No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.
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Edward esperó hasta que la casa estuvo tranquila. No podía apartarse de Isabella. Aunque el hambre le golpeaba furiosamente, exigiendo satisfacción, se negaba a prestar atención a su llamada. Se alimentaría después. No podía abandonar a Isabella. Descubría que tenía cada vez menos y menos control en lo que a ella concernía. La deseaba, su cuerpo rabiaba en busca de alivio, la necesitaba desesperadamente, necesitaba completar el ritual para hacerla completamente suya. Era la única forma de encadenar a su bestia interior. Se estaba haciendo más fuerte, y rugía continuamente reclamando libertad. Se sentía al borde de la locura, sabía que ya casi caía por ese precipicio. Lo sentía en cada movimiento estando despierto. Y su hermano lo sentía también. Carlisle le monitoreaba atentamente, prestándole fuerza cuando la bestia le aferraba con fuerza.
Una por una las luces que brillaban a través de las ventanas se apagaron. Oyó los suaves deseos de buenas noches susurrados y se sintió más solo y nervioso que nunca. Cuando estuvo seguro de que los residentes de la casa estaban dormidos, se deslizó por el patio y ganó la entrada de la casa a través de la ventana abierta de Isabella.
Casi insustancial, Edward flotó silenciosamente por el suelo de madera, una sombra oscura en la noche. Isabella estaba profundamente dormida, su pelo largo extendido sobre la almohada, hebras de flamígera seda rojo dorada. Una mano se cerraba en un puño y la otra estaba extendida como si buscara algo. Se inclinó sobre ella, su mirada ardiente descansando en su marca sobre el cuello. Apoyó su peso sobre la cama, sus manos la encontraron bajo las mantas incluso mientras alimentaba deliberadamente sus sueños eróticos, deseando excitarla, preparar su cuerpo, pues era una inocente. Despierta, meu lindo amor, necesito que estés conmigo esta noche.
Isabella se espabiló, adormilada, las pestañas revolotearon, no del todo despierta. Parecía sexy, una tentadora.
—¿Otra vez estás aquí? No consigo dejar de soñar contigo.
No puedes evitarlo cuando sabes que eres solo mía. Las palabras brillaron en su mente para que el sonido de su voz no la perturbara más aún. Ella sacudió la cabeza, con una débil sonrisa de bienvenida. Parecía tan hermosa que se inclinó a besarla. La piel de Isabella era increíblemente suave y no pudo resistirse a tocarla. Edward se estiró junto a ella, lentamente, perezosamente, un movimiento sin prisas. Disponía de toda la noche con ella. Al momento sintió el poder oculto en la colcha que la cubría. Sus dedos encontraron los símbolos y los trazaron cuidadosamente. Eran salvaguardas, salvaguardas cárpatas tejidas en los patrones de la colcha.
¿Dónde había adquirido ella semejante objeto? Era un trabajo hecho a mano, raro y precioso como la mujer a la que guardaba.
Edward se giró de lado, estudiando a Isabella. Necesitaba pasar cada momento en su compañía mientras pudiera. Ella era un rayo de luz en su mundo oscuro, sol y risa. Hacía mucho que había olvidado sus recuerdos de tales cosas, pero ahora se aferraba a la luz en ella. No sabía si se había sentido alguna vez gentil o tierno hacia otra persona, pero sentía algo cercano a semejantes cosas cada vez que la mirada.
Ella murmuró su nombre suavemente, su aliento fue cálido contra el cuello de Edward. El cuerpo se le endureció incluso más, hasta hacerle gemir suavemente, una protesta contra la urgente demanda que no podía controlar lo suficiente. La arrastró hasta sus brazos y bajó la cabeza a la almohada cerca de la de ella. Solo el fino pijama de Isabella le separaba de la suave piel y el refugio de su cuerpo. Te deseo, querida. Te deseo casi tanto como te necesito. La anhelaba, las palabras que los vincularían por toda la eternidad rondaban su cabeza, su lengua, haciendo que las saboreaba con cada aliento que tomaba.
Una sonrisa curvó la suave boca femenina, una invitación. Su cuerpo se movió intranquilo contra el de él. La necesitaba. No había nada más en su vida. La necesitaba. Con un juramento, envolvió sus brazos firmemente y acarició con la nariz la fina tela que cubría su cuerpo abriéndose paso hasta exponer los pechos al fresco aire nocturno. Era tan hermosa y tan vulnerable.
Necesito tocarte, meu lindo amor, solo unos pocos minutos, permíteme tocarte. Su voz era anhelante a causa del deseo. Anhelante a causa del hambre. Una suave seducción aterciopelada.
Los ojos de Isabella se abrieron, verde esmeralda, soñolientos, sensuales, encontrando su mirada hambrienta con su propia oscura pasión. Sin una palabra, se volvió hacia él, rodeándole con los brazos, su cuerpo flexible en rendición.
Isabella no tenía ni idea de si estaba despierta o dormida, en medio de un sueño erótico o una fantasía, pero no podía dar la espalda a la desesperación que ardía en esos ojos. En sus sueños, podía tener a quien quisiera, hacer lo que quisiera, no estaba atada por sus responsabilidades. Le deseaba. Deseaba la sensación de la piel de él cerca de la suya. Deseaba la boca de él en la suya, sus manos sobre ella. Le había deseado casi desde el primer momento en que le había visto y en sus sueños, no tenía que temer que pudiera controlarla.
El aliento de Edward quedó atrapado en la garganta ante la visión de ella yaciendo a su lado, el top alzado para exponer los pechos perfectamente formados. Su mano parecía oscura contra la piel blanca de ella, su palma sobre las costillas desnudas, sus dedos abiertos de par en par. Parecía delicada, casi frágil, mientras en contraste sus propios huesos y músculos eran mucho más grandes. Aunque a su propio modo, Isabella era tremendamente fuerte.
