《Los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer y la historia completamente a Kat Cantrell 》


Capítulo 8:

Regresaron al despacho de Bella de la mano y ella gozó con cada instante.

Edward no se detuvo junto a su coche. Evidentemente, tenía la intención de acompañarla hasta el interior. Tal vez él tampoco tenía deseos de separarse de ella.

¿No era increíble? Edward Cullen con Isabella Swan.

¿Qué estaba haciendo ella con él?

En primer lugar, no tenía ni idea y, además, no le importaba. O, al menos, no le importaba en aquellos momentos. La boca de Edward era mágica y muy capaz de alterar la actividad mental del cerebro de Bella.

–No hagas planes para esta noche –le dijo Edward mientras subían la escalera que conducía al despacho de Bella–. Llevaré la cena a tu casa y cenaremos allí.

Ella sonrió, incapaz de controlar el torrente de alegría que bullía en su interior.

Por fin había llegado su oportunidad de conseguir su alma gemela.

–¿Una cita que, en realidad sí es una cita porque ahora estamos saliendo?

Reconoció que el hecho de insistir en encontrarle una pareja a Edward había sido una excusa para evitar desearle para sí y negar también que esa misma idea la aterrorizaba. Y seguía aterrorizándola. Sin embargo, parecía que había llegado su turno para ser feliz y para hacer feliz a Edward al mismo tiempo. ¿Qué mal podía haber en intentarlo?

–Lo de salir suena un poco a etiqueta –comentó él, frunciendo el ceño sin verdadero enojo.

–Me muerdo la lengua entonces.

Desgraciadamente, ella sospechaba que tendría que hacer eso muchas veces en las semanas venideras. De algún modo, Edward había hecho posible que se deshiciera no solo de las etiquetas, sino también de las garantías para el futuro.

No obstante, eso no significaba que ella hubiera cambiado. Seguía deseando un final feliz. Y seguía queriendo que Edward encontrara el verdadero amor.

Lo ocurrido en el banco había revelado mucho más de lo que los dos habían esperado, de eso estaba segura. Y era de lo único. Necesitaba desesperadamente creer que las confesiones los habían animado a ambos a probar algo nuevo en una relación: la permanencia en el caso de Edward y a ir día a día en el caso de Bella.

En su caso, requería un nivel muy alto de confianza que no estaba seguro de poseer. De hecho, ir día a día podría ser una bendición en sí mismo porque así ella tendría tiempo de darse cuenta si podía confiar en Edward sin comprometer del todo su frágil corazón.

Edward abrió la puerta de IMS International y pronunció una palabra algo irreverente. Bella miró hacia el lugar en el que él se había fijado y vio que había cuatro mujeres junto al mostrador de Angie. Las cuatro se volvieron al unísono al escuchar el sonido de la puerta. Edward soltó la mano de Bella sin realizar comentario alguno.

Bella no tardó en reconocer a Tanya. Las otras tres mujeres no le resultaban familiares, pero todas tenían un aspecto similar a pesar de que a primera vista resaltaba la gran diferencia entre ellas. Y, como Tanya, todas podrían haber salido de las páginas de una revista.

¿Nuevas clientas recomendadas por Tanya? Parecía poco probable teniendo en cuenta cómo le había salido la cita con Edward. Además, Bella aún no le había encontrado a Tanya su alma gemela.

–¿Es una emboscada? –le preguntó Edward. Su expresión era seria.

–¿Una emboscada? –repitió ella. Entonces, decidió que aquella no era la manera de referirse a potenciales clientes. Se apartó de él y se acercó a las cuatro mujeres con una sonrisa–. Soy Isabella Swan. ¿Puedo ayudarlas?

–Hemos venido a protestar –dijo la que estaba un poco mas baja que las demás, y parecía ser la portavoz del grupo.

–¿A protestar? –replicó Bella–. No comprendo.

Angie se puso de pie y se estiró la falda con nerviosismo.

–Lo siento, Bella. Estaba a punto de pedirles que se marcharan.

Edward agarró a Bella por el codo y señaló a la chica.

–Bella, esta es Jane Vulturi, una antigua novia. A Tanya ya la conoces. Lauren Mallory es la que está a la izquierda e Irina a la derecha. Todas son antiguas novias mías.

Bella no pudo evitar estudiar a aquellas mujeres con ojo crítico. Parecía que había sido completamente sincero cuando afirmó que no tenía preferencia alguna sobre los atributos de una mujer. Las tres, aunque hermosas y elegantes, eran tan diferentes como el día y la noche.

