BRUJA

La bruja del carrito se detuvo frente al compartimento. Cinco años después de su primer viaje, Albus seguía sintiendo que sus labios se curvaban en una sonrisa cuando veía el carrito rebosante de golosinas, las mejores de todo el mundo: empanadas de calabaza, pasteles de caldero, grajeas Bertie Botts de todos los sabores, y sus favoritas: las ranas de chocolate.

Sus compañeros de compartimento y amigos, Rose y Scorpius, también se apresuraron a sacar algo de dinero para surtirse. Después de todo, si no se terminaban las golosinas en el viaje, bien podían guardarlas para sus primeros días en Hogwarts, antes de las expediciones a Hogsmeade.

Con los brazos llenos de ranas de chocolate, Albus se dispuso a repartirlas para su tradicional intercambio de cromos. Riendo, Rose abrió una rana. El animalito de chocolate encantado saltó del susto y quedó en el regazo de la chica, sin poder moverse de nuevo. Scorpius no tuvo tanta suerte, pues su rana saltó directamente al piso. Acallando las bromas, Albus jaló el cordón dorado del empaque. Sujetó a la rana antes de que ésta pudiera saltar. Y entonces vio el preciado cromo.

Los cromos de ranas de chocolate eran algo que los magos de todo el mundo seguían coleccionando. Muchas cosas de la época de sus padres habían dejado de hacerse, y quedaba sólo el recuerdo de su existencia en las envolturas coleccionadas. Pero las ranas seguían más vivas que nunca. Y aunque la mayoría de los magos tenían todos los cromos (incluso muchos repetidos) nunca se cansaban de la expectación que producía ver al mago o bruja debajo de la rana.

Y el de Albus era perfecto, porque era el único que le faltaba. El único que no había podido conseguir en sus quince años de vida.

En el cromo estaba Wendelin la Extraña, una bruja medieval de lo más rara, que se había dejado capturar bastantes veces porque le gustaba ser quemada. Le lanzó una mirada risueña a Albus, después desapareció bajo un manto de llamas, y el cromo se quedó vacío.

—¡Oh, no! Me ha salido de nuevo tu padre, Albus. Creo que se la enviaré a papá por navidad —exclamó su amigo Scorpius, a lo que Rose se desternilló de la risa. Albus también rio.

—No creo que le haga gracia, Scor. Anda, dime quién te ha tocado, Rose.

La pelirroja le mostró su cromo, donde aparecía Cassandra Vablatsky con su bola de adivinación. La bruja le echó una sonrisa que pretendía ser misteriosa, se envolvió en una niebla de ultratumba y desapareció. Rose refunfuñó. Como su madre, odiaba la adivinación.

—Al fin me ha salido Wendelin. Tendrán que intercambiarse el cromo entre ustedes dos, porque yo me la quedo.

No podía esperar a llegar a Hogwarts. Albus pensó que, por llevar tanta felicidad a los estudiantes de Hogwarts el primer día de clases, la bruja del carrito también merecía su propio cromo.