No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.
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—Esto no pinta bien, Isabella. —Dijo Ben mientras caminaba más allá de donde estaba sentada ella sobre una roca grande y redonda. —Lo siento, cielo, sé que querías a ese viejo. Debería haberte escuchado. —Colocó su mano sobre el esbelto hombro de ella, en un torpe intento de consolarla.
—No es culpa tuya, Ben. Seguramente estaba ya muerto cuando informé de su desaparición. —Isabella se frotó las sienes latentes mientras miraba hacia el sheriff. —No fue un accidente, ¿verdad?
Ben suspiró pesadamente. Isabella siempre había sido trasparente como el cristal. Podía ver su pena, la pesadez en ella como si el peso del mundo estuviera sobre sus hombros.
—Trataremos esto como un homicidio hasta que sepamos algo más. Hemos tomado fotos de la escena; finalmente hemos terminado. Sé que ha sido una mañana larga para ti, pero tenemos que hacer esto antes de que poder mover el cuerpo.
—Puedo leer los rastros, Ben. No cayó desde ese acantilado. Le golpearon por detrás. Las salpicaduras de sangre no coinciden con una caída. Y su cuerpo no está lo suficientemente magullado. Sus rodillas golpearon el suelo primero, como si las piernas se doblaran bajo él. —Un sollozo surgió de ninguna parte y apartó la mirada, presionándose una mano sobre la suave y temblorosa boca.
Ben maldijo suavemente.
—Tiene mal aspecto. Los chicos y tú debéis tener cuidado, Isabella. No sé qué está pasando, pero no me gusta.
Ignorando su mano extendida, Isabella saltó de la roca y se alejó de él, limpiándose las lágrimas que corrían por su cara.
—¿Quién le haría algo así, Ben? Tenía más de setenta años. No haría daño a una mosca. No tenía ningún dinero. ¿Por qué haría esto alguien?
—Ve a casa, cariño, déjame ocuparme de esto. Necesitas estar con los chicos. —Ben estaba suprimiendo su propia rabia. Esto golpeaba muy cerca de casa. Alguien había asesinado a Erik, no había forma de negar el hecho. Ben había examinado cada centímetro del acantilado.
Alguien había estado allí arriba, y empezado una pequeña avalancha de rocas para que pareciera que Erik se había caído por el borde, pero él yacía justo allí donde había sido asesinado. Ben habría apostado su reputación. Isabella era una buena rastreadora y tenía razón sobre que Erik había caído de rodillas antes de caer de espaldas.
Ben había examinado las uñas del viejo. No había ni una mota de suciedad que indicara que Erik se había aferrado a la falda de la montaña como hubiera hecho de haberse caído. Y las manchas de sangre no coincidían con una caída y un posterior golpe en la cabeza. Los pájaros habían desgarrado el cuerpo, lo que no había ayudado a preservar la escena del crimen, pero Ben había encontrado otras laceraciones perturbadoras en el cuerpo de Erik que no había discutido con Isabella. Había marcas de dientes... marcas de mordiscos humanos... como si alguien hubiera intentando comerse el cuerpo después de que Erik hubiera muerto. Estaba seguro de que los mordiscos eran posteriores a la muerte. Era raro y aterrador cuando raramente tenían crímenes graves en la zona. Isabella tenía que haber visto esos perturbadores mordiscos, pero no iba obligarla a admitirlo. Ben maldijo de nuevo mientras estudiaba fijamente la pequeña figura de Isabella.
—Ve a casa, cariño, te llamaré cuando sepa más.
Isabella asintió, estremeciéndose de repente. ¿Qué habían estado haciendo realmente Tony Crowley y el otro vaquero en su propiedad? ¿Qué estaban haciendo el jinete de Stanley y uno de los hermanos Denali tan lejos de la casa principal? ¿Uno de sus vecinos había asesinado realmente a Erik? ¿Quién se beneficiaría de semejante brutalidad? Se pasó una mano por el pelo, temiendo tener que contárselo a Alice y Alec.
—Isabella, no puedes hacer nada por él. Ve a casa. Solo te torturas quedándote por aquí. —Ben fue inflexible. —Pasarán unos pocos días antes de que el cuerpo esté disponible. Prometo que te llamaré y te ayudaré con los arreglos, entretanto, quédate cerca de la casa... no más cabalgadas por ahí en medio de ninguna parte tú sola.
Isabella asintió lentamente, girándose pesadamente, sus hombros hundidos por la derrota.
Ben tenía razón, no podía recuperar a Erik y no tenía sentido aplazar el contárselo a los chicos. Probablemente Alec ya lo supiera, tenía un escáner. Había visto al sheriff y su gente llegando al rancho. Se subió a la silla y se dirigió resueltamente a casa.
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Profundamente bajo tierra, atrapado en el rico suelo, Edward yacía incapaz de consolarla.
El lazo de sangre aseguraba que podía tocar la mente de ella y conocer sus pensamientos a voluntad. Ella le necesitaba, necesitaba que la abrazara, que la consolara. Estaba intentando ser muy valiente por sus hermanos. Estaba llorando. Profundamente en su corazón, en su alma, estaba llorando. Su pena era tan grande que había penetrado el sueño rejuvenecedor, despertándole para compartir su sufrimiento. Le dolía el pecho, el peso de la angustia de ella le presionaba como una pesada piedra el corazón. La ansiaba, anhelaba abrazarla, reconfortarla.
