No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

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Isabella se removió intranquila, un sonido se deslizaba dentro y fuera de sus sueños como una persistente alarma. Le llevó un momento luchar para abrirse paso hasta la superficie, le palpitaba la cabeza, un ligero sabor cobrizo se saboreaba en su boca. Sentía su cuerpo poco familiar, magullado y dolorido, concienzudamente utilizado. Pero supo inmediatamente qué la había despertado de su somnolencia inducida por el sexo. Sus instintos chillaban mientras despertaba bruscamente. Un grito agudo, lejano, resonaba perturbadoramente con un ruidoso crujir que la hizo sentarse, tirar a un lado las mantas y agarrar su pijama que había quedado a un lado descartado.

—¡Alec! ¡Alice! —Estaba corriendo, con los pies descalzos golpeando suavemente sobre el suelo de madera.

Su habilidad para oir y oler parecía magnificada diez veces. Se sentía mareada y temblorosa, con la boca seca. El terror puro la aferró. Abriendo de un tirón la puerta delantera, se detuvo en el porche, mirando con horror hacia el rabioso infierno que era su establo.

—¡Alec! ¡Los caballos! —Su grito agónico dio alas a su hermano que casi la golpeó echándola por tierra.

El humo era ya espeso en el patio, las llamas se alzaban hacia el cielo, volaban chispas en todas direcciones. Isabella, sollozando de miedo, conducida por los gritos de pánico de los caballos, aferró la barra de metal que cerraba la puerta del establo con las manos desnudas. Oyó su propio grito de agonía, sintió el eco de la voz de Edward en su mente, pero el dolor no importaba, los caballos sí. Las llamas lamían vorazmente el marco de la puerta, danzando por el techo, subiendo por las paredes. Los sistemas de aspersores parecían impotentes contra semejante infierno. ¿Qué había ocurrido con la alarma de incendios?

—¡Alice, quédate atrás, no te acerques! —Dio la orden afilada cuando su hermana llegó corriendo.

—¡Isabella! ¡No! —Alec la cogió por el brazo, evitando que entrara en el infierno de humo y llamas. El calor en sus caras y pieles era casi insoportable.

Ella se dio la vuelta, intentando mantener la calma. No había forma de tomar un profundo y tranquilizador aliento sin arrastras el espeso humo hasta sus pulmones.

—Alice, llama al 911, y después Tyler Stanley. —Los Stanley eran el rancho vecino más cercano. —Alec, sigue echando agua en esta entrada, pero quédate atrás. Lo digo en serio. El establo va a venirse abajo en cualquier momento. No te atrevas a entrar, no importa lo que ocurra. Es una orden. —Se volvió y se apresuró hacia la entrada misma del edificio en llamas.

—¡No! —Gritó Alec, pero Isabella ya había desaparecido, un humo espeso se arremolinaba a su alrededor como una enorme capa negra, tragándola en su boquiabierta mandíbula.

Se concentró en las puertas de los cubículos, intentando conseguir que su mente funcionara, para abrirlas. Las puertas se negaban a ceder bajo la presión. No sabía si era su desesperación o el grito de los animales lo que evitaba que se concentrara apropiadamente, pero no tenía más elección que dejarlo todo a un lado.

Diecinueve. Tenía diecinueve caballos en los cubículos. Isabella obligó a su mente entumecida a concentrarse. Los ojos le escocían por el humo y el fuego rugía en sus oídos. En medio del agobiándote humo negro, espeso y peligroso, era imposible ver nada en absoluto. El calor era intenso, el ruido alto y aterrador. Los caballos estaban más allá de la razón, animales peligrosos y desesperados.

Isabella tanteó su camino hacia la larga fila de cubículos. Uno por uno, abrió las puertas, intentando contener el aliento, mientras los ojos le lloraban. Sus pulmones ardían y tosía horriblemente. Estaba empezando a desorientarse. Domino apareció, con los ojos girando salvajemente. Isabella estaba demasiado atragantada como para tranquilizarle. El caballo se encabritó, sus cascos le pasaron a centímetros de la cara. Isabella se tambaleó hacia atras, tropezó, y cayó. Domino pasó a su lado como un trueno, sin pisotearla por poco. Su casco trasero le produjo una herida en el muslo mientras huía.

