《Los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer y la historia completamente a Kat Cantrell 》
Capítulo 3:
Edward iba silbando una tonadilla mientras abría la puerta para entrar en IMS International. Llegaba tarde deliberadamente.
En aquella ocasión, él estaba al mando. Bella no llevaría la voz cantante otra vez.
Le daría la suficiente información para que pareciera que se estaba dejando llevar de buena gana en el proceso y, al mismo tiempo, alargaría la interacción entre ambos todo lo que le fuera posible, al menos lo suficiente para ver cómo era realmente Bella Swan.
–Buenos días, Angie –le dijo con una sonrisa a la recepcionista. No hace falta que me acompañe al despacho de la señorita Swan –comentó él mientras le guiñaba un ojo–. No le diga que he llegado. Será una sorpresa.
Cuando Edward llegó frente al despacho de Bella, abrió la puerta. En su rostro se reflejó más que sorpresa, una cautelosa incredulidad.
–Vaya, mira quién ha venido –dijo tratando de ignorarle y fingiendo que estaba escribiendo en el ordenador.
El sonido era demasiado rítmico como para que estuviera escribiendo de verdad. Estaba fingiendo. Edward sintió una agradable sensación en el corazón.
–Voy a invitarte a almorzar –le informó él–. Saca el bolso y cierra ese aparato.
Bella le prestó atención por fin. Le dedicó una mirada penetrante.
–¿Se comporta de un modo tan arrogante con todas las mujeres? Me sorprende que ellas le concedan una segunda cita.
–Pero la consigo. Vente a almorzar conmigo y descubrirás por qué. A menos que tengas miedo, claro está…
Bella no negó inmediatamente lo que él le había dicho. Se limitó a sonreír y a apagar el ordenador.
–No le gusta estar bajo el foco, ¿verdad? Si no le gusta la sala que elegí ayer para empezar a realizar el perfil, podría habérmelo dicho.
Edward soltó una carcajada espontánea e inesperada. Levantó las manos.
–Me rindo. Tienes razón. Esa sala con el libro de peces me recordaba a la de un psiquiatra. Los restaurantes son lugares mucho más informales.
Bella abrió el cajón de un escritorio y sacó un bolso de cuero marrón.
–Dado que, misteriosamente, mi agenda está sorprendentemente vacía, vayamos a almorzar. Con una condición: no se evada del tema, ni cambié de conversación ni trate de pasarse de listo. Responda las preguntas para que podamos terminar.
–Vaya… ¿No estás disfrutando con esto?
–Sinceramente, es usted el cliente más difícil, turbador y obstinado que he tenido nunca –dijo ella mientras atravesaba el umbral de la puerta dejando a su paso un delicado perfume que ejerció un inesperado y poderoso efecto en Edward –. Lo que significa que invita usted. Sin embargo, iremos en mi coche.
Edward sonrió y la siguió hasta el aparcamiento. Después, se sentó en el asiento del copiloto del elegante Corvette que ella le indicó.
–Bonito coche, pero me parecía que eras más de Toyota.
Bella se encogió de hombros.
–Incluso a las hadas madrinas les gusta llegar al baile con estilo.
Bella eligió un restaurante informal sin preguntarle a Edward su opinión y le dijo a la camarera que querían sentarse en la terraza, también sin saber lo que le parecía a él. Las sillas de hierro forjado y las mesas en la terraza añadían un cierto encanto francés y la carta de vinos era pasable, por lo que a Edward no le importó. Sin embargo, decidió que él iba a jugar también de ese modo, por lo que pidió una botella de chianti y le indicó a la camarera que le sirviera a Bella una copa tanto si ella quería como si no.
–¿Necesita relajarse? –le preguntó ella descaradamente mientras tomaba la copa para oler el vino.
–No. Es para relajarte a ti –respondió él mientras brindaba y observaba cómo ella bebía–. En realidad, no he accedido a tu condición, ¿sabes?
–Lo he notado. Cuento con el hecho de que sea usted un hombre ocupado y que no pueda tomarse el tiempo continuamente de su trabajo para terminar algo que, en realidad, no quiere hacer. Así que no me desilusione. ¿Cuál es la diferencia entre el amor, el romance y el sexo?
Edward se atragantó con el vino que se acababa de tomar. Tardó unos segundos en recuperarse.
