No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.
.
.
.
El enorme bayo resopló, los ojos giraron salvajemente en su cabeza.
-Sujétalo, Alec. -Advirtió rápidamente Isabella a su hermano. El caballo estaba avanzando de lado nerviosamente, echando la cabeza hacia atrás, tensando las patas.
-No puedo, hermanita. -Gritó Alec mientras con una oleada de salvajismo el animal se revolvía, librándose de la precaria sujeción del muchacho... Alec hizo una mueca, su piel olivácea palideció bajo el tono oscuro. Isabella fue aplastada contra la valla dos veces más antes de golpear el suelo y rodar en busca de seguridad bajo la cerca.
-¿Estás bien, Bella? -Exigió Alec ansiosamente, precipitándose de rodillas junto a ella en el suelo polvoriento.
Isabella gimió y rodó para quedar mirando hacia arriba hacia el cielo oscurecido, una sonrisa sin humor curvaba su suave boca.
-Que forma tan estúpida de ganarse la vida. -Dijo ausentemente a Alec. – ¿Cuántas veces me ha tirado este animal inútil? -Se sentó, apartando los mechones húmedos que escapaban de su gruesa trenza pelirroja. El dorso de su mano dejó un rastro de suciedad en su frente.
-¿Hoy o siempre? -Se burló Alec, después borró apresuradamente la sonrisa de su cara cuando ella volvió todo el poder de sus ojos hacia él. – Seis. – Respondió solemnemente.
Se puso en pie cautelosamente, sacudiéndose la capa de polvo de sus gastados y descoloridos Levi's. Con arrepentimiento examinó su camisa andrajosa.
-¿Quién es el dueño de esta bestia de todas formas? Quienquiera que sea ha debido de ser alguien que me guste.
Alec cepilló cautelosamente el polvo del sombrero, evitando la mirada de su hermana. A menos que un caballo estuviera siendo entrenado para ser montado en rodeo, Isabella permitía que Alec se ocupara de todos los detalles. Peor suerte imposible.
-Cullen. -Murmuró aprensivamente. A los dieciseis años era más alto que su hermana. Sin grasa, bronceado, ya con los músculos de un jinete, Alec era inusualmente fuerte para su edad. Su cara llevaba el sello de alguien mucho más viejo. Extendió el sombrero de piel de ala ancha casi como una oferta de expiación hacia su hermana.
Se hizo un pequeño silencio mientras el viento parecía contener la respiración. Incluso el bayo dejó de bufar y removerse mientras Isabella miraba con horror a su hermano.
-¿Estamos hablando del mismo Cullen que vino a este rancho y me insultó? ¿El mismo que exigió que empaquetáramos nuestras cosas y dejáramos el rancho de nuestro padre porque soy una mujer y tú un niño? ¿Ese Cullen? ¿El Cullen que me ordenó que os entregara a ti y a Alice a la familia Denali y me provocó un enorme dolor de cabeza con su insultante, dominante, repugnante y chovinista comportamiento? -La suave voz ronca de Isabella era casi terciopelo, la delicada perfección de su cara completamente inmóvil. Solo sus grandes ojos traicionaban su humor. -Dime que no estamos hablando de ese Cullen, Alec. Miénteme para que no cometa un asesinato. -Sus brillantes ojos lanzaban chispas.
-Bueno. -Sopesó los riesgos. -Fue Eleazar Denali quien compró los caballos, dieciséis de ellos. Tuvimos que cogerlos, Isabella. Paga el máximo y necesitamos el dinero. Tú misma dijiste que Michael Newton nos está apremiando con la hipoteca.
-No su dinero. -Espetó Isabella impacientemente. -Nunca su dinero. Es dinero donado para tranquilizar su conciencia, para lavar sus pecados. Encontraremos otros modos de pagar la hipoteca. -Sacudió la cabeza para aclararla de la furia que fluía llegada de ninguna parte. Estampando su sombrero contra el muslo envuelto en vaqueros, masculló en voz baja palabras impropias de una dama. – Eleazar no tenía derecho a ofrecerte los caballos a mis espaldas. –Miró fijamente a la cara miserable de su hermano e instantáneamente la furia se evaporó como si nunca hubiera estado allí. Extendió la mano para pasarla afectuosamente por el pelo negro del muchacho. – No es culpa tuya. Debería haber esperado algo como esto y haberte advertido. Desde que esa familia apareció, ese Cullen no da más que problemas. Escribí la carta a la familia Denali por Papá hace casi tres años. ¿No es milagroso que finalmente se las arreglaran para responder? – Isabella se dio la vuelta para encarar al bayo, estudiándolo cuidadosamente con ojos cautos. – Probablemente este caballo es su forma de librarse de mí para poder teneros. Conmigo fuera de camino podrían tener una oportunidad de llevaros a Alice y a ti con ellos de vuelta a su infernal agujero en Sudamérica. Y robaros vuestra herencia mientras tanto.
Isabella era baja y delgada con suaves curvas llenas, grandes y profundos ojos chocolate enmarcados por oscuras pestañas de encaje, y un abundante pelo largo y sedoso. Sus brazos bien torneados ocultaban fuertes músculos. Cicatrices blancas marcaban el profundo bronceado de sus brazos y sus pequeñas manos, demostrando los años de trabajo duro. Alec, observando el hoyuelo en la comisura de su boca, sintió una oleada de orgullo. Sabía cómo odiaba ella las cicatrices, sus manos, aunque eran tan parte de ella. Poco ortodoxa, libre, indomable, tan natural, no había nadie como Isabella.
-Viven en un rancho multimillonario. -Señaló Alec. -De lujo. Probablemente con piscina, nada de trabajo. Mujeres guapas. A mí me suena a una vida muy dura. Quizás es una conspiración y yo estoy en ella.
-¿Me estás diciendo que puedes ser sobornado?
El encogió sus hombros tensos, guiñando un ojo hacia ella con una pequeña sonrisa traviesa.
