Una semana con los Loud

Capítulo 28 Inestable

Ya estaba atardeciendo cuando después de haber pasado más de una hora, finalmente tanto el grupo de Lucy, Lana, Cookie, Haiku, Cookie y una arrastrada Darcy, terminaban en la casa de la última. Para sorpresa de todos, el trayecto resultó pasar sin problemas, principalmente por la adrenalina a la cual habían sido expuestas al ser descubiertas en su escape por el director de la escuela. Ciertamente siendo todas ellas niñas, no mayores de los once, o doce años en caso de Haiku, la cual parecía liderar demasiado bien el camino hasta la casa de Darcy.

—¿Se podría saber cómo sabes dónde vivía Darcy?—le preguntó Cookie cuando tenían la casa frente a ellos.

—Internet.—contestó con simpleza Haiku.

—Tiene razón, mi casa está en internet, yupiii.—saltó de alegría Darcy para pasar a tomar una llave de su mochila.

—¿Tienes llave propia?—preguntó Lucy—¿No eres muy joven para eso?

—Mi mamá trabaja hasta la tarde y papi hasta muy noche, así que me dio una llave y un perrito.—dijo ella emocionada al pensar en su perrito, aunque mencionó la "rr" como "d".

—¿Perrito?—había emocionado a la mitad aun pura de Lana—¿Puedo acariciarlo?—dijo con una mirada tan similar a la de un cachorrito que era imposible no hacer las comparaciones.

Entraron al hogar de Darcy, encontrándose con una casa bastante ordenada, llena de estanterías con libros de cocina, deporte, novelas y de prácticamente todos los temas, cosa que dejo boquiabiertas tanto a Lucy, Haiku y Cookie, pero decepcionada a Lana.

—¿Y tú perrito?—preguntó con desinterés.

—En el patio.—dijo emocionada Darcy mientras cerraba la puerta de su casa, caminó por una sala de estar, girando a la izquierda para abrir la puerta trasera a un patio extenso, lleno de juguetes infantiles.

—¿Todo esto para ti sola?—preguntó Lana mientras un mechón de su cabello se volvía negro.

—Sí, mis papas me dijeron que no podían darme una hermanita.—dijo Darcy llevándose una mano a la boca, esperando no enojar a Lana, pero esos pequeños mechones negros no le daban buena espina.

—Qué triste.—dijo Lana con naturalidad, mirando el patio, imaginándose lo aburrido que debía ser esa vida sin sus hermanas.

Una vida sin tener que compartir espacio con una chiflada de la limpieza, o con una mandamás, o la que hace demasiado ruido que espantaba a sus mascotas, y eso sin contar las otras molestias constantes, y claro está, la peor de todas. La hermana que no cumplía sus promesas.

—Cálmate, Lana…

Intentó hablar Lucy al ver que su cabello se había vuelto totalmente negro, así como una aterrada Darcy retrocedía para ocultarse detrás de Cookie. Haiku solo miraba con atención la escena y las sombras, la última vez se había vuelto desquiciada cuando les quitó sus sombras…

—Debe ser agradable…—dijo Lana, pero no con su voz habitual, y definitivamente no de una manera agradable.

—¡Lana Marie Loud!—le gritó Lucy molesta—¡Nadie te ha hecho nada!—era lo que faltaba, que Lana se enojara cuando las habían recibido en casa ajena.

En ese momento, la niña poseída dio la vuelta, sus cejas estaban tan juntas que parecían intentar hacer explotar la vena en la frente de Lana, sus dientes apretados y su nariz achatada. Su cabeza temblaba de una manera apenas perceptible, parecía a punto de estallar y tenía sus manos apretadas.

Todo estaba a punto de repetirse, el horror se desataba sobre la casa antes colorida y que cada vez se tornaba más oscura, hasta que el silencio fue roto por una figura que saltó encima de Lana, bufando en el acto para intentar morderla.

—¡Señor Ploppet!—gritó Darcy viendo como su perrito salchicha atacaba a la susodicha.

Repentinamente los gruñidos del pequeño animal cambiaron a un chillido lastimero, a la vez que todas las chicas se llevaban sus manos a la boca y Darcy cerraba fuertemente los ojos, el señor Ploppet era un buen perro, no podía… No…

—Ahhhwww, que lindo perrito.

