No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

.

.

.

Alice tocó en la puerta del dormitorio de Isabella unos pocos minutos después de oír que se cerraba la ducha. Isabella había pasado demasiado tiempo con el ganado y fuera en el jardín y el campo de heno y Alice se temía que pudiera haber olvidado la cita con Tanya Stanley.

Isabella se estaba secando el pelo largo con una toalla y sonrió a Alice cuando esta se asomó por la puerta.

- ¿He establecido un record de velocidad?

Alice entró ansiosamente en el pequeño dormitorio, sentándose sobre la cama.

- ¿Enviaste mi inscripción para el Rodeo Redbluff? - Preguntó esperanzada.

- Te dije que cuando tuvieras doce años ya podrías viajar un poco. El rodeo local es suficiente hasta entonces.

- Ya hay una chica de once años que compite. - Protestó Alice. - Está haciendo suficiente dinero como para su educación universitaria. - Astutamente sacó una revista y leyó rápidamente del artículo, decidida a probar su punto de vista.

- Basta, gallinita, estoy cansada y hambrienta. En mi estado actual voy a llegar tarde a la reunión con la Señora Stanley. ¿Qué crees? ¿Deberíamos aceptar a su hija?

- No me importaría si fuera agradable. - Admitió Alice. - Sería genial tener una amiga. Quizás podría ir a su casa alguna vez. Alec me dijo que el Señor Stanley en realidad solo es un socio de negocios de la familia Cullen; no son realmente amigos íntimos o algo así. Quizás si yo fuera amiga de la hija del Señor Stanley y el Señor Cullen quisiera hacer negocios con él, empezaría a ser amable contigo.

Isabella no quería que Edward Cullen fuera amable con ella. No le quería cerca de ella.

- No cuentes con ello, cariño. - Isabella sonrió traviesamente. - Tengo el fuerte presentimiento de que los hermanos Cullen más bien desharían sus negocios con Stanley en el minuto en que este fuera amable conmigo. No les gustan las mujeres independientes. – Era extraño como Isabella pensaba que Carlisle era frío, el hombre más frío que había conocido nunca, pero encontraba a Edward justo lo contrario, un caldero hirviente de peligrosas emociones, intensas y oscuramente eróticas. Edward Cullen era un hombre realmente sensual y la asustaba infernalmente. Si no volviera a verle nunca, sería demasiado pronto.

Alice le frunció el ceño misteriosamente.

- Nunca hablas en serio, Isabella. - La reprendió.

- No digas eso. - Isabella se puso una camisa de algodón de manga larga para cubrir las marcas blancas que arruinaban su piel bronceada.

- ¿Notaste lo guapo que era Edward? Es un bombón. - Señaló Alice solemnemente. – Su hermano también es un bombón. Y son apestosamente ricos, Isabella. Estás desperdiciando una gran oportunidad.

Resoplando de forma poco elegante, Isabella estampó el pie en sus botas gastadas.

- ¿Nunca te has fijado en el tipo de mujer que revolotea alrededor de esos hombres? - Echando las caderas hacia delante y los hombros hacia atrás, batió las pestañas. - Querido. - Ronroneó, imitando perfectamente la voz de Jessica. - ¡Eres taaaan fuerte! Mi pobre corazoncito revolotea siempre que poso mis ojos en ti. - Aferrándose el corazón dramáticamente, Isabella cayó sobre la cama.

Alice, riendo, abandonó su búsqueda de pareja.

- De acuerdo, de acuerdo. - Se rindió. - Pero no estaría mal tener una sobrina o sobrino con el que jugar. Seré vieja para cuando atrapen a Alec.

- Así que yo soy sacrificable. No gracias, jovencita. - Isabella arrugó la nariz. – Soy perfectamente feliz siendo una solterona. Sal de aquí o nunca llegaré a tiempo. - Bajo la vista a su reloj. - Ya se ha pasado la hora.

Alice le cogió la mano con ojos serios.

- Realmente me gustaría tener una amiga, Isabella. Me siento sola en verano. Estamos tan lejos de todo el mundo... - Se interrumpió, odiando quejarse cuando Isabella trabajaba tan duro.

Isabella le dió un abrazo rápido.

- Lo sé, cariño. Alec y yo estamos tan ocupados que olvidamos que estás aquí sola haciendo todo el trabajo de cocinar y limpiar. Veré lo que puedo hacer.

- Gracias. - Alice la abrazó con fuerza. - Estás genial esta noche. ¿Jacob va a estar allí? - Había una nota esperanzada en su voz.

- ¿Jacob? ¿Jacob Black? Alice, no te atrevas a intentar enredar a ese pobre hombre conmigo. Estaría perdido. - Riendo, Isabella cogió su bolso y se apresuró hacia la camioneta.

Alec estaba allí abriendo la puerta oxidada y abollada.

- Conduce con cuidado, Isabella, las ruedas están completamente lisas. - Advirtió. - Acabadas. Totalmente desgastadas.

- Todo lo está. - Comentó mientras una y otra vez intentaba persuadir a la camioneta de que arrancara. Cuando finalmente lo hicieron ambos ovacionaron. - Buen chico, todavía aguantando. - Palmeó el salpicadero con aprecio y, saludando a Alec y Alice, arrancó en medio de una nube de polvo. Rebotando alto con cada surco y agujero, los amortiguadores protestaban, subió el volumen de la radio y cantó alegremente todo el camino hasta el pueblo.

