《Los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer y la historia completamente a Kat Cantrell 》
Capítulo 1:
En el mundo de los medios de comunicación, así como en la vida, la presentación primaba sobre todo lo demás. Por ello, Edward Cullen jamás subestimaba el valor de causar una buena impresión.
La cuidadosa atención a los detalles era la razón del éxito de su imperio, un éxito que superaba lo que había podido nunca imaginar. Entonces, ¿por qué la que había sido la joya de su corona, estaba teniendo unos índices de audiencia tan malos?
Edward se detuvo frente al mostrador de recepción del vestíbulo de la cadena de noticias que había ido a sacar a flote.
–Hola, Victoria. ¿Cómo va James con las matemáticas este semestre?
La sonrisa de la recepcionista se amplió. Tras ahuecarse el cabello, echó los hombros hacia atrás para asegurarse de que Edward se percataba de su imponente figura.
Y claro que Edward se percató. Un hombre al que le gustaba tanto el cuerpo de una mujer como a él siempre se fijaba.
–Buenos días, señor Cullen –gorjeó Victoria –. En el último boletín de calificaciones ha sacado un aprobado. Ha mejorado mucho. ¿Cómo es posible que se acuerde de eso? Hace ya más de seis meses que le comenté lo de las notas de mi hijo.
A Edward le gustaba recordar al menos un detalle personal de cada uno de sus empleados para tener algo de lo que hablar con ellos. Un hombre de éxito no era solo el que tenía más dinero, sino el que dirigía mejor sus negocios, y nadie podía hacerlo solo. Si los empleados estaban contentos con su jefe, le eran fieles y se esforzaban al máximo por llevar a cabo sus cometidos.
Normalmente, Edward tenía pocas preguntas para Aro Volturi el director de la cadena, sobre los últimos índices de audiencia. Alguien estaba realizando mal su trabajo.
Edward se golpeó suavemente la sien y sonrió.
–Mi madre me anima a usar esto para el bien en vez de para el mal. ¿Está Aro?
La recepcionista asintió y apretó el botón que abría la puerta de seguridad.
—Están grabando. Estoy segura de que estará cerca del plató.
–Saluda al pequeño James de mi parte –le dijo Edward mientras atravesaba la puerta para adentrarse en el mayor espectáculo de la Tierra: las noticias de la mañana.
Los cámaras y los técnicos de iluminación iban de un lado a otro, los productores caminaban con mucha prisa por encima de los gruesos cables con una tableta en las manos. En medio de todo aquel bullicio estaba sentada la estrella de la cadena número uno, Jessica Stanley. Estaba charlando frente a las cámaras con una mujer menuda de cabello castaño que, a pesar de su corta estatura, tenía unas piernas espectaculares. Sacaba mucho partido a lo que tenía, y Edward apreciaba el esfuerzo.
Se detuvo en medio de aquel caos y se cruzó de brazos. Por fin, cruzó la mirada con el director de la cadena. Aro asintió y se abrió pasó entre aquella marabunta de empleados y equipo para reunirse con él.
–Has visto los índices de audiencia, ¿no? –murmuró Aro.
El sensacionalismo era la clave. Si no ocurría algo merecedor de ser noticia, su trabajo era inventarse algo por lo que mereciera la pena ver televisión y asegurarse de que llevaba el sello de Cullen Media.
–Sí –contestó Edward sin más. Tenía todo el día y el equipo estaba grabando en aquellos momentos–. ¿Qué segmento es este?
–El de los propietarios de negocios de Dallas. Dedicamos un programa a uno cada semana. Es asunto de interés local.
¿La de las piernas espectaculares era dueña de su propio negocio? Interesante.
Las mujeres inteligentes le atraían mucho.
–¿Y a qué se dedica? ¿A los cupcakes?
Incluso desde la distancia, aquella mujer rezumaba fuerza. Era del tipo de las animadoras de fútbol, pizpireta y llena de energía, de las que nunca aceptaban nada que no les gustara.
A Edward no le importaría disfrutar de un cupcake.
–No. Dirige un servicio de citas –comentó Aro. IMS International. Acepta tan solo clientes muy exclusivos.
Edward sintió una extraña sensación en la nuca y dejó de pensar inmediatamente en cupcakes.
