Arte


LIMERENCIA


Los padres de mi novio habían salido a pasar la noche fuera, y me invitó a su casa. En cuanto entré por la puerta, ya supe lo que iba a pasar...

«El dormitorio de mi novio»

Para Chik

Kushina se odió por haber dicho que sí, pero ¿qué amante del arte podía rechazar una invitación para visitar la casa de Minato Namikaze y ver su colección privada? Aunque la hubiera invitado sin ninguna gracia. Kushina acababa de volver de su paseo matinal del domingo cuando Ino le pasó el teléfono.

-Si quieres ver mis pinturas, ven a mi casa esta tarde a las dos -ladró Minato-. No antes. Estoy trabajando y no responderé al timbre.

Kushina había pasado sin duda demasiado tiempo en Los Ángeles porque encontró aquella rudeza casi refrescante. Mientras salía de la carretera principal hacia una secundaria en el punto en que Minato le había indicado, pensó en cómo se había acostumbrado a los cumplidos sin sentido y a la adulación vacía. Casi había olvidado que todavía existía gente que decía exactamente lo que le pasaba por la cabeza.

Localizó el buzón turquesa castigado por la intemperie que Minato le había dicho que buscara. Colgaba, torcido, de un enmohecido poste de metal que estaba encajado en un neumático de tractor relleno de cemento.

En la cuneta, detrás del neumático, había muelles de cama oxidados y una lámina retorcida de hojalata ondulada, y, en la entrada del camino, labrado de surcos y hoyos y flanqueado por hierbajos, un letrero rezaba casi innecesariamente: NO PASAR.

Kushina tomó el camino a paso de tortuga. Aun así, su coche se tambaleaba alarmantemente a cada socavón. Cuando ya había decidido detenerse y recorrer a pie el resto del camino, vio que la vegetación desaparecía y que la superficie del camino estaba perfectamente nivelada con gravilla fresca. Al cabo de unos instantes, Kushina contuvo la respiración al ver aparecer la casa ante sus ojos.

Era un edificio pulcramente moderno con parapetos de cemento blanco y alféizares de piedra y cristal. Todo su diseño llevaba la firma de Minato Namikaze. Mientras salía del coche y caminaba hacia la hornacina que contenía la puerta principal, se preguntó dónde habría encontrado al santo del arquitecto dispuesto a trabajar con él.

Kushina miró su reloj de pulsera y vio que llegaba exactamente media hora tarde a aquella visita impuesta por decreto. Tal como había planeado.

La puerta se abrió de par en par. Kushina esperaba que la recibiera con un ladrido por no ser puntual, y se llevó una decepción cuando el pintor se limitó a saludarla y a dar un paso atrás para dejarla entrar.

Kushina se quedó pasmada. La pared de cristal opuesta había sido construida en secciones irregulares, separadas por una estrecha pasarela de hierro situada a unos tres metros sobre el nivel del suelo. A través del cristal se podía disfrutar de una majestuosa vista del lago, los acantilados y los árboles.

-Qué casa tan maravillosa.

-Gracias. ¿Te apetece tomar algo?

Su solicitud pareció cordial, pero Kushina se sorprendió incluso más al observar que había sustituido su habitual camisa vaquera manchada de pintura y su pantalón corto por una camisa de seda negra y unos pantalones de color gris claro. Irónicamente, la ropa civilizada no hacía más que enfatizar el Sturm und Drang de aquella cara curtida.

Kushina declinó el ofrecimiento de bebida.

-Aunque aceptaría encantada una visita.

-De acuerdo.

La casa abrazaba el terreno en dos secciones desiguales, la mayor de las cuales contenía una sala de estar abierta, la cocina, la biblioteca y un comedor de viga voladiza, y, en los niveles inferiores, varios dormitorios algo más pequeños.

La pasarela que había visto al entrar conducía a una torre de cristal en la que Minato tenía su estudio. Kushina esperó que se lo mostrase, pero Minato sólo le enseñó el dormitorio grande de abajo, un espacio diseñado con una simplicidad casi monástica.

Por todas partes podían verse magníficas obras de arte, y Minato hablaba de ellas con pasión y discernimiento. Un enorme lienzo de Jasper Johns colgaba no muy lejos de una composición contemplativa en azul y beige de Agnes Martín.

Una de las esculturas de neón de Bruce Nauman asomaba cerca de la arcada de la biblioteca. Al otro lado podía admirarse una obra de David Hockney, junto a un retrato de Minato pintado por Chuck Close.