La pequeña niña abrió los ojos llorosos, dándose cuenta de que había abrazado a Cookie y hundido su cabeza en su torso. Intentó tranquilizar su respiración mientras limpiaba sus mocos y miraba con temor en la última dirección que había visto a su perro, el resultado fue encontrarlo lamiendo el rostro de una niña de pelos rubios con un mechón negro.

—¿Eh?

Todas estaban demasiado impactadas como para responder, cada vez que los cabellos de Lana cambiaban de color el terror se apoderaba de todas ellas. Pero aparentemente el perrito salchicha de Darcy había sido placentero para Lana.

—Lucy, rápido, una lista de cosas que le gusten a Lana.—dijo rápidamente Cookie mientras se escondían todas detrás de la mesa de la cocina—Y también una de las que le disgusten.

—Ehh… No la conozco lo suficientemente bien, ¿Y si digo algo mal y las ataca?—dijo Lucy notando que se estaba ruborizando y agachaba la mirada—¿O sí…?

—¿Cómo?—se indignó Cookie—¡Eres su hermana y…!—pero fue silenciada cuando Haiku puso una mano en su boca.

—Intenta hacer un esfuerzo Lucy, ya estamos metidas en este vertedero de basura de todas formas.—dijo a la vez que tomaba a Lucy de ambos hombros y parecía ayudarla a sostener el peso.

Nuevamente la chica de ocho años miró al suelo, a sabiendas que debía contestar, pero aún insegura de qué hacer, ¿Cómo había dejado que todo llegara tan lejos y por qué no existía solo una solución mágica para arreglar todo? Deseaba estar segura en su cama ataúd, no en medio de una casa desconocida rogando por controlar los cambios de emoción de su hermana poseída.

—Le gusta arreglar cosas, los animales, la suciedad y ehhh…—hizo un esfuerzo para intentar convocar algo más—Oh las películas de monstruos gigantes.

—¿Las pelis de monstruos gigantes?—dijo sin entender Cookie—¿Cómo Godzilla, King Kong y eso?

—Precisamente.—dijo Lucy sonriendo—Excepto una, siempre que está en televisión cambia de canal.—admitió ella intentando hacer memoria si era alguno de los monstruos mencionados, u otra de las tantas películas japonesas que existían.

—Darcy, ¿Tus padres tienen películas en casa?—preguntó Haiku mientras espiaba por encima de la mesa como Lana le ordenaba al perro que se sentara y este obedecía.

—¿Películas? ¿Cómo las de la tela?—dijo sin entender la chica.

—Los discos, los DVD, ya sabes esas cosas redondas…—intentó explicarle Cookie con paciencia y una sonrisa nerviosa.

—¿Una manzana?

—Las manzanas no son redondas…—dijo Haiku por lo bajo mientras ahora le tocaba a Cookie silenciarla.

—No, Darcy, ¿Cómo ves las películas en tu casa?—preguntó Cookie juntando ambas manos y buscando las palabras adecuadas.

—Netflix, ¿Qué es un De u de?—preguntó Darcy llevándose un dedo a la boca mientras levantaba mucho la ceja.

—Ya no hacen a los niños como antes.—dijo decepcionada Haiku—Bien chicas, ahora solo es cosa de buscar una película de monstruos gigantes en…

—Se llaman kaijus.—dijo Lana a su espalda, causando que las cuatro chicas se sobresaltaran y sus corazones se aceleraran—¿Qué?

La chica cargaba al perrito en sus manos mientras lo mecía, el animal parecía no tener miedo alguno de Lana puesto que pegaba su cabeza en el pecho y cuello de la chica, olfateándola detenidamente.

—No, se llama Haiku.—señaló Darcy tratando de ser amable pero su sonrisa era demasiado alargada para ser natural—¿Lo dije bien esta vez?—preguntó genuinamente sorprendida.

—Yo digo a los monstruos gigantes, veo que quieren poner unas películas, sin avisarme.—dijo negando con la cabeza—Chicas, ¿Enserio? Miren, este pequeñín me hizo el día, juro que no me enojare, pero no se escondan de mí para ver películas.

