Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Craig Barttlet. Yo sólo escribo sin ánimo de lucro.

Sin más...

El verano llegaba a su fin, y con él, Lorenzo terminaba de empacar para la mudanza que tendría su familia a la ciudad de Nueva York. Aunque Rhonda entendía que entre Hillwood y vivir en Manhattan, la familia Mota de Larrea se decantara por la gran manzana, no podía evitar ser egoísta y desear que el pelinegro se quedara en la ciudad, o que por lo menos la llevara consigo… ambos crecieron visitando los mismos sitios en vacaciones, yendo a las mismas fiestas y compromisos, cortesía de sus respectivos padres… la comprensión mutua de su suplicio personal, extrañamente, los había hecho unidos… y Rhonda en verdad disfrutaba la amistad del chico, no iba a ser hipócrita consigo misma y decir que la pericia al besar de Lorenzo no tenía que ver en esto, pero no era lo único…

Él le hacía compañía.

Genuina compañía.

Solía sentirse sola en medio de las multitudes que acudían a esos pomposos eventos que sus padres organizaban o a los que la llevaban. De niña, le encantaba todo el brillo y lujo que había en esas reuniones, pero ahora… le parecían llenos de una vacuidad dolorosa… un agujero que se llenaba sólo con la presencia de Lorenzo en esos sitios, era como ser capaz de llevar un trozo de sí misma y no sólo la niña pretensiosa. Era ser Rhonda, en lugar de "la hija de Buckley Lloyd".

Y perdería todo eso.

Se verían en vacaciones… pero justo ahora, el siguiente periodo vacacional se le antojaba demasiado remoto.

Suspiró. Quizás por eso estaba ahí. En el porche de aquella casa que le daba escalofríos. Tenía un favor que pedirle a aquel chico obsesivo con el que no hablaba desde el verano pasado…

Suspiró de nuevo, ¿En verdad no tenía otras opciones?

No. Básicamente, no. Le respondió su propia mente. Volvió a suspirar, armándose de valor para llamar a la puerta, cuando entonces se abrió. Un chico desgarbado, con el corte de hongo, cabello negro y lentes de armazón roja, la recibió con una sonrisa perturbada.

-¿Eres tú, Rhonda?- preguntó con la voz cargada de ilusión.

-Sí, Curly. Soy yo- y la desquiciada risa que le siguió a esa afirmación, obligó a Rhonda a abrazarse a sí misma para controlar los temblores de sus brazos. –Tengo algo que pedirte- le dijo seria.

-Y ya sabes cuál es el precio, querida- le respondió el pelinegro, dando saltitos de emoción y urgiéndola a entrar en la casa.

Me arrepentiré de esto, pensó Rhonda antes de ser engullida por la oscuridad de la estancia de aquella vieja casa.

Patty no podía parar de llorar. Acababa de tener una pelea por teléfono con Helga, la rubia podía ser muy cruel cuando se lo proponía. La llamada había sido porque habían acordado pasar el día juntas, el plan inicial era ir al festival de comida internacional que habían montado en la 77, y no pudieron ponerse de acuerdo porque la rubia quería invitar a Phoebe, Gerald, Brainy y Harold.

Y no era que Patty tuviera problema con ninguno de ellos, de hecho, también eran sus amigos y disfrutaba de su compañía, pero no quería ver a Harold.

En realidad, no quería ver a nadie.

Helga era Helga…

A ella, quería contarle lo que pasó en la casa de Rhonda, quería decirle que ésta vez Harold había sido quien la besó a ella, que era el segundo beso que compartían, que se había sentido diferente y que el chico no le hablaba desde entonces.

No le tomaba las llamadas ni respondía sus mensajes, había cambiado su turno en la carnicería, o dejado de ir, porque no lo encontraba cuando intentaba visitarlo… ¡Incluso había ido a su casa!... pero la señora Berman le dijo que no se encontraba… ¿Se lo había tragado la tierra?... y sabía que era contradictorio llevar dos semanas buscándolo, y ponerse histérica con su mejor amiga cuando finalmente le da la oportunidad de verlo…

¿Qué le estaba ocurriendo?