–Conozco la empresa.
Edward entornó la mirada y observó a la empresaria de Dallas por quien había perdido a su mejor amigo.
La presentadora se rio de algo que la casamentera le había dicho y se inclinó hacia su invitada.
–Entonces, ¿usted es el equivalente que se puede encontrar en Dallas a un hada madrina?
—Me gusta considerarme como tal. ¿Quién no necesita un poco de magia en su vida? –preguntó la casamentera. El cabello castaño y brillante se le meneaba al hablar, dado que no paraba de gesticular con las manos. Su expresión era muy animada.
–Recientemente, emparejó al príncipe de Delamer con su prometida, ¿no es así?Estoy segura de que todas las mujeres la maldicen por ello.
–No puedo darme crédito por eso –respondió la casamentera con una sonrisa–.El príncipe Alain, más conocido como Finn, y Juliet tenían una relación previa. Yo simplemente les ayudé a darse cuenta de que lo suyo aún seguía vivo.
Edward no podía dejar de mirarla. Por mucho que no le gustara admitirlo, la casamentera iluminaba el plató. La presentadora estrella de CLS no era más que un cuerpo celestial menor comparado con el sol que representaba aquella mujer.
Y Edward nunca subestimaba el poder de las estrellas.
Ni el elemento sorpresa.
Entró en el plató e indicó a la presentadora que se marchara con un movimiento de cabeza.
–Ahora sigo yo, Jessica. Gracias.
A pesar de aquella petición tan poco usual, Jessica sonrió y se levantó de su silla sin realizar comentario alguno. Nadie se atrevió a pestañear. Al menos, nadie que trabajara para él.
Mientras Edward se disponía a tomar asiento, la invitada le espetó:
–¿Qué es lo que está pasando aquí? ¿Quién es usted?
Un hombre que reconocía una oportunidad de oro para mejorar los índices de audiencia.
–Edward Cullen. Soy el dueño de esta cadena –dijo él sin inmutarse–. Y esta entrevista ha empezado de nuevo oficialmente. Se llama Isabella, ¿verdad?
La confusión de ella pareció acrecentarse. Cruzó las espectaculares piernas y se reclinó sobre la silla con cautela.
–Sí, pero usted puede llamarme señorita Swan.
Ella había reconocido el nombre de Edward. Que empezara la diversión.
Él lanzó una suave carcajada.
–¿Y qué le parece si la llamo señora Abracadabra? ¿No es eso lo que hace usted, hacerles trucos a sus inocentes clientes? Usted ejerce de hada madrina con las mujeres para que engañen a hombres adinerados.
Aquella entrevista acababa de convertirse en la mejor manera de servir la venganza. Si además de subir los índices de audiencia lograba desacreditar a IMS International, mucho mejor. Alguien tenía que salvar al mundo de las mercenarias clientas femeninas de aquella casamentera.
—Mi trabajo no consiste en eso –replicó ella mirándolo con desprecio. Su expresión distaba mucho de la típica sonrisa sensual que indicaba que una mujer estaría encantada de seguir hablando del tema mientras tomaban unas copas, que era la expresión que Edward solía encontrar en la mayoría de las mujeres.
Aquello le abrió el apetito para conseguir que saltaran las chispas en pantalla de un modo muy diferente.
–Ilumínenos entonces –comentó él con tono magnánimo y un suave gesto de la mano.
–Yo uno almas gemelas –replicó Bella Swan tras aclararse la garganta y volver a cruzar las piernas como si no pudiera encontrar una postura cómoda–. Algunas personas necesitan más ayuda que otras. Algunos hombres carecen de tiempo y de paciencia para buscar pareja. Yo lo hago en su nombre. Al mismo tiempo, un hombre de posibles necesita una clase de compañera muy concreta, una que no se encuentra fácilmente. Yo amplío las posibilidades puliendo a algunas de mis clientas femeninas para convertirlas en diamantes dignos de aparecer en los círculos sociales más altos.
–Venga ya… Usted prepara a esas mujeres para convertirlas en unas cazafortunas.
Eso era lo que había hecho con Rosalie Hale, cuyo apellido había cambiado por el de McCarty porque había conseguido cazar a Emmet el amigo de Edward. Poco después, Emmett dejó de lado a Edward en favor de su esposa. Una amistad de quince años al garete. Por una mujer.