—De hecho, era una sorpresa.—dijo Lucy sonriendo a medias—Recordé que te gustaban y… Sugerí que viéramos una en lo que esperábamos un poco a Henrietta.—dijo Lucy levantándose, intentando sonar indiferente, pero su voz temblaba—Sí, eso.

Y pareció que el trato estaba sellado, hasta Darcy procuró hacer unas palomitas, siendo acompañada por Cookie. Todo debería salir bien, o eso pensaban.

Ciertamente el miércoles no estaba siendo el mejor día para los Loud, claro que el lunes había ocurrido el cambio de cuerpos, y el martes dos de las menores habían traído a la vida un esperpento de la noche. Pero aquel día parecía que todos los Loud cargaban una cruz, ni siquiera los mayores se salvaban.

—¡Pues bien por ti Víctor!—gritó el señor Loud colgando el teléfono de golpe—¡No puedo creer lo que ese perro desalmado dice!

—Pedo dedalbado…—jugueteaba Lily mientras movía su sonaja y era cargada por una preocupada Rita.

Pero ambos adultos estaban demasiado tensos como para hacer caso el vocabulario soez de la pequeña. La afectada Rita miraba con preocupación como su padre había logrado, prácticamente, que despidieran a su madre del trabajo que tantos años había ejercido, estaba bastante seguro de que esos gritos no podían significar nada bueno, que todo por lo que luchó fue en vano. Había arruinado la vida de su madre solo con dos días de haber estado en su cuerpo.

—¡El papelito!—gritó ya sabiendo que nada podía hacer y bajando al sótano.

—¿Rita? ¡Rita!—se quejó el señor Loud mientras la seguía de cerca, pero sin tocarle un pelo—Rita, cariño, ¿Qué mosca te pico?

—¡El papelito lo arreglará todo!—dijo rápidamente Rita dando media vuelta para verlo a los ojos, mostrando una sonrisa amplia, pero no sincera—Ayudame a buscarlo papá…—se tapó la boca—L-l-lynn….—dijo mientras intentaba no tartamudear, se le hacía tan raro referirse a su padre como tal.

—¿Qué? ¿Otra vez con lo de papá? Rita, enserio no entiendo qué te pasa.—dijo preocupado el señor Loud recargándose en el calentador de agua, y mirando al suelo—¿Es este el celular de Lori?

—No, no el celular, el papel, el de la galleta, ¡Lo necesito!—gritó molesta y comenzando a rebuscar entre la ropa sucia—¡¿Qué pantalón usaba mamá la cena del lunes?!

—¿Rita?—hablaba asustado el señor Loud—Tu madre ya no está con nosotros y…

—¡Yo! Quise decir yo, ¿Qué pantalón usaba YO la cena del lunes?—dijo Rita llevándose una mano a la cabeza mientras apartaba parte de la ropa interior de su hermana deportista, liberando una peste intensa.

—No sé, pero ¿Por qué importa?

—¡El papelito lo arreglará todo!

—¿El papelito?—preguntó sin entender el señor Loud—¿El de la galleta de la fortuna?

—¡AL FIN ENTIENDES!—dijo Rita mirando hacia el cielo en señal de agradecimiento—¡Sí! Ayúdame a buscar mi pantalón.

—Nena, enserio quisiera entender qué está pasando contigo, me preocupas un poco.—dijo el señor Loud recogiendo el celular de su hija y viendo que la batería estaba muerta—Creo que un poco todas, ¿Es algo de lo que yo me perdí?

—¡Sí, creo que de muchas cosas!—le gritó Rita molesta ya de que no ayudara y hundiendo su cabeza en el cesto de la ropa sucia—¡No está!

—Cariño…

—¡Era un pantalón gris!—dijo rápidamente volcando el cesto de la basura y rebuscando así hasta el fondo—¡Ahhhh!

—Linda…—intentaba hablarle con calma el señor Loud.

—¡No me digas que lo metieron a la lavadora! ¿Quién la uso?—dijo abriendo la tapa de está y notando que estaba vacía—¡Secadora!

—¡Rita Marie Marsh!—dijo el señor Loud tomándola de los hombros y frotando sus manos hasta sus codos—¿Está todo bien? Has actuado raro últimamente.