La castaña sabía que Harold tenía un enamoramiento por Rhonda. No se tenía que ser un genio como Phoebe o tener la empatía de Arnold para darse cuenta de algo así… El chico lo traía escrito en el rostro, se le caía la baba cada que la veía… Pero entonces, ¿Por qué la besó de esa manera?

Sólo el recuerdo de los labios de Harold sobre los suyos, era suficiente para estremecerla.

Por eso se alteró tanto y la pagó con la rubia, tenía miedo.

Miedo del poder que Harold tenía sobre ella… podía, con una simple mirada, hacer o destruir su mundo.

¿Y si él terminaba diciéndole que el beso había sido un error?

Sentía su corazón resquebrajarse de sólo pensar en la posibilidad.

La castaña se limpió las lágrimas y se puso de pie, tenía que aclarar sus pensamientos… y de paso sus sentimientos también… así que bajó para avisarles a sus padres que daría una vuelta en bicicleta por el vecindario.

-No te alejes mucho cariño- le pidió su padre mientras leía el periódico y su madre lavaba los trastes del desayuno.

-¡Llévate el casco!- alcanzó a escuchar cuando se subía a la bicicleta, su mamá seguía tratándola como a una niña a sus 16 años, de todas formas le hizo caso. No quería que le riñera al volver, porque de alguna forma la señora Smith siempre sabía si Patty le había hecho caso o no.

Bajaba por la avenida, sin una dirección en particular, cuando vio a una chica de cabello negro deambulando. Una chica a la que conocía muy bien, y que no se explicaba qué podía estar haciendo por su calle.

La castaña se le emparejó cerca de la acera, sorprendida de que Rhonda ni siquiera la notara por lo absorta en sí misma que caminaba.

-¿Estás bien?- le preguntó, sobresaltando a la Lloyd sin que fuera su intención.

-¡Cielos, Patty! Me darás un ataque- Rhonda se sujetó el pecho, prácticamente hiperventilando.

-Lo siento- murmuró la castaña -¿Qué haces por aquí?- le preguntó curiosa. Rhonda estaba a punto de decirle que se metiera en sus propios asuntos, cuando notó los rezagos del llanto, evidentes en su rostro.

-Quería darle algo especial a un amigo.- Sonrojada, desvió su mirada. Patty la miró aún más curiosa.

-¿A Harold?- preguntó, temerosa de la respuesta.

-¿Qué? No… ¿Por qué has pensado en él?- ahora fue el turno de la castaña para enrojecer. A Rhonda se le antojaba extraño ese intercambio, ¿Qué tenía que ver Harold con Lorenzo y Curly?

-Bueno… es que…- pensó rápidamente en qué podía decir, pero la pelinegra se le adelantó.

-No me digas… a ti te gusta Harold- le dijo con una sonrisa divertida. Harold era un buen partido, no era feo, y aunque torpe, era trabajador… era jugador del equipo de americano de la secundaria, y era muy divertido… ¿Por qué se avergonzaría Patty de tener un flechazo por él?

-¡No lo digas tan alto!- le cubrió la boca con una mano, a lo que Rhonda puso un gesto de aversión en su rostro –Uy, lo siento- volvió a disculparse, liberándola. La pelinegra se limpió y concentró de nuevo su mirada en la castaña.

-¿Por qué te apena?- Rhonda Wellington Lloyd jamás se quedaba con la duda.

-No quiero que se entere- murmuró en respuesta –no creo que yo le guste de esa forma- Rhonda rodó los ojos.

-Vamos Patty, no me vengas con inseguridades. ¿Cómo sabrás de qué forma le gustas si no se lo preguntas directamente? Y tiene que ser directamente porque los chicos no captan indirectas- Patty la miró incrédula.

-¿Por qué me das consejos?- con suspicacia, la miró con más cuidado, llevaba un abrigo en pleno verano, bajo el cual ocultaba algo… ¡Estaban a 37°C! ¿Qué hacía con un abrigo?

-Porque… Harold me agrada- le dijo encogiéndose de hombros, la chica la miró como si hablara otro idioma.

-¿Harold te agrada?- repitió lentamente, sin estar segura de que hubiera escuchado bien.

-Sí. Almuerza en nuestra mesa. Nadie que no me agrade almuerza en mi mesa- le aseguró.

