Esta historia participa en el reto Caminando hacia Camelot del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
"Todo el mundo es un escenario,
Y todos los hombres y mujeres meros actores:
Tienen sus salidas y entradas."
-William Shakespeare
Aquella frase del famosísimo escritor inglés no podía ser más cierta. Los hombres y mujeres no son más que actores que cumplen su función en la complicada trama del Universo. Aunque, a decir verdad, algunas veces el Universo decide darle una segunda oportunidad a ciertas historias. Los mismos actores, con el mismo argumento, las mismas trabas y las mismas situaciones. Incluso cuando no tiene sentido. Incluso cuando los mortales son suficientemente tercos para repetir el mismo error en cada vida. ¿Será acaso que le gusta burlarse de nosotros, se ríe cruelmente de nuestro dolor?
Sin embargo, de vez en cuando, el nuevo escenario se vuelve lo suficientemente diferente como para generar una reacción en cadena que podría renovar la historia. ¿Será posible cambiar aquel final que la primera vez parecía tan inevitable?
AGOSTO, 1943
Si algo había aprendido Gawain Orkney en todos sus años de conocer a Arturo Pendragon, era a no hacer preguntas cuando tenía esa cara en particular. Así que no dijo nada, pero miró a Merlín de manera inquisitiva. Este último no despegó los ojos del suelo. Gawain no tenía idea de que había pasado esa mañana, entre el desayuno y que él había vuelto de su último turno en el taller de su padre, pero al momento de entrar a la casa de verano los Pendragon, se dió cuenta que algo había cambiado.
Carraspeó, pero ninguno de sus dos amigos reaccionó. Sintiendo que lo mejor era dejarlos solos, salió del cuarto en silencio. Se detuvo en el marco de la puerta para mirarlos una vez más, pero ninguno de los dos volteó a su dirección.
Una vez en el pasillo, ya no sintiendo la tensión cortante en el aire, comenzó a silbar distraídamente avanzando hacia las escaleras que lo llevarían a la cocina. Pero un pequeño y muy sutil lloriqueo lo detuvo. El sonido estaba ahogado tras una puerta, pero sabía que dentro estaba la dueña de la habitación.
Morgana.
Dio cuatro golpecitos suaves a la puerta antes de asomar su cabeza. Encontró a la muchacha en el suelo, con la espalda recargada en el lado de la cama, abrazando sus piernas y escondiendo su rostro en sus rodillas. Por la manera en que su cuerpo se movía, Gawain supo que su llanto era más fuerte de lo que se escuchaba.
Se movió casi por instinto. Se sentó junto a ella y la envolvió en sus brazos. Morgana no tenía que levantar la mirada para saber de quién se trataba.
Era la misma rutina que cuando eran niños. Cuando Arturo jalaba de sus trenzas. Cuando Percival y Lancelot se reían de todos los comentarios mordaces y las burlas de Arturo hacia su hermana. Cuando Morgana se esperaba a que nadie la viera para llorar, y Gawain la buscaba sin cansarse para consolarla.
—¿Tú lo sabías?
La pregunta era muy simple. Las implicaciones que cargaba no lo eran. Pero la respuesta, de una sola sílaba, era tal vez lo más complicado de entender, de explicar, de justificar.
—Si.
Yo soy como ella.
No pudo decirlo en voz alta. Tal vez por eso no era un Gryffindor. Arturo seguía sin mirarlo.
–¿Mi padre también te pidió que no dijeras nada?
Otra pregunta simple, otra respuesta simple. Al menos en la superficie.
No.
—Si.
Las leyes nos prohíben decírtelo.
Todavía sin mirarlo, Arturo se levantó de su silla y caminó hacia la mesita de noche. Tomó una de las fotografía que estaban ahí y se detuvo a contemplarla. Una dónde estaban él, de 12 años, pero con una postura gallarda e imponente, y Morgana, de 9 años, sentada en una lujosa silla que parecía un trono. Su padre las había mandado tomar en un importante estudio fotográfico. Morgana había adornado su cabello castaño miel con flores y no había sonreído demasiado porque le faltaba un diente. De alguna forma, Arturo siempre había pensado que capturaba perfectamente bien la naturaleza melancólica pero gentil de su hermana.
La fotografía salió disparada hacia la pared opuesta, tomando desprevenido a Merlin.
Hermana nunca más.
—Eres un buen amigo, Merlin. —caminó hasta la salida pero se detuvo en el marco de la puerta a mirar a Merlin por primera vez desde la revelación— Lamento que hayas quedado en el medio.
Luego salió de la habitación.
Después de haberse calmado, Morgana miró a Gawain. El único muggle que alguna vez le hubiera mostrado compasión. ¿Por qué no todos los muggles podían ser como Gawain?
