo 63, tampoco es que estuviera tan anciano – podía escalar un árbol más rápido que una niña de 10 años.
Poco a poco Sakura se fue dando cuenta de que nunca podría contra ese depredador, y que ese depredador era el lobo sabio de la manada, así que protegía a los pequeños de sus travesuras. Con el tiempo el conejito rosado se rindió en el asunto de ser la mala de la historia y prefirió seguir los consejos del anciano: estudiar, esperar y vencer. Porque en una cacería el venado nunca esperará a que estés listo para atraparlo, tenías que hacerlo sin previo aviso y con todos los elementos preparados.
Y así fue, Sakura no podía creerlo cuando vio sus primeros resultados en los exámenes parciales; siguiendo los ingeniosos planes del cascarrabias, había llegado al examen sin decir nada, sorprendiendo a sus compañeros y se fue una vez lo terminó. En menos de un año había podido reintegrase en la escuela – también tomó clases de Kung-Fu – y seguir con su vida normal.
Salta, salta, salta conejito rosado. Salta, salta, salta que te dejan atrás.
Pero como se dijo, aprendió que la vida no era muy amable desde chica.
Sus padres habían decidido irse de viaje por meses y dejarla en aquella biblioteca completamente sola. Ninguno de ellos había pensado en cómo se sentía o le habían preguntado o hablado algo al respecto, solo un día la dejaron y se fueron, como si fuera un triste perro callejero. Por supuesto renegó su estadía ahí, estaba enojada, incluso con Matsukata por no haber detenido a sus padres.
Huyó de la biblioteca en una noche de lluvia. No quería volver a aquel lugar, sus padres se podían ir al demonio y ella podría empezar una nueva vida en las calles, no necesitaba de nadie; o eso pensaba hasta que el frio y el hambre le calaron los huesos. Nunca había sentido tanto frio en sus 12 años de vida
Salta, salta, salta conejito rosado. Salta, salta, salta que el ratón ha salido a tomar aire.
No recordaba bien la hora, la calle o siquiera la ropa que llevaba puesta; mucho menos el rostro de la persona que la había ayudado en ese momento. Recordaba vagamente una tormenta y a ella refugiándose en la salida de un bar completamente iluminado con luces rojas y amarillas; también recordaba una chica joven, no tanto como ella, pero tampoco podía decir que rebasaba de la mayoría de edad, también podía recordar vagamente el sabor de un emparedado.
Nunca pudo agradecerle a esa persona por haberla ayudado, tampoco por las palabras que le había regalado:
"—Un hogar no es donde solo vives, un hogar es donde hay gente que te espera. Vuelve a tu hogar, estoy segura que están preocupados por ti"
El conejo rosado todavía guardaba entre sus pertenecías aquel abrigo de peluche que la extraña le había regalado y siempre que lo veía se esforzaba en vano por recordar la voz de la muchacha o su rostro.
Salta, salta, salta conejito rosado. Salta, salta, salta que te esperan en casa.
Cuando volvió y vio el rostro de miedo del señor Matsukata entendió aquellas palabras. Si ella así lo deseaba, esa guardería podría ser su hogar y ese hombre su familia. Nunca imaginó que esta crecería más tarde por la irresponsabilidad de sus padres.
El patrón fue el mismo para sus dos hermanos, pero a diferencia de ella, ellos ya tenían una persona que viera por ellos. Sakura estudió y trabajo lo más que pudo para alcanzar la mayoría de edad y llevarse a sus hermanos lejos de aquellos padres que solo los veían como obligaciones y no como hijos. También consiguió dinero suficiente para ayudar a Matsukata a remodelar la guardería, su hogar.
Salta, salta, salta conejito rosado. Salta, salta, salta que queda mucho por delante.
Agradecía enormemente haber vuelto ese día de lluvia. No solo porque eso le permitiría cuidar a sus hermanos. Si no porque también pudo conocer más del señor Matsukata de lo que había imaginado.
El miedo de perder a Sakura no era injustificado, y no era por tener que entregar cuentas a los padres de la pequeña; la verdadera razón era que con el tiempo le había tomado cariño al pequeño conejo rosa y perder a otro miembro de su familia lo habría destrozado por completo.
Él tuvo una nieta, o así la llamaba. Al parecer al igual que ella la infante no tenía relación sanguínea con el hombre, sin embargo le llegó a tener un cariño intenso. La niña era callada, según él, pero tenía una chispa peculiar. Era amable y gentil, sin embargo, algo que siempre le preocupo era su falta de amor propio, porque si, la niña era capaz de dar todo por todos aun si ella se quedaba sin nada. Pero a pesar de ello, la adoraba.
La niña había quedado huérfana y un conocido de él la había llevado a la guardería – que en ese momento no era más que una pequeña biblioteca – para que la cuidara hasta que ella pudiera hacerlo por su cuenta. Al igual que Matsukata, la pequeña era especial en muchos sentidos. Sakura nunca creyó ni quiso creer en los cuentos de espectros y apariciones sobrenaturales que el viejo les contaba a ella y sus hermanos – creía que todo era culpa de una imaginación impulsada por la vejez – Pero al parecer su nieta compartía ese aspecto con él.
Salta, salta, salta ratoncito blanco. Salta, salta y escapa que la noche está llegando
Sin embargo todo lo bueno duraba poco y al parecer la niña se perdió pocos años de vivir en la pequeña biblioteca. Matsukata se quedó ahí esperando a su regreso, pero este nunca sucedió. En medio de tanta soledad y para llenar el vacío que su nieta había dejado creó la guardería.
Sakura lo había notado desde hace años, pero parecía que en cada niño que entraba Matsukata buscaba a su nieta entre los rostros. Todas las mañanas y las tardes, cuando los niños dejaban la guardería, se quedaba sentado en la entrada esperando hasta que el ocaso se ponía para entrar de nuevo a su casa y repetir el mismo ritual al día siguiente.
La llegada de Sakura y sus hermanos había aligerado por mucho ese pesar en el señor, pero aún seguía la incertidumbre, ¿Qué pudo haber pasado ese día, por qué se fue? Y tal vez lo que más dolía era la esperanza; el todavía soñaba con que la niña tocaría su puerta y se sentarían a leer libros como siempre, que la pequeña se entusiasmara cada vez que preparaban dulces o descubrían cosas nuevas juntos.
Pero era solo eso, recuerdos y esperanzas vacías.
Salta, salta, salta ratoncito blanco. Salta, salta y corre que el camino a casa se ha borrado.
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*La Guardería Wakaba es donde la clase E va a ayudar después de atropellar a un viejito, el cual es Matsukata.
Besitos en la cola, chao