Las palabras rituales de unión estaban impresas en él mucho antes de su nacimiento, ardían en su mente mientras su cuerpo se quemaba, dolorosa e incómodamente. En la habitación del otro lado del vestíbulo, la muchachita se movió. Su mano se cerró posesivamente sobre el pecho de Isabella. Su mente buscó la de Alice. Estaba abriendo la ventana solapadamente, asomando la cabeza para llamar al perro. Alice tenía pesadillas sobre la muerte de sus padres, pesadillas en las que algo le ocurría a Isabella. Edward oyó al perro entrar en la habitación e inmediatamente envió una orden que hiciera que se quedara en la cama de la niña, proporcionándole consuelo, pero sin detectar su presencia en la casa. Nada podía detener esto.
Nada. Su mente y cuerpo clamaban por Isabella y sabía que no podía detenerse. Escudó a Alec y Alice evitando que despertaran, enviándoles a un sueño profundo.
Inclinó la cabeza hacia la calidez de la piel de Isabella, su lengua se arremolinó sobre el pecho, permitiéndose ser indulgente en su hambre por ella. Sintió su respuesta, la forma en que su cuerpo se apretaba y tensaba, la forma en que su sangre se calentaba y acumulaba. Movió las manos sobre ella lentamente, centímetro a centímetro, empujando la ropa a un lado para tener acceso a su cuerpo. Quería conocer cada centímetro de ella, quería tocarla, saborearla, inhalarla.
Su boca era cálida y necesitada mientras bajaba para tomar posesión del pecho. Se amamantó allí, su mano se deslizó a lo largo de las costillas, sobre el estómago plano para demorarse durante unos pocos momentos, rozando los dedos sobre la piel, trazando allí la débil silueta de una marca de nacimiento. Era lo bastante intrigante como para garantizar un rápido recorrido de su lengua, antes de volver al pecho mientras su mano bajaba aún más para encontrar la apretada mata de rizos en la conjunción de las piernas. La encontró húmeda y caliente cuando empujó la palma contra ella. Al momento sus caderas se arquearon contra él en respuesta.
Isabella tenía sueños sobre su amante oscuro, excitando su cuerpo, sus manos exploraban cada centímetro de ella, su boca ardiente y necesitada, succionándole los pechos, rozando y acariciando hasta que le suplicó alivio. Su boca estaba en todas partes, besando y acariciando, conociendo su cuerpo incluso más íntimamente de lo que lo conocía ella. Ardía por él, le necesitaba, necesitaba el cuerpo de él enterrado en el suyo. Abrió de nuevo los ojos para mirarle. Real. Sólido. Estaba desnudo, su cuerpo fuerte, sus músculos ondeándose con poder. Su largo pelo negro se deslizaba sobre los doloridos pechos sensibles, mientras la lengua se arremolinaba alrededor de su ombligo. Le cogió con ambas manos.
—¿Qué estás haciendo? —Susurró las palabras mientras su cuerpo ardía. —¿Y por qué te estoy dejando hacerlo? —El miedo atronó en su corazón y mente. Nunca se había sentido tan necesitada, tan dolorosamente excitada. Debería estar gritando, pero no podía quitarse de encima el velo que cubría su mente.
Él sonrió contra su estómago plano.
—Estoy cortejándote. —Sus dientes mordisquearon la curva de la cadera, encontrando la extraña marca de nacimiento, y raspándola con pequeños mordiscos. —Persuadiéndote. —Su lengua alivió el dolor. Sus manos le abrieron los muslos, rozando, acariciando. Sus dedos encontraron el ardiente centro de ella, húmedo por el fuego líquido, quemando y apretando cuando insertó lentamente el dedo más y más profundamente en su cuerpo. —Quiero mi cuerpo enterrado en tu cuerpo. ¿Es eso lo que quieres, querida? ¿Me deseas del mismo modo que yo a ti? —Los delicados músculos se tensaron a su alrededor. Caliente. Feroz. Húmeda de deseo. Observando su cara, retiró el dedo, insertando cuidadosamente dos, abriéndola un poco más, centímetro a centímetro. —Dime que me deseas, Isabella. Necesito oírtelo decir. —Necesitaba oírla decirlo porque tenía que estar con ella, compartir su cuerpo, compartir su piel, sangre y huesos.
Isabella sacudió la cabeza, atormentada más allá de toda razón. Si, le deseaba, cada célula de su cuerpo le necesitaba. Su cuerpo estaba tan rígido, la presión resultaba insoportable haciéndola pensar que no sobreviviría sin él. Pero él se lo estaba exigiendo todo. No una parte de ella, todo.
Y me lo darás todo. Fue un gruñido. Una orden.
—No. —Pronunció la palabra incluso mientras él presionaba los dedos profundamente, incluso mientras se cuerpo se tensaba y amenazaba con romperse en un millón de pedazos, luchó por mantener el quién y qué era intacto.
Edward pudo sentir la respuesta de su cuerpo. Ella le deseaba. Se movía inquietamente, su cabeza giraba de un lado a otro sobre la almohada, un suave sonido escapaba de su garganta.
Intentó protestar de nuevo. Él lo sintió fluyendo hacia arriba en ella mientras luchaba por alejarse del deseo naciente. Retiró los dedos y los reemplazó con su boca, la lengua exploró profundamente. Ella gritó, se sobresaltó, su cuerpo saltó a la vida, fragmentándose, implorando, haciendo que se sorprendiera de la intensidad de las oleadas de placer que la golpeaban. Intentó apartarse retorciéndose, el placer la destrozaba, pero él le pasó el brazo sobre las caderas y la mantuvo inmóvil, bebiendo de ella. Se negó a detenerse, empujándola más allá, deseando que su deseo se alzara en proporción directa a su propia hambre voraz.