–Tienes que advertir a un hombre antes de hacerle una pregunta como esa.
–Atención, pregunta inminente. Atención, pregunta inminente –bromeó ella imitando perfectamente la voz de un robot.
Edward tomó otro sorbo de vino, riéndose en aquella ocasión.
Bella tenía un buen sentido del humor. Y eso le gustaba. Más de lo que debería.
Estaba empezando a afectarle la capacidad de concentración y, cuanto más lo encandilaba, menos recordaba por qué era tan importante castigarla por lo ocurrido con Emmett.
—Veamos –dijo él bruscamente–. Ficción, Sade y sí, por favor.
–¿Cómo ha dicho?
–Es la respuesta a su pregunta. El amor es ficción para mí. Sade es música romántica y es fundamental para crear ambiente y yo diría que lo de «sí, por favor» se explica por sí mismo en relación con el sexo.
–Eso no es precisamente lo que estaba buscando.
–En ese caso, dime lo que tú dirías para que tenga un ejemplo por el que guiarme.
–No se rinde nunca, ¿verdad?
–Has tardado mucho en darte cuenta de eso. ¿Y bien? –insistió levantando las cejas.
Bella suspiró.
–Están entrelazados tan íntimamente que no se puede quitar uno sin destruir el valor de los otros dos.
–Esa es una afirmación muy seria. Cuéntame más antes de que proceda a hacerla pedazos.
Apoyó la mano en la barbilla e ignoró el plato de pescado que el camarero le colocó delante y que él en realidad no recordaba haber pedido.
Bella permaneció en silencio, presa de una aparente indecisión. O tal vez era frustración. Con ella no se podía estar seguro.
–Se pueden tener relaciones sexuales sin estar enamorado o poner música romántica. Sin embargo, es mucho mejor con las dos cosas. Sin el amor y el romance, el sexo carece de significado y es un acto vacío.
Mientras ella empezaba a hablar, la expresión de su rostro se suavizó. Esto, unido a lo provocativo del tema que estaban hablando, a la cálida brisa que le agitaba el cabello, a… Todo unido se transformaba en una mezcla que lo atraía y le caldeaba por dentro como si fuera un brandi muy caro y de gran reserva.
–Sigue.
–Por el contrario, se puede hacer un gesto romántico hacia alguien del que estés enamorado y no terminar en la cama. Sin embargo, el hecho de haber tenido intimidad lo magnifica todo. Lo hace más romántico. ¿Ve a lo que me refiero?
–Filosofía –dijo él asintiendo, y se preguntó si lo que estaría sintiendo por dentro no sería un ataque al corazón–. Entiendo. Quieres comprender lo que siento por las tres cosas, no darte ejemplos. Error de principiante. No volverá a ocurrir.
–Ja. Lo ha hecho a propósito para poder sonsacarme.
Aquello andaba muy cerca de la verdad. Sintió que el cuello se le calentaba.
—Sí, bueno. ¿Sabes una cosa? Me gusta estar bajo los focos. Cuando antes me dijiste que no me gustaba, no era más que un caso clásico de proyección sobre el otro. A ti no te gusta estar bajo los focos, por lo que diste por sentado que esa era la razón por la que yo no quería sentarme bajo el tuyo.
Bella ni se inmutó.
–Entonces, ¿por qué se ha tomado tantas molestias por sacarme de mi despacho?
El astuto brillo que se había reflejado en aquellos ojos marrones le indicó que no había sido tan hábil como había pensado. Bella podría haberse imaginado también que había dado en varios puntos sensibles el día anterior y que el almuerzo estaba diseñado para evitar que volviera a ocurrir.
–Ese es tu terreno –dijo, señalando las mesas y la gente que los rodeaba–. Este es el mío.
–Vamos, déjese de tonterías. Dígame qué es lo que su compañera ideal puede aportar a una relación.
–Una falta de interés en lo que hay detrás de la cortina –dijo él inmediatamente, como si hubiera tenido preparada la respuesta.
Sin embargo, la falta de interés no era una respuesta muy exacta. Era más bien la habilidad de hacer que no se veía nada. Alguien que era capaz de ver a través de la cortina y a quien no le importara que lo que se veía pareciera la destrucción que deja un tornado a su paso.