Era una experiencia singular para él sentir algo por otro. Emoción auténtica. Había olvidado la sensación. Le humillaba pensar en ella y solo ella luchando por mantener la palabra dada a su padrastro. Estaba sola y asustada. Luchaba con un enemigo invisible. No sabía lo que querían, o por qué la atacaban, pero estaba valientemente dispuesta a defender su rancho y sus queridos hermanos. Edward se concentró en mantener el vínculo abierto entre ellos. Su mente era compleja. Tenía salvaguardas naturales, barreras que todavía estaba luchando por atravesar. Pero ella era la única. Su compañera. Su sangre le llamaba. Su alma clamaba por la de él.
Edward compartía su corazón y su alma. Su deber era cuidar de su salud y felicidad sobre todas las cosas. Por encima de su propia felicidad. Estaba empezando a entender lo que eso significaba. Atrapado por el elevado precio de su inmortalidad, yacía a la espera, necesitando estar con ella, incapaz de consolarla. Ahora mismo lo que más le importaba era consolarla, más que poseerla. Necesitaba apretarla a salvo entre sus brazos. Aprendió muchas duras lecciones mientras yacía en la tierra. Y aprendió cada una de ellas de su ignorante compañera.
Hablaba suavemente, amorosamente a sus hermanos, un mundo de confianza en su voz mientras profundamente dentro de su mente Edward podía oír sus gritos aterrados. Se tomó su tiempo con cada uno de ellos, respondiendo preguntas, tranquilizándolos, interminablemente paciente cuando sabía que tenía una larga lista de tareas que debían estar acabadas antes del anochecer a pesar de la tragedia. Mientras duraba todo eso se preguntaba continuamente si podría haber encontrado a Erik antes, si podría haber hecho algo para salvarle la vida.
Trabajó duro, una tarea a la vez, dedicando a cada trabajo el mismo esmero ya fuera fácil o difícil, ya lo disfrutara o lo odiara. Era rápida y eficiente y siempre pensando en lo siguiente que había que hacer, revisando mentalmente la lista. Para Edward fue el período más largo y más difícil de su vida. Yació indefenso, atrapado en la tierra, su cuerpo débil, su gran fuerza drenada, mientras en alguna parte sobre él Isabella, exhausta por la falta de sueño y la pérdida de sangre, trabajaba hasta bien pasada la tarde.
Había utilizado sus talentos únicos para arrancar el tractor y mantenerlo en funcionamiento mientras trabajaba uno de los campos. Era extenuante utilizar sus poderes mentales para mantener la maquinaria funcionando. Le palpitaba la cabeza cuando fue del campo al corral de caballos inquietos. Su hermano pequeño se unió a ella para ayudar a sujetar los caballos salvajes.
Edward dudaba entre la admiración absoluta hacia ella y una lenta furia apasionada. Ella era una mujer. Joven. Vulnerable. ¿Por qué estaba sola y desprotegida? ¿Por qué realizaba un trabajo que exigía tanto, física y mentalmente? Sentía cada caída cuando ella golpeaba el suelo.
Cada choque contra la valla. Era peligroso. Increíblemente peligroso. Lo detendría. Nunca permitiría que continuara cuando él podía hacerle la vida mucho más fácil. Aguardó su momento, esperando a que se pusiera el sol.
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Isabella estaba más allá del cansancio, tropezaba en la luz decreciente a través del granero hasta quedarse mirando con un ceño sombrío a los arreos. La mayor parte de ellos necesitaba limpiarse y remendarse. Era trabajo de Alec. Probablemente él se lo pasara a Alice hacía algún tiempo y había quedado olvidado. Alguien tendría que arreglarlo pronto o iba a venirse abajo como todo lo demás en el rancho.
—Venirse abajo. —Murmuró en voz alta, apoyando una cadera contra la jamba de la puerta. —Venirse abajo rápidamente. —Todo el rancho se venía abajo con rapidez y ella no podía con todo el trabajo. Era una sola persona y no tenía tanto tiempo. No había tenido hambre en todo el día y se había saltado las comidas, utilizando el tiempo extra para compensar las horas que había pasado con el cuerpo de Erik. Parecía haber estado terriblemente sedienta todo el día, pero no tenía hambre en absoluto y la idea de la comida la ponía enferma.
Durante un momento escuchó el sonido de jóvenes voces riendo, llegando desde porche.
Estuvo tentada a llamarles para que la ayudaran, pero sonaban tan inocentes y jóvenes que no tuvo corazón después de un día tan terrible. Los chicos estaban tristes por Erik, y si podían encontrar unos momentos para reír juntos, no iba a quitarles eso. La muerte de Erik estaba allí en su mente, despedazándola, y aplastó la repentina urgencia sobrecogedora de unirse a ellos. De sentirse joven y despreocupada durante un momento, en vez de otra vez apenada.