Isabella luchó pulso tras pulso contra la sensación que atormentaba su cuerpo, llevándola lejos cuando necesitaba estar despejad. Se movió agitada bajo él, incapaz de sofocar el fuego que corría por su cuerpo lo suficiente como para respirar. No podía respirar, no podía pensar con claridad. El miedo la aferró. La sábana se anudó entre sus puños mientras intentaba alejarse del asalto que la boca de él estaba ejecutando, la lengua lamió y jugueteó hasta que sus nervios gritaron pidiendo alivio.
—Tienes que parar. —Jadeó ella. Isabella estaba completamente perdida en la tormenta de fuego y placer que la recorría. Él estaba tomando el poder. No podía escapar de su boca y su lengua. Su cuerpo simplemente se apretaba más y más, ardiendo más y más hasta que estuvo segura de que explotaría. Peor aún, la lujuria se alzó, aguda y mortalmente, la necesidad tan fuerte que la aterraba.
No podía retener un solo pensamiento, ni siquiera para salvarse. El placer bordeaba el dolor, la presión crecía más y más. No quería que acabara nunca, quería fragmentarse en un millón de pedazos. Quería ser lo que fuera que él necesitara, ir a donde él la condujera. Un grito bajo escapó de ella cuando la lengua aceleró el ritmo y empujó más profundamente en el interior de su cuerpo. Él era voraz, conduciéndola cruelmente al límite mientras su cuerpo se retorcía y se retorcía bajo él. No una vez, sino dos, tres, hasta que un orgasmo se encadenó con otro y su mente se disolvió y su cuerpo explotó.
Edward se irguió sobre ella, empujándole los muslos hasta separarlos para acomodarle, abriéndola completamente a él. Su erección era gruesa, pesada e intimidante, sus ojos como el pedernal mientras presionaba en el interior de su resbaladiza entrada. Isabella pudo sentirle allí, estirándola, simplemente esperando, mientras su cuerpo entero se tensaba, frustrado, pulsando y latiendo de deseo. Sintió el loco deseo de empalarse en él, pero él mantenía sus caderas inmóviles con manos duras. Su expresión era de puro deseo, su boca una cuchillada despiadada.
—¿Vas a decirme de nuevo que no, Isabella? ¿Vas a negarme lo que es verdaderamente mío? —Su voz fue ruda, áspera, su temperamento se arremolinaba sobre los dos.
Ella dejó escapar un pequeño grito atormentado. ¿Estaba él dándole una última oportunidad para salvarse? ¿Cómo podía decir que no cuando ahora le necesitaba, cuando todo en ella tenía que tenerle profundamente dentro de su cuerpo?
—¿Vas a hacerlo? —Insistió él.
Isabella sacudió la cabeza. No podía hablar, no podía respirar, su cuerpo ardía, el miedo fluía como lava a través de sus venas ante la idea de lo que estaba por venir. Él la estaba destrozándola y reconstruyéndola, haciendo que le anhelara para siempre, que siempre le necesitara. Una parte de ella lo reconocía, pero no podía detener el hambre oscura que se estaba alzando en ella.
Nunca más. Era un decreto, que surgió algo apagado entre sus dientes apretados.
Edward empujó con fuerza, conduciéndose profundamente en ella con una dura estocada, sabiendo que ella era demasiado inocente para lo que le estaba haciendo, pero incapaz de detenerse. Tenía siglos de hambre acumulados, un hambre oscura y rapaz que se rebalsó fuera de él, erupcionando en una fiebre de feroz frenesí. Estaba caliente y apretada y le aferraba con un fuego que casi le volvía loco.
—Es demasiado. Es demasiado. —Gritó Isabella, intentando desesperadamente empujarle fuera de ella. La estaba matando, conduciendo su cuerpo tan alto, las sensaciones eran tan eléctricas que se estaba perdiendo completamente.
Él le cogió las muñecas en un apretón, sujetándolas contra la cama a ambos lados de su cabeza, su boca tomó la de ella, su lengua se condujo profundamente mientras con las caderas empujaban más duro, más profundo, deseando más, tomando más.
La llamada estaba ahora sobre él, salvaje y primitiva, una necesidad tan antigua como el tiempo de unirlos por toda la eternidad. Su compañera. Su otra mitad. Las palabras le golpeaban, surgiendo de su alma mientras se enterraba profundamente en su vaina ardientemente feroz con el mundo ardiendo en llamas y girando fuera de control. Isabella dejaba escapar pequeños jadeos y podía sentir como sus músculos se apretaban, tensándose mientras cambiaba el ritmo a un tempo palpitante que alimentaba su hambre voraz.
La necesidad de saborearla creció más y más fuerte, más exigente hasta que su boca abandonó la de ella, moviéndose hacia abajo hacia la calidez del cuello, trazando un rastro erótico más abajo para arañar con los dientes el tentador latido sobre su corazón. Su cuerpo se tensó, empapado de sudor y su corazón atronó y palpitó. El demonio rugió pidiendo liberación, urgiéndole a continuar. Estaba temblando con tal necesidad que pensó que su cuerpo entero podría explotar en combustión espontánea. Con un gemido, Edward se rindió, hundiendo profundamente los dientes.
Isabella gimió en voz alta cuando látigos ardientes como relámpagos parecieron danzar a través de su cuerpo. La calmó, su mente ahora firmemente encajada en la de ella. Edward la mantuvo inmóvil, posesivamente, mientras se permitía ser indulgente con su apetito, y su cuerpo seguía hundido profunda y salvajemente en el de ella. Sabía a especias calientes y miel cálida.
No quería parar nunca, la terrible hambre que le había perseguido durante siglos se veía, por primera vez, saciada por ella. Isabella. La sangre en sus venas. Su vida. Su mundo.
