La situación se le escapó de las manos a Rhonda. La pelinegra estaba desesperada, miró alrededor, intentando ubicar a Nadine o a Lila, o por lo menos a Mary, a quien fuera que pudiera sacarla del embrollo en el que se había metido esta vez.

-¿Y bien? Estoy esperando una respuesta, mi encantadora diosa- Curly tenía una sonrisa de adoración en su rostro que enfuriaba a Rhonda, lo que daría por estampar su puño en esa enorme nariz y escucharla crujiendo bajo sus nudillos… respiró profundo y exhaló lentamente… no podía andar por ahí pensando y comportándose como una bruta agresiva, ella no era Helga Pataki. Aunque, en esa ocasión, Curly realmente le llevaba ventaja… mucha ventaja… después de todo, había pactado con él los pagos mensuales del reloj que le obsequió a Lorenzo. Un día al mes, iría a su casa, se pondría el disfraz de maid y haría y diría lo que ese renacuajo le pidiera por dos horas… claro que Curly no le podía hacer bajo ninguna circunstancia peticiones de carácter sexual, y hasta ahora le había cumplido esa condición, pero todavía le faltaban tres pagos, tres meses, y el pago del mes en curso se le ocurría a Thadeus cobrárselo el día de la graduación. No sabía si lo hizo porque intuyó que Rhonda se negaría, o si lo hacía para presionarla a aceptar el trato que dejó sobre la mesa… Si Rhonda lo besaba, un solo beso, Curly condonaría los pagos restantes y le permitiría continuar en la fiesta. La unigénita Lloyd había sido criada para identificar los buenos tratos, en los negocios es tan buen don diferenciar un trato beneficioso como el mal menor de las oportunidades que se presenten… aquel era el mal menor… un sencillo beso… aquí y ahora, y no tendría que volver a aquella casa que tantas pesadillas comenzaba a provocarle, a aquella habitación que parecía una oda a ella misma y que tanto detestaba, a ponerse aquel disfraz ridículo y humillante, y lo más importante, nunca tendría que volver a cantar, bailar, fingir voces, decirle cosas dulces y románticas para Curly…

-Sólo un beso- formuló finalmente la pelinegra, sintiendo que escogía un veneno por sobre otro… porque le parecía casi igual de malo besar a Curly que vestirse para satisfacer los fetiches de su acosador personal.

-Sí, sí- exclamó con la misma ansiedad que Golum habría dicho "Mi precioso"… la comparación le revolvió el estómago a la pelinegra, y volvió a respirar profundo, intentando mentalizarse para lo que pasaría. Así los vio Harold, compartiendo un beso que la salvaría de una tortura más prolongada. Y tres segundos después de que el chico de gorra azul se había ido del sitio, Rhonda no pudo detener por más tiempo el vómito que subió por su garganta y se derramó por el rostro y camisa del chico.

-Oh, Dios- La unigénita Lloyd no tenía idea de qué hacer en ese momento, hasta que Curly sacó su pañuelo y se lo tendió para que se limpiara los restos que las náuseas habían dejado detrás.

-Iré a asearme al baño- atinó a informar el pelinegro antes de irse. Rhonda se quería morir, no le importaba Curly en lo más mínimo, pero había sido vergonzoso lo que había sucedido. Así fue como Rhonda Wellington Lloyd decidió dar por terminada la noche de su graduación de secundaria… su único beso esa noche, de una persona a la que comenzaba a odiar un poco.

Era un sábado por la mañana cuando en la casa de la familia Smith se desayunaba, el inicio del verano parecía muy prometedor, ni muy caluroso, ni muy fresco, el clima perfecto.

Alguien tocó a la puerta de la casa y Patty sintió que su corazón se saltaba un latido.

Zelda se puso de pie para ver quién era, pero fue sorprendida por la carrera que emprendió su hija hasta la puerta.

Henry miró con ojos molestos la escena, refunfuñando por lo bajo casi con rencor "debe ser ese chico".

Al abrir la puerta de la entrada, la castaña sintió que las piernas se le volvían de gelatina. Harold estaba frente a ella con su jersey favorito y los pantalones de mezclilla negra que a ella tanto le gustaba cómo le formaban su trasero… con una cesta en las manos y la gorra girada hacia atrás como era costumbre… se veía cansado, pero al verla, un brillo nació en su mirada e iluminó su rostro.