Encontró un aparcamiento en el lateral del edificio y se deslizó fuera del vehículo estropeado. Eran casi cerca de las nueve. Había buenas probabilidades de que Tanya Stanley pensara que la había dejado plantada. Isabella simplemente estaba demasiado cansada como para que le importara. Con un suspiro y una apresurada plegaria para que Cullen no estuviera en el bar con una multitud de fans femeninas. Isabella abrió la puerta de un empujón. No fue difícil divisar a Tanya apesar de la multitud. Su sencillo vestido blanco gritaba dinero, su maquillaje y pelo eran perfectos. En medio de un grupo de vaqueros destacaba como un pulgar lastimado y parecía claramente incómoda. Isabella podía imaginar el mal rato que estaba pasando, las bromas, las invitaciones, los maliciosos comentarios sarcásticos que solo las mujeres hacían a otra mujer.

Isabella se lo compensó de la única forma que sabía.

- ¡Tanya! - Saludo a través de la habitación. - Esperaba que estuvieras esperando por mí. Jacob, fuera de mi camino, ¿quieres? - Añadió cuando un hombre alto y moreno la atrapó en un abrazo de oso.

- Ah, Isabella, ¿cuándo vas a casarte conmigo? - Se quejó, besándola sonoramente mientras la sostenía baGarrettándola a varios centímetros del suelo.

Ella le pegó un golpe de buen humor.

- Una de estas veces voy a arrastrar hasta aquí a un predicador y saldrás corriendo hacia las colinas. - Mientras él la bajaba, se limpió la boca con el dorso de la mano. - Y deja de besarme en público.

Todo el mundo en el bar se rió de las travesuras de Jacob y la saludó mientras empujaba pasando al vaquero para abrirse paso a través de la masa de gente.

- Siento llegar tarde. - Isabella se dejó caer en una silla.

- Temía que no fueras a venir después de que Jessica admitiera lo grosera que fue contigo. - Aventuró Tanya, pareciendo más incómoda que nunca.

- ¡Isabella! - Otro hombre se quitó el sombrero mientras caía en la silla junto a ella. – Eres una mujer dificil de rastrear.

- Hola, Garrett. Esta es Tanya Stanley, la mujer de Tyler. Tanya, Garrett Ryker. Garrett, estamos en medio de una discusión de negocios, o - Corrigió Isabella con una sonrisa pesarosa. – al principio.

- Compré a Diablo... finalmente cerré el trato. Prometiste que me ayudarías a entrenarlo. - Sus palabras se volcaron. - Hice el trato basándome en esa promesa.

- ¿Cuándo estará aquí? - Preguntó Isabella con una pequeña sonrisa de disculpas hacia Tanya.

- En un mes o así. Quería que le acogieras en tu rancho.

- Claro, hazme una llamada. Alec concierta las citas así que si no estoy por ahí déjale un mensaje a él o a Alice.

- Gracias, Isabella. - Garrett se inclinó para besarle la mejilla antes de asentir hacia Tanya mientras se marchaba.

- Conoces a todo el mundo. - Comentó Tanya.

- Es un pueblo pequeño y este grupo en particular es todo de rancheros. Crecí con la mayoría de ellos. - Explicó Isabella, sonriendo agradecida a la camarera que colocaba un vaso alto ante de ella.

Tanya rió suavemente.

- Pedí una cerveza porque estaba segura de que beberías cerveza, pero ya veo que cometí otro error.

- Seven-Up. Algunas veces me siento realmente osada y le añado zumo de naranja. – Rió Isabella. - Todos ellos me hacen pasar un mal rato por eso.

Los ojos oscuros de Tanya se quedaron de repente serios.

- Sé que sientes que fue un insulto el que Edward te pidiera que enseñaras a montar a mi hija. Y después supe que no fue Edward quien te lo pidió, fue Jessica con sus acostumbrados modales cautivadores. Por favor no te disculpes... lo entiendo. Trabajas muy duro, y te enorgulleces mucho de lo que haces. Edward no quería que te lo pidiéramos. Dijo que estarías demasiado ocupada.

- Es más probable que hiciera unos cuantos comentarios sobre mí intentando calzarme las botas de un hombre. - Dijo Isabella. - Es un hombre tan chovinista.

Tanya no se molestó en negarlo. Había algo muy frío en los hermanos Cullen que la molestaba, pero no iba a discutir con los socios de negocios de su marido.

- Tenía que pedírtelo de todas formas. Desde que mi marido y yo nos mudamos aquí, todo lo que he oído es que Isabella es la mejor domadora, la mejor entrenadora, guía, todo lo que se tenga que ver con caballos. Dicen que tienes un don.

La sonrisa de Isabella fue positivamente malvada.

- Espero que todo eso se haya dicho en presencia de los hermanos Cullen, especialmente Edward.

- Invariablemente. - Rió Tanya.

Isabella quería ser estrictamente justa y dar el diablo su merecido.

- He oído que ese Edward y su hermano, Carlisle, son excelentes con los caballos.

Tanya asintió lentamente, pensativamente.

- Eso es cierto, los he visto. Mantienen un horario raro para ser rancheros, sin embargo. Son lechuzas nocturnas. Creo que viven bastante bien en Brasil. Pero he observado a Edward acercarse directamente a un caballo seriamente herido y calmarlo con un toque de su mano. Fue asombroso. - Sacudió la cabeza como para aclarar el recuerdo. - Pero no son buenos con la gente. Al menos no con los niños. No creo que ninguno de ellos haya visto nunca a mi hija. Quizás su discapacidad física los repele. Alguna gente es así. Chelsea fue atropellada por un coche hace dos años y debe utilizar muletas para caminar. Los niños de la escuela a la que asistía fueron muy crueles y se ha vuelto retraída y callada.