Un imponente lienzo de Helen Frankenthaler ocupaba una pared larga de la sala de estar, y una escultura totémica de piedra y madera dominaba un pasillo. Los mejores artistas contemporáneos del mundo estaban representados en esa casa. Todos, excepto Minato Namikaze.

Kushina esperó mientras duraba la visita guiada, pero cuando regresaron a la sala de estar abierta no pudo evitar la pregunta.

-¿Por qué no has colgado ninguna de tus propias pinturas?

-Ver mis obras cuando no estoy en el estudio me hace pensar demasiado en el trabajo.

-Ya me lo imagino. Pero quedarían tan bien en esta casa.

Minato se la quedó mirando durante un largo rato. Entonces, las marcadas arrugas de su cara se suavizaron con una sonrisa.

-Eres una auténtica admiradora, ¿no?

-Eso me temo. Pujé por una de tus pinturas hace pocos meses: Composición n.° 3. Mi gestor de finanzas me obligó a abandonar en doscientos cincuenta mil.

-Qué obscenidad, ¿no te parece?

Namikaze parecía tan complacido que Kushina se rió.

-Debería darte vergüenza. No valía ni un centavo más de doscientos mil. Y empiezo a darme cuenta de lo mucho que detesto hacerte cumplidos. Eres verdaderamente un hombre de lo más despótico.

-Me facilita la vida.

-¿Mantiene alejadas a las masas?

-Valoro mi intimidad.

-Cosa que explica que hayas construido una casa tan extraordinaria en lo más remoto del norte de Michigan en vez de en Gran Sur o Cap d'Antibes.

-Veo que ya me conoces bien.

-Eres todo un divo. Estoy segura de que me han invadido la intimidad muchas más veces que a ti, pero eso no me ha convertido en una ermitaña. ¿Sabes que todavía no puedo ir a ninguna parte sin que la gente me reconozca?

-Mi pesadilla.

-¿Por qué es un problema tan grande para ti?

-Son batallitas antiguas.

-Cuéntame.

-Es una historia increíblemente aburrida. No te va a interesar.

-Créeme que sí -dijo sentándose en el sofá para animarle-. Me encanta oír historias de los demás.

Minato se la quedó mirando y suspiró.

-La crítica me descubrió justo antes de mi vigésimo sexto cumpleaños. ¿Seguro que te apetece oír la historia?

-Definitivamente.

Minato se puso las manos en los bolsillos y caminó hacia las ventanas.

-Me convertí en la sensación proverbial de la noche a la mañana: estaba en todas las listas de invitados, era el tema de artículos en revistas nacionales. Tenía a la gente tirándome dinero.

-Ya recuerdo cómo era.

El hecho de que Kushina, al contrario que la mayoría de la gente, comprendiera por lo que había pasado no pareció relajarle. Minato dejó la ventana para sentarse justo enfrente de ella, dominando el asiento elegido del mismo modo que dominaba todo el espacio que ocupaba. Craig había sido también tan irresistible como él.

-Se me subió a la cabeza -dijo-, y empecé a creerme todo el bombo publicitario. ¿Eso también lo recuerdas?

-Tuve suerte. Mi marido me mantuvo con los pies en el suelo. «E incluso las rodillas» - pensó. Craig jamás había comprendido que necesitaba más sus alabanzas que sus críticas.

-Yo no tuve suerte. Olvidé que se trataba de mis obras, y no del artista. Iba de fiesta en fiesta en vez de pintar. Bebía demasiado. Me aficioné a la cocaína y al sexo libre.

-Excepto que el sexo nunca es libre, ¿verdad?

-No si estás casado con una mujer a la que amas. Ah, aunque yo justificaba mi comportamiento, porque ella era mi amor auténtico y todas las demás relaciones sexuales carecían de importancia. Lo justificaba porque ella estaba pasando un embarazo difícil, y el médico me había recomendado que la dejase tranquila hasta después de nacer el bebé.

Kushina percibió el desprecio que sentía por sí mismo. Era un hombre que se juzgaba a sí mismo incluso con mayor dureza que a los demás.

-Mi mujer lo descubrió, por supuesto, e hizo lo que tenía que hacer: alejarse de mí. Una semana después, fue de parto, pero el bebé nació muerto.

-Oh, Minato...

Él rechazó su compasión forzando una sonrisa en su rostro.