El aire cerca del suelo era algo mejor y sus doloridos pulmones lo tragaron. Se las arregló para colocar bien sus temblorosas piernas temblorosas, obligándose a levantarse, propulsándose hacia adelante. Ondeando los brazos, gritando roncamente, Isabella corrió hacia los caballos aterrorizados. Arremolinándose, se apresuraban hacia la entrada. La puerta principal estaba también ardiendo, pero no con la misma intensidad que las paredes. Isabella se tambaleó tras ellos, cayendo al suelo tosiendo y vomitando.

Unas manos ásperas la cogieron, enterrándose en su cintura, empujándola lejos de la entrada hasta unos brazos seguros. Edward la arrastró liberándola del humo y las llamas. Olió la sangre en ella proveniente de la dolorosa herida del muslo y algo horrendo y demoníaco dentro de él alzó la cabeza y rugió pidiendo venganza.

Parte del techo se derrumbó y en algún lugar profundo del interior del rugiente infierno un animal gritó con una agonía tan intensa que se hizo un silencio mortal en el patio. Isabella fue la primera en reaccionar, arrancándose de la garra de Edward, corriendo directamente hacia la llameante entrada de los establos.

—¡Alec, el rifle!

Sin preámbulos, Edward la cogió en brazos mientras gritaba una orden los hombres que estaban en el patio. La puso sobre el porche y bajó la mirada hacia sus ojos aterrados.

—Quédate justo aquí. No te muevas, ¿me has oído? —Edward cogió el rifle que le lanzó Eleazar Denali y desapareció dentro de las llamas que saltaban codiciosas devorando el establo.

Alec se arrodilló junto a Isabella. Parecía deslumbrado, en estado de shock. No pudo evitar admirar la eficiencia de Edward... helicópteros para el transporte, hombres ocupándose de los animales heridos y aterrados. Resultaba obvio que Edward dirigía la bien coordinada operación. Había cogido el rifle en el aire con una mano y entrado tranquilamente en el edificio que se desintegraba rápidamente.

Se oyó un disparo, y los penosos gritos cesaron bruscamente. Consciente de que había estado conteniendo el aliento, Alec lo dejó escapar lentamente, inclinándose solícitamente sobre Isabella, que se apoyada contra el poste del porche. Tenía la cara manchada de humo negro y lágrimas. Había un moretón en su frente, y varios en sus costillas, supuso por el estado de su top, que estaba herida, probablemente por haberla golpeado los caballos. El pantalón de su pijama estaba desgarrado y ensangrentado. La sangre empapaba su muslo. Ambas palmas de las manos eran una fea masa de ampollas. Luchaba por respirar con el terrible humo ya hondo en sus pulmones. Torpemente Alec intentó reconfortarla, rodeando sus esbeltos hombros con un brazo.

Al momento Edward estaba allí, inclinado sobre ellos, levantando a Isabella entre sus brazos con exquisito cuidado.

—Ocúpate de tu hermana pequeña. —Ordenó suavemente a Alec. —Está muy asustada. Yo cuidaré de Isabella. —Señaló hacia el capataz de Stanley, que dirigía a los hombres en el salvamento el granero. Isabella yacía aturdida entre sus brazos, incapaz de aceptar la enormidad de lo que había ocurrido. La llevó a una distancia segura del humo y la actividad, posándola sobre la hierba para examinar sus heridas. Escudándola con su cuerpo de cualquier ojo curioso, Edward le inclinó hacia arriba la cara ennegrecida para estudiar la magulladura.

—Lo siento, pequeña. No podía salvar al caballo, ni permitir que sufriera. —Incluso mientras hablaba posaba su mano sobre la laceración del muslo. Extrañamente el latido y el ardor cesaron inmediatamente. Su mano se deslizó, ligera como una pluma, por la garganta de ella, tocando sus sienes latentes. Después la palma se movió hacia el golpe de la cabeza. —Vine en el momento en que te oí despertar.

—No puedo crees que esté pasando esto. —Susurró Isabella roncamente, temiendo llorar, temiendo que si lo hacía nunca pararía.

