No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

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Isabella suspiró y echó las mantas hacia atrás. Por un momento su mano se demoró en la hermosa colcha hecha a mano que cubría su cama. Su madre la había encargado de Paris. Una diseñadora muy famosa pero esquiva la había hecho. Recordaba muy vívidamente su necesidad de poseer la colcha después de haberla visto anunciada en una revista. Isabella había sabido que tenía algo especial, casi como si poseyera un poder propio. Su madre y su padrastro se la habían regalado por su décimo cumpleaños e Isabella la apreciaba por encima de todas sus demás posesiones. Junto con la rara belleza y sensación única de confort y seguridad que le proporcionaba, la colcha era un símbolo del amor de sus padres por ella.

Se estiró lánguidamente y vagó por el suelo de madera hasta su ventana abierta. El viento sopló las finas cortinas interiores de encaje. Llevaba puesta la parte baja de un pijama y un pequeño top ajustado. Se soltó lentamente el pelo largo mientras miraba por la ventana hacia la noche. Le encantaban las montañas por la noche, siempre místicas y misteriosas. Un velo de fina niebla blanca amortajaba las altas cordilleras. Estaba rodeada de gigantes, su rancho acurrucado en un profundo valle. Extendió los brazos hacia la alta fila de montañas, alzando la cara hacia la brillante media luna.

La preocupaban tantas cosas que no podía dormir. Estaba exhausta y aun así decidida a estar en pie a las cuatro y media. Se apoyó en la repisa de la ventana, contemplando las estrellas.

No se lo había dicho a Alec, pero después de alimentar al ganado, tenía intención de ir a las colinas y buscar al viejo Erik. Había estado haciendo batidas por el rancho en los últimos tres días, levantándose antes y dedicando tanto tiempo como podía escatimar en buscar rastros de él.

Apesar de lo que decía Ben, Isabella no creía que Erik se hubiera ido simplemente de parranda a emborracharse.

Erik estaba al final de la setentena, su cuerpo atacado por la artritis a causa de sus días de rodeo. Tenía un hogar con Isabella, una cama caliente, un techo, buena comida, y el trabajo del rancho le hacía sentir útil. Era un hombre que conocía el significado de la palabra lealtad. Estaba segura de que nunca abandonaría el rancho, especialmente sabiendo que Isabella estaba en peligro de perder su casa. Nunca desertaría. Simplemente Erik no haría eso. Isabella temía que estuviera enfermo o herido en alguna parte de la propiedad.

En el gran roble al otro lado del patio desde su ventana, un pájaro batió sus alas, atrayendo su atención. El pájaro tenía una cara redonda como un disco con un plumaje muy pronunciado. No era una lechuza sino algo más grande. Muy grande. El extraño pájaro podría pesar fácilmente veinte libras. Lo miró fijamente, y él le devolvió la mirada. Podía ver sus ojos, redondos y de un negro brillante. Estaba familiarizada con los pájaros de su rancho y nunca había visto uno como ese. De no saber que era imposible, pensaría que era un águila real. Isabella se inclinó del todo sobre la repisa de la ventana, concentrándose en el pájaro.

Lo estudió atentamente mientras sintonizaba su mente con el rapaz. El pico era de aspecto malvado, curvado y afilado, las garras enormes donde se cerraban alrededor de la gruesa rama del árbol. Había una aguda inteligencia brillando en esos ojos. El aliento de Isabella quedó atrapado en su garganta, el corazón le latió de repente con excitación. Las águilas reales vivían en el bosque pluvial del Amazonas, volando grácilmente, ágilmente entre los árboles. Eran incuestionablemente los pájaros más formidables del mundo, capaces de coger monos, serpientes, incluso perezoso como presa. No era posible, pero cuando más lo estudiaba, más segura estaba. ¿Qué demonios haría un águila de Sudamérica en peligro de extinción en las Montañas Cascadas?

Isabella continuó mirando a la criatura, manteniendo el contacto visual, suspirando suavemente, más con la mente que con la voz. Con frecuencia atraía todo clase de animales hasta ella, susurraba a los caballos, ovejas, y ganado, atrayendo animales salvajes cuando estaba sola.

Llamó al pájaro, sorprendida por su tamaño. Era en realidad bastante hermosa. Salvaje. Indomable. Poderoso. Temía que pudiera estar herida de algún modo para vagar tan lejos de su territorio nativo.

Profundamente dentro el cuerpo del pájaro, Edward Cullen sonrió. Isabella había mordido el anzuelo. Estaba llamando al pájaro a ella, utilizando un vínculo mental poco familiar para él, pero el rastro de poder conducía directamente de vuelta a la mente de ella y le proporcionaba la abertura que necesitaba. La llave para desentrañar sus recuerdos, para tomar el control. Ella nunca le invitaría a entrar en su casa voluntariamente, pero estaba invitando al pájaro. Una vez invitado a entrar, tendría incluso más control sobre Isabella. En el cuerpo de la gran águila, extendió sus enormes alas y despegó de la rama del árbol. Vio la cara de ella, alarmada por el súbito movimiento, bebiendo de la belleza de águila real en vuelo. Volando alto en círculos, bajó en espiral en una lánguida demostración y aterrizó en el antepecho de la ventana, hundiendo las garras profundamente en la madera. Lentamente, majestuosamente, el águila plegó las alas.

Isabella se veía hermosa a la luz de la luna. A la débil luz plateada parecía una joven diosa pagana ofreciendo un sacrificio, un homenaje a los altos picos. Su piel parecía suave, brillaba hacia él con una invitación a ser tocada. Dentro del cuerpo del pájaro, se le tensó el estómago apasionadamente. El deseo era una fiebre en su sangre. Oscura y fuera de control cuando más necesitaba refrenarse. La inocencia de ella le sacudía, pero le atraía. Era suya. Hecha para él. Exclusivamente para él. Solo Isabella Swan podría librarle de las sombras oscuras de su alma.

Isabella clavó los ojos en el pájaro, encantada. Era un poco atemorizante tener al ave de presa tan cerca. Ya no estaba totalmente segura de estar a salvo. Muy cuidadosamente dio dos pasos hacia atrás, el sonido de su corazón alto a sus oídos. Era un pájaro asombroso, enorme y muy intimidante. Isabella obligó a su mente a calmarse mientras lo examinaba. No parecía estar herido en modo alguno. No daba la impresión de estar hambriento o dañado. La miraba tan intensamente como ella le miraba a él.

Edward observó la lengua de Isabella humedecer el labio inferior lleno. La acción tensó su cuerpo incluso más y convirtió su sangre en lava ardiente. No podía controlar su reacción a ella.