-Pero hay un final feliz. Ella se casó con un editor y ahora tiene tres hijos sanos y fuertes. En cuanto a mí... Aprendí una lección importante sobre lo que importa realmente y lo que no.

-¿Y has vivido aislado y en solitario desde entonces? Minato sonrió.

-No creas. También tengo amigos, Kushina. Amigos de verdad.

-Gente a la que conoces desde hace siglos –especuló ella-. No se aceptan recién llegados.

-Creo que todos nos quedamos con las amistades fijas al hacernos mayores. ¿A ti no te ocurre?

-Supongo. -Iba a preguntar por qué la había invitado, ya que sin duda ella era una recién llegada, pero le vino a la mente otra pregunta más importante-. ¿Me equivoco, o te ha pasado por alto una parte de la casa en nuestra visita? Minato se hundió en su silla y pareció enojado.

-Quieres ver mi estudio.

-Ya imagino que no tienes por costumbre abrirlo para cualquiera, pero...

-Nadie entra allí, excepto yo y alguna modelo ocasional.

-Es perfectamente comprensible -dijo ella amablemente-. Aun así, estaría muy agradecida de poder darle un vistazo.

-¿Cuánto de agradecida? -preguntó el artista con un brillo calculador en la mirada.

-¿Qué quieres decir?

-¿Lo bastante agradecida como para posar para mí?

-Nunca abandonas, ¿verdad?

-Forma parte de mi encanto.

Si hubieran estado en la casa de huéspedes o junto al arroyo del prado, tal vez habría podido negarse, pero no en aquella casa. Aquel espacio misterioso, donde él creaba algunas de las obras de arte más hermosas del mundo, estaba demasiado cerca.

-No me llego a imaginar por qué quieres dibujar a una mujer de cuarenta y cinco años, gorda y físicamente de capa caída, pero si es lo que cuesta ver tu estudio, acepto. Posaré para ti.

-Bien, sígueme -dijo levantándose de un brinco de la silla y dirigiéndose a una serie de peldaños de piedra que llevaban a la pasarela. Cuando estuvo arriba, se quedó observándola-. No estás gorda. Y tienes más de cuarenta y cinco años.

-¡No los tengo!

-Aunque te has retocado los ojos, ningún cirujano plástico puede borrar la experiencia vital que se oculta tras ellos. Diría que te acercas más a la cincuentena

-Tengo cuarenta y siete.

Minato la miró desde la pasarela y confesó:

-Me estás haciendo perder la paciencia.

-El aire podría hacerte perder la paciencia -gruñó Kushina. La comisura de sus labios se rizó.

-¿Quieres ver mi estudio o no?

-Sí, por supuesto. -A regañadientes, subió las escaleras y le siguió por la estrecha estructura abierta. Miró con inquietud hacia abajo, a la sala de estar.-Me siento como si estuviera andando por una tabla.

-Ya te acostumbrarás.

Aquella afirmación implicaba que Kushina iba a volver, y se apresuró a corregir ese supuesto.

-Posaré para ti hoy, pero ya está.

-Deja de irritarme.

Minato ya había llegado al final de la pasarela, y al volverse hacia ella su silueta se recortó sobre el arco de piedra. Kushina sintió una diminuta excitación erótica mientras él la observaba acercarse con los brazos cruzados sobre el pecho como un guerrero antiguo.

Kushina le lanzó su mirada de diva.

-Recuérdame otra vez por qué quería ver el estudio.

-Porque soy un genio.

-Cállate y aparta de mi camino.

La risa de Minato tenía una resonancia profunda y agradable. Se volvió y la condujo tras la curva de la pared, hacia su estudio.

-Oh, Minato ... -dijo apretándose los labios con las puntas de los dedos.

El estudio estaba suspendido sobre los árboles, era como un universo privado. Tenía una forma extraña: tres de sus cinco lados eran curvos. La luz de la tarde resplandecía a través de la pared norte, que estaba construida totalmente de cristal.

Encima de sus cabezas, había varios tragaluces equipados con viseras que se podían adaptar según la hora del día. Las salpicaduras de pintura de colores en las paredes de piedra, los muebles y el suelo de piedra caliza habían convertido el estudio en una obra de arte moderno por derecho propio. Kushina tuvo la misma sensación que experimentaba cuando estaba dentro del museo Getty.

