《Los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer y la historia completamente a Kat Cantrell 》
Capítulo 7:
El lunes por la mañana muy temprano, Bella estaba en su despacho introduciendo los últimos datos en el ordenador.
Aquella sería su hora de la victoria. Se le daba bien ayudar a la gente a encontrar la felicidad. Emparejar a Edward con alguien que pudiera darle lo que él necesitaba sería la guinda del pastel.
Pinchó en la ventana correspondiente para que empezara a funcionar su programa.
Isabella Swan.
Se desmoronó sobre el teclado sin poder contenerse. No sabía si reír o llorar.
Bella empezaría a soñar con vestidos blancos mientras él iba perdiendo interés poco a poco. No estaban hechos el uno para el otro.
Sin embargo, eso no le impedía pensar en besarlo a él.
Aquella mezcla de sentimientos por Edward había comprometido sus habilidades como casamentera. En aquella ocasión, no podía volver a cambiar el resultado, dado que resultaba evidente que no podía ser imparcial, y mucho menos después de la importancia que Edward le había dado a su declaración sobre la ética.
Gruñó y se golpeó la cabeza un par de veces más contra el teclado. Edward iba a tener un día de fiesta cuando se enterara.
¿Cómo diablos podía salir de aquella situación?
Cuando alguien llamó a la puerta, se incorporó rápidamente en la silla. Angie asomó la cabeza por la puerta. El gesto que su asistente tenía en el rostro no ayudó a que Bella se sintiera mejor.
–El señor Cullen está aquí –anunció.
–¿Aquí? –repitió Bella. Automáticamente, se atusó el cabello y lanzó una maldición. Tenía pequeñas marcas en el rostro–. ¿Te refieres a aquí, en el despacho?
Tal vez podría fingir que había salido. Al menos hasta que se le borraran las marcas y hubiera podido decidir lo que iba a decirle de su emparejamiento. No le cabía la menor duda que aquella era la razón por la que se había presentado sin llamar.
Quería que Bella le diera un nombre.
–Aún no he desarrollado una tecnología de hologramas –dijo Edward mientras pasaba junto a Angie y entraba en el despacho de Bella,–pero estoy en ello. Mientras tanto, sigo viniendo en persona.
Angie ocultó una sonrisa, aunque no demasiado bien, y se marchó.
Bella se tomó unos segundos para examinar la perfección masculina que tenía ante ella. Había estado tan equivocada… Vestido con traje estaba tan guapo como con todo lo demás. Entonces, su cerebro traidor le recordó que cuando más guapo estaba era sin nada puesto.
–Pensaba que esta semana estabas muy ocupado –dijo con dificultad–. Por eso vino lo de la pizza, ¿no?
Edward no se molestó en tomar asiento en la butaca destinada a las visitas. Rodeó el escritorio y se detuvo a poca distancia de ella, apoyándose en la mesa como si fuera suya.
–Y lo estoy –aclaró él mirándola ávidamente, como si ella fuera una obra de arte que hubiera encontrado por casualidad y no pudiera creer su suerte–. He dejado a varias personas en una sala de conferencias y en estos momentos están atando los cabos de un trato muy importante sin mí. Me levanté y me marché.
–¿Por qué?
Para un hombre que afirmaba que su empresa era más importante que nada en el mundo, aquella era una reacción algo extraña.
Edward la miró fijamente durante unos instantes.
–Quería verte –dijo él simplemente.
Bella sintió que el corazón se le detenía durante un instante. Cuando volvió a arrancar y a recuperar el ritmo, nada importaba. Ni encontrarle un alma gemela a Edward. Ni la apuesta. No importaba nada más que él.
Y él quería estar con ella.
–Vale, pues aquí estoy. ¿Ahora qué?
Él extendió la mano a modo de invitación.
–No he podido pensar en nada que no sea sentarme en un parque contigo y observar cómo pasa la vida. Ven conmigo.
Ni miró el reloj ni cerró el ordenador. Simplemente tomó la mano que él le ofrecía y la siguió.
El aire era fresco y Bella se echó a temblar cuando salieron del edificio. No se había dado cuenta de que tan solo iba vestida con un ligero vestido de lana y unas botas.
–Espera un momento. Tengo que volver a recoger mi abrigo.
Edward le obligó a darse la vuelta.
–Espera. Ponte mi chaqueta.