Era muy consciente de que eso le hacía más peligroso de lo que había sido nunca. Necesitaba mantener el control todo el tiempo. No quería arriesgarse a hacerla daño. Era una tentación en sí misma, allí de pie con los pies descalzos, con apariencia tan joven, hermosa y ligeramente asustada. Sintió que el corazón le daba un vuelco, cada instinto protector fluyó hacia arriba. No sabía que tuviera instintos protectores. Ella estaba haciéndole cosas tan rápido que no podía ajustarse.

Edward estaba decidido a tenerla bajo su control. La quería para sí, lejos de todos los demás, donde pudiera ocuparse lenta y cuidadosamente de lo que quería hacer con ella. La tendría. La encarcelaría, decidió, era la única forma de que fuera suya, bajo su cuidado, bajo su dominio. Había una feroz necesidad en él, hambrienta y creciendo a cada momento, encadenarla a su lado.

Isabella podría sentir su corazón palpitando con fuerza, pero era más que la excitación del miedo. Debía ser miedo, el pájaro era un verdadero rapaz, pero era magnífico. Trabajó duro en encontrar un camino hasta su cerebro, enviando oleadas de tranquilidad, intentando mantenerle tranquilo. El ave brincó de la repisa de la ventana hasta el suelo de madera manteniendo todavía los ojos fijos en su cara.

¡Tenía ojos negros! Redondos, brillantes y muy inteligentes ojos negros. Clavó la mirada en ellos durante dos minutos completos. Eso no era normal, estaba seguro. Muy lentamente, para no sobresaltar a la criatura, retrocedió por la habitación hasta su estante de libros. Todavía mirando al pájaro, deslizó los dedos sobre los libros hasta encontrar el que buscaba. Sacándolo del estante a su mano, volvió las páginas hasta la entrada misma que su mente estaba buscando. Extrañamente, el pájaro continuaba observándola igual de fijamente, con inteligencia en la mirada mientras observaba las páginas del libro abierto en su mano. Colocó el libro ante de ella y bajó la mirada para examinar la fotografía del águila real. Los ojos eran redondos y brillaban con inteligencia, pero no eran negros. Los ojos de la fotografía eran de un ámbar brillante con pupilas negras. Contuvo el aliento lentamente. Algo iba mal con su pájaro.

Aún así no estás ciega, ¿verdad? Envió las palabras, imágenes a la criatura. Estaba observándola demasiado atentamente para ser ciega.

Esta se movió entonces, casi triunfante. El corazón de Isabella saltó en respuesta. Por un momento se sintió amenazada de algún modo indefinido. Creyó haber captado una expresión fugaz en los ojos del águila y entonces esta brincó de vuelta a la ventana y se lanzó al cielo. Para ser un pájaro tan grande, la asombraba lo perfectamente silenciosa que era. Voló en círculos durante un momento, subiendo más y más alto hasta convertirse en un simple punto. La observó hasta que desapareció.

Isabella se sentía inexplicablemente solitaria mientras volvía a trepar a la cama. Sus dedos tiraron de la colcha, buscando confort. El libro yacía sobre la cama a su lado. Tamborileó sobre la portada con los dedos antes de colocarlo con un ondeo de la mano de vuelta al estante. La telequinesis era un talento muy útil. Lo había descubierto a temprana edad. Con frecuencia hacía que juguetes danzaran por la habitación cuando estaba sola. Una vez, se lo había mostrado a su madre, orgullosa de su habilidad. Su madre había aparentado deleite, pero Isabella pudo leer la preocupación en su mente. Aprendió a temprana edad que era "diferente" y la gente no toleraba muy bien las diferencias. Miró hacia la ventana abierta tristemente. Estoy tan sola. Envió el lamento sincero haciendo que se deslizara en las alas de la noche.

Había otras cosas que podía hacer. No cosas agradables. Cosas sobre las que su madre la advirtió muchas veces. Isabella era ahora mayor y sabía que el control era muy necesario.

Nunca había bebido alcohol en su vida y nunca lo haría. No podía permitirse que alguno de sus inusuales dones aflorara inesperadamente.

Suspiró y volvió la cara en la almohada. Habría sido agradable tener a alguien con quien hablar. Con quien ser ella misma. Solo una vez. Solo un momento, ser quien, y lo que era, en vez de tener tanto miedo de traicionarse a sí misma. Echaba de menos a su madre. Las lágrimas fluyeron salidas de ninguna parte y Isabella odiaba eso.

Querida, ¿por qué estás tan triste esta noche? La voz era pesada a causa del acento, musical, un susurro de incitación. La oyó tan claramente como si las palabras hubieran sido pronunciadas en voz alta.

Isabella se tensó, revoloteaban mariposas en su estómago. Abrió los ojos, buscando entre las sombras en su habitación. Parecían vacías al principio, pero entonces sintió una mano rozar una persistente caricia en su cara, las puntas de los dedos dejaron un rastro sobre su piel mientras apartaban mechones de pelo sedosos de su frente. Se sentó, empujando a la sombría figura inclinada sobre ella. El pecho amplio era real y muy sólido. ¿Cómo podía no haber notado su presencia?

—¿Qué demonios estás haciendo en mi habitación? —Siseó las palabras muy calladamente, temiendo que Alec la oyera he irrumpiera con un arma.

Me llamaste. Deliberadamente Edward utilizó el método más íntimo de comunicación telepática, decidido a fortalecer su vínculo. Oí tu llamada. Sentí tus lágrimas. ¿Por qué estás tan triste esta noche?

Él era demasiado real y sólido en los confines de su pequeño dormitorio. Su fragancia masculina se aferraba a las esquinas, su voz le rozaba la piel, y las entrañas como negro terciopelo. No eran solo las palabras, era literalmente el sonido de su voz. Una seducción, una intimidad hurtada a la noche. Se derramó sobre ella y en ella para confundirla. Nadie nunca la había hecho sentir tan consciente de su cuerpo, tan femenina, tan flagrantemente sexual.

Parpadeó para mantenerle enfocado. Parecía sustancial al tacto, pero en la oscura habitación, su figura sombría se emborronaba como si fuera parte de la noche misma. No es real. Isabella tuvo el buen sentido de tener miedo. Era como un sueño, tanto que se clavó las uñas en las palmas de las manos para asegurarse de estar despierta.