Él la miró con sus ojos castaños y le sonrió de manera deslumbrante. Una sonrisa indudablemente encantadora, pero diferente a la que usaba para enamorar a las chicas en los salones. Esta sonrisa era genuina, y exclusivamente para ella.
—¿Te sientes mejor?
Morgana asintió con la cabeza, sonriendo débilmente. Eso también le gustaba de Gawain. Nunca preguntaba, se limitaba a ser útil.
Pero luego la mirada del joven se posó en su cama, más específicamente, en el baúl donde estaban todas sus cosas a medio empacar. El castaño frunció el ceño.
—¿No es algo temprano para empacar? Agosto apenas comienza.
La pequeña sonrisa de la muchacha se desvaneció por completo. Miró el papel tapiz de flores para no tener que ver al chico a los ojos. Habló sin titubear. Como quitarse una espina. Más rápido es menos dolor.
—Me iré a vivir con Morgause.
El corazón de Gawaine cayó de su pecho a su estómago.
—¿Por qué?
Morgana mantuvo sus ojos en el viejo papel tapiz, como si fuera lo más interesante que hubiera visto en su vida. En su pecho quedaron atorados sus verdaderos sentimientos, junto con la verdad de la situación.
Uther me ha corrido porque he cumplido los 17. No quiere tener una hija bruja de la cual avergonzarse. Toda la vida he sido el eterno recordatorio de su pecado, de la mancha en su matrimonio. Pero además me aborrece, la hechicería es cosa del demonio.
—Creo que ha llegado la hora de que me vaya alejando de los Pendragon —su voz era suave, como si no quisiera asustar a un animal del bosque—. Me graduo este año y quiero hacer las cosas por mi misma a partir de ahora.
Millones de ideas pasaron por la mente de Gawain. Tú eres una Pendragon, aunque seas adoptada. Mereces un lugar en esta casa, en esta familia. Igraine luchó por el. Quedate, no te vayas. Por lo menos lo que resta del verano. Quedate por mi. Te quiero.
Pero sabía que no era su lugar hablar sobre los Pendragon, ni el momento apropiado para revelar sus sentimientos. La abrazó una vez más, estrujándola contra su pecho. El olor de su cabello (vainilla y flores silvestres) le picaba la nariz, pero deshizo el nudo en su garganta.
—¿Cuándo te vas?—su voz salió prácticamente en un susurro, para que no se le quebrara.
Morgana disfruto un momento más el calor de los brazos de Gawain y el olor a jabón de limón y aceite de coches que desprendía su camisa antes de responder.
—Esta noche.
Morgana se separó de los brazos de Merlin, y el familiar aroma a naranja y hierbabuena se alejó de ella. A pesar de que sus hinchados y enrojecidos ojos delataban que había estado llorando, la chica le sonrió de lado como si no pasara nada malo.
—Nos vemos en Septiembre
Merlin no sabía qué responder, realmente se sentía perdido. Continuó mirándola con preocupación, hasta que por fin habló.
—¿Vas a aparecerte?
Morgana negó con la cabeza.
—No creo que sea buena idea. Mi mente no... yo no… No quiero arriesgarme a sufrir una despartición. Tomaré el autobús Noctámbulo.
Merlin asintió, todavía no sabía qué decir, así que solo le dió un beso en la frente a su amiga y susurró muy quedito.
—Cuidate, Le Fay.
NOVIEMBRE, 1943
Merlín Bard amaba ser Slytherin. No por la ideología sobre la pureza de la sangre ni nada parecido, él mismo era mestizo. La razón por la que amaba ser un Slytherin y lo decía con orgullo era que las serpientes siempre conseguían lo que se proponían. Siempre.
Por ejemplo él. ¿Entrar en el equipo de Quidditch? Hecho en su tercer año. ¿Ganar una Copa de las Casas? Hecho en su segundo año. ¿Ser el líder del Club de Duelo? Él y Nimue eran co-capitantes. ¿Ser prefecto de Slytherin? Merlín todavía usaba su medalla con orgullo. ¿Lograr que Nimue fuera su novia? En un par de días cumplirían un mes. ¿Premio Anual? Él lo había logrado, por supuesto. Junto con Morgana.
Claro que, ser un Slytherin también tenía sus desventajas. Comenzando por todos los prejuicios que el resto de los estudiantes tenían sobre la casa de las serpientes. ¡No todos ellos eran amantes de las artes oscuras y puristas de la sangre! En su mayoría, los Slytherins eran inteligentes como las águilas, trabajadores como los tejones, y tenían el mismo coraje que los leones. Simplemente las serpientes estaban motivadas por sus ambiciones, y eran mucho más astutas que el resto.
¿Pero aún peor que los prejuicios contra la Casa de Salazar?
Los miembros que eran exactamente eso. Un estereotipo de Slytherin andante.