-Buenos días Patty- la saludó con una sincera sonrisa, haciendo que el corazón de Patty olvidara por un segundo cómo latir…

-Ho-hola Harold- regresó el saludo, sintiendo que sus manos sudaban y que las rodillas le temblaban. Acordaron que ése era el día en el que hablarían para tomar una decisión, o volverse novios o… volver a ser amigos… la idea casi hace llorar a la castaña.

-¿Ya desayunaste?- preguntó, intentando sonar amable. Harold se sentía nervioso de pronto, del tipo de nervios que te forman un agujero en el estómago como si te hubieran dado un cañonazo.

-En realidad… estaba en eso- contestó tímidamente, mirando la cesta que el chico llevaba –Pero puedo decirle a mamá que saldré… ¿Esa cesta es para mí?- rezaba porque dijera que sí y que esa fuera una muy buena señal de que las intenciones del chico no eran dar marcha atrás a lo que tenían.

-Sí, para nosotros. Quería llevarte a las pozas a almorzar… como un picnic- apenado, Harold miró hacia otro lado, esquivando la mirada de Patty. Lo de ser romántico definitivamente no se le daba. Pero había tomado una decisión inamovible, no volvería a permitir que el pensamiento de cierta pelinegra le entorpeciera de nuevo lo que podía tener con Patty… Rhonda había dejado muy claro que no tenía novios… y Harold no tenía nada más que decirle a esa chica. Después de lo que pasó en San Valentín, Rhonda había plagado su mente con más fuerza que antes, el gesto de ayudarlo, de guardar su secreto, de buscarlo en la fiesta e interesarse por cómo iban las cosas con la castaña, incluso cómo había evitado que Curly pensara si quiera en herir a Patty… no se la podía sacar de la cabeza. Y en algún momento ese año dudó sobre la decisión que tenía que tomar. No más. Él era un hombre enamorado. Y Patty se merecía saberlo.

-Genial, ya vuelvo- a tropel, Patty se apresuró al comedor para encontrarse con sus padres y soltarles de carrerilla que iría a las pozas con Harold y que desayunaría allá, les dio un beso a ambos y corrió de regreso para reunirse con el chico que le robaba el sueño. Se sentía afortunada, ése tenía que ser su día, tenía que ser por fin el día en el que Harold le pediría que fueran novios ¿no? Las palabras de Helga volvieron a ella, "¿Alguna vez te has preguntado cómo sería tu vida si hubieras hecho algo distinto?", no… ella no quería vivir haciéndose esa pregunta… parecía ser una vida atormentada, ella quería ser feliz, con Harold. Y si él no se lo pedía, entonces lo haría ella… ella le pediría directamente que fueran novios, porque estaba segura que era eso lo que quería.

Avanzaron por el camino boscoso que estaba al sur de la ciudad, luego de haber tomado el autobús. Patty estaba muy emocionada. Harold casi chillaba de los nervios. Y el trinar de los pájaros se oía a lo lejos entre las copas de los árboles mientras ambos guardaban silencio en su caminata.

Harold estiró la mano.

Rozó los dedos de Patty.

La chica se giró sorprendida a verlo.

Él sólo sonreía.

Y ofreciéndole de nuevo la mano, Patty la tomó.

No volvieron a soltarse hasta llegar a su destino.

Resultó que en la cesta Harold llevaba una manta para picnic, una porción de pasta italiana, dos salchichas "Bockwurst" alemanas, dos palitos con dulces dangos, un tamal y dos tacos al pastor. Patty miraba aquello con los ojos brillantes.

-Esto es…- murmuró para sí misma, temerosa de estarse construyendo castillos en el aire.

-Sí. Lo que comimos en nuestra primera cita- Patty lo miró sonrojada y sorprendida, el chico nunca se había referido a ninguna de sus salidas como "citas" –Espero que lo disfrutes porque te aseguro que no saben tan bien como lo que probamos ese día- el comentario arrancó una ligera risa a la chica que llenó el pecho de Harold, eso era lo que quería para su futuro, esa risa, ese cabello al viento, ese brillo en la mirada, ese sonrojo sobre esas exactas mejillas… En ese momento, Harold sentía que no necesitaba a nadie más que a Patty Smith en su vida. Y sonrió como un crío en navidad al pensar en que ella probablemente se sentía igual. ¿Había algo mejor que ser correspondido en el amor? Quizás. Pero Harold no podía pensar en nada que lo fuera.