El demonio rugió pidiendo más, pidiéndolo todo, insistía en que estableciera su reclamo. Durante un latido de corazón las palabras rituales fluyeron hacia arriba, desesperadas por derramarse. Era un instinto, algo profundo en su interior le urgía hacia adelante, instruyéndole en el ritual. Al momento diminutas chispas saltaron a su alrededor, colores de azul profundo y plata, pequeñas estrellas alzándose desde la colcha para saltar a su alrededor en una brillante reprimenda. Las palabras le golpeaban necesitando ser pronunciadas, exigiendo que la reclamara, pero Edward dudó, las pequeñas estrellas deslumbraban sus ojos. Estaría bajo tierra y ella estaría llevando el rancho durante las horas diurnas, incapaz de tocarle cuando su corazón y su alma, su mente la urgiera a hacerlo así. Sería un infierno para ella, conduciéndola al borde de la locura mientras él dormía profundamente bajo el suelo.
Inmediatamente Edward pasó la lengua por los pinchazos del pecho de ella y alzó la cabeza, respirando con dificultad, apretando los dientes mientras luchaba por controlarse.
Pronunció su orden suavemente hacia ella, manteniendo el hechizo. Bajó su cuerpo hasta que la boca de ella estuvo casi contra su pecho, esperando a que tomara la suficiente sangre como para un verdadero intercambio. Acuchilló una herida en su pecho y presionó la boca de ella contra el corte para reponer lo que había tomado, sujetándole la nuca para que no pudiera escapar, su cuerpo aprisionaba el de ella debajo. Al momento los labios se movieron contra su piel, se estremeció y el cuerpo de ella se apretó, una interminable espiral la aferraba, le aferraba a él.
Pequeños martillos parecían estar taladrándole la cabeza. El fuego consumía su sangre. Se introdujo en ella más duro y más rápido, su cuerpo resbalaba con sudor, con placer.
Con una pequeña maldición apretó los dientes para evitar que las palabras se deslizaran a través de ellos mientras la detenía. Cerró la herida de su pecho, se inclinó para tomar posesión de su boca, liberándola del hechizo para que su boca pudiera dominar la de ella, limpiando todo rastro de su sabor del sedoso interior. Se hundió profundamente en ella, más duro, moviéndose como un pistón, reclamando su cuerpo ya que no podía tomarla como su especie demandaba.
Isabella empezó a luchar contra él, una batalla instintiva, casi sin pensarlo, contra un placer tan intenso que sentía que no podría sobrevivir a él. No entendía como su cuerpo podía estar tan fuera de control, sus caderas se alzaban desesperadamente encontrando las de él, sollozaba jadeando y suplicando por él. ¿Por qué? ¿Por más? Siempre más. Él la tomaba con placer. Podía sentir como su cuerpo se tensaba alrededor de él, sus músculos se apretaban hasta que sintió fluir un grito. El orgasmo estalló sobre ella, interminable, impensable, barriéndola de tal forma que ya no hubo Isabella sin Edward. Le sintió hincharse incluso más, hasta que sus manos le aferraron las caderas con fuerza y empujó apresuradamente en el interior de los apretados y resbaladizos pliegues, una y otra vez, enviándola a otro orgasmo mientras erupcionaba profundamente dentro de su cuerpo.
Edward yació sobre ella, sus venas cantaban de excitación, de exaltación. Podía estar saciado por el momento, pero quería más. Viviría y respiraría para tenerla una y otra vez, para sentir su cuerpo rodeándole. Enterró la cara en la calidez de su cuello, sintiendo como su cuerpo se estremecía, sintiendo los temblores secundarios apretar los músculos a su alrededor. Ella estaba respirando con dificultad, su corazón corría. Se apoyó en los brazos y alzó su cuerpo cuidadosamente. La forma en que su calor resbaladizo se vertió sobre él cuando emergió de ella hizo que la sangre le palpitara una vez más.
Isabella se tocó tentativamente los labios magullados con la lengua. Le dolían los pechos.
Estaba lastimada entre los muslos. No podía mirarle. No podía apartar la mirada de él. No tenía ni idea de que el sexo podía ser si, un placer tan profundo que realmente bordeaba el dolor. Un hambre tan potente que bordeaba la locura.
Las puntas de los dedos de él le rozaron la cara, el cuello, dejando un rastro sobre sus pechos. Los pezones se le tensaron, y entre sus piernas sintió un latido instantáneo de respuesta.
Isabella volvió la cara lejos de él.
—¿Qué has hecho? —Lo susurró, agradeciendo la oscuridad. —¿Qué has hecho conmigo? —Las lágrimas ardían tras sus párpados. Nunca se vería libre de su red sexual. Isabella, que siempre había sido libre, siempre había estado al mando, sería para siempre una adicta a las cosas que este hombre podía hacer a su cuerpo. Y eso la aterraba.
La lengua de Edward raspó la parte inferior de su pecho, sumergiéndose en su ombligo, y trazando la marca de nacimiento una vez más en una correría pausada. Mantenía su cuerpo firmemente sobre el de ella. Estaba exhausta y magullada, pero Isabella aún podría intentar algo.
Podía sentir su miedo, vivo y respirando en la habitación con él.
—Te dije que eras mía.
—No entiendo esto. —Había lágrimas en su voz. —¿Cómo conseguiste entrar aquí? ¿Cómo permití que ocurriera esto?
Él alzó la cabeza, el perezoso retozar había desaparecido.
—No llores. —Deus. Si lo hacía, le destrozaría. Suavizó su voz. —Cuéntame por qué me tienes tanto miedo.
—¿Cómo puedes preguntarme eso? Estoy desnuda en mi propia habitación contigo y estás manoseando mi cuerpo como si te perteneciera. Tomaste el control de mí de algún modo. No puedo alejarme de ti. —No estaba luchando con él. Yacía bajo él como un sacrificio, una ofrenda. No podía ni siquiera arreglárselas para reunir la energía suficiente como para luchar porque sabía que no importaría. Nunca ganaría. Edward era demasiado poderoso y poseía su cuerpo y quizás incluso su alma. —No tienes ni idea de lo que me has hecho, ¿verdad?