Rita solo se quedó callada mirando a la secadora, no quería ni siquiera voltear a su padre a menos que tuviera el dichoso papelito, él no podía seguir arruinando la vida de su madre, no de esa manera. La secadora tenía, efectivamente, bastante ropa, combinada entre la de sus hermanas mayores, su clásica camiseta naranja y el pantalón… Su corazón comenzó a latir de manera acelerada mientras extendía su mano temblorosa, tenía que ser mentira.

—No…—buscó dentro de los bolsillos delanteros y sintió algo arrugado—Por favor no…

Al sacarlo lo desdobló como pudo, pero estaba destintado, con la mayor parte de letras borrosas y con agujeros entre oraciones, lo puso en el suelo a la vez que se arrodillaba e intentaba desdoblarlo mientras lágrimas resbalaban de sus ojos. Apenas había unas cuantas palabras legibles "viaje, sabiduría, otro, amor sincero".

Podía recordar individualmente las palabras, pero no las oraciones en las que cada una estaban involucradas en sus recuerdos de aquella frase que cambio su vida durante la cena familiar, pero no podía rearmar el texto, todo por lo que habían luchado… Él iba a convertirse en su mamá. ¡Aquello no era justo!

¿Qué había hecho Lincoln mal? La culpa la tenía Lynn, ella le había hecho pelear, ella le había lanzado la comida, y ella fue la que no recibió castigo alguno. Él solo intentó defenderse y terminó en el cuerpo de su madre. Y ahora todas sus esperanzas fueron aplastadas. ¡Todo por culpa de la tonta Lynn Loud!

—Rita, por favor, estás asustando a Lily…—dijo cargando a la bebé que estaba llorando—Y a mí también, ¿Qué te pasa cariño? ¿Estás enojada por lo de Víctor? ¿O es que hice algo mal? ¡Lo siento está bien limpiaré el garaje cuando vuelva del trabajo!—gritó pensando que aquello era lo que la había molestado.

—¡Vete!—le gritó Rita molesta lanzando su pantalón entre llantos y dándole en la cabeza, estaba demasiado molesta como para pensar, su cara estaba roja, sus lágrimas caían por su rostro y su respiración era agitada—¡Te odio Lynn Loud!

En el fondo Lincoln se estaba refiriendo a su hermana, la culpable de todas sus recientes desgracias, pero no midió sus palabras. Ni siquiera le importó que se escucharon pasos subiendo aceleradamente las escaleras, mientras su hermanita Lily lloraba en la parte de abajo. Ella se quedó arrodillada en la lavandería viendo al sucio suelo, lo había arruinado todo y la única a su lado era su pequeña Lily.

No supo cuántas horas pasaron, se quedó dormida, aferrada a su hermana que pareció encontrar su pecho como una suave almohada, no subió ni siquiera para terminar de desayunar, solo se quedó observando los restos del papelito mientras continuaba su llanto, hasta que la puerta de su casa fue abierta.

—Hooooola…—aquello le había hecho despertar.

Rita volteó de uno a otro lado, no valía la pena moverse, no si aquello implicaba arruinar más la vida de su madre.

—¡Ya llegue!—escuchó el grito de la voz que menos quería escuchar—¿Chicas? ¿Mamá?—gritó la voz de Lynn mientras recorría la casa—¡Hoooola! ¿Hay alguien?

Rita se quedó quieta, tensa, no había nadie en su casa, sin embargo, eso pareció no importarle a Lynn, la cual encendió la televisión y no hizo nada más. Durante un segundo Rita sintió la necesidad de ir a por ella, de darle su merecido, de hacer que ella sintiera algo del dolor en que lo había metido, pero no pudo moverse, solo escuchaba el ruido de fondo mientras limpiaba sus lágrimas.

En la parte de arriba Lynn grababa el programa del Profesor Thalemus mientras suspiraba aliviada, al menos Lisa no la iba a matar. A pesar de que llegó justo después de que termino el primer bloque de anuncios, Lynn pudo capturar media hora del programa, hasta que algo extraño ocurrió:

—¡Y así niños es cómo puede el Sol producir los elementos químicos necesarios para autosustentar…

Pero la figura del Profesor fue interrumpida debido a que un señor bastante viejo apareció repentinamente en el lado derecho de la pantalla, aquello no hubiera sido tan raro, de no ser porque Lynn notó que estaba atado con cuerdas en una silla y parecía tener golpes en su rostro. La cámara fue movida rápidamente por las manos de Thalemus, dejando escondido la figura de aquel misterioso hombre.