—¿Cómo entraste aquí? —En el momento en que habló en voz alta, deseó no haberlo hecho. Su voz era ronca, sexy, no completamente suya. Una invitación. Su corazón atronó a un ritmo veloz. El calor de su cuerpo se hacinaba tan cerca de él caldeando su piel a pesar de la frescura del viento. Debería haber estado furiosa, estar yendo a por el arma ella misma, en vez de eso, estaba hipnotizada por él, por su sobrecogedora sexualidad.

La mano masculina se cerró alrededor de la nuca de Isabella. Posesivamente. Como si tuviera derecho sobre ella. Su cuerpo se volvió flexible, suave en reacción. En toda su vida, nunca había respondido tan sexualmente a nadie. Le ansiaba hasta el punto de parecer ser un anhelo que no podía controlar. Isabella se sentó allí indefensa, atrapada en las profundidades de sus ojos negros. Estaba cayendo hacia adelante, su cautiva, para siempre su prisionera. En ese momento está dispuesta a ser su prisionera. La cabeza oscura se inclinó muy lentamente, implacablemente hacia la de ella. Pudo ver la longitud imposible de sus pestañas, sus labios pecaminosos, la sombra azulada de su mandíbula. Sentía el cuerpo pesado y dolorido y exigiendo cosas de las que poco sabía. Él estaba totalmente fuera de su liga. Un hombre como Edward la consumiría, la utilizaría, la haría tan completamente suya que nunca podría pertenecer a otro. Debería haber gritado para que vieran Alec y su pistola.

En vez de eso cerró los ojos y permitió que la boca de él tomara posesión de la suya.

Bajo ella la cama se tambaleó y meció como si la tierra se hubiera movido. Fue barrida por una ola gigante de pura sensación, hasta un mundo sensual más allá de su comprensión. Su cuerpo ya no le pertenecía a ella sino a él. Los colores se arremolinaban y danzaban y la habitación giraba. Y estaba viva. No era simplemente su cuerpo el que ardía por el de él, sino su mente, anhelante, extendiéndose hacia él, su alma gritando por él. Sintió un curioso cambio en su interior, una fusión, dos mitades encajando perfectamente. Sintió sus brazos apretarse como dos bandas de acero, un salvajismo creciente en él. Comprendió que no solo estaba ganando posesión sobre ella, sino también control. Se estaba perdiendo a sí misma, deseado fundirse profundamente con él, deseando ser lo que fuera que él necesitara, hacer lo que fuera que él quisiera.

Edward se perdió en su dulzura. Ella era calor y miel, fundiéndose con él, envolviéndose alrededor de su corazón hasta que supo que nunca estaría completo sin ella. Su boca se movió hacia la comisura de la de ella, a lo largo de la barbilla hasta la garganta vulnerable. Ella le anhelaba, ardiendo como ardía él. Su pulso le llamaba. Ella pensaba que era un sueño erótico y él alimentó la neblina en su mente, alimentó la ilusión de un sueño, incluso mientras su cuerpo pulsaba de deseo y excitación. Permitió que su hambre se agudizara mientras forzaba el cuerpo femenino contra el colchón. Ella luchó solo durante un momento, un conato de resistencia. Tomó cruelmente su mente, besándola hasta que quedó flexible y dispuesta. Su boca era implacable sobre la de ella, exigiendo besos, tomando su respuesta en vez de pedirla. Le extendió los brazos sobre la cabeza y le sujetó juntas las muñecas para mantenerla cautiva bajo él.

Isabella Swan poseía una mente con una guardia compleja, una guardia que necesitaba cruzar para reclamarla como suya. Había tenido éxito al ser invitado entrar en su casa de forma voluntaria. Había logrado con éxito encontrar el camino hasta su mente. Ahora iba a tomar lo que necesitaba para abrir la puerta que ella mantenía cerrada. Nada le detendría. Ni el chico que dormía tan inquietamente en la habitación de al lado. Ni siquiera la propia Isabella, medio sacudida por sus deseos y necesidades poco familiares.

Isabella estaba tan firmemente envuelta en su cuerpo que no estaba segura de donde terminaba ella y empezaba él. La boca de él quemó un rastro de fuego por la garganta hasta su cuello. Sintió el pellizco de sus dientes fuertes, la caricia arremolinada de su lengua. Una oleada de calor líquido la llamaba y era incapaz de detenerlo. Giró la cabeza, deseando su boca, deseando que la besara de nuevo, pero él la sujetó con facilidad, sus ojos negros vagaban posesivamente sobre su cara. Las oscuras necesidades de él la hacían estremecer. Había tanta hambre sexual, una pasión implacable en sus ojos pesadamente empañados. El corazón le palpitaba salvajemente, pensó en luchar con él. Antes de poder moverse, él inclinó de nuevo la cabeza con deliberada lentitud hacia su cuello esbelto. Al momento sintió un dolor feroz, una llamarada blanca extendiéndose por su sangre que la hizo gemir, haciendo que su cuerpo se ondeara de placer, con un deseo tan intenso que quiso gritar.

Edward apretó su garra sobre ella, atrapándola contra él mientras tomaba la esencia de su vida para siempre, a su cuidado. La deseaba, deseaba tomar su cuerpo, poseerla completamente.

No era simplemente deseo. Era necesidad. Era una urgente demanda tan elemental como la tierra y el cielo. La necesitaba. Su mano se deslizó bajo la fina tela del top acunando el peso de un pecho en su palma. La sangre de ella fluyó en su interior como néctar y se permitió disfrutar de su exquisita belleza, el sabor y la fragancia de ella. La sensación de su piel suave contra la de él.

Se le endureció el cuerpo con un deseo salvaje y poco familiar. Enseguida su apetito sexual creció, deseos eróticos llenaron su mente, sus células, inundándole con imágenes de tomarla de todos los modos posibles, de tenerla donde y cuando quisiera. Nunca había pensado en las cosas que necesitaría o querría de una mujer, pero ella provocaba oscuras pasiones y un hambre enervante en él.

Edward nunca había necesitado nada o a nadie en su vida. Había dedicado su vida a proteger a los mortales de los demoníacos vampiros. Conservaba recuerdos de su amor por sus hermanos. Conservaba recuerdos vagos de su tierra natal. Tenía su honor. Se alimentaba. Existía.

Sus hermanos eran exactamente como él. Pero ahora él estaba abriendo la mente de Isabella Swan y lo que encontraba allí le asombraba. Le sorprendía. Ella era todo amor y comprensión. Sus pensamientos eran principalmente para otros, su necesidad de servirles y ayudarles. Allí donde él deseaba salirse con la suya en todo, donde creía a los otros inferiores a él, ella era luz y bondad. Le hacía avergonzarse de su naturaleza depredadora.

