Perdonada


LIMERENCIA


Las fantasías y sueños sexuales son algo normal. Son incluso una forma saludable de pasar el rato mientras esperas a que llegue la persona adecuada.

«Mi vida sexual secreta»

Para Chik

-Qué bien que Naruto decidiera por fin pasar un rato contigo. Tal vez acepte ir por un asesor matrimonial.

Ino dejó el pastel de mermelada de fresa sobre la bandeja Wedgwood y le dedicó a Hinata su habitual mirada compasiva.

-No necesitamos a ningún asesor matrimonial -espetó Naruto mientras entraba por la puerta con Mermy pegada a sus pies. Acababan de volver de su aventura en planeador y el viento le había dejado el pelo peinado hacia atrás-. Lo que necesitamos es ese pastel. Son las cinco y los huéspedes esperan la merienda.

Ino se dirigió a regañadientes hacia la puerta.

-Tal vez si rezan los dos...

-¡El pastel! -gruñó Naruto.

Ino volvió la cabeza hacia Hinata y le hizo saber con la mirada que ella había hecho todo lo posible, pero que Hinata estaba condenada sin remisión a una vida sin sexo. Luego desapareció.

-Tienes razón -dijo Naruto-. Esta chica resulta irritante debería haberte hecho el chupetón.

Ese era un tema del que Hinata no quería hablar, de modo que optó por concentrar su atención en preparar la bandeja de té. No había tenido tiempo para cambiarse la ropa ni tampoco de arreglarse el pelo que el viento le había despeinado, pero se obligó a no ponerse nerviosa cuando Naruto se le acercó unos pasos.

-En caso de que estuvieras preocupada, Natahi... Tranquila, mis oídos acaban de recuperarse de ese grito.

-Ibas directamente hacia los árboles. Y no era un grito- dijo cogiendo la bandeja y entregándosela-. Era un chillido.

-Un chillido de mil demonios. Y no estábamos para nada cerca de los árboles.

-Creo que las huéspedes femeninas aguardan impacientes tu presencia. Naruto hizo una mueca y desapareció con Mermy.

Hinata sonrió. No debería haberse sorprendido de que Naruto fuera un experto piloto de planeador, aunque habría preferido que se lo hubiera mencionado antes de despegar. A pesar de aquella tarde juntos, las cosas no estaban mucho mejor entre ellos. Naruto no había dicho ni media palabra sobre las entrevistas de la mañana, y ella no encontraba el momento de preguntárselo.

También estaba extrañamente asustadizo. Esa misma tarde habían topado accidentalmente y Naruto había saltado como si Hinata quemara. Si no la quería a su lado, ¿por qué la había invitado?

Hinata conocía la respuesta. Tras su conversación con Kushina, no quería estar solo.

La mujer causante de su confusión entró en la cocina por la puerta de atrás. Llevaba la palabra incertidumbre escrita en la cara, y Hinata sintió empatía. Durante el trayecto de regreso al campamento, Hinata había pronunciado el nombre de Kushina y Naruto había cambiado de tema.

Recordó lo que le había dicho en la casita. «Se supone que tengo que sentir de golpe cariño por ella? ¡Porque no lo siento! » Había sido un recordatorio inequívoco de que a Naruto no le gustaban las relaciones íntimas. Hinata había empezado a darse cuenta de lo hábil que era manteniendo a la gente alejada de él. Por extraño que pareciera, Minato Namikaze, con tanta obsesión por la intimidad, estaba emocionalmente menos encerrado en sí mismo que Naruto.

-Siento lo de su gata -dijo Hinata-. Ha sido un impulso. Naruto necesita muchas emociones -dijo mientras pasaba el dedo por el vidrio tallado del borde de la bandeja-. Quiero que disfrute del campamento para que no se lo venda.

Kushina asintió. Sus manos entraban y salían de los bolsillos. Carraspeó.

-¿Te ha hablado Naruto de nuestra conversación?

-Sí.

-No ha sido exactamente un éxito rotundo.

-Aunque tampoco un fracaso estrepitoso.

En el rostro de Kushina se esbozó un conmovedor destello de esperanza.