Esa prueba de su sinceridad la llevó a pensar que también lo había sido en las demás, lo que significaba que de verdad pensaba que el amor era pura ficción.

Sintió un cosquilleo en el estómago. La mano de Edward sobre el brazo tenía como objetivo tranquilizarla o retenerla. Sinceramente, no sabía cuál de las dos opciones necesitaba.

–¿Y por qué han venido a protestar exactamente?

Jane se cruzó de brazos y se dirigió a Bella sin mirar a Edward.

–Estamos aquí por sus clientas femeninas. Protestamos porque lo haya escogido a él como posible pareja de una de sus clientas y para que no lo vuelva a emparejar con ninguna inocente mujer.

Bella miró boquiabierta a Jane,

–Lo siento. ¿Cómo ha dicho?

Bella se sonrojó. Todos aquellos ojos estaban pendientes de ella, a los que había que añadir los de Angie y Edward, y habían conseguido ponerla incómoda. Después de todo, aún llevaba puesta la americana de Edward , que contaba su historia sin palabras.

–A él no le interesa tener una relación –dijo Tanya tras aclararse la garganta–. Me lo dijo claramente. Pensé que era extraño. ¿Por qué acudir entonces a una casamentera? Entonces, Jane y yo nos encontramos por casualidad en el salón de belleza Turtle Creek y me enteré que solo es cliente suyo por una apuesta que los dos han hecho.

Las otras señoritas asintieron. Entonces, la morena dijo:

–Nosotras nos encontramos también en el salón con Jane y Tanya.

Jane señaló a Edward.

–Es un canalla frío y sin corazón que se aprovechará de cualquier mujer sin una pizca de remordimiento. Ninguna mujer se merece que lo empareje con él. Tiene que dejar de ser su cliente.

La americana de Edward pareció incrementar su peso en veinte kilos. Aquellas mujeres no tenían ni idea de que Bella había estado besando apasionadamente a Edward hacía menos de diez minutos y que habían estado haciendo planes para cenar juntos. Sin embargo, Jane no se refería directamente a Bella.

–Ya está bien –dijo Edward mientras se colocaba entre Bella y sus exnovias–. Podéis decir todo lo que queráis sobre mí, pero no impliquéis a Bella en vuestras cuitas. Ella tiene derecho a aceptar a quien quiera como cliente y vosotras no tenéis derecho alguno a estar aquí.

La defensa de Edward le llegó a Bella al corazón. Bajo aquella fachada perfecta, era un caballero y ella apreciaba el interior y el exterior a partes iguales.

Aquel era un momento verdaderamente malo para descubrir que podría tener más sentimientos hacia él de lo que había pensado en un principio.

Jane miró con desprecio a Edward. Su animosidad era palpable.

–Estábamos aún juntos cuando accediste a ser cliente. ¿Se lo has dicho? Todo el mundo daría por sentado que una casamentera tendría interés en saber que no estabas soltero.

Bella sintió que el alma se le caía a los pies. Eso no podía ser cierto. Jane estaba escupiendo medias verdades para vengarse de Edward, esa era la razón de todo aquello. Mujeres burladas escupiendo su ira.

–Eso es cierto –admitió Edward –. Estábamos saliendo, pero yo estaba soltero. No te prometí nada más allá de nuestra última cita. Si tú decidiste leer que había compromiso entre nosotros, es una pena, pero eso no tiene nada que ver con lo que yo estoy haciendo en IMS International ni nada que ver con Bella. La estás utilizando para vengarte de mí, pero no te va a servir de nada.

«Vayamos día a día».

Aquello era prácticamente lo mismo que decir que no había prometido nada más allá de la última cita. Bella sospechaba que Edward daba ese discurso con frecuencia.

No. Edward no era un mentiroso. Era un jugador. Ninguna de aquellas mujeres había sido capaz de cambiar eso, y Bella no podría hacerlo tampoco, tanto si se tomaba las cosas día a día como si no. Su problema era decidir si podía vivir sin promesas y con la posibilidad de que Edward le diera el mismo discurso a otra mujer al cabo de unas pocas semanas, cuando se hubiera cansado de ella.

Su frágil corazón estaba al borde de un precipicio.

Todos los ojos estaban pendientes de ella. Jane la miraba con desprecio.