Con un pequeño suspiro se movió a través del enorme granero hacia la diminuta habitación en el extremo más alejado. Estaba muy oscuro en el cuarto de los arreos sin ventanas que permitieran entrar los últimos rayos de luz. El peso del mundo parecía estar sobre sus hombros y encontraba que se encorvaba bajo él. Molesta por estar autocompadeciéndose, Isabella cuadró los hombros resueltamente, dando un paso hacia el interruptor de la luz.
Una mano se disparó pasando junto a su cabeza, golpeando el interruptor, iluminando la pequeña habitación de los arreos. Isabella jadeó, girándose rápidamente para enfrentar al intruso, aunque su cuerpo ya sabía exactamente quién era. Edward. Había cerrado la puerta tras ella y sabía positivamente que no había nadie en la pequeña habitación cuando había entrado.
—¿Qué estás haciendo entrando furtivamente en mi granero? —Exigió, esperando desesperadamente que él no pudiera oír el frenético palpitar de su corazón. Por alguna razón la marca en el costado de su cuello empezó a latir y arder. Defensivamente se colocó la mano sobre ella mientras levantaba la mirada hacia él.
Era increíblemente intimidante. Grande, musculoso, sus amplios hombros llenaban la pequeña habitación hasta que solo estuvo Edward. Más que eso, exudaba una oscura red sexual de la que no podía liberarse. Sus ojos estaban llenos de una oscura promesa, llenos de deseo y hambre. Por un momento esa mirada ardiente descansó pensativamente sobre la palma de la mano que cubría su marca en el cuello de ella. Una lenta sonrisa suavizó el borde cruel de su boca, sus ojos negros hicieron hincapié en el pulso que latía frenéticamente en el hueco vulnerable de la garganta de Isabella.
—Estoy afinando mis habilidades. —Dijo muy lentamente, gentilmente, casi burlonamente, para no asustarla. —Pareces algo salvaje, a punto de echar a volar. —La vio alzar la barbilla, un gesto que se encontraba esperando inconscientemente.
—¿Qué habilidades? —Preguntó Isabella suspicazmente. Temblaba tanto que puso las manos atrás para que él no lo notara, aunque parecía notar hasta el más mínimo detalle sobre ella.
Isabella retorció los dedos para mantenerlos inmóviles. Era molesto actuar como la proverbial provinciana cada vez que estaba cerca de él.
Edward dio un paso hacia delante, deslizándose fácilmente sobre el suelo de paja. Isabella tuvo la impresión de un gigantesco felino de la jungla asechándola, silencioso sobre cualquier superficie. Esos ojos negros ardían posesivamente sobre su pequeña y esbelta figura. Realmente se recostó contra la pared, mirándole casi impotentemente. Solo verle hacía que quisiera estallar en lágrimas. No podía luchar contra su autoridad de acero. Ahora no. No esta noche. Él era abrumador y no estaba condiciones de hacerle frente emocionalmente.
—Señor Cullen. —Dijo, intentando encontrar su voz. —Hoy he tenido un día particularmente duro. Realmente no quiero pelear contigo.
Tenía intención de sonar firme; él lo leyó en su mente. En vez de eso sonó tan infinitamente rendida que el corazón le dio un vuelco. Quiso acunarla entre sus brazos y cobijarla en su corazón.
—Te he oído. —Replicó él con su voz más tranquilizadora. —No tengo intención de pelear contigo, querida.
Sus ojos ya no eran fríos y duros, sino que ardían con tan oscura intensidad que se sentía como si realmente la tocara físicamente cuando dirigía su mirada hacia ella. Su acento se retorcía abriéndose paso a través de los sentidos de Isabella, enterrándose tan profundamente que le respiraba en sus pulmones. Era aterradora la forma en que su cuerpo reaccionaba ante él. A su apariencia. Al sonido de su voz.
—¿Qué habilidades exactamente? —Insistió, necesitando palabras que destruyeran la perturbadora electricidad que se acumulaba en el pequeño espacio de la habitación. Parecía estar arqueándose y crujiendo entre ellos, saltando de su piel a la de ella.
Realmente parecía estar tocándola, sus dedos fuertes acariciándole la piel. Sus manos colgaban flojamente, inocentemente a sus costados. La sensación era tan real que se encontró ruborizándose salvajemente.
—¿Tus habilidades para acosar mujeres? —Intentó un severo ceño. Su boca traidora estaba ya seca. Se frotó las palmas de las manos hacia abajo por los vaqueros descoloridos, tocando un trozo de paja con la punta de la bota mientras evitaba a conciencia mirarle. Habría sido un gran momento para un terremoto, para que la tierra se abriera y se la tragara.
La risa de él fue suave, invitadora. Se movió un paso más cerca, obligando deliberadamente a Isabella a retroceder precipitadamente.
—Tú eres la única mujer a la que he perseguido nunca. —Isabella siguió retrocediendo hasta estar casi contra la pared. Edward extendió una mano casual y la apartó de los ganchos de metal por seguridad.
—¿Querías algo en particular o simplemente has venido a irritarme? —Le frunció el ceño, haciendo lo que podía por parecer intimidante. Podía creer fácilmente que nunca hubiera tenido necesidad de perseguir a las mujeres. A ninguna mujer. Probablemente se abalanzaban sobre él.