Cómo ahora, que poco antes de la hora de la cena, en la casa desierta biblioteca se encontraba un grupito de sangres pura conversando. Merlín se daba una idea perfectamente de qué trataban esas reuniones, había oído los rumores. Y mirando a los presentes, sabía que no estaban muy lejos de la realidad. En su mayoría Slytherins. Patrica Yaxley, Marcus Avery, Ernest Mulciber y Adam Burke eran serpientes. También había un Gryffindor, Archer Rowle. Y dos Ravenclaw, Warren Nott y ¡¿Morgana?!
Una vez pasada la sorpresa inicial, unió los puntos. Es el mismo grupito que Morgana solía llamar el Club de Fans de Morgause. ¿Qué demonios hacía ella con ellos?
ENERO 1944
Querida Morgana:
¡Feliz Navidad!
¿Cómo has estado? Espero que bien. Yo he estado excelentemente. Aunque todavía es difícil acostumbrarse a tu ausencia. Te extraño cada día que pasa. Pero yo estaba acostumbrado a extrañarte de septiembre a diciembre, y luego de enero a mayo. Esta navidad ha sido una de las más solitarias de mi vida. Por eso se me ocurrió enviarte esta carta, pero como no sabía a dónde mandarla, traté de sobornar a Merlin para que me diera la dirección. Aún no me la da, quiere convencerme de que él te enviará mi carta, pero no le creo nada. Espero, sin embargo, que esta carta llegue a tus delicadas manos.
Esta fue la primera navidad que pasé en casa de mi padre desde los doce años. ¿Puedes creerlo? Que sensación más extraña. La verdad no hubiera sido lo mismo la fiesta de Navidad en casa de Lancelot sin ti ahí. En fin, te extraño. Espero que estés bien abrigada, se cuanto te cuesta entrar en calor durante esta época del año. Por eso te he enviado los calcetines. Mi madre siempre decía que el frío entra por los pies. Si los cubres correctamente no podrás congelarte.
Espero con ansias tu respuesta. Pero aún más espero el día en que pueda volver a ver tus hermosos ojos dorados.
Siempre tuyo,
Gawain O.
Morgana terminó de leer y escondió los calcetines de lana gruesa en el bolsillo de su túnica de invierno. Morgause levantó la vista de su propia lectura.
—¿Ese muggle sigue insistiendo en comunicarse contigo? —su hermana arrugó la nariz—¿Es que acaso no les ha quedado claro que ya no quieres tener nada que ver con los Pendragon y sus estúpidos amigos.
Morgana se encogió de hombros pero sus ojos seguían pegados al papel. Releía una y otra vez, intentando grabar cada una de las palabras en su corazón. De repente, Morgause arrancó el papel de sus manos y lo lanzó al fuego de la chimenea.
—No te distraigas —siseó—. Y no olvides que todos los muggles son iguales. Estúpidos y nada confiables.
Morgana asintió con la cabeza, y guardó las manos en los bolsillos, donde tenía escondido el pequeño regalo de Gawain.
Gawain no. Él es diferente. Quiso decir, pero sabía que lo mejor era no discutir con su hermana.
¿Por qué no todos los muggles eran cómo Gawain? Su vida sería más fácil.
FEBRERO 1944
Morgana no pensaba que Caelia Queene realmente lograra poner Amortentia en el jugo de calabaza del profesor Agravain. Pero sin duda era muy entretenido ver a su compañera Ravenclaw planear una broma pesada. En especial cuando su víctima era el amargado y aburrido profesor de aritmancia.
Caelia le tendió la botella de la poción distraídamente mientras buscaba alguna otra cosa en su baúl. Morgana la abrió para olerla y comprobar su fiabilidad.
Su nariz fue inundada por el perfume de rosas de su madre, el aroma de galletas de canela recién horneadas, el aceite de almendra que usaba Morgause en sus manos y a una mezcla de limón y aceite de coches.
Morgana se sobresaltó. Dudó un instante, pero el aroma a jabón de limón y aceite de coches estaba ahí. La castaña recordaba el año anterior, cuando ella misma había hecho la poción. Los últimos dos aromas habían sido naranja y hierbabuena.
JUNIO 1944
La cara de Merlín delataba su tristeza, su derrota, y la tremenda traición que sentía en su corazón. La rabia lo hizo gritar.
—¡Yo nunca te hice nada! —el grito era casi animal— ¡No me eches en cara cosas que no son mi culpa! ¡Yo nunca hice nada!
La risa rota y sarcástica fue lo suficientemente sincera como para que la rabia de Merlín se volviera a disipar.
—Ese es el problema, Merlin. No hiciste nada—Morgana comenzó a llorar, pero sus palabras fueron firmes, el tono de reproche tangible en su voz—Dejaste que Arturo creyera que yo era una aberración. Yo siempre fui la definición de maldad, pero cuando Uther me echó, cuando Arturo se enteró de mi magia, de que la infidelidad de Igraine había sido producto de la magia, en ese momento se acabó cualquier tipo de cariño o compasión que mi hermano me tuviera.