Se la quitó y se la colocó a Bella por encima de los hombros para luego ayudarla a meter los brazos en las mangas con mucho cuidado. Después, le agarró las solapas y lo miró como si el acto de compartir su calidez tuviera gran significado.
–No tenías por qué hacerlo –dijo ella mientras se remangaba un poco. Tenía que hacer algo con las manos aparte de colocarlas sobre los pectorales de Edward tal y como deseaba–. Tengo el abrigo en…
–Hazlo por mí. Es la primera vez que le dejo mi abrigo a una mujer porque lo necesita de verdad. Me gusta cómo te queda.
–A mí también…
Se arrebujó la prenda alrededor del cuerpo y olfateó el delicioso aroma que era Edward, peligro y decadencia todo en uno. Bella podría vivir dentro de aquella chaqueta, dormir con ella, pasear completamente desnuda tan solo con el forro de seda acariciándole la piel…
Se dirigieron hacia un pequeño parque que había al otro lado de la calle, frente al edificio en el que se encontraba IMS International. Edward comenzó a contarle la historia de un perrito que provocó el caos en una de los estudios de su cadena de televisión. Ella se rio encantada. Se rozaban las manos ocasionalmente, pero ella fingía que no se daba cuenta, lo que era difícil, considerando que el pulso se le aceleraba con cada roce.
No hacía más que esperar que él le tomara la mano tal y como había hecho el sábado por la noche. Sin embargo, Edward no hizo nada.
No era de extrañar que los sentimientos de Bella estuvieran tan confusos. Nunca sabía lo que podía esperar. Durante mucho tiempo, se había convencido de que él se acercaba a ella para que Bella perdiera la apuesta. Ya no estaba tan segura.
Edward señaló un banco vacío, que estaba al sol. Bella optó por sentarse cerca, pero no demasiado. Al menos hasta que comprendiera de qué iba todo aquello.
–¿Cómo va eso de observar a la gente? –le preguntó ella mientras señalaba el enjambre de personas que entraba y salía de un edificio.
–Simplemente dejo que la mente divague y que me lleguen las impresiones. Como esa pareja.
Bella se fijó en la joven pareja que él le estaba indicando. Estaban besándose apasionadamente contra la pared de ladrillo de Starbucks.
–Entre dieciocho y veinticinco –musitó él–. Probablemente asisten a la escuela de artes plásticas que hay a la vuelta de la esquina. Los dos tienen smartphones, pero no tabletas; tienen televisión por cable, pero no los canales de pago; leen las noticias, aunque no las páginas de economía; y me pueden decir los títulos de al menos cinco canciones que estén en el top 100 de la Billboard, aunque no los nombres de los políticos que forman parte del gobierno a excepción del presidente.
Bella se quedó boquiabierta y se echó a reír.
–Te lo has inventado todo.
Edward se volvió para mirarla y ella sintió cómo la temperatura en el interior de la americana subía varios grados.
–Él tiene una bolsa con el logotipo de la escuela de arte y los dos tienen teléfonos en los bolsillos traseros. El resto es investigación de mercado para ese grupo de edad. Los detalles podrían ser ligeramente diferentes, pero no los hábitos de entretenimiento.
–Impresionante. ¿Has comprobado alguna vez si estás en lo cierto?
Edward hizo un gesto con los ojos y extendió el brazo por el respaldo del banco, por detrás de los hombros de Bella.
–No estoy equivocado, pero puedes ir a preguntarles si quieres.
Ella evitó por todos los medios posibles apoyarse en el respaldo. No sabía cómo capear aquella inesperada conversación con Edward, ni qué pensar o sentir.
–Bueno…
La pareja no parecía demasiado interesada en que la interrumpieran. De repente, ella deseo estar así con alguien y que el mundo que la rodeara pareciera no existir.
–No pasa nada.
La sonrisa con la que él le respondió la relajó. Un poco.
–Ahora te toca a ti. ¿Qué ves en esos dos?
Bella habló lo que se le pasaba por la cabeza, sin pararse a pensar.
–Están en una edad en la que el amor sigue siendo excitante, pero tiene el potencial de ser mucho más doloroso porque se arrojan a él sin reservas. Aún no viven juntos, pero van en esa dirección. Él ha conocido a los padres de ella, pero ella no conoce a los de él porque el chico es de otro estado y resulta demasiado caro ir a casa con una chica a menos que sea serio. La invitará las próximas Navidades. Y le pedirá matrimonio el día de Año Nuevo porque es menos predecible que el día de Nochebuena.