Había lienzos sin acabar sobre caballetes y lienzos apoyados en las paredes. Varios lienzos grandes colgaban en estructuras especiales. La mente de Kushina parecía un remolino que intentaba engullir todo lo que veía. Tal vez no había recibido demasiada educación formal, pero había estudiado arte por su cuenta durante varias décadas, y no era ninguna novata.

Aun así, le resultó difícil clasificar la obra de madurez de Minato Namikaze. Todas las influencias eran evidentes: el rechinar de dientes de los expresionistas abstractos, la informalidad estudiada del pop, la severidad de los minimalistas. Pero sólo Minato Namikaze tenía la audacia de sobreponer lo sentimental sobre aquellos estilos decididamente no sentimentales.

Sus ojos se embebieron del monumental lienzo todavía inacabado de la Virgen y el niño Jesús que ocupaba la mayor parte de una pared. De todos los grandes artistas contemporáneos, sólo Minato Namikaze podía pintar una Virgen con el niño Jesús sin utilizar mierda de vaca como medio, o mancillando la frente de la Virgen con alguna obscenidad, o sustituyendo la estrella por una centelleante chapa de CocaCola.

Sólo Minato Namikaze tenía la absoluta autoestima para mostrarles a los cínicos de construccionistas que poblaban el mundo del arte contemporáneo el significado de la reverencia desenfadada.

El corazón de Kushina se inundó con las lágrimas que no podía permitirse derramar. Lágrimas de pérdida por cómo había dejado que su identidad fuera engullida por las expectativas de Craig, lágrimas de pérdida por el hijo del que se había desprendido. Al contemplar ese lienzo, se dio cuenta del poco cuidado con que había tratado lo que debería haber sido sagrado.

Minato le puso la mano en el hombro en un gesto tan amable como las briznas de pintura azul dorada que suavizaban los cabellos de la Virgen. Su gesto pareció tan natural como necesario, y, mientras se tragaba las lágrimas, Kushina reprimió el instinto de acurrucarse en su pecho.

-Pobre Kushina -dijo con dulzura-. Te has complicado la vida incluso más que yo.

Ella no preguntó cómo lo sabía, pero allí en pie ante el milagroso lienzo inacabado y sintiendo la mano reconfortante de Minato sobre su hombro, comprendió que todos aquellos lienzos eran un reflejo del hombre: su airada intensidad, su inteligencia, su severidad, y los sentimientos que tanto se esforzaba en ocultar. Al contrario que ella, Minato Namikaze y su trabajo eran una misma cosa.

-Siéntate -murmuró Minato -. Tal como estás.

Kushina se dejó llevar hasta una sencilla silla de madera al otro lado de la sala. Minato le acarició el hombro y luego se echó atrás y alcanzó uno de los lienzos en blanco que había cerca de su mesa de trabajo. Si hubiera sido cualquier otro hombre, se habría sentido manipulada, pero la manipulación no parecía algo propio de aquel artista. Simplemente se habría visto superado por la necesidad de crear y, por algún motivo que ella no podía descifrar, eso la implicaba a ella.

Ya no le importaba. Se quedó mirando la Virgen con el niño Jesús y pensó en su vida, abundantemente bendita en muchos aspectos, aunque árida en otros. En vez de concentrarse en sus pérdidas, su hijo, su identidad y su marido tan amado como odiado, pensó en todo lo que le había sido concedido. Había sido bendecida con un buen cerebro y la curiosidad intelectual para plantearle retos. Se le había otorgado una cara y un cuerpo bonitos cuando más los necesitaba.

¿Y qué, si la belleza se había esfumado? En aquel lugar, junto a un lago del norte de Michigan, eso no parecía tan importante.

Mientras contemplaba a la Virgen, algo empezó a suceder. Kushina vio la colcha con el huerto de plantas aromáticas en vez del cuadro de Minato , y empezó a darse cuenta de qué era lo que se le escapaba.

Las plantas aromáticas eran una metáfora de la mujer que vivía ahora dentro de ella, una mujer más madura que quería curar y criar en vez de seducir, una mujer cuya belleza deslumbrante se había tornado en un sinfín de sutiles matices. Ya no era la persona que había sido, aunque todavía no sabía en qué persona se había convertido. En cierto modo, la respuesta estaba en la colcha.

Los dedos de Kushina se movieron nerviosamente en su regazo con una inyección de energía. Necesitaba la cesta de costura y la caja de tejidos. Los necesitaba sin dilación. Si los tuviera, si los tuviera en aquel mismo momento, podría encontrar el camino que revelaría quién era ella.