-Espero que no.

-El fútbol es mucho más sencillo que las relaciones personales. Kushina asintió y jugueteó con sus anillos.

-Te debo una disculpa, ¿no?

-Pues sí.

Esta vez, en la sonrisa de Kushina había algo más.

-He sido injusta contigo, lo sé.

-Tiene toda la razón.

-Me preocupo por él.

-Y por el daño que podría hacerle a sus emociones una heredera devoradora de hombres, ¿no?

Kushina miró a Roo, que salía de debajo de la mesa.

-Ayúdame, Roo. Tu dueña me da miedo. Hinata se rió.

Kushina sonrió, pero enseguida se puso seria de nuevo.

-Siento haberte juzgado mal, Hinata. Sé que te preocupas por él, y creo que nunca le harías daño deliberadamente. Hinata sospechó que la opinión de Kushina cambiaría si conociera las circunstancias que se escondían detrás de su matrimonio. Sólo la promesa que le había hecho a Naruto impidió contarle la verdad.

-Por si todavía no se lo había imaginado -empezó a decirle Hinata-, estoy de su parte. Creo que Naruto la necesita en su vida.

-No te imaginas lo que significa eso para mí-dijo Kushina mirando hacia la puerta-. Entraré a tomar el té.

-¿Está segura? Los huéspedes se le echarán encima.

-Ya me apañaré-dijo irguiendo su postura-. Ya estoy harta de esconderme. Tu marido va a tener que arreglárselas conmigo de una forma o de otra.

-Bien dicho.

Cuando Hinata entró en la sala de estar con una bandeja de galletas y otra tetera, Kushina conversaba de buena gana con los huéspedes que la rodeaban. Se le iba el corazón por los ojos cada vez que miraba a Naruto, aunque el rehuía su mirada. Era como si creyera que cualquier indicio de afecto pudiera en cierto modo atraparle.

La infancia de Hinata le había enseñado a tener cuidado con la gente que no era emocionalmente abierta, y la circunspección de Naruto la deprimió. Si fuera lista, alquilaría un coche y volvería a Konoha aquella misma noche.

Una mujer mayor de Ann Arbor que se acababa de registrar aquel mismo día apareció junto a Hinata.

-Me han dicho que escribes libros infantiles.

-No mucho, últimamente -respondió taciturnamente acordándose de las revisiones que todavía no había hecho y del cheque de la hipoteca de agosto que no podría firmar.

-Mi hermana y yo hace tiempo que queremos escribir un libro infantil, pero hemos estado tan ocupadas viajando que no hemos podido encontrar el momento.

-Escribir un libro infantil comporta algo más que encontrar el momento -dijo Naruto detrás de ella-. No es tan sencillo como parece creer la gente.

Hinata se quedó tan asombrada que casi le resbaló de las manos la bandeja con las galletas.

-Los niños quieren historias buenas -prosiguió-. Quieren reírse o asustarse o aprender algo sin que se lo hagan tragar a la fuerza. Eso es lo que hace Hinata en sus libros. Por ejemplo, en Natahi se pierde...

Y, hala, Naruto se puso a describir con una extraordinaria precisión las técnicas que utilizaba Hinata para llegar a sus lectores. Más tarde, cuando apareció en la cocina, Hinata le sonrió.

-Gracias por defender mi profesión. Te lo agradezco.

-La gente es idiota.

Naruto señaló con un gesto de cabeza los utensilios que Hinata estaba preparando para el desayuno del día siguiente.

-No hace falta que cocines tanto. Ya te he dicho que puedo hacer un pedido en la pastelería del pueblo.

-Ya lo sé. Es que me gusta.

La mirada de Naruto se fue a los hombros desnudos y la camisola de encaje de Hinata. Y se quedó allí clavada durante tanto rato que Hinata sintió como si estuviera recorriéndole la piel con los dedos. Una fantasía estúpida; se dio cuenta de ello cuando él alargó la mano hacia el bote donde Hinata acababa de dejar las galletas sobrantes.

-Parece que te gusta todo de este lugar. ¿Qué ha pasado con aquellos malos recuerdos de tus campamentos de verano? -preguntó Naruto.