Isabella ya no estaba segura de estar soñando. Nunca podría haber conjurado una fantasía tan erótica como Edward Cullen. Él la mantenía sumisa, una dominación sexual que era a la vez ruda y tierna. Exigía su respuesta, buscaba su respuesta, en vez de persuadirla. Y ella parecía incapaz de detener la gigantesca ola de pasión que él desataba en ella.

Empezó a luchar, temiendo perder quién y qué era. Él parecía estar deslizándose en el interior de su mente y enredándose profundamente en su interior haciendo que temiera no volver a ser nunca libre. Era enormemente fuerte y cuanto más se movía su cuerpo contra él, más fuerte se volvía su agarre. No la hacía daño, pero se negaba a soltarla. Intentó salir del sueño, temiendo la forma en que su cuerpo respondía a él, incluso cuando estaba siendo bruscamente dominante, pero no podía arreglárselas para despertar y salvarse a sí misma. Y una parte de ella sabía que despertar sería salvarse a sí misma.

Edward alzó la cabeza lentamente, sus ojos negros ardían con feroz posesión. Inclinó la cabeza para captar las gotas gemelas de sangre que corrían hacia las elevaciones del pecho. Su lengua jugueteó sobre la marca que había dejado deliberadamente. Una marca. Su marca de propiedad. El agente sanador de su saliva cerró los diminutos pinchazos. Sus brazos la sostuvieron fácilmente, su fuerza era enorme. Ella era muy pequeña, y sorprendentemente fuerte para su tamaño, aunque sus luchas no eran nada para él. Puro sin sentido, apenas registrado.

Le cogió la barbilla firmemente y obligó a sus profundos ojos verdes a encontrarse con los suyos. Incluso mientras lo hacía, su mente se sintonizó hacia el vínculo con la de ella, empujando afilada y profundamente, tomando el control. Tomarás lo que te ofrezco. Dio la orden mientras utilizaba una uña alargada para abrirse el pecho. Presionándole la boca hacia el oscuro líquido que les uniría para siempre, Edward la obligó a tragar cruelmente. Cerró los ojos cuando la boca se movió contra él, el cuerpo de ella era tan parecido a satén ardiente que apenas pudo contenerse. Un gemido escapó, y sus manos se movieron sobre la piel femenina explorando las suaves y cremosas curvas.

Tan perdido como estaba en sus propias necesidades y deseos, Edward casi se perdió el movimiento de la jovencita en la habitación del otro lado del vestíbulo. Las pesadillas se entrometían, y ella gritaba, removiéndose sobre su cama, con lágrimas corriéndole por la cara.

Su cuerpo estaba tan duro y tenso de deseo que casi no oyó la intrusión.

Sorprendentemente, Isabella se movió, atravesando la oscura neblina de su extraño y terrorífico sueño. Empezó a luchar contra la niebla, sintiendo el sueño inquieto de Alice. Edward maldijo elocuentemente en voz baja mientras se cerraba la herida del pecho con su propia saliva.

Gentilmente, casi tiernamente tendió a Isabella de vuelta sobre las almohadas. Estaba muy pálida, su pelo rojo extendido a su alrededor como un halo feroz. Le había dado suficiente de su poderosa sangre ancestral como para un intercambio, pero no la suficiente como para reemplazar el volumen que había perdido. Incapaz de detenerse, inclinó la cabeza oscura hacia la hinchazón de su cremoso y redondeado pecho. El corazón de ella atronó bajo su boca errante mientras injustificablemente la marcaba por segunda vez. Nunca había estado tan dolorido, tan necesitado en toda su existencia.

Con un suspiro de resignación, se fundió entre las sombras, ondeando la mano para tranquilizar los sueños de la niña y enviar a Isabella a un sueño profundo. Inclinándose, rozó un beso sobre la frente de ella incluso mientras dejaba una caricia sobre su marca en el cuello y una segunda sobre la hinchazón del pecho con la punta de un dedo, con gran satisfacción. Sin otro sonido se disolvió en niebla, un fino vapor insustancial. Se vertió a través de la ventana hasta el aire nocturno. Mientras emanaba hacia los árboles las gotas se conectaron para tomar la forma de la gran águila real. Aterrizó sobre la rama del roble y miró pensativamente hacia la casa.

Isabella intentó salir a la superficie para llegar hasta su hermana, pero Alice se había tranquilizado a la orden de Edward, así que cedió, entregándose a su necesidad de dormir.

—Isabella. —El sonido aterrado de la voz de Alice atravesó los sueños inquietos en los que Isabella estaba atrapada. Sentía el cuerpo pesado y la boca seca. Extrañamente le dolían los pechos y estaban magullados. Intentó con empeño despejarse, cuando todo lo que quería era dormir. —Isabella, despierta ya. —Alice le estaba sacudiendo el hombro, su joven voz asustada.

—Estoy despierta. —Murmuró Isabella pastosamente, despertando, abriendo los párpados pesados. —¿Qué pasa, cariño, estás enferma? —Miró más allá de Alice para ver a Alec de apoyado contra la pared observándola. —¿Qué pasa? —Preguntó de nuevo.

—La alarma de tu despertador se apagó hace mucho, me levanté a ver que iba mal y entonces no pude despertarte. —Dijo Alice llorosa. —Te sacudí y te sacudí...

—Me despertó. —Acusó Alec, pero había miedo en su voz.

Isabella obligó a su cuerpo a moverse, sentarse, echar hacia atrás la mata de pelo que se volcaba alrededor de su cara.

—Lo siento. Supongo que estoy más cansada de lo que pensaba. Puse la alarma a las cuatro y media para así poder hacer unas cuantas tareas extra.

—¡Sabía que estabas madrugando! —Exclamó Alice ante eso. —No puedes hacerlo todo el tiempo, Isabella. Necesitas dormir como todos los demás.

—Yo necesito dormir. —Corrigió Alec. —Hablando de eso, me vuelvo a la cama. ¿Isabella, si Alice pasó tanto tiempo intentando despertarte, no crees que eso significa que no deberías levantarte? —Sonaba muy superior.

—Probablemente. —Admitió Isabella, deseando acurrucarse bajo las mantas. Su cuerpo no estaba cooperando, lo sentía pesado y entumecido, sus ojos deseaban cerrarse. Estaba tan sedienta que sentía la boca seca. Tenía un sabor débilmente cobrizo en la lengua. —Estoy empezando a creer que soy la chiflada totalmente enloquecida que la familia Denali y los hermanos Cullen creen que soy. —Ausentemente alzó una mano y se apretó la palma contra el pulso que palpitaba en su cuello.