-Tengo que irme -dijo saltando de la silla.

Minato estaba tan totalmente absorto en su trabajo que, por un momento, pareció no comprender qué había dicho. Entonces, algo que parecía incluso dolor se dibujó en aquellos rasgos marcados.

-¡Dios mío, no puedes hacerme esto!

-Por favor. No lo hago para molestarte. Tengo que irme. Volveré enseguida. Sólo necesito algo que hay en mi coche.

Minato se separó de su lienzo y al apartarse los cabellos de los ojos, se manchó la frente de pintura.

-Ya iré yo a buscarlo.

-Hay un cesto en el maletero. No, también necesito la caja que hay al lado. Y necesito... Iremos los dos.

Atravesaron la pasarela, ambos ansiosos por acabar lo antes posible y poder dedicarse a lo esencial. Kushina prácticamente jadeaba al bajar las escaleras. Una vez en la sala, se puso a buscar el bolso donde tenía las llaves, pero no lo encontraba.

-¡Por qué diablos has cerrado el coche con llave! -rugió , él-. ¡Estamos en medio de la nada!

-¡Vivo en Los Ángeles! -replicó ella gritando.

-¡Aquí está!

Minato sacó el bolso de debajo de una de las mesas y empezó a revolver en su interior.

-¡Dámelo! -dijo Kushina arrebatándoselo de las manos y rebuscando en su interior.

-¡Date prisa! -dijo Minato cogiéndola del codo y arrastrándola primero hasta la puerta principal y luego por las escaleras. Por el camino, Kushina encontró las llaves. Se separó de él y apretó el botón del control remoto que abría el maletero.

Kushina casi lloró de alivio cuando cogió la cesta de costura y metió dentro la caja de los retales. Minato apenas se fijó.

Entraron volando, subieron corriendo las escaleras, galoparon por la pasarela. Cuando llegaron al estudio, a ambos les costaba respirar, más por la emoción que por el ejercicio. Kushina se dejó caer en la silla. Minato corrió hacia el lienzo. Se miraron y ambos sonrieron.

Fue un momento exquisito. De comunicación perfecta. Minato no había cuestionado la urgencia de Kushina, no había mostrado el más mínimo desdén al ver que se había puesto tan frenética por una simple cesta de costura. En cierto modo, Minato comprendía su necesidad de crear del mismo modo que ella comprendía la suya.

Feliz, Kushina se inclinó hacia su obra.

En el exterior, la oscuridad caía gradualmente. Las luces interiores del estudio se encendieron; todas estaban exquisitamente ubicadas para crear una iluminación sin sombras. Las tijeras de Kushina recortaban con frenesí; su aguja volaba dando largas puntadas que mantendrían unidos los tejidos hasta que pudiera coserlos definitivamente con la máquina de coser. Costura con costura. Colores mezclados. Patrones superpuestos.

Los dedos de Minato le acariciaron el cuello. Kushina no se había dado cuenta de que había abandonado su lienzo. Una fina línea escarlata adornaba ahora su camisa negra de seda, y una gota naranja destacaba en el gris de sus caros pantalones. Llevaba sus cabellos, crespos, algo despeinados, y tenía más rastros de pintura en la raya del pelo.

Kushina sintió un cosquilleo en la piel cuando Minato rozó con el dedo el botón superior de su blusa de gasa de color mandarina. Mirándola a los ojos, retiró el botón del ojal. Luego desabrochó el siguiente.

-Por favor -dijo Minato.

Ella no intentó detenerle, ni siquiera cuando Minato dejó caer la blusa por uno de sus hombros. Ni siquiera cuando sus dedos cuadrados manchados de pintura acariciaron el broche delantero de su sujetador. Kushina se limitó a inclinar la cabeza hacia su costura y dejó que lo desabrochara.

Sus pechos, mucho más pesados de lo que habían sido en su juventud, salieron desbordados. Kushina le dejó que dispusiera la tela de gasa de su blusa como quisiera. Él le bajó una manga por el brazo hasta que se atascó en el pliegue del codo. Luego la otra. Los senos de Kushina descansaban en un nido de tela como dos gallinas orondas.

El sonido de sus pisadas sobre la piedra caliza se alejó hacia el lienzo. Con los pechos desnudos, Kushina volvió a la costura.