La sonrisa de Edward se amplió, revelando unos dientes asombrosamente blancos.
—¿Es eso lo que crees que hago, pequeña, irritarte? —Se inclinó aún más cerca, descansando una mano sobre la pared junto a su cabeza, aprisionándola efectivamente. —Yo no describiría tu reacción a mí precisamente así.
Isabella contuvo el aliento cuando la forma pesadamente musculada de él rozó tentadoramente la suya más pequeña. Se le debilitaron las piernas, le dolieron los senos, cada terminación nerviosa saltó a la vida, hormigueando hacia la consciencia. El calor del cuerpo de él era asombroso. Le parecía que la temperatura de la habitación se había disparado unos pocos cientos de grados.
La mano de él cogió un arreo de su lugar de almacenaje en la pared. Isabella podría haber jurado que reía suavemente mientras se giraba para sentarse en una bala de heno, pero cuando levantó la vista, la máscara inexpresiva de Edward no revelaba ninguna emoción en absoluto.
—¿Vas que quedarte ahí, o vas a ayudarme? —Preguntó él, palmeando la pala junto a él.
Le miró como si le hubieran crecido dos cabezas. Sus manos estaban ocupadas en el cuero, sus dedos eran seguros y hábiles. Le observó, contando los latidos de su corazón.
Finalmente, a regañadientes, dio los dos pasos que le llevaban a su lado.
—¿Vas a ayudarme con los arreos? ¿Cuál es la trampa, Cullen?
—Creo que sería un buen momento para que empezaras a llamarme Edward. —Dijo él tranquilamente.
Isabella dudó un momento y después se sentó, evitando cuidadosamente tocar su cuerpo.
Incluso así, podía sentir el calor que irradiaba hacia ella. Calor corporal.
—Edward, entonces. —Repitió con un suspiro. —¿Cuál es la trampa? —Cogió la brida que él dejó caer en su regazo, desesperada por hacer algo que distrajera su atención.
—¿Es esa tu filosofía de vida? —Replicó él suavemente. —¿Siempre tiene que haber una trampa? Una forma muy interesante de vivir. ¿Es una tradición americana?
Isabella le reprendió con una mirada por debajo de sus largas pestañas.
—Sabes muy bien que no es nada semejante. Me ha ocurrido más de una vez a lo largo de los años, hay un precio a pagar por casi todo.
Las cejas negras se arquearon.
—¿Incluyendo la simple amistad?
No le miró mientras trabajaba el cuero, sus dedos seguros y rápidos.
—No creo que sepas lo que significa. ¿Qué es lo que quieres de mí, Cullen?
—¿Tan difícil te resulta utilizar mi nombre? —Preguntó él suavemente, el sonido de su voz se derramó sobre ella, rozando sus entrañas y causando una sensación fundente en la región de su estómago.
—No creo en confraternizar con el enemigo. —Miró sus rasgos perfectamente cincelados e igual de rápidamente apartó la mirada. —Eres mi enemigo, Edward. —Deliberadamente utilizó su nombre para probar que no le temía. Fue un error. Creó aún más intimidad entre ellos en la pequeña habitación. —Quieres a mis hermanos. Quieres el rancho. —Sus ojos de repente se encontraron con los de él. —Por encima de todo quieres volver a casa y yo me interpongo en tu camino. —Le miró intensamente como si buscara algo más allá de lo que él le decía.
Edward sintió la súbita oleada de poder en la habitación. Era fuerte y concentrada. Supo inmediatamente que ella se extendía en busca de información en su mente, buscando respuestas ante el repentino cambio en él. El júbilo lo atravesó, pero mantuvo su triunfo profundamente enterrado. Extendió la mano casualmente hacia la siguiente pieza de equipo, su brazo rozó deliberadamente el cuerpo de ella.
—Eso era cierto hace un par de días. Ya no es así.
—¿Qué ha cambiado? —Había gran escepticismo en su voz.
—Te conocí. —Lo digo suavemente, en serio. Todo había cambiado. Iba a volver a casa, pero la llevaría con él. Nada más le importaba, la tendría, costara lo que costara. Debería llevársela sin más. Tenía suficiente poder como para raptarla, llevarla a su territorio, pero sus sentimientos evitaban que lo hiciera así. Ella parecía triste, cansada. Quería arrastrarla hasta sus brazos, cerca, contra su cuerpo, y reconfortarla. Edward era un cazador de vampiros, un hombre de decisiones rápidas y acción. Después de mil años de vida, se encontraba en un territorio nuevo. —Siento mucho lo de tu amigo. Tyler me contó que estabas muy unida a ese hombre. Lo siento, no sé su nombre.
—Erik. Erik Yorkie. —La garganta se le cerró, pero luchó por superar la emoción y continuar. —Era un muy buen amigo. No estoy segura de poder llevar el rancho sin él. No siempre podía hacer el trabajo, pero me daba consejos muy valiosos. Todo el mundo pensaba que era un caso de caridad, pero Erik sabía mucho sobre cómo llevar un rancho; trabajó en ranchos toda su vida y estaba dispuesto a enseñarme. —Le había proporcionado compañerismo al igual que consejo.