—¡El sol es increíble! ¿No es así niños? ¡Acompáñenme mañana en otra emisión de El maravilloso show del Profesor Fantástico!—estaba claro que aceleraba la voz aunque aún le quedaba media hora de bloque de programación.

El resto de la oración no pudo entenderla Lynn, porque la dijo demasiado rápido y todo termino en un grito.

—¿Qué rayos?—dijo confundida al ver que solo siguieron anuncios—Eso es extraño hasta para Lisa, ¿Dónde estará?—se preguntó volteando hacia atrás—¿Dónde están todas?

La casa se encontraba en silencio total, parecía casi que no había ruido, apagó la televisión y tomó un bate, esperando encontrar algo raro, tal vez todas la estaban tratando de animar haciendo una fiesta sorpresa arriba, o tal vez Lori las había llevado a comer a alguna parte y ella por las prisas se perdió del paseo… Pero después de un par de minutos escuchó ruido del sótano, un llanto de bebe.

Rápidamente corrió y vio desde arriba de las escaleras a su madre dormida en el suelo, con Lily llorando a su lado.

—¡Mamá!—gritó Lynn preocupada corriendo de vuelta a la sala—¡Debo llamar a una ambulancia!

—¡No!—gritó desde abajo la ronca voz de Rita Loud—Estoy bien, estoy bien…—se quedó callada mientras tomaba a Lily en brazos y subía, su estómago estaba rugiendo, y no dudo que estómago de la bebe también.

Todo aquello se desarrollaba a la vez que en el techo de esa misma casa realizaba mentalmente los cánticos acuáticos Stanley el Profundo, esperando al menos encontrar al sumo sacerdote Cthulhu.

Ph'nglui mglw nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn.

Ph'nglui mglw nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn.

Ph'nglui mglw nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn.

Ph'nglui mglw nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn.

¡Ph'nglui mglw nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn!

¡Ph'nglui mglw nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn!

¡PH'NGLUI MGLW NAFH CTHULHU R'LYEH WGAH'NAGL FHTAGN!

Era el cántico que había repetido durante horas, siempre con una entonación milimétrica, tenía que hacerlo de distintas maneras o la red de las palabras no permitiría alcanzar aquel nivel de comprensión a lo incomprensible. A veces acelerando el cántico a decirlo apenas en un segundo, otras ralentizando y tardarse minutos enteros diciendo cada palabra. Lo único seguro era que hacía sonidos imposibles de ser descritos por el lenguaje humano.

Al hacerlo pudo sentirlo, el caos, la locura, la oscuridad, lo horripilante invadiendo su mente cual dulce néctar putrefacto, el olor a carcomido y oscuridad inundaba aquella pequeña piscina inflable mientras lo veía a la lejanía, esas alas inconfundibles, cargando una masa amorfa de un color inexistente. Acompañado claro de la cabeza con tentáculos que rodeaban un orificio lleno de dientes y látigos espinosos. ¡Era hermoso!

Stanley intentó conectarse con él, intentó sentir su fulminante presencia, pero estaba demasiado desconectado, el furor del momento le hizo desconectarse de aquel familiar ambiente y lentamente regresaban los vistazos de donde se encontraba su cuerpo físicamente, el ritmo del canto se perdió, y con esta perdida, también se fue la mente de Stanley.

¡Stanley! ¡Howie!—refunfuñaba una mujer de lacios cabellos naranjas, un vestido rosa bastante ornamentado y una apariencia demacrada que no concordaba con su juventud—Paren ahora mismo jovencitos jijiji, saben que no puedo correr tan rápido.

Se detuvo a recuperar algo de aire, a pesar de que no habían corrido más que parte de los cultivos, detrás de unos jóvenes no mayores a diez años, uno bastante pálido y el otro más vivaz.

¡Pero tia Saraaaaah!—reprochó el mayor.

Nada de peros Stanley, deben volver a casa o el abuelo Watheley se pondrá furioso si saben que jugaron cerca de las calabazas.—dijo la mujer tomando a ambos de las muñecas.

