Lamento del cazador

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin. Con excepción de Sam y Alysa Tarly que son de mi autoría, y Daemon Dayne que es de Cath Stark.

Esta historia es, precisamente, para Cath Stark por haberse convertido en Mano del Rey en "Actividad especial: ¡Rey de los Siete Reinos!". Su petición fue justamente una viñeta (que es más que viñeta) de Alysa Tarly, y que tuviera en cuenta a sus bebés solteros. Y el elegido fue Daemon Dayne.


III

De las tres veces que Alysa Tarly se encontró con Daemon Dayne

1.

El viento le trajo el grito.

El cielo que cubría Colina Cuerno era dorado como una manzana de otoño. Alysa espoleó al caballo hasta el gran roble, donde la flecha aún vibraba. Era una flecha corta, puntiaguda, tallada y adornada con tres plumas escarlatas.

Desde la trágica muerte de su madre —tres años atrás en el tiempo—, su padre ordenaba que todas las flechas construidas en el castillo fueran talladas y decoradas de forma diferenciada. De modo que, si la desgracia volvía a reinar en la familia, se sabría quién era el culpable.

Las suyas tenían grabados dos triángulos y tres plumas escarlatas. Su padre le había mandado construir una centena de flechas desde que la descubrió con el carcaj y el arco de su progenitor. Alysa todavía no se acostumbraba del todo. Su padre era un hombre de espalda ancha y manos grandes; ella, en cambio, era menuda del todo.

«Un arco más pequeño y más largo os sentaría a la perfección», le había dicho el maestro armero cuando le entregó las flechas. Pero Alysa había desestimado la oferta. Ningún arco hecho a medida tendría esa connotación especial.

Cuando ella deslizaba los dedos por la caoba, sentía que el recuerdo de su madre latía a través de aquel objeto. Cuando se acomodaba el carcaj en el hombro, se sentía un poco más como ella.

Mientras que sus padres se habían enamorado antes de los veinte años y decidido que querían compartir el resto de sus vidas, Alysa no encontraba su lugar en el mundo. A los catorce años le habían dejado plantada frente al septón y roto el corazón; a los diecisiete había perdido toda fe en el amor. Pocas cosas le causaban emoción, además de su familia. Y la cacería era una de ellas.

Arrancó la flecha del tronco y la devolvió al carcaj. «Estoy mejorando mi puntería, pero aún me queda mucho por aprender», pensó. Todo sería más sencillo si su padre le enseñase, pero él no había vuelto a cazar desde el accidente. Alysa tenía que conformarse con practicar en la soledad de las colinas arboladas.

Tiró de las riendas del caballo y se dirigió al lugar del que provenía el grito.

Se encontró con un alazán con la pata atrapada en las espesas raíces que brotaban del suelo. Entre el animal y el suelo, se hallaba un muchacho de cabello negro y ojos de un azul muy oscuro. «Violetas», se corrigió Alysa cuando se acercó. «Como los de Daeron Targaryen.»

—¿Quién sois y por qué invadís las tierras de mi señor padre?

—Disculpadme, mi lady. ¿Podréis ayudarme? —respondió él—. Me presentaré como es debido después de que mi vida no corra peligro.

Alysa rodó los ojos. «Qué exagerado», pensó. Desenvainó el cuchillo que llevaba enfundado en la cintura.

—¡Deteneos! —gritó el muchacho—. ¡No podéis sacrificar a mi caballo!

Ella ni se molestó en responder. Cortó las raíces que mantenían prisionero al animal. Cuando se vio liberado, el caballo se puso de pie con dificultad. Alysa comprobó que el chico apenas tenía una magulladura en el rostro blanco y un corte en la manga del jubón. «Se recuperará», dijo irónica en su mente.

Se detuvo en el escudo que llevaba bordado. Una estrella fugaz y una espada cruzada. Era el emblema de los Dayne de Campoestrella, una casa menor de Dorne. Podría tratarse de un caballero a su servicio o de algún miembro de la familia.

—¿Tenéis cuervos en vuestro castillo? Necesito avisar a mi padre de que tuve un contratiempo —demandó—. Mis hermanos ya nacieron. Tengo que llegar a Campoestrella para conocerlos. ¿Tenéis hermanos? —preguntó de repente. Alysa frunció los labios—. ¿Siempre sois así de hospitalaria con quienes visitan vuestras tierras?

—No con quienes irrumpen sin invitación. Y no se callan ni por un segundo —contestó ella—. En el castillo tenemos cuervos. Todos los que queráis, por lo que procurad que vuestra visita sea breve.

—Lo será, mi lady. Como os he dicho, por si no me habéis escuchado, mis hermanos nacieron y tengo que ir a conocerlos. —Bajó la voz hasta que se volvió un susurro—: O si no, mi padre no me lo perdonara.