—Bueno, lo eres. —Estableció Alec, dando su opinión filial.

—Con eso te has ganado alimentar a todos los caballos mientras yo ejercito a Domino. Se pone difícil si no le monto cada día. Quiero dedicar algún tiempo a comprobar las cercas y si te encargas tú de alimentarlos tendré algo de tiempo extra. —Bostezó de forma nada elegante.

Alec le frunció el ceño.

—Deberías librarte de ese caballo. Es realmente peligroso. Incluso Jacob Black lo dice, todo el mundo dice.

Alice cogió la mano de su hermana.

—¿Es eso cierto, Isabella? ¿Domino es peligroso? ¿Es un asesino como dicen?

La cabeza de Isabella se alzó, la mirada adormilada súbitamente borrada de su cara, dejando sus ojos verdes que llameaban hacia su hermano pequeño.

—¿Le dijiste tú eso?

Alec tuvo la decencia de parecer avergonzado.

—Jacob me dijo que Domino había matado a un hombre, y Alice escuchó la conversación a escondidas. Ya conoces a Jacob, tiene esa cosa contigo. Estaba preocupado.

—Dominio fue maltratado, Alice. —Explicó Isabella tranquilamente. —Puedes ver las cicatrices que tiene. Puede ponerse difícil en ciertas situaciones, pero puedo manejarle. Realmente puedo. No sobrestimo mis habilidades.

—Lo siento, Isabella. —Alec se dio prisa en ofrecer la disculpa. —Nunca debería haber permitido que Alice oyera eso.

—No soy un bebé. —Alice se echó hacia atrás el pelo negro azulado, su barbilla se alzó, una pequeña réplica de Isabella. —No necesitáis ocultarme nada. Tampoco soy estúpida, Alec Denali. Trabajar con cualquier caballo puede ser peligro si no sabes lo que estás haciendo. Isabella lo sabe. —Añadió incondicionalmente. —Nadie es mejor que ella.

—Así habla una voz imparcial. —Rió Isabella suavemente, revolviendo tiernamente el pelo de Alice. —Cariño, hoy más tarde, si tienes tiempo, puedes empezar a preparar la zona norte para una pista. Dídyme Markus traerá a su caballo, Stefan, el jueves. Sufre un bache y ella no puede permitírselo con Regina respirándole en la nuca por el primer puesto todo el tiempo. Dídyme quiere el campeonato del mundo este año.

—Claro. —Alice estaba excitada. Dídyme Markus era una corredora de Oklahoma, la ganadora femenina a mitad de temporada y la heroína de Alice. Alice estaba decidida a dedicarse a las carreras profesionalmente y no en un futuro muy lejano.

—Volved a la cama, vosotros dos. —Aconsejó Isabella. —Ya saldrá el sol suficientemente pronto.

—No tienes que decírmelo dos veces. —Dijo Alec agradecido. —Y, Isabella, en realidad ya estabas chiflada antes de que esos imbéciles llegaran aquí. Vamos, Alice, ya es bastante embarazoso tener una hermana loca, no quiero tener que admitir que tengo dos de ellas.

Isabella aún reía mientras somnolienta se tambaleó de camino a la ducha y se empapó de agua caliente, esperando limpiar las telarañas. Realmente se sentía débil y apática. No era sorprendente después de semejantes sueños raros. Edward Cullen entrando a hurtadillas en su dormitorio, besándola... sus manos tocándole los pechos, el cuerpo. Instantáneamente el calor la atravesó, sus pechos dolían de deseo. Isabella gimió y cerró los ojos contra la humillación de semejante sueño erótico y sus secuelas. Permitió que el agua cayera directamente sobre su cara, esperando lavar el olor de él de su cuerpo, el sabor de él de su boca, la sensación de su dura longitud contra la piel. Probablemente debes ser el diablo disfrazado.

Limpió el vapor del espejo y después deseó no haberlo hecho. Estaba tan pálida que sus ojos parecían enormes y vívidos. Mientras empujaba la espesa mata de pelo chocolate hacia atrás para trenzarla, notó la extraña marca en el costado de su cuello. Parecía una fresa, o el mordisco amoroso de un adolescente. Cuando se puso de puntillas para examinarlo más de cerca, pensó que había dos diminutos pinchazos en el centro. Ardía, no dolorosa, sino íntimamente, así que se cubrió la marca con la palma como para mantenerla cerca. No tenía ni idea de qué era, pero la hacía sentir intranquila después de su extraño sueño. Mientras examinaba su reflejo, vio la segunda marca. El aliento se le quedó atascado en la garganta y su corazón empezó a palpitar. La marca estaba en la hinchazón de su pecho, un vívido rojo destacando rigurosamente contra su blanca piel. ¿Cómo había llegado allí? No era la picadura de un insecto. Peor aún, mientras miraba su mano, presionada con fuerza contra el cuello, divisó débiles marcas en sus muñecas que parecían sospechosamente huellas de dedos. Dejó caer la mano, sin aliento. No era posible que él hubiera estado en su habitación.

¿Realmente había permitido a Edward entrar en su dormitorio? Besarla. Tocarla. Se obligó a sí misma a examinar las marcas totalmente reales. Una marca sobre su piel. ¿Era su marca de propiedad? Gimió en voz alta, su cara llameando de carmesí. Prefería creer que había sido un sueño erótico. Sacudió la cabeza y se vistió apresuradamente, sin estar dispuesta a pensar demasiado en lo que parecía un sueño nebuloso.

Domino era un caballo grande, y siempre nervioso cuando lo ensillaba. Trabajó rápidamente, sus movimientos hábiles y reconfortantes. Mientras todo el tiempo le canturreaba con afecto. Llevó a Domino al estrecho camino que conducía a las montañas.

Era difícil de manejar; nunca podía recostarse, relajarse, y disfrutar de la cabalgada.

Domino poseía más trucos que la mayoría de los caballos de rodeo. El estrecho camino casi era imposible de distinguir, eliminando efectivamente uno de sus malos hábitos favoritos. Isabella literalmente había arrancado el rifle de las manos de su anterior propietario, salvando la vida de Domino. Medio loco por el dolor y el miedo a las horrendas palizas que había recibido, el caballo había arrasado con todo y todos los que se le acercaban. No podía recordar exactamente lo que había dicho o hecho para convencer al propietario de que le vendiera el caballo, o siquiera como se las había arreglado para cargarle en el transporte en su terrible condición.