-Harold… gracias- la castaña estaba sin palabras.

-Quería que hoy fuera especial- Patty juraba que, para ese momento, hasta Harold escuchaba los desaforados latidos de su corazón –Verás… tengo algo que decirte- la castaña fijó sus ojos en los del chico, que parecían tener estrellas en ellos de lo brillantes que le parecieron.

-¿Algo?- Patty tragó. De pronto Harold ya no tenía esa sonrisa afable, ni esa mirada traviesa. Todo en él exudaba seriedad y terminó por fulminar la seguridad y esperanzas de la castaña. Él estaba por romperle el corazón seguramente.

-Sí. Quiero decirte que…- Patty cerró los ojos fuertemente, deseando que Harold nunca pronunciara otra palabra más-… estoy enamorado de ti- el chico la vio abrir un ojo insegura, y luego el otro.

-¿Ah?- confundida, parpadeó varias veces y se pellizcó en el brazo para asegurarse que no estaba soñando.

-Que estoy enamorado de ti- repitió -¿Serías mi novia?- y del bolso de su pantalón sacó algo envuelto en un pañuelo de tela y se lo tendió a la castaña. Con manos temblorosas, tomó lo que el chico le ofrecía y apartó la tela para encontrarse observando un par de pequeñas perlas bruscamente perforadas de lado a lado y atravesadas con una fina cadena de plata.

-Son…- maravillada, Patty tomó las perlas con su otra mano, jugando con ellas entre sus dedos –son las perlas que encontramos en el río- durante el verano entre quinto y sexto grado, la pandilla había pensado que sería divertido buscar tesoros en el río, ellos dos encontraron un par de almejas que al abrir con la navaja de Stinky, tenían aquel par de pequeñas perlas dentro.

-Las guardé- Patty lo miró con sorpresa –para mí, simbolizan nuestra amistad. No son perfectamente esféricas, pero esas imperfecciones son las que les dan la belleza que tienen… sé que no soy apuesto, o inteligente, o dotado de grandes cualidades… no soy el mejor de mi equipo de futbol, ni soy el mejor de la clase, ni soy el mejor cantante o guitarrista. Pero por alguna razón, tú me has dicho que te gusto y me has dado la oportunidad de conocerte de formas que no hubiese sido posibles de seguir como amigos… y sé que… pudiste haber cambiado de opinión, pero, no puedo evitar ser egoísta y pedírtelo… pedirte que aceptes ser… mi novia- Patty estaba a punto de derramar lágrimas de felicidad, enternecida con lo que escuchaba, halagada con el obsequio que había recibido y encantada con el muchacho que a cada segundo que pasaba ella en silencio, se ponía más nervioso.

-Claro que… acepto- dijo antes de dejar libre ese par de lágrimas que peleaban por salir. Harold la besó en ese momento. Al separarse limpió el rastro salado que habían dejado detrás sus lágrimas, y le sonrió.

-Te haré feliz- le aseguró el chico –te lo prometo- y Patty asintió, segura de que aquello era cierto, porque tan solo con la comida que preparó, el collar que le dio y las palabras que le había dedicado, ya se sentía la chica más feliz del planeta.

Aquel verano fue increíble para Patty. Sentía que vivía flotando en una nube y no quería que nadie la bajara de ahí. A la semana de volverse novios, se lo dijeron a la pandilla en una salida al parque acuático al sur de Hillwood. Aunque Helga y Phoebe ya lo sabían desde el primer día. Todos estaban muy contentos por la pareja y ese día disfrutaron de un asado en casa de los Johanssen, en celebración a ellos.

Nadie pareció sorprendido de que estuvieran juntos. Todos les felicitaron diciendo que "era hora" y Rhonda le dijo a Patty en confidencia que se enorgullecía de ella por haberse decidido a declararse. La castaña eligió creerle, a pesar de la sombra de tristeza que obnubiló la mirada de la pelinegra por un par de segundos mientras se lo decía.