La desesperación de su voz le raspó, desgarrando su estómago. Edward tocó su mente.
Isabella tenía intención esperar al hombre perfecto. Quería que su primera vez fuera con alguien a quien amara. Tenía prevista una unión tierna y romántica.
Le enmarcó la cara con las manos.
—Sé que fui brusco, pequeña. Pero soy el hombre perfecto para ti. Sentí tu placer. Te ahogabas de placer. —Y era cierto. ¿Estaba desilusionada porque había sido tan brusco sexualmente? Demonios, se había asegurado absolutamente de darle placer. ¿Por qué soñaría ella con algún hombre domesticado que nunca la satisfaría como podía hacerlo él? Si inclinaba la cabeza y tomaba su pecho en la boca, ella se estremecería de deseo. El deseo se encendería instantáneamente. Lo sabía. ¿Por qué ella no? ¿Quién era ese otro hombre al que deseaba? Edward podía sentir los colmillos explotar dolorosamente, pero luchó por contener la urgencia, esforzándose por comprender. Su pena le dolía. ¿Tan imposible era para ella amarle? Amaba a Alec y Alice. Había amado a su padrastro. Incluso amaba a Ben. Él estaba empezando a detestar a Ben.
—Me estaba ahogando. —Dijo ella con voz tranquila. —Me has tomado sin mi consentimiento, Edward. No tengo orgullo, ni escapatoria. Me dejaste sin nada.
Él se había preparado para la furia, pero no para esta callada desesperación. Isabella era una luchadora. Él podía convertir la furia en deseo sexual. No tenía ni idea de qué hacer con ella yaciendo ahí mirando al techo, con el corazón tan pesado que le dolía por dentro.
Cuando era un joven cárpato había pensado con frecuencia en cómo sería su compañera. Más tarde, había soñado con tener una mujer propia. Mientras pasaban los interminables siglos, desesperó incluso por tener a alguien. Isabella era un regalo inesperado y preciado, aunque no sentía lo que sentía él. Se suponía que ella le amaría. Se suponía que le desearía. Una parte de él se revolvió furiosa, el animal en él que exigía una compañera. El hombre intentaba averiguar que iba mal. Ella le pertenecía. Habían compartido un sexo increíble, sus cuerpos eran tan compatibles, no podía imaginar nada mejor. Ya estaba ansiando más, pero ella se alejaba de él en su mente. Creía que él podía poseer su cuerpo, pero estaba decidida a que nunca tocara su corazón. No tenía forma de combatir eso. ¿Qué estaba haciendo mal?
—No entiendo lo que me dices. Nos fundimos. Lo sentí. Sé que tú lo sentiste. ¿Cómo podría significar eso que no te he dejado nada?
Isabella quería alejarse de él. Quería que la dejara sola para averiguar qué estaba haciendo. No había huida. No fingiendo que no había ocurrido o que no ocurriría de nuevo.
—No tuve elección. No me dejaste elección.
Su pena le golpeó. Habría preferido su furia.
Solo pudo asentir su acuerdo. Por supuesto que no le había dejado ninguna elección. No había elección para ninguno de ellos. Ella había nacido para él.
—No pusiste objeciones a que te tocara.
—Por supuesto que lo hice. —La furia estaba empezando a arder en el fondo de su estómago. Oscurecía sus ojos y pequeñas chispas saltaban alrededor de la colcha.
El calor se encendió instantáneamente, la mandíbula de Edward se apretó.
—Nos mientes a ambos, a mí y a ti misma. —Su mano se deslizó posesivamente sobre el pecho, tirando de un pezón. Inclinó la cabeza, estudiando su cara, estudiando el deseo impotente en su mirada, sintiendo como el cuerpo de ella se arqueaba bajo su boca. Deliberadamente deslizó la mano entre sus piernas para encontrar la humedad. Alzó la cabeza para mirarla. —Tu cuerpo no miente.
Ella le abofeteó la cara tan fuerte como pudo. No tenía un buen ángulo o mucho espacio para moverse, pero el sonido resultó ruidoso en la habitación.
—Lo que me hiciste fue equiparable a una violación. No me importa lo mucho que te mientas a ti mismo, pero lo fue. Y puedes hacerlo una y otra vez, pero a menos que tengas mi consentimiento, lo cual no tienes, es una violación cada vez que me tocas. Te desprecio. Desprecio lo que puedes hacerme. No lo deseo. Ni siquiera me gustas, y mucho menos quiero que toques mi cuerpo.
La furia fue ardiente y horrenda, agitándose en su estómago, emanando como una fuente ante su atrevimiento al desafiarle, se atrevía a golpearle, peor aún, se atrevía a llamarle violador. Por siempre sería vampiro, era la peor condenación en la que podía pensar. Le atrapó las muñecas sobre las sábanas, irguiéndose sobre ella, su boca bajando con fuerza sobre la de ella.
Quería que fuera un castigo, pero en el momento en que la tocó, en el momento en que su lengua se deslizó dentro de la boca de ella, también él se deslizó dentro de su mente.
Había tanto dolor. Estaba desolada. Él no le gustaba, no confiaba en él. No tenía sentimientos tiernos por ser su compañera como los tenía él hacia ella. Sorprendido, Edward se apartó de ella y se sentó, pasándose los dedos por el pelo. Lo decía en serio. No estaba mintiendo. Su cuerpo respondía, pero era solo su cuerpo. La había excitado, sabiendo que no tenía experiencia, pensando que se sentiría incómoda cuando estuvieran juntos. No había deseado que su primera vez juntos fuera dolorosa para ella, pero ella no lo había deseado en absoluto. No le había deseado a él en absoluto. Se presionó las yemas de los dedos sobre las sienes.