-Así es como siempre quise que fuera un campamento de verano.

-¿Aburrido y lleno de viejos? -dijo él mordiendo una galleta-. Tienes unos gustos muy raros.

Hinata no quiso discutir sobre eso con él. En cambio, le hizo la pregunta que había ido posponiendo toda la tarde.

-No me has dicho nada de las entrevistas de esta mañana. Naruto frunció el ceño.

-No han ido tan bien como sería deseable. Puede que el primer tipo haya sido un buen chef en algún momento de su vida, pero ahora se presenta borracho a las entrevistas. Y la mujer a la que he entrevistado ponía tantas restricciones en cuanto a horarios que no habría servido.

A Hinata se le levantó el ánimo, pero cuando Naruto prosiguió, el alma se le cayó a los pies.

-Hay otra candidata que vendrá mañana por la tarde, y por teléfono sonaba muy bien. Ni siquiera le ha puesto pegas a venir un domingo para la entrevista. Supongo que podríamos prepararla el lunes y marcharnos de aquí el miércoles por la tarde como muy tarde.

-Hurra -dijo Hinata con tristeza.

-¿No me digas que vas a echar de menos levantarte de la cama a las cinco y media de la mañana?

Ambos oyeron a Ino que reía en el pasillo.

-¡No, Sai!

Los recién casados acudían a la cocina para despedirse. Todas las tardes, justo después del té, regresaban corriendo a su apartamento, donde Hinata estaba casi segura que saltaban a la cama y hacían el amor muy ruidosamente antes de tener que volver a la casa de huéspedes para pasar la noche.

-Qué suerte -murmuró Hinata-. Ahora nos darán un cursito sobre nuestras carencias sexuales en estéreo.

-Ni por asomo.

Sin previo aviso, Naruto la tomó en brazos, la empujó contra la nevera y aplastó su boca en la de ella.

Hinata sabía exactamente por qué lo hacía. Y aunque tal vez fuera una idea mejor que la del chupetón, también era mucho más peligrosa.

La mano libre de Naruto agarró su pierna por debajo de la rodilla y la levantó. Hinata enroscó su pierna en la cadera de Naruto y lo abrazó. La otra mano de Naruto se deslizó bajo el top de Hinata en busca de uno de sus pechos. Como si tuviera algún derecho.

La puerta de la cocina se abrió de par en par y Hinata recordó de pronto que tenían testigos. Ése, por supuesto, era el objetivo. Naruto se echó atrás unos centímetros, aunque no lo bastante como para que los labios de Hinata se enfriasen. Naruto no apartó la vista de la boca de Hinata, ni tampoco retiró la mano de su pecho.

-Váyanse.

Un grito sofocado de Ino. Un portazo. El sonido de unos pasos rápidos en retirada.

-Supongo que les hemos dado una lección -dijo Hinata rozándole los labios.

-Supongo -dijo Naruto, antes de empezar a besarla de nuevo.

-Hinata, te... ¡Oh, perdón!

Otro portazo. Más pasos en retirada, esta vez de Kushina. Naruto soltó una blasfemia.

-Nos vamos de aquí.

Su voz contenía la misma nota de determinación que le había oído en entrevistas de televisión cuando prometía ganar a Green Bay. Naruto soltó la pierna de Hinata, y retiró de mala gana la mano que tenía encima de su pecho.

Hinata se había vuelto a meter donde se suponía que no debía.

-La verdad, pienso que...

-Basta de pensar, Hinata. Soy tu marido, maldita sea, y ya es hora de que te comportes como una esposa.

-¿Cómo una...? ¿A qué te...?

Pero Naruto era fundamentalmente un hombre de acción y ya había tenido suficiente charla. Asiéndola por la muñeca, la arrastró hacia la puerta de atrás.

Hinata no se lo podía creer. La estaba secuestrando para cometer... ¡sexo a la fuerza!

«Santo Dios... ¡Resístete! ¡Dile que no!»