-Si el precio es el apropiado nunca se sabe. -Intentó menear las cejas y fracasó. –No tienes que preocuparte, Bella. -Ofreció Alec repentinamente. -No creo que el Señor Cullen sepa que Eleazar nos trajo a nosotros los caballos. En cualquier caso... -Se encogió de hombros pragmáticamente. -...el dinero es el dinero.
-Así es, muchachito. -Suspiró Isabella.
A los diecisiete Isabella había asumido sobre sus hombros la responsabilidad del rancho, de su hermano de once años, y de su hermana de seis después de que un pequeño accidente de avión hubiera dejado a su madre muerta y a Charlie paralizado. Lo había hecho sin un solo murmullo de protesta. Dos años después del accidente, su padrastro había insistido en que Isabella escribiera a su familia en Brasil y les pidiera que vinieran rápidamente. Sabía que se estaba muriendo y había dejado a un lado el orgullo por el bien de sus hijos. Nadie había respondido, y su amado padre había muerto rodeado de sus hijos, pero sin sus hermanos y hermanas. Ahora, a los dieciseis, Alec podía apreciar lo que estos últimos cinco años habían costado a Isabella. Hacía todo lo que podía para tomar algo de la carga, sabiendo, por primera vez en su vida, lo que era realmente preocuparse por alguien más. Cada vez que a Isabella la tiraba un caballo, notaba que el corazón se le desbocaba.
Isabella nunca se quejaba, pero él podía ver los signos de tensión, el cansancio creciente en ella.
-¿Quieres tomarte un respiro? El sol se está poniendo. -Sugirió esperanzadoramente.
No le cabía duda de que Isabella estaba magullada de la cabeza a los pies. Sus ojos de águila notaban que su hermana se acunaba el brazo izquierdo.
-Pronto, cielo. -Isabella sacudió la cabeza pelirroja con pesar. -No puedo dejar que este se crea que él es el jefe. Volvamos al trabajo. -Sin rastro de miedo entró en el corral y cogió las riendas del enorme animal.
Alec la observó cómo había hecho miles de veces en el pasado, su pequeña figura esbelta, parecía frágil junto al caballo medio salvaje, aunque totalmente confiada. Se había hecho con tal reputación como entrenadora, que muchos de los mejores jinetes de rodeo le traían sus últimas adquisiciones desde todos los Estados Unidos. Normalmente, pasaba semanas, meses, domándolos pacientemente. Tenía una afinidad especial con los animales, con los caballos en particular. Los métodos de Isabella normalmente eran más duros para ella que para los caballos.
Era cuando tenía que domarlos con rapidez, como ahora, cuando más se preocupaba Alec.
Su rancho era pequeño, principalmente de caballos... las pocas reses y acres de heno que tenían eran para uso personal. Era una vida dura, pero buena. Su padre, Charlie Denali, había llegado a este país para comprar caballos para su rica familia de Brasil, buscando nuevas líneas de sangre para los enormes ranchos que tenían en Sudamérica. Había conocido y se había casado con Renee Swan, la madre de Isabella. Su emparejamiento no había sido cariñosamente aceptado por la familia de él y virtualmente le habían desheredado. Isabella nunca contó a su padre que había encontrado la carta del patriarca Denali declarando que debía abandonar a la "promíscua americana hambrienta de dinero con su hija bastarda" y volver a casa enseguida o toda la familia le consideraría muerto. Isabella no tenía ni idea de quién era su padre biológico y no podía importarle menos. Amaba a Charlie Denali y pensaban en él como su verdadero padre. Él la había querido y protegido y cuidado de ella como si fuera de su propia sangre. Alec y Alice eran su familia y los protegía ferozmente. Estaba decidida a que tuvieran el rancho cuando fueran mayores de edad, justo como Charlie Denali había planeado. Era lo menos que Isabella podía hacer con él.
Había sido una larga mañana y al parecer iba a ser una tarde interminable. Alec apretaba los dientes y maldecía suavemente en voz baja mientras una y otra vez el gran bayo se libraba de su apretón sobre la brida y Isabella era lanzada contra el suelo o contra la cerca con fuerza suficiente como para sacudirle todos los huesos.
Alice llegó y colocó una cesta de picinic que contenía de un termo de limonada y pollo frito frío en el suelo, después se sentó fuera del corral esperando pacientemente, con un puño encajado en la boca, y sus grandes ojos marrones redondos de ansiedad, fijos en su hermana.
Isabella apretó su agarra sobre las riendas, sus delicados rasgos tensos a causa de la determinación. Agachando la cabeza se limpió con la manga el fino rastro de sangre de la comisura de la boca. Bajo ella podía sentir los poderosos músculos del caballo que empezaban a apretarse, a tensarse. Alec dio un paso hacia adelante, su mano tan apretada sobre las riendas que los nudillos estaban blancos. La enorme cabeza del animal intentó bajar. Isabella luchó por alzarla expertamente. Incluso mientras la lucha tenía lugar Alec se maravilló del control de Isabella.
Entonces la cabeza se liberó de nuevo de la sujeción de Alec y se lanzó de lado a lado, resoplando, revolviéndose y corcoveando.
Alice saltó sobre sus pies, aferrando la cerca mientras observaba con temor reverencial la pericia con la que Isabella se anticipaba a cada movimiento del bayo. Dos veces Alec estuvo seguro de que el caballo iba a lanzarse hacia atrás. Pero Isabella estaba decidida a mantener el control, todo su ser estaba concentrado en el caballo.
.
.
.
Edward Cullen aparcó su camioneta cerca del acantilado con vistas a todo el valle.