–Todo eso te lo has inventado –afirmó él.
–No. Él tiene una camiseta del casino Choctaw, que está en Oklahoma y, si vivieran juntos, estarían en casa besándose en privado. El resto lo he sacado de años estudiando parejas y lo que los empuja a enamorarse –afirmó–. O sea que tú no te lo inventas y yo sí.
–Bueno, no creo que se pueda estudiar cómo se enamora la gente. Los sentimientos no son algo que se pueda cuantificar.
–Eso lo dice el que tiene un título de psicología. ¿Cómo determinó Skinner que las ratas respondían más favorablemente al refuerzo parcial? Pues no preguntándoles si preferían las noticias de Yahoo o las de Google.
Edward sonrió y el gesto golpeó a Bella con la fuerza de un vendaval. Ella luchó con una sonrisa propia y perdió.
–Tú estudias, haces una hipótesis, lo pruebas y voilà. Tienes una conclusión certificada.
–Dígame una cosa, doctora Swan –dijo él–. ¿Cuál es su hipótesis sobre mí?Analízame del mismo modo que hiciste con esa pareja.
–¿De verdad? –preguntó ella. Edward asintió. Bella decidió elegir sus palabras cuidadosamente–. No te gusta estar solo y las mujeres llenan ese hueco. Quieres que ellas te desafíen, que hagan que merezca la pena estar con ellas, algo que nunca ocurre. Por eso, rompes antes de que ella se sienta demasiado unida a ti. Es un acto de amabilidad, porque en realidad no te gusta hacer daño. No es culpa de ellas que no sean la elegida.
La expresión de Edward no cambió, pero algo turbador se movió en las profundidades de sus ojos.
–¿Y qué te hace pensar que estoy buscando a esa mujer que dices? –le preguntó en un tono informal que no engañó a Bella. Ella notó la tensión que él estaba sintiendo.
Había dado en un punto sensible. Decidió seguir apretando.
–Si no fuera así, jamás habría accedido a que tratara de encontrarte pareja y mucho menos insistirías, sobre todo dado que no te salió bien con Tanya.
Edward se movió un poco para girarse hacia ella. Entonces, levantó la mano y le rozó suavemente la mejilla a Bella. Entonces, tomó un mechón de su cabello y se lo colocó delicadamente detrás de la oreja.
—Vine a buscar una pareja y me quedé con la casamentera.
–Edward, sobre eso…
–Relájate…
Le acarició el cabello con los dedos, deslizándolos entre los mechones con suavidad hasta llegar a la nuca. ¿Y se suponía que ella tenía que relajarse cuando la tocaba de aquella manera?
–Estás perdonada –murmuró él–. Cancelo oficialmente nuestra apuesta. No te desilusiones.
Había vuelto a leerle el pensamiento. Una vez más.
El alivio se apoderó de ella. Ya no tenía que confesar que había trucado los resultados. Edward no tendría que saber nunca que había abandonado su ética.
Sin embargo, sin la apuesta no tenía escudo que la protegiera del acoso de Edward.
No había excusa que la ayudara a mantenerlo a distancia. Lo peor de todo era que ya no había excusa para mantener su asociación.
–¿Acaso no crees que pueda emparejarte?
–Creo que eres capaz de venderle hielo a los esquimales, pero en realidad es que no quiero conocer a más mujeres.
–Tienes que hacerlo –insistió ella. Si no lo hacía, ¿cómo iba Edward a conocer al amor de su vida?
Edward sacudió la cabeza con tranquilidad.
–No tengo que hacerlo. Ya he conocido a la que deseo. A ti.
Un millar de sentimientos imposibles de expresar se apoderaron de ella, inmovilizándola.
Bella se quedó inmóvil y apartó la mano de Edward de su cabello.
–¿Yo?
–Venga ya… ¿A qué creías que me refería? Sería una tontería continuar con esto de mi emparejamiento cuando los dos sabemos que no va a ocurrir.
–¿Qué es lo que no va a ocurrir? ¿Lo de encontrarte pareja? –preguntó ella indignada.
Edward ya se había imaginado que ella no se rendiría sin presentar batalla. De otro modo, se habría sentido desilusionado. Había tardado gran parte del domingo en darse cuenta de cómo tenía que maniobrar todos los escollos que ella presentaba. Seguía sin estar seguro de si el plan era el correcto. Cabía la posibilidad de que ella siguiera resistiéndose.
