Disclaimer: Bnha pertenece a Horikoshi.

Advertencias: Insinuaciones sexuales y unas cuantas referencias. Soy fan de la repetición en estos fanfics así, porque bueno, se le puede dar gran cantidad de significados a algo y me gusta remarcarlo. DABIOCHA. OoC, en teoría.


Insomnies

—en la oscuridad del día—


El frío gélido que se colaba por cada grieta y la oscuridad absorbiendo su alma con ferocidad, eran lo que Ochako había estado viviendo cada una de las lunas, cada uno de los días, sedienta, atormentada y demasiado aletargada para poder mantenerse cuerda. Por eso estaba ahí, siempre, porque lo deseaba y lo necesitaba, tan cansada, tan vivaz y activa, adicta a cada murmullo capaz de salir de sus destrozados labios.

Era la respuesta a todo, a sus preguntas, a sus palabras, a sus pensamientos, a lo que todavía no era capaz de pensar. Todos los días se tornaban noches y todos los fósforos calcinados estrellas a las que quería pedirle deseos. Solo un segundo, solo la caricia de la piel de sus muslos contra los suyos y el metal tintineando en su puerta y en su lengua y en cada parte de su cuerpo, raspando y doliendo, y bailando en compás con sus manos calientes.

Es el más frío y caluroso infierno que Ochako conocerá jamás. Con la sonrisa pululando y el oxígeno en sus pulmones volviendose neblina confusa y adormecedora, no es capaz de saber si ya es de mañana ni si la oscuridad que la acecha viene de su corazón o de sus ojos llameantes. No sabe si, quizás, es la del mundo y tal vez ellos son dos recipientes que se vuelven irrompibles el uno al lado del otro. Tal como dos piezas destinadas a estar abrazadas, como los caballos blanco y negro, como el rey de la pereza que se envuelve entre sus piernas y ella, su reina de algo. Ambos tragándose cada desencuentro para que después muera en la boca del otro y todo sea tan perfectamente perfecto que la haga suspirar. Es lo que hacen, curándose el uno al otro y destruyéndose en cuestión de segundos, entre jadeos y el ruido sórdido de una tormenta incapaz llevárselos.

Es lo que Ochako siempre necesitó. Es lo que le permite aceptar su penumbra y ella quien le hace aceptar a él su inmundicia. Es la naturaleza destructiva, caótica y correcta, que pocos tenían al alcance de su mano. Aquella de la que se vuelve voz y fiel sierva, aquella que lo exige entre su mirada y la almohada deshecha.

El insomnio se los toma y los declara sus mejores juguetes a cada milenio que pasa, entre la bruma que cubre su razón cada vez que le toma las muñecas y la recorre como algo que necesita recordar, en esa y en la otra vida, en la siguiente y en la muerte, y en el desvanecimiento y en la más pura gloria, cuando sea hecho de polvo y cuando tenga que regresar a él. Como lo que necesita recordar cuando esté en el infierno, disfrutando de las llamas quemando cada elemento del que está compuesto, quemando su último rastro de humanidad y su último signo de razón. Es lo que necesita por dentro, por fuera, por cualquier medio, en su muerta vida y en su viva muerte.

Y ella quiere ser recordada. Quiere ser adorada y la causa de sus delirios, de las llamas que lo recorrerán cuando esté entre Judas y Pilatos; quiere ser la mujer inolvidable que él repite que es, quiere ser su muerte y lo que lo convierta en un Fénix majestuoso de pútridos horrores mundanos. Ochako desea, repitiendo como un mantra, que la lleve consigo y la haga sentir parte de algo. Desea que todo sea verdad y que la noche nunca acabe, que se la trague completa mientras recita cuál es la perfecta definición de pecado y el por qué es equivalente a su nombre.

Ochako, pide. Ochako es lo que le pide que desee, es lo que necesita que desee. Es la clave para detener el insomnio cruel que los envuelve, o tal vez siempre fue la forma de llamarlo. No le importa en absoluto, mientras que él pueda llevársela consigo y la apague, la haga dormir y la acune entre sus huesos. Que la saque de ese bucle de autocompasión y engaño, que le recuerde que es la mujer más perfecta del mundo y que merece un amanecer de descanso, para luego merecer años y años de ese eterno ciclo que se llevó sus almas.

Dabi es quien la pide, es quien debe hacerlo. Es el que se apoderó de sus arterias y de cada recóndito lugar de su cuerpo. Es el que la necesita y le ruega para que le permita pasar una eternidad con los labios en su ombligo. Es el que la consuela y la centra, el que la devuelve a sus sentidos y el que se los quita.

Es

—¡Dabi!

el equivalente a insomnio y maliciosidad.

Es

—Ochako...

la desesperación por pecar y flagelar.