Tras él las montañas se alzaban abruptamente, espesamente cubiertas de pinos y abetos. La mujer acurrucada junto a él le tocó con una uña pintada de escarlata, que recordaba mucho a una garra ensangrentaba. Miró la uña durante un momento después se inclinó sobre ella bruscamente, desapasionadamente, y le apartó el pelo del pulso que latía fuertemente en el cuello. Intentó recordar su nombre, alguien que se suponía era importante en el pequeño mundo en el que habitaba de momento, pero nadie que despertara su interés. Todo lo que le importaba era el sonido firme del latido de su corazón llamándole.
Era una presa como el resto de ellos. Saludable. Fuerte. Una mujer que quería dormir con alguien rico y poderoso. Había tantas de ellas, mujeres que se sentían atraídas por los hermanos Cullen como polillas a las llamas. Ella inclinó la cabeza hacia él e inmediatamente Edward atrapó su mirada, hipnotizándola. Suponía casi más problemas de los que valía la pena.
Edward hundió los colmillos profundamente en el cuello y se alimentó. Bebió hasta más no poder, todo mientras luchaba por contener a la bestia que amenazaba con alzarse, exigiendo la muerte, susurrando sobre el poder último, susurrando sobre emociones, sobre sentir. Solo sentir una vez más, por un microsegundo, valdría la pena. La mujer no era nada, inútil para él más que como presa. Fácil de controlar, fácil de matar. Se derrumbó contra él, y el movimiento le sacó del embrujo de la bestia. Cerró los diminutos pinchazos, sanando la herida con una pasada de su lengua. La miró por un momento, después desdeñosamente la empujó lejos de él para dejarla derrumbada en el asiento. Era como todas las demás. Dispuesta a venderse al más mejor postor.
A acostarse con un completo desconocido solo porque era rico y poderoso. Vestida con ropa escotada, que revelaba su intención de atraer a los hombres. Había tantas de ellas, como ganado.
Había atraído a un depredador, pensando en sí misma como en una tentadora, pensando que estaba atrayéndole con engaños a su red sexual. Salió de la cabina hasta el aire nocturno. Edward paseó a lo largo del borde del acantilado, sus rasgos sensuales tallados con una dura y cruel confianza. Estaba acostumbrado a la obediencia instantánea, utilizándola para manipular la mente de su presa humana.
Edward y Carlisle querían volver a casa, a Sudamérica, y al bosque pluvial del Amazonas. De vuelta a su mundo, de vuelta a su rancho donde ellos mandaban y su palabra era ley. De vuelta a la jungla vecina donde podían cambiar a la forma que quisieran sin miedo a ser vistos. De vuelta a donde la vida no era complicada. Pero tenían un pequeño trabajo que hacer antes de poder volver, persuadir a una mujer humana de hacer lo que quería la familia Denali.
Edward y Carlisle, respondiendo a la llamada de su príncipe cientos de años atrás, cazaban al vampiro en Sudamérica. Era todo lo poco que podían hacer por su raza moribunda.
Querían volver al país que había sido su hogar y a la forma de vida que habían seguido durante cientos de años. Era mucho más dificil para ellos aguantar tanto en este país poco familiar. Pero la familia Denali, que había servido fielmente a la familia Cullen durante siglos, necesitaba su ayuda ahora, y estaban obligados por honor a proporcionarla. El problema era una pequeña mujer humana.
Carlisle había acudido a ella y ordenado su conformidad, "empujando" su mente con una dura orden, pero para su sorpresa y desagrado, no había funcionado. Ella se había vuelto incluso más testadura, negándose a hablar con ningún miembro de su familia. En todos los siglos de su existencia, semejante cosa nunca había ocurrido. Todos los humanos podían ser controlados, podían ser manipulados. Ahora era cuestión de Edward, incluso si eso significaba tomar su sangre para forzar su conformidad. Cuando los hermanos querían algo, cualquier cosa, la conseguían. Ella no se interpondría en su camino. Por un momento un músculo se sacudió en su mandíbula ensombrecida. De una forma u otra, conseguirían lo que querían.
Suspiró mientras miraba hacia las estrellas. No había nada que aliviara las imparables noches despiadadas. Se alimentaba. Existía. Luchaba contra el vampiro. Experimentaba los movimientos de la vida diaria, pero no sentía nada más que hambre. Hambre insaciable. La llamada susurrante del poder de matar. Ser capaz de sentir. Lo que sería hundir sus dientes profundamente en la carne humana y drenar a su presa para sentir algo, cualquier cosa, durante unos pocos momentos. Volvió la mirada hacia la mujer de la camioneta, la tentación susurraba insidiosamente.
¡Edward! La voz de Carlisle fue una aguda reprimenda. ¿Debería acudir a ti?
Edward sacudió la cabeza, negando esa tentación omnipresente.
No caeré esta noche.
Edward deslizó la mirada por el cielo oscuro, sin ver nada más que murciélagos zambulléndose en picado, llevando a cabo su balet nocturno. El viento le trajo información no expresada. Estaba intranquilo, sus sentidos le decían que un vampiro podía estar cerca, pero era incapaz de olisquear al no-muerto en su guarida, si, de hecho, estaba en la zona. Probablemente había acudido a la tierra en el instante en que Carlisle y Edward habían aparecido y estaba esperando a que se fueran para alzarse.
El viento le llevó el sonido distante de voces. Alarmadas. Suaves. Una hermosa cadencia que tocaba algo profundo dentro de él. Oyó la voz, una voz melodiosa, pero no pudo entender las palabras. Se acercó al borde del acantilado. Captó algo por el rabillo del ojo y estudió la escena bajo él, su mirada ardiente se fijó en el caballo y el jinete. Observó abajo a la pequeña mujer sobre el gran caballo en una especie de shock que le entumeció la mente. Habían pasado casi setecientos años desde la última vez que Edward había visto en color o sentido emociones. Ahora, en el parpadeo de un ojo, observando el drama que se desplegaba en el pequeño corral, el caballo y jinete envueltos en la batalla, todo cambió.