La silueta de Colina Cuerno se dibujó contra el sol de mediodía. En lo alto de la muralla ondeaba al viento el estandarte de su padre: una cazadora apuntando la flecha hacia el frente. Lo había adoptado como regalo de bodas para su madre. En lugar de lucir el mítico cazador de los Tarly, ahora llevaba un eterno homenaje a la mujer de su vida. Y aquella cazadora tenía un rasgo en particular: una nariz que le sobresalía del rostro.

«¿Te enamoraste de madre a pesar de su nariz?», le había preguntado Samwell, su hermano mayor, en cierta ocasión. «Lo que más me enamoró fue su nariz. Toda doncella puede ser hermosa, pero no todas pueden ser particularmente hermosas», fue su respuesta.

Cada vez que pensaba en aquellas palabras, Alysa sentía un poco de envidia de ese amor tan puro e inolvidable. ¿Por qué ella estaba condenada a toparse con caballeros como Jeremy Norridge? O con ese muchacho impresentable que pensó que iba a sacrificarle el caballo.

Fueron recibidos por el coro de risas de sus dos hermanas pequeñas. Meredith y Judith eran las menores, se llevaban un año de diferencia, e insistían en vestirse igual. Por el parecido físico podía decirse que eran gemelas; ellas, incluso, a veces se presentaban como tal. Las dos eran apodadas «Dith».

Judith era la que más recordaba a su madre, y lloraba su ausencia por las noches. Alysa siempre era la que corría a su encuentro, la cubría con brazos cálidos para recordarle que ella estaba ahí.

Por eso, cuando la veía sonreír, sentía algo cálido cubriéndole el pecho.

—¡Mira, Dith! ¡Alysa tiene un nuevo prometido! —dijo Meredith.

—Estamos muy contentas por ti, Alysa. Ser Jeremy no tiene nada de caballero.

El muchacho se carcajeó a sus espaldas.

—Me complace conocer a las hermanas de mi prometida —dijo haciendo una reverencia sobre el caballo—. ¡Sois hermosas como dos rosas, mis señoras! Me presento ante vosotras como Daemon Dayne, heredero de Campoestrella. —Se volteó en dirección a Alysa—. Descuidad, mi lady, no tengo el placer de ser caballero. A decir verdad, no sé ni sostener una espada. Algo que le disgusta a mi señor padre, aunque jamás lo diría en voz alta. Pero teniendo en cuenta vuestra habilidad con el cuchillo, no creo que deba preocuparse por mi seguridad.

Las niñas se rieron una vez más; Alysa sintió que las mejillas le ardían. Agitó las riendas del caballo para que apurara el paso. Pasó por el puente levadizo que separaba el foso del camino a la fortaleza. Daemon Dayne tuvo la cortesía de aminorar el paso para seguir riéndose con Meredith y Judith.

Sus voces se volvieron un eco lejano cuando descendió del caballo.

—Alysa —saludó su padre cuando la vio llegar—. ¿Volviste acompañada?

—Su caballo quedó atrapado —respondió—. Si hubiera tenido un poco de sentido común, lo habría dejado a su suerte. Es incapaz de contener su lengua. Necesita un cuervo para enviar a Campoestrella. Dádselo lo antes posible.

«Así podrá marcharse antes de la luna nueva.»

Ningún muchacho la había puesto tan furiosa desde Jeremy Norridge.


2.

Su padre se estaba dejando ir.

Alysa lo notaba en su mirada y en sus palabras. Se despertaba a mitad de la noche, envuelto en sudor, después de rememorar el día del accidente. «Fui yo. Mi flecha le atravesó el corazón», susurraba al aire nocturno. Ella había muerto en sus brazos, en un charco de sangre. Alyn Hunt —su tío materno— y él estaban en la cacería por el venado blanco, cualquiera de los dos podría haberlo hecho, pero era su padre quien cargaba con la cruz.

A veces también la llamaba «Alyna», con los labios pálidos, y sonreía a modo de disculpa. Ella siempre fingía no darse cuenta de la confusión. Pero, en la más absoluta discreción, consultaba al maestre por ello. Él decía que el desvarío no era producto de la cabeza sino del corazón.

«Recuerdo que vuestros padres se conocieron a la edad de Meredith y Judith. La llegada de lady Alyna tiñó de color su vida gris. Era inevitable que se enamoraran y pensaran que iban a partir juntos de este mundo. —Pero no había sido así. Su madre se había ido primero; su padre buscaba seguirla—. El día que contrajeron matrimonio fue soleado y brillante, y vuestro padre no dejaba de sonreír como un niño. Lady Alyna le regaló el arco que vos ahora portáis. La cacería los unió y la cacería los separó.»

Alyna no había presenciado la muerte de su madre. Se encontraba con los Tyrell cuando el cuervo llegó con alas negras y palabras negras. Las palabras de la carta eran escuetas. «Lady Alyna murió en un accidente de caza.» Conocía más Altojardín que Colina Cuerno, pero la noticia fue como una lluvia de invierno sobre su rostro. Fría, violenta, que la sacudió de su sueño florido.

