《Los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer y la historia completamente a Kat Cantrell 》
Capítulo 5:
Tanya se echó a reír y comenzó a contarle otra alocada historia sobre su perro. Edward se arrepentía de haberle preguntado si tenía alguna afición. ¿Quién habría pensado que un perro podría ser una afición o que una mujer adulta saldría a comprarle ropa al mencionado perro?
Le indicó al camarero que les sirviera otra ronda y, no por primera vez, sintió cómo dejaba de prestarle atención.
Tanya por fin terminó su monólogo y se inclinó hacia delante para ofrecerle a Edward una buena panorámica de su escote, lo que significaba que él no le estaba prestando la suficiente atención. Era la cuarta vez que lo había hecho en treinta minutos. Las señales que ella le enviaba eran sencillas y fáciles de leer.
A pesar de la advertencia de Bella, Tanya se mostraba más que dispuesta a pasar la noche en la cama con él. Seguramente era una mujer enérgica y creativa en la cama y, por supuesto, la experiencia sería placentera
Sin embargo, por la mañana, ella se despertaría con la intención de continuar con una relación larga y duradera. Gran diferencia con las mujeres con las que él solía salir. Fuera como fuera, él haría lo que Bella esperaba de él para que, cuando todo fallara, Edward tuviera la conciencia tranquila.
Había llegado el momento de prestar atención a su pareja. Después de todo, se suponía que ella era su alma gemela. Ciertamente carecía de interés en lo que había detrás de la cortina de Edward. Seguramente, no se había dado ni cuenta de que él tenía una.
Le dedicó a Tanya otra sonrisa y, tras ponerse de pie, señaló la puerta con la mano extendida.
–¿Vamos a buscar un lugar para comer algo?
Así era como funcionaban las cosas. Si las copas iban bien, se invitaba a la mujer en cuestión a cenar. Si no iban bien, se le decía que la llamaría y salía corriendo.
En realidad, las copas no habían ido particularmente bien, pero tal vez a lo largo de la cena Tanya revelaría algunas profundidades que él no sería capaz de resistir.
Sin andarse por las ramas, ella le tomó la mano y se deslizó del taburete hasta el suelo para revelar su verdadera altura.
–Me encantaría.
Dios. Tenía las piernas muy largas. Demasiado largas. Era casi tan alta como Edward.
–Te ruego que me perdones –añadió Tanya–, voy a ir a empolvarme la nariz.
Entonces, se dio la vuelta y comenzó a andar hacia el lugar donde estaban los aseos con un contoneo muy seductor.
Edward debía pensar que era muy sexy, pero, de repente, no se lo pareció nada que estuviera relacionado con Tanya. La señorita tenía recursos y un interés muy claro por demostrarlos. Era exactamente la clase de mujer por la que él se decantaba siempre. Algo no encajaba.
El teléfono comenzó a vibrarle en el bolsillo y lo distrajo de la marcha de Tanya.
Sonrió involuntariamente y se lo sacó esperando ver otro mensaje de Bella. Y así fue.
«Espero que no estés mirando los mensajes delante de Tanya, porque sería una grosería».
Edward se echó a reír, dolorosamente consciente de que era la primera vez que se divertía aquella noche. Se dispuso a responder.
«En ese caso, deja de mandarme mensajes».
»Punto final»
Edward volvió a echarse a reír. Punto final. El sentido del humor de Bella le encantaba.
De repente, Tanya se materializó delante de él mucho antes de lo esperado.
–¿Estás listo? –le preguntó ella.
–Claro.
Se metió el teléfono en el bolsillo y siguió a su acompañante hasta la calle.
Hacía frío y ella, deliberadamente, no llevaba abrigo para que Edward pudiera ofrecerle el suyo. Entonces, fingiendo que había sido un accidente, aunque hubiera sido completamente adrede, le dejaría algo en el bolsillo: un lápiz de labios, un pendiente… Así, tendría la excusa perfecta para volver a verlo.
Edward se quitó el abrigo de todos modos y se lo prestó. Tanya le dedicó una hermosa sonrisa de agradecimiento mientras se la colocaba sobre los hombros.
Eso era lo único que Edward podía ofrecer en una relación: un abrigo. Nada más. Y no era justo para Tanya, que se pensaba que podría existir la posibilidad de algo mágico. Si Tanya era su alma gemela, ciertamente ella se merecía algo mejor.
No debería haberla llamado, pero, ¿qué otra opción le había quedado? Si quería demostrar que Bella dirigía un negocio que era un fraude, debía tener una cita.