La sonrisa de Bella se endureció.
–¿Acaso está sugiriendo que las mujeres necesitan que les enseñe cómo casarse con un hombre por su dinero? Dudo que nadie con ese objetivo en mente necesite ayuda para afinar su estrategia. Mi negocio es hacer que las vidas de las mujeres mejoren presentándoles a sus almas gemelas.
–¿Y por qué no les paga para que vayan a la universidad y deja que encuentren ellas solas sus propias parejas? –repuso Edward rápidamente.
Los que observaban la escena se rebulleron y murmuraron un poco, pero ni Edward ni Bella apartaron la mirada el uno del otro. El aire parecía restallar entre ellos.
Aquella entrevista iba a quedar perfecta en pantalla.
–Las oportunidades académicas ya están disponibles. Yo estoy ocupando otro hueco, ayudando a la gente a conocerse. Se me da bien mi trabajo. Usted más que nadie debería saberlo.
Edward sonrió y decidió que lo mejor era seguir manteniendo el suspense. Sin embargo, no pudo contenerse.
–¿Y por qué iba a saberlo? ¿Porque usted, de un plumazo, arruinó una aventura empresarial y una larga amistad cuando le presentó esa cazafortunas a Emmett?
Aparentemente, la herida no había cicatrizado.
Compañeros de habitación durante los años de universidad, amigos que veían el mundo a través de la misma lente, Emmett y él creían completamente en el poder del éxito y de la hermandad. Las mujeres eran para disfrutarlas hasta que dejaban de ser útiles. Así fue entre ellos hasta que llegó Rosalie. De algún modo, ella consiguió que Emmett se enamorara y le lavó el cerebro a su amigo para que perdiera el olfato empresarial más implacable.
En realidad, no creía que todo aquello hubiera sido culpa exclusivamente de Rosalie. Ella lo había instigado, pero Emmett había sido el responsable de anular el trato con Edward. Los dos amigos habían perdido una cantidad de dinero que contaba con siete cifras. Después, Emmett concluyó su amistad sin motivo alguno.
El dolor que sintió por la traición de su amigo aún tenía el poder de causarle el mismo efecto que un puñetazo en el estómago. Por eso no era bueno confiar en la gente. Todo el mundo terminaba pisoteándolo a uno.
–¡No! –exclamó ella con frustración. Cerró los ojos un instante para tratar de encontrar una respuesta–. Yo me limité a ayudar a dos personas a que se encontraran y se enamoraran. Algo real y duradero ocurrió ante sus ojos y usted pudo ser testigo de lo que ocurría desde la primera fila. La compatibilidad de Emmett y Rose es increíble. Y de eso se encarga mi programa informático. Empareja a las personas según quienes son.
–La magia a la que usted aludía antes –comentó Edward –. ¿Verdad?Desgraciadamente, es todo humo y espejos. Usted le dice a esas personas que son compatibles y ellos se lo creen. El poder de la sugestión. En realidad, es brillante.
Y lo decía en serio. Si había alguien que conociera los beneficios del humo y de los espejos era él. Mantenía a todo el mundo distraído de lo que realmente estaba ocurriendo detrás de la cortina, que era donde estaba lo importante.
Bella se sonrojó, pero no dejó de defenderse.
–Es usted un cínico, Edward Cullen. Solo porque usted no crea en lo de ser felices para siempre no significa que no pueda ocurrir de verdad.
–Es cierto –admitió él–. Y falso. Estoy dispuesto a admitir que soy un cínico, pero lo de ser felices para siempre es un mito. Las relaciones largas consisten en que dos personas han acordado soportarse el uno al otro. No es necesario añadir ridículas mentiras sobre eso de amarse el uno al otro para siempre.
–Eso es… –susurró ella. No era capaz de encontrar la palabra, por lo tanto, Edward la ayudó.
–¿Realidad?
Su madre se lo había demostrado abandonando a su padre cuando Edward tenía siete años. Su padre jamás se había recuperado y nunca había dejado de esperar que ella regresara. Pobre infeliz.
–Triste –le corrigió ella con una frágil sonrisa–. Debe de estar usted muy solo.
Edward parpadeó.