–Claro que tiene que ver con la clase de empresa que sea. ¿Es usted una casamentera o una ladrona? ¿Vienen las mujeres como Tanya aquí esperando encontrar un hombre compatible que también esté buscando el amor y se ven desilusionadas y sin una sustancial suma de dinero?

Bella negó con la cabeza. No sabía por dónde empezar a revocar los hirientes y falsos comentarios de Jane.

–Soy una casamentera. Exclusivamente. Me preocupo de ayudar a la gente a encontrar el amor. Incluso a alguien como Edward.

–¿A alguien como Edward? –repitió él–. ¿Y qué se supone que significa eso?

En aquellos momentos, todos estaban en contra de Bella, incluso Edward, que debería estar de su parte. Los dos se iban a embarcar en algo que no tenía etiqueta, pero que ella había querido explorar. Al menos antes de enfrentarse a aquella emboscada.

–Significa que tú no crees en el amor y que yo, ingenuamente, pensé que podría mostrarte lo equivocado que estás. Sin embargo, ahora veo que no puedo.

Le costaba admitir el fracaso, no solo a la hora de encontrarle pareja, sino también por haber cedido a una seducción que, para él, era rutinaria.

–Desde hoy, Edward ya no es cliente de esta empresa, así que sus protestas llegan demasiado tarde. Tanya, te devolveré el dinero. Lo tendrás en tu cuenta dentro de dos días. Ahora, les ruego que se marchen.

Con eso, salió huyendo hacia su despacho y cerró la puerta. Esta se abrió inmediatamente. Era Edward.

–Lo siento. No tenía ni idea de que iban a estar esperando para abalanzarse sobre ti. No te lo merecías y es por completo culpa mía.

Bella se cubrió el rostro con las manos para no tener que mirarlo.

–No es culpa tuya. Y también me refería a ti cuando pedí que se marchara todo el mundo.

–Solo quería asegurarme de que estabas bien.

–No lo estoy. Y tú eres la última persona que puede arreglarlo…

Edward le colocó la mano en el hombro.

–Bella, tengo que regresar a mi despacho, pero te compensaré esta noche.

Ella se encogió de hombros y se apartó la mano.

–No puedo hacer esto contigo.

–¿Hacer qué? ¿Cenar conmigo? Hemos comido ya antes juntos y jamás has tenido ningún problema para tragar.

Ese era precisamente el problema. Edward quería que la cena no significara nada especial. Al cabo de unas pocas semanas, Bella terminaría como Jane.

–La cena no es solo la cena y lo sabes. Es un comienzo y los dos tenemos ideas muy diferentes sobre lo que estamos empezando.

–Eso no es cierto. La cena es pasar tiempo juntos. Hacer que el otro se sienta bien. Conversar.

–Sexo –afirmó ella sin ambages.

–Por supuesto. Me gusta el sexo. ¿Qué tiene eso de malo?

–¡Que yo quiero casarme! Quiero estar enamorada. No inmediatamente, pero sí algún día, y necesito tener esa posibilidad. Necesito que el hombre con el que yo esté quiera también esas cosas –gritó.

–Tal vez yo también quiera eso. Tal vez tú quieras esas cosas, pero te des cuenta de que no las quieres conmigo y te parezca perfecto. Ninguno de los dos sabe con seguridad qué es lo que va a ocurrir. Nadie lo sabe.

No, pero Bella se imaginaba bien lo que ocurriría y eso no conducía a un final feliz para ella.

–¿Te imaginaste casándote con Jane mientras salías con ella?

–No dejes que un grupo de mujeres rencorosas te vuelva en mi contra –dijo algo acobardado.

Aquella actitud le respondió a Bella tan claramente como si él le hubiera dicho que no.

–Y no lo estoy haciendo. Esto era un problema ayer y anteayer también. He dejado que unos besos apasionados en el banco de un parque me impidan pensar.

–¿Qué significa eso? ¿Que no quieres nada conmigo?

Bella no quería que fuera así. Que Dios la ayudara, pero no podía dejar que él se marchara para siempre.

–Me divierto más contigo que con ningún otro. Si no podemos ser amantes, ¿qué tiene de malo seguir siendo amigos?

–¿Es eso lo que quieres?