¿Era esa la razón por la que rompía con las mujeres después de las cuatro semanas de rigor, es decir, que ninguna hasta el momento hubiera tenido esa capacidad de visión con rayos X?
–Bien –musitó Bella mientras escribía en su omnipresente cuaderno–. Ahora, dígame qué es lo que aporta usted.
–¿A qué te refieres? ¿Acaso los regalos no son suficiente?
–No sea tan superficial. A menos que quiera que yo dé por sentado que usted no aporta nada a una relación y que esa es la razón de que las evite –dijo. De repente, una luz pareció encenderse dentro de ella–. Ah. Se trata de eso, ¿verdad? No cree que tenga nada que ofrecer.
–Espera un momento. Yo no he dicho eso.
Aquella conversación se había apartado demasiado del camino deseado y estaba empezando a resultar incómoda. Desgraciadamente, Bella desafiaba sus creencias más profundas a cada oportunidad con una serie de golpes bajos. Eso no debería estar ocurriendo.
–En ese caso, dígame a qué se refiere –sugirió ella tranquilamente–. Al menos una vez. Si encontrara a la mujer a la que no le importara qué es lo que hay detrás de esa cortina de la que habla, ¿qué tendría usted para ofrecerle?
–No lo sé.
Fue la respuesta más sincera que podía dar. Y la más turbadora. Se llenó la boca de comida por si ella le preguntaba algo más referente a eso.
¿Qué era lo que tenía él que ofrecer en una relación? Jamás le había parecido algo importante, principalmente porque nunca había tenido intención de tener una relación. Sin embargo, de repente, se sintió deficitario en ese sentido.
–Está bien. Entiendo que estas preguntas están diseñadas para ayudar a la gente que está buscando el amor y que usted no lo está. Por eso, pasaremos ahora a las preguntas relámpago –dijo ella con voz alegre, sabiendo que le había dejado escapar en aquella ocasión y que no le importaba.
Edward se sintió agradecido y se relajó un poco.
–Se me dan muy bien las preguntas relámpago.
–Ya lo veremos, señor Cullen. ¿Vaso medio lleno o vaso medio vacío?
–Técnicamente, está siempre lleno de aire y agua.
La carcajada que ella soltó le resonó a Edward por todo el cuerpo. De algún modo, eso provocó que respirar le resultara más fácil.
–Eso ha estado bien. ¿Plátano o manzana?
–¿Qué es eso, una pregunta freudiana? Manzana, por supuesto.
–Las manzanas tienen connotaciones bíblicas. ¿Qué es lo que alivia el estrés?
–El sexo.
Ella hizo un gesto de desaprobación con los ojos.
–No tendría que haberle preguntado esa. ¿Cree usted en el karma?
Aquellas eran preguntas fáciles, más superficiales. Bella debería haber empezado por ahí.
–De ninguna manera. Mucha gente no recibe nunca lo que se merece.
–Eso es cierto –afirmó ella, con una sonrisa.
–No te asustes, pero creo que, después de todo, estás disfrutando con esto.
Bella borró la sonrisa, pero no apartó la mirada. Tal vez aquello no era una cita, pero Edward no podía negar que almorzar con Bella era la experiencia más interesante que había tenido con una mujer.
Cuanto más durara aquello, más difícil iba a resultarle denunciarle públicamente. Peor aún. Se temía que había empezado a sentir cierta simpatía hacia Isabella Swan.
A la una, a Bella le dolían los costados de tanto reír.
–Tengo que regresar a mi despacho –dijo de mala gana.
Tenía muchas cosas que hacer. Estaba almorzando con Edward, a quien odiaba o, más bien, por el que no sentía mucha simpatía. Tenía que reconocer que era un hombre muy divertido y encantador. No era de extrañar. Tenía mucha práctica seduciendo a las mujeres.
Edward hizo un gesto de contrariedad.
–Sí. El deber llama.
Se puso de pie y tomó galantemente la mano de Bella mientras le retiraba la silla al mismo tiempo.
Se dirigieron juntos al coche y Edward se apoyó en la puerta del conductor.
–¿Mañana entonces? –preguntó él.
Bella negó con la cabeza.
–Mañana no voy a mi despacho. Tengo un asunto con mi madre.
–¿Todo el día? –preguntó Edward. Parecía desilusionado–. ¿No puedes reservarme ni una hora?