Su madre no había llegado a verla en su vestido de novia, frente al septón, esperando por un prometido que nunca llegó. Y a veces Alysa pensaba que eso era lo mejor. Ya suficiente tenía con lidiar la lástima que su padre y hermano le profesaban. Samwell la observaba con ojos velados en pena; sus hermanas pequeñas la lanzaban a los brazos de cada muchacho en edad casadera; y su padre se empeñaba en que viajara y conociera el mundo y descubriera el verdadero amor.

Samwyn guardaba reposo en el lecho, con las manos cruzadas sobre el regazo y los labios pálidos. Decía sentirse afiebrado, cansado y abatido; el maestre, que lo había examinado al alba, aseguraba que se trataba de un mal pasajero. «Estáis sano como un roble, mi señor. La muerte os dará quince años más de ventaja.»

—Temo por ti, hija mía —dijo cuando Alysa se sentó a su lado—. Temo por el día que abandone esta tierra y te quedes en soledad.

—No me quedaré sola —aseguró ella—. Estaré a tu lado hasta que ese momento llegue, y después cuidaré de Meredith y Judith hasta que sean mayores.

—Ellas crecerán, se casarán y tendrán sus propios hijos. Y te quedarás sola, Alysa. No quiero ese destino para ti. Eres una buena muchacha, una excelente hija. Quiero verte feliz. Busca un muchacho que endulce tu corazón y te dé niños fuertes que alegren tu vejez. No todos los caballeros tienen que ser como Jeremy Norridge.

Alysa se puso abruptamente de pie cuando mencionó aquel nombre. Trató de ocultar su rostro ensombrecido sin éxito alguno, la luz que se filtraba por la alta ventana no le dejaba ocultar sus emociones.

—No lo necesito, padre. No necesito que alguien me haga feliz o dé hijos para llenar el vacío. Solamente necesito saber que estás bien con mi decisión.

—Lo haré —respondió—. Pero te pido que me concedas una petición. Luthor Tyrell contraerá nupcias la próxima luna y dará un banquete para celebrarlo. Las niñas merecen conocer lo que hay fuera de Colina Cuerno. Llévalas en mi nombre, por favor.

Daeron Targaryen había roto su compromiso con Olenna Redwyne, la heredera de El Rejo, pero había sido más discreto que sus hermanos. «Al menos, no la llegaron a dejar plantada.» Por lo poco que Alysa conocía al príncipe, sabía que estaba en su naturaleza ser llamativo y escandaloso. Había corona a Ser Jeremy como Reina del Amor y la Belleza en el torneo que resultó campeón. «Es una broma personal», se excusó. «La verdad estaba frente a mis ojos y no la vi hasta que apareció junto a él en Colina Cuerno», pensó.

Dos días después, Alysa se encontraba viajando con sus dos hermanas pequeñas y un destacamento de caballeros que custodiaban su viaje hasta Altojardín. Meredith y Judith iban en un carruaje cuyas ruedas chirriaban en todo momento, sobre todo en los suelos escarpados que se encontraban el oeste de Colina Cuerno. Pero ni siquiera el traqueteo constante de las ruedas borraba las sendas sonrisas de sus rostros. Estaban exultantes por conocer los setos recortados y el entramado de galerías que rodeaban el castillo.

Pero los ánimos de Alysa distaban de ser compartidos. «Siempre imaginé que volvería a Altojardín del brazo de Jeremy, ya como marido y mujer —pensó aferrada a las riendas del caballo. Se sentía más cómoda a lomos de su montura que en el carruaje—. Pero esa era la ilusión de una niña, y yo ya no soy una niña.»

Su padre decía que toda su inocencia se había desvanecido el día que Ser Jeremy la abandonó. Y todo había empeorado desde que lo había vuelto a ver. Él había asaltado la fortaleza junto al príncipe Daeron Targaryen, y entonces Alysa había deducido la razón por la cual no estaban casados.

Apretó los ojos con fuerza, queriendo espantar el pensamiento. Tensó la cuerda y disparó. La flecha dibujó una onda caoba en el aire y terminó clavada en un árbol. Su caballo se paró en las dos patas traseras, pero Alysa se aferró al cuello.

Era buena arquera, pero quería desafiarse a sí misma y aprender a disparar desde el caballo, y el viaje a Altojardín era una buena oportunidad para practicar.

—¿Estás bien, Alysa? —preguntó Judith asomando la cabeza detrás del cortinaje—. A Almendra no le gustan las flechas.

—¿Almendra? —preguntó ella—. Mi caballo se llama Alabarda.

—A Dith y a mí nos parecía un nombre demasiado rudo para un caballo tan dulce como él, por eso lo renombramos como Almendra.

No pudo evitar sonreír. Le gustaba la frescura y la espontaneidad de sus hermanas. Ellas soñaban con conocer un caballero alto y apuesto, y Alysa deseaba de todo corazón que no se toparan con alguien como Jeremy Norridge.