Tanya llenó su vaso, evitando la desconcertante mirada fija de Isabella.

- Sé que llevaría mucho tiempo, tiempo que utilizas para entrenar caballos. Estamos dispuestos a pagar lo que sea que ganes normalmente por entrenar a un caballo; de esa forma no perderías nada. - Estaba hablando muy rápidamente, temiendo la reacción de Isabella. - Es tan importante para ella, la primera cosa por la que ha expresado interés.

- Espera un minuto, alto. - Isabella extendió la mano para palmear la de Tanya consoladoramente, su compasión natural por la pequeña ya despertada. - No es tanto cuestión de dinero como de tiempo. Necesitará trabajar a su propio paso, no sentirse apresurada por mi horario. Quizás Alice podría ayudarnos. Ha estado montado caballos desde que tenía dos años. Yo podría empezar la lección, y después dejar que Alice se hiciera cargo y simplemente supervisar un poco. ¿Y qué hay de ti? ¿Montas?

Tanya agachó la cabeza, ruborizándose.

- Me aterrorizan los caballos. - Admitió. - Soy toda una chica de ciudad. Cuando Tyler sugirió que nos mudáramos aquí y compráramos un rancho casi me muero de miedo. Pero no me gustaba que Chelsea estuviera en interna en una escuela y viajábamos tanto que no teníamos elección. Al menos esta será una oportunidad para que estemos juntos.

- Yo nunca he conocido ninguna otra forma de vida. - Dijo Isabella pensativa. – Mis primeros recuerdos son de mi padre colocándome ante él sobre su caballo y montando por todo el rancho. Es asombroso pensar en lo que todos esos años he dado por supuestos. Estaría perdida en una ciudad.

- Y yo estoy perdida aquí. - Tanya intentó una risita que no engañó a ninguna de ellas.

- Tranquila, no voy a tirarte a la grupa de cualquier caballo. Tengo un par de maravillosos animales muy fiables. Podrías muy bien tomar clases con Chelsea; eso es, si a Chelsea le gusta montar después de probar una vez realmente estaré dispuesta. - Isabella se comprometió, intentando no pensar en lo que iba a decir Alec.

- No habla más que de eso, aprender a montar, quiero decir. - El alivio en la cara de Tanya era tan patente que Isabella tuvo que apartar la mirada. Mientras lo hacía, encontró un par de ojos negro carbón, una ceja arqueada en una especie de burlona diversión masculina.

Al momento su corazón palpitó con fuerza contra su pecho y la boca se le secó. Realmente podía oír su corazón palpitando acelerado con alarma.

- ¿Por qué no me dijiste que él estaba aquí? - Isabella no podía apartar la mirada de esos ojos que no parpadeaban. Había visto muchos depredadores, osos y leones de montaña. Edward Cullen tenía la misma extraña mirada fija. Su sistema interno de alarma le había fallado al no hacerla saber que estaba siendo observada, pero ahora la había pateado y estaba trabajando a destajo haciendo que cada terminación nerviosa gritara con trepidación.

- ¿Edward? Lo siento, Isabella, debe ser difícil para ti cuando sientes que la familia Denali está intentando quitarte a tus hermanos, pero Tyler tiene que entretenerlos de algún modo. Son socios de negocios. Edward insistió en venir esta noche y Tyler no encontró una razón suficientemente buena para negarse a su petición.

Con tremenda fuerza de voluntad, Isabella arrancó su mirada de la hipnotizadora de Edward. Él podía hipnotizar a la habitación entera con sus brillantes ojos negros, decidió mientras se ponía en pie y empujaba ineficazmente su pelo revoltoso lejos de la cara.

- A las tres en punto el miércoles, ¿de acuerdo? - Incluso su voz era temblorosa. Isabella sabía cuándo soltar amarras y huir. Edward Cullen era más de lo que ella podía manejar.

- Gracias, Isabella. - Tanya era sincera, intuitivamente no intentó retenerla más. Fuera lo que fuera lo que había entre Isabella y Edward ponía a Isabella visiblemente nerviosa.

Isabella había llegado casi a la puerta cuando los dedos como grilletes de Edward le rodearon la parte superior del brazo. Se había movido con todo el silencio y el sigilo de un cazador, velozmente, infaliblemente, derribando a su presa.

- Bailar o una escena, es tu elección. - Su voz le susurró sobre la piel como un guante de terciopelo, tentando, burlándose, una pecaminosa incitación masculina cuando sus palabras estaban tan en contradicción con la seducción de su voz. A él no le importaba si luchaba, si cada hombre del bar saltaba en su defensa; no iba a renunciar a su apretón. Lo supo instintivamente.

La gente... sus amigos... resultaría herida si intentaban interferir.

Había un filo en Edward esa noche, una advertencia clara en la forma misma en que la sujetaba. Su cuerpo estaba duro como una roca, su piel caliente. Había una cruda posesión en las profundidades de sus ojos, en la enorme fuerza de sus brazos. Isabella estaba acostumbrada a hombres que eran rancheros, hombres fuertes que solían tirar balas de heno a diestro y siniestro.