Hinata veía el programa de Oprah y sabía exactamente qué se suponía que tenía que hacer una mujer en aquella situación. Gritar a todo pulmón, tirarse al suelo y ponerse a darle patadas a su asaltante con todas sus fuerzas. La entendida en la materia del programa había explicado que esta estrategia no sólo tenía la ventaja de la sorpresa, sino que utilizaba la fuerza de la parte inferior del cuerpo de la mujer.

«Gritar. Tirarse al suelo. Dar patadas.»

-No -susurró.

Naruto ni la oyó. Siguió arrastrándola por el jardín y luego por el camino que corría entre las casitas y el lago. Las largas piernas de Naruto devoraban el terreno como si estuviera intentando vencer al pitido final. Se habría caído de bruces si Naruto no la hubiera estado agarrando tan fuerte.

«Gritar. Tirarse al suelo. Dar patadas.» Y no dejar de gritar Hinata recordaba aquella parte. Se suponía que no había dejar de gritar ni un segundo mientras se daban las patadas.

La idea de tirarse al suelo resultaba interesante. Nada intuitiva, aunque tenía sentido. Las mujeres no podían competir con los hombres en cuanto a fuerza de la parte superior del cuerpo, pero si el asaltante masculino estaba en pie y la mujer se tiraba al suelo... Una ráfaga de patadas fuertes y rápidas en las partes blandas... Sin duda, tenía sentido.

-Mmm, Naruto...

-Cállate, o te juro por Dios que te poseo aquí mismo.

Sí, sin duda era sexo a la fuerza. «Gracias a Dios.»

Hinata estaba tan cansada de pensar, tan cansada de huir de lo que tanto deseaba. Ella sabía que tener que creer que la decisión se le había ido de las manos decía muy poco a favor de su madurez personal.

Y considerar a Naruto como un depredador sexual era incluso más lamentable. Pero a sus veintisiete años, Hinata todavía no era la mujer que quería ser. La mujer que intentaba ser. Cuando tuviera los treinta, estaba absolutamente segura de que ya dominaría su propia sexualidad. Pero, de momento, que lo hiciera él.

Avanzaron a sacudidas por el camino dejando atrás al Buen Señor y Arca de Noé. Lirios del campo estaba justo delante.

Hinata se acordó de las escasas prestaciones como amante de Naruto y juró que no le diría ni una palabra sobre el tema ni durante ni después. Naruto no era una persona egoísta por naturaleza. ¿Qué iba a saber él de prolegómenos cuando tenía a todas aquellas mujeres colmándole de atenciones? Y un «pim, pam, gracias, señora» ya estaría bien. Aquellas enfermizas imágenes nocturnas que le habían arrebatado el sueño se esfumarían finalmente ante la cruda realidad.

-Adentro -dijo abriendo de golpe la puerta de la casita y empujando a Hinata.

Hinata no tenía ninguna opción en el asunto. Ninguna en absoluto. Él era más alto, más fuerte, y tenía propensión a ponerse violento en cualquier momento.

Incluso para una persona imaginativa, aquello era un callejón sin salida.

Hinata deseó que no la hubiera soltado, aunque le gustó el modo como se echó las manos a las caderas. Y su mirada parecía seriamente amenazadora.

-No vas a empezar a soltarme el rollo de siempre, ¿verdad?

La pregunta le planteó un dilema. Si decía que sí, él daría marcha atrás. Si decía que no, le estaría dando permiso para hacer algo a lo que ella sabía que debería resistirse. Por suerte, Naruto seguía enojado.

-¡Porque ya estoy harto! No somos adolecentes. Somos dos adultos sanos, y nos deseamos.

¿Por qué no dejaba de hablar y la arrastraba sin más al dormitorio? Si no de los cabellos, sí al menos del brazo.

-Llevo todas las medidas de seguridad que vamos a necesitar...

Si al menos hubiera dicho que llevaba una pistola y que pensaba encañonarla si no se acostaba allí y le dejaba hacer lo que le apeteciera. Claro que Hinata quería hacer mucho más que simplemente acostarse allí.

-¡Ahora, te recomiendo que muevas tu lindo trasero hacia el dormitorio!