-Entonces… él, ¿También te gusta?- casi rogó porque la pelinegra le dijera que no.

-Sí- y Patty casi se desmaya ahí mismo –Pero yo no tengo novios ¿sabes?, mi familia es muy estricta al respecto, y cada chico con el que salga, en el pasado, en el presente o en el futuro, tiene que ser aprobado por mis padres- Rhonda hizo un movimiento con su muñeca, como si ahuyentara algo –Ya sabes, padres…- dijo como si se tratara de alguna nimiedad, pero Patty la siguió mirando como si hablaran diferentes idiomas –mi punto es… que un novio sería demasiado compromiso… y aunque Harold me gusta, también me gusta Lorenzo, y también me gusta Harry, el capitán del equipo de natación… y a veces, Iggy… no todo el tiempo… en fin… quiero decir que, me gustan pero no para tener un noviazgo… y Harold, es un buen chico, se merece una buena chica…- le sonrió a la castaña –como tú- añadió.

-¿Me estás tomando el pelo?- desconfiada, Patty se alejó un par de pasos.

-Para nada… Además, a Harold se le cae la baba cuando te mira… es muy obvio el pobre- fingiendo lástima, se llevó una mano al pecho. Patty cada vez se sentía más asombrada de lo que oía.

-¿Quieres decir, que tú no quieres ser novia de Harold?- la pelinegra perdió la paciencia.

-¡Ay, niña! ¿En qué idioma quieres que te lo deletree?- con los brazos cruzados, la miró altiva –mi novio debe cumplir con estándares que… nadie que conozca cumple… así que, no… no quiero ser novia de Harold Berman… pero otras chicas quizás sí, así que deberías apresurarte a decirle cómo te sientes ¿sí?- y como si hubiera estado programado, un auto lujoso aparcó a unos metros de las chicas –Ése es mi transporte… au revoir- se despidió, y caminó hacia el vehículo, sin mirar un solo segundo tras de sí.

Quizás Rhonda tenía razón.

Patty la vio alejarse en su auto… y entonces toda la conversación la golpeó de lleno, haciéndola sonreír como si ganara la lotería… ¡Rhonda no quería ser novia de Harold!... y como pudo sacó su celular para llamar a su rubia amiga. Tenía que disculparse, y de paso, pedirle de favor que invitara a Harold al festival y luego, ella no se presentara. Así, los dos estarían solos.

Tenía muchas cosas que decirle al chico.

Llegó a su casa, agotada mentalmente. El tiempo en la casa de Curly había sido una tortura, una necesaria. Quería darle a Lorenzo un obsequio… pero quería que fuera especial… ella sabía que el dinero no todo lo puede comprar, y también sabía la afición que tenía el chico por las antigüedades. La abuela de Curly tenía un reloj en su poder cuyo valor era incalculable, no monetariamente hablando, sino porque había sido fabricado con el metal del casco del navío en el que los abuelos de Lorenzo llegaron a Estados Unidos… su valor era más sentimental que otra cosa.

Rhonda estuvo investigando al respecto cuando se enteró de que el chico se iría. El terror que sintió al rastrear al actual propietario del reloj, casi le congela la sangre en las venas… La abuela de Curly no había querido vendérselo… le dijo que esperaba dárselo algún día a su nieto… Lo que la unigénita Lloyd tuvo que hacer para que Curly se lo diera, la ponía enferma de sólo recordarlo.

Valía la pena, se dijo a sí misma.

Aunque su primer beso no hubiera sido realmente Lorenzo (no iría por ahí diciendo al mundo que fue Curly, iúgh), para ella, el primer beso que le hizo sentir viva, fue el que recibió del unigénito de los Mota de Larrea. En un retiro de la compañía de su padre, en el que invitó a algunos de sus más importantes proveedores y clientes, Rhonda se topó con Lorenzo.

Estaban en quinto grado, y eran las vacaciones de primavera. En la escuela, no hablaban mucho entre sí, pero rodeados de desconocidos en un ambiente en el que eran pocos niños y su mayoría, adultos cuyos intereses al acudir al lugar eran puramente negocios, los dos pelinegros orbitaban hacia el otro como imanes en el mismo campo magnético.