Edward le echó el pelo hacia atrás con dedos gentiles. Ella tenía unas pocas quemaduras menores, el golpe, y la herida, pero eran sus manos, donde había aferrado la barra de metal, lo que le preocupaba. Le murmuró suavemente mientras le alzaba las manos hacia la calidez sanadora de su boca. Su lengua se arremolinó en un movimiento sensual, asegurando que el agente sanador le bañara cada ampolla y marca de quemadura. Donde debería haber escocido, Isabella sintió un cálido hormigueo que solo consolaba. Quería acurrucarse dentro de él y esconderse donde estaría segura.

—Tengo que ayudar. —Dijo ella, intentando alejarle las manos. Apenas podía respirar, el humo estaba profundamente atrapado en sus pulmones. El pecho le ardía y jadeaban en busca de aire limpio.

Edward señaló hacia Eleazar Denali para que se ocupara de las chispas que salían del fuego, saltando hacia la casa principal. Sabía que los hermanos Denali estaban preocupados por él, ya que debería haber acudido a la tierra con las primeras luces de la mañana. Podía soportar las horas matutinas si era necesario, pero su fuerza estaba decayendo lentamente y tarde o temprano sucumbiría a las limitaciones de su especie. El sol ya quemaba su piel, convirtiéndole en una masa de ampollas, y sus ojos escocían a causa de la luz. Edward mantenía las nubes en lo alto para que ayudaran a escudarle, pero el sol se cobraba su peaje. Los hermanos Denali sabían que le quedaba poco tiempo antes de que su cuerpo tomara el control y quedara completamente vulnerable.

Edward se inclinó hacia Isabella.

—Mírame, querida, debes mirarme realmente esta vez. —Sus ojos negros eran magnéticos, imposibles de ignorar, y Isabella los miró bastante impotentemente, sabiendo que estaba cayendo en las oscuras charcas, pero incapaz de reunir las fuerzas suficientes para detenerse a sí misma. Edward tomó posesión de su boca, respirando en su cuerpo, sacando el negro humo alquitranado, intentando regular el flujo de aire en ella. Sus manos se deslizaron sobre el cuerpo de Isabella, tocando los moretones de sus costillas, incluso mientras velaba la presencia de ambos de ojos indiscretos.

Alzó la cabeza reluctantemente, su mirada negra todavía la mantenía cautiva.

Enfocando a la manera de su gente, concentrándose hasta que separó su espíritu de su cuerpo, hasta que fue pura energía, entrando en el cuerpo de ella para ayudarse a sacar el humo y sanar la herida y las quemaduras. La mantuvo bajo su hechizo hasta que estuvo seguro de que cada herida había sido tratada y no había peligro de infección. Ni peligro para los pulmones. Lentamente, reluctantemente, la soltó. En realidad, con su mente, estaba dirigiendo a varios encargados de los trabajadores y a los que llegaban ante la petición de más ayuda.

—Tenemos esto bajo control, Isabella. —Murmuró él suavemente. —No te quiero dando vueltas por ahí y poniéndote en peligro. Entrar en el establo fue valiente pero muy estúpido. Ni se te ocurra volver a hacer una cosa así. No puedo tolerar semejante peligro para ti.

Ella se aferró a él solo un momento más, apreciando su fuerza y su aire de completa confianza. No tenía que conocer sus propios sentimientos para admirar la eficiencia y completa autoridad. Este hombre con toda seguridad sabía cómo conseguir que se hicieran las cosas.

El siguiente par de horas fue una pesadilla, Isabella y Alec trataban las heridas de los aterrados caballos mientras los hombres luchaban por evitar que el fuego se extendiera hacia la casa y otros edificios exteriores. Algunas veces levantaba la mirada para encontrar a Edward mirándola con su intensa mirada negra. Él parecía estar en todas partes, una máquina que trabajaba incansablemente en las largas horas de la madrugada.

Al fin, cuando el fuego quedó reducido a ascuas encendidas y columnas de humo y los animales estuvieron atendidos, Alec y Alice acudieron a ella en busca de consuelo... de respuestas. Con su pijama andrajoso y chamuscado y humo en la cara, Isabella examinó la destrucción.

—¿Cómo ha podido ocurrir esto? —Gimió suavemente con desesperación. —No había posibilidad de salvar el establo. El fuego estaba por todas partes, completamente fuera de control. No sonó ninguna alarma, los aspersores no funcionaron. —Sacudió la cabeza, incapaz de creerlo.