Vio su pelo brillante, una llama de color. Vio el azul descolorido de sus vaqueros y el rosa pálido de su camisa. Vio el caballo, de un rojo bruñido, tirando de la cabeza, revolviéndose y corcoveando. El tiempo pareció ralentizarse haciendo que cada detalle quedaba grabado en su mente. La forma en que las hojas de los árboles brillaban con un destello plateado, los colores de la tierra y el heno. Vio los tonos plateados del agua que brillaba en un estanque distante. El aliento abandonó sus pulmones y se quedó muy quieto, una parte de la montaña sobre la que estaba en pie, congelado por primera vez en toda su existencia.
Tras él, la mujer de la camioneta se movió, pero ella no importaba. Estaba despertando, adormecida, segura de que habían hecho el amor y que había quedado sobrecogida por sus atenciones. El adolescente y la jovencita cerca del corral no importaban. Sus hermanos esperando en casa en su rancho de Brasil, Carlisle esperando aquí en este país atestado, la familia Denali, ninguno de ellos importaba. Solo esa jinete solitaria.
Isabella Swan. Instintivamente supo que la jinete era Isabella. La desafiante. Fuego y hielo como las montañas entre las que vivía. Las montañas que amaba y a las que tan ferozmente se aferraba. La estudió, su mirada negra y hambrienta. No se movió durante varios momentos, su mente hecha un caos, emociones hacinándose con velocidad y furia. Emociones almacenadas en alguna parte durante cientos de años vertiéndose a través de él como lava ardiente, obligándole a seguirlas a un paso escandaloso.
Tenía cuatro hermanos y todos ellos eran telepáticos, podían tocarse los unos a los otros a voluntad. Edward se extendió, por el vínculo común que utilizaban sus hermanos, para compartir los colores, el furor poco familiar en su cuerpo, la creciente oleada de hambre. Carlisle no tenía experiencia con algo semejante.
Solo puede ser tu compañera, respondió.
Es humana, no Cárpato.
Se dice que hay algunas que pueden ser convertidas. La compañera de Emmett no era Cárpato.
Las emociones y el deseo sexual alzándose juntos resultaban sobrecogedoras, una bola de fuego atravesando su estómago, ardiendo en su sangre, agudizando sus apetitos. Se estiró, reminiscencias de un gran felino de la jungla. Bajo la fina seda de su camisa, nudos de músculos se contrajeron. Isabella Swan le pertenecía a él y a nadie más. No quería a ningún otro cerca de ella, ni a la familia Denali, ni a Carlisle que la había visto primero. Sentía a la bestia alzándose en su interior, rápida y feroz, ante la idea de ella con otro hombre, mortal o inmortal. Edward se quedó muy quieto, obligándose a mantenerse bajo control. Peligroso en cualquier momento, reconocía que le sería incluso más en su estado actual.
Es más que incómodo, Carlisle. Dudo que pueda soportar a otros hombres en cercana proximidad con ella. Nunca había experimentado semejantes emociones. Nunca había sentido semejantes celos o miedo.
Era una advertencia y ambos hermanos la reconocieron como tal. Se hizo un pequeño silencio.
Me marcharé de aquí, Edward, e iré a las montañas altas hacia el este. La hacienda está vacía y esperaré a que superes esto.
Como siempre Carlisle se mostraba tranquilo y sereno, una callada y cuerda confianza que movía a los demás en la dirección en que quería que fueran. Carlisle no expresaba su opinión con frecuencia, pero cuando lo hacía, sus hermanos le escuchaban. Era un oscuro y peligroso luchador, puesto a prueba muchas veces. Los hermanos estaban conectados y siempre permanecieron cerca en los siglos pasados, confiando los unos en los otros en busca de los recuerdos que mantenían su código de honor intacto. Confiando los unos en los otros para mantener los insidiosos susurros de poder de la muerte a raya. Obligado.
Los dedos de Edward se cerraron en puños apretados hasta que los nudillos se le pusieron blancos mientras observaba el drama desplegado bajo la loma. Esta mujer, pequeña y frágil... humana... insistía en realizar un trabajo peligroso y arriesgado. Había límites lo que un hombre podía aguantar cuando tenía emociones. Descubría de repente que no podía quedarse observando como ella era lanzada hacia atrás por el animal.
Cayó con fuerza, su cuerpo pequeño y frágil, el enorme bayo poderoso y peligroso, las pezuñas golpeando a centímetros de ella. Edward dejó de respirar, su corazón se paralizó. Isabella rodó librándose por poco, dijo algo a su hermano, que cogió las riendas del caballo. Instantáneamente estaba de vuelta en la silla. Edward ya había tenido suficiente.
.
.
.
Fue Alice quien reparó primero en los intrusos, la camioneta cuatro por cuatro nueva, lisa y brillante, que rugía por la polvorienta carretera. El conductor aparcó el vehículo sobre la colina cubierta de hierba a pocas yardas de la serie de corrales. Los dos ocupantes observaban por las ventanillas la lucha entre caballo y jinete.
El grito bajo de advertencia de Alice hizo que Alec se girara. Todo vestigio de color abandonó su cara, dejándole pálido y tenso. Instintivamente se subió a la cerca y colocó su cuerpo alto ante de su hermana menor, rodeándole la su cintura con la mano protectoramente.
El conductor estaba saliendo del coche, cruzando la polvorienta carretera, moviéndose con fluida gracia, poder y coordinación combinada. Una ondulación de músculos felinos prestaba al desconocido una apariencia depredadora. Parecía un hombre duro, frío, peligroso.
Alto. De amplios hombros, con músculos nervudos bajo una fina camisa de seda. Tenía un pelo espeso, ondulado y negro, largo y recogido hacia atrás en la nuca. Rasgos rudos e implacables que resultaban fuertes y sensuales. Parecía elegante y rudo al mismo tiempo. Este tenía que ser Edward Cullen. Habían conocido a Carlisle, y era bastante intimidante, pero este hombre parecía exudar amenaza por cada uno de sus poros.