Y eso era precisamente lo que lo hacía genial.
–El concepto tenía carencias desde el principio, y los dos lo sabemos. ¿Por qué no llamamos a las cosas por su nombre y seguimos adelante? Hay algo entre nosotros y lo sabes –afirmó mientras le colocaba un dedo en los labios para evitar que ella siguiera protestando–. No lo puedes negar. Veamos qué ocurre si nos centramos en eso en vez de en esta ridícula apuesta.
–Yo ya sé lo que va a pasar. Me llevarás a la cama, será maravilloso y tú te pondrás insufrible pavoneándote de lo ocurrido. Repetiremos a la noche siguiente, y a la otra… ¿durante cuánto tiempo? ¿Tres semanas?
–O cuatro. ¿Cuál es el problema?
Bella suspiró dolorosamente.
–Eso no es lo que yo quiero.
–¿Preferirías que fuera a ciegas, sin tener ni idea de cómo encontrarte el punto G y luego comportarme como si no pasara nada cuando yo llegó al clímax antes que tú? Pasé esa etapa antes de llegar a los veinte años. Lo de ser insufrible… bueno… –dijo mientras le guiñaba el ojo–. Supongo que me perdonarás.
–Ya sabes a lo que me refiero, Edward. No seas difícil.
–¿Quieres que te haga promesas? –le espetó él–. Yo no funciono así. Nadie lo hace.
–No se trata de promesas, tan solo de estar de acuerdo en que tenemos los mismos objetivos en una relación.
Edward gruñó suavemente.
—Esto no es un programa de ordenador en el que veas el código antes de ejecutarlo. ¿Por qué no podemos ir día a día? ¿Por qué no puede ser como el sábado? –susurró mientras le acariciaba a Bella la oreja muy suavemente. En aquella ocasión, ella no le apartó la mano–. Lo de hoy también ha estado bien,¿no?
–Sí –admitió ella tras cerrar los ojos un instante–, pero queremos cosas muy diferentes y no es muy inteligente empezar algo cuando eso se sabe de antemano. ¿Acaso debo renunciar a una relación de amor y compromiso a cambio de unas cuantas semanas de sexo fabuloso?
–¿Y quién ha dicho que tienes que renunciar a nada? Tal vez vayas a ganar algo. ¿Y qué tienes en contra del sexo fabuloso? –bromeó él.
–En realidad, me encanta el sexo fabuloso. Es especialmente fabuloso cuando puedo contar con que siga siendo fabuloso durante mucho tiempo en vez de estar constantemente preguntándome cuándo va a terminar.
–Veamos qué es exactamente lo que tú quieres, ¿te parece? Quieres encontrar a tu alma gemela, pero cuando un hombre no es exactamente lo que tú habías imaginado, sales corriendo en la dirección opuesta.
–Eso no es cierto…
Lo era. Bella necesitaba alguien real para superar las visiones sobre amantes de fantasía que tenía en la cabeza.
—Tienes compartimientos en la cabeza, preguntas de perfil que quieres que se respondan de un modo concreto antes de decidirte a dar el paso. Ningún hombre podría encajar en ese molde. Por eso, te quedas en casa los sábados por la noche y te entierras en mundos futuristas para evitar descubrir que tu alma gemela no existe.
–¡Claro que existen! Lo he visto.
–Para algunas personas, pero tal vez no para mí ni para ti. ¿Lo has pensado alguna vez?
–Nunca. Lo primero que me pregunto sobre todos los hombres que conozco es si alguno de ellos será mi alma gemela.
¿Todos los hombres? ¿Le incluía eso a él?
–Pero no das el paso para descubrirlo.
–Igual que tú evalúas a todas las mujeres para ver si ella es tu media naranja, luego decides que no puede ser y te alejas de ella antes de que haya pasado el tiempo suficiente para permitir que ella te desilusione.
–Sí –admitió Edward –, pero yo estoy dispuesto a admitirlo. ¿Y tú?
–No es justo –se quejó ella–. ¿Por qué no puedes ser un poco tonto?
Edward se echó a reír y no le importó que ella se hubiera zafado de la pregunta. De todos modos, ya conocía la respuesta.