–No, Edward. No es lo que quiero, pero es lo que te puedo ofrecer –le dijo mirándole a los ojos sin pestañear a pesar de que estaba sufriendo mucho por dentro. Edward parecía muy abatido–. Ahora, regresa a tu trabajo y si sigues queriendo que seamos solo amigos, ya sabes dónde encontrarme.

Amigos.

Aquella palabra tuvo a Edward de mal humor todo el día.

¿Qué demonios era lo que quería Bella? ¿Que le pidiera matrimonio antes de que pudieran disfrutar de una sencilla cena juntos?

Jamás le había costado tanto que una mujer accediera a salir con él, y mucho menos meterla entre las sábanas.

Estuvo trabajando hasta bien pasadas las seis de la tarde, pero sin conseguir ningún objetivo en ese tiempo.

Salió del despacho furioso y se metió en su coche, se puso a dar vueltas por Dallas sin destino fijo. De repente, después de un rato conduciendo, se fijó en los nombres de las calles. Estaba a una manzana de la casa de Emmett. Edward se dirigió hacia ella y aminoró la marcha al pasar por la imponente verja de la mansión de su amigo, que se ocultaba tras un frondoso jardín de robles. Entre las ramas, se vislumbraban luces. ¿Estaría Emmett en casa? Hacía un tiempo, Edward se habría apostado cualquier cosa a que no. Emmett se pasaba el tiempo trabajando y resultaba muy complicado hacerle salir de su despacho incluso para tomar algo.

Edward se preguntó si Emmett sería feliz.

Si el alma gemela de Edward existía, quinientos mil dólares parecían una ganga si con ello conseguía comprar una mujer que acallara todos sus miedos. Edward se acababa de gastar el doble en una serie de bienes que había comprado para Cullen Media. Fuera lo que fuera, se romperían y se verían reemplazados por una tecnología mejor al cabo de unos pocos años.

Un alma gemela era para siempre. ¿Sería posible algo así para alguien como Edward?¿Y si ya la había conocido y no se había dado cuenta? Aquella era la definición de estar roto y era exactamente lo que Bella había querido decir cuando comentó lo de «alguien como Edward ».

Antes de que hiciera una locura, como llamar a Emmett y exigirle que le explicara cómo había sabido que Rosalie era su alma gemela, pisó el acelerador y estuvo conduciendo hasta que estuvo a punto de vaciar el depósito de la gasolina.

Entonces, se fue a casa. Allí, desgraciadamente no durmió bien y su ánimo mejoró muy poco.

El día siguiente fue peor. Todos, incluso Victoria, su asistenta, mantuvieron las distancias. A pesar de que comprendía el porqué, esto le enfureció aún más.

Necesitaba algo que lo distrajera.

Como estaba de un humor perverso, sacó el teléfono y le envió un mensaje a Bella.

«¿Disfrutaste de tu velada en solitario?».

Qué tontería. Ella le ignoraría y le diría que se lo había pasado estupendamente sola o le gastaría una broma que no le daría en absoluto ninguna información sobre cómo se encontraba. Edward quería que estuviera de mal humor, quería que sufriera por…

«No. Fue horrible. Te echo de menos».

Sintió que el corazón le daba un vuelco y el teléfono se le cayó de las manos.

De ningún modo. No iba a enviarle un mensaje diciéndole lo triste que él se encontraba también. Seguramente estaba sentada en aquel sofá color champán que tenía en su piso, con el teléfono en la mano, esperando su respuesta

No estaban saliendo. Bella no era su amante. No debería ser tan difícil.

Dejó el teléfono sobre el escritorio y decidió ignorarlo durante los próximos minutos, mientras leía una y otra vez el mismo párrafo de la propuesta de marketing.

El teléfono estaba a su lado, condenándolo en silencio.

–Deja de mirarme –gruñó. Entonces, agarró el aparato y lo puso boca abajo.

Bella quería que él fuera un príncipe de cuento de hadas que le robara el corazón con promesas de amor eterno. Esto distaba mucho de quien él era, por lo que no podía ni siquiera imaginarse haciéndolo. No había que más decir al respecto.

El teléfono sonó.

Tenía que haberse imaginado que ella no iba a tolerar que la ignorara. El corazón le hizo un baile extraño y rápidamente dio la vuelta al teléfono y apretó el botón para contestar.

–Hola, Edward … –dijo una voz femenina ronroneándole al oído. No era la de Bella.

Maldita sea. Debería haber mirado al menos quién era la persona que llamaba.

–Hola… –respondió. No tenía ni idea de quién era.

