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Había sido un largo, largo día laboral, y tampoco había sido el mejor en su trayectoria como empleado en una compañía de seguros. Wang Zao era un hombre chino que pasaba de los treinta años, sin pareja, con un carácter difícil de conllevar, sin embargo, afortunadamente tenía un par de amigos que lo apreciaban a pesar de su personalidad tosca. Al salir del trabajo, recordó que no tenía suministros en su casa. Debía darse una rápida vuelta por un mercado, no obstante, el estómago le rugía del hambre, por lo que decidió ir primero a un restaurante que se encontrara disponible a esas horas.
Como ya era de noche, fue esperable hallar a la mayoría de los restaurantes cerrados. Era una zona familiar, por lo tanto muchos de los lugares cerraban sus puertas al pasar las nueve de la noche. Zao se estaba impacientando un poco, a cada minuto que transcurría, sus entrañas se fruncían por el hambre obtenido de no haber consumido ninguna comida en todo el día, sin contar el desayuno. Fue cuando pudo notar un pequeño local de comida extranjera, que casi permanecía oculto a la vista del público, y más alejado de los otros sitios en la zona. El cartel en la entrada transmitía el mensaje de "Local de comida rusa".
El hombre chino alzó la ceja. Nunca había probado platillos rusos, pero su hambruna le exigía olvidarse de ese detalle y arriesgarse. Además, notó que era el único cliente, el restaurante estaba vacío a excepción de él y... la linda camarera que estaba observando su teléfono móvil, con su mano sosteniendo el peso de su bello rostro. Donde Zao colocara sus ojos, descubría un rasgo físico perfecto. Era hermosa. Poseía largo cabello rubio, con leves ondulaciones, e impresionantes ojos... ¿rosados?
Se aclaró la garganta, lo que hizo suficiente ruido para que la mujer lo notara. Ruborizada, dejó su teléfono celular en el bolsillo de su vestido y se dirigió hacia el hombre chino. Su altura incluso superaba por poco a la de Zao. Le encantaban las mujeres más altas. La vestimenta que utilizaba parecía la de una camarera estadounidense de los años cincuenta, hecha con colores rosa y negro.
—Buenas noches —saludó la muchacha a Zao. Como su apariencia indicaba, la voz tenía un fuerte acento ruso—. Estoy feliz de que haya venido una persona. Temía que ningún cliente llegara hoy. Mi nombre es Evgenia.
Zao esbozó la sonrisa más coqueta que pudo. Podía ser un hombre de modales groseros e incluso atrevidos, pero no desaprovecharía la oportunidad de coquetear con una mujer tan bella.
—Es un gusto conocerte, Evgenia. Me llamo Zao. ¿Será una coincidencia esto? Estaba tan hambriento al salir del trabajo, y quise pasar a comer en algún lugar, pero ninguno estaba abierto —se quedó mirando sus lindas facciones, disfrutando del rubor de la camarera—. Si estás de acuerdo, quisiera una cena para dos. Tú y yo.
Él supo, por su sonrisa, que la respuesta era afirmativa. Ella le dijo que esperara a que la comida estuviera lista y, en cuanto lo estuvo, se sentaron a comer juntos. No solo era increíblemente hermosa, si no que estaba interesada en los temas de conversación de él, y tampoco le molestaba que de vez en cuando hubiera un silencio entre ellos. No lo volvía algo incómodo ni forzaba a Zao a hablar todo el rato. Fue lógico que el hombre desarrollara todavía más su gusto por aquella mujer rusa.
Intercambiaron números. Zao le prometió que pasaría seguido por el local de comida, para verla y quizá, con algo de suerte, acompañarla a casa. No conocía muy seguido a mujeres tan interesantes y hermosas que, además, devolvieran el sentimiento de interés. Al cabo de tres noches, volvió a ir a verla, y al final de la cena, la besó por primera vez. Evgenia suspiró deliciosamente cuando apoyó sus labios contra los de ella.
Y el hombre chino constantemente pensaba en la ironía de que el restaurante siempre estuviera vacío, a excepción de ellos dos. Por un lado, agradecía a cualquier santo que nadie se pasara por allí a comprar comida, porque podía conversar cómodamente con la rusa o, lo mejor de todo, besarla hasta que a ambos se les agotara la respiración. Por otro, le preocupaba que aquel lugar no le trayera ingresos económicos a la mujer, aunque ella le aseguraba que no era la única fuente de sueldo que tenía.
Sin embargo, pronto se olvidó de sus preocupaciones cuando hicieron el amor por primera vez, por supuesto en aquel local de comida. Tal vez había sido poco higiénico, pero nada en el mundo le había hecho sentir tan bien como adentrarse en su interior, tomándola en brazos y colocándola sobre una de las mesas del restaurante. Evgenia gemía y suspiraba, enroscando sus piernas alrededor de la cintura del asiático.
—Me gustas cada vez más, Wang Zao —aseguraba. Tuvieron relaciones durante dos rondas más antes de caer agotados. El hombre chino le propuso que le acompañara a casa y durmieran juntos, después de todo, ya eran toda una pareja. El último paso que debían dar para formalizar era conocer al círculo de familiares y amistades del otro.
Por lo que, Zao llamó primero a su mejor amigo, un japonés casi o más gruñón que él, Honda Kuro. Le contó de la encantadora mujer por la cual estaba cayendo enamorado y le comunicó su intención de presentársela. El japonés aceptó, alegando que cualquiera que sobreviviera a la cara de mil infiernos del chino, era digna de ser reconocida. En la noche siguiente, Kuro pasó por su trabajo y ambos se dirigieron al restaurante ruso, ya tan familiar con Wang.
Excepto que no había rastro vivo allí. Estaba completamente abandonado, deteriorado. No había cartel alguno en la entrada. Y lo más importante: había coches de policía por todos lados. Tanto Zao como Kuro estaban asombrados. El primero se acercó con rapidez a un oficial.
—¿Qué diablos está ocurriendo aquí? ¿Qué le ha pasado al local? —exigió saber. Kuro estaba a su lado, también expectante a la respuesta del policía, quien miró a ambos asiáticos con una ceja alzada.
—Este restaurante ha sido cerrado durante semanas, señor. Está así hace algún tiempo. Estamos investigando si está ligado a un asesinato. ¿Conocían ustedes a la víctima?
—¿Un asesinato? ¿De qué está hablando? Yo conozco a la mujer que trabaja aquí. Una rusa. ¿Ella está bien? ¿Quién ha muerto? —cuestionó alarmado Zao. El oficial de nuevo alzó una ceja y le miró con rostro serio.
—La mujer rusa que trabajaba aquí lleva semanas muerta. Fue la víctima que encontramos hace un mes, el cuerpo mostró signos de haber sido abusado sexualmente incluso después de fallecer. Fue un asesinato espantoso. ¿Quiere presentarse a declarar algo sobre el crimen de Evgenia Branginski?
