Un Dilema


LIMERENCIA


-Acércate al agua, Natahi -dijo Kyūbi-. No te mojaré.

Natahi lo ensucia todo

-¿Alguna idea para un nuevo libro? -preguntó Hanabi por teléfono a primera hora de la tarde siguiente.

Era un tema espinoso, pero como Hinata se había pasado los últimos diez minutos de su conversación esquivando las preguntas entrometidas de Celia la Gallina sobre Naruto, cualquier cambio era positivo.

-Unas pocas. Pero ten en cuenta que Natahi se cae de bruces es el primer libro de un contrato para tres, y Birdcage no aceptará otro manuscrito hasta que termine los cambios que me pidieron.

No hacía falta contarle a su hermana que todavía no había empezado con esos cambios, aunque después del desayuno le había tomado prestado el coche a Naruto para ir al pueblo a comprar material de dibujo.

-Esta gente de NHAH son de chiste.

-De chiste malo. Oye, no tengo tele en la casita: ¿han vuelto a aparecer últimamente?

-Anoche. Gracias al nuevo proyecto de ley sobre derechos de los homosexuales en el Congreso, han tenido mucha repercusión mediática. -Hanabi dudó unos instantes y eso no era una buena señal-. Hinata, han vuelto a citar a Natahi.

-¡Es increíble! ¿Por qué me hacen esto? Ni que yo fuera una autora famosa de libros para niños.

-Esto es Konoha, y tú eres la esposa del quarterback más famoso de la ciudad. Y ellos utilizan esa relación para ganar minutos de emisión. Sigues siendo la esposa de Naruto, ¿no?

Hinata no quería volver a entrar en esa discusión.

-Temporalmente. La próxima vez, recuérdame que busque a una editora con agallas.

Hinata deseó no haberlo dicho: su editora no era la única que necesitaba agallas. Tuvo que recordarse nuevamente que no tenía elección, al menos si quería pagar sus facturas.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Hanabi dijo:

-¿Y qué estás haciendo para ganar dinero? Sé que no has...

-Ya me apaño, no te preocupes.

Aunque Hinata quería muchísimo a Hanabi, a veces deseaba que no se convirtiera en oro todo lo que tocaba su hermana. La hacía sentir tan incapaz. Hanabi era rica, hermosa y emocionalmente estable.

Hinata era pobre, simplemente atractiva y había estado mucho más cerca de una crisis nerviosa de lo que podría admitir jamás. Hanabi había superado enormes desventajas para convertirse en una de las propietarias de la NFL más poderosas, mientras que Hinata no podía siquiera defender a su conejita de ficción ante un ataque de la vida real.

Tras colgar el teléfono, Hinata estuvo charlando con algunos de los huéspedes, y luego puso toallas limpias en todos los baños mientras Naruto registraba a una pareja de jubilados de Cleveland en una de las casitas. Luego se fue a su propia casita para ponerse el bañador rojo que Naruto le había regalado e ir a nadar.

Cuando sacó el bañador de dos piezas de la bolsa, descubrió que, aunque la parte de abajo no era una tanga, iba sujeta a cada lado únicamente por un cordelito y le pareció algo exiguo para su gusto. La parte de arriba, sin embargo, tenía un aro inferior que ayudaba a mantenerlo todo en su sitio, y Roo pareció dar su aprobación.

Aunque la temperatura del aire rondaba ya los treinta grados, el lago todavía no se había calentado, y la playa estaba desierta cuando ella llegó. Hinata se estremeció de frío al meter los pies en el agua, pero fue entrando lentamente. Roo se mojó las patas, luego retrocedió y se dedicó a perseguir a las garzas. Cuando Hinata no pudo seguir soportando aquella tortura, se zambulló.

Salió a la superficie jadeando y empezó a dar brazadas vigorosas para entrar en calor; entonces vio a Naruto en pie en el espacio comunitario. Nueve años de campamento de verano le habían enseñado la importancia de hacer las cosas acompañada, pero Naruto estaba lo bastante cerca para oírla gritar si se ahogaba.

Se puso boca arriba y nadó de espaldas durante un rato, evitando las aguas más profundas, porque, aunque Naruto dijese lo contrario, ella era una persona muy sensible en lo referente a la seguridad en el agua. Miró de nuevo hacia el comedor comunitario: Naruto seguía en pie exactamente en el mismo lugar.