¿Quién se habría podido imaginar que aquella cita sería exactamente igual a todas las otras citas?
Mientras se dirigían al lugar en el que le esperaba el aparcacoches, Tanya se tropezó. Edward hizo un gesto de desaprobación con los ojos, pero rodeó la cintura de ella con el brazo. Tanya pareció invitarle con la mirada. «Bésame y que empiece la fiesta», pareció decirle sin palabras.
Podría haber descrito cómo se iba a desarrollar aquella cita de antemano sin temor a equivocarse. Con gesto cansado, observó los gruesos labios de ella sabiendo lo agradable que sería besarlos.
Edward no tenía ningún interés por Tanya. ¿Qué era lo que le ocurría?
Isabella Swan era lo que ocurría. Había estropeado su habilidad para divertirse con una mujer. Y lo pagaría.
–Lo siento, Tanya, pero esto no va a salir bien.
–Oh –susurró ella–. Pero Bella nos ha emparejado. Me encantó su elección. ¿A ti no?
Evidentemente, Tanya no sabía que aquella cita era parte de un experimento.
Otro punto negativo para Bella.
–Hizo un gran trabajo emparejándonos. Tú eres precisamente la clase de mujer que me gusta.
–Entonces, ¿cuál es el problema?
–No me interesa una relación y sería injusto para ti que continuáramos.
–Se te ha olvidado decir lo de no eres tú, soy yo. –replicó molesta Tanya. No la culpaba. Evidentemente, había escuchado la excusa con anterioridad. Le arrojó el abrigo a la cara con sorprendente fuerza–. Gracias por las copas. Que tengas una vida agradable.
Se dirigió rápidamente al lugar en el que esperaba el mozo y comenzó golpear el suelo con el pie con gesto de impaciencia. El pobre muchacho voló a por su coche. Cuando se lo llevó por fin, salió del aparcamiento a toda velocidad.
Bella no solo le había fastidiado a él, sino que le había colocado en una situación incómoda.
El mozo trajo también el coche de Edward y se sentó tras el volante. Cuanto más se acercaba a su ático, más le hervía la sangre. Gracias a una cierta casamentera, se iba a pasar otra noche más solo. Lo que menos le gustaba hacer.
Se apartó en una calle secundaria y apretó el botón de llamada de su teléfono móvil antes de mirar la hora. Eran casi las nueve.
Bella contestó inmediatamente, por lo que él no tuvo que preocuparse de que le hubiera interrumpido los planes para aquella noche.
–¿Acaso esperabas mi llamada? –le preguntó con toda la ironía que pudo.
Ella debía de haber estado pendiente del teléfono como un halcón. Un viernes por la noche. Parecía que a Bella le vendría bien un poco de su propia magia para encontrar pareja.
–Hmm, sí. Dijiste que me darías un informe completo.
Edward se había olvidado de eso.
–Envíame tu dirección en un mensaje. Se trata de un informe que tengo que darte en persona.
Con eso, dio por terminada la llamada. Un instante más tarde, llegó el mensaje.
La dirección llegó un instante después. Edward sonrió sin darse cuenta. «Ahora viene el rock and roll, señorita Swan».
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Bella le abrió la puerta con unos pantalones vaqueros y un jersey azul.
Él se esforzó mucho por no fijarse en cuan bien combinaba ese color con su cremosa piel... Sin embargo, estaba furioso con ella por… algo.
–Qué rápido –comentó ella mientras levantaba las cejas de aquel modo frío y controlado que sacaba a Edward de quicio–. ¿Has respetado los límites de velocidad mientras venías de camino hacia aquí?
–¿Acaso me vas a poner una multa? –replicó él mientras se cruzaba de brazos y se apoyaba en el umbral de la puerta.
–No, es una suposición. La cita no debe de haber ido muy bien si tenías tanta prisa por llegar hasta aquí.
–¿Acaso crees que prefería verte a ti?
–Nada de eso. Me has llamado porque querías echarme en cara que no te había emparejado con tu alma gemela.
–Sí –replicó él. Sería gracioso si no fuera tan cierto–. Esa es la razón por la que he venido corriendo hasta aquí. Para decirte que Tanya es perfecta, pero que no ha salido bien.
Efectivamente, Tanya era perfecta para el hombre que él le había mostrado a Bella. Ella había fracasado a la hora de rebuscar un poco más bajo la superficie y encontrar la mujer perfecta para el hombre que había tras la cortina.
Bella inclinó la cabeza hacia un lado para mirarle más atentamente.