Harold trabajó ese verano, como se había vuelto costumbre, en la carnicería del Señor Green. Y pasaban casi todo su tiempo libre, juntos, porque el chico había decidido que asistiría a la H. S. 201 con el resto de sus amigos, desilusionando un poco a Patty que había esperado que cambiara de opinión ahora que eran novios y fuera a la H. S. 508. Aunque si lo pensaba con calma, entendía que aquel sería su último año mientras que sería el primero de Harold, era lógico que quisiera vivir la experiencia de la preparatoria con sus amigos de la infancia.

El primer día de clases en preparatoria fue muy extraño. No estaba Stinky. No estaba Sheena. No estaba Eugene. Sin contar a los que se habían alejado antes, Arnold, Lorenzo, Torvald (que dejó la escuela en séptimo grado)… era extraño. Había personas en el salón que nunca antes se había topado en toda su vida. Harold tuvo un pequeño ataque de pánico entre la tercera hora y el primer descanso. Se encerró en el baño y esperó a que pasara. No le gustaban los cambios. Pensó en llamar a Patty, pero no quería preocuparla. Su horario era distinto al de Sid. Compartían un par de clases, inglés y cálculo… pero solamente… no era suficiente.

Cuando el timbre sonó indicando el inicio del primer descanso de media hora, Harold se obligó a salir del cubículo donde se había encerrado y mojar su rostro y nuca con agua fría.

Decir que le sorprendió encontrarse a Rhonda al salir sería un eufemismo.

Claro que Harold no sabía qué era un eufemismo.

La pelinegra estaba cruzada de brazos y lo miró con molestia.

¿Había hecho algo para enojarla?, se preguntó dubitativo. Y casi regresa al baño cuando la vio acortar la distancia que lo separaba de ella.

-Ni se te ocurra huir Berman- le amenazó, con el dedo índice apuntándolo –No pienso seguirte todo el día- puso ambos brazos en sus caderas -¿Tienes idea lo que es deambular estos pasillos con tacones del 10? No, ¿verdad?, ni idea- refunfuñó –Así que vas a escucharme muy quieto- no era necesario que se lo dijera, Harold estaba congelado en su lugar. Durante el verano sólo vio a Rhonda un par de veces, el día que Patty y él anunciaron su noviazgo, en el cumpleaños de los dulces 16 de Helga y cuando la pandilla visitó en el hospital a Eugene porque se fracturó la pierna izquierda andando en bici… otra vez. Todas esas ocasiones fue fácil ignorarla porque estaban sus amigos y estaba Patty… pero afuera del baño de su nueva escuela, a menos de un metro, acorralado por algún arranque efusivo de la pelinegra… era imposible pretender que no la veía, que no notaba sus largas pestañas, o sus labios perfectamente pintados de rojo, o que no podía oler su perfume… Rhonda, sin lugar a dudas, era hermosa.

-Sí- consiguió responder, y pareció aplacar un poco el estado anímico de la chica.

-Bien. No vuelvas a brincarte una clase. Es de mal gusto, sobre todo si es para encerrarte en el baño. Me has hecho perder la clase a mí también- Harold la miró sorprendido ¿Lo había estado esperando toda la hora? –Y más importante. No estás solo ¿de acuerdo?- la mirada del chico brillo con confusión –Quiero decir, estamos los demás. Gerald, Phoebe, Nadine, Lila, Iggy… hasta Helga… que no tengas el mismo horario que Sid es lo de menos. No te dejaremos solo- volvió a asegurarle y Harold no pudo evitar verla como si le hubiera brotado otra cabeza.

-¿Qué?- graznó como pudo.

-La mirada que tenías cuando abandonaste el salón, la conozco. La veía al espejo los primeros meses luego de que Lorenzo se mudó, todavía hay días en que la tengo… y recordar que aún los tengo a ustedes ayuda- sonrió, intentando contagiarle un poco de seguridad al chico que parecía más perdido que cuando iniciaron la conversación –Ahora, debo dejarte para buscar a Nadine, pero será mejor que tú uses este tiempo para poner en orden tus ideas, porque… ¿No pensarás faltar a otra clase?- Harold negó lentamente –Excelente, nos veremos luego- y sin más giró en la punta de su tacón rojo, ondeando su minifalda tableada negra y su cabello y dejando detrás de sí una estela del distintivo perfume francés que usaba.

Lo dicho. Ese primer día de escuela había sido extraño.

Aunque también lo fue para Rhonda.