Edward saltó la cerca con la facilidad de un felino, pasando el último tablón por varios centímetros. Atrapó al caballo, haciendo girar su cabeza y exigiendo obediencia con una autoridad que el animal pareció reconocer.
Sorprendido, Alec solo pudo mirar. Solo Dios sabía lo que haría Isabella. Alec tenía el mal presentimiento de que podría lanzar un puño hacia el desconocido y él no podía verse a sí mismo ganando una pelea a puño limpio con este hombre cuando se viera obligado a defender a su hermana. Podía ver que el desconocido era del tipo de hombre que sacaría a Isabella de sus casillas.
El bayo actuaba ahora como un corderito y cuando Edward retrocedió para dejarle espacio, Isabella puso expertamente al caballo al paso. Con sus rasgos oscuros mostrando una máscara de indiferencia, Edward rodeó la cintura de Isabella con un brazo, levantándola de la silla.
Era enormemente fuerte y prácticamente la tiró a tierra.
Alice se aferró a Alec, jadeando ruidosamente. ¡Cómo se atrevía a hacer tal cosa! Consternada, miró a la mujer que los observaba con un aire de molestia y fingido aburrimiento desde la camioneta. ¡Humillar a Isabella así!
En el momento en que el brazo rodeó su cintura, Isabella sintió una inesperada conexión. Un calor proveniente de él se filtró a través de los poros de su piel y se extendió por su riego sanguíneo. Un rubor coloreó la cara de Isabella mientras se liberaba del abrazo. Alzó la barbilla, sus ojos chocolate chispeando peligrosamente.
-Gracias, Señor...
Su voz fue aterciopelada por la exagerada paciencia. Sabía muy bien que este tenía que ser el otro aborrecible hermano Cullen.
¿Quién más iba a ser sino? Esto era justo lo que necesitaba esta noche. ¡Más miseria!
Él se inclinó ligeramente por la cintura, un gesto cuidadosamente cortés.
-Cullen. Edward Cullen a su servicio. Creo que ha conocido a mi hermano Carlisle y, por supuesto, a Eleazar y Alistair Denali. Usted, indudablemente, es Isabella Swan.
Arrancando el sombrero que le ofrecía Alec, se lo golpeó contra la pierna para sacudirse el polvo. Sus ojos se deslizaron sobre la imponente figura de Edward una vez más, después volvió a sus hombros amplios antes de parecer despacharle.
-¿A qué debemos este honor? -Incluso Alec tuvo que hacer una mueca ante la miel que rezumaba sarcásticamente de su voz. -Creo que su hermano y yo cubrimos todo lo necesario en nuestra última discusión amigable.
Los helados ojos negros se movieron pensativamente sobre la cara de ella, descansando en la boca exuberante, en el delgado rastro de sangre en la comisura de los labios. Su estómago se tensó apasionadamente, y por un momento el deseo llameó en sus ojos.
-¿Creyó que se libraría de nosotros tan fácilmente? -Su voz le susurró sobre la piel, suave, hipnótica, mesmerizante. Isabella realmente le sintió tocarla, las yemas de esos dedos dejando un rastro sobre su piel haciendo que pequeñas llamas parecieran danzar a través de ella, aunque él mantenía las manos a los costados.
Se sacudió los efectos de su voz y ojos concentrándose en la mujer de la cabina de la camioneta.
-¿Su amiga está enferma?
Ante sus palabras la mujer alzó la cabeza y miró fijamente a Isabella. Abrió la puerta de la cabina y cambió de posición para poder girarse cuidadosamente en el asiento, mostrando largas piernas terminadas en tacones de aguja. Era alta y rubia de piel blanca y maquillaje perfecto. Embutida en su fresco vestido color lavanda parecía una modelo. No se molestó en ocultar el desprecio que sentía mientras se aproximaba, deslizando sus ojos sobre Isabella, tomando nota de sus polvorientos vaqueros desteñidos, su camisa desgarrada, su cara cubierta de polvo, y la trenza despeinada.
Isabella, demasiado consciente del contraste de sus apariencias, las cicatrices de sus manos y brazos producto de mordiscos y maliciosas pezuñas, se llevó una mano al pelo revuelto. Antes de poder intentar ponerlo en orden Edward capturó su muñeca, bajándole el brazo fácilmente, con expresión dura. La electricidad se arqueó entre ellos, saltando de su piel a la de ella y otra vez atrás. Ese lento quemar estaba de vuelta, calentando, espesando la sangre. Por un momento sus miradas se encontraron, chocaron, un terrible deseo sexual saltando entre ellos, devorándolos. La barbilla de Isabella se alzó de esa forma desafiante tan familiar que su hermano y su hermana reconocieron. Apartó la mano de él, no le gustaba la forma en que su cuerpo parecía tener mente propia a su alrededor.
-Jessica Stanley. -Se presentó la mujer a sí misma, posando una mano posesiva sobre el antebrazo de Edward. -Conoces a mi hermano, Tyler, y su mujer, Tanya. Los Cullen, sus sirvientes, y yo estamos hospedados en el rancho de Tyler. -Hizo que sonara como si hubiera llegado con la familia Cullen. -Cuando oyeron que Edward y yo veníamos a verte me pidieron que te entregara un mensaje. -Por un momento observó desdeñosamente la suciedad en la frente de Isabella. -A Tanya le gustaría que su hija recibiera clases de equitación. -Examinó sus largas uñas en busca de daño. -Aunque a mí me parece que ese caballo te ha tirado más de una vez. Quiero que mi sobrinita horriblemente lisiada aprenda de alguien cualificado, alguien competente.
