Se encargó de dejarla a su merced, sus delicadas manos estaban sobre su cabeza atadas con un par de esposas que impedían que pudiese bajarlas o incluso impedir lo que deseaba hacer, para hacerse cargo de sus torneadas y blanquecinas piernas se dedicó a conseguir un separador, lo que las mantenía abiertas para él, dejando su sexo a la vista.
Pero lo que más estaba esperando por probar en ella era esa paleta que había comprado junto a separador. Era delgada y larga, de un tono azabache profundo.
No era secreto para nadie que Adrien babeaba por Marinette, y la amaba por completo. Pero si le pidieran escoger una sola parte que le encendiese la libido era, en definitiva, su trasero; no lo malentiendan, la pelinegra era como un viagra constante en la vida de Adrien. Ella era coqueta y gustaba de jugar con el auto control del ojiverde, lo tentaba y su cuerpo podía ponerlo duro, pero su trasero. Su. Bendito. Trasero.
Es por ello que, una de sus fantasías más recurrentes era verlo sonrojado, con sus marcas sobre él. No le importaba que fuese su mano o algo más, y cuando en aquella tienda de E-commerce había visto la delicada Paddle no había dudado en adquirirla. Lo habló con Marinette pues a pesar de todo no estaba dispuesto a hacer algo que ella no quisiera, moriría antes de lastimarla, grande fue su sorpresa al ver el sonrojo en su novia y luego mirarla asentir cuando le planteó sus planes.
— Quiero que me digas cuando no lo soportes, o cuando sientas que es demasiado. – Le susuró mientras acariciaba lentamente su trasero con el objeto, buscaba provocar más sensibilidad que dolor, primero dejándola en expectativa para sorprenderla con el azote.
Así lo hizo, siguió tocando con la paleta las posaderas de Marinette y cuando la sentía demasiado relajada, soltaba el ligero golpe hasta dejar una marca roja sobre su culo, misma que después besaba lentamente en pos de aligerar el escozor del choque del objeto de plástico con su piel.
Prosiguió por un par de minutos más, hasta que le pareció escuchar que los quejidos de la chica dejaban de ser de placer para convertirse más en dolor. Desató las ataduras en sus tobillos y quitó el seguro en las esposas, dando un pequeño masaje donde se notaban las marcas de la sujeción. La volteó con delicadeza y dejó un par de besitos sobre sus mejillas sonrojadas, creyó haberse pasado y estaba a punto de pedir disculpas cuando la voz de Marinette lo interrumpió.
— Te necesito. Ya.