Después del primer descanso, vinieron otras dos horas de clase que compartió con Lila y Nadine, y llegó finalmente la hora del almuerzo. El trío dorado, como las denominaba Helga, se dirigió a sus respectivos casilleros, que afortunadamente estaban en el mismo pasillo, y dejaron sus libros envueltas en una conversación sobre unirse al equipo de las animadoras.

Rhonda, de un momento a otro, pasó de estar viendo a sus amigas, a encontrarse en completa oscuridad, con el rostro enterrado en su casillero y una mano ejerciendo fuerza en su cabeza para que no pudiera sacarla.

Una voz le llegó lejana.

-Vamos a enseñarte una importante lección de vida en esta escuela, novata- la voz era femenina, y luego escuchó las protestas de sus amigas, sin poder zafarse del agarre que alguien ejercía en ella, no sabía si la dueña de la voz o habían otras personas con ella –más te vale que te grabes esto a fuego en tu diminuto cerebro niñita- volvió a escuchar la voz –En la HS 201, sólo Connie puede usar rojo en los labios- escuchó cómo Nadine replicaba indignada.

-Así es María… yo soy la única, pero estoy segura de que después de hoy, estas niñitas ya lo saben- de pronto, la dejaron ir y Rhonda pudo sacar su cabeza de su casillero sólo para ver cómo dos chicas, una de piel morena y afro y la otra de piel blanca y rubia, se alejaban riendo.

-¿Estás bien Rhonda?- se apresuró a abrazarla Nadine, mientras Lila la inspeccionaba visualmente en busca de alguna herida.

-Estoy bien- y Rhonda se dio cuenta de que ya no era la reina de la escuela. En esa preparatoria pocos o casi nulos eran los que la conocían. ¿Así que Connie y María? El par de chicas no tenían ni idea con quién se habían metido.

El primer día de preparatoria terminó.

La pandilla se informó de que las pruebas para los clubes deportivos serían el viernes y que debían anotarse en el gimnasio de la escuela.

Gerald se apuntó para las pruebas de baloncesto.

Helga se apuntó para las pruebas de atletismo.

Rhonda, Nadine y Lila se apuntaron para las pruebas del equipo de animadoras.

Y después de que Rhonda insistiera hasta el cansancio, Harold se apuntó a las pruebas del equipo de futbol.

Así, sin pena ni gloria, llegó el día en el que los chicos tendrían que probar sus habilidades para pertenecer a las Panteras de la Preparatoria 201. Sid, Phoebe, Marcy y Mary fueron a ver las pruebas para apoyar a sus amigos, primero serían en el gimnasio, casi simultáneamente, las pruebas de baloncesto y las porristas. Al terminar, tendrían que correr al campo para alcanzar las pruebas de futbol y atletismo (también simultáneas). La pista rodeaba el campo de futbol, algo no convencional, pero que estaba pensado para optimizar el espacio en la escuela.

Gerald se sorprendió al ver llegar a Harold y Helga al gimnasio mientras calentaba para el inicio de las pruebas. El moreno se giró a asegurarse que no habría problema si se alejaba de la cancha unos segundos y luego trotó a su encuentro con el par de chicos.

Harold se rio al verlo llegar hasta ellos, la playera de la secundaria le quedaba un poco corta luego del estirón que dio durante el verano, y al correr subía un poco dejando ver el ombligo de Gerald.

-Cielos Johanssen, necesitas comprarte una nueva playera- le comentó divertido Harold, a lo que la rubia rio por lo bajo.

-Sí, bueno. No todos tenemos la suerte de seguir midiendo lo mismo que en séptimo grado, ¿No, Harold?- con su respuesta la rubia rio más fuerte, sonrojando al unigénito de los Berman.

-Nunca te han dado una paliza un viernes por la tarde, justo antes de tus pruebas para entrar en el equipo de baloncesto de la preparatoria, ¿verdad?- Helga rio más fuerte, atrayendo las miradas de algunos curiosos y el resto de la pandilla.

-Cuando quieras- le respondió con una sonrisa ladeada, que desapareció en cuanto recordó por qué se acercó al verlos en primer lugar -¿Qué hacen aquí?- les preguntó aprehensivo, girándose para asegurarse que las pruebas aun no iniciaban.

