《Los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer y la historia completamente a Kat Cantrell 》
Capítulo 2:
Las secuencias sin cortes eran excepcionales. Bella Swan brillaba frente a las cámaras, tal y como Edward se había imaginado. Era una mujer impresionante y muy animada. Una verdadera descarga eléctrica. Se asomó para mirar el monitor por encima del hombro del productor y se ganó una mirada de incomodidad de este, que estaba intentando hacer su trabajo.
–Bien –asintió Edward. Termina de editarlo y emite esa entrevista. Es muy buena.
El hada madrina de Dallas iba a agitar su varita mágica y le iba a dar a CLS los índices de audiencia más altos que la cadena había visto en dos semanas. Tal vez incluso en todo el año.
Merecía la pena tener que pasar por todo lo que marcara aquel ridículo proceso de la señorita Swan. El fracaso a la hora de encontrarle su alma gemela sería tan humillante que tal vez no sería necesario que Edward hiciera nada en contra de la empresa
Sin embargo, todo dependía de lo mal que Isabella tratara deliberadamente de hacérselo pasar. No tenía duda de que ella se esforzaría al máximo.
Quince minutos después, el productor tenía la entrevista preparada. Todos observaron cómo empezaba a desarrollarse en los monitores. La casamentera se resistía mientras Edward trataba de machacarla. La cámara incluso captó el único instante que ella le había hecho perder el ritmo.
En realidad, había ocurrido en dos ocasiones, pero nadie más que Edward se había dado cuenta. Él era un maestro a la hora de asegurarse de que todo el mundo viera precisamente lo que él quería.
Isabella Swan era otra cosa. Tenía que admitirlo.
Era una pena que aquellas imponentes piernas estuvieran unidas a una romántica tan mal encaminada, a quien él debería odiar más de lo que en realidad la odiaba.
Edward se pasó el resto del día con reuniones con el equipo de la cadena, machacando a cada departamento con la misma facilidad que lo había hecho con Bella. A la hora de almorzar tenían ya cifras sobre la entrevista y, efectivamente, eran muy buenas. Sin embargo, un día con buenos índices de audiencia no compensaba lo ocurrido en el último trimestre en la cadena.
Justo cuando Edward se puso al volante de su Audi, le zumbó el teléfono móvil.
Rápidamente abrió el mensaje y comenzó a leerlo.
¿Podrías tener citas con cinco mujeres diferentes? Dado que estás a punto de
conocer al amor de tu vida, que aparentemente no soy yo… que sean mejor cuatro.
No quiero volver a verte.
Jane.
Edward lanzó una maldición. ¿Cómo se había podido olvidar de que Jane estaría viendo casi con toda seguridad el programa? Tal vez lo peor de todo era que se había olvidado de la chica con la que llevaba saliendo cuatro… no, cinco semanas. ¿O eran ya más bien seis?
Volvió a lanzar otra maldición. Aquella relación se había extendido mucho más allá de su fecha de caducidad, no obstante, ella se habría merecido no haberse enterado por un programa de televisión.
La próxima vez, sería mucho más claro desde el principio. Edward Cullen se sumaba a los principios del placer. Le gustaba que sus mujeres fueran divertidas, sensuales y, sobre todo, libres. Cualquier relación que fuera más profunda que eso suponía trabajo, y eso a él ya le sobraba.
Se marchó a su casa, al loft que se había comprado mucho antes de que aquella zona se convirtiera en un lugar de moda mientras iba revisando mentalmente sus contactos para encontrar una mujer así. No recordó el nombre de nadie. Probablemente todas las mujeres a las que conocía habían visto el programa. No parecía que hubiera mucho sentido en dejarse ver unas cuantas veces más aquella noche.
Sin embargo, pasar la noche solo le escocía…
Como tenía hambre, dejó su maletín junto a la puerta y se dirigió hacia la moderna cocina para inspeccionar el contenido de su despensa.
Mientras hervía pasta, se divirtió recordando la diabólica sonrisa de Bella cuando le sugirió a Edward que le permitiera introducir su nombre en el ordenador. Lo más extraño era que tenía ganas de tener un nuevo enfrentamiento verbal con ella.