La profunda inspiración de Alec fue audible. Isabella era una profesional. La mejor. Su reputación como entrenadora de caballos era conocida en todos los estados. Quería a esos snobs fuera de allí antes de perder los nervios y hacer algo absurdo. Dio un paso agresivo hacia adelante, sus manos cerrándose en puños. No le importaba si Cullen era un hombre peligroso y podía golpearle hasta convertirle en una pulpa sanguiñolienta, nadie iba a poner a Isabella en semejante posición y salirse con la suya, no mientras él estuviera alrededor. Y eso de los sirvientes de los Cullen... la mujer quería decir los hermanos Denali. Alec era un Denali, al igual que Alice. ¿Significaba eso que si la familia conseguía llevarlos a Brasil, serían sirvientes en vez de propietarios del rancho? Por el rabillo del ojo captó un vistazo de Alice.
Estaba tan enfadada como él.
-Ha habido algún error. -La de Isabella era, si acaso, más suave de lo normal. Cruzó hacia el termo de limonada... más que nada, Alec estaba seguro, para evitar lanzar un puñetazo a Cullen que por cualquier otra razón. Tenía esa mirada en los ojos que Alec conocía tan bien. -Yo no doy clases de equitación, Señorita Stanley. No tengo tiempo para nada de eso. -Sus ojos verdes acuchillaron los duros rasgos de Edward. -Evidentemente, el señor Cullen tiene tantos sirvientes llevando su rancho por él que ha olvidado lo que entraña realmente el trabajo duro. -Sobrinita lisiada. Las palabras resonaban en su mente haciendo que quisiera cubrirse los oídos con las manos y ahogar el sonido, la imagen de la pobre niña a quien obviamente su tía no quería.
Los helados ojos verdes de Edward parecían arder, pero los rasgos rudos permanecían impasibles. Se movió entonces, se deslizó, un ondeo de músculos y tendones, no más. Ella parpadeó y estaba a su lado, acorralándola, inclinándose para borrar el delgado rastro de sangre de la comisura de su boca con el roce de su pulgar. El corazón le saltó ante su toque. Su cuerpo realmente ansiaba el de él. Era endemoniadamente enloquecedor e Isabella quería acabar con ello.
Reconoció que él sería sexualmente dominante. Estaba impreso en su misma sangre y huesos. Lo exigiría todo de su mujer, la poseería, hasta que no hubiera vuelta atrás... para siempre. Y odiaba ser tan susceptible a su oscura sensualidad cuando se enorgullecía de sí misma por su independencia.
-Jessica malinterpretó el mensaje. -Dijo él suavemente, sus ojos negros no parpadearon mientras seguían fijos sobre la cara de Isabella. Quemando. Devorando. Hambrientos. Parecía estar mirando directamente en el interior de su alma. Tenía el incómodo presentimiento de que realmente podía leer sus pensamientos. Observó como él alzaba una mano hasta su boca y tocaba la yema del pulgar con la lengua casi como si estuviera saboreándola a ella.
Su cuerpo entero se tensó. Se encontró a sí misma mirando casi impotentemente hacia él. La idea debería haberle resultado repelente, pero era pecaminosamente sexy, y estaba hipnotizada por él, la forma en que se movía, la forma en que sus ojos se mostraban tan hambrientos mientras su mirada le recorría la cara. Tenía la habilidad de hacer que una mujer si sintiera como si fuera la única mujer sobre la faz de la tierra. La única que él veía. También la hacía sentir como si fuera a cogerla, echársela sobre el hombre y marcharse a zancadas con ella si le rechazaba. Era desestabilizante... y, que Dios la ayudara, alborozador.
-Isabella. -Alice cogió la mano de su hermana, temiendo súbitamente por ella. El desconocido miraba a su hermana mayor como si le perteneciera, como si fuera un malvado hechicero dispuesto lanzarle un embrujo.
Isabella se sacudió de la red sexual que Edward estaba tejiendo, maldiciendo silenciosamente. Este hombre era verdaderamente peligroso. Poseería a una mujer, convirtiéndola en una esclava sexual que no pensara en nada más que en complacerle. Él era una tentación erótica a la que ninguna mujer podría permitirse nunca sucumbir. Habían enviado al primer hermano para ordenarle entregar el rancho y a los niños a la familia Denali y cuando esto no funcionó, obviamente enviaban a la primera oleada para tratar con ella. Alzó la barbilla desafiante.
-¿Qué mensaje exactamente se supone que debían entregar?
-Tanya apreciaría que se encontrara con ella esta noche más tarde en el salón. -Su voz era tan hermosa que ansió oir más. Forzó a sus manos a permanecer a los costados en vez de presionárselas sobre los oídos. -Creo que quería tener con usted la cortesía de hablar por sí misma.
Isabella se encontró aferrando la mano de Alice en busca de solaz.
Edward Cullen era capaz de lanzar hechizos, un oscuro hechicero tejiendo su magia negra, y ella era altamente susceptible. Quería que se fuera antes de caer en las profundidades de sus ojos negros. Se inclinaba tan cerca de ella que podía oler su fragancia masculina. Aire libre. Sexual. Definitivamente masculina.
-Parece ser importante para ella.
-Estoy muy ocupada en esta época del año. -Dijo Isabella un poco desesperadamente. No podía apartar la mirada de él, ni por un momento. Sus ojos eran tan hambrientos, tan necesitados, tan exigentes. Y demonios, su cuerpo realmente ansiaba el de él. Sobrinita lisiada. No podía deshacerse de la imagen.
-Entonces tendré que quedarme y convencerla. -Dijo él, su acento resultaba muy evidente. Todo en él, cada célula, su corazón y su alma, su cerebro, incluso el demonio enterrado en su interior le rugía que la encadenara a su lado. Podía hacerlo, tomarla sin más. No había nadie capaz de detenerle. Estaba acostumbrado a que nada, ni nadie se opusiera a su voluntad.
Ciertamente no una pequeña mujercita. Una mujer humana.