Edward Cullen era engañoso en su aspecto. Largo y esbelto, pero corría acero por su sangre y huesos. Tan pronto como Isabella sintió el calor de su pecho a través de la fina seda de su camisa donde la mejilla le rozaba el cuerpo, supo que bailar con él era un gran error. Su corazón dio un bandazo alocado y se tensó, intentando mantenerse lejos de él.

Edward simplemente la empujó mucho más cerca, tan cerca que podía sentir la calidez de su aliento contra la sien. Sentir el duro grosor de su erección presionada contra ella.

Honestamente. Casualmente. Como si no le importara en lo más mínimo que ella conociera la urgencia de las demandas de su cuerpo. Los dedos se le cerraron alrededor de la muñeca, manteniendo su mano apretada contra el corazón de él.

- Sssh. - Advirtió, su acento muy profundo, su voz tan ronca que el cuerpo entero de Isabella tembló de deseo. - No querrás que estos hombres se apresuren a tu rescate.

- Aun así, lo harían. - Obligó las palabras a salir de su boca. Por un terrible momento pensó que sus cuerdas vocales estaban paralizadas. Él era demasiado potente en un espacio cerrado como este. Nunca había visto a un hombre tan sensual. Pero era más que su buen aspecto. Más que su puro sex appeal. Había una peligrosa aura indómita aferrada a él. La olía en él, la sentía cerca de él. Como un animal, un merodeador salvaje. Era muy peligroso, no solo para ella, sino también para los demás. El conocimiento era profundo en su interior, elemental, infalible. No sabía de donde venía, pero confiaba en sus instintos.

Él inclinó su oscura cabeza hacia la de ella mientras la música latía a través de sus cuerpos y se apresuraba a través de su sangre.

- ¿Y si te digo que puedo leer tu mente? - Susurró las palabras, sus labios contra el pulso que tan frenéticamente latía en el cuello. Pequeñas llamas empezaron a lamer el cuello y los hombros de Isabella.

Cerró los ojos. La música los rodeaba, encapsulándolos en sábanas de satén que hacían que ardiera de deseo. Ardían juntos, lo sentía en el cuerpo de él. Bailar con él era una especie de tormento sexual. Podía oír su propia sangre palpitando en los oídos y su cuerpo se sentía derretir con fuego líquido.

- Tendría que llamarle mentiroso, Señor Cullen. Si hay algo que sé seguro es que no puede leer mi mente. - Y por ello estaría eternamente agradecida. Porque le deseaba con cada célula de su cuerpo. Deseaba sentir esa boca perfectamente esculpida aplastando la suya, esas manos moviéndose sobre ella, necesitándola, poseyéndola.

Edward la mantuvo cerca, su cuerpo dolorido por nuevas demandas. Esta mujer era la que le pertenecía. La tendría. Nunca se había negado a sí mismo ni una sola cosa que deseara en siglos de vida. Nada, ni una cosa, había despertado su interés en mil años, más incluso. Ahora cada momento de vigilia estaba ocupado con pensamientos sobre ella. Tormento. Pura y simplemente ella era tormento. Isabella Swan era suya y nadie la apartaría de él. Ni ahora, ni nunca.

Lo que le había dicho era verdad. Y resultaba sorprendente. Podía leer las mentes fácilmente, pero la de ella estaba parcialmente cerrada a él. Y ella lo sabía. El hecho le enloquecía, hacía que su temperamento vagara en su sangre entremezclándose con el ansia sexual y la lujuria que ascendía gradualmente. La tendría. Toda ella, no importaba lo que costase.

La guardaría para sí, haciéndole el amor cuando así lo decidiera. Alimentaría su hambre, la poseería. Suya. Ella le obedecería y nunca cerraría su mente a él una vez desentrañara sus secretos.

Edward se inclinó incluso más cerca de la tentación de la piel satinada. Cuando inhaló su fragancia, olió a primavera y bosque. Las montañas altas. Isabella era diferente, muy diferente de cualquier otra mujer que hubiera conocido. Un puzzle intrigante que disfrutaría resolviendo. Se tomaría su tiempo, tantearía su camino en esta situación poco familiar. Si se hacía necesario, simplemente la tomaría y volvería a su tierra natal. La familia de Edward mandaba allí; nadie intentaría interferir. De cualquier modo, no escaparía de él.

Isabella cometió el error de levantar la vista hacia los sensuales y apuestos rasgos. Había una rudeza en su mandíbula, un sello despiadado en su boca. En ese momento sus ojos estaban vacíos, duros y fríos. Se estremeció e inmediatamente él la empujó incluso más cerca haciendo que su cuerpo suave quedara impreso contra la dureza del de él.

- No puedo respirar. - Quería decirlo sarcásticamente, pero su voz la traicionó, un susurro, ronco, jadeante, espantado.

Edward la guió expertamente entre el tráfico de vaqueros borrachos sobre la pista de baile, directamente hacia las sombras más profundas. Su cabeza oscura se inclinó hasta que su boca descendió contra el pulso tentador de ella. Sus cuerpos se balanceaban juntos con la música, un oscuro y erótico tango que compartían. Él inhaló profundamente, tomando su fragancia en los pulmones, en cuerpo y alma, así la conocería en cualquier parte, la encontraría en cualquier parte. Profundamente en su interior el demonio alzó la cabeza y rugió reclamando la supremacía.

Ella podía saciar su hambre omnipresente. Detendría el vacío, el frío mundo gris, podría apagar la tormenta de fuego que ardía fuera de control en su sangre. La tendría a cualquier precio. Ella le pertenecía.