A la mañana siguiente, Edward decidió ir en coche a su despacho en el centro de la ciudad. Normalmente iba andando para hacer ejercicio y para evitar el tráfico de Dallas, pero Bella le había dado cita a las diez en punto de la mañana, tal y como ambos habían acordado.
A las nueve cuarenta y siete, él ya había participado en tres reuniones telefónicas, había firmado un contrato para la compra de un periódico regional, había leído y respondido su correo electrónico y se había tomado dos tazas de café. Edward vivía para Cullen Media.
Desgraciadamente, tendría que sacrificar parte de su día con el hada madrina, tal y como él mismo había dicho que haría. La madre de Edward, una mujer de corazón frío y de poco fiar, pero, con su marcha, le había enseñado la importancia de cumplir con su palabra. Por eso, Edward raramente prometía nada.
IMS International estaba en un bonito edificio de oficinas en las afueras de la ciudad. Un elegante y discreto logotipo en la puerta sugería elegancia y sofisticación, exactamente el tono adecuado cuando los clientes de aquella empresa eran ejecutivos y empresarios de prestigio.
La recepcionista tomó su nombre y Edward esperó hasta que ella le acompañó a una sala con dos butacas de cuero y una mesa baja. Sobre esta, había dos libros, uno de ellos con un pez azul y dorado en la cubierta y el otro con una catarata.
Aburrido. ¿Acaso la señorita Swan esperaba adormilar a sus clientes mientras que ella se disponía a engañarles?
Bella entró en la sala. El golpeteo de los tacones de sus zapatos sobre el suelo de madera anunció su presencia. Edward levantó la mirada lentamente, empezando por los zapatos, las bien torneadas piernas y una falda color burdeos que le sentaba muy bien y que llevaba a juego con la americana. Normalmente, le gustaban las mujeres más altas, pero en aquellos momentos fue incapaz de recordar el porqué. Siguió subiendo, disfrutando plenamente del viaje hasta el rostro, que había olvidado que fuera tan seductor.
La energía que emanaba de ella se apoderó de él y le provocó un hormigueo en la piel, desconcertándolo durante un instante.
–Llega tarde.
Ella no se dejó intimidar.
–Usted ha llegado tarde primero.
No tan tarde. Diez minutos. Tal vez. Fuera como fuera, ella le había hecho esperar en aquella sala a propósito. Un punto para la casamentera.
–¿Acaso está tratando de darme una lección?
–Di por sentado que no se iba a presentar y acepté una llamada. No se olvide que dirijo un negocio –dijo ella mientras se acomodaba en la otra butaca.
Su rodilla rozó suavemente la de Edward, pero ni siquiera pareció percatarse. Edward sentía un hormigueo insoportable, pero ella se cruzó simplemente de piernas sin inmutarse.
Igual de casualmente, Edward volvió a dejar sobre la mesa el libro de los peces.
–Ha sido un día muy ocupado. El espectáculo no sigue sin que mi menda se ocupe de ciertas cosas.
Sin embargo, eso no excusaba que hubiera llegado tarde. Los dos eran dueños de un negocio y él no se había mostrado respetuoso hacia Bella. No había sido aposta, pero tenía que reconocerlo.
–Usted se comprometió a esto. La sesión de creación del perfil dura varias horas. Aguántese o cállese.
¿Horas? Edward estuvo a punto de soltar un gruñido. ¿Cómo era posible que se tardara tanto tiempo en descubrir que le gustaba el fútbol, que odiaba a los Dallas Cowboys, que bebía cerveza negra e importada o que prefería el mar a la montaña?
Edward sacó el teléfono móvil.
–Deme su número de móvil –dijo. Bella frunció el ceño y estaba tan mona que Edward se echó a reír–. Si esto va a durar horas, tendremos que dividirlo en sesiones. Así, cuando vaya a llegar tarde, podré enviarle un mensaje para avisarla.
–¿De verdad?
Edward se encogió de hombros. No estaba seguro de por qué el desprecio que había en el tono de su voz le puso el vello de punta.
