Si había algo que Chat Noir conocía a la perfección, era el uso, fortalezas y debilidades de los miraculous que les brindaban poderes.

Sabía por ejemplo, que solo su Gataclismo podía destruir o dañar los objetos mágicos, también que los mismos le conferían a su dueño habilidades extraordinarias o incrementaban las que el portador ya poseía.

Algo que también sabía era que su bastón era irrompible y podía alcanzar longitudes incalculables, así como el yo-yo de Ladybug, mismo que en ese momento lo tenía amarrado contra una silla de la mansión Agreste mientras su dueña jugaba con la erección que orgullosamente se mostraba frente a la imagen que la portadora del miraculous de la creación le regalaba.

Y no era para menos, el traje de la heroína, ahora cubriendo solo la parte inferior de su cuerpo dejaba a la vista sus pechos, que se movían suavemente ante cada movimiento que su dueña hacía. Ella, mientras tanto, se dedicaba a masturbar su miembro, de vez en cuando lo tomaba con su lengua por un par de segundos y después procedía con los leves movimientos arriba-abajo.

Por momentos también bajaba una de sus manos para acariciar sus testículos, ocasionando que su tortura aumentara, porque aunque las acciones de la pelinegra le causaban el punto máximo de placer, nunca dejaba que este se liberase. Justo cuando estaba a punto de culminar, ella detenía las atenciones abruptamente, sacaba de la manera más lenta su lengua y recogía con ella el líquido preseminal que su pene liberaba.

Y lo odiaba, porque aunque quisiera tomarla por la cabeza y obligarle a tomar su miembro por completo dentro de su cálida boca, no podía, la cuerda del yo-yo le restringía cualquier movimiento que quisiera realizar. Lo odiaba porque deseaba poner a su compañera sobre sus codos y rodillas, tomarla de la cadera, abrir sus piernas y penetrarla hasta que la vida se le fuera en ello... Pero no podía. Ella estaba tomando su venganza por haberle dejado más de una marca en su delicado cuello, a la vista para que su amigo peliazul pudiese notar que ella le pertenecía a alguien más. Y funcionó, pero sus cálculos no le permitirán saber que los padres de la heroína también lo podían ver...

Y ahora, ella jugaba con sus límites.

Pero no se arrepentía.