- Puedes respirar, querida. - Su voz fue suave, gentil incluso mientras sus brazos eran como bandas de acero. - Tienes miedo de tomarme dentro de tu cuerpo, miedo de mi posesión, pero llegarás a aceptarla. - Su acento era espeso, sexy, una tentación, y nadie la había tentado antes. Soltó un pequeño jadeo ante la elección de palabras de él, pero la yema de un pulgar le acarició el labio inferior, deteniendo eficazmente su protesta. La mente de él estaba trabajando en sus secretos. ¿Qué la protegía de su invasión? La protegería para siempre. Si tomaba su sangre, la tendría. Nunca escaparía de él. - No lo harás, sabes, nunca. - Lo dijo en voz alta, como si ella pudiera leer sus pensamientos, poniéndola a prueba, incluso mientras inclinaba la cabeza hacia su cuello.

Isabella sintió los dientes juguetear sobre su pulso, raspando hacia delante y atrás, mordisqueando, acariciando. Su cuerpo entero se tensó en respuesta. Su vientre latió y dolió. Sus pechos se hincharon, los pezones se tensaron en duros picos. Jadeando de puro shock ante su propia respuesta, Isabella inclinó la cabeza para mirarle. Su cara estaba oscurecida por el deseo, sus ojos ahora humeantes por la cruda intensidad del hambre. Tenía la mirada de un depredador innato. No intentaba esconderlo, o suavizarlo, simplemente fijaba la vista en su mirada horrorizada. De nuevo tuvo la extraña sensación de estar cayendo, de moverse hacia él, de abrazarle, invitándole a entrar en su mente y alma.

- ¡Aléjate de mí! - Siseó las palabras entre sus pequeños dientes apretados, repentinamente aterrorizada en una habitación llena de gente. Una habitación llena de duros vaqueros, cada uno de los cuales lucharía para protegerla. Profundamente, donde contaba, Isabella sabía que no ganarían contra él. Nadie le derrotaría. Ni en solitario, ni juntos. Ninguno sería capaz de salvarla de él si decidía tenerla a la fuerza. Edward Cullen era verdaderamente un hombre peligroso bajo un barniz muy fino de civilización. El conocimiento estaba allí, poderoso en su mente.

Él la sostuvo otro largo momento, saboreando la sensación de su cuerpo presionado tan cerca del suyo. Sus ojos eran hermosos, chispeando con un indicio de genio, pero más que nada temerosos.

- Piensas en escapar de mí, pequeña, pero no tienes ninguna oportunidad. Bien puedes aceptarlo como aceptas el aire que respiras en tus pulmones. Y no me gusta que me digas que no. Nadie me dice que no, y tú menos que nadie.

Ni era siquiera lo que estaba diciendo lo que la perturbaba, era la forma en que lo decía, el sonido de su voz, sexy, ronca, con un pesado acento.

Era la intensidad de sus ojos negros mientras se movían tan posesivamente sobre su cara.

- Entonces será mejor que se acostumbre. Vuelva a su casa, Señor Cullen. No puede tener a mis hermanos y ciertamente no les conseguirá intentando seducirme. - Dijo Isabella insultantemente, sus palabras se vieron amortiguadas por la fina seda de la camisa de él.

La dejó marchar, su risa fue suave, una burlona diversión masculina que taladró los oídos de Isabella con una especie de amenaza, de promesa. Alzó la barbilla, su expresión desafiante mientras giraba sobre los talones de sus botas desgastadas y cruzaba a zancadas la pista abarrotada. A medio camino de la puerta, Jacob la cogió desprevenida en su garra de oso. Jacob, el payaso perpetuo. Le conocía de toda la vida. El acomodadizo Jacob. El seguro Jacob. Jacob no movía la tierra o hacía pedazos montañas con un toque. Entró en la seguridad de sus brazos, concediéndole su baile, agudamente consciente de un par de ojos burlones que los seguían por la pista de baile. No habló, no podía, tan sacudida como estaba por su encuentro con Edward. Solo quería acurrucarse con alguien familiar y seguro.

Ni una sola vez esos ojos negros abandonaron su cara. Habían vuelto a ocultar toda emoción. Frío hielo. Duros. Vacíos. La mirada directa y concentrada de un cazador atrapando a su presa. Había algo muy peligroso en esos ojos mientras tocaban la cara de Jacob. Isabella se estremeció, temiendo de repente por el gran hombre oso que siempre había sido su amigo. Se empujó fuera de sus brazos, conducida por el miedo. Isabella intentó aparentar tanta normalidad cómo fue posible mientras se ponía de puntillas para besar la mejilla de Jacob antes de deslizarse fuera, al aire libre.

Cruzando el aparcamiento hacia el santuario de su camioneta abollado, Isabella maldecía en voz baja, montones de barbaridades impropias de una dama que los vaqueros le habían enseñado a temprana edad. Era imposible... había visto a Edward al otro lado del bar cuando salía por la puerta... pero allí estaba, apoyado contra el capó de su camioneta. Parecía perezoso y contento, no una masa de nervios como ella. Sus largas piernas estaban estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos, su ropa estaba impecable, vaqueros negros y camisa negra de seda, sus brazos cruzados en el poderoso pecho.

- ¿Sabes lo que el hostigamiento? - Nadie debería tener tan buen aspecto. Nadie. No era justo. Isabella no era de las que se desmayaban mirando a los vaqueros guapos; era una mujer ocupada, no tenía tiempo para desmayarse a sus pies. Además, ella era del tipo mandón independiente, según Alec, y todo hombre en cien millas a la redonda la temía por su lengua afilada. - No sé en tu país, pero en el mío, eso va contra la ley.

