Lamento del cazador

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin. Sawyn Tarly es un personaje que hice por diversión.

Esta historia participa en la primera ronda del "I Certamen de los Originales" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


I

El amor de mi vida

La historia del amor de mi vida no comenzó con bardos y canciones sino con escalofríos y muerte.

Mi madre había luchado contra la enfermedad durante tres lunas hasta que susurró mi nombre con su último aliento. «Sam», dijo mientras yo sostenía su mano pálida y trémula entre las mías. Lloré largamente sobre su cuerpo hasta que mi antigua ama de cría me alejó de su lecho de muerte.

Con solamente ocho días de nombre cumplidos me atreví a preguntarle por la ausencia de mi padre. «El matrimonio de vuestros padres fue largo pero frustrado. Intentaron concebir un hijo cada noche, hasta que años después aparecisteis vos en el vientre de vuestra madre. Y cuando nacisteis ella volvió a sonreír, pero vuestro padre ya estaba acostumbrado al vacío.»

Pero el bufón —que me hacía derramar más lágrimas que sonrisas— me confesó la verdad que mi ama de cría no se atrevía. «Vuestro padre planeaba enviudar drásticamente, y contraer nupcias con una muchacha más joven y más fértil.» Entonces comprendí la carencia de afecto entre ellos.

Tiempo después mi padre, en su único acto de compasión hacia mí, permitió que los hijos de lord Hunt se quedaran como pupilos en Colina Cuerno para llenar el espacio que él no estaba dispuesto a ocupar.

Entonces fue que la conocí.

Era tan alta como yo, tenía el cabello del color de fuego a punto de extinguirse y una nariz aguileña que le sobresalía del rostro. No era hermosa como las doncellas de las canciones, pero su personalidad era envolvente, llevaba a querer conocerla más.

«Él es Alyn y yo soy Alyna, los nombres más originales de Poniente», dijo como presentación. Eran mellizos —aunque a Alyna le gustaba recordar que era la mayor—, pero mientras que ella era tan extrovertida, él era mudo de nacimiento. Apenas sabía escribir su nombre, pero algún día sería el señor de su casa. Alyna era su sombra incondicional y le ayudaba a hacerse entender con señas. Me enterneció inmediatamente el cariño y la paciencia para con su hermano.

En ellos encontré una compañía balsámica para mi perdida. A pesar de que Alyn era mudo, comprendía algunas palabras gracias a su oído desarrollado. «Como toda persona carente de algo, aprende a compensarlo», me explicó Alyna.

Crecimos juntos entre cuentos antiguos —a ella le brillaban los ojos cada vez que los escuchaba porque decía que su maestre solamente les contaba historias de Garth Manoverde— y el amor compartido por la cetrería y la caza. Algo que nunca me había unido a mi padre.

En mi día de nombre número diecinueve cazamos un venado blanco, y el castillo entero se deleitó con su carne rebosada en especias.

«Mi padre me está buscando un consorte. No quiero irme de Colina Cuerno», me dijo antes de besarme bajo el arco de piedra. «No quiero que te vayas», respondí en la oscuridad y la volví a besar.

Lord Hunt falleció tiempo después y Alyn se convirtió en el nuevo señor. Mientras su padre planeaba entregarla a un hombre que le faltaban los dientes, él me concedió su mano en matrimonio.

Nuestra boda se celebró a cielo abierto y entre las colinas arboladas. Ella me regaló un carcaj y un arco de plata; yo, a cambio, la volví mi escudo personal. Reemplacé el mítico arquero de mi casa para portar el estandarte de una cazadora con el pecho descubierto y la flecha apuntando hacia el frente. «Es el gesto más hermoso que han tenido conmigo», susurró.

En ese instante supe que estaba enamorado de ella. No sentía que mi corazón se detenía cuando la veía o que mi entrepierna palpitaba de deseo, era algo que iba más allá de lo corporal. Alyna era la única constante en mi vida, llenaba el vacío con sonrisas y ocurrencias, y sabía leerme incluso cuando me replegaba sobre mí mismo.

«El amor está en el lecho», escuché una vez que decía el bufón. Pero estaba equivocado. El amor se encontraba en el día a día, en los pequeños detalles, en el cuidado mutuo.

Ese era el amor que le enseñábamos a nuestros seis hijos —Alyna quería seguir agrandando la familia, a pesar de que tuviéramos que buscar una nueva mesa— y queríamos que se perpetuara incluso después de nuestra muerte.

Pero la historia del amor de mi vida terminó abruptamente un día funesto de cacería donde una flecha y el cruel destino le trajeron la muerte.