Colgó la brida en la que había estado trabajando y encontró otra pieza rumbienta para evitar mirarle. Se sentía abochornada y ligeramente avergonzada por haber compartido una información tan privada. Edward Cullen era peligroso para ella. En tan cercana proximidad podía sentir su deseo de consolarla, de protegerla, y eso era peligroso para su paz mental.
—Eres una mujer, Isabella, no deberías tener que llevar un rancho. —Lo dijo tan tranquila, tan gentilmente, que las palabras casi no fueron registradas.
Por un momento se quedó allí sentada junto a él hasta que las palabras penetraron en su cerebro. Edward lo sintió de nuevo, la veloz oleada de poder, llenando la habitación hasta que las paredes casi se combaron hacia fuera en un esfuerzo por contenerla. Isabella luchó por controlar su temperamento. Se pasó una mano por el pelo espeso, tomando varios profundos alientos mientras luchaba consigo misma.
—Creo que sería mejor que te marcharas, Edward. —Sugirió finalmente. —Aprecio el intento de amistad, pero nunca vamos a ser amigos.
Los ojos negros brillaron hacia ella, fantasmales, ocultando miles de secretos.
—Creo que aprenderemos a ser muy buenos amigos. —Su sonrisa fue francamente sexy, sus dientes eran muy blancos. —Será necesario que primero pierdas todo ese rencor.
A pesar de todo, el terrible día, sus preocupaciones por el rancho, incluso a pesar de quién era él, Isabella se encontró deseando sonreír ante su elección de palabras. Ambos, su hermano y Ben Cheney con frecuencia la acusaban exactamente de lo mismo.
—No soy rencorosa. —Cuando sus ojos negros continuaron mirando fijamente hacia ella se encogió de hombros. —De acuerdo, quizás un poco en lo que a ti concierne. No me gustas.
Se inclinó hacia ella de forma que su muslo rozó contra el de ella.
—¿Halagas a todos los hombres, o soy yo el único privilegiado?
—Lo siento, eso fue bastante grosero. Normalmente no soy grosera. —Se frotó la frente. —Al menos no creo serlo. De acuerdo, quizás lo soy a veces. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Te estoy cortejando. —Sonaba muy anticuado.
Sus vívidos ojos chocolate saltaron hacia la cara del hombre.
—¿Cortejándome? ¿Para qué?
Él volvió el poder de sus ojos negros sobre su cara. Mesmerizando. Hipnóticos. Sexys como el pecado.
—¿Por qué cortejan normalmente los hombres a las mujeres, Isabella? Creo que puedes imaginarlo por ti misma. —Su voz era suavemente aterciopelada y ligeramente ronca, el acento le daba una tremenda ventaja.
Isabella pudo sentir su piel arder. Pequeñas llamas parecían estar lamiendo a lo largo de cada terminación nerviosa. Le lanzó una rápida reprimenda por debajo de sus largas pestañas.
—Creo que estás tan acostumbrado a que las mujeres caigan a tus pies que no puedes soportar que una no lo haga. Soy una persona práctica, Edward. Los hombres como tú no cortejan a mujeres como yo.
La mirada negra se deslizó sobre ella de la cabeza a los pies como un susurro de terciopelo, dejando su piel ardiente y un color arrastrándose lentamente por su cara.
—Ahí tienes, eso mismo, de eso es de lo que estoy hablando. —Acusó. —Te pasas la vida seduciendo a las mujeres, y solo piensas en los hombres como amigos, colegas. No sabrías como tratar a una mujer como amiga. Y yo no sabría qué hacer con alguien que quisiera seducirme.
Los dientes se mostraron más blancos que nunca, su sonrisa era ligeramente burlona.
—No creo que entiendas del todo la situación en la que te encuentras, pequeña. Estoy cortejándote como un hombre corteja a su futura esposa, no buscando una dama que pase unas pocas noches en mi cama. No tienes que saber qué hacer con la seducción. Yo sé suficiente por los dos.
El aliento se apresuró a abandonar sus pulmones y le miró boquiabierta, silenciosamente consternada. Durante un momento solo pudo mirarle.
—¿Alguna vez te has oído a ti mismo escupir esa tontería? —Saltó para poner un par de pies entre ellos y no estrangularle con la brida. —¿Se supone que eso es un cumplido, que me elegirías para ser tu futura esposa, pero no tu amante? ¿Cuántas amantas has tenido exactamente? ¿Hay un número determinada para después de que te cases o dejas abiertas las posibilidades?
Estaba tan guapa que le robaba el aliento. Había una vena de acero recorriendo su pequeño cuerpo suave, un orgullo feroz, duramente ganado. La miraba y se veía a sí mismo a través de sus ojos. ¿Qué había hecho él con su vida? Ella no conocía de él más que la imagen que tan cuidadosamente habían cultivado de poderosos y ricos playboys.