Aquel día, a Rhonda se le había ocurrido que sería divertido jugar verdad o reto. Sólo jugaban los dos, así que la chica no se imaginó que a Lorenzo pudiera ocurrírsele algo con lo que ella no pudiera lidiar… evidentemente se equivocó. Después de las primeras rondas, donde se retaron a un par de tonterías y se preguntaron algunas cosas como "¿Qué es lo más vergonzoso que has hecho?" o "¿A qué le tienes más miedo?", finalmente, cuando Rhonda escogió reto, Lorenzo consiguió sorprenderla.

-Te reto a…- el chico miró alrededor, la fiesta estaba muy aburrida, adultos en traje desperdigados por el salón del hotel en grupos… nada interesante sucedía. Sonrió con el pensamiento que le atravesó como un latigazo la mente-… a que coloques llave en las salidas del salón y actives la alarma de incendios- Rhonda lo miró incrédula.

-¿Quieres que los encierre y active los sprinklers?- sorprendida con el asentimiento del chico, la pelinegra tragó grueso. Si su padre descubría que ella lo hizo le iría muy mal -¿Desde cuándo tienes ese tipo de ideas?- le preguntó con una ceja alzada.

-Digamos que he estado trabajando en aprender a divertirme- con una sonrisa ladeada, el pelinegro se veía orgulloso de sí mismo. Rhonda sólo rio.

-Acabas de bajar tres puntos en tu ranking de genialidad con esa simple oración- se las arregló para decirle, entre risas, la hija del anfitrión de ese retiro.

-Bueno, ¿Lo harás o no?- cayó en cuenta de que Rhonda sólo intentaba escurrir el bulto cuando la vio hacer un gesto como si su plan hubiese fallado. La pequeña Lloyd frustrada se veía adorable… Lorenzo sacudió su cabeza intentando ahuyentar ese pensamiento.

-Claro que sí. Soy una Lloyd, no faltamos a nuestra palabra- y con una determinación que tuvo que fingir, Rhonda se encaminó a las puertas alrededor del salón.

Lorenzo la vio anonadado. No esperaba que lo hiciera. A unos diez metros, un empapado Buckley Lloyd reñía a su hija, más furioso de lo que nunca lo había visto. Al final Rhonda cumplió el reto, pero los encargados del hotel la descubrieron a través de las cámaras. Aunque tardaron casi una hora encerrados en el salón, bajo lo que parecía una lluvia, con el revuelo de los adultos que intentaban lucir calmados y fallaban miserablemente. Él reía a carcajadas junto a Rhonda, disfrutando el espectáculo, hasta que abrieron las puertas y señalaron a la culpable.

No esperaba que Rhonda omitiera su nombre como la mente detrás de la fechoría, pero la chica había aceptado toda la responsabilidad.

A pesar de lo mimada que podía llegar a ser, de lo egoísta y lo snob… Rhonda era leal. Fiel a su palabra. Tenía un código y no lo rompía… tenía honor…

A Lorenzo eso le gustó de ella.

Le gustó mucho.

Y cuando su padre dejó de gritarle y partió con sus socios a hacer un recuento de los daños al mobiliario del hotel, para ver cuánto tendría que pagar… El pelinegro se acercó a la chica.

-¿Estás bien?- le sorprendió la ausencia de llanto en ella, si su padre le prestara la suficiente atención para alzarle la voz y reñirle por toda una media hora, Lorenzo seguramente se echaría a llorar, aunque fuera algo vergonzoso de reconocer. Rhonda, en cambio, sólo se veía molesta.

-Claro que no- respondió, cruzándose de brazos y mirándolo como si de su boca sólo salieran tonterías –cometí un error de novata… olvidé las cámaras- y refunfuñó por lo bajo, genuinamente decepcionada por aquel detalle, dándole más importancia a eso que al enojo de su padre. Sin saber por qué, eso le hizo reír como no reía en mucho tiempo… Y antes de que la pelinegra siguiera mirándolo como si hubiera perdido la cabeza, la besó. Fue un beso torpe, era la primera vez que Lorenzo besaba a una chica en los labios, pero, a pesar de eso, se sentía muy bien. Al separarse, Rhonda lo miraba enrojecida y con el ceño profundamente fruncido.