–Llevo pensando en ti desde ayer…

Lauren. Edward reconoció por fin la voz y, si hubiera sabido de quién se trataba, jamás habría respondido al teléfono.

–¿Ayer, cuando tú y las demás entrasteis en una oficina y empezasteis a decirle a gritos a la propietaria cómo dirigirla?

Recordó lo bien que Bella había manejado la situación. Era una mujer admirable.

–En realidad yo no formaba parte de eso –respondió Lauren–. Fui con las otras porque tenía interés en volver a verte y comprobar que no te iban a emparejar con nadie. La verdad es que me apetece volver a pasarlo bien contigo.

–Lo siento, Lauren, pero a mí no me interesa tener nada contigo en estos momentos. Ya oíste a Tanya. Sería injusto para ti.

Edward estaba harto de todo aquello.

–Vamos… No te pido compromiso alguno, Ed. Solo una noche.

Las palabras de Lauren le resonaron en la cabeza, pero las oyó con su propia voz, tal y como se lo dijo a Bella. No era de extrañar que la idea le hubiera resultado repugnante a Bella proveniente de él tal y como le había resultado repugnante a él al escucharlo en labios de Lauren.

¿Por qué no le había dado Bella un bofetón? En vez de eso, le había ofrecido su amistad, que él le había despreciado porque quería las cosas a su manera, no a la de ella. Y por eso, había perdido algo muy valioso en el proceso.

Suspiró.

–No. En realidad, no me acuerdo. Gracias por llamar, pero te ruego que te olvides de mí. No va a volver a ocurrir nada entre nosotros.

Con eso, cortó la llamada y se puso a mirar por la ventana. Sería mejor que empezara a admitir que había perdido a Bella y que no tenía ni idea de cómo arreglarlo.

La aparición de las cuatro exnovias no había causado su problema con Bella. El problema había existido desde el principio, tal y como ella había dicho. Había descartado las esperanzas y los sueños de ella porque se basaban en algo que él consideraba absurdo e improbable: el verdadero amor. Efectivamente, había realizado el perfil y se había dejado llevar, pero solo para ganar la apuesta y no porque creyera que ella tenía una habilidad especial para demostrar algo que era imposible demostrar. Sin embargo, ella había creado un negocio entero sobre ese concepto. Si alguien tan inteligente como Emmett encontró a su alma gemela gracias a ello, tal vez la idea tenía más de verdad de lo que Edward quería creer.

Tal vez debería darle una oportunidad a la manera de Bella.

O…

El amor era un mito y, después de que hubiera pasado un tiempo, la novedad del matrimonio se habría pasado. Podría ser que Emmett estuviera demasiado avergonzado de admitir que había cometido un error. Si Edward cedía a lo que Bella pedía sin más información, podría estar condenándose a un futuro de sufrimiento.

Después de todo, no podía confiar con facilidad por una razón. Solo tenía que considerar lo ocurrido con su amistad con Emmett.

Además, Bella quería conocer a su alma gemela y Edward no lo era. Tenían una perspectiva completamente diferente sobre las relaciones y sobre la vida en general. Eso estaba demostrado. Entonces, ¿por qué fingir?

No había nada malo en que dos adultos libres se divirtieran juntos. No tenían que jurarse devoción eterna para llevar su relación al siguiente nivel.

¿Por qué se mostraba ella tan testaruda al respecto?

Emmett podría estar demasiado avergonzado de sincerarse sobre lo desastrosa que podría ser en aquellos momentos su relación con Rosalie, pero Bella tenía muchos otros clientes. Estaba seguro de que varios de los emparejamientos de IMS International no habían durado. Un final infeliz era mejor manera de afirmar que el amor era un mito que lo emparejaran con otra Tanya.

Necesitaba una pareja que no hubiera terminado con su alma gemela como la empresa publicitaba. Entonces, podría llevarle las pruebas a Bella. Ella tenía que comprender cómo funcionaba el mundo real. ¿Qué mejor manera podía haber de convencerla? Tendría pruebas de que, en ocasiones, por mucho que una persona desee tener un compromiso para toda la vida, simplemente no ocurría. Por supuesto, ella podría disgustarse al principio un poco por haber estado esperando algo que no existía, pero terminaría comprendiendo lo que él le quería decir. Bella lo deseaba tanto como él la deseaba a ella, y tenían que dejar que lo que había entre ellos siguiera su curso natural.