El resto del camino lo hicieron con una marcha más apremiante. Se detuvieron en una posada donde bebieron cerveza negra y un buen plato de jabalí con hongos y nueces. Sus hermanas se bañaron hasta que la piel se les enrojeció por frotarla tanto y se pusieron los nuevos vestidos que la modista había confeccionado para ellas. Los dos eran iguales, desde la falda hasta los listones que adornaban las mangas. La única diferencia es que Meredith se recogió el pelo y Judith lo dejó caer sobre su espalda.

Alysa, en cambio, se sentía disonante con su aspecto. Tenía las manos encallecidas por usar el arco y el pelo sucio y revuelto. «Definitivamente no luzco como una dama», se dijo. Cuando la luna no era más que un arco filo y plateado en el cielo, se sumergió en las aguas del Mander. Se quitó la suciedad del cuerpo hasta que quedó reluciente y se acomodó el cabello sobre un hombro.

Cuando se encontraban a un día de distancia de Altojardín fue cuando lo volvió a ver.

Al divisar el estandarte ondeando en el viento, una luna sobre una espada, Alysa tuvo la esperanza de que se tratara de Davos Dayne, el señor de Campoestrella. Pero bajo el yelmo y la armadura de esmalte pulido estaban los ojos violetas y divertidos de Daemon Dayne, el heredero.

—¡Lady Alysa! —exclamó al reconocerla—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última…?

—Desde la primera vez, queréis decir —le corrigió ella—. No lo suficiente, sin duda —añadió más para sí misma que para él.

—Veo que seguís teniendo vuestro tan distinguible carácter. —Daemon espoleó al caballo para acercarse al carruaje—. Pero miren lo que me he encontrado aquí… Estáis hermosas, mis señoras. Vuestra risa es una brisa de verano.

Las niñas rieron y saludaron a coro.

—¡Lord Daemon!

«Su necesidad de atención es patética», pensó.

Habían pasado ya cuatro años desde aquella vez. Daemon apenas había permanecido unos cinco días en Colina Cuerno, pero fue suficiente para que sus hermanas se enamoraran de él. A veces le mandaban cartas a Campoestrella, y siempre obtenían una respuesta. «Hemos llegado al acuerdo de que ambas nos casaremos con él. Como Aegon el Conquistador. Seremos sus dos esposas.»

—¿Vais a la boda? —preguntó. El muchacho asintió—. Pensé que los Dayne no extendían sus amistades más allá de las arenas rojas de Dorne.

—Que visión más limitada sobre el mundo y la amistad. Yo tampoco esperaba verlas por aquí —admitió él después de un rato—. Tengo entendido que Colina Cuerno fue clave en la derrota del padre de Luthor Tyrell.

—Fue horrible, lord Daemon. El príncipe Daeron y Ser Jeremy nos arrancaron de nuestras habitaciones. Y se quedaron a vivir durante dos años junto a nuestras murallas —dijo Judith—. Como si no hubiera sido suficiente que Alysa lo volviera a ver, la obligó a soportar su presencia junto a…

—Basta, Dith —reprendió Alysa—. No importunes a lord Daemon con los sórdidos detalles de nuestra conquista.

—No os reprimáis, mi señora. Todo detalle es importante. —Pero sus palabras no fueron suficiente para convencer a Judith. Daemon volvió a su lado antes de que pudiera perderlo—. Ese Ser Jeremy debe haberos roto el corazón de una forma monstruosa para que no podáis ni tolerar su nombre.

Alysa esquivó su mirada.

—No sois mi amigo, no tengo por qué contaros nada. Además, si tanto queréis saberlo, en la boda habrá quien os cuente la habladuría. Después de todo, me convertí en el hazmerreír de todo el Dominio.

Lo dejó con la palabra en la boca.

Si Daemon Dayne era uno de los invitados a la gran boda, la celebración sería larga e intensa pues, por alguna razón que todavía no comprendía, aquel muchacho tenía un interés particular en permanecer cerca de ella.

¿Por qué los dioses le enviaban tantos obstáculos para su paz mental?


3.

La noticia tomó por sorpresa a Alysa Tarly. Después de todo, era la primera vez que el rey se dejaba ver en sociedad. Durante años se había ocultado en Refugio Estival, dejando el poder en manos de su esposa. El silencio de Aegon Targaryen era tal que ni siquiera lo habían visto luchando en el levantamiento conocido como la Rebelión de la Rata, el Halcón y el Cerdo, sofocado ocho años atrás. En aquel conflicto había perdido la vida su hijo, el príncipe Daeron. Y ahora sus huesos descansaban en Altojardín, junto a los de Jeremy Norridge.

«De haberse tratado del padre de Luthor Tyrell, esos huesos habrían ido a parar al Mander —pensaba Alysa. Desde temprana edad, él había demostrado ser más conciliador que su progenitor. Y también estaba unido a ellos por largos años de amistad—. Los tendrá bajo un rosal recién florecido.»