- ¿Y tienes mucha fe en esas leyes? - Su voz era muy tranquila, una pregunta humilde, casi gentil, pero ella oyó la chispa de humor.

- Supongo que tú estás por encima de la ley. - Exclamó ella, abriendo bruscamente la puerta de la camioneta. No iba a arrancar, lo sabía. Nunca arrancaba a la primera.

Él se movió entonces, un ondeo de músculos, pero estaba de pie junto a ella, acosando su cuerpo con su peso superior, el calor de su piel hizo que la sangre de Isabella captara el fuego.

Parecía deslizarse sobre el suelo, tan silencioso como un gato, su atención fija en ella con la misma intensidad que una bestia de la jungla cazando una presa nocturna.

- Tenemos un código del honor por el que se rige mi familia. Esa es la ley que me ata. - Le tocó el pelo con la punta de los dedos, cogiendo hebras de fina seda en su palma casi como hipnotizado. - ¿Alguna vez has sentido tu pelo? ¿Sentido realmente? Es verdaderamente hermoso.

Se quedó allí de pie, temiendo moverse o hablar, su cuerpo intranquilo por demandas poco familiares. Se aferró la puerta de la camioneta tan fuerte como pudo, necesitando algo sólido.

- Tengo que volver a casa con mis hermanos. - No estaba completamente segura, en ese momento, de si estaba pidiendo su permiso o no. Él era así de potente, de poderoso.

Sus dientes blancos perfectente rectos destellearon. Allí en la oscuridad parecía un señor de la noche. Su reino. Invencible.

- ¿Señorita? - La voz fue suave, pero sacó a Isabella de su estado hipnótico. Se dio la vuelta y vio a una joven vacilando cerca de ellos. - ¿Necesita ayuda?

Isabella la reconoció como la nueva camarera solo porque era una desconocida en un pueblo pequeño lleno de gente que Isabella conocía bien. Ni una sola vez miró a Edward, incluso cuando se produjo una pequeña oleada de poder y Isabella supo que él estaba influenciando a la mujer para que se marchara.

Edward extendió la mano y posó sus dedos alrededor del brazo de Isabella. Tú no quieres que nadie resulte herido.

La mujer volvió la cabeza entonces y se concentró completamente en Edward.

- Podría intentar hacerme daño. - Dijo ella, como si él le hubiera hablando en voz alta.

- Pero recibiría más de lo que diera. Si intenta hacerle daño a ella, encontraré una forma de hacérselo pagar.

Isabella estudió la cara de la mujer. Era joven, pero sus ojos eran viejos. De un sorprendente verde, casi verde mar, profundo y fantasmal.

- Gracias. - Dijo Isabella, lo decía en serio. - Puedo manejarle. Es de Brasil donde las mujeres caen a sus pies todo el tiempo. Está sorprendido de que yo no lo haga. Soy Isabella Swan, por cierto.

Los dedos de Edward se apretaron sobre Isabella, pero estaba observando a la otra mujer con una mirada oscura y preocupada. Isabella de repente tuvo miedo por ella.

- Quizás te vea por ahí, Isabella. - Dijo la mujer. Se volvió y se alejó lentamente sin dar su nombre.

- Te oyó. - Dijo Isabella. - Cuando hablaste, telepáticamente, ella te oyó. En toda mi vida, tú y tu hermano sois las primeras personas que conozco que son como yo. Y Ahora esta mujer. ¿No es una extraña coincidencia?

- No creo en las coincidencias. - Dijo Edward. Su mano se deslizó por el brazo de ella mientras veía como se marchaba la otra mujer.

Isabella sintió un agudo tirón de celos. Era irrazonable, estúpido... posiblemente bordeaba la locura y francamente la volvía loca. Quería alejarse de Edward Cullen más que nada. Se lanzó al interior de la cabina, aferrando el volante en busca de apoyo. La camioneta arrancaría. Absolutamente arrancaría. Tomó un profundo aliento y giró la llave. El motor llevó a cabo su acostumbrada protesta. Lo forzó, decidida a que arrancara. Nada desafiaba a Isabella Swan cuando estaba de ese humor. El motor arrancó y lo aceleró cuidadosamente, una veloz y triunfante sonrisa cruzó su cara. No pudo evitar mirarle con aire satisfecho mientras daba marcha atrás saliendo del aparcamiento y se dirigía a casa.

Edward observó pensativamente como la vieja camioneta desvencijada desaparecía girando la esquina. La repentina oleada de poder que vibró en el aire cuando arrancó el motor habría sido imposible de pasar por alto. ¿Sabía ella lo que estaba haciendo? Isabella Swan era única entre los humanos. Poseía cualidades, talentos que no se había esperado. Había habido rumores de que su familia no estaba completamente aislada. Había oído, aunque ninguno de ellos lo había creído realmente hasta que Emmett había encontrado a su compañera, que había humanas que poseían ciertos raros dones que las capacitaba como compañeras para los hombres de su raza. Isabella no solo era telepática, sino que podía llevar a cabo también toda una variedad de cosas. ¿Y quién era la misteriosa mujer que había desafiado su autoridad sobre Isabella?

¿Amiga o enemiga?