Vaya, jamás me habían llamado eso antes. Podría tener quince citas para esta noche en menos de treinta segundos.
–Está usted peor de lo que había pensado –replicó ella volviendo a descruzar y cruzar las piernas. Edward no pudo ignorar aquel gesto–. Usted necesita encontrar el amor de su vida –añadió inclinándose ligeramente hacia él–. Inmediatamente. Y yo puedo ayudarle.
La carcajada que Edwardsoltó al escuchar aquellas palabras le sorprendió hasta a él. Porque no tenía nada de gracia.
–¿Qué parte no le ha quedado clara? ¿La parte en la que le he dicho a usted que es un fraude o la parte en la que le he dicho que no creo en el amor?
–Me ha quedado todo muy claro –dijo ella tranquilamente–. Está usted tratando de demostrar que mi negocio, el trabajo de toda mi vida, es un fraude. Pero no podrá hacerlo, porque puedo encontrarle pareja hasta al más negro de los corazones. Incluso al suyo. ¿Quiere demostrar algo? Déjeme que ponga su nombre en mi ordenador.
Aquello había sido un golpe bajo. Lo había engañado y no se había dado cuenta hasta que había sido demasiado tarde.
Contra todo pronóstico, sintió un enorme respeto por Isabella Swan.
Demonios.
En realidad, hasta le gustaba su estilo.
Bella se secó las manos, sudorosas, contra la falda y rezó para que el pomposo señor Cullen no se percatara. Aquella no era la entrevista estructurada y afable que le habían prometido. De haberlo sabido, jamás se habría sentado en aquel plató.
Aquello no era su punto fuerte, como tampoco lo era tratar con playboys ricos, mimados y demasiado atractivos que despreciaban todo en lo que ella creía.
Edward Cullen jamás aceptaría su oferta. Los hombres como él no necesitaban una casamentera. Las relaciones superficiales y sin sentimientos eran fáciles de encontrar, en especial para alguien a quien, evidentemente, se le daba tan bien llevarse a las mujeres a la cama.
Edward se acarició la mandíbula y la observó atentamente.
–¿Me está proponiendo buscarme una pareja?
–No solo una pareja –le corrigió ella inmediatamente. Apartó inmediatamente la mirada del pulgar con el que él se estaba acariciando la esculpida mandíbula–. El verdadero amor. Yo me ocupo de los finales felices y para toda la vida.
Sí. Así era. Y aún no había encontrado una persona a la que no pudiera proporcionárselo. No iba a ser aquella la primera vez.
Emparejar corazones le proporcionaba una profunda satisfacción en muchos sentidos. Casi le compensaba por el hecho de no haber encontrado su propia alma gemela. Sin embargo, la esperanza era eterna. Si los cinco matrimonios y las docenas de constantes aventuras de su madre no le hubieran arrebatado el optimismo y la creencia absoluta en el poder del amor, Edward Cullen no iba a conseguirlo tampoco.
–Hábleme sobre su propio final feliz. ¿Es ha encontrado a su único y verdadero amor?
–Estoy soltera –admitió ella, Era una pregunta habitual que le hacían sus clientes–, pero eso no tiene nada que ver con la eficacia de mis servicios. Usted no decide no utilizar una agencia de viajes solo porque la persona que lo atiende no haya estado en el hotel al que usted quiere ir, ¿verdad?
–Es cierto, pero sí que me preguntaría por qué esa persona trabaja en una agencia de viajes si jamás se ha montado en avión.
Todos los presentes soltaron una risa.
A ella le encantaría montarse en un avión si aparecía el hombre adecuado. Sin embargo, sus clientes siempre eran la pareja perfecta para otra persona y no para ella. Además, no se le daba muy bien acercarse en público a hombres interesantes para presentarse. Los viernes por la noche, le resultaba más seguro ver una película romántica que enfrentarse a las dudas sobre si no era lo suficientemente buena o lo suficientemente delgada para salir con un hombre.
Solo había accedido a aquella entrevista para promocionar su negocio. Era un mal necesario y tan solo el éxito de IMS International podría haberla animado a convertirse en un espectáculo público.
–Yo siempre vuelo en primera clase, señor Cullen –respondió, aunque con voz algo temblorosa–. En cuanto usted esté listo para embarcar, venga a verme y le pondré en el avión adecuado para llegar al destino perfecto.