El baile que se llevaría a cabo en Refugio Estival buscaba conmemorar el nacimiento del primer bisnieto de los reyes, por eso convidaban a que todas las casas, tanto mayores como menores fueran a celebrarlo. Alysa sabía que a sus hermanas les haría ilusión acudir porque era la primera vez que saldrían de Colina Cuerno desde la muerte de su padre.

La muerte había sido pacífica. «Se fue mientras dormía. Vuestra madre vino a buscarlo», les dijo el maestre. Ellas sonrieron con aquella respuesta, pero la tristeza brillaba en su mirada.

—El baile las animará —convenció Alysa—. Habrá malabaristas y bufones que las harán reír. Y también veremos señores nobles con sus hijos. Quizás encuentren muchachos que las quieran y llenen de hijos.

—No queremos irnos de Colina Cuerno. Queremos quedarnos contigo para siempre —respondió Meredith.

—¿Y qué será de ustedes cuando yo no esté aquí? —Todavía no llegaba a treinta días del nombre, pero no sería inmortal, y sus hermanas debían encontrar un hogar donde asentar raíces. Samwell jamás las echaría de la fortaleza, pero ¿las quería su esposa como si fueran sus propias hermanas? ¿Las cuidaría el hijo de Samwell cuando llegara a la edad adulta?— Estaría más tranquila si formaran sus propias familias.

Se sorprendió al descubrirse utilizando las mismas palabras que su padre. Él había muerto sin la tranquilidad de ver a Alysa acompañada, pero ella no podía permitirse lo mismo con sus hermanas. Meredith y Judith eran dos jóvenes inocentes, espontáneas, soñadoras, y estar solas en aquel mundo tan cruel… No, ni siquiera quería pensarlo.

Llegar a Refugio Estival les tomó quince días y quince noches. Las recibió un sol blanquecino ocultado por nubes grisáceas. Entre los manzanos se alzaban tiendas de diferentes colores y sobre los muros del castillo se desplegaban varios estandartes: el dragón tricéfalo de la casa real, el arciano blanco rodeado de cuervos de los Blackwood, el venado coronado de los Baratheon y las flechas ardientes de los Norridge. Los invitados de alta cuna se alojaban en los primeros dos pisos del castillo mientras que las casas menores aguardaban en los múltiples patios que lo rodeaban.

Alysa divisó un grupo de mercaderes de Volantis y Lys que aseguraban haber viajado hasta Asshai de la Sombra. Se decía que en la sala principal expondrían siete huevos de dragón, pero éstos no aparecieron ni el primer ni el segundo día. También vio un grupo de hombres con la cabeza calva, vestidos de negro y verde.

—¿Serán mercaderes?

—Son piromantes —respondió una voz a sus espaldas. Sonaba más ronca, más varonil, pero la esencia seguía siendo la misma. Alysa se forzó a sonreír—. Al fuego valyrio también se le llama «meado de piromante», pero no os preocupéis, mis señoras, mientras yo este aquí no permitiré que os hagan daño.

Sus hermanas sonrieron. Daemon Dayne les besó las manos y alabó sus vestidos. Ellas estaban exultantes.

El muchacho tenía el cabello más largo, casi por los hombros, y sus hombros y espalda eran más anchos. Pero seguía luciendo orgulloso el escudo de su padre sobre el corazón del jubón. Le hizo una pequeña reverencia cuando sus ojos se encontraron.

—Veo que no perdéis vuestra sonrisa tan característica.

—Y que los años no han amarrado esa lengua suelta que tenéis.

—En absoluto, lady Alysa. Me temo que en el pasado he sido cruel con vos. Y os debo una disculpa por eso —dijo él—. El tiempo me ha hecho madurar y aprender a ser más cortés.

—Vuestra esposa debe ser una muchacha dichosa por teneros a su lado —intervino Meredith, o quizás fue Judtih. Alysa se quedó anclada en la palabra «esposa».

Lo miró desconcertada.

—¿Vuestra esposa…? No sabía que estabais casado.

—Jamás me habéis escrito para que os pudiera contar. —El reproche estaba fuera de lugar. Alysa y él nunca se habían enviado cartas, a diferencia de sus hermanas que parecían conocer la vida de Daemon Dayne con lujo de detalle—. Nuestro matrimonio fue breve. El Desconocido se la llevó a ella y a nuestro bebé recién nacido.

Sus ojos púrpuras resplandecían de tal modo que Alysa pensó que se iba a echar a llorar.

—Lamentamos escuchar la noticia, lord Daemon. De seguro vuestra esposa era una gran persona.

«Debía serlo para templar la personalidad infantil y burlona de lord Daemon.»

—Pero habladme de vosotras, ¿seguís solteras?

—Alysa cuida de nosotras en lo que conseguimos un caballero de brillante armadura y espada colosal —dijo Judith.

—En Campoestrella tenemos caballeros y a Albor, una espada forjada del corazón de un meteorito. Podríais contraer matrimonio allí.

—No bromeéis con ellas, lord Daemon. Lo que estáis ofreciendo es de suma importancia.

—Lo sé, lady Alysa. La oferta se extiende para vos también. Después de todo, ya debéis ser menos exigente con vuestros candidatos.