Le había llevado tres años de paciente amor, cientos de horas pasadas sentada sobre la cerca diciéndole tonterías tranquilizadoras. Ahora él la buscaba ansiosamente, empujando la cabeza hacia ella, pregonando una bienvenida cuando la veía. Pero montarle... Isabella sacudió la cabeza, sonriendo para sí misma. Montarle nunca era fácil, pero era exactamente lo que necesitaba. Mantendría su mente lejos de Edward Cullen.

Tras cuarenta y cinco minutos subiendo por las montañas desmontó, prefiriendo conducir a Domino y disfrutar de la tranquilidad de lo que la rodeaba mientras buscaba señales de Erik. Las Cascadas tenían setecientas millas de longitud, extendiéndose desde California a través de Oregón y Washington hasta Canadá. La cordillera había nacido de fuego y después había sido esculpida por el hielo. Junto con una cadena de volcanes, la cordillera disponía de espesos bosques, una multitud de cascadas y cataratas a lo largo de millas de campos nevados. El río Columbia literalmente cortaba la cadena montañosa por la mitad. Guardada por tres volcanes de altura imponente, rápidos de agua blanca desgarraban los desfiladeros rocosos con velocidad mareante. Acantilados de lava, lagos, arroyos, exuberantes bosques de hoja perenne, las Cascadas eran inigualables en belleza y ferocidad potencial.

Isabella permaneció en pie al borde del acantilado, sin mirar abajo sino hacia arriba, a la afilada pared montañosa que se alzaba sobre ella. Exigía respeto, estas montañas eran cuna de leyendas. Miles de millas de tierra salvaje indómita, el hombre raramente penetraba en la profundidad de los imponentes bosques, los cañones traicioneros, las lomas que se alzaban milla tras milla. Las historias de terror se repetían alrededor de los fuegos de campamento sobre aullidos que reverberaban en el interior, sobre el legendario Bigfoot llevándose a los intrusos, que nunca volvían a ser vistos.

Isabella soltó un pequeño suspiro y se inclinó para recoger una florecilla silvestre que luchaba valientemente por sobrevivir entre las rocas. Amaba la quietud de las montañas; podía sentarse durante horas simplemente absorbiendo la sensación. Eso no significaba ni por un momento que se permitiera ser descuidada. Ni siquiera Isabella, que estaba familiarizada con más millas de las montañas que casi cualquiera de la zona, se volvía complaciente. Teniendo un rancho anidado en un pequeño valle en los alrededores de las montañas nacientes, era demasiado consciente de los misteriosos sucesos sin explicación. Un hedor se alzaba llegado de ninguna parte, ofensivo, nocivo. Extraños silencios que incluso los insectos respetaban. Muchas veces uno se sentía observado, un extraño presentimiento ocupado por la sensación de la piel erizándose.

La mayor parte de los ranchos estaban montaña abajo, a varios miles de millas de distancia del rancho Denali. La propiedad de Michael Newton limitaba con la de Isabella hacia el sur, pero solo veinte mil acres de Tyler Stanley se extendían más allá de la propiedad de Isabella, con la tierra estatal tras él. Stanley había peleado con el estado por la mayor parte de la tierra, comprando el resto a rancheros de escasa importancia. Como Isabella, él parecía preferir las montañas, llevando una existencia medianamente autosuficiente. Su flota de vehículos, sin mencionar la pequeña avioneta Piper y el helicoptero, la ponían verde de envidia.

Los trabajadores de Stanley vivían en confortables cabañas en el rancho con sus familias, principalmente manteniéndose por sí mismos aunque ella los conocía a todos por su nombre y podía llamar a unos pocos amigos. Parecían trabajar duro. El rancho Stanley definitivamente había prosperado, su ganado permanecía gordo incluso en los malos tiempos.

Algunos de sus trabajadores, la mayoría de los cuales nunca había trabajado en un rancho hasta que Tyler les había proporcionado un hogar, se estaban empezando a interesar por la competición de rodeo.

Isabella sonrió para sí misma mientras recogía las riendas de Domino. Había pasado gran parte de su tiempo haciendo negocios con hombres, ganándose una reputación como ranchera confiable y sagaz con un excepcional talento con los caballos. Eso le había proporcionado una tranquila confianza en sí misma, una alegría de vivir. Era una de esas personas afortunadas que aceptaban su forma de vida y simplemente vivían lo mejor que podían.

Se meció fácilmente subiendo a la silla de montar, disfrutando del familiar chirrido del cuero. Colocando su sombrero en un ángulo mejor para protegerse los ojos de los rayos del sol, giró su montura hacia la esquina más lejana de su propiedad. La valla había estado combándose desde hacía algún tiempo y, para disgusto de Isabella, el ganado prefería esta zona remota y escabrosa. Quizás Erik había ido a reparar la valla. Se frotó los ojos varias veces. El sol no estaba alto, pero sentía los ojos doloridos, excesivamente sensibles a la luz.

Mientras Domino elegía su camino cuidadosamente sobre las rocas sueltas, sus cascos eran el único sonido en la quietud absoluta, Isabella alternaba entre escudriñar ansiosamente el suelo en busca de rastros y fruncir el ceño nerviosamente hacia las prominentes de las montañas.

La imparable roca pronunciada guardaba una serie de oscuras y prohibidas cavernas que conducían a las mismas entrañas de la montaña. No le gustaba mucho esta parte de la propiedad, y la evitaba con cualquier excusa posible. Había una sensación de maldad, un oscuro temor taciturno, como si la tierra allí estuviera viva, esperando pacientemente, implacablemente para reclamarla. Nunca había sido capaz aproximarse sin que el corazón le latiera a un ritmo el doble de rápido de lo normal, el estómago se le agitara, y una terrible sensación de mal presagio la sobrecogiera, un temor residual de su niñez. Nunca olvidaría el estar atrapada en el viejo pozo de mina abandonado, una guarida primitiva, de cien años de antigüedad con cuadernas purulentas.

Todo se había venido abajo, sofocando sus gritos de niña de nueve años, casi ahogándolo. Había estado enterrada viva, atrapada en la húmeda tierra putrefacta durante once horas y veintidós minutos. Había sido toda una eternidad. Ni siquiera con sus talentos especiales habían sido lo suficientemente fuertes como para mover los montículos de tierra y roca por sí misma. Había esperado sola y asustada en la terrible oscuridad a que su padrastro viniera a rescatarla.

Algo se había movido en las oscuras entrañas de las cavernas, algo no humano. Había visto llamas rojas en unos ojos brillantes y olido a carne muerta. La cosa se había burlado de ella, su voz grave, la piel estirada tensa sobre su calavera. Había visto dientes afilados manchados de sangre y largas garras como cuchillas en vez de uñas. Sus padres le habían jurado una y otra vez, cuando despertaba gritando en la noche, que había sido su imaginación. Isabella todavía lo pasaba mal creyendo que podía haber conjurado a la horrenda criatura.