-El chico rosa de aquí quería ver al trío dorado dar saltos con minifalda- comentó Helga señalando al aludido con el pulgar, indignándolo.

-¡Yo no dije eso!- y en verdad no lo había dicho. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba interesado en ver a las porristas, realmente quería apoyar a Gerald.

-Palabras más, palabras menos- la rubia se encogió de hombros, como si la conversación fuese intrascendente.

-¡Me estás haciendo ver como un pervertido!- le reclamó, subiendo dos tonos de rojo a su rostro. Gerald rio ante la reacción de su amigo.

-Está bien Harold, a mí también me gusta ver a las chicas en minifalda- comentó afablemente el moreno.

-¿En serio?- preguntó Helga, con su uniceja arqueada de manera divertida.

-Sí… quiero decir… no… o sea, que sí, pero no así…- comenzó a balbucear cuando cayó en cuenta de lo que dijo frente a la mejor amiga de su novia. Harold y Helga rieron ante el nerviosismo del moreno, y Gerald carraspeó para intentar dejar de hacer el ridículo –Me refería a que a todos los chicos nos gusta ver a una chica linda con minifalda… pero, si no se le falta el respeto, no tiene nada de malo admirar… ¿No dicen que la vista es natural?- pregunta Gerald, intentando encontrar apoyo en Harold que sólo se encogió de hombros, Helga también era la mejor amiga de Patty y él no cometería ese error frente a ella.

-Luego te quejas de que te digan que eres un coqueto si tienes novia y es la única- se burló Helga, sacando de sus casillas a Gerald.

-¡Eso es porque lo dices tú!- Helga volvió a encogerse de hombros y quitarle importancia al tema.

-Como sea, queríamos desearte buena suerte- el menor de los Johanssen pareció relajarse en cuanto la rubia dijo aquello, y sonrió levemente entendiendo que realmente esa era la razón de que llegaran al gimnasio y sólo intentó disimularlo, como hacía siempre que tenía algún gesto amable con él.

-Bien. Gracias- respondió el chico y chocó puños con Harold –Será mejor que no me quiten la mirada de encima, si parpadean podrían perderse algo fantástico- añadió con renovada confianza y se alejó del par de amigos para reunirse con los demás aspirantes del equipo de baloncesto.

-Eres muy rara- comentó Harold, sorprendiendo a Helga que se había perdido un poco en sus pensamientos.

-¿De qué hablas?- el de gorra azul la miró de reojo.

-Te complicas demasiado. Es más fácil si sólo le dices que él te importa- Harold disfrutó cómo cambiaba el pálido color en las mejillas de la chica a un carmín que casi servía de semáforo –Debiste de haberle dicho lo mismo que a mí- Y sintió el golpe en su brazo, que aunque lo esperaba, igualmente le dolió.

-Cállate, chico rosa- Helga se cruzó de brazos haciendo un puchero. Lo que le faltaba. Que Harold le dijera qué decirle al zopenco de Geraldo.

Rhonda observó curiosa el intercambio entre el segundo hijo de los Johanssen y el par que debería estar en el campo de la escuela preparándose para sus pruebas. De pronto, Harold miró en su dirección y le sonrió alentadoramente.

¿Qué había sido eso en la boca de su estómago?

¿Acaso le había emocionado ese gesto del chico?

-¿Lista Rhonda?- le preguntó Nadine, sorprendiéndola -¿Estás bien? Te ves un poco azorada- la observación no le cayó en gracia a la pelinegra.

-Claro que lo estoy. ¿Ya viste quién es la capitana del equipo de animadoras?- y le señaló en dirección a Connie que conversaba con la entrenadora del equipo.

-Bueno… es el momento de que le hagas saber quién es Rhonda Wellington Lloyd- y le guiñó el ojo.

-¿Ya vieron quién va a calificarnos?- preguntó una nerviosa Lila, sumándose a la conversación.

-¿Ves?- increpó la pelinegra a la rubia –Esa es una reacción normal al hecho de que nuestra atormentadora personal va a tener palabra en la decisión de que formemos parte o no de la escuadra- le reclamó a su amiga, odiaba cuando se las daba de optimista, cuando ambas, pelirroja y rubia, se ponían en ese plan, Rhonda casi se sentía señora cuarentona amargada de todo lo que tenía que refunfuñarles para que dejaran de lado su actitud de chicas súper poderosas…

-Esa no es la Rhonda que conozco- empezó Nadine, Lloyd puso los ojos en blanco, adivinando que un discurso motivacional estaba por iniciar –Tú eres la reina de la PS 118 ¿Recuerdas? ¿Acaso dejarás que esa chica te impida serlo de la HS 201?- Lila miró a Nadine con admiración.