–Sé que es perfecta. Yo te emparejé con ella. Sin embargo, no te has molestado en darle una oportunidad, ¿verdad?
–¿Qué es lo que quieres que te diga, Bella? Nunca te oculté que no me interesaba tener una relación.
No. Aquello no era del todo cierto. Edward no estaba interesado en una relación con nadie que hubiera conocido hasta entonces y una parte de él se sentía desilusionado porque Bella no se hubiera podido sacar a alguien de la chistera que le hiciera cambiar de opinión.
Sin embargo, eso era imposible porque esa mujer no existía.
Suspiró. De repente se sentía muy cansado.
–Mira, la idea del verdadero amor es tan peregrina como la idea de meter un montón de datos en un programa de ordenador y esperar que salga algo mágico.
–No es mágico –dijo ella con una extraña expresión en su rostro–. El algoritmo es algo muy complejo.
–Estoy segura de que tu empresa de software te lo dijo cuando te lo vendió, pero no se puede ser preciso con los intangibles. Admítelo, estás…
–Yo hice ese programa –le interrumpió ella.
–¿Que tú hiciste ese programa? Me dijiste que tenías un título en psicología.
–Y lo tengo –afirmó ella–. Tengo un máster. Sin embargo, me licencié en informática. Estuve a punto de estudiar psicología después, pero decidí lanzarme con IMS International. Siempre puedo retomar los estudios más tarde.
–Pero… ¿dices que tú realizaste ese programa?
Bella podría ser la mujer más inteligente que había conocido nunca y no solo por tener tantos estudios, sino porque desafiaba sus expectativas de un modo increíble.
Su menudo tamaño guardaba un tesoro de secretos, cosas que Edward jamás hubiera imaginado que estaban bajo la superficie, cosas que jamás hubiera soñado que serían tan estimulantes tanto intelectual como físicamente. Después de una noche frustrante en compañía de una mujer sin sustancia alguna que vestía a su perro para divertirse, quería descubrir todos los datos fascinantes que pudiera haber en la vida de Isabella Swan.
–¿Tan difícil te resulta creerlo? –le espetó ella mientras se cruzaba de brazos también.
–No es que no me lo crea, sino que me resulta increíblemente sexy. Es decir, no estaba bromeando. Las mujeres que tienen cerebro me atraen mucho.
–¿De verdad? Pues tengo uno en la cocina, A mí nunca me ha resultado particularmente atractivo, pero a cada uno lo suyo.
Edward lanzó un bufido y se echó a reír al mismo tiempo.
–Espera. Estás de broma, ¿verdad?
–¿Tú qué crees? –replicó ella. Por el gesto de su rostro, Edward comprendió que le estaba costando mucho no reír también.
–Merecía la pena aclararlo. Te aseguro que hablar de cerebros en la cocina es la conversación más atractiva que he tenido en toda la tarde.
Bella suspiró y abrió la puerta de par en par y se hizo a un lado.
–Es mejor que entres y nos sentemos para que me lo cuentes todo.
Edward pasó al interior de la casa y siguió a Bella hasta el salón. La decoración era clásica, pero con tonos ricos y brillantes.
–Entonces, ¿aquí es donde ocurre la magia?
–Las mujeres que se someten a mi programa de pulimiento personal se alojan aquí, sí –dijo Bella mientras se sentaba en el sofá.
Lo hizo sin delicadeza alguna, como si no le importara que él la encontrara atractiva. Ni siquiera se había puesto lápiz de labios. La única vez que Edward había visto a una mujer sin lápiz de labios había sido después de besarla. Las mujeres que se relacionaban con él siempre trataban de presentar el mejor aspecto posible.
Edward se sentó en un cómodo sillón muy cerca del sofá.
–Cuéntame qué es lo que te pasó con Tanya –le ordenó ella sin preámbulo alguno–. Todos los detalles. Tengo que saber qué fue exactamente lo que no funcionó. Si es que funcionó algo, es decir…
–¡Vaya! ¿Y por qué tienes que saber todo eso?
Ella lo miró asombrada.
–Para dar en el clavo la segunda vez.
–¿Qué segunda vez?
–Te prometí emparejarte con el amor de tu vida. Tengo que admitir que me gusta conseguirlo a la primera, pero no me importa tener un error. Dos es inaceptable. Por eso, necesito detalles.
¿Otra cita? Edward estuvo a punto de lanzar un gruñido de protesta. La apuesta había finalizado porque ella había perdido. ¿Acaso no se daba cuenta?
—Bella...