Charlie Denali había cerrado las minas y ella no había vuelto a explorarlas, sintiendo que el lugar era como una gigantesca tela de araña que esperaba su retorno. Fue justo después de que Charlie quedara paralizado en el accidente de aviación que Isabella volvió a declarar las minas inseguras y totalmente prohibidas para Alec y Alice. Se negaba a permitir que Alec patrullara esta sección de la línea de valla, haciéndolo ella misma o encargando el trabajo a Erik.

La valla estaba en el suelo, con el alambre de espino enredado alrededor de un poste caído. Pudo ver un guante de cuero enganchado en el alambre. Desmontó rápidamente y se apresuró hasta el guante. Los tres ranchos se unían en este punto. La propiedad Stanley subía pronunciadamente tras la de ella, erupcionando en densos y espesos bosques que corrían salvajes. La propiedad de Newton iba hacia el sur inclinándose gradualmente en suaves colinas cubiertas de hierba. Él había punteado la zona con una serie de pequeñas chozas y maquinaria vieja. Su estupidez, pensó ella sardónicamente, era una agradable ofensa añadida al ambiente del lugar.

Cuidadosamente liberó el guante del alambre de espino y lo sostuvo para examinarlo. El sonido de una roca cayendo la hizo darse la vuelta justo cuando Domino echaba la cabeza hacia arriba, con las orejas hacia atrás, resoplando. Isabella se acercó a su caballo, sacando fácilmente el rifle de su cartuchera. Se volvió, con el corazón en la garganta. A varias yardas de distancia un hombre estaba en pie, sujetando su caballo, tan asombrado como ella.

Lentamente se relajó cuando reconoció al capataz del rancho de Michael Newton.

—Apareces en los lugares más extraños, Tony. —Saludó. —Gracias por quitarme diez años de vida.

Él continuó avanzando hacia ella, su mirada oscura tocando el guante que tenía en la mano, después descansando brevemente sobre el rifle que sujetaba.

—Yo tampoco esperaba encontrarte aquí. La valla ha tenido que estar tendida en el suelo antes de que tú la repararas.

Ella montó a Domino limpiamente, no le gustaba parecer tan pequeña junto a Tony. Se echó el sombrero hacia atrás, encogiéndose de hombros indiferente ante la acusación. Nunca le había gustado Tony Crowley. Le conocía desde hacía años, mucho antes de que Newton le contratara. Tenía una vena indefinida. Su reputación de matón era legendaria, casi tanto como si fama con las mujeres. Nunca había entendido su encanto fatal, la consternaba el número de mujeres que sufrían física, mental y emocionalmente, pero que como polillas a una llama siempre volvían a por más. A ella hacía que se pusiera la carne de gallina.

Isabella se colgó el guante en el cinturón y arqueó una ceja hacia Tony.

—¿Quieres decirme qué estás haciendo en mi propiedad? —Se obligó a sonreír, aunque la forma en que los ojos de él recorrían su cuerpo la hacía demasiado consciente de su aislamiento.

Él sonrió maliciosamente.

—Quizás te estaba buscando. La princesa de hielo. La pequeña virgen sacrificándose por los niños. Todos quieren saber quién te derretirá el corazón. —Rió a carcajadas, el sonido resultó áspero en la quietud de las silenciosas montañas.

—Tú no, Tony. —Le aseguró ella serenamente. —Eres demasiado malvado para mi gusto.

—Quieres decir demasiado hombre. —Contratacó él, pavoneándose un poco mientras se acercaba más a su caballo.

Isabella arqueó una ceja hacia él.

—Oí que estaban buscando cómicos en el Wayside Saloon. ¿Por qué no pruebas?

—Puedo que lo haga. —Estaba justo delante de ella, lo bastante cerca como para que leyera las ideas que acechaban tras su cara demasiado apuesta. —Siempre he querido tenerte solo para mí, un par de horas nada más. —Dijo suavemente, como pensando en voz alta. —Siempre estás sentada en ese pedestal; sería agradable tenerte arrastrándote a mis pies.

Isabella se rió abiertamente de él.

—Tienes una imaginación muy vívida, Tony. Es una fantástica fantasía, pero tendré que pasar. Tengo demasiado trabajo que hacer. Lo que me recuerda, ¿qué estás haciendo en mi propiedad? No buscando becerros perdidos, ¿verdad?

—¿Me estás acusando de algo? —Espetó él, instantáneamente furioso, dando otro paso amenazador hacia ella.

Domino se movió intranquilamente, no le gustaba la proximidad del hombre. Isabella giró casualmente al caballo de lado, descansando el rifle con naturalidad en su cuerpo, con el cañón bajo, pero indiscutiblemente apuntado hacia la gran forma de Crowley.

—Hey, Tony, ¿condujiste ese ganado de vuelta? —Una voz gritó la pregunta desde las rocas cercanas.

Isabella mantuvo los ojos en Crowley. No reconoció la voz, pero Crowley parecía triunfante, más malévolo que nunca.

—Claro, pero la Señorita Swan no está ni de cerca tan agradecida como debería. Quizás necesita una lección sobre cómo tratar apropiadamente a un hombre.

El segundo hombre, un completo desconocido, oscuro, con barba de un día y ojos sagaces, apareció entre las rocas y entró en su línea de visión. Sus ojos estaban enrojecidos y se entrecerraban constantemente. Se puso unas gafas oscuras, pero no antes de que ella viera su expresión. Mientras Tony Crowley le resultaba molesto, este hombre la asustaba. Crowley era un matón; este hombre era el mal auténtico. Newton se había hecho con una fantástica plantilla. Lo más probable es que estuvieran robándole a escondidas.

—Así que me estás devolviendo mi ganado. —Dijo pensativamente.

—Eso es, Isabella, esos pequeños tuyos no querían volver. —Tony dio otro paso más acercándose a Isabella, observándola cuidadosamente con ojos ardientes.

—¿Qué demonios te está retrasando tanto? —Newton llegó a zancadas hablando por encima de la valla caída, mirando a su capataz. —Vuelve al trabajo, Crowley. No debería haberos llevado tanto devolver un par de novillos. Y podrías haber arreglado la valla. —Despachó a los dos hombres con un ondeo de la mano, ignorando el hosco gruñido de Crowley y la burlona insolencia del otro hombre. —Lo siento, Isabella, no se me ocurrió que no arreglarían la valla. —Por primera vez pareció fijarse en el rifle. —¿No te estaban dando problemas, verdad?