Edward y sus cuatro hermanos eran inmortales. Desde su hogar en las Montañas de los Cárpatos, había viajado voluntariamente a Sudamérica cuando era una tierra salvaje y sin ley plagada de vampiros, lejos de su tierra natal y su raza. Los antepasados de la familia Denali de hoy en día ya habían accedido a llevar sus vastas haciendas durante las horas diurnas. A cambio, los hermanos Cullen proporcionaban protección y riqueza a aquellos miembros de la familia Denali que permanecían leales a ellos. En los años siguientes, Edward ciertamente había cazado incontables vampiros, hombres de su raza que deliberadamente habían elegido la oscuridad y se habían vuelto totalmente malvados.

Recorrió el aparcamiento con la mirada, nublando su imagen para que los pocos rezagados no pudieran verle, y, con la facilidad de la larga práctica, se lanzó hacia el cielo.

Cambiando de forma sobre el viento, dando un rodeo una vez y después volando por el cielo nocturno. Isabella Swan era diferente a cualquier cosa que hubiera experimentado nunca. Era la primera vez en su larga vida que pudiera recordar que no estar seguro de cómo proceder. Las emociones eran nuevas y crudas, los colores vívidos y cegadores, su cuerpo estaba vivo y plagado de una implacable hambre sexual. Era asombroso estar en su compañía, tenerla en su mundo. Quería pasar cada momento con ella, pero no podía controlarla como hacía con todo y todos en su reino de existencia. Pero lo haré. Envió ese pensamiento volando por delante de él en la noche. Una promesa. Una necesidad. Un voto.

Isabella aferró sombríamente el volante, su mente era un completo caos. Algo iba muy, muy mal con Edward Cullen. Ciertamente era el epítome del encanto latino. Podía sacar a una mujer de sus casillas a cincuenta pasos de distancia. Todo en él gritaba pecado y sexo.

Masculló imprecaciones impropias de una dama en voz baja. Ella era una mujer práctica, ciertamente no alguien fácil de derrotar por la atracción física. Este hombre estaba utilizando su encanto para salirse con la suya. Quería a Alec y Alice y con ellos, su rancho. Era lo bastante cruel como para utilizar cualquier método posible para conseguir lo que quería.

Isabella gimió en voz alta. Ciertamente había demostrado ser totalmente susceptible a su sex appeal. Había actuado como cualquier otra mujer en un radio de cien millas a la redonda, lanzándose sobre él. Miró fijamente al espejo retrovisor para ver si su cara era de un brillante carmesí a causa de la vergüenza. Durante una fracción de segundo vio unos ojos mirándola.

Totalmente negros. Sin parpadear. Helados. Los ojos de un cazador implacable. En las profundidades de esos ojos fijos había malvadas llamas rojas titilando y creciendo. La mirada estaba fija en ella; ella era su presa, indefensa y débil ante tan implacable fuerza.

El corazón de Isabella martilleó fuerte y ruidoso. Casi hizo girar el volante saliéndose de la carretera al girarse para mirar atrás al asiento trasero de la camioneta. No había nada allí.

Había visto antes esas llamas rojas, sentido el estremecimiento de miedo, de aprensión. Un viento batía las montañas, golpeando su cara a través de la ventana abierta, un amenazador portento de las cosas por venir.

Resueltamente presionó el pedal del acelerador a fondo, avanzando a tumbos, los resortes del asiento chillaron entonados con la radio que había encendido. Por mucho que lo intentaba, Isabella no podía evitar comprobar continuamente el retrovisor en busca de ojos implacables. Ya tenía suficientes preocupaciones sin ver cosas raras. Tantos detalles habían ido mal en el rancho últimamente... La desaparición de Pete cuando necesitaba tan desesperadamente una mano extra, el pago total de la hipoteca, y el grupo de Sudamérica saliendo de ninguna parte exigiendo a los chicos. Se pasó una mano por el pelo, apartándoselo de la cara. El viento soplaba las sedosas hebras justo de vuelta hacia ella.

Algo iba terriblemente mal en el rancho. Lo sabía, lo sentía, pero ¿cómo podía hacer que Ben entendiera que ella simplemente sabía cosas? Como el accidente de avión. Había sabido al momento que había un problema. Había sabido al momento que su madre estaba muerta.

Había sido la que encontrara los restos, sabiendo que su amado padrastro estaba aferrándose la vida y esperando por ella. ¿Cómo podía explicar cómo sabía las cosas? ¿Cómo podía explicar a nadie las cosas que podía hacer?

Por un momento una emoción salvaje fluyó salida de ninguna parte, cegándola inesperadamente cuando ella cuidaba tanto de estar controlada. Sentía las lágrimas ardiendo en sus ojos, la garganta apretada, el pecho pesado como una piedra. La soledad la golpeó con fuerza. Estaba tan aislada, tan sola. No había nadie con quien pudiera compartir qué o quién era ella. Isabella luchó desesperadamente por controlar el ardor de su pecho. No se atrevía a perder el control, perdería el control. Podía ser peligroso, muy, muy peligroso.

La carretera polvorienta que conducía a su rancho surgió delante con la verja cerrada y asegurada. Miró alrededor en la zona solitaria solo una vez más, asegurándose de estar completamente sola. Frenando la camioneta, Isabella se inclinó fuera por la ventanilla y miró con intensidad el cerrojo y la pesada cadena que rodeaba la verja. Esta tembló una vez, después cayó.