Las palabras hicieron que el rostro se le contrajera en una mueca de desagrado.

—Justo cuando pensaba que erais más agradable, demostráis que nos habéis cambiado en absoluto. — Alysa le dio la espalda y dio zancadas en dirección a la fortaleza.

Al caer la noche, las nubes se disiparon y el cielo se forró con estrellas. Los bardos cantaban en el salón principal, un bucle interminable de «El martillo y el yunque», en honor a los difuntos Baelor y Maekar Targaryen, «Las estaciones de mi amor» y «La mujer del dorniense». En los patios se pusieron mesas sobre caballetes de madera y se adornaron con tantos platos que en el estómago de Alysa solamente cupieron cuatro.

A Meredith la invitó a bailar el escudero del príncipe Jaehaerys. Judith tuvo aún más suerte porque un caballero de la casa Baratheon la arrastró hasta la pista de baile. Un par de muchachos hicieron el amague de invitarla a compartir una pieza, pero su expresión huraña los hizo desistir de su propósito.

Se llevó la copa de vino a los labios. No era el mejor vino que había aprobado en su vida —ninguno podría igualar al dorado del Rejo—, pero ayudaba a espesarle la mente.

Su humor no mejoró cuando Daemon Dayne apareció para brindar con ella.

—Lamento el malentendido de esta tarde. Siempre fui el niño consentido de mi madre, pero el matrimonio y la muerte han ablandado mi carácter. Aunque veo que vos seguís siendo tan implacable como siempre.

—No sabéis nada de mí, lord Daemon. No saquéis conjeturas, que no os corresponde.

—Entonces dejadme conoceros mejor. Sin barreras, sin gestos toscos o palabras defensivas.

Extendió el pellejo de vino en su dirección. Alysa bebió ávidamente hasta que el líquido le corrió por los labios. Se limpió torpemente con la manga del vestido. Lord Daemon intentó ayudarla, sus dedos se tocaron torpemente.

—¿Qué queréis saber de mí?

—Quiero conocer vuestro corazón roto. Habladme de Ser Jeremy.

—Ya debéis conocer la historia de nuestra boda frustrada.

—He oído algo, pero prefiero escuchar vuestra versión.

Alysa volvió a beber para armarse de coraje.

—Nos conocimos en el tiempo que ambos servíamos en Altojardín. Él era escudero de lord Tyrell y yo era la doncella de su hija. Jeremy era el cuarto hijo, su padre estaba deseoso de encontrarle un lugar y decidió que Colina Cuerno era una buena opción. Así que nos comprometimos y a los catorce años celebramos la boda. Pero Jeremy nunca llegó frente al septón, me dejó plantada allí.

»Y apareció una luna después, colgado de mi ventana, para disculparse por su cobardía. «Ya habéis roto mi corazón y me habéis humillado frente a nuestros invitados, prometedme que nunca más os veré», le pedí. Pero él rompió su promesa. Ser Jeremy no tuvo mejor idea que asaltar Colina Cuerno durante la Rebelión de los Viejos. Decía que nuestro castillo tenía una posición estratégica para atacar Altojardín, ya que se encuentra al sur.

»Prolongaron su estadía durante dos años. Ser Duncan el Alto propuso aguardar el tiempo que fuera necesario en Colina Cuerno, obligando a lord Tyrell a pensar en un posible ataque, mientras que las fuerzas de Ormund Baratheon se unían al príncipe Duncan en las Tierras de los Ríos para aplastar a Aguasdulces. Todos los días al despertar los veía afuera de nuestras murallas, se pavoneaba como si el mundo fuera suyo, y todas las noches antes de dormir lo escuchaba reírse y bromear con el príncipe Daeron.

»Entonces comprendí la razón por la cual Jeremy me había dejado plantada, esperando por un futuro que nunca llegaría. Su amor residía en otra persona, y yo jamás sería capaz de estar a la altura. Pero eso ya no importa porque los dos están muertos. —Alysa meneó la cabeza. Sentía los ojos humedecidos, se forzó a no llorar—. No quiero casarme, pero deseo que mis hermanas lo hagan. Me preocupa su destino después de mi muerte. Por eso es tan importante que encuentren a alguien especial.

—Mi oferta de que vayan a Campoestrella no era una broma. El sueño de mi hermano menor es convertirse en caballero, pero tengo varios primos que aún permanecen solteros. Y mi hermana Dyanne es una niña dulce, soñadora y amistosa, se llevará bien con ellas —contestó—. En Dorne siempre es verano, pero Campoestrella mantiene a raya el calor por ser una isla.

—¿Por qué harías eso por ellas? No nos debéis nada.

—Porque las dos Dith valen más que el oro. Desde que mi caballo quedó atrapado aquella vez en vuestros bosques, ellas se mostraron muy amables conmigo y no tenían por qué hacerlo. Y vos habéis salvado mi vida y es mi forma de agradeceros por ello.