Tanto el joven Stanley, como el pequeño Howard intentaron oponerse, pero aquel agarre no era el de una señorita, habría sido más fácil escapar de uno de sus padres, que de la tía Sarah, sabían aquello y aun así no les impedía intentar escapar.

Vamos, les voy a contar un cuento…—dijo antes de lanzar un tosido fuerte, que culminó con un poco de sangre recorriendo su puño, cosa que rápidamente limpió con una toallita—Adentro jovencitos.

¡Sí!—gritó el joven Lovecraft emocionado por otro de los cuentos de su tía, siempre le habían fascinado.

Mientras tanto, el mayor de los niños se quedó de brazos cruzados, viendo hacia el viejo molino de la granja, tal vez esperando que ahí estuvieran todas esas horas de diversión que aun tenía que vivir al lado de su tía y primo.

Hora del cuento Stanley.—se acercó la mujer con calma una vez su tos se apaciguó.

No quiero, yo quiero correr alrededor del molino, recorrer el mundo, no quedarme adentro, ni siquiera es de noche.—dijo el joven mirando hacia el molino con más fuerza.

Stanley, algún día podrás ir mucho más allá de ese aburrido y viejo molino.—dijo la mujer tomándolo de los hombros con tacto suave—Pero aun eres muy joven como para entender, estás destinado a ver más allá de este mortal mundo…

Más allá del…

Mortal mundo…

Son dos dólares por la comida forastero.—le dijo el dueño de la sucia taberna a un joven con una clara mirada perdida.

Estoy comiendo aún.—explicó Stanley a la vez que tomaba un tenedor y lo limpiaba con el mango de su levita.

Aquel acto hizo bufar al dueño de la taberna, a la vez que dejaba una botella de cerveza con fuerza, casi provocando que la jarra se rompiera. Stanley solo acertó a agradecer al dueño del local, a la vez que ofrecía la botella entera a una mujer bastante mayor.

Creo que notará mis hospitalarios modales.—dijo Stanley sonriendo de medio lado, aquella comida con olor a pescado muerto era demasiado cara—Así que creo que sabrá que lo que pido no es mucho, solo ocupo saber un poco del pasado de aquí de Insmouth.

¿Por qué le interesa este vertedero de patanes?—dijo la vieja mujer eruptando al final de la oración por el alcohol—Su pasado es igual que su presente, una basofía putrefacta habitada por imbéciles.

Sí, precisamente por eso he venido, Insmouth es una ciudad poco conocida de los estados unidos, y me encantaría ser el primer periodista que la redescubra y redima en el gran esquema de está naci…

¿Y quién te pidió hacer eso bocazas?—lo interrumpió la mujer arrancando con sus dientes una pieza de carne y masticando con la boca abierta— Jovencito, no metas tus narices donde no te importa, ¿Es qué tus padres eran retrasados y no te lo contaron?

Stanley tuvo que contenerse para no meterle un puñetazo a la mujer, después de todo, era la única que había accedido a darle algo de información sobre el pasado del pueblo y una extraña enfermedad con tal de pagarle una comida, aunque claro, mientras más pasaba el tiempo, más dudaba que fuera a obtener nada.

Veo que no sabe nada.—dijo Stanley cruzándose de brazos.

No quiero que me maten, ingenuo, jajajja…—se mofó la vieja mientras se llevaba sus dos manos a la cabeza—Has abierto demasiado tu bocaza, y ahora los de la iglesia de Dagon lo saben… Ja.—dijo la mujer volviendo a tomar otro trago de cerveza que dejo el tarro a la mitad.

Puras fanfarronerías.—dijo Stanley indignado y levantándose.

¡Eh! ¿A dónde crees que vas?—dijo la mujer lanzando uno de los huesos que tenía en el plato—¡Te estoy hablando!

¿Hablar? ¿Hablar? ¿A eso llama usted un tuiteó? Solo obscenidades y balbuceos conoce, que le pague la cuenta sus detestables retoños…

¡No!—gritó la mujer con un hilo de voz—Ya mis hijos no están…—dijo llevándose unas manos a los ojos—Te puedo decir algo, sí, sí… Algo sobre el loco Marsh.