Parecía aburrido.

Hinata agitó el brazo para captar su atención. Naruto le devolvió el saludo sin mucha convicción.

Eso no era bueno. No era nada bueno. Hinata se zambulló y empezó a pensar.

Naruto observó a Hinata en el agua mientras esperaba a que los empleados de la empresa de basuras aparecieran con un nuevo contenedor. Un destello de rojo carmesí flotó en el aire cuando Hinata saltó al agua y luego la vio desaparecer bajo la superficie. Había sido un error comprarle ese biquini: dejaba prácticamente al descubierto ese pequeño cuerpo tentador que a Naruto le estaba resultando cada vez más difícil ignorar. Pero el color de aquel biquini enseguida le había llamado la atención, porque era casi del mismo tono que tenía su pelo el día en que se habían conocido.

Hinata ya no llevaba el pelo igual. Sólo habían pasado cuatro días, pero se estaba cuidando y sus cabellos habían adquirido unos destellos azules que le fascinaban. Naruto se sentía como si la estuviera viendo volver a la vida. Su piel había perdido aquel aspecto pálido, y sus ojos habían empezado a brillar, especialmente cuando se trataba de fastidiarle.

Esos ojos... Esos endiablados ojos sesgados que parecían decir a gritos que no se proponía nada bueno, aunque Naruto parecía ser el único que captaba el mensaje. Hanabi y Konohamaru veían en Hinata a la intelectual, a la amiga de los niños, los conejitos y los perros ridículos. Sólo él parecía comprender que por las venas de Hinata Hyūga corrían los problemas en vez de la sangre.

Durante el vuelo de regreso a Konoha, Konohamaru le había sermoneado sobre lo seria que era Hinata en todo lo que hacía. Que de niña nunca había hecho nada malo. Lo buena estudiante que había sido, y la ciudadana modélica que era.

Le había dicho que Hinata tenía veintisiete años, pero la madurez de cuarenta. Más bien veintisiete y la madurez de siete. No era extraño que se ganara la vida como escritora de libros infantiles. ¡Estaba entreteniendo a sus iguales!

Le mortificaba que tuviera la osadía de llamarle imprudente. Él no se había desprendido nunca de quince millones de dólares. Por lo que sabía de ella, Hinata no comprendía el significado de jugar sobre seguro.

Naruto vio otro destello de rojo en el agua. Todos aquellos años de campamento de verano la habían convertido en una buena nadadora, con una brazada regular y ágil. Y un cuerpo bonito y esbelto... Pero lo último que quería Naruto era volver a empezar a pensar en el cuerpo de Hinata, así que se concentró en lo mucho que lo hacía reír.

Lo que no significaba que no fuera una molestia. Tenía mucho valor al intentar hurgar en su cabeza, porque la tenía cerrada herméticamente, mucho más de lo que ella llegaría a tenerla jamás.

Naruto volvió la vista hacia el lago, pero no vio a Hinata. Esperó un destello de rojo. Y esperó... Sintió que crecía la tensión en sus hombros al ver que la superficie no se movía. Dio un paso adelante. Entonces apareció su cabeza, como un punto a lo lejos. Justo antes de volver a desaparecer, Hinata logró gritar una palabra apenas inteligible.

-¡Socorro!

Naruto echó a correr.

Hinata contuvo la respiración tanto como pudo, luego volvió a salir a la superficie para llenar los pulmones. Como era de esperar, Naruto se acababa de lanzar al agua con un estilo impecable.

Hinata se debatió en el agua hasta que estuvo segura de que él la había visto, entonces volvió a zambullirse, se sumergió hacia el fondo y nadó hacia su derecha. Era una mala pasada hacerle eso, pero era por un bien superior.

Un Naruto aburrido era un Naruto triste, y ya hacía demasiado tiempo que no se había divertido en el campamento de Uzushiogakure. Tal vez así ya no estaría tan ansioso por venderlo.

Hinata volvió a salir a la superficie. Gracias a su habilidoso cambio de dirección bajo el agua, Naruto se dirigía mucho más a la izquierda. Hinata tomó aire y volvió a sumergirse.

Cuando Natahi se hundió por tercera vez, Kyūbi nadó... Borremos eso.

Cuando Kyūbi se hundió por tercera vez, Natahi nadó más y más rápido...

Ser rescatado por Natahi le serviría de lección a Kyūbi, pensó Hinata virtuosamente.