¿Qué había hecho? Los compañeros tenían que estar juntos por toda la eternidad. Las reacciones de ella para él no tenían sentido. Él pensaba en ella a cada momento de su existencia.
Ella le quería fuera de su vida.
Edward. Estás llorando.
La voz de Carlisle se movió a través de él, haciéndole consciente del ardor de su pecho.
Edward se tocó la mejilla y encontró una lágrima rojo sangre. Él no lloraba. Era un hombre. Un Cárpato. Un cazador de vampiros. No entiendo nada de esto. Ella está dolida, lo siento. He tomado algo precioso para ella.
Su virginidad te pertenecía. Carlisle era pragmático sobre el asunto. No tenía más elección que aceptarte. Conviértela, llévala a casa, y tarde o temprano se acostumbrará.
Edward hizo una mueca. No había sido su virginidad lo tomado, ¿Estamos los dos tan cerca de convertirnos que no podemos comportarnos de forma honorable? Si ese es el caso, ya no pertenecemos a esta tierra.
Isabella rodó lejos de él, dándole la espalda. Su cuerpo latía y ardía y se sentía enferma por desearle. ¿Cómo iba soportar el resto de la noche? ¿El resto de su vida? Podía saborearle en su boca. Sentirle en su piel. Le anhelaba entre sus muslos. Podía no desearle, pero le necesitaba como un adicto a su droga. La terrible tensión de su cuerpo nunca desaparecería sin él. No importaba hacia qué hombre se volviera, la posesión de Edward empañaría cualquier relación.
Ardía. No había otra palabra para ello. Yació allí llorando, con las lágrimas corriendo por su cara, despreciándole, despreciándose a sí misma, pero le deseaba enterrado profundamente en su cuerpo, duro y caliente y llevándola más allá de ningún lugar al que pudiera ir por sí misma. La había convertido en su puta, pura y simplemente.
—No eres mi puta. —Edward estaba consternado ante la idea que se le había metido en la cabeza. —¿De dónde provienen esos pensamientos? —Colocó su mano gentilmente sobre la parte baja de la espalda de ella, con los dedos abiertos. —Lo siento, Isabella. No entendí lo que estabas tratando de decirme. No ví más allá de mi necesidad de ti. —Lamentaba el dolor que había causado, el haberla tomado sin su permiso, pero por más que lo intentara, no podía lamentar haberla poseído. Le dolía por dentro. Quería encontrar una forma de enmendar su error, pero sin saber por qué ella no le estaba respondiendo más que físicamente, no había forma de hacerlo.
Deseaba más que su amor físico. Era su compañera y se suponía que debía amarle completamente.
Su palma, que pretendía reconfortar, le quemó un agujero a través de la espalda. Enviando electricidad humeando a través de su riego sanguíneo. Isabella sintió que su cuerpo le anhelaba. Enterró la cara en la frescura de su almohada con un suave y desesperado lamento de protesta.
—Isabella. —Rogó él suavemente. —Mírame.
—No puedo. No puedo dejar de llorar. Lárgate. —Sus palabras quedaron amortiguadas.
—Sabes que es imposible para mí dejarte así. Me necesitas. Permíteme ayudarte. —Le apartó el pelo de la nuca y posó allí un beso. No podía marcharse, no cuando ella lloraba y su cuerpo clamaba por él. Cada instinto que poseía exigía que cuidara de sus necesidades. Besó un rastro hacia abajo por la espina dorsal hacia la parte baja de la espalda. —Permíteme cuidar de ti.
—Nunca podré volver a mirarte. Después de esta noche, no quiero verte nunca más. —Isabella se giró, sus ojos brillaban a causa de las lágrimas. —Lo digo en serio. Nunca seré capaz de enfrentarme a ti si tengo que hacer esto. —Le necesitaba. La aterraba permitir que la tocara. En el momento en que lo hiciera, estaría perdida. Lo sabía. Estaba segura de ello.
Edward no esperó a que tomara del todo la decisión. Ya estaba maldito de todas formas. Si la dejaba frustrada sexualmente le odiaría y si la satisfacía le odiaría también. Su cuerpo estaba ya duro y caliente y hacía sus propias demandas.
—Isabella, no soy un caballero. —Era la única forma en que podía prevenirla. No podía encontrar la emoción, ni siquiera cuando lo deseaba, no cuando se trataba de sexo. Era dominante y apasionado y exigía que ella siguiera su liderazgo. Le pasó una mano desde los labios hasta los pechos, haciéndola estremecer en respuesta.
—Que gran noticia, nunca lo habría supuesto. —Susurró ella y cerró los ojos cuando él se inclinó para tomar su pezón erecto en la boca.
Al momento Edward levantó la cabeza para inmovilizarla con su mirada.
—No apartes la vista de mí. Tengo que saber no estoy simplemente tomándote, querida. No sin tu consentimiento. —La pena de ella le estaba matando. Le dolía por dentro. Era una sensación terrible, unas garras que arañaban su corazón y pulmones desde dentro. Tocó una lágrima en las pestañas de ella, llevándosela a la boca.
Incluso en eso era sensual. Todo en él, sus ojos, su boca, su expresión ardiente. No tenía que tocarla para hacer que su cuerpo volviera a la vida.
—Me estás quitando todo mi orgullo, Edward. —Dijo ella.
Ignoró la tristeza de la voz de ella. Oyó su propio lamento, profundamente en su mente, un grito de dolor y pena cuando su desprecio se fundió con el de ella.
—Me acusas de algo vil, meu amor. Para mí, tú eres la única mujer que habrá nunca en mi vida. Pensaba que era un sentimiento mutuo. —La sorpresa todavía le hacía tambalearse.