-¿Se puede saber por qué me has besado?- estaba molesta con el chico por su atrevimiento, pero más consigo misma por haberlo disfrutado, y desear repetirlo.

-No he podido evitarlo. Rhonda Wellington Lloyd, eres verdaderamente hermosa- y sonriéndole, la besó de nuevo, esta vez, atreviéndose a posar sus manos sobre la pequeña cintura de la pelinegra. Ambos demasiado nerviosos e inexpertos como para saber qué hacer aparte de juntar sus labios.

-No soy tu novia- le dijo con seriedad cuando se despedían para volver a casa.

-Lo sé- no entendía por qué le señalaba lo obvio.

-Bien. No soy de nadie ¿Entendiste?- la seriedad continuaba cubriendo todos sus rasgos, preocupando al pelinegro por si había cruzado la línea del respeto con su amiga.

-Sí- finalmente, Rhonda captó la confusión en la mirada de su compañero, y suspirando, se rectificó a sí misma con mayor claridad.

-Lo que quiero decir, es que, no estoy interesada en tener un noviazgo…- le tomó la mano a su amigo -… si tienes ganas de besarme, y yo también de besarte a ti… podemos besarnos… pero eso no me convierte en tu propiedad. Los novios son tontos. Se creen con derecho sobre ti sólo por la etiqueta que ostentan. No me gusta- Rhonda recordó los dos besos que había compartido con Curly, la habían hecho sentir atrapada, como si no fuera más que una muñeca, como si estuviera vacía y sólo existiera para que la miraran… Sentirse como un objeto era el peor sentimiento, te deshumanizaba, y Rhonda, en lo profundo, le aterraba ser vista sólo como eso. Demasiadas amigas de su madre eran esposas trofeo, mujeres que sólo interesaban cuando se las tenía que presumir por su belleza, y luego eran relegadas y olvidadas en su aparador hasta que fuera el tiempo de volver a mostrarlas, presumirlas o jugar con ellas. Curly no la miraba realmente, la idealizaba como algo que en realidad no era… y cuando hacía eso, ella no podía evitar sentirse como las amigas de su madre.

-Hey, tranquila- le susurró Lorenzo, abrazándola –Yo sé que tú eres tú… jamás intentaría domarte, los potros salvajes son los más hermosos- le dijo, terminando el abrazo y guiñándole un ojo. Rhonda sonrió. Lorenzo entendía. Quizás no sabía todo lo que había pasado por su cabeza, pero entendía. Y ser entendida era algo muy extraño para la pelinegra. Rhonda no era nada tonta, sabía que, entendimiento y comprensión, eran cosas muy difíciles de hallar... no se compraban, ni se fabricaban en serie… Eran tesoros… y Rhonda amaba los tesoros.

Por ese juego de niños, los pelinegros se habían vuelto más unidos. Desde ese día, Rhonda besaba a quien quería besar, cuando quería besarlo. Y hacía lo que quería hacer cuando quería hacerlo.

Quería olvidar la sensación de estar atrapada.

Para conseguir el reloj para Lorenzo, tuvo que volver a besar a Curly. Aunque esa vez, el chico ya no se limitó a juntar sus labios. Se había sentido mancillada, se ahogaba al recordarlo.

Con Thadeus siempre se sentía obligada. Siempre hacía algo que no quería hacer. Siempre regresaba ese miedo a estar vacía, a convertirse en muñeca, a quedarse en ese lúgubre aparador.

Suspiró, y abrió la llave de la bañera. Le urgía sumergirse en el agua tibia y limpia, limpia como no estaba ella, como no se sentía desde que abandonó la casa de la familia Gammelthorpe.

Y luego estaba su encuentro con Patty…

Definitivamente había sido un largo día.

Por supuesto que le gustaba Harold… Harold era… todo lo que ella no podía ser aunque lo intentara… Era sencillo, y desprolijo con su apariencia, y defensor de lo que le importaba y en lo que creía… Era gracioso y aunque a veces sus bromas eran crueles, Rhonda sabía que no era a propósito, lo que pasaba era que aún no tenía malicia verdadera… todavía era ingenuo… como cuando no entendía por qué a Helga la molestaban por algo por lo que a él lo felicitaban.