La verja se balanceó abriéndose hacia adentro, despejándole el camino. Con una uña mordisqueada golpeteó un ritmo en la puerta oxidada mientras empujaba la camioneta hacia adelante. Se asomó por la ventana concentrada en cerrar la verja tras ella, agradeciendo tener ciertos talentos útiles. Venían bien en medio de la lluvia en las noches en las que estaba demasiado cansada como para fingir que era normal.

El viento sopló una vez más y sintió unos ojos sobre ella. El olor de un cazador. Algo, alguien estaba fuera en la oscuridad y había vuelto su atención hacia ella. Quizás era la perturbación de poder en el aire cuando utilizaba sus extraños talentos lo que atraía atención indeseada en su dirección. Isabella solo sabía que algo iba muy mal, y la maldad acechaba a su familia. Ella era la única protección que Alec y Alice tenían. Los quería y los protegería ferozmente. De cualquiera. De cualquier cosa.

Con un suspiro condujo el resto de la distancia hasta la casa del rancho. El perro de Alice, King, un collie escocés, se apresuró a ladrar un saludo. Descansó la cabeza contra el volante durante un momento intentando absorber las vibraciones en el cielo nocturno. ¿Qué estaba ahí afuera, cerca, vigilando su rancho, marcando a su familia? ¿Por qué no podía determinar la dirección de la que provenía? Sabía que algo estaba vigilando, pero no podía precisar el problema. Isabella sabía cosas. Sabía que la vaca del granero pronto iba a dar a luz y no iba a ser un parto fácil. Sabía cuándo iba a llover y cuando tenía que sacar el heno de los campos.

Palmeando al perro, se abrió paso hacia el porche. Alec estaba esperando por ella en el balancín del porche. Su forma alta y larguirucha estaba estirada, tenía el sombrero caído sobre los ojos. Los brazos doblados sobre el pecho. Isabella se quedó allí mirándole, el amor por él fluyendo dentro de ella. Era un hermano asombroso. Parecía tan joven y vulnerable cuando estaba dormido. Le tocó el hombro gentilmente.

Alec despertó con un sobresalto.

- Solo estaba descansando los ojos. - Dijo, su sonrisa le iluminaba la cara mientras se echaba el sombrero hacia atrás con el pulgar. Había visto el gesto en una película del oeste y lo había copiado desde entonces. Había sido alrededor de los siete años y Isabella no tenía corazón para recordarle los orígenes de ese tic. En cualquier caso, lo encontraba cautivador.

- Tanya Stanley es una mujer muy agradable, Alec. Me he encontrado su marido, por supuesto, muchas veces, pero nunca con ella. ¿Qué opinas de ellos?

El suspiro fue audible en el silencio de la noche.

- Lo que creo es que le dijiste a esa mujer que darías clases a su hija incluso a pesar de que estás completamente abrumada. Eso es lo que creo, Isabella.

Isabella se frotó la frente, evitando sus ojos.

- Bueno, la chica tiene la edad de Alice y Alice está muy sola.

- Isabella, no puedes hacerlo. Ya te estás matando. ¿Crees que no sé qué te levantas en medio de la noche? No puedes con más.

- Ofrecen un buen dinero, Alec, y Alice necesita una amiga. Pensé que podía pasar un rato en cada lección con la chica y después dejar que Alice se haga cargo. No debería llevar mucho tiempo.

Alec gimió en voz alta.

- Estás realmente loca, Isabella, pero no se gana nada discutiendo contigo. - Mantuvo la puerta abierta. - Comprobé las cercas, hice la ronda así que puedes irte a dormir.

Ella le lanzó una sonrisa rápida.

- Gracias, Alec, esta noche estoy cansada. - Se inclinó para besarle la mejilla. – Lo aprecio, de veras.

- Te daría un sermón. - Dijo él. - Pero me gusta Tyler Stanley. Ya que es nuestro vecino, bien podemos ser amigables. - Isabella estalló en carcajadas, él fue sonido suave y bastante cautivador. Alec se encontró a sí mismo con una gran sonrisa en la cara.

- Solo dices eso porque quieres otra víctima a la que atrapar encasquetar nuestro equipo averiado.

- ¿Me estás acusando de tener un motivo ulterior? - Hizo lo que pudo por aparentar inocencia.

Isabella señaló a King el granero. Normalmente el collie dormía en el suelo de la habitación de Alice, pero Isabella había estado tan preocupada últimamente que le utilizaba como guardia nocturno. Alec la observó señalar al perro con un ceño en la cara.

- Realmente estás preocupada, ¿verdad, Isabella?

Ella se encogió de hombros casualmente.

- Simplemente creo que es mejor asegurarse que lamentarse, Aleco. Ben dice que cree que son una panda de críos gastando bromas.

Alec bufó su protesta.

- Ben siempre culpa a los adolescentes. ¿Qué le ha picado con eso?

Isabella rió de nuevo, llenando la casa con su sonido cálido.

- Deberías haberle visto de adolescente. Era el chico malo de la escuela. Simplemente piensa que todos son como era él.

Alec sacudió la cabeza y abrió la puerta de su dormitorio.

- No puedo imaginarle de adolescente. Ni siquiera sabe cómo sonreír. Buenas noches, Isabella, realmente necesitas irte a la cama.

Ella inclinó la cabeza ocultando su diversión ante el tono autoritario del chico.

- Buenas noches, Alec.

.

.

.

Esto será todo por hoy chicas! Aún les debo otro cap de Daddy y dos caps de Serie: La Manada. Así que estén atentas mañana por nuevas actualizaciones!

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!