—No salvé vuestra vida. No ibais a moriros porque vuestro caballo estuviera atrapado… solamente podríais haber perdido la pierna.

Daemon Dayne rodó los ojos divertido.

—Como si perder una pierna no fuera lo suficientemente grave. —Se puso de pie y extendió la mano en su dirección para ayudarla a incorporarse—. ¿Seguís usando el arco? —Alysa asintió—. ¿Queréis disparar algunas flechas?

—¿Aquí? Pero estamos en medio de una celebración.

—¿Por qué no? Ya nos acabamos el vino y estoy bastante borracho como para ser una pareja de baile decente.

—Yo os he abierto mi corazón y vos no habéis hablado de vuestra esposa.

—Os propongo un desafío: si conseguís darle a tres manzanas de forma consecutiva, os hablaré de mi esposa.

El vino le hizo sonreír torpemente.

El arco se encontraba en la tienda. El tiempo había vuelto la madera opaca, pero seguía conservando la elasticidad. Sus dedos se cerraron en torno a él con una seguridad infinita. Tenía la plena confianza de que tres flechas serían suficiente para cumplir con el desafío.

No tenía razón alguna para pasar tiempo con él. Pero, al mismo tiempo, su presencia no era tan irritante como las dos veces anteriores que se habían encontrado. Y cuando sonreía, el rostro de Daemon Dayne era más atractivo. Todo era por esos malditos ojos hechiceros. «Como lo de los Targaryen». Los Dayne eran parientes lejanos del rey debido a que su madre había sido Dyanna de Campoestrella.

Tensó la cuerda y disparó la primera flecha. La manzana se desprendió de la rama y rodó hasta sus pies. La segunda flecha atravesó el corazón de la fruta y cayó sobre la cabeza de Daemon Dayne.

—Como estáis a punto de cumplir con mi desafío, la tercera tiene que ser un poco más complicada.

Entonces, se colocó la última manzana sobre la cabeza, sobre sus mechones largos y oscuros.

—Podría atravesaros el cerebro de un disparo.

—¿No confías en vuestra puntería? Pensaba que era excelente.

«Lo es», pensó Alysa. Colocó la flecha en el arco una vez más y disparó. Contuvo el aliento por un momento. La flecha atravesó la manzana y terminó clavada en el árbol más cercano. Lord Daemon tenía los ojos cerrados, los abrió con algo de miedo.

—¿Quién no confía en mi puntería ahora?

—Bien, habéis cumplido mi desafío. ¿Qué queréis saber de ella?

—¿La amabais?

—Tanto como vos a vuestras hermanas.

—¿La queríais como una hermana, entonces?

—El amor puede tener varias caras. No todas tienen que ser pasionales o románticas, incluso si se trata de un matrimonio —respondió Daemon—. La conocí en Palosanto, el hogar de mi madre. Andy solamente era una cocinera, pero mi padre no se opuso a nuestro enlace. No es la clase de hombre que mira la procedencia sino la felicidad de sus hijos. Y él estaba ansioso porque sentara cabeza.

»Así que hicimos una especie de trato. Nos casaríamos y, a cambio, ella no volvería a fregar una olla y sus hermanos tendrían su futuro asegurado. La vida fue ruda con Andy. Sus padres murieron cuando ella era una niña y se vio forzada a madurar para mantener con vida a sus hermanos. En cierto modo, me recordáis a ella. No por tener que proveer de alimento a vuestra familia, sino por la fortaleza para no rendiros.

»Nuestro matrimonio duró dos años solamente. Pero esos dos años puedo juraros que hice a Andy feliz y ella hizo lo mismo conmigo. Tenía salud frágil por todos los años que había trabajado para otras casas antes de los Yronwood. El parto fue largo, dificultoso, pero ella luchó hasta el final. Nunca quiso rendirse, incluso cuando supo que podía morir. Los enterré juntos a los pies de una colina, para que los bese el sol y el viento.

Daemon Dayne estaba llorando y, por alguna razón, Alysa le había tendido el hombro para que llorara en él. Había llorado tantas veces con su padre, rememorando el daño causado por Ser Jeremy, que se sentía reconfortada al saber que también podía consolar a otra persona.

Cuando llegó a la tienda, donde sus hermanas dormían ya plácidamente, tenía una sonrisa en el rostro.

—Alguien ha tenido una buena velada —murmuró Meredith con los ojos cerrados.

«Tiene razón, ha sido una buena velada», pensó Alysa.

Pero ella no podía sospechar la tragedia que se desataría al día siguiente en Refugio Estival.

Al mediodía, un nuevo banquete comenzó. Los invitados se encontraban en las salas adyacentes al salón principal, incluso los príncipes y los caballeros de la Guardia Real. Eso extrañó a Alysa, pero se limitó a moverse por el salón en busca de Meredith.

—Dith dice que los huevos de dragón están en el salón principal, que están en el suelo formando un símbolo extraño y están pintados con sangre.

«Qué locura», se dijo. Cuando la imaginación de su hermana extendía las alas, no tenía límite.