Harold era su propia versión utópica de la realidad.

Porque en la realidad, ¿De qué forma encajarían? No tenían nada en común. Lo que sentía por él era un poco platónico, o debía quedarse como algo platónico si no quería perderlo para siempre, y de todas las formas. Porque podían hacerse mucho daño. Y no sabía si podrían perdonarse.

Porque Harold era el tipo de chico que pensaba de forma simple, como Patty Smith.

No como ella, o Lorenzo Mota de Larrea.

Harold quería una novia con la que después se pudiera casar, que fuera ama de casa y criara a un par de niñas, mientras él trabajaba en la carnicería y tenían la vida que lo que ganara ahí les pudiera dar.

Rhonda ya había hablado de eso con Harold. Cuando el lunes siguiente al primer beso que se habían dado, en séptimo grado, el chico se acercó a ella preguntándole si quería ser su novia. Obviamente Harold no entendió sus razones, Harold sólo conocía el mundo de Harold.

Habían crecido en mundos distintos.

Ella disfrutaba de las cosas finas y caras. Le encantaba la moda. Le encantaba viajar. Le encantaba la comida gourmet. Contaba sus calorías. Le gustaba verse bien. Le gustaban las fiestas. Se preocupaba de lo que otros pensaban de ella. Le encantaba ser el centro de atención.

Él disfrutaba de las cosas pequeñas de la vida. Disfrutaba jugar al béisbol, aunque se ensuciara o estuviera lloviendo. Disfrutaba andar en bicicleta. Disfrutaba arrojar piedras al agua. Le gustaba su trabajo en la carnicería. Le gustaba pasar desapercibido. Le gustaba la comida, toda la comida. Amaba a sus padres y a sus amigos… y su mundo se limitaba a eso.

Rhonda no podía hacerlo feliz. Básicamente porque los conceptos de felicidad que tenían cada uno no encajaban…

Sí. Ellos eran polos opuestos, perfectos el uno para el otro en papel.

Lástima que no vivían en una novela escrita, sino en la realidad.

Lástima que sólo Rhonda pudiera verlo. Porque Harold no veía los tonos de gris que hay entre el negro y el blanco. Él no entendía por qué no quiso ser su novia si lo había besado. Lorenzo lo entendía. Porque Lorenzo no era Harold, porque el pelinegro creció en el mismo mundo que ella. Porque la Señora Mota de Larrea era una de esas mujeres en la que Rhonda tanto miedo tenía de convertirse. La madre de Lorenzo era una esposa trofeo, hermosa sí, pero la sentaban en ese aparador en el que Rhonda se negaba a ser sentada.

Por eso él podía entenderla.

Por eso, Harold nunca lo entendería.

Los padres de Harold se amaban, se admiraban y respetaban.

Y no le entraba en la cabeza al chico que no todos los matrimonios tenían tanta suerte.

Patty era feliz con las mismas cosas que Harold. Patty sí podía hacerlo feliz.

Metiéndose en la bañera casi llena con el agua caliente y burbujas, cortesía de las sales de baño que arrojó mientras se sumía en sus pensamientos, Rhonda cerró los ojos y fantaseó… fantaseó con ser invisible, con pasar desapercibida, con ser alguien más en la sociedad… Nunca tendría eso, y no sabía si lo quería. Pero por un rato, aquella fantasía le ayudó a sacar a Curly de su mente.

Patty estaba a punto de hiperventilar. Esperaba en la entrada del festival de comida internacional a Harold, que tenía quince minutos de retraso… y ella sólo podía atormentarse con la idea de que no se presentara.

Al terminar el verano, Patty empezaría su segundo año de preparatoria, en unos meses cumpliría 17 y la presión de elegir qué estudiar como carrera universitaria comenzaba a sentirse en su grupo. No podía tener conversaciones relajadas con sus compañeros, porque todas terminaban en la pregunta ¿Qué harás cuando salgamos de preparatoria? Patty no se sentía lista para decidir, no sabía lo que quería del futuro, sólo sabía a quién quería a su lado.