–Yo debería preguntarte lo mismo. Si relajaras el cerebro durante un momento, podríamos evitar todo esto.
–¿Evitar qué? ¿Psicoanalizarnos el uno al otro debajo de la mesa?
–Claro que no. Esa es la parte sobre nosotros que más me pone.
–No hay nosotros –dijo ella tras apartar la mirada. Las mejillas se le habían vuelto a sonrojar y Edward sintió el deseo de besar aquellas manchas rosadas–. ¿Y qué ha pasado con lo de ser amigos?
–Si a ti te parece bien, a mí no me importa decir que somos amigos, pero prepárate para una dosis extra de amistad.
–En ese caso, dejémonos de etiquetas.
–Estoy de acuerdo. Con las etiquetas fuera, veamos qué es lo que ocurre si hago esto.
Edward le hizo levantar la barbilla y colocó los labios de Bella a un suspiro de los suyos. Dejó que ella se acostumbrada a la idea antes de hacer nada.
Ella se quedó completamente inmóvil.
Edward la quería ardiente, como se había mostrado en el sofá la primera noche que se besaron, justo antes de que se echara atrás. Él no sentía ni un gramo de remordimiento por tener que presionarla para llevarla donde él quería.
–¿Tienes miedo? –murmuró él contra los labios de Bella. ¿Quieres ir a casa y ver Blade Runner por millonésima vez?
–Contigo no –le espetó ella. Le rozó los labios al hablar, deliberadamente, por lo que no debería haber hecho que Edward sintiera el aguijonazo del deseo en el vientre.
Se apartó una fracción y se alegró al ver que ella iba tras él.
–¿Prefieres hacer otra cosa conmigo? Lo único que tienes que hacer es decirlo.
Bella abrió los ojos de par en par. Edward cayó en aquellas profundidades del color del chocolate. Lo que los separaba era un océano, una eternidad, el universo entero, pero él quería cerrar aquella separación de la peor manera posible. La contención dolía. Y mucho. Sin embargo, quería ver si Bella daba el paso.
–Edward … –murmuró ella mientras le colocaba las manos a ambos lados del rostro–. Hay algo que quiero hacer contigo, algo que llevo pensando mucho tiempo.
Él haría lo que fuera. Aquel beso sin contacto lo hacía arder de tal manera que temía arder de combustión espontánea.
–¿De qué se trata, cielo?
–Quiero derrotarte en tu propio juego –susurró ella. El abismo se cerró.
Bella lo devoró con avidez, deslizando la húmeda lengua contra la de él, reclamándola hábilmente. Las manos de ella le colocaron la cabeza para que pudiera profundizar el beso. Edward sintió que el fuego se le extendía por la entrepierna y estuvo a punto de desatar un alivio prematuro como los que había tenido que contener hacía casi dos décadas.
Trató de recuperar el control, pero ella no se lo permitía. Le deslizaba las manos por el torso como si fueran golondrinas. Los dedos encontraban hueco entre los botones para sentir su piel. Edward no pudo soportarlo.
–Bella… –gruñó mientras ella le mordisqueaba la oreja. Al mismo tiempo, le arañaba los abdominales con las uñas.
La lujuria desatada le encendía la parte inferior del cuerpo. Estaban en público.
A propósito, para evitar que ocurriera nada demasiado fuera de control. Por supuesto.
Edward endureció los labios y la obligó a detenerse. Lánguidamente, la saboreó como lo haría con el buen vino y ella se suavizó bajo sus besos.
Envalentonado al ver que volvía a tener la iniciativa, le colocó la mano en la parte inferior de la espalda y la obligó a pegarse contra su torso. Bella gimió y colocó en ángulo la cabeza para besarlo más profundamente. Edward estuvo a punto de perder el equilibrio, pero se agarró con fuerza a Bella y se perdió en el mar de sensaciones que lo asaltaban.
O se detenían inmediatamente o se marchaban a un lugar más íntimo. Edward se apartó de mala gana tras darle un delicado beso en la sien.
Tuvo que ser lo primero. Edward tenía que volver a su trabajo y Bella probablemente necesitaba tiempo para valorar lo ocurrido, para analizar y repasar sus listados y convencerse de que aquello no estaba bien.
Tras respirar profundamente, Bella frunció los labios y lo miró con los ojos entornados seductoramente.
–¿He ganado?
Un capitulo más cada vez menos para terminar! Saluditos a todxs!!