Pero las llamas que se elevaron con un rugido no eran producto de ninguna imaginación. El fuego era verde esmeralda, trepaba por las paredes con tanta rapidez como Alysa respiraba. Danzaban sobre las cortinas, las mesas, la ropa de los comensales, todo lo que encontraban a su paso. Todos comenzaron a gritar. La desesperación se apoderó del lugar al igual que el fuego.

—Sal de aquí —ordenó Alysa a Judith—. Yo buscaré a Meredith. Quédate en el patio, ¿me oíste?

Judith corrió tan rápido como los volantes de su vestido se lo permitieron. Alysa también se movió y gritó el nombre de su hermana tantas veces como le dio la voz. El humo le escocía los ojos y le limitaba la visión parcial de la sala. «Tengo que encontrarla.»

Subió los peldaños de dos en dos hasta llegar a la terraza. El fuego allí no reinaba, pero sí llegaba hasta la escalera quedaría atrapada. Allí había estatuas con forma de dragón. Desde las alturas, Alysa pudo ver a Meredith y a Judith en el patio, abrazadas de puro temor. Suspiró aliviada.

El fuego estaba trepando por la escalera cuando ella descendió. Una cortina cayó a sus pies, envuelta en una llamarada. Lo único que veía era un monstruo que extendía sus brazos rojos, anaranjados y amarillos.

Y cuando vio a Daemon Dayne atrapado en medio del incendio.

—¡Maldición, tendríais que estar en el patio! —exclamó. Tenía quemaduras alrededor de los tobillos y las rodillas—. Quitaos el jubón y la capa. Si tenéis menos ropa, correréis menos riesgo.

—Buscad a vuestras hermanas, no os preocupéis por mí.

—Cerrad la boca, lord Daemon. Mis hermanas están bien. —Se cruzó el brazo del muchacho alrededor del cuello para ayudarlo a incorporarse—. Tenemos que salir de aquí.

En la primera salida los invitados restantes se agolpaban para escapar, uno a uno. Alysa maldijo mientras buscaba otra alternativa. Sentía el miedo anidado en su garganta.

Se le ocurrió una idea arriesgada.

—Lo que voy a haceros no os va a gustar.

—¿Qué vais a...?

Las palabras se le atragantaron cuando Alysa golpeó uno de los ventanales con su rodilla. Los cristales saltaron en todas las direcciones. Luego, arrojó a Daemon Dayne a través de la ventana rota y él terminó del otro lado del patio. Cerró los ojos y ella misma saltó para escapar de las llamas.

—¡Alysa! —gritaron sus hermanas cuando la vieron.

Alysa aterrizó sobre el cuerpo esbelto y fuerte de Daemon. La cabeza le dolía demasiado, en algún momento debió haberse golpeado sin darse cuenta. Los ojos le lloraban a mares por el humo grisáceo. Soltó un sonoro suspiro cuando sintió la hierba suave bajo sus manos.

—Habéis salvado mi vida por segunda vez. Os lo agradezco.

—Ya os dije que la otra vez no… Olvidadlo.

Alysa lo besó y, por primera vez desde que lo conocía, Daemon Dayne se quedó sin palabras. Y ella se sintió viva de nuevo.


Nota de la autora: Primero que nada mil gracias a Lucy (High Flying Birds) por betear esta historia, por su paciencia de leerme y corregir mis errores.

Como decía al principio, esta historia es el regalo para Cath Stark por haber obtenido el puesto de Mano del Rey. Su petición fue algo de Alysa Tarly (mi OC creado para el Certamen de los Originales), que incluyera el arco de su padre, y alguno de sus OC solteros (Daemon y Trystane Dayne). En primer momento quería emparejar a Alysa con Trystane, como él quiere ser caballero y a ella le rompió el corazón un caballero, sería algo irónico que terminara una segunda vez enamorada. Pero Trystane nace en el 245 y Alysa ya tiene como diecisiete para ese año, así que el elegido fue Daemon, el hermano mayor.

Si bien Cath no dio muchas pistas sobre su personaje, mencionó que era un niño consentido, así que lo imaginé un poco así. De antemano pido disculpas por si esta personalidad de Daemon no era la que tenías en mente para tu personaje. Intenté que al final pudiera redimirse un poco.

La tercera vez que se encuentran es en Refugio Estival, en la tragedia propiamente dicha, y tenía varias ideas para abordarla: que Alysa y Daemon se escaparan de allí como dos enamorados (pero Alysa no dejaría a sus hermanas atrás), que murieran en medio del incendio, o que simplemente fuera unos años antes del incendio. Y al final este fue el resultado. La escena iba a ser un poco más larga pero la acoté para no aburrir. Si por mí fuera, seguiría escribiendo de estos dos que tanto se merecen ser felices.

En fin, ¡espero que te haya gustado, Cath! Y si no... perdón por hacerte perder el tiempo con tantas palabras y maltratar a Daemon (se aceptan demandas de lunes a miércoles solamente).