¿A quién amaba? Los miembros de la familia Denali habían vivido con él durante siglos, ocupándose de sus asuntos durante las horas diurnas, sus propios hermanos, amados solo a través de oscuros recuerdos... lo sentía ahora, esa intensa y protectora emoción; pero Isabella le había visto frío, indiferente. Había visto que tenía poco interés en los demás. Gente en la que pensaba como en su ganado, su propiedad. Era necesario protegerlos, pero era su deber, una cuestión de honor, nada más. Las mujeres estaban para ser seducidas, utilizadas en realidad, presa fácil para un hombre tan atractivo y seductor como Edward. Isabella Swan le estaba mirando como si no fuera más que un mujeriego inútil. Pensaba que era guapo, sexy, pero más bien frío y cruel. Inútil. Encontró el más ligero de los desprecios en su mente cuando se las arregló para deslizarse pasando su guardia. Un amante latino. Pensaba que su vida era una vida de fiestas interminables y mujeres. Los largos dedos de Edward se apretaron sobre el cuero viejo.
Isabella sabía lo que era amar feroz, apasionada y protectoramente, Trabajaba duro sin quejarse, sin pensar en nada más que en aquellos de los que cuidaba. Edward comprendió que deseaba desesperadamente ser uno de esos pocos a los que ella contaba como suyos. Llevarla a sus tierras y reclamarla no le ganaría su amor verdadero. Ella era su compañera, y su cuerpo le daba todas las respuestas de una compañera, pero en su corazón y su mente le veía con un individuo más bien inútil. Comprendió que no le gustaba su valoración de él en absoluto y, más importante aún, que su opinión tenía importancia para él.
Edward y sus hermanos habían sido enviados desde las Montañas de los Cárpatos en tiempos de turbulentas guerras y masacres. Había pasado mucho desde que habían perdido su habilidad para ver en color, sentir toda emoción, pero habían servido a su príncipe lo mejor que sus habilidades les permitían y mantenido su rígido código de honor. Era todo lo que les quedaba en un mundo gris y vacío de interminable existencia. Pero a través de los largos, largos siglos, los recuerdos se oscurecieron más y más y la oscuridad se había arrastrado hasta ellos.
Los ojos de Isabella de repente le lanzaron fuego.
—¿Y te has olvidado de mi desafortunada ascendencia? Por lo que recuerdo, fue la razón por que la familia Denali no pudo encontrar en sus así llamados corazones el perdón para aceptar a Charlie de vuelta al regazo familiar. Según creo soy ilegítima. Un Cullen no debería asociarse con alguien como yo, y mucho menos cortejarme. Podría arruinar tu buen nombre.
Los ojos negros pasaron de una intensidad puramente negra hasta un frío helado tan rápido que Isabella se estremeció.
—¿De dónde has sacado esa idea? —Su voz era muy suave, aunque cargada de amenaza.
No se movió, pero al momento estaba demasiado cerca, irguiéndose sobre ella.
Isabella defendió su territorio, pero de repente este pareció moverse bajo ella.
—Leí la carta. La carta del patriarca de la familia ordenando a Charlie librarse de mi madre y de mí antes de traer la desgracia al nombre de Cullen. Estaba en el cajón de mi madre. La encontré después de que muriera.
Él la miró durante un largo rato oyendo el dolor que tanto intentaba esconder.
Sintiéndola herida.
—Ah, ya veo. Eso lo explica todo. Para dejar las cosas claras, mis hermanos y yo tenemos nuestras propias extrañas reputaciones; no nos importa mucho lo que los demás dicen de nosotros o de nadie más. —Ondeó una mano grácil descartando el asunto y Isabella tuvo que creerle. Era demasiado casual, demasiado arrogante y seguro de sí mismo como para preocuparse por lo que otros pudieran chismorrear. —El viejo Denali era un hombre que se tomaba muy a pecho su posición en la comunidad. Creía que si nos traía la deshonra nos vengaríamos contra su familia de algún modo. No era así. —Edward suspiró. —No intervenimos cuando debímos. —Admitió pesadamente. Lo lamentaba por ella, por esa jovencita que había encontrado una carta escrita por un viejo orgulloso que no entendía las costumbres del nuevo mundo.
Isabella podría haber jurado que había visto una ternura fugaz en su expresión al mirarla.
—De todos modos, no creo que ese viejo os hubiera escuchado. —Concedió Isabella, ligeramente avergonzada de sí misma. —Quizás a tu padre, pero ciertamente no a ti.
Se había olvidado por un momento de ser cuidadoso con las secuencias de tiempo. Siempre se lo advertía a sus hermanos, había que tener cuidado al hablar del pasado como si hubieran estado presentes y hubieran vivido allí. Eligió sus palabras, con voz muy suave.
—Lamento que tu familia resultara herida por la pomposa actitud de un hombre inflexible. Cuando murió, y los hermanos de Charlie descubrieron la carta, no descansaron hasta venir en persona e intentar enmendar el error. A su favor, he de decir que no sabían que Charlie se había casado y tenía hijos. No sabían que su mujer había muerto en un accidente de avión y que él estaba tan gravemente herido. De haberlo sabido, o si mis hermanos o yo lo hubiéramos sabido, habríamos acudido en el acto.