Kyūbi no debería haber ido a nadar sin compañía.

Hinata abrió los ojos bajo el agua, pero después de tanto llover el lago estaba turbio y no pudo ver gran cosa. Recordó lo aprensivos que eran algunos de sus compañeros de campamento cuando tenían que nadar en un lago en vez de en una piscina, « ¿y si me muerde un pez?», pero Hinata se acostumbró ya en su primer verano y se sentía como en casa.

Empezaban a quemarle los pulmones y salió a por más aire. Naruto estaba a unos veinte metros a su izquierda. Hinata no quiso pensar en el cuento del pastor y el lobo, y realizó su siguiente movimiento.

-¡Socorro!

Naruto dio media vuelta; y siguió nadando con su soberbia frente cubierta por esos cabellos rubios.

-¡Aguanta, Hinata!

-¡Deprisa! ¡Tengo -«un tornillo flojo»- un calambre! -gritó antes de volver a sumergirse. Hinata torció a su derecha y nadó paralela a la orilla, como un auténtico número once.

Sus pulmones volvían a pedir aire, había llegado el momento de volver a emerger cerca de la línea de gol.

Naruto llevaba dos décadas localizando a receptores entre el tumulto, y la divisó al instante. Sus brazadas eran poderosas y Hinata se quedó tan absorta viendo cómo batía la superficie del lago que casi se le olvidó volver a sumergirse.

La mano de Naruto frotó su muslo y la agarró por la parte de abajo del minúsculo biquini. La mano de Naruto. En su trasero. Hinata debería haberlo pensado antes.

Naruto tiró bruscamente del biquini para llevar a Hinata a la superficie, y los delicados cordones se rompieron. Naruto la rodeó con un brazo y tiró de ella hacia arriba.

La parte de abajo del biquini no emergió con ellos.

Mientras contemplaba cómo se lo llevaba la corriente, Hinata intentaba comprender cómo se había metido en aquella situación. ¿Iba a ser aquélla su recompensa por haber querido hacer algo con buena intención?

-¿Estás bien?

Hinata pudo ver fugazmente la cara de Naruto antes de que éste empezara a tirar de ella hacia la orilla. Le había asustado de verdad. Una parte de Hinata se sentía culpable, pero aun así no se olvidó de toser y tomar aire mientras Naruto la arrastraba por el agua. Y, al mismo tiempo, Hinata se esforzaba por superar su pudor.

La respiración de Naruto no era en absoluto agitada, y por un momento Hinata relajó por completo sus músculos y se dejó llevar disfrutando de la sensación de que fuera Naruto y no ella quien se esforzara. Pero resultaba difícil estar relajada y con el trasero al aire al mismo tiempo.

-He... he tenido un calambre.

-¿En qué pierna?

Hinata notó que le rozaba la pierna con su cadera, pero Naruto no pareció darse cuenta de que algo faltaba.

-Para... Para un momento, ¿quieres? -le pidió Hinata.

Naruto dejó de dar brazadas y la giró entre sus brazos sin soltarla. Hinata vio en su rostro que el enfado había sido sustituido por la preocupación.

-¡No deberías haber ido a nadar sola! Podrías haberte ahogado.

-Ha sido una estupidez.

-¿Qué pierna?

-La... izquierda. Pero ya está mejor. Ya puedo moverla.

Naruto la dejó ir de un brazo para tocarle la pierna. -¡No! -chilló Hinata, temiendo lo que podía encontrar por el camino.

-¿Otro calambre?

-No exactamente.

-Vamos a la orilla. Ya te miraré la pierna allí.

-Ya estoy bien. Puedo...

Naruto no le prestó ninguna atención, y empezó a tirar de ella hacia la playa.

-Esto, Naruto... -Hinata tosió al tragar agua.

-¡Cierra el pico, joder!

«Bonita forma de hablar para un H.P., sobre todo mientras auxilia a una víctima.» Hinata hacía lo posible para mantener su mitad inferior lejos de la mitad inferior de Naruto, pero él no dejaba de deslizarse contra ella. Y se deslizaba y se deslizaba... Hinata gimió tras una acometida de sensaciones.

El ritmo de Naruto cambió, y Hinata se dio cuenta de que ya tocaban fondo. Intentó soltarse.

-Suéltame, aquí ya puedo andar.