-A las ocho en punto entonces. -Dijo ella impacientemente, intentando no parecer tan asustada como se sentía. Nunca nadie la había hecho sentir tan confusa y nerviosa como él. Había algo posesivo en sus ojos, algo que parecía reclamarla. Nunca había tenido verdaderamente miedo de nadie antes. -Si me perdonan, tengo que volver al trabajo. -Él era su enemigo. Cercanamente asociado a la familia que no la quería ni a ella ni a su madre. Alguien que consideraría a sus hermanos sirvientes en una tierra de la que no sabían nada. Tenía que recordar eso. Tenía que recordar lo duro que había luchado su padre para dar a sus hijos un legado propio. Edward Cullen tenía ese encanto latino del que tanto había oído hablar pero nunca había experimentado. El hombre era letal. Deliberadamente Isabella miró hacia Jessica.
Obviamente estaba adormilada y ronroneaba como un gato domesticado. Parecía como si esos dos acabaran de hacer el amor. Jessica estaba acariciándole el brazo y mirándole con una expresión singularmente absorta en la cara, una que a Isabella le revolvió el estómago.
Edward gesticuló imperiosamente hacia la camioneta, y Jessica le lanzó una sonrisa, se le iluminó la cara ante su atención, y obedientemente fue hacia el vehículo. El movimiento hizo que Isabella rechinara los dientes. ¿Por qué no chasqueas simplemente los dedos? Los hermanos Cullen tenían una forma de actuar, como si las mujeres fueran inferiores a ellos y les irritaran endemoniadamente. Eso no era totalmente cierto. Más bien era como si cada hombre o mujer, cada ser humano sobre la faz de la tierra, fuera considerado inferior a ellos.
Edward giró la cabeza y la miró casi como si pudiera leer sus pensamientos. Por un momento se quedó congelada, casi temiendo moverse. Nunca había visto unos ojos tan duros o fríos. Si los ojos eran el espejo del alma, este hombre era verdaderamente un monstruo. No hizo ningún movimiento para seguir a Jessica; en vez de eso su mirada recorrió la esbelta figura de Isabella, sus rasgos implacables y faltos de expresión.
-¿Por qué persistes en este sin sentido? Este es trabajo para un hombre, no para alguien como tú. Es obvio que has pasado la mayor parte de la tarde en el suelo.
-Eso no es asunto tuyo, Cullen. -La pretensión de Isabella de buenos modales se la llevó el viento. No tenía ni idea de por qué se sentía tan amenazada, pero le daba la impresión de estar atrapada al alcance de un gran peligro.
-Creo que es uno de mis caballos el que está domando. ¿Cómo lo consiguió? –Lo preguntó suavemente, como si no pudiera molestarle el que estuviera molesta por su desacuerdo.
-Como un ladrón en la noche me arrastré hasta tus corrales y me hice con un buen número de ellos. -Se burló ella sarcásticamente. -Intente no ser más imbécil de lo que pueda permitirse. Eleazar Denali envió dieciséis cabezas. Debe haber sido algo consciente.
-La familia Denali ha sufrido mucho a causa de este malentendido. -Replicó él pacientemente. -No desean nada más que sanar la brecha en la familia. Como considero a su familia parte de la mía y bajo mi protección, eso resulta de igual importancia para mí. -Su negra mirada no parpadeó ni una vez mientras se hundía en los ojos verdes. Se sentía perseguida. Más de una vez había descubierto a un gato montés tras sus caballos, y estos la habían mirado justo con esa misma mirada directa.
-Vuelva a Brasil, Señor Cullen, y llévese a su familia con usted. Eso hará mucho por sanar la brecha.
Los dientes de él destellaron, muy blancos, una sonrisa lobuna. Sin razón alguna eso hizo que Isabella se estremeciera. Siguió alejándose de él, dándose a sí misma espacio, una delicada retirada femenina, pero él se deslizó con ella como un felino acechando a una presa. Su mano se cerró alrededor de la nuca de ella, sus dedos casi gentiles, aunque sintió su inmensa fuerza, sabía que no podría librarse de su garra, sabía que él podría romperle el cuello en un instante si quería. Un estremecimiento de aprensión corrió por su espina dorsal. Se inmovilizó bajo la mano, su mirada saltó hasta la cara de él. Los ojos negros se mostraban súbitamente hambrientos, un hambre oscura que le robaba el aliento mientras él miraba su pulso casi fascinado.
¿Porque había pensado que sus ojos eran planos, duros y fríos como el hielo? Ahora ardían con demasiada emoción, vivos de deseo, hambre y una intensidad que la abrasaba hasta el alma misma.
No vas a escapar de mí, pequeña. No importa lo lejos que huyas, no importa cuando luches, nada de eso importará.
Las palabras brillaron tenuemente en su mente, destellando entre ellos, aunque Isabella no tenía ni idea de si habían sido reales o no. Él no había hablado; solo la miraba con sus ardientes ojos verdes.
Palideció visiblemente, repentinamente muy, muy asustada. De sí misma. De él. De la oscura promesa de pasión en sus ojos elocuentes.
-No eres bienvenido aquí, Cullen. -Exclamó Alec, su cara brillaba roja bajo el bronceado. Dio un paso hacia el hombre alto, con los puños apretados, pero Alice lo cogió del brazo y le retuvo como un pit bull. -Suelta a mi hermana ahora mismo.
Edward meció la cabeza lentamente girándose, su mirada abandonando reluctantemente la cara de Isabella para poder mirar a Alec. El chico notó al momento que los ojos verdes de Edward nunca parpadeaban. Ni una vez. Por un momento Alec no pudo pensar o moverse. Se quedó congelado en el sitio, su corazón palpitando. Edward le sonrió entonces, sin humor, solo un relámpago de dientes blancos y después se dirigió a zancadas hacia su camioneta.
Le observaron moverse, hipnotizados por su fluida gracia. Nadie habló hasta que la camioneta fue tragada por una nube de polvo, entonces Alec se precipitó sobre la hierba.