Por supuesto que no estaba desilusionado. Bella sacudió la cabeza. El vino la estaba afectando más de lo que había pensado.
–Tengo que recogerla en el aeropuerto y luego llevarla al médico –dijo. Decidió inmediatamente que tal vez le había dado demasiada información–. Tengo que pedirte discreción. A ella no le gustaría saber que le he hablado a otras personas de sus asuntos privados.
–¿Tu madre es famosa o algo así?
Bella suspiró.
–He dado por sentado que habías investigado sobre mí y que, por lo tanto, sabías que soy hija de Renne Swan.
–¿Renne es tu madre? –preguntó Edward lanzando un silbido–. Tenía un póster suyo encima de la cama cuando era un adolescente. Llevaba puesto un biquini de hojas.
–Gracias. Necesitaba imaginarte fantaseando con mi madre.
Esa era precisamente la razón de que nunca mencionara a Renne, no solo por lo de ser hija de una mujer tan famosa, sino porque nadie silbaba así por ella.
Resultaba desmoralizador.
–Sabes que en esa foto tenía treinta y cinco años, ¿no?
Renne solía decirle que debería haber esperado para tener hijos. Que Error Número Uno la había convencido y que el hecho de quedarse embarazada la había apartado del mundillo de la moda y había terminado con su carrera.
Las modelos de cierta edad, amargadas, hacían blanco de su frustración a los que las rodeaban. En el caso de Renne, había sido principalmente al padre de Bella, al que Renne empezó a llamar Error Número Uno cuando se cansó y se marchó. Bella lo sabía todo por sus clases de psicología, pero, a pesar de haber pasado tantos años, le seguía doliendo.
–¿Y qué? –suspiró Edward lujuriosamente–. A mí no me importaba. Estaba buenísima.
–Sí, eso me han dicho –repuso Bella mientras fingía un repentino interés en su manicura.
–Bella…
Su voz tenía una cierta… calidez. La obligó a levantar la cabeza y la observó atentamente con aquellos ojos brillantes hasta que Bella prácticamente no pudo respirar.
–Los gustos cambian. Me gusta pensar que he evolucionado desde que tenía catorce años. Las mujeres maduras ya no me resultan tan atractivas.
Bella se encogió de hombros.
–No pasa nada. Ya no importa.
–Claro que importa –afirmó él. Parecía completamente centrado en ella, como si no le importara nada de lo que les rodeaba–. He herido tus sentimientos. Lo siento.
–Resulta difícil tener una madre tan guapa cuando una es tan normal.
Edward se acercó un poco más, aunque Bella hubiera jurado que no quedaba mucho espacio entre ellos.
–Eres la mujer menos normal que conozco y, ¿sabes una cosa? la belleza pasa a un segundo plano. Por eso es importante utilizar lo que hay aquí arriba –dijo mientras le trazaba un círculo sobre la sien muy lentamente. Aquel contacto provocó una respuesta eléctrica que se extendió por todo el cuerpo de Bella.
–Eso es lo que pienso yo –murmuró ella–. Fui a la universidad y creé mi propio negocio porque no quería una vida en la que importara solo mi físico.
Después de ver cómo su madre se estrellaba y se quemaba con Error Número Uno sin encontrar la felicidad que parecía ansiar tan desesperadamente, Bella aprendió que una relación que se basaba solo en la atracción física no funcionaba. También aprendió que la apariencia externa mandaba muy poco en asuntos del corazón.
Las claves para una relación eran la compatibilidad y el deseo de encontrar a alguien que nos hiciera mejores. Había creado IMS International sobre esos principios y aún no había fallado.
Edward estaba muy cerca. Ella aspiró su exótico aroma, tan masculino…
–Yo también… Al contrario de tu madre, yo jamás quise hacer carrera como modelo –dijo. Cuando ella lo miró muy sorprendida, Edward soltó una carcajada–. Me figuré que me habías investigado y que sabías que Calvin Klein me ayudó a lo largo de la universidad. Supongo que me buscarás en Internet cuando llegues a casa.
De eso podía estar seguro.
–Mi madre me ayudó a mí en la universidad. De mala gana, pero yo insistí.
Resultaba extraño cómo los dos se habían pagado la universidad con dinero que provenía del modelaje y los dos habían seguido caminos similares. Bella jamás habría imaginado que tenían algo en común, y mucho menos unas experiencias tan importantes en sus vidas.