Sin aquel empeño que ella tenía en encontrarle su alma gemela, Edward no tendría excusa alguna para volver a verla otra vez. Aquel pensamiento lo impacientó.
Bella levantó la mano a modo de protesta.
–Sé lo que vas a decir. Un caballero no habla de sus citas. Y no te estoy pidiendo que me des detalles íntimos…
–Ni siquiera he besado a Tanya. Y eso no era lo que te iba a decir.
–¿No la has besado?–preguntó Bella. Parecía un poco escandalizada–. ¿Y por qué no?
–Porque no me gustó. Solo beso a las mujeres que me gustan.
–Pero el otro día estuviste a punto de besarme a mí. Lo sé. No te molestes en negarlo.
Como Edward sabía el valor del silencio en ciertas ocasiones, se cruzó de brazos y esperó a que ella se diera cuenta. Bella no tardó en sonrojarse.
–Deja de decir ridiculeces –dijo ella por fin–. Toda esta charla sobre lo sexy que soy porque he hecho un programa informático y ahora tratar de desestabilizarme con comentarios crípticos destinados a hacerme creer que te gusto… te aseguro que no va a funcionar.
Muy intrigado, se inclinó hacia ella y se apoyó los codos en las rodillas.
–¿Qué es lo que no va a funcionar?
–Lo que llevas haciendo desde el momento número uno. Maniobras de distracción. Si me distraigo pensando en que me vas a besar, meteré la pata y te emparejaré con la mujer equivocada. Así pierdo. En realidad, es un plan brillante.
Aquellas palabras lo cambiaron todo.
–¿Has estado pensando en besarme?
En realidad, en lo único en lo que había podido pensar Bella había sido en besar a Edward.
–No. He dicho que tú estabas tratando de hacer que yo pensara en eso. Para distraerme. No funciona. De verdad. No puedes distraerme. Estoy decidida por completo a encontrarte la mujer perfecta. Tanya no lo fue. Lo entiendo. Sin embargo, su nombre salió debido a que las sesiones para realizar el perfil no fueron muy ortodoxas. Tenemos que hacer la última y hacerla bien.
Para lo que iba a servir… ¿A quién más tenía en su base de datos que pudiera emparejar con Edward? Mentalmente, pensó en las candidatas y trató de hacer los porcentajes de cabeza.
Y se olvidó de sumar al ver que una lenta sonrisa se desplegaba sobre el rostro de Edward.
–¿Lo ponemos a prueba?
–Hmm… ¿De qué estás hablando?
Edward se puso de pie y se sentó junto a ella en el sofá.
–¿De si soy capaz de distraerte?
Los separaban pocos centímetros. Bella contuvo el aliento. El aroma que emanaba del cuerpo de Edward era pecaminoso y salvador al mismo tiempo. Ella sintió deseos de olisquearle detrás de la oreja…
Aquello no formaba parte del trato. No se sentía atraída por Edward Cullen. Era impensable e inaceptable. Bella no tenía experiencia con un predador que tenía una mujer nueva en la cama más a menudo de lo que reemplazaba su tubo de pasta de dientes.
¿Cómo había ocurrido algo así? ¿Acaso su libido no comprendía la clase de hombre que era, lo profundamente que despreciaba el compromiso a largo plazo y el amor verdadero?
Un hombre como él era la peor pesadilla para su solitario corazón, por muy guapo que fuera. Estaba destinado a su verdadera alma gemela, a la mujer que fuera la adecuada para conseguir que cambiara de opinión sobre el amor. Y esa mujer no era ella.
El pulso se le había acelerado. Lo miró fijamente, rezando para que él no se diera cuenta del pánico que sentía. Aquel sería el momento adecuado para realizar algún sarcástico comentario… Entonces, él le tomó la mano con la suya y se la llevó a los labios.
Los dedos de Bella rozaron suavemente la boca de él. Edward entrecerró los párpados, como si lo encontrara placentero. Fascinante. Isabella Swan era capaz de hacer que un dios andante como Edward sintiera placer. ¿Quién lo habría pensado?
Edward la estaba observando atentamente. Frunció los labios y, muy ligeramente, le chupó el dedo índice. Bella sintió un tirón entre las piernas que no fue tan ligero.
Una húmeda calidez cubrió su cuerpo y le sonrojó la piel.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó con voz ronca.
–Ver a qué sabes –murmuró él. Entonces, se deslizó la mano de Bella por la mandíbula y se la sujetó contra la piel–. Y me resultó tan delicioso que quiero más.