Cada que se imaginaba siendo alguna de sus opciones, maestra de Educación Especial, Pediatra, Enfermera o Ama de casa… siempre terminaba fantaseando con volver a casa y encontrarse a Harold Berman, después de su día en la carnicería, con un par de hijos corriendo a la entrada a recibirla…

Eso ya lo tenía muy claro.

Quería una vida junto al chico, junto a su mejor amigo.

¿Qué felicidad más grande hay, que compartir tu vida con la persona de la que te has enamorado y que además es tu mejor amigo? Ah, claro. Minucias, pero, sería mejor si era correspondida. Es más, para que sus ilusiones se hicieran realidad, tenía que ser correspondida.

Y ese era el predicamento que la atormentaba.

¿Y si Harold no estaba enamorado de ella?

Ya le había dicho que le gustaba… pero eso podía significar muchas cosas. O sólo una, y ella se estaba comiendo la cabeza por nada.

Miró de nuevo la hora en la pantalla de su celular. Veinte minutos de retraso.

¿Cuánto tiempo es pertinente esperar antes de darte cuenta de que la persona no llegará?

Pensó en escribirle, pero había pasado tanto tiempo desde la última vez que le respondió un mensaje, que tuvo miedo de sentir su rechazo.

Recordó el día en el que Harold recorrió todo el camino a su casa luego de clases, emocionado, porque se había unido al equipo de fútbol y le dijo que ella era la persona con la que quería compartir los momentos que lo hacían más feliz… la sonrisa que le dio ese día terminó por aclararle sus sentimientos por él…

Deseaba tanto poder retribuirle de la misma forma, y compartir con él lo que más feliz la hacía… estar enamorada de él.

-¡Perdón por la tardanza!- el protagonista de sus pensamientos llegó hasta ella, pasando la pequeña multitud de la entrada, se agachó a tomar aire y Patty sintió el revuelo de sus mariposas en la boca del estómago… era como una escena sacada de su anime romántico favorito. Ahora, él alzaría el rostro y ella podría sonreírle dulcemente, y lo haría sonrojarse, porque al verla se daría cuenta de cuánto le gustaba. Y como esa era la realidad, y no una serie anime de las que miraba en su tiempo libre… nada de eso sucedió.

-¿Boleto?- le preguntó el guardia, interrumpiéndolos, antes de que Harold terminara por recuperarse. Patty lo miró sin comprender a qué se refería.

-¿Boleto?- le regresó la pregunta la castaña, sintiéndose un poco tonta cuando vio al señor rodar los ojos.

-Están en la entrada, obstruyendo la fila. Si no tienen boleto, tendrán que irse- Patty continuó mirándolo confundida, Harold reponiéndose en ese momento.

-¿Quiere decir que no es entrada libre?- le preguntó, aterrada cuando lo vio confirmarle que tenía que comprar su entrada.

-¿No has comprado las entradas?- Harold la miraba extrañado, llegó veintitrés minutos tarde, ¿Qué había estado haciendo en ese tiempo la castaña sino compró las entradas? A menos, que ella también se hubiera retrasado.

-No- murmuró sintiéndose muy pequeña.

-La taquilla es aquella- señaló el guardia, los chicos al girarse en esa dirección, casi se van de espaldas al ver la fila larguísima para la compra de boletos –Una vez que los tengan, se forman para poder entrar- y a Harold le dio un tic en el ojo al ver la fila que había para entrar, más larga que la de la taquilla.

-Gracias- susurró la castaña, deseando que la tierra se abriera y la tragara, empeorando cuando el chico bufó hastiado y de mal humor se encaminó a la fila de los boletos. Patty lo siguió, nada iba como pensó, no sabía si tomarlo como una señal de que no debía hablarle de sus sentimientos a su mejor amigo.

-Oye… ¿No sería mejor si te formas en la fila de la entrada? Yo compraré los boletos y te alcanzo. Así sería más productivo- Patty sintió que el mundo se le caía a los pies, ni siquiera podría pasar tiempo con él, hacer fila cada quien por su lado podía ser muy conveniente, pero pasarían cerca de una hora apartados –Por cierto, ¿Y los demás?- cuando el chico miró alrededor, la cara de Patty enrojeció completamente.