Merlín agachó la cabeza.
—Si tú le hubieras mostrado que la magia no es mala. Entonces, tal vez hubiera tenido compasión. Tal vez seguiríamos siendo hermanos. Pero eres un cobarde, Merlín. Un absoluto cobarde.
Morgana recuperó la compostura. Pero con palabras inyectadas en veneno agregó;
—Regresa a proteger a tus asquerosos muggles y déjame en paz.
MARZO 1945
Gawain todavía no asimilaba bien el asunto de la magia. Y al parecer, Arturo tampoco. La última vez que Arturo había tenido esa cara, Morgana se había ido a vivir con su media hermana.
—¿Cómo dijiste que se llamaba?—el de las preguntas siempre era Lancelot. Tal vez por eso era el único que pensaba antes de actuar.
—Grindelwald.
—¿Y quiere acabar con los que son como nosotros? ¿Cómo nos llamaste?
—Muggles
Algo hizo click en la mente de Gawain.
—Morgana es cómo tú, ¿verdad?—miró a Arturo—¿Por eso se fue?
El rubio asintió, mirando a suelo.
Percival parecía querer hacer otra pregunta, pero Merlín lo interrumpió.
—Escuchen, no tenemos mucho tiempo. Si queremos salir de aquí, tenemos que irnos ahora.
Los otros cuatro se pusieron en posición y siguieron a Merlín entre las trincheras. El mago lanzaba hechizos de protección a diestra y siniestra mientras guiaba a sus amigos entre el caos del campo de batalla. Cuando llegaron al borde, dejando las explosiones atrás, una figura encapuchada se les acercó desde las sombras.
—¿Desobedeciendo ordenes directas, Merlín?—el cabello largo y castaño de Morgana fue lo primero que vieron cuándo esta se quitó la capucha que cubría su rostro—Eso es nuevo. ¿Me pregunto qué pensará Dumbledore cuando se entere?
Merlín soltó una risita.
—No tiene por qué enterarse...Espera un momento, ¿cómo me encontraste?
Morgana rodó los ojos sonriendo de lado y Merlín saboreó el momento de familiaridad. Los cuatro muggles todavía estaban demasiado perplejos de haber visto a Merlin usando su varita como para registrar la nueva situación.
—Dejaste el mapa en el campamento, con un señalamiento en un campo de batalla muggle. ¿Me pregunto quienes serán los muggles por los que Merlín, no solo arriesgaría su vida, sino que desobedecería a Dumbledore en sus ordenes de no interferencia?
Merlín rió otra vez.
—¿Morgana?—Arturo se acercó a ella, la suavidad hacía parecer que el joven pensaba que podía asustarla si hacía algún movimiento brusco—Merlín me dijo que tú... que tú...
Morgana no se movió, y clavó su mirada en la tierra.
—Ese era el plan, unirme a Morgause, servirle a Grindelwald. Acabar con los muggles. Asegurarme que ningún niño fuera repudiado como yo alguna vez. Pero no pude hacerlo.
Silencio total.
—¿Qué cambió?
Esa era la voz de Gawain, que no se había dado cuenta de que había hablado él hasta que todos los presentes lo miraron. Morgana tragó saliva.
—Tú—la castaña lo miró, con los ojos dorados con los que él soñaba desde su partida—Tú me hiciste comprender que no todos los muggles son iguales a Uther Pendragon.
Gawain no supo distinguir si su corazón latía a toda velocidad o si simplemente ya se había detenido.
Otra explosión demasiado cercana sobresaltó a todos. Merlín comenzó a avanzar hacia dentro del bosque.
—Tenemos que movernos.
Una vez que por fin divisaron las luces del campamento de magos, Gawain tomó a Morgana de la mano, haciendo que ambos se quedaran atrás.
—Lamento ser un idiota y no habértelo dicho antes, pero Morgana Le Fay. Te amo.
Morgana envolvió el cuello del castaño con sus brazos.
—Lamento casi haber tenido que morir para poder darme cuenta de que te amo, Gawain Orkney. Pero necesito que sepas otra cosa—Morgana lo besó, Gawain nunca antes había tenido un beso así—Aunque es un cliché, fue tu amor y tu compasión lo que me devolvieron a la luz. Me hiciste entender que así como hay magos y brujas buenos como Merlín y malos, como Grindelwald, también existen muggles malos como Uther y buenos y nobles como tú.
Otro beso.
—¿Pero soy el único yo que hay, verdad?—la sonrisa socarrona en el rostro de Gawain solo hizo que Morgana lo quisiera besar aún más.
—Afortunadamente.