Hasta entonces había creído que su colcha versaría sobre la crianza y no sobre la seducción, pero en aquel momento, el hecho asombroso de haberle permitido a Minato hacer aquello le decía que el significado sería más complejo. Ella creía que su parte sexual había muerto. Aquel sofoco de calor en su cuerpo le hacía comprender que eso no era cierto. La colcha acababa de revelar un secreto sobre su nueva identidad.

Sin deformar la tela de la camisa en los pliegues de los codos, hurgó en la caja que tenía a su lado y encontró un trozo suave de terciopelo viejo. Era de un sensual y profundo tono carmesí sombreado con matices más oscuros. De color de albahaca ópalo oscura. El color secreto del cuerpo de una mujer. Sus dedos temblaron mientras redondeaba las puntas. La tela acariciaba sus pezones mientras la manipulaba, poniéndolos duros como cuentas. Volvió a hurgar en la caja y encontró un tono todavía más profundo que serviría como corazón secreto.

Le añadiría unos cristales diminutos de rocío.

Un taco sofocado la obligó a levantar la mirada. Minato estaba mirándola fijamente y los curtidos rasgos de su rostro brillaban húmedos de sudor. Sus brazos, manchados de pintura, colgaban inertes a ambos lados de su cuerpo, y un pincel yacía a sus pies, justo donde lo había dejado caer.

-He pintado cientos de desnudos. Es la primera vez... -Minato sacudió la cabeza, momentáneamente desconcertado-. No puedo hacerlo.

Kushina sintió una oleada de vergüenza. La colcha cayó al suelo cuando se levantó; cogió la blusa y se cubrió con ella los pechos.

-No -dijo Minato acudiendo a su lado-. No, no, eso no.

El fuego de sus ojos la sorprendió. Las piernas de Minato rozaron su falda y sus manos se deslizaron por debajo de la blusa en busca de sus pechos. Minato los tomó con ambas manos, y enterró en ellos su rostro. Kushina apretó los brazos al notar que sus labios se cerraban alrededor de un pezón.

Aquella explosión de pasión parecía reservada a la juventud, pero ninguno de los dos era joven. Kushina sintió la longitud dura y gruesa de Minato. Minato buscaba la pretina de su falda. La cordura regresó y Kushina le apartó las manos. Quería que la viera desnuda como había sido, no como era ahora.

-Kushina... -exhaló Minato como protesta.

-Lo siento...

Minato no tenía paciencia para la cobardía. Deslizó las manos por debajo de la falda y tiró de las bragas; luego se arrodilló y se las quitó. Minato apretó su cara en la falda, en el...

El cálido aliento de Minato se derramaba entre sus piernas. Era tan agradable. Kushina las separó, sólo unos centímetros, y dejó que el aliento de Minato acariciase su corazón secreto.

Minato hizo que Kushina se tumbase a su lado sobre la dureza del suelo de piedra caliza. Tomando su cara con ambas manos, la besó. El beso profundo y experto de un hombre que conocía bien a las mujeres.

Cayeron juntos hacia atrás. Kushina llevaba la falda subida hasta la cintura. Minato acarició sus piernas y luego las separó. Entonces enterró su cara entre ellas.

Kushina subió las pantorrillas, dejó que se abrieran sus rodillas y gozó del lujurioso y vigoroso festín de Minato. El orgasmo fue feroz y potente, y la pilló por sorpresa. Cuando logró recuperarse, Minato estaba desnudo.

Tenía un cuerpo poderoso y bello. Kushina abrió los brazos y Minato se sumergió dentro de ella. Kushina, con los dedos sumergidos en sus cabellos, aceptó su beso más profundo y le rodeó con las piernas. Notó la dureza del suelo contra su columna vertebral. Kushina se estremeció cuando Minato volvió a sumergirse.

Minato paró, la acarició más suavemente y se dio la vuelta para que fuera su cuerpo el que soportase el castigo del suelo.

-¿Mejor así? -preguntó mientras tomaba en sus manos los pechos que se mecían delante de él.

-Mejor-contestó Kushina, buscando un ritmo que les satisficiera a ambos.

Mientras se movían, las pinturas de los lienzos parecían dar vueltas a su alrededor, los colores se hacían más brillantes, se volvían casi líquidos. Sus cuerpos trabajaban juntos, inundados de cálidas sensaciones. Finalmente, ninguno de los dos pudo soportarlo más y todos los colores del universo estallaron en una explosión de luz blanca y brillante.