-¡Iré a formarme!- y salió corriendo de ahí. Una vez estaba al final de la fila, se permitió respirar tranquila… Ahora, no le parecía nada romántico decirle a Harold que… estaban solos… ¿Cómo fue tan despistada como para no revisar en Facebook los requisitos para entrar al festival? ¡Ah, sí! Estaba ocupada decidiendo qué se pondría…

Normalmente a Patty le daba lo mismo la ropa que se ponía, casi como a Helga. Su vestido azul y suéter abierto blanco, solía ser su atuendo diario… Pero había querido sorprender al chico… Se puso los jeans ajustados que le regaló su mamá, y una blusa de chifón blanca, con sus flats del mismo color. Suspiró, de nada sirvieron las horas invertidas… Harold no pareció notar que vestía diferente…

Quizás, aunque a Rhonda no le gustaba Harold, a Harold sí que le gustaba Rhonda.

Quizás debía desistir.

Quizás no debió de haber ido al tonto festival, quizás no tendría que estarse haciendo ilusiones con su mejor amigo.

De todas formas, ¿De dónde había sacado el valor para tener esperanzas con Harold?

… Oh…

Cierto… fue porque Rhonda dijo que a Harold se le caía la baba por ella… por la castaña.

¿Y si la unigénita Lloyd se equivocaba? ¿Y si le había jugado una broma cruel? ¿Y si sólo había intentado hacerla sentir mejor?

Lágrimas acudieron a sus pupilas.

Deseaba compartir con Harold sus sentimientos… pero el terror que sentía al rechazo del chico, la congelaban.

¿Por qué le dijo a Helga que no viniera?

Necesitaba a su mejor amiga.

Quiso buscar su celular en su bolso, pero su vista era borrosa.

¿Por qué no veía bien?

Una gota cayó en el dorso de su mano. Genial, pensó, ahora estoy llorando, Harold me verá llorando. Intentó limpiarse el rostro, pero no creía estar logrando mucho, porque ahora sus lágrimas corrían libremente por sus mejillas. En su desesperación, se giró, creyendo que podría salir de ahí, sin darse cuenta que ya había alguien tras ella. Se estampó con Robert, un chico rubio de cabello rizado y lentes que Patty reconocía como compañero de clases de Harold… lo había visto en un par de fiestas… pero sólo habían intercambiado un par de palabras… Que la viera así la avergonzó, intentando ocultar su rostro y dándose cuenta que durante la colisión, el rubio la había sujetado de la cintura.

-¿Estás bien?- le preguntó con cortesía. La castaña enrojeció, no podía decirle que sí, debía verse terrible y seguramente el chico no le creería.

-Olvidé comprar entradas… ahora me siento tonta- le respondió, apenada. Robert sonrió al escucharla.

-Yo traigo la playera al revés, de adentro hacia afuera… ahora, tienes con quién sentirte tonta- Patty notó las costuras en la camisa del chico, respaldando su historia y haciéndole sonreír por el intento del chico por hacerla sentir mejor –Te conozco ¿verdad?- le preguntó entonces.

-Eh… sí… soy Patty Smith… iba a la misma secundaria que tú, la PS 118, pero el año pasado me gradué- se alejó un par de pasos para poder liberarse del agarre que inconscientemente el chico mantenía en ella.

-¡Ah, sí! La Gran Patty… No eres tan alta como te recuerdo- se rascó la nuca, nervioso de pronto, la chica frente a él no tenía la mejor de las reputaciones.

-Eso es porque tú has crecido desde sexto grado- le dijo riendo.

-Sí, debe ser eso- el chico miró alrededor -¿Vienes sola?- Patty dejó de sonreír… recordando de golpe el fiasco en el que se había convertido su plan para declararse, ella misma se había auto saboteado sin darse cuenta…

-No… en realidad…- pero antes de que pudiera terminar, alguien la rodeó con sus brazos desde su espalda y la pegó a su pecho…

-Está conmigo- la voz de Harold retumbó en sus oídos, convirtiendo sus piernas en gelatina. Por alguna razón escucharlo decir aquello la elevaba a las nubes… y eso la aterró… porque entre más alto, más duele la caída… porque se dio cuenta que no podía remediar su situación, estaba enamorada de Harold y se aferraba a la esperanza de que él de ella también.