Isabella le enfrentó a través de la valla caída. Suave. Encantador. Un tiburón. Michael Newton había utilizado deliberadamente el terrible accidente de su padrastro en beneficio propio.

Las facturas del hospital estaban apilándose y Isabella había aceptado un préstamo utilizando el rancho familiar como aval, los términos eran casi imposibles de respetar. Su ojo captó un borrón de movimiento. Sobre la cordillera uno de los taciturnos y silenciosos trabajadores de Stanley permanecía en pie junto a Eleazar Denali, observando la escena de abajo. El trabajador alzó una mano hacia ella, todavía observando desde su posición aventajada.

Isabella estalló en carcajadas.

—Se ha montado toda una convención aquí afuera. Pensaba que estaba sola, pero somos suficientes como para montar una fiesta.

Newton fruncía el ceño hacia los dos hombres silenciosos.

—Yo no creo que sea tan divertido, Isabella. Hay algo extraño en los trabajadores de Stanley. Hasta el último de ellos es un exconvicto. Me pone nervioso saber que están sentados ahí arriba observando todo lo que hacemos.

—Solo quieren que los dejen en paz.

—No es seguro que montes sola por aquí. —Newton lanzó otra mirada feroz a los dos hombres. —Y esos extranjeros son también una panda extraña. Creo que están tramando algo.

Isabella recogió las riendas cuando Domino avanzó de lado nerviosamente.

—Gracias por devolver mi ganado, Michael. Lamento lo que la valla. Conseguiré algunos materiales tan pronto como sea posible y no volveremos a tener este problema.

—Podrías dejarlo así un par de meses, ahorrarte tiempo y dinero.

Isabella alzó la barbilla.

—No tienes que preocuparte, tendrás tu dinero.

—Isabella —Sacudió la cabeza, chasqueando la lengua hacia ella. —Tengo entendido que fuiste al banco y te rechazaron. ¿Cómo esperas...

—Me rechazaron a causa de ti, Newton. No creas que no lo sé. Y no es asunto tuyo como conseguiré el dinero. Lo tendrás.

Él extendió la mano y le cogió las riendas, evitando que se moviera.

—Estás siendo muy testaruda, Isabella. Deja que los Denali se lleven a los chicos. Cásate conmigo. Todavía tendrás tu rancho, sin nada de trabajo. No deberías estar matándote tanto. Mírate, estás pálida y cansada. Tienes círculos negros bajos los ojos. Y has perdido peso. Déjame cuidar de ti.

Hizo retroceder a Domino lejos de Newton.

—Nadie va a llevarse a mis hermanos a ninguna parte. Ahora si me perdonas, tengo trabajo que hacer. —Bruscamente giró el caballo, urgiéndole a volver hacia las rocas mientras metía el rifle en la cartuchera. Automáticamente sus ojos fueron hacia el suelo, recogiendo señales, notando que la montura de Crowley necesitaba una herradura nueva en la pata trasera izquierda. Le llevó unos pocos minutos percatarse que no había visto ninguna huella de ganado fresca acompañando a la montura de Tony.

Levantó la mirada una última vez hacia los altos y escarpados picos, sintiendo esa sensación familiar en el fondo de su estómago. Ya estaba retrasada en sus labores. Mientras empezaba a retroceder hacia el rancho, divisó un buitre dando vueltas perezosamente en el cielo.

Observó su avance, girando a Domino para poder abrirse paso a través de las grandes rocas a lo largo de los profundos acantilados. Mientas rodeaba una roca particularmente afilada, vio más de los enormes pájaros. Estaban congregados cerca de la base de uno de los acantilados.

Al momento sintió un terrible temor, su cuerpo se tensó. Domino empezó danzar nerviosamente, el lenguaje corporal de Isabella se comunicaba instantáneamente al animal. Se mordió el labio inferior, hizo un largo barrido, escudriñando la zona para asegurarse de estar sola esta vez.

Isabella se aproximó a pie, sin confiar en la reacción de Domino frente a los pájaros y el hedor. Llevó el rifle con ella, pero utilizó su pistola, disparando al aire para asustar a los buitres y alertar a los jinetes de Stanley de que necesitaba ayuda.

Rodeó la zona, cuidando de no perturbar nada, buscando las huellas que le indicarían lo que había ocurrido. Supo antes incluso de alcanzar el cuerpo que se trataba de Erik. Estaba muerto desde hacía días. Parecía como si hubiera estado arriba sobre la cima y se hubiera deslizado, cayendo. La parte de atrás de su cabeza debía haber golpeado la pequeña roca cerca de donde yacía. Había sangre sobre la roca y bastante más le manchaba la camisa a lo largo de los hombros.

Isabella vio los trozos rotos de una botella de whisky esparcidos alrededor. Cerró los ojos, súbitamente cansada, la garganta se le cerró a causa de las lágrimas no derramadas. Por un breve momento descansó la mano sobre el brazo de Erik. Inmediatamente la apartó, volviendo a alejarse del cuerpo, mirando alrededor, muy, muy asustada.

Lo sintió, en el instante en que le tocó; supo que no había sido un accidente, supo que Erik había sido asesinado. No sabía quién o por qué, solo que alguien le había matado. Las secuelas de violencia todavía impregnaban la tierra, las rocas, especialmente el cuerpo. Isabella examinó la zona cuidadosamente, deseando leer los mensajes que la tierra podía proporcionarle, pero no queriendo perturbar la escena del crimen.

Se alejó del cuerpo, de vuelta hacia Domino, y enterró la cara contra el animal. Este por una vez se quedó quieto, inmóvil, como si supiera que la consolaba con su presencia.

¿Isabella? Su propio nombre brilló tenuemente en su mente. Una calidez se vertió en el frío de su cuerpo. Pequeña, siento tu dolor. No puedo acudir a ti. Compártelo conmigo. Déjame ayudarte.

Las palabras estaban allí, suave terciopelo. Reales. Las oyó. Sabía que era la voz de Edward. Sentía su presencia. También sentía el tremendo esfuerzo que estaba haciendo por alcanzarla través de lo que debía haber sido una gran distancia. Debería haberla sorprendido, pero lo aceptaba. Ella era diferente. Él era diferente. Por primera vez en años quería lanzarse a los brazos de alguien y romper a llorar. Ni siquiera le importaba que la hubiera llamado "pequeña".

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¡Ya encontraron a Erik! Y conocimos a los asquerosos ayudantes de Michael… detesto a los hombres así jajaja

En fin, no olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!