-¡Debo haber perdido la cabeza! ¿Por qué no me amordazasteis? Podría haberme matado con el dedo meñique.
Alice rió nerviosamente.
-Afortunadamente te salvé la vida conteniéndote.
-Por lo cual te estoy agradecido desde el fondo de mi corazón. -Dijo Alec, mirando hacia arriba al cielo de la tarde ya oscurecido.
Isabella se dejó caer en el suelo junto a su hermano, arrastrando a Alice con ella. Se abrazaron y rieron ante su audacia, ligeramente histéricos de alivio. Isabella fue la primera en reponerse.
-El orgullo va a salirnos muy caro esta vez. Con Newton presionándonos con el pago total de la hipoteca, me temo que este será un serio revés. Solo tengo dos meses para hacer frente al pago y me ha dicho en términos muy claros que no va a darme una prórroga.
-No dijo que le devolviéramos los caballos. -Señaló Alice pragmáticamente. -Mantenlos sin más y pásale la factura por el trabajo.
-Le demandaremos si no paga. -Explotó Alec indignado. -Has trabajado duro en esos caballos y se han comido nuestras provisiones. Cullen no encontrará a nadie mejor aquí en Estados Unidos, o en Brasil ya que estamos. No puede esperar conseguir tus servicios por nada.
-Probablemente es así como se enriquecieron en primer lugar. -Dijo Isabella sarcásticamente, después inmediatamente se avergonzó de sí misma. Agradecida aceptó un trozo de pollo frito de la práctica Alice. -¡Maldito sea ese hombre por venir por aquí! Aunque, para ser estrictamente honesta, nunca habría aceptado esos caballos de haber sabido que eran suyos.
Alec le sonrió sin arrepentimiento.
-Por eso no te lo dije.
Isabella derramó todo el poder de su mirada esmeralda sobre su hermano.
-Eso no es algo que debieras admitir ante mí. Edward Cullen es peor que su hermano y nunca se me ocurrió que eso fuera posible. -Se tocó la nuca donde la calidez del tacto de él parecía demorarse.
-Desearía que todos ellos se largaran. -Declaró Alice claramente. Miró a Isabella con ojos asustados. -¿Realmente pueden alejarme de ti, llevarme a otro país? No quiero ir con ellos. -Sonaba joven y desamparada.
Inmediatamente Isabella rodeó los hombros de Alice con un brazo.
-¿Por qué preguntas algo semejante, Alice? -Miró a Alec con un ligero ceño. -¿Oíste eso en alguna parte?
-No fui yo. -Se defendió Alec. -Fue Michael Newton. Le vimos en la tienda de comestibles y le dijo a Alice que la familia Denali iba a llevarnos a los dos a Brasil y tú no podrías detenerlos. Dijo que nunca ganaste la custodia en un tribunal y que la familia Cullen tenía influencias políticas y demasiado dinero para luchar contra ellos. Que con la familia Cullen respaldando a la familia Denali no tenías ninguna posibilidad de mantenernos aquí.
Isabella contó silenciosamente hasta diez, escuchó latir su corazón siguiendo un ritmo errático e irregular. Por un momento a duras penas pudo respirar, a duras penas pudo pensar. Si perdía a sus hermanos no tendría nada. A nadie.
¿Pequeña?
La palabra fue una suave pregunta en su mente. Una tierna caricia consoladora. La oyó claramente, como si Edward Cullen estuviera junto a ella, con la boca contra su oído. Peor aún, sentía sus dedos bajando por la cara, tocando su piel, tocando su interior hasta que sintió que su cuerpo reaccionaba de una forma puramente sensual.
Isabella estaba sorprendida y asustada por la forma en que su voz parecía familiar y correcta. Íntima. Por la forma en que su cuerpo se tensaba y caldeaba en respuesta. Se las arregló para sonreír tranquilizadoramente a Alice incluso mientras intentaba construir la pared en su mente para mantener a Edward fuera.
-Michael Newton siempre parece encontrar tiempo para cotillear sobre todo el mundo, ¿verdad? Creo que ese hombre necesita un trabajo a jornada completa que le mantenga ocupado. -Abrazó a Alice. -Eres una ciudadana legal de este país, cariño. Los tribunales no van a entregarte a alguien a quien ni siquiera conoces. Eso nunca ocurrirá. Newton solo estaba intentando quedarse contigo. Esa gente regresará a Brasil y todo volverá a la normalidad. -Tenían que volver a Brasil y Edward tenía que irse con ellos. Pronto. Inmediatamente.
-Sip. -Añadió Alec, hundió un dedo en las costillas de su hermana pequeña. –Lo normal, trabajo duro, más trabajo duro, trabajando desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche. Levantándonos en medio de la noche y trabajando más.
-Ya quisiéramos todos que tú hicieras eso. -Bromeó Isabella. -En serio, vosotros dos, olvidad este problema con los hermanos Cullen. No me gustan más de lo que yo les gusto a ellos. Esos hombres son positivamente arcaicos. Puedo verlos como una especie de amos de las mazmorras en el siglo catorce, cuando las mujeres eran propiedad de sus padres y maridos.
-¿De veras? -Alice pareció soñadora durante un minuto. -Yo me los imagino como reyes en un castillo, grandes señores o algo así. Son guapos.
Isabella arrugó la nariz.
-¿Tú crees? No lo he notado. – Se las arregló para mantener la cara seria durante tres segundos antes de deshacerse en un mar de risas con su hermanita mientras Alec las miraba con disgusto exasperado.
.
.
.
Aquí tenemos el segundo capítulo de esta linda historia, mil gracias por los comentarios que me han dejado, saben que me alegra mucho saber que disfruten las historias y poder poner un granito de arena para hacerles un poco más entretenido este tiempo.
En un rato más tendremos actualización de "Daddy", estoy algo retrasada porque el capítulo es muy largo jajaja y estoy traduciendo a toda marcha XD
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