–¿Qué tengo que hacer? –preguntó él–. ¿Rellenar un perfil online?
¿Significaba aquella pregunta que estaba considerándolo? Tragó saliva.
Tenía que convencerlo para que no aceptara. En primer lugar, la idea era una estupidez. Sin embargo, ¿cómo si no podría haber respondido? Edward Cullen. estaba despreciando no solo su profesión sino también su empresa
–Los perfiles online no funcionan –respondió ella–. Para encontrar a su alma gemela, tengo que conocerlo a usted personalmente.
Edward entrecerró los ojos y le dedicó una devastadora sonrisa que produjo un efecto no deseado en Bella.
–Eso me intriga mucho. ¿Cómo de personal tiene que ser, señorita Swan?
¿Estaba flirteando con ella?
–Muy personal. Le tengo que hacer una serie de preguntas muy íntimas. Cuando termine, le conoceré a usted mejor que su propia madre.
Una sombra oscura recorrió la mirada de Edward, pero él la disimuló rápidamente.
–Vaya, pero yo no le cuento a nadie mis cosas así como así, y mucho menos si no es mi mamá. Si accedo a esa entrevista, ¿qué ocurre si no encuentro el verdadero amor? Se demostrará que usted es un fraude. ¿Está usted dispuesta a eso?
–No me preocupa –mintió ella–. Lo único que le pido es que se lo tome en serio. Nada de engañarme. Si se compromete al proceso y no encuentra el verdadero amor, asegúrese de que todo el mundo se entera de que no soy tan buena como digo que soy.
Y, por supuesto, era muy buena. Ella misma había preparado el programa, había invertido horas y horas para crear un código que resultara ser blindado. Nunca se rendía hasta que solucionaba cualquier problema que este pudiera tener. Los números eran su refugio, el lugar donde encontraba la paz.
A un código bien escrito no le importaba cuántas barritas de chocolate se tomara ni la facilidad con la que se le acumularan en las caderas.
–En ese caso, trato hecho –dijo él–. Sin embargo, es demasiado fácil. No puedo perder bajo ningún concepto.
–En eso tiene razón. No puede perder de ninguna manera. Si no encuentra el amor, podrá destrozar mi negocio y convertirlo en lo que se le antoje. Si encuentra el amor… bueno… será feliz. Y estará en deuda conmigo –añadió encogiéndose de hombros.
—¿Acaso el amor no es su propia recompensa? –preguntó el levantando una ceja.
Estaba jugando con ella y Bella no iba a permitírselo.
–Yo dirijo un negocio, señor Cullen. Estoy segura de que se hará cargo de que tengo gastos. El humo y los espejos no son gratuitos.
Edward soltó una carcajada que la atravesó por todas partes. Efectivamente, era una carcajada muy hermosa. Era lo único hermoso que tenía, aunque debía admitir que Rose había dado en el clavo cuando describió a Edward Cullen como «un bombón un poco arrogante y un cierto aire de reptil».
–Tenga cuidado, señorita Swan. No creo que quiera dejar al descubierto todos sus secretos en un noticiario de la mañana.
Edward sacudió la cabeza y el cabello que tan cuidadosamente le habían peinado volvió a caer en su lugar.
–No estoy revelando nada, en especial nada relacionado con mis habilidades para emparejar almas gemelas –replicó Bella mientras se reclinaba en su butaca. Cuanto más lejos estuviera de Edward Cullen, mejor para ella–. Entonces, si usted encuentra el verdadero amor, accederá a darle publicidad a mi empresa. Tal y como lo haría un cliente satisfecho.
Él levantó las cejas con gesto sorprendido. Esa reacción le proporcionó a Bella una ligera satisfacción que no le avergonzó en absoluto reconocer.
Si aquella conversación se hubiera referido a otro asunto que no fuera IMS International, la empresa a la que le había dedicado toda su vida desde hacía siete años se habría quedado sin saber qué decir y habría buscado desesperadamente la salida más cercana.