–A la mayoría de las mujeres les parece considerado que se les informe si un hombre va a llegar tarde. Le ruego que me disculpe por haber pensado que usted forma parte de la categoría de mujeres a las que les gusta un hombre considerado.
–Disculpas aceptadas. Ahora ya sabe que yo formo parte de la categoría de mujeres que piensan que enviar un mensaje es escaquearse de sus responsabilidades. Pruebe a llamar por teléfono en alguna ocasión –replicó ella con una sonrisa–. Mejor aún, sea puntual.
–¿Preguntas personales y puntualidad? Creo que es usted muy dura, señorita Swan.
Por el momento, había evitado darle su número de teléfono. En realidad, Edward no quería llamarla, pero… Resultaba una novedad que una mujer atractiva se negara a darle su número de teléfono.
–Puede llamarme Bella.
–¿De verdad?
Fue una mísera repetición de lo que ella le había dicho antes, pero Edward no se había podido contener.
–Vamos a trabajar juntos. Me gustaría que usted estuviera más cómodo conmigo. Espero que así le ayude a ser más sincero a la hora de responder las preguntas del perfil.
–Ya le he dicho que no soy mentiroso, tanto si la llamo Bella, señorita Swan o cariño mío.
La dureza que había en la mirada de Bella se deshizo ligeramente y los iris de sus ojos se tornaron de una cálida tonalidad chocolate. Lanzó un suspiro.
–Ahora me toca a mí disculparme. Sé que no quiere estar aquí y me siento algo incómoda al respecto.
–Pues ahora el confuso soy yo –replicó Edward –. Claro que quiero estar aquí. Si no fuera sí, no habría accedido a nuestro trato. ¿Por qué piensa eso?
Bella evaluó la expresión del rostro de Edward durante un instante. Se colocó un mechón de cabello detrás de la oreja, dejando así al descubierto un pálido cuello que él sintió un profundo deseo de explorar. Edward ansiaba ver si podía hacer que aquellos ojos tan duros se licuaran un poco más. El deseo en estado puro se apoderó de su vientre.
«Tranquilo, muchacho».
Bella le odiaba. Y él tampoco la soportaba ni a ella ni a nada que Bella pudiera representar. Estaba allí para que pudiera emparejarlo con una mujer que fuera una más en una larga lista de exnovias y después poder declarar que IMS International era un fraude. No estaba dispuesto a perder aquel desafío.
–Normalmente, cuando alguien llega tarde, es psicológico –dijo ella inclinando ligeramente la cabeza, como si tuviera que resolver un rompecabezas pero no diera con la manera de enfocarlo.
–¿Me está tratando de analizar?
–Bueno, tengo el título de psicología.
–¿Sí? Yo también.
Los dos se miraron muy fijamente durante unos instantes, lo suficiente para que Edward experimentara una extraña sensación en el abdomen. ¿Qué era lo que tenía aquella mujer que jamás dejaba de intrigarle?
Bella rompió el contacto con él y comenzó a escribir con furia en su cuaderno. El rubor le cubría las mejillas. Ella también había sentido algo.
Edward quería saber más sobre Bella Swan sin divulgar nada sobre sí mismo.
–La información sobre mi título universitario ha sido gratis –dijo él–. Todo lo demás que quiera saber y que sea personal va a costarle.
–¿Costarme? –preguntó Bella, con cierto recelo.
Cuando los ojos color esmeralda de Edward volvieron a centrarse en ella, Bella estuvo segura de que debería tener miedo y estar arrepentida a la vez. En sus ojos se adivinaba un fuego que acababa de empezar a arder, un fuego lleno de deliciosas y cálidas promesas. Un fuego que podría destruir cualquier cosa si se le permitía arder.
–Le costará una respuesta. Lo que me pregunte a mí, tendrá que responderlo usted también.
–Esto no funciona así. No estoy tratando de emparejarme yo también.
A pesar de que llevaba en el sistema siete años ya. Bella había introducido su perfil, el primero para construir el código de preguntas y respuestas. Si surgía un emparejamiento para ella, no habría nada de malo en encontrar en el proceso su propia alma gemela, ¿verdad?