Era cierto. Los Cullen consideraban a Charlie un miembro de su familia. De haber estado informados de su necesidad, hubieran acudido con absoluta contundencia. Deberían haberlo sabido, deberían haberse cuidado de monitorearle a distancia. Edward tendría que vivir con ese conocimiento.
—Eso me hace sentir mucho mejor, pero todavía no estoy dispuesta a dejar que unos perfectos desconocidos se lleven a mis hermanos. —Incluso a sus propios oídos sonaba desafiante.
—En realidad no leíste toda la carta que te envió el abogado, ¿verdad? —Preguntó él amablemente, su mirada ambar fija en la cara de Isabella.
Ella se encogió de hombros casualmente y alzó la barbilla.
—Leí tanto como necesitaba y eché un vistazo rápido al resto. El rancho está a mi nombre; pertenecía a mi madre. ¿Sabe eso la familia Denali? Ha estado en la familia de mi madre durante cien años. No voy a entregárselo a ellos. Charlie recobró todos los acres perdidos a lo largo de los años y se las arregló para convertir una propiedad acabada en un negocio próspero. Este es su legado para sus hijos y tengo intención de mantenerlo para ellos. Le quería. Él se merecía algo mejor.
Edward asintió lentamente, sus ojos nunca abandonaron la cara de ella.
—Así lo hiciste, querida. La familia Denali quería que acompañaras a Alice y Alec. Son parientes, Isabella, y no son responsables de la terrible tragedia que se precipitó sobre la familia. Están haciendo lo que pueden para desagraviaros. —Su voz escondía el más gentil de los reproches. —No necesitan este rancho, cuando son ricos por derecho propio. Cada uno de ellos tiene una propiedad y controlan también nuestras tierras.
Isabella se pasó una mano por el pelo.
—Estoy cansada y ha sido un día muy duro. Admitiré que me has ayudado enormemente y apartaste mi mente de la muerte de Erik, pero realmente creo que deberías irte, Edward. —Había alcanzado el punto en el que no era consciente de nada más en la habitación excepto del cuerpo masculino bien musculado. Su sangre parecía surgir y palpitar con calor y fuego. Su cuerpo entero se sentía intranquilo y extraño. No quería conocer esta faceta de él. Ni la faceta amable y gentil. Era mucho más fácil resistirse a él si creía que tenía un corazón de hielo.
Había acudido a ella en su hora más oscura cuando estaba sola, cansada y vulnerable.
Había ofrecido su ayuda con voz melódica. Solo su voz podía consolar al corazón más apesadumbrado. No quería que le gustara ni él ni la familia Denali. Eso significaría que tendría que ser justa y razonable.
Edward podía sentir el cansancio en ella. Su cuerpo estaba dolorido y cansado, le dolían los músculos. Se había levantado muy temprano, para buscar a su amigo perdido, y el día había sido interminable. Se encontraba colgada de la punta de los dedos, esperando que alguien la salvara cuando nadie podía verla. Se puso en pie lentamente y cuidadosamente colocó cada pieza de herraje de vuelta a su lugar original en la pared.
Cuando volvió la cabeza para mirarla, Isabella dejó de respirar. Sus ojos eran negros y hambrientos. Vivos de puro deseo. Le miró bastante indefensa, congelada en el lugar como un conejo hipnotizado. Incapaz de moverse. Nunca había visto unos ojos tan vivos, tan ardientes y hambrientos con una intensidad que la asustaba incluso aunque la atraían como un imán. ¿Cómo había pensado alguna vez que era frío? Edward extendió la mano lentamente, sujetándole la muñeca, y arrastrándola lenta e inexorablemente a su lado.
Al momento estaba allí, la electricidad, chispeando y crujiendo, humeando ardiente.
Ella apenas le llegaba a la altura del pecho y tenía que inclinar la cabeza de tan cerca de él como estaba. Él simplemente se inclinó hacia abajo, sin que su mirada negra abandonara nunca la pequeña y pálida cara mientras se acercaba más y más. Podía ver sus largas y espesas pestañas, su boca seductora. El corazón le empezó a palpitar a un ritmo frenético, igualando el mismo latir exacto del de él. Una mano se deslizó hacia arriba por su espalda en una larga y lenta caricia.
Observó como la boca de él se acercaba a la suya.
—No puedo hacer esto. —Susurró Isabella suavemente en voz alta, incluso mientras se acercaba a su calor cautivador. Él era fuego; ella era hielo, como las imponentes montañas que los rodeaban. Dos mitades de un mismo todo. —No puedo hacer esto. —Repitió más para sí misma que para él. Un último intento de autoconservación. Su cuerpo se derretía contra el de él, sin huesos y flexible como seda ardiente cuando necesitaba permanecer lejana, la princesa de hielo, como algunos de los vaqueros la etiquetaban.