Naruto se acercó más a la orilla y finalmente la soltó y se puso en pie. Hinata colocó los pies en el fondo y se enderezó.

El agua le llegaba a la barbilla, aunque a Naruto no le llegaba a los hombros. El pelo empapado le chorreaba sobre la frente, y parecía malhumorado.

-Podrías ser un poco más agradecida, ¿sabes? Te acabo de salvar la vida. Al menos ya no se le veía preocupado.

-Gracias.

Naruto todavía la sujetaba de un brazo y se puso a andar hacia la orilla.

-¿Habías tenido antes calambres así?

-Nunca. Me ha tomado totalmente por sorpresa.

-¿Por qué arrastras los pies?

-Tengo frío. Tal vez todavía estoy un poco aturdida. ¿Me puedes dar la camiseta?

-Claro -respondió sin dejar de arrastrarla hacia la playa.

-¿Me la podrías dejar ahora, por favor? -dijo Hinata, arrastrando los talones.

-¿Ahora?

Naruto se detuvo. Las olas del lago lamían los pechos de Hinata. La parte de arriba del biquini rojo los mantenía en su sitio y a Naruto se le fueron los ojos. Hinata notó que sus pestañas mojadas habían formado pequeñas espinas agresivas alrededor de sus penetrantes ojos azules, y sintió que se le aflojaban las rodillas.

-Me gustaría ponérmela antes de salir del agua -dijo del modo más amable que pudo. Naruto apartó la vista de sus pechos y echó a andar de nuevo.

-Será más fácil cuando te hayas secado en la playa.

-¡Para! ¡Haz el favor de parar!

Naruto se paró, pero se quedó mirándola como si le faltara un tornillo.

Hinata se mordió el labio inferior. Toda buena obra supone un sacrificio: iba a tener que decírselo.

-Tengo un pequeño problema...

-Eso diría yo. No tienes el más mínimo sentido común. En el diploma de Northwestern del que tanto presumes tendrían que haber puesto summa cum loca.

-Déjame la camiseta. Por favor.

Naruto no hizo ademán de quitársela. Más bien se puso receloso.

-¿Qué tipo de problema?

-Parece que he... Tengo mucho frío. ¿Tú no tienes frío?

Naruto esperó, con esa expresión terca que indicaba que no iría a ninguna parte hasta que ella confesara. Hinata cobró dignidad.

-Parece que he... -Hinata se aclaró la garganta-. He perdido la parte de abajo de mi biquini en el lago.

Naturalmente, lo primero que hizo él fue mirar abajo, escrutar las aguas turbias.

-¡No mires!

Cuando volvió a levantar la mirada, sus ojos ya no parecían puñales de Zafiro, sino alegres gomitas azules.

-¿Y cómo lo has hecho?

-Yo no lo he hecho. Has sido tú. Cuando me has rescatado.

-Te he quitado el biquini.

-Pues sí.

Naruto sonrió burlón.

-Siempre se me han dado muy bien las mujeres.

-Da igual. ¡Déjame tu camiseta de una vez!

¿Fue accidental que el muslo de Naruto rozase su cadera? Él volvió a bajar la vista hacia las aguas turbias, y Hinata se sintió poseída por el loco deseo repentino de que desapareciera toda la turbiedad. Notó un tono ronco y seductor en la voz de Naruto.

-O sea, que me estás diciendo que estás con el trasero al aire debajo del agua.

-Has comprendido perfectamente lo que te estoy diciendo.

-Pues nos encontramos ante un interesante dilema.

-Aquí no hay ningún dilema.

Naruto se acarició la comisura de los labios con el pulgar, y su sonrisa fue tan suave como el humo.

-Nos encontramos ante la esencia del auténtico capitalismo, justo aquí y ahora, tú y yo, y que Dios bendiga América como el gran país que es.

-¿De qué hablas?

-Puro capitalismo. Yo tengo un producto que tú quieres...

-Se me está volviendo a acalambrar la pierna.

-La cuestión es -empezó a decir despacio, sin apartar la mirada de sus pechos-, ¿qué vas a darme por ese producto?

-Ya te he estado dando mis servicios como cocinera -respondió rápidamente ella.

-No sé. Esas sandalias de ayer eran muy caras. Creo que ya te he pagado al menos tres días de cocinera.

Naruto estaba haciendo ronronear las entrañas de Hinata, y a ella no le gustó.