-Por supuesto que no- replicó, ofendida.

-En ese caso, deja de lado esa actitud derrotista y contacta a tu animadora interna porque tenemos que hacer esta prueba más que sobresalientes si queremos que deje de molestarnos- terminó su discurso Nadine, siendo aplaudida por Lila. Rhonda sonrió vencida, ¿De qué le serviría negar que la rubia la había contagiado de ese ánimo? Sin lugar a dudas tenía cualidades de porrista.

-Hagámoslo- respondió confiada. Nada la detendría. Ni el drama con Lorenzo. Ni el drama con Curly. Ni el drama con Iggy. Ni mucho menos el drama con Harold. Tenía trabajo que hacer para regresar a la cima… ella era una Lloyd, no había otro lugar aceptable para ella. Tenía que conseguir que toda la HS 201 conociera el nombre Rhonda Wellington Lloyd y lo respetara, admirara y temiera a partes iguales.

A Harold se lo comían vivos los nervios. Helga y él habían salido del gimnasio antes de que las pruebas de sus amigos terminaran, para llegar al campo a calentar. Y al llegar ahí fue donde algo muy parecido al ácido más corrosivo bañó sus entrañas, estaba seguro de eso. Ver a los otros chicos que esperaban realizar las pruebas lo tenía temblando en su sitio. El calentamiento lo hacía de forma mecánica. Sus amigos lo habían hecho muy bien hasta donde él alcanzó a verles, y eso le dio coraje para que pudiera calmarse, pero ahí, rodeado de chicos talentosos que querían estar en ese equipo tanto o más que él, su inseguridad volvió como un hambriento monstruo que lo devoraba desde dentro.

Las ansias estaban haciendo estragos con él. No podría. No sería capaz. No era tan fuerte. No era tan rápido. No era tan ágil. No era tan bueno. Harold siempre se consideró a sí mismo un chico mediocre, de esos que están en la multitud y pueden mimetizarse fácilmente. Por eso luchaba tanto por sobresalir, por eso molestaba a otros, para ser notado de alguna forma, para ser recordado por algo, porque si se quedaba quieto y en silencio, sentía que era tan insignificante que dolía.

Entonces, algo vibró en su bolsillo.

Sacó su celular.

-¡Oye, no puedes tener tu celular durante la prueba!- le avisó uno de los miembros veteranos del equipo. Harold se disculpó y corrió a dejarlo en su bolso de deportes en los vestuarios. Al llegar tuvo curiosidad y desbloqueó la pantalla.

Era un mensaje. De Patty.

"Suerte. Tú puedes. Yo creo en ti. Eres mejor de lo que piensas"

Al leerlo, algo recorrió a Harold de pies a cabeza. Lleno de una nueva fuerza, regresó al campo. Él tomaría esa oportunidad. Lo daría todo. Porque no estaba solo. Tenía quien creyera en él. Tenía a Patty a su lado. La castaña creía en él, su mejor amiga, su novia, y ahora, su amuleto de la suerte. Harold hizo un papel brillante durante las pruebas. El entrenador estaba tan sorprendido que se acercó a él para felicitarlo, y decirle personalmente que aunque los resultados oficiales serían publicados el lunes, le aseguraba que él tendría un lugar en las reservas del equipo.

Y al llegar el lunes, su nombre estaba en la lista. Harold logró entrar al equipo de futbol.

Gerald entró al de baloncesto.

Helga entró al club de atletismo.

Rhonda, Nadine y Lila eran porristas de las panteras.

El chico de gorra azul llevó al cine ese fin de semana a Patty, para agradecerle por su apoyo.

Esa fue la primera vez que no vieron una película para la que pagaron por ver. Fue la primera vez también que Harold tuvo una erección mientras besaba a su novia. Y fue la primera vez que Patty rio media hora seguida mientras un avergonzado Harold se disculpaba a medias, escapándosele una sonrisilla pícara, igual que a Patty.