Necesito hacer esto. Las palabras brillaron en su mente, brillaron entre ellos, en su corazón y alma, en la de ella. Lo necesitaba más que el aire que respiraba, más que la sangre que le daba vida. Tú lo necesitas. La palma de Edward le envolvió la nuca. Sus dedos eran cálidos, fuertes y firmes, atrayéndola inexplorablemente, incansablemente más cerca de él. La arrastró a través de los últimos escasos centímetros que los separaban. Lo necesito. La cruda, extrema verdad. Ella no confiaba en él, el inútil, el playboy. Peor aún, le veía como un hombre que intentaba seducirla para conseguir a sus hermanos y el rancho. Dolía, la imagen que tenía de él estaba en lo más alto de su mente, hería más de lo que estaba dispuesto a admitir, pero en eso momento no les importaba a ninguno de los dos.
Había una diferencia entre esperar algo y necesitarlo desesperadamente. Edward necesitaba la sensación de la sedosa boca de ella y su cuerpo suave y flexible. Apresuró su boca sobre la de ella, una fusión de terciopelo y seda aún más ardiente. Fue lo que fuera lo que había entre ellos parecía más fuerte que ninguno de los dos. Un calor fundido que espesaba su sangre y que hacía que sus corazones palpitaran frenéticamente. La tierra pareció moverse bajo sus pies y la acunó incluso más cerca, protectoramente, posesivamente contra él.
Isabella se sentía tan pequeña y frágil junto a él, pero aun así una llama viva y que respiraba.
Todas las buenas intenciones de Edward parecieron consumirse con el fuego que rabiaba tan ardiente que parecía barrer a un lado su cordura misma. Su boca se movía sobre la de ella, dominando, explorando, mezclándolos a ambos en un mundo de pura sexualidad. Se alimentó de su dulzura, deseando devorarla, tomándola en su propio cuerpo y encerrándola en su alma para siempre. Ella tenía una naturaleza apasionada y se entregaba al puro placer erótico.
Las manos masculinas se movieron sobre su cuerpo posesivamente, necesitando acoger cada pulgada de su piel. Hizo a un lado el escote de la camisa para que su boca pudiera dejar un rastro de fuego a lo largo del cuello, demorándose durante un momento para arremolinar la lengua sobre la tentación del pulso. La mano se movió hacia arriba por el torso bajo la fina tela para acunar los pechos cubiertos de encaje mientras su boca encontraba la oferta madura.
La boca era ardiente y húmeda a través del encaje, la lengua persuadió a su pezón hasta convertirlo en un duro pico, raspó el encaje eróticamente con los dientes, jugueteando, volviéndola tan salvaje que su cuerpo pulsaba con un terrible deseo. Le rodeó la cabeza con los brazos, las lágrimas estaban cerca, mientras las oleadas de sensación ondeaban a través de ella.
Puro placer, ardiente necesidad, una torrencial respuesta líquida que no podía evitar. Resultaba sorprendente para Isabella y totalmente inesperado. E inaceptable. Dejó escapar un sonido como un animal asustado, sorprendida de que entre los brazos de él ya no fuera una persona que pensaba por sí misma. De lo fácilmente que él podía hacerla echar a un lado sus creencias. Ni siquiera sabía si él le gustaba.
—Edward. —La voz dolorida de deseo le salió sin aliento y sexy, en absoluto lo que pretendía. —Detente. —Se las arregló para espetar la palabra. Una palabra. Su cuerpo no quería que él se detuviera, quería que siguiera y siguiera por siempre, echar a un lado las advertencias de su cerebro y que la llevara simplemente hasta las llamas. Nunca había experimentado semejante placer total, no tenía ni idea de que nada o nadie pudiera hacerla sentir como él.
—No quieres que me detenga. —Susurró él, una pecaminosa tentación contra sus pechos, la calidez de su boca incitándola.
Que Dios la ayudara, no quería que se detuviera, nunca. Isabella reunió fuerzas y le empujó.
—Necesito que te detengas. No puedo hacer esto. —Cogió su camisa empujándola hacia abajo para cubrir sus pechos doloridos. Las lágrimas brillaban, volviendo sus ojos de un profundo esmeralda. —Lo siento, no sé qué me ha pasado. Nunca había hecho esto. Tienes que irte. —Nunca podría volver a mirarle a la cara. Nunca.
—Isabella. —Él pronunció su nombre muy suavemente. Su voz pareció empezar un fuego en el fondo del estómago de ella, las llamas se extendían rápidamente. La aterrorizó. La aterrorizó totalmente.
Isabella retrocedió lejos de él, se giró y corrió como si Edward fuera el mismo diablo.
Corrió por el patio hasta la seguridad de su porche.
La escuchó hablar con su hermano y su hermana. Edward se quedó de pie entre las sombras y observó cómo entraban.
Se quedó solo en la oscuridad. Solo. Como siempre había estado solo. Dentro de esa casa había color y vida, emociones, pasión. Dentro de esa casa estaba la vida. Su mundo.
Permaneció en pie en la oscuridad a la que pertenecía los demonios, sin estar seguro de poder controlar la oscuridad que se acumulaba dentro de él, extendiéndose rápidamente. Ella estaba herida por dentro, una herida abierta y dolorosa, insegura de sí misma. Y sabía que no podía dejarla así.
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Les debo dos actualizaciones de esta historia! Aunque no esto segura de poder subir la siguiente hoy… la verdad muero de sueño jajaja pero mañana subiré el siguiente cap!
¿Qué les está pareciendo? No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