Edward centró su mirada en la boca de Bella. Estaba pensando en besarla. Bella lo leyó en la expresión de su rostro.
No se gustaban el uno al otro y, peor aún, Edward huía de todo lo que ella deseaba: el amor, el matrimonio, el alma gemela…
El pánico se apoderó de ella. ¿Acaso había perdido la cabeza?
Se agachó para escapar torpemente de aquella especie de abrazo y sonrió.
–Bueno, te llamaré para encontrar hora para la próxima sesión. ¿Nos vamos?
–Claro. Te dejaré mi tarjeta con mi número.
Cuando Bella llegó a su despacho, cerró la puerta con llave y se dejó caer en su butaca. Entonces, se cubrió el rostro con las manos. Si él había logrado afectarla tanto sin llegar a besarla, ¿qué habría ocurrido si hubiera terminado haciéndolo?
No podía tener más sesiones con él. Tenía que encontrarle pareja inmediatamente.
Como si tuvieran vida propia, los dedos volaron sobre el teclado y escribieron el nombre de Edward Cullen. Aparecieron en la pantalla fotos muy provocativas de un Edward más joven, con abdominales muy definidos y minúsculos calzoncillos que a duras penas le cubrían las partes íntimas. Había sido modelo de ropa interior y tenía un título en psicología, un fino sentido del humor y un imperio audiovisual que valía muchos millones de dólares.
¿A quién podía tener ella en su programa que pudiera encajar con él?
El miedo se apoderó de ella. ¿Y si el programa no podía encontrar una pareja para Edward? Algunas veces ocurría. Los algoritmos eran tan precisos que, en ocasiones, los clientes tenían que esperar durante meses hasta que Bella recibía nuevos nombres.
Edward jamás aceptaría aquella excusa. Reclamaría la victoria inmediatamente.
Abrió el programa y empezó a rellenar toda la información personal antes de pasar a hacer lo mismo con las preguntas de personalidad.
Eso también lo hizo rápidamente. De hecho, ni siquiera tuvo que mirar las notas que había tomado.
Cuando llegó a la última pregunta, suspiró aliviada. Ya estaba. Por suerte, no tendría que volver a verlo. Una rápida llamada para comunicarle su primera cita con la pareja que le había encontrado y habría terminado para siempre con Edward Cullen.
Guardó el archivo e hizo funcionar el programa. Los resultados salieron inmediatamente. Fantástico. Tal vez se tomara media tableta de chocolate como recompensa. Apretó el enlace. La media naranja de Edward era… Isabella Swan.
¡No! Era imposible. Parpadeó, pero las letras no cambiaron.
Aquello estaba mal. No entendía cómo, pero estaba mal.
Volvió a pasar los datos por el programa. Isabella Swan otra vez.
Se le hizo un nudo en el estómago y se masajeó las sienes. Eso era lo que sacaba por no hacerle todas las preguntas. Por dejar que su ética profesional cediera ante el vendaval que representaba Edward Cullen.
Él pensaría que lo había hecho a propósito porque ella había empezado a caer en sus redes. Si Bella le decía que ella era su alma gemela, los ojos le brillarían del modo en el que ella ya conocía y…
Se había equivocado. Tenía que ser eso. Había cometido un error. Había estado pensado en el beso que habían estado a punto de darse y en las fotos de Edward casi desnudo y, por eso, había introducido los detalles incorrectamente.
Además, ella, bajita y sin curvas jamás podría ser suficiente para cambiar la opinión que Edward tenía sobre el amor. Tenía que emparejarle con otra persona.
Los dedos le temblaban. Casi no podía escribir, pero tenía que cambiar las respuestas. Edward no quería estar enamorado. Fue corrigiendo todas las respuestas, una a una, hasta que poco a poco fue terminando todo el perfil.
Por fin. Volvió a apretar el botón del ratón y cerró los ojos.
En aquella ocasión, la ventana reveló otro nombre. Tanya Denali.
Perfecto. Tanya era una atractiva rubia, que había terminado la educación secundaria. A Edward le encantaría sentirse más inteligente que ella y a Tanya le gustaba el fútbol. Se llevarían estupendamente.
Nadie tenía que saber nunca que Bella había estado a punto de meter la pata.