–Vamos, sea justa. Así me sentiré más cómodo a la hora de revelarle los secretos más oscuros de mi alma.
Bella sacudió la cabeza.
–Las preguntas no tienen como objetivo que usted me cuente sus secretos más oscuros.
Efectivamente, las preguntas estaban diseñadas para ir apartando poco a poco las capas más superficiales y encontrar por fin a la verdadera persona que estas ocultaban. Si eso no era encontrar los secretos más oscuros… ¿Cómo si no iba a encontrar la pareja perfecta para su cliente?
–Vamos a descubrirlo –dijo él relajadamente–. ¿Cuál era la primera?
–Nombre –susurró ella a duras penas.
–Edward Anthony Cullen. Anthony era el nombre de mi padre –explicó él fingiendo echarse a temblar–. Me siento expuesto compartiendo mi historia con una completa desconocida. Ayude a su cliente. Le toca a usted.
–Isabella Marie Swan.
¿Cómo había podido pronunciar su nombre completo? Hacía años que no mencionaba su segundo nombre. El escalofrío que le recorrió el cuerpo no fue fingido.
«Marie, deja ese pastel. Marie, ¿te has pesado hoy? Marie, tal vez no puedas crecer más verticalmente, pero eso no significa que tengas que hacerlo horizontalmente».
Aquellas palabras iban siempre acompañadas de la mirada de desaprobación que su madre le dedicaba en ocasiones de gran desilusión.
Para Renne, que Bella tuviera más inteligencia que belleza era un pecado de primer orden.
–¿Dónde te criaste?
–Esto no es una cita –le recordó ella, aunque sin poder disimular la exasperación que sentía–. Soy yo quien hace las preguntas.
–Es como una cita –musitó él alegremente como si aquel pensamiento lo fascinara–. Estamos conociéndonos. Silencios incómodos, los dos vestidos con más cuidado del habitual…
Bella miró el traje que llevaba puesto. El rojo le hacía sentirse fuerte y poderosa, y aquello era precisamente lo que necesitaba sentir en una sesión con Edward. ¿Qué tenía de malo?
–Yo me visto así todos los días.
Se sintió un poco incómoda. ¿Acaso el traje y los zapatos de tacón de aguja daban la impresión de que se había esforzado más de la cuenta?
–En ese caso, estoy deseando ver cómo te vistes mañana –replicó él levantando las cejas repetidamente.
–Sigamos con la entrevista –dijo Bella antes de que Edward la volviera loca–. Esto no es una cita, ni es una especie de cita. Simplemente estoy conociéndole, y no al revés. Recuerde que el objetivo de esta entrevista es que yo pueda encontrarle pareja.
–Es una pena. Una cita es el mejor lugar para verme en acción –observó Edward. Cuando Bella lanzó un bufido de protesta, él inclinó la cabeza con una pícara sonrisa en los labios–. No me refería a eso, pero, dado que tú lo has comenzado, la parte de las citas que más me gusta es pensar en el primer beso. ¿Y a ti?
Bella apartó la mirada de los labios de Edward y parpadeó al ver el modo en el que él la estaba mirando. Aquel hombre no tenía vergüenza. Estaba flirteando con la persona que debía encontrarle pareja. La persona cuyo negocio estaba tratando de destruir.
–Esa clase de trucos no le van a servir de nada. Hábleme un poco más de lo que le gusta de las citas. Es un tema estupendo para empezar.
Edward sonrió y le guiñó un ojo.
–Desviar la atención solo funciona en los que se gradúan los últimos de la clase. Sin embargo, en esta ocasión lo dejaré pasar. Me gustan los largos paseos por la playa, los jacuzzis y una cena para dos en el jardín.
–¿Por qué no vuelve a intentarlo otra vez, pero en esta ocasión sin irse a tópicos de película romántica? No le he preguntado lo que le gusta hacer en las citas, sino lo que le gusta a usted de las citas.