Sin embargo, el hecho de que hubiera atacado a su negocio lo convertía en algo muy personal. ¿Y a qué se debía ese ataque? ¿Al hecho de que el amigo de
Edward había decidido distanciarse de él? Evidentemente, él necesitaba culpar a alguien por el hecho de que Emmett se hubiera enamorado de Rosalie, pero jamás estaría dispuesto a admitirlo. Bella se había convertido en su chivo expiatorio.
–¿Quiere que dé publicidad a sus servicios? –preguntó él lleno de incredulidad.
–Si encuentra el amor, por supuesto. Yo también debería sacar algo de este experimento. Un cliente satisfecho es la mejor referencia –observó ella. Un cliente satisfecho que antes se había mostrado contrario a su trabajo en público valía más de un millón de dólares en publicidad–. Incluso le perdonaré mis honorarios si así se diera el caso.
–Ahora sí que ha despertado mi curiosidad. ¿Y cuál es la tarifa estándar por encontrar el amor verdadero hoy en día?
–Quinientos mil dólares –dijo ella sin inmutarse.
–Eso es un escándalo –repuso Edward, aunque parecía impresionado.
—Tengo docenas de clientes que le mostrarían su desacuerdo. Por supuesto, garantizo mis honorarios. Si un cliente no encuentra a su alma gemela, le devuelvo su dinero. Bueno, no a usted, claro está –admitió–. Usted consigue que yo me quede sin negocio.
Fue entonces cuando Bella se dio cuenta de su error. Solo se podía encontrar el alma gemela para una persona que tuviera alma. Resultaba evidente que el hombre que tenía enfrente había vendido la suya hacía ya mucho tiempo. Aquel asunto no podía terminar bien.
Tenía que marcharse de aquel plató antes de que todos los ojos que los observaban, las luces y las cámaras la cocieran como si fuera un pastel.
Edward, por su parte, se frotó las manos con algo muy parecido a la satisfacción y guiñó un ojo.
–Se trata de una propuesta que no puedo perder. Soy un hombre de negocios. Por ello, le ofrezco algo mejor que una simple referencia. Con esa cantidad de dinero se puede comprar un anuncio de quince segundos durante la Super Bowl. Si consigue salirse con la suya y emparejarme con mi verdadero amor, alabaré sus facultades para el negocio justo antes del descanso en un anuncio en el que será la protagonista.
–No lo hará –dijo ella mientras observaba atentamente el hermoso rostro de Edward para tratar de encontrar algo que le revelara las verdaderas intenciones que él tenía.
No encontró nada más que sinceridad.
–Lo haré –replicó él–, aunque estoy seguro de que no será necesario. Para ganar, necesitará usted mucho más que espejos y humo.
Para ganar. Como si aquello fuera una carrera.
–¿Por qué? ¿Porque, incluso aunque se enamore, fingirá que no ha sido así?
Edward la miró con un brillo letal en los ojos.
–Le he dado mi palabra, señorita Swan. Tal vez sea un cínico, pero no soy un mentiroso.
Isabella le había ofendido, pero la contrariedad desapareció de su rostro tan rápidamente que ella habría podido pensar que lo había imaginado. Sin embargo, sabía muy bien lo que había visto. Edward Cullen no se permitiría ganar de otro modo que no fuera clara y limpiamente. Y eso le hizo decidirse.
Aquella apuesta tenía tanto que ver con ella como con IMS International. Se trataba de la visión que Edward tenía del amor y de las relaciones frente a la que ella defendía. Si Bella lo emparejaba con su alma gemela, habría demostrado de una vez por todas que no importaba lo que ella y su empresa parecieran ser.
Emparejar a personas que querían enamorarse resultaba muy fácil. Encontrar el amor para un recalcitrante cínico supondría un logro que merecería las alabanzas de todo el mundo.
Su inteligencia era su mejor cualidad, y lo demostraría públicamente. Por fin, conseguiría que desapareciera la niña gordita y de baja estatura que quería que su madre la amara a pesar de su excesivo peso y escasa altura.
–En ese caso, trato hecho.
Sin dudarlo, extendió la mano y estrechó la que él le ofrecía.
Una chispa eléctrica saltó entre ellos, pero Bella se negó a mirar las manos.
Desgraciadamente, la sensación parecía peligrosa y provocó una ligera sensación de vértigo en su interior, que la mirada de Edward se encargó de intensificar aún más.
Dios Santo… ¿En qué lío se había metido?