Mientras hablaba, sus manos se movieron posesivamente sobre ella. Grandes, fuertes manos que acunaron sus pechos y juguetearon con sus pezones. Que trazaron pequeños círculos en su estómago y se deslizaron entre sus muslos. Isabella le dejó hacer porque no tenía otra elección. Estaba desesperada por su cuerpo. Si él no apaciguaba el terrible deseo que se acumulaba en su interior, no sabía que iba a hacer.
—¿Cómo puedes hacerme sentir así, Edward? Tengo tanto miedo, pero es peor sin ti.
Él le besó la garganta, su pelo se deslizó sobre la piel sensible haciéndola estremecer de placer.
—Nunca tendrás que estar sin mí, Isabella. La unión entre compañeros es para siempre. Esta noche, es mi mundo con mis leyes. No puedo hacer otra cosa que ocuparme de tu felicidad. Tu bienestar, tus necesidades y deseos estarán siempre por encima de los míos. —Besó un camino hacia abajo por el valle entre sus pechos. —Mi mundo era un mundo de oscuridad hasta que tú me devolviste a la vida. Sé con absoluta certeza que lo eres todo para mí. Siempre lo serás todo. Puede que yo te controle en la cama... —Jugueteó con la lengua alrededor de su adorable ombligo. —...pero tú me controlas en todo lo demás. —Su voz era una suave seducción en sí misma. —Puedo llevarte a lugares a los que ningún otro hombre podrá y siempre cuidaré de tu seguridad. Ningún hombre podría quererte más. Ningún hombre podría siquiera desearte o necesitarle como yo. Estoy tan prisionero cómo crees estarlo tú. La necesidad de estar contigo es tan profunda y elemental como tu necesidad de estar conmigo. Encuentra una forma de amarme un poco, Isabella.
La lengua acarició y jugueteó, moviéndose sobre su piel, los dientes rasparon, añadiendo una pequeña pizca de dolor que solo pareció realzar el placer. Las manos moldearon su cuerpo, las yemas de los dedos encontraron cada punto sensible haciéndola saltar y retorcerse bajo él, llameando a la vida. Su sangre se apresuró con una especie de fuego líquido. No podía encontrar las fuerzas para hacer más que yacer allí mientras él examinaba cada centímetro de ella, saboreaba cada centímetro, memorizando cada hueco, conociendo íntimamente su cuerpo.
Las lágrimas ardían en sus ojos a causa del dolor en voz de Edward. Había honestidad, incluso pureza en su tono. Decía en serio las cosas que decía. Sus palabras, su absoluta seguridad, la asustaban, pero la atraían hacia él, más cerca del fuego. Intentó aferrarse a ese pensamiento, entender, pero sus manos y su boca la estaban destruyendo haciendo imposible que retuviera una sola idea.
El calor la chamuscó, las llamas danzaron sobre su piel, lamiendo cada centímetro hasta que gritó una y otra vez. Su nombre. Por él. Necesitándole. Aplastó su pelo sedoso entre los puños, su cara sensual flotaba sobre ella. Estaba en todas partes. Alrededor de ella, sobre ella, y, que Dios la ayudara, le deseaba dentro de ella. Se cogió a sus caderas mientras se presionaba firmemente contra ella y sintió su invasión. Ralentizando ese momento. La estiró con un fuego increíble. Edward observó su cara, observó cómo le tomaba dentro de su cuerpo, mientras empujaba a través de los apretados pliegues, más y más profundo dentro de ella. Isabella estaba hipnotizada por la expresión de su cara, la dura sensualidad. La pura pasión. Se hundió en ella hasta que estar tan firmemente alojado que se sintió demasiado llena, demasiado estirada.
No pudo evitar la forma en que sus músculos se tensaron alrededor de él. La acción aumentó su placer, pero él jadeó y le aferró las caderas.
—Eres tan estrecha, Isabella. Siente lo que yo siento cuando te tomo así. —Fundió su mente con la de ella, y la dejó sentir su rabioso fuego. Sentir su necesidad de sumisión, la necesidad de suave piel deslizándose contra su cuerpo duro. Los pequeños gritos que le arrancaba se añadían al éxtasis acumulado.
Se echó hacia atrás, zambulléndose con fuerza. Isabella oyó el nombre de él resonando en su mente. Lo gritó, no en voz alta, sino más íntimamente.
—Más. Dame más. —Ordenó él y empezó a conducirse en su interior.
No tuvo más elección que obedecer. Su cuerpo tenía voluntad propia, arqueando las caderas, apretando los músculos, lo que hacía que latiera alrededor de él. El brazo masculino la cogió de las caderas y la ayudó a bajar mientras empujaba rudamente dentro de ella, enviando oleadas a través de su cuerpo. La tensión se extendió, creció, el calor se acumuló y acumuló y sin aplacarse nunca. Él fue despiadado, incluso mientras Isabella imploraba alivio, incluso cuando le suplicó. Cada frenético empujó hendía su cuerpo tensándolo más y más hasta que sintió una extraña neblina en su mente. No sobreviviría a este placer atormentador.
—Edward. —Él era su único refugio en la tormenta de lujuria y deseo. No podía soportarlo, no podía sobrevivir. Las sensaciones tomaron su cuerpo y construyeron un infierno en ella. Su cuerpo se apretó alrededor de él, el orgasmo la desgarró, tomándola, destrozando su cuerpo hasta que gritó de placer. Duró una eternidad, manteniéndola esclavizada, inundándola como olas mientras le sentía vaciarse, llenarla con su ardiente alivio.
Las lágrimas ardían tras sus ojos. Se encajó el puño en la boca para evitar gritar en voz alta. Ya era bastante malo que él la oyera en su mente.
—De nuevo, Isabella, di mi nombre. Sabes quién soy. Sabes el cuerpo de quién está profundamente enterrado dentro del tuyo. —Susurró las palabras contra la hinchazón de su pecho.
—Sé quién eres. —Dijo ella.