–Me gusta el sexo –afirmó él sin sonrojarse–. Para conseguirlo, hay que pasar por el agotador proceso de las citas. ¿Es esta la respuesta que estabas buscando?
–En realidad, no. Además, no es cierto –repuso. Comprobó cómo el fuego que ardía en los ojos de Edward se avivaba. Decidió refrenarse inmediatamente–. Por supuesto, no quiero decir que esté usted mintiendo. Lo que quiero decir es que para tener relaciones sexuales con alguien no hay que tener una cita. Muchas mujeres se presentarían de buena gana para revolcarse en las sábanas con un hombre rico y sofisticado.
Y que, además, tenía un rostro tan hermoso que casi parecía irreal. Contaba también con un cuerpo digno de un atleta de élite y unas pestañas por las que la madre de Bella habría estado dispuesta a matar. Por supuesto, ella no se había fijado…
–¿Estarías tú dispuesta?
–Yo no tengo aventuras de una noche.
–Pues ahí lo tienes. Una mujer que no es merecedora de mi tiempo.
¿Cómo debía tomarse aquella afirmación? ¿Como un cumplido? ¿Un flirteo? ¿La verdad?
–Entonces, no está usted buscando solo sexo. Quiere poner algo de esfuerzo en la relación. Tomar una copa, pasar tiempo juntos… Quiere saber cosas sobre las mujeres con las que sale, su historia, sus gustos… ¿Por qué?
Edward se reclinó sobre el respaldo de la silla y la miró atentamente mientras se acariciaba suavemente la mandíbula con el pulgar, un hábito que Bella se había dado cuenta de que él hacía cuando se ponía a pensar. Bien.
–Tienes mucho más talento del que había imaginado –admitió él–. Me has impresionado. Voy a decirte por qué. Es para poder comprarle algo que sé que le va a gustar y poder dárselo en nuestra próxima cita.
Entonces, la mujer en cuestión se acostaría con él, sin duda alguna.
–¿Otro ejemplo de un hombre considerado?
–Por supuesto. A las mujeres les gusta que les traten bien. A mí me gustan las mujeres luego no me cuesta hacer todo lo posible para que sean felices.
–Ojalá todos los hombres se apuntaran a esa teoría. ¿Qué es lo que encuentra atractivo en una mujer?
–La inteligencia –dijo él inmediatamente, Bella no se molestó en anotarlo.
–No se puede saber si una mujer tiene inteligencia desde el otro lado de una sala –respondió ella secamente–. Si entra en un bar, ¿quién le llama la atención?
–Yo no conozco a mujeres en los bares. La última vez que entré en uno, me tuvieron que dar cuatro puntos aquí –confesó mientras se señalaba la ceja izquierda, que efectivamente estaba partida por una línea muy fina. La carcajada que soltó fue tan contagiosa que ella no pudo evitar echarse a reír también.
–Está bien, usted gana, pero tengo que anotar algo. ¿Pelirroja, rubia?¿Voluptuosa o atlética?
–¿Me creerías si te digo que no tengo preferencia alguna? O, al menos, eso solía ser cierto –repuso mientras miraba a Bella ardientemente de arriba abajo–. Podría estar cambiando de opinión,
–Cuanto más trate de desestabilizarme, menos le va a funcionar –le aconsejó Bella mientras se maldecía por haber hablado con voz entrecortada–. Me prometió que se iba a tomar esto en serio y lo único que sé hasta ahora de usted es que su modo habitual de conducirse en una conversación es la distracción. ¿Qué es lo que está ocultando?
La repentina expresión de asombro que se reflejó en el rostro de Edward desapareció cuando alguien llamó a la puerta.
Era Angie, la asistente de Bella. Asomó la cabeza por la puerta y dijo:
–Ha llegado su siguiente cita.
Tanto Bella como Edward miraron el reloj con sorpresa. ¿Cómo era posible que los minutos se hubieran desvanecido tan rápidamente?
Edward puso de pie inmediatamente.
–Llego tarde a una reunión.
Bella asintió.
–Lo dejamos para mañana, entonces. ¿A la misma hora?
Edward sonrió.
–Tiene una cita, señorita Swan.