-¡No pienso quedarme aquí ni un día más si no te quitas esa estúpida camiseta de tu estúpido pecho hipermusculado ahora mismo!

-No había conocido a ninguna mujer tan desagradecida en mi vida.

Naruto empezó a quitársela, se paró para rascarse un brazo, volvió a tirar de la camiseta, se la subió muy despacito por el pecho, flexionó aquellos músculos sublimes...

-¡Eso son veinte yardas por pérdida de tiempo!

-Es una penalización de cinco yardas -puntualizó Naruto desde debajo de su camiseta.

-¡Hoy no!

Por fin se quitó la camiseta, y ella se la arrebató de las manos antes de que se le pasara por la cabeza jugar a «a que no lo alcanzas», un juego al que un quarterback de la NFL sin duda ganaría a una escritora de cuentos de conejitos.

-Con el trasero al aire... -dijo con una amplia sonrisa.

Hinata le ignoró y se peleó con la camiseta para ponérsela, pero manejar todo aquel algodón empapado con el agua gélida que le llegaba a los pechos no era exactamente fácil. Naturalmente, él no la ayudó. '

-Tal vez te sería más fácil si salieras del agua antes de ponértela.

Era un humor demasiado infantil para merecer respuesta. Finalmente logró ponerse la camiseta, aunque una enorme bolsa de aire la hinchaba a su alrededor. Hinata tiró hacia abajo y caminó hacia la orilla, que, por suerte, estaba desierta.

Naruto se quedó donde estaba y observó a Hinata mientras salía del agua. La visión trasera de Hinata le estaba entorpeciendo a Naruto la respiración. Al parecer Hinata no había caído en que las camisetas blancas son casi como el papel de fumar cuando se mojan. Primero emergió

su cintura esbelta, luego unas caderas curvas, y finalmente las piernas, vigorosas y bonitas como ningunas.

Naruto tragó saliva al ver aquel culito dulce. La tela blanca de la camiseta se le adhería a la piel y parecía como si lo hubiesen salpicado con azúcar mojado.

Naruto se lamió los labios. Menos mal que el agua estaba fría como el hielo, porque verla caminando hacia la playa le había puesto caliente. Aquel culito redondo... la hendidura oscura y seductora. Y todavía no había contemplado las vistas desde delante.

Circunstancia que estaba a punto de cambiar.

Hinata oyó a Naruto que chapoteaba detrás de ella. Enseguida estuvo a su lado, dando pasos de gigante en el agua. Naruto se adelantó, con los músculos de sus hombros chorreando cada vez que levantaba los brazos. Llegó a la playa y se giró para mirarla.

¿Qué debía de ser exactamente lo que le parecía tan interesante?

Hinata empezó a ponerse nerviosa. Naruto movió una mano y tiró sin darse cuenta de la parte delantera de sus vaqueros empapados.

-Tal vez no es tan difícil de creer que tu madre era una corista.

Hinata miró hacia abajo y chilló. Luego tiró de la camiseta para apartarla de su cuerpo y salió corriendo hacia la casita.

-¡Eh, Hinata! La vista desde detrás también es bastante interesante. Y pronto tendremos compañía.

Efectivamente, los Akimichi, aunque todavía estaban lejos, se acercaban. Apenas se les veía detrás de las sillas, las bolsas y la nevera de playa.

Hinata no podía contar con la colaboración de Naruto para volver a la casita, así que se dirigió hacia el bosque, separando la camiseta de su cuerpo por delante y por detrás, al tiempo que tiraba de ella para hacerla más larga.

-Si alguien te tira un pez -gritó Naruto mientras Hinata se alejaba-, es porque andas como un pingüino.

-Y si alguien te pide que rebuznes, es porque te comportas como un...

-Guárdate las lindezas para más tarde, Natahi. Acaban de llegar los de la basura con el nuevo contenedor.

-Cierra la tapa después de entrar.

Hinata aceleró su paso de pingüino y, sin saber muy bien cómo, logró llegar a la casita sin más tropiezos. Una vez dentro, se apretó las mejillas sonrojadas con las manos y se rió.

Pero Naruto no se reía. De pie en el espacio comunitario, mirando en dirección a la casita, sabía que no podía seguir así. Qué ironía. Era un hombre casado, pero no podía disfrutar de la principal ventaja que ofrecía el matrimonio.

La cuestión era: ¿qué pretendía hacer al respecto?

Gracias por leer.