Las palabras fueron perfectas, y a Hinata le encantó la forma como señaló la puerta con el dedo, aunque el enojo que hasta entonces había dominado su mirada empezaba a dejar paso a la cautela. Se estaba preparando para echarse atrás.

Hinata corrió hacia el dormitorio. Tampoco había para tanto, no debía darle demasiada importancia. Era una hermosa esclava obligada a entregarse a su implacable (aunque divinamente atractivo) amo. ¡Una esclava que tenía que quitarse la ropa antes de que él la azotara!

Se quitó el top y se quedó en pie ante él cubierta simplemente por el sujetador y el pantalón, que en realidad era un calzón de gasa de los que se llevan en los harenes. Calzón que él rasgaría si ella no se apresuraba a quitarse.

Inclinó la cabeza y dio un puntapié en el aire para desprenderse de sus sandalias. Luego se quitó el pantalón -el calzón de gasa- y lo arrojó a un lado. Cuando levantó la mirada, vio a su amo en pie junto a la puerta del dormitorio, con una expresión ligeramente aturdida, como si no pudiera creerse que iba a ser tan fácil. ¡Ja! ¡Fácil para él! ¡No estaba mirando a la muerte a la cara!

Ella sólo llevaba el sujetador y las bragas. Levantó la barbilla y lo miró desafiante. ¡Tal vez poseería su cuerpo, pero jamás podría tener su alma!

Una vez se hubo convencido de nuevo, Naruto avanzó hacia ella. Por supuesto que estaba convencido. Ella también lo estaría si tuviera a un ejército de guardias estacionados justo detrás de la puerta, listos para arrastrar a una esclava desobediente a la muerte si no se sometía.

Naruto se paró delante de ella y miró abajo, rastrillando su cuerpo con sus ojos azules. Si se hubiera dejado el top puesto, él se lo habría arrancado con una daga... ¡No, con los dientes!

Los imperiosos ojos de Naruto abrasaban el cuerpo de Hinata. ¿Qué pasaría si no le complacía? Un amo tan despiadado exigía de ella algo más que la simple sumisión. ¡Exigía colaboración! Y (acababa de recordar) había jurado torturar hasta la muerte a su mejor amiga, la dulce esclava Melissa, si no quedaba satisfecho. ¡Por mucho que le doliera a su orgullo, tenía que satisfacerle!

Para salvar a Melissa.

Levantó los brazos y sujetó la magnífica mandíbula de Naruto entre sus manos, en un intento desesperado de aplacar a aquel bárbaro. Se inclinó hacia delante y apretó sus labios inocentes contra aquellos labios crueles, cruelmente, cruelmente... dulces.

Hinata suspiró y le tentó con la punta de la lengua. Cuando Naruto abrió la boca, ella la invadió. ¿Cómo podía hacer otra cosa cuando tenía que proteger la vida de la pobre Melissa?

Las manos de Naruto se extendieron en su espalda desnuda, buscando el broche del sujetador. A Hinata se le puso la piel de gallina. El broche se abrió.

Naruto la cogió por los hombros y tomó el mando del beso. Luego, tiró del sujetador y lo lanzó a un lado.

Su boca se apartó de la de Hinata. Su mandíbula le acarició la mejilla.

-Hinata...

Ella no quería ser Hinata. Si fuera Hinata, tendría que recoger la ropa y vestirse de inmediato, porque Hinata no era autodestructiva.

Sólo era una esclava, e inclinó la cabeza con sumisión cuando él se echó atrás para contemplar sus senos desnudos, expuestos ya a sus depredadores ojos zafiros. Se estremeció y esperó. El algodón crepitó cuando Naruto se quitó la camiseta -su túnica de seda- y la dejó caer a un lado. Hinata cerró los ojos con fuerza cuando él tiró de ella y su pecho de conquistador apretó sus pechos desnudos e indefensos.

Un temblor recorrió toda su piel cuando Naruto empezó a comérsela a besos: primero rodeó por completo su cuello, y luego fue descendiendo hacia los pechos, que ya no le pertenecían a ella. Le pertenecían a él. ¡Todas las partes de su cuerpo le pertenecían a él!