Antes de que ella pudiera parpadear, Edward inclinó la cabeza y deslizó los labio por encima de los de ella, mordisqueándoselos suavemente, explorando, tirando y acariciando hasta que pareció encontrar por fin el ángulo que buscaba.
Inmediatamente, las bocas de ambos se fundieron en un apasionado beso.
Edward le agarró el cuello con ambas manos para inclinarle la cabeza y poder profundizar el beso. Apasionada y caliente, la lengua se enredaba con la de ella.
Bella sintió aquellas caricias también en lo más profundo de su feminidad. Se le escapó un gemido de la garganta.
Las fuertes y hábiles manos de él se le deslizaron por la espalda, escurriéndose por debajo del jersey y extendiéndose posesivamente por el arco de la cintura.
Y se detuvieron ahí.
Bella deseó que hubiera seguido. Los dos estaban completamente pegados, como dos ramas de hiedra entrelazadas. Entonces, él le apretó la zona lumbar de la espalda e hizo que el torso de Bella se irguiera contra el suyo. Resultaba tan firme contra los sensibles pezones, que eran capaces de sentirlo a pesar de las capas de tela.
Aquel no era el beso autorizado para todos los públicos en el que ella había estado pensando desde que estuvieron a punto de besarse en el aparcamiento.
Aquel era ciertamente para mayores de dieciocho años, Bella agarró la camisa con los puños de las manos y se aferró a él apasionadamente mientras Edward la besaba, gozando sin reparos con él, vibrando con las sensaciones…
Hasta que recordó que todo aquello estaba diseñado como distracción.
Apartarse de él resultó más duro de lo que hubiera imaginado nunca. Se separó un buen trecho de él en el sofá, pero no fue suficiente. Se puso de pie y no paró hasta que la mesita estuvo entre ambos.
–Besas muy bien –dijo con voz quebrada–. Lo haré constar en tu perfil.
–No había terminado –repuso él–. Regresa aquí para que te pueda mostrar qué más cosas se me dan bien. Quieres que el perfil sea muy detallado, ¿no?
–No puedo hacerlo…
–¿Acaso tienes miedo?
–¿De ti? En absoluto –repuso. Lo hizo de un modo tan convincente que estuvo a punto de creerlo ella misma.
Edward la miró con una expresión que le hizo a ella tener la clara impresión de que él había averiguado exactamente lo mucho que la asustaba. Eso la hizo sentir aún más pánico.
–No hay necesidad –aclaró desesperadamente tratando de contrarrestar lo que estaba sintiendo–. Lo hemos puesto a prueba y, aunque el beso fue agradable, ciertamente no me ha distraído de los pasos que hay que dar a continuación. ¿Cuándo quieres que tengamos la última sesión?
–Preferiría seguir besándote –protestó él.
–No vamos a seguir por este camino, Edward. Escúchame. No va a ocurrir nada entre tú y yo. Tenemos un trato, una apuesta. Y nada más. Tengo que hacer mi trabajo. Deja que lo haga.
Edward la observó durante un largo instante.
–Esto es muy importante para ti.
–¡Por supuesto que lo es! Has amenazado con destruir mi reputación, lo que terminará arruinando la empresa que construí hace siete años. ¿Te gustaría a ti que yo pudiera hacerte lo mismo y que, además, me pasara el tiempo tratando de seducirte para conseguirlo?
–Bella... Lo siento. Esa no era mi intención. Me gusta besarte. Eso es todo. Si quieres hacer otra sesión, ahí estaré. Tú pones el día y la hora.
¿Cómo se atrevía a mostrarse tan comprensivo y arrepentido?
Necesitaba que Edward se marchara antes de que volviera a cometer otra estupidez.
–Llámame cuando estés lista para tomar las sesiones donde las dejamos.
En ese momento, Bella se dio cuenta de algo muy doloroso y ridículo. Los mensajes de texto durante su cita con Tanya, permitir que la besara, la suprema tristeza de imaginárselo locamente enamorado de su alma gemela… Todo ello resumía una innegable verdad: no quería que Edward estuviera con ninguna otra mujer.
No se podía permitir estar con él. No podría soportar despertarse sola a la mañana siguiente sabiendo que no era suficiente para él y seguir sola todas las mañanas a partir de entonces.
Aquella era la mejor razón para emparejarlo rápidamente con otra mujer.
Aquí otro capítulo, perdón por la tardanza prometo terminar esta adaptación pronto! La historia tiene 12 capitulos así que trataré de actualizar más seguido! Saludos! Lxs leo!