—Y sabes que no soy ningún vil violador. Este es mi lugar, dentro de ti, justo aquí en tu corazón y mente, en tu cuerpo. Nunca voy a dejarte. Mírame, meu amor, sabes que estoy diciendo la verdad. Nunca te abandonaré. Tendrás que llegar a un acuerdo con el hecho de que nos pertenecemos el uno al otro.
Sus ojos ardieron ferozmente, un oscuro recordatorio de que él era un depredador al que había dejado entrar en su casa, su cuerpo, su vida. Suspiró, su cuerpo se estremecía una y otra vez, pequeñas sacudidas que no podía controlar. Las cosas que él decía no tenían sentido, aunque ella las presentía correctas. Edward había creído que ella sentía lo mismo que él cuando había entrado en la habitación. Se había visto conducido a poseerla por alguna ley de su gente de la que ella no tenía conocimiento.
—Edward. —Murmuró su nombre, sentía el cuerpo tan exhausto que apenas podía pensar. —No entiendo nada de esto. No sé por qué crees esas cosas o por qué las siento correctas en mi cuerpo. Sin embargo, lo intentaré. Eso es todo lo que puedo prometer. Intentaré entender. Pero no esta noche. Estoy tan cansada. —Volvió la cabeza lejos de él, divagando mientras él permitía que lentamente sus cuerpos se separaran. Sintió su boca en el pecho, sus manos acunándole el trasero. Cada fuerte tirón mientras succionaba enviaba sacudidas que danzaban a través de su cuerpo, pero esta vez estaba demasiado cansada para hacer algo más que yacer tranquilamente, vagando hacia el sueño mientras él besaba un camino de vuelta por su cuerpo antes de permitir que se separaran del todo. Extrañamente, podría haber protestado de haber tenido energía. En vez de ello se acurrucó cerca de la protección de su cuerpo y durmió.
Edward yació a su lado hasta que la luz grisácea se arrastró a través de la ventana del dormitorio y supo que ya no podía esperar más para cazar a una presa. Salió a regañadientes de la cama, colocando el cuerpo exhausto de ella en una posición mucho más cómoda. La envolvió protectoramente con la colcha.
Se inclinó una vez más hacia su cuello, deseando refrescar su marca en ella, una marca para que el resto del mundo la viera. Para que ella la viera. Su sangre ancestral fluiría ardientemente por las venas de Isabella llamándole, su fragancia se aferraría a ella. La mente fundida de ambos sería más fuerte que nunca. Sabría dónde estaba ella a cada momento.
Para evitar deshonrarse a sí mismo uniéndolos antes de haberse ocupado de la seguridad de los hermanos de ella, Edward la dejó para cazar su presa. Debía alimentarse pronto si quería tener alguna esperanza de mantener su autocontrol. Buscaría la tierra tan pronto como sea posible para evitar volver a ella y tomarla a la fuerza.
En el momento en que salió e inhaló la noche, sintió la perturbación. Era sutil. Una pequeña sensación de poder en el aire. Una búsqueda. Era tan ligera que no pudo determinar la dirección, pero sintió la mancha del mal. Al momento se extendió en busca de su hermano.
Un vampiro, Carlisle. Uno poderoso, un antiguo. Está casi amaneciendo, aunque no ha acudido a la tierra y sabe que estamos cerca de él. Su poder es sutil, algo que no puedo ubicar para la caza.
Tu mujer le atrae. Debes convertirla y llevarla de vuelta a nuestra casa.
Había cansancio en la voz de Carlisle, como si su lucha con la oscuridad se estuviera volviendo demasiado difícil, demasiado larga, y sucumbiera lentamente.
Has estado utilizando tu fuerza para guardarme de la oscuridad, supuso Edward.
Estás tan cerca. Ella no está ayudándote en tu lucha. Toma a la mujer, abandonemos este lugar y volvamos a donde pertenecemos. Cazaré al vampiro mientras tú aseguras a la mujer.
Edward dio vueltas a la oferta. Con cada muerte, la oscuridad contaminaba sus almas, asumía el control hasta que no quedaba nada de quién y qué simbolizaban. Carlisle estaba demasiado vacío, había pasado demasiado tiempo sin solaz. Edward tenía un ancla. Si tomaba posesión de Isabella, atándola a él por toda la eternidad, podría cazar con seguridad al vampiro y librar a la zona del peligro. Carlisle y él estarían a salvo del peligro de abrazar la vida del no muerto.
Yo cazaré a este, Carlisle. Es fuerte y huidizo, pero tengo su olor y no escapará a la justicia de nuestra gente. No está actuando de forma normal. No hay asesinatos, ni muertes inexplicables. El hombre asesinado murió a manos de un humano, no de un vampiro. Y conocí a una mujer con talento psíquico, una fuerte telépata. Sabía qué era yo. Aquí está pasando algo no entiendo.
Acudiré si me necesitas.
Edward quería a Carlisle lejos del peligro de un caza. Llamaré si preciso ayuda. Rompió la conexión con su hermano y se movió veloz alejándose del rancho, tanteando en busca del vampiro, buscando un punto en blanco que le indicaría la guarida del no-muerto. El mal estaba en sus fosas nasales, el hedor era apestoso y sucio, pero no podía conseguir que permeara el aire.
No había dirección. Nada en absoluto que definiera el rastro. Solo el conocimiento seguro de que un poderoso vampiro estaba en la zona. Todo el mundo estaba en peligro. Encontró alimento en el pequeño pueblo, bebiendo hasta no poder más para reabastecer su fuerza. Necesitaría mucha en los días venideros. Y necesitaría todo su coraje para enfrentar a Isabella después de cambiar su vida para siempre.
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Muy mal, Edward. Muy mal… eso no se hace… en fin ¿habrá un vampiro en el pueblo? Este cap se los debía del domingo jaja
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¡Nos leemos pronto!