Las rodillas se le aflojaron. Había deseado tanto aquel momento, y sin embargo necesitaba a toda costa seguir con la fantasía.

Amo... Esclava... Suya para satisfacer sus deseos. No debía enojarle... Debía dejarle -oh, sí- extender aquel recorrido de besos por sus costillas y hacia el ombligo, el estómago, mientras se deslizaba por sus caderas y empezaba a tirar de sus bragas.

¡Concéntrate! ¡Imagina esos labios crueles! ¡Esos ojos como puñales! La horrible pena que debería sufrir la esclava si no abría las piernas para que él pudiera deslizar su mano entre ellas. Su despiadado amo... Su salvaje propietario... Su...

-Hay una conejita en tus bragas.

Ni siquiera la mente más creativa podría haber mantenido la fantasía ante esa risilla ronca y burlona. Ella le miró y se le impuso la incómoda certeza de que uno de los dos no llevaba puestas más que unas braguitas azules con una conejita mientras que el otro no se había quitado los pantalones.

-¿Y qué, si la hay?

Naruto se estiró y, después de frotar con los dedos la parte delantera de las braguitas, le dio una palmadita a la conejita. Hinata se estremeció.

-Sólo me ha sorprendido.

-Me las regaló Hanabi. Fue una sorpresa.

-Para mí sí que ha sido una sorpresa -dijo mordisqueando el cuello de Hinata mientras seguía dándole palmaditas a la conejita-. ¿Son las únicas?

-Tal vez haya unas cuantas más.

Naruto extendió su otra mano sobre el trasero de Hinata y le dio un masaje.

-¿Tienes algunas con el chico zorro?

Sí, tenía unas con Kyūbi luciendo su bonita máscara de zorro.

-¿Podrías dejar...de hablar...y concentrarte..ah...en la conquista?

-¿Qué conquista? -preguntó él deslizando el dedo bajo la banda de la entrepierna.

-No importa.

Hinata suspiró mientras él seguía con su caricia. Oh, era delicioso. Hinata abrió las piernas para dejarle ir a donde quisiera.

Y él quería ir a todas partes.

Antes de darse cuenta, sus bragas habían desaparecido, junto a la ropa de él, y estaban desnudos en la cama, demasiado impacientes para quitar la colcha.

Sus juegos se volvieron serios demasiado pronto. Naruto agarró a Hinata por los hombros y la colocó encima de él: no había duda de que iba al grano. Hinata se contoneó sobre el cuerpo de Naruto, le cogió la cabeza con ambas manos y volvió a besarle, con la esperanza de desacelerarle.

-Eres tan dulce... -murmuró Naruto dentro de su boca.

Pero era imposible distraerle. La cogió por la parte posterior de las rodillas y las abrió a la altura de las caderas. Ya estaba. ¡Hinata se preparó para resistir la acometida y se mordió el labio para no gritarle que se tomara su tiempo, por lo que más quisiera, y dejara de actuar como si el árbitro hubiera dado la señal de los dos últimos minutos!

Se había prometido que no le criticaría, así que optó por hincar los dientes en los fuertes músculos de su hombro.

Naruto emitió un sonido ronco que tanto podría haber sido de dolor como de placer, y la siguiente cosa que supo Hinata fue que estaba tumbada de espaldas con Naruto cerniéndose encima de ella, mirándola con aquellos crueles ojos azules.

-¿Así que la conejita quiere jugar duro?

« ¿Contra noventa kilos de músculo? No, creo que no.»

Hinata iba a decirle que sólo intentaba distraerle para que no fuera tan rápido con el gatillo, pero Naruto le sujetó las muñecas y se lanzó en picado hacia sus pechos.

Aaaaah... Era una tortura. Una agonía. Peor que una agonía. ¿Cómo podía una boca causar tantos estragos? Hinata deseó que no se acabara nunca.

Naruto deslizó los labios por uno de sus pechos. Le rindió los honores al pezón y pasó al otro pecho, donde repitió la operación. Luego, sin previo aviso, se puso a succionar.