Kushina se recompuso lentamente. Estaba tumbada encima de él, con la blusa y la falda hechas un amasijo que le rodeaba la cintura. Había sido víctima de un hechizo. Aquel hombre la había hechizado de la misma forma que lo habían hecho sus pinturas.

-Soy demasiado mayor para hacerlo en el suelo -gruñó Minato .

Kushina salió de encima de él y, con dificultad, se levantó para taparse.

-Lo siento. Estoy tan... gorda. Debo de haberte aplastado.

-No vuelvas con lo mismo.

Minato se hizo a un lado y, con una mueca de dolor, se incorporó lentamente. A diferencia de ella, él no parecía tener ninguna prisa por volver a vestirse. Kushina prefirió no mirar y acecho la falda arrugada hacia abajo, mientras veía que sus bragas estaban a sus pies, en el suelo. No logró abrocharse el sujetador, así que cerró la parte delantera de su blusa, pero cuando se disponía a abotonársela, Minato le sujetó las manos.

-Escúchame, Kushina. He trabajado con cientos de modelos durante mi vida, pero nunca había tenido que dejar de pintar para seducir a una de ellas.

Ella iba a replicar que no se lo creía, pero se trataba de Minato Namikaze, un hombre sin la paciencia suficiente para los piropos.

-Ha sido una locura.

La expresión de Minato se tornó feroz.

-Tienes un cuerpo magnífico. Exuberante y extravagante, exactamente como tiene que ser el cuerpo de una mujer. ¿Te has fijado cómo caía la luz sobre tu piel? ¿Sobre tus pechos? Son colosales, Kushina. Grandes. Carnosos. Abundantes. Nunca me cansaría de pintarlos. Tus pezones... -Minato puso sus dedos sobre ellos, los frotó y sus ojos ardieron con la misma pasión que había descubierto en ellos mientras pintaba-. Me hacen pensar en un aguacero. Un aguacero de abundante leche dorada. -Kushina se estremeció por la intensidad que encerraba su ronco susurro-. Derramándose por el suelo... Convirtiéndose en ríos... Ríos dorados y centelleantes fluyendo para alimentar continentes de tierras secas.

Qué hombre tan estrafalario y excesivo. Kushina no sabía qué pensar de una imagen tan atroz.

-Tu cuerpo, Kushina... ¿No lo ves? Es el cuerpo que dio a luz a la raza humana.

Sus palabras iban contra todo lo que predicaba el mundo en el que ella vivía. Dietas. Abnegación. Una obsesión por el hueso femenino en lugar de la carne femenina. La cultura de la juventud y la delgadez.

De la tacañería.

De la desfiguración. Del miedo.

Por una fracción de segundo, Kushina entrevió la verdad. Vio un mundo tan aterrorizado por el poder místico de la Mujer que lo único que podía aceptar era la aniquilación de la fuente misma de aquel poder: la forma natural del cuerpo femenino.

Era una visión demasiado alejada de su experiencia, y de pronto se evaporó.

-Tengo que irme.

El corazón le martilleaba el pecho. Se inclinó para recoger las bragas y las puso en la cesta de costura junto con los pedazos de la colcha que había esparcidos por el suelo.

-Ha sido... ha sido muy irresponsable.

-¿Hay alguna probabilidad de dejarte embarazada?

-No. Pero hay otras cosas.

-Ninguno de los dos es promiscuo. Ambos hemos aprendido a las duras que el sexo es demasiado importante.

-¿Y cómo le llamas a esto? -dijo dando una palmada en el suelo.

-Pasión. Déjame ver en qué estás trabajando -dijo señalando con la cabeza los retales que sobresalían de la cesta de costura.

A Kushina le pareció impensable permitir que un genio como Minato Namikaze viera su simple proyecto artesanal. Negando con la cabeza, se dirigió hacia la puerta, pero justo antes de llegar allí, algo la empujó a darse la vuelta.

Minato estaba en pie, mirándola. Una mancha de pintura azul adornaba su muslo, cerca de la ingle. Estaba desnudo y magnífico.

-Tenías razón-dijo Kushina-. Tengo cincuenta años.

Su suave respuesta la siguió al salir de la casa y mientras bajaba por la carretera.

-Demasiado mayor para ser tan cobarde -dijo Minato en un suspiro, y sus palabras siguieron a Kushina hasta que salió de la casa y no la abandonaron durante todo el camino de vuelta.

Gracias por leer.