Miró a su prometida mientras ambos estaban en la oficina. Ella como diseñadora estrella de la marca Gabriel y él llevando la administración de la empresa que fundasen sus padres. Le encantaba mirarla y saberse su pareja. Ella era... Perfecta, aún con sus imperfecciones y sus altibajos no había palabra con la que Adrien pudiese describir mejor a Marinette.

Le robaba suspiros a cada paso, le encantaba ver cómo se sonrojaba cuando uno de sus diseños era alabado, o la mirada decidida que tenía cuando un loco plan se le cruzaba y debía llevarlo a cabo. Se podía pasar la vida entera pendiente de ella, de su risa contagiosa o de su manera de fruncir el ceño cuando algo no le parecía. Amaba su voz, y su determinación, amaba su cuerpo y la manera en que parecían hechos el uno para el otro, la forma en que cada parte de ella le complementaba a él y viceversa.

Pero, si algo había que amaba más en este momento era la manera en que sus piernas se miraban enfundadas en sus stilettos rojos. Marinette, siendo sinceros, le ponía duro con muchas acciones; desde su fingida inocencia para tentarlo hasta la manera en que tenía de ponerlo a sus pies con una simple palabra. Sin embargo, ahora mismo sólo podía pensar en llevarla a su oficina, levantar su falta tubo hasta sus caderas, poner sus piernas aún con las zapatillas puestas sobre sus hombros y follársela como si no hubiese un mañana.

La llamó por medio de su secretaria y sonrió cuando la vio entrando por la puerta de su despacho. Sin que ella pudiese prevenir nada, se acercó y, tomando su fina cintura entre sus manos le susurró al oído.

—No sabes lo mucho que quiero hacerte en este momento. Fantaseo contigo y esta oficina... Me matas, Marinette... —