Hinata se debatió contra él, pero Naruto no le soltó las muñecas, que tenía aprisionadas con una sola mano para poder juguetear con la otra a placer.

La mano vagó por el pecho y fue descendiendo primero hasta el ombligo, y luego más abajo, donde se entretuvo con los rizos. Pero al parecer su pretensión era atormentarla, porque justo en ese momento se desvió hacia la parte interior de los muslos.

Los muslos se abrieron. Naruto se quedó donde estaba.

Hinata se retorció, intentando obligar a aquellos dedos tentadores a que abandonaran sus muslos y volvieran a aquella parte de ella que palpitaba hasta tal punto que creía que iba a morir.

Naruto no captó la idea. Estaba demasiado ocupado atormentándola, demasiado ocupado jugando con sus pechos. Hinata había oído que algunas mujeres podían tener orgasmos sólo por aquello, pero nunca se lo había creído.

Estaba equivocada.

La onda expansiva la pilló desprevenida, retronó a su alrededor y la elevó hacia el cielo. No recordaba haber gritado, pero al oír el eco supo que lo había hecho.

Naruto se paró. Hinata se estremeció contra su pecho, respiró profundamente, intentó comprender qué le había pasado.

Naruto le acarició el hombro. Le besó el lóbulo de la oreja. Su aliento susurrado cosquilleó sus cabellos.

-Un poco rápida con el gatillo, ¿no?

Hinata se sintió mortificada. O algo así. Excepto que había sido tan agradable. Y tan inesperado.

-Ha sido un accidente -masculló-. Ahora es tu turno.

-Ah, yo no tengo ninguna prisa... -Naruto tomó un mechón de sus cabellos y se lo acercó a la nariz-. Al contrario que otra gente.

El brillo de la transpiración que recubría la piel de Naruto y la forma en que presionaba su muslo le dijeron a Hinata que tenía más prisa de la que quería admitir. Mucha prisa. Curiosamente, no recordaba aquella parte de él. No exactamente. Recordaba que le había dolido. Y en aquel momento, pensando en ello, se le ocurrió por un instante que tal vez ella era demasiado pequeña.

No había momento mejor que aquél para averiguar si era verdad. Hinata se encaramó sobre él.

Naruto volvió a tumbarla de espaldas. Le besó la comisura de los labios. ¿Cuándo pensaba llegar a la parte del pim, pam?

-¿Por qué no te tumbas y descansas un poco? -susurró Naruto.

« ¿Descansar?»

-No, de verdad que no...

Naruto la sujetó por los hombros escondiendo los pulgares en sus axilas y volvió a iniciar el recorrido de besos. Sólo que esta vez siguió adelante.

Poco después la tomó por las rodillas y le abrió las piernas. Sus cabellos frotaron la parte interior de los muslos de Hinata, que estaban tan sensibles que se estremeció. Luego la tomó de nuevo con su boca.

Una suave succión... Unas dulces acometidas... Hinata no podía respirar. Cogió la cabeza de Naruto, suplicando. Sus caderas se combaron cuando las oleadas volvieron a dominarla.

Esta vez, cuando Hinata se hubo calmado, Naruto, en lugar de burlarse de ella, cogió el condón del que ella ya se había olvidado, acomodó su cuerpo sobre el de Hinata y la observó con aquellos ojos azules.

Bajo el resplandor del sol de última hora de la tarde, el cuerpo de Naruto parecía cubierto de oro fundido y Hinata sentía el calor de su piel en las manos. Cuando el esfuerzo por contenerse resultó demasiado para él, Hinata sintió que los músculos de Naruto se estremecían bajo las palmas de sus manos. Aun así, le había dado a Hinata todo el tiempo del mundo.

Hinata se abrió... se estiró para aceptarle.

Naruto la penetró lentamente, besándola, calmándola. Hinata le amó por lo cuidadoso que estaba siendo y, lentamente, le aceptó dentro de su cuerpo.

Pero, incluso cuando ya estaba dentro de ella, Naruto se contuvo, e inició un balanceo lento y dulce.