Isabella estaba devastada. Catorce de los caballos alojados en el establo, incluido el que Edward había abatido, no le pertenecían. Estaba arriesgándose y entrenándolos. Eran de valor incalculable para sus propietarios, criados para propósitos específicos. Ahora estaban traumatizados y quemados, cubiertos de cortes y magulladuras y sufriendo a causa de la inhalación de humo, e Isabella sería responsabilizada de sus heridas.

Alec la rodeó con los brazos, un gesto torpe de apoyo incluso mientras sus ojos iban automáticamente hacia la única persona que parecía al control de la caótica situación. Edward y los hermanos Denali habían luchado mucho y muy duro junto con los trabajadores del rancho de Tyler Stanley y el departamento forestal para evitar que todo el rancho ardiera en llamas. Alec no quería que sus tíos le arrastraran hasta un país extranjero lejos del hogar que amaba y temía mucho a Edward Cullen, pero no podía negar que sin ellos lo habrían perdido todo.

Edward leyó la súplica desesperada en la joven cara de Alec e inmediatamente dijo algo al pequeño grupo de hombres con los que estaba hablando, excusándose fácilmente. Tomó el brazo de Isabella, guiándola muy gentilmente a través del patio y escaleras arriba hasta el porche de la casa del rancho. Empujándola gentil pero firmemente hasta el balancín, le sirvió un vaso de agua del cántaro que Alice había mantenido concienzudamente lleno para los hombres que luchaban contra el fuego. Isabella parecía deslumbrada.

Levantó la mirada hacia él impotentemente.

—¿Cómo pudieron no funcionar los detectores de humo? Había varios... ¿Cómo pudieron fallar todos? —Murmuró. —Y los aspersores. Acababa de revisar los aspersores. ¿Cómo pudo arder el establo entero tan rápido? No lo entiendo.

—Lo averiguaremos, meu amor. —Edward estaba tomando amablemente una taza de té dulce y caliente que traía Alice y presionándola entre las manos de Isabella. —Estás en estado de shock, pequeña, quiero que bebas esto. Ayudará. —Se pasó una mano por el pelo. —Parece como si hubiera empezado con keroseno. ¿Guardabas keroseno ahí?

—¿En el establo? —Dijo Isabella incrédulamente. Inquietamente saltó sobre sus pies. Empujando para pasar junto a la gran forma de Edward, entró en la cocina. —Nunca guardaría keroseno en el establo. Realmente debes pensar que soy idiota.

Ella era tan frágil, estaba tan cerca de las lágrimas. Edward estaba en su mente, leyendo la maraña de emociones, el horror por lo que había ocurrido, los miedos de encarar el futuro y sus frenéticos intentos de juntar las piezas para descubrir qué podría haber ocurrido. La siguió pacientemente, un silencioso felino acechando tras ella.

—Es no es lo que te he preguntado, querida. Te estoy diciendo que creo que el fuego fue provocado. Creo que el jefe de bomberos también cree que ese es el caso. ¿Tienes seguro?

Isabella se quedó muy quieta, con la cara medio vuelta hacia él.

—¿Es eso lo que crees? ¿Qué quemaría mi propio establo con los caballos todavía dentro por el dinero del seguro? ¿Es eso lo que estás sugiriendo? —Ondeó una mano para abarcar el patio lleno de vecinos. —¿Es eso lo que cree todo el mundo? ¿Que sería capaz de dañar a los animales por dinero? —Sus ojos verdes empezaron a arder peligrosamente. —O quizás es eso lo que tú y los hermanos Denali queréis que piense todo el mundo. Que sería capaz de semejante atrocidad. Eso ciertamente ayudaría a vuestro caso, que yo acabara en la cárcel, ¿verdad? Nadie se interpondrá en vuestro camino para conseguir a los chicos.

—Es suficiente. —Pronunció las palabras muy tranquilamente a través de los dientes blancos apretados. Sus ojos negros eran de nuevo fríos como el hielo, su boca una cuchillada implacable. Parecía bastante cruel y rudo lo que hizo que Isabella retrocediera alejándose de él, con el corazón palpitando de miedo repentino. —Estás molesta y no sabes lo que estás diciendo. Mejor quedarse callada que lanzar acusaciones infundadas. Estás asustando a tu hermana, Isabella.

