Aquellos ojos rojos con pupila rasgada de color dorado se abrieron. Por fin podía ver todo con claridad, el sello se había roto y podía ser libre.
Eso solo significaba una cosa, el viejo había muerto. Un pequeño retortijón en el corazón fue lo que sintió, a pesar de por fin ser libre se sentía mal al saber que el único ser que ella no había podido corromper ahora no estaba en el plano terrestre.
Ni modo.
La mujer estaba acostada, se tocó a oscuras, un largo cabello y pechos de un buen tamaño. Eso le gustaba. Sonrió y se colocó de pie. De forma instintiva tomó el teléfono que había a su lado y encendió el flash para encender la luz. Se vio en el espejo frente a ella.
Por mil demonios. Toco su rostro y se desvistió en totalidad.
El anciano debió matarla. Morir ahora parecía el mismísimo edén.
Era humana. Ya no poseía alas, Cola y tampoco colmillos o cuernos. Sus hermosos colmillos ya no estaban y eso no era lo peor; era una adolescente de unos quince años. El viejo la hizo reencarnar en una insignificante y débil humana. Era ella pero en humana, el cabello rubio y la pálida piel le combinaban.
— Espero que te retuerzas en tu tumba, viejo pervertido.
Hasta su voz era como la de una niña. Maldito sea aquel letargo de sueño profundo. Por lo menos el alma que compartía ese cuerpo era un alma débil que estaba lista para ser devorada.
Salió y vio a todos los demonios que había en las calles, no sabía dónde estaba pero sabía bien a donde debía ir. Caminó al metro y unos ancianos empezaron a verla, podía sentir esas lascivas miradas sobre ella, recorrían su cuerpo.
La rubia sonrió, recuperar sus poderes sería un juego de niños.
Y casi lo fue durante dos semanas. Pero no pasaba de lo mismo y ya sabían de su presencia, la iglesia o lo que sea mandaba exorcistas tras ella que simplemente devoraba o enviaba al infierno. Hasta que por fin enviaron a alguien de su calibre.
— ¿Que haces en este sucio callejón? — preguntó aquel demonio que vestía colorido.
— Ayudame, quiero regresar al infierno... — dijo ella de rodillas— Te lo ruego Samael.
— No me gusta verte de rodillas con la boca vacía, mi querida Lilith.
La demonio gruñó y el rió.
— Los convenciste de dejar vivir al hijo del amo, yo solo seguiré reencarnando... necesito tener fuerza suficiente para poder largarme al infierno... por favor.
— Solo si prometes no causar problemas.