¿Quién es el loco Marsh?—dijo Stanley sin sonreír aunque por dentro estaba rebosante de alegría, acababa de dar con alguien de apellido Marsh, posiblemente el esposo de su tía que nunca los visitaba en el pueblo.

Fue un capitan de un barco, se dice que el loco de Obed Marsh conquistó este pueblo, y a los carne roja que vivían en estas tierras, les obligó a contarle sus secretos, oh si tan solo hubiera sabido… Obed volvió a Inglaterra con la idea de una colonia y de… De mezclarse con los sangre verde…

¿Con los indígenas?—preguntó entonces Stanley sin entender el termino.

¿Esos impuros? ¡Ja! Verdaderamente eres un ingenuo, los sangre verde, los demonios del agua, jovencito.—dijo la mujer terminando el tarro de cerveza y estando a punto de desmayarse—Pero ya te he dicho demasiado… Estoy muerta, tanto como tú…

Si la van a matar entonces terminé, ¿Quiénes son estos demonios? ¿Qué clase de enfermedades portan?—dijo rápidamente Stanley sabiendo que los efectos turbios de la bebida no tardarían en manifestarse.

Profundos… Ellos copularon con Profundos… Crearon esas mantícoras parte humana, parte demonio…—dijo la mujer hundiendo su cabeza en el plato medio vacío—Y luego… Luego los Profundos penetraron sus puñeteras carcasas humanas, con simples rituales del libro que nadie puede mencionar, volvieron a Obed y su tripulación parte perenne del ejercito de demonios verdes…—dijo la mujer a punto de desmayarse.

¿Un ritual? ¿Así enferman a la gente?—preguntó Stanley con el corazón acelerando, forzando a que la cabeza de la mujer se levantara, por fin iba a conocer de donde había venido la enfermedad que mató a su tía Sarah.

Solo aquellos que no fueran descendientes de las mantícoras eran afectados por esos rituales… Los bastardos que nacían de esa sangre… Oh, esos tenían un destino peor que la conversión por ritual, no, ellos no perdían la cabeza en una noche, ellos la perdían a través de los años y la enfermedad… Siempre, siempre con una idea clara en la cabeza, ¡Alabar a los monstruos que habitan bajo las aguas!

Lanzó un último grito antes de que su cabeza volviera a caer sobre el plato, pero esta vez de manera violenta, y sin que Stanley pudiera hacer nada para evitarlo, no es como que él quisiera hacer nada para evitarlo, pero la bebida había terminado de matar la lucidez de la decrepita mujer, sin embargo, logró sacar algo de información…

Aunque fuera poca…

Cada vez se daba más la idea de que su tía no estaba verdaderamente muerta… Ninguno que fuera descendiente directo de Obed Marsh podría morir… O al menos eso fue lo que le dijo un sacerdote de una iglesia claramente no cristiana. Había pasado toda la mañana entrevistando gente a través de las sucias y apestosas calles de Insmouth, y estaba listo para volver a la habitación de su hotel.

Donde descansaría…

¡Tenía que saltar de las garras que se dibujaron detrás suya! ¡El zarpazo casi lo decapita! Stanley gritaba de dolor, no podía, no quería, ese rostro monstruoso. ¡No iba a convertirse en eso! ¡No! ¡No! ¡Stanley Marsh no iba a morir saltando de un quinto piso para salvar su vida de esos monstruos!

Aunque no sabía que lo mejor hubiera sido que muriera.

—Ahhh…

De vuelta en la piscinita inflable, se encontraba Stanley dormitando, bastante agotado por sus rezos al sacerdote Cthulhu. Sintió asco de sus recuerdos de estúpido mortal, intentó despejar su mente de esa contaminación, aquello había sido lo que no le permitió conectar con el sacerdote enteramente, esas memorias que retenía de su anterior forma.

Pero los sellos podían romperse, no, no podían, iban a romperse, de alguna manera Stanley lo sabía, y mientras él se mantuviera ahí encerrado, su aura de negatividad y horror sería transmitida en cada rincón de la casa, esa niña con el espíritu de las sombras iba a ceder al control del sumo sacerdote tarde o temprano… Y los Profundos volverían a existir, solamente realizando de nuevo el ritual que lo volvió tal como era ahora. Un ritual que haría a todos los sucios humanos perfectos de nuevo.

Continuara…