Era delicioso, pero no era suficiente, y Hinata se dio cuenta de que ya no quería su contención. Le quería libre y salvaje. Quería que disfrutara de su cuerpo, que lo utilizara como le placiera. Rodeándole con las piernas, le presionó las caderas conminándole a liberarse.

La correa con la que Naruto había estado sujetando su autocontrol se rompió. Naruto acometió. Hinata gimió al recibir la acometida. Era como arder en una hoguera de sensaciones.

Naruto era demasiado grande para ella, demasiado fuerte, demasiado feroz… Absolutamente perfecto.

El sol fue ardiendo con más intensidad hasta que explotó. Naruto y Hinata volaron juntos hacia un vacío cristalino y brillante.

Naruto no había hecho nunca el amor con una mujer que llevase una conejita en las bragas. Pero había muchos aspectos de hacer el amor con Hinata que eran diferentes de todas demás cosas que había experimentado. Su entusiasmo, su generosidad... ¿Por qué debería sorprenderse?

Naruto deslizó su mano sobre la cadera de Hinata y pensó en lo agradable que había sido, aunque al principio ella había comportado de un modo extraño, casi como si hubiera estado intentando convencerse a sí misma de que le tenía miedo.

Recordó que se había quedado en pie delante de él con el sujetador y las bragas de la conejita, con la cabeza alta y los hombros hacia atrás. Si hubiera tenido una bandera de los Estados Unidos ondeando a su espalda, habría parecido un atrevido cartel de reclutamiento para la infantería de marina. Pocos, orgullosos y con colita de algodón.

Hinata se agitó en los brazos de Naruto y resopló ruidosamente por la nariz, amadrigándose como uno de sus amigos de ficción. Aunque, a pesar de los resoplidos, las madrigueras y las bragas de conejita, Hinata había sido una mujer de los pies a la cabeza.

Y Naruto estaba en un buen lío. En una tarde, había tirado por la borda todo lo que había intentado lograr al ignorarla.

Hinata deslizó la mano por su pecho hasta alcanzar su barriga. Aquí y allá, los últimos rayos de luz del sol lustraban sus cabellos con salpicaduras como las que había utilizado el día antes para las galletas de azúcar.

Naruto se obligó a recordar los motivos por los que había intentado con tanto empeño mantenerla alejada, empezando por el hecho de que no iba a formar parte de su vida durante mucho tiempo, cosa que muy probablemente iba a enfurecer a su hermana, que resultaba ser la propietaria del equipo al que Naruto pretendía llevar, aquel año sí, a la Super Bowl.

Naruto no podía pensar en todos los medios a los que pueden recorrer los propietarios de equipos para hacérselas pasar canutas incluso a sus estrellas, no de momento. Sí que pensó, en cambio, en toda la pasión que había encerrada dentro del cuerpecito caprichoso de aquella mujer que era su esposa y no era su esposa.

Hinata volvió a resoplar.

-No eres un paquete. Como amante, me refiero.

Naruto se alegró de que ella no pudiera ver su sonrisa, porque darle la más mínima ventaja significaba generalmente acabar bañándose en el lago con la ropa puesta. Así que se decantó por el sarcasmo.

-Me parece que nos estamos poniendo tiernos. ¿Debo sacar un pañuelo?

-Sólo quería decir que... Bueno, la última vez...

-No me digas.

-Era lo único que tenía para comparar.

-Por el amor de...

-Sí, ya sé que no es justo. Tú estabas dormido. Y no diste tu consentimiento. Eso no lo he olvidado.

-Pues tal vez ya va siendo hora -dijo arrimándose a ella.

Hinata sintió una explosión en su cabeza, y le miró con un millón de emociones en el rostro, la principal de ellas la esperanza.

-¿Qué quieres decir? Naruto le acarició la cabeza.

-Quiero decir que se acabó. Que está olvidado. Y tú estás perdonada.

-Lo dices en serio, ¿verdad? -preguntó con los ojos inundados de lágrimas.

-En serio.

-Oh, Naruto… Yo…

Naruto presintió que lo siguiente iba a ser un discurso, y no estaba de humor para más charlas, así que empezó de nuevo a hacerle el amor.

Gracias por leer.