Avergonzada por su falta de control, Isabella sacudió la cabeza y miró por la ventana evitando la penetrante mirada de él. No tenía forma de saber que Edward ya había descubierto la llave de su mente y era bien consciente de que ella era incapaz de semejante acto traicionero como era el empezar un fuego en su propio establo lleno de animales vivos.

Edward se acuchilló junto a Alice, su tono fue muy gentil.

—Todo irá bien, menininha. Nadie creería nunca nada semejante de Isabella. No parezcas tan asustada.

—¿Vamos a perder el rancho? —Explotó Alice ansiosamente. —¿Vas a llevarnos lejos de Isabella y entregar nuestro rancho a ese hombre horrible? —Las lágrimas estaban trazando un rastro a través del humo sobre su carita.

—No, amorcito. —La voz de Isabella fue extraordinariamente gentil. —No te preocupes, Alice, hemos visto tiempos peores y los hemos superado. Alec y tú estáis vivos e ilesos, eso es todo lo que realmente importa. —Incluso en su desasosiego, era reconfortante.

—¿Qué hombre horrible, Alice? —Preguntó Edward, su negra mirada buscando y encontrando a la niña con una firme compulsión para que le respondiera.

—Todo va bien. —Interrumpió Isabella, sonando cansada incluso a sus propios oídos.

Extendió la mano hacia Alice en un intento de romper la mirada fija que Edward tenía sobre ella.

Edward se deslizó aparentemente sin moverse, manteniendo su cuerpo insertado entre Isabella y Alice. La pequeña levantó la mirada hacia él confiadamente.

—Quiere quitarnos nuestro rancho. Siempre está viniendo y diciendo a Isabella que le dé dinero. —Se inclinó más cerca confidencialmente. —Quiere casarse con ella. Le oí decir que no perderíamos el rancho si ella cooperaba.

—¡Alice! —Isabella habló mucho más afiladamente de lo que pretendía, totalmente humillada una vez más. Edward Cullen era la última persona que necesitaba que supiera de sus asuntos. Durante un momento se cubrió la cara con las manos. Se había acostado con él.

Acostado con él. Ni siquiera eran las palabras correctas para lo que habían hecho juntos. Un completo desconocido, le había permitido tocarla, devorarla. Le había tomado dentro de su cuerpo. Se sentía desnuda, vulnerable y lentamente bajó las manos para encontrarse con sus ojos negros. La había poseído, marcado, y ella había estado tan ansiosa por su cuerpo, por su toque.

Habría hecho cualquier cosa por él. Dios, le había suplicado. Gritado y su nombre una y otra vez en la mente. ¿Qué le pasaba?

Edward liberó a la niña de su trance, descansando la mirada pensativamente sobre la cara de Isabella. Los ojos de ella estaban vivos de orgullo, pero él era una sombra en su mente y podía leer su humillación y miedo. Rodeó la frágil muñeca con su fuerte garra, cuidando de mantener su enorme fuerza bajo control.

—¿Quién es ese hombre que ha mantenido una amenaza sobre tu cabeza de tal manera? —Lo dijo suavemente, sus dientes muy blancos y casi lobunos. Era demasiado consciente de que el tiempo se le escapaba. Había empujado su resistencia mucho más allá de lo normal para estar con Isabella.

—No es asunto tuyo. —Isabella intentó retorcerse para liberarse, sintiéndose tonta, aunque él no parecía notarlo. —Ahora mismo estoy demasiado alterada para hacer frente a un interrogatorio. —Murmuró rebelde, luchando por contener las lágrimas. No ayudó a su paz mental notar que sus varias heridas no le habían dolido desde que Edward la había atendido antes.

El aliento de Edward salió en un lento siseo.

—Me responderás, Isabella. —Era una orden, su voz tan baja, tan envuelta en terciopelo, que la sintió en vez de oírla. Con todo, era una pura amenaza. Sus brillantes ojos negros no parpadearon ni una vez.

—De acuerdo, entonces. —Incitada más allá de lo soportable, con su control habitual hecho pedazos, Isabella le miró. —Cometí un enorme error cuando mi padre estaba enfermo. Necesitábamos dinero. Todo el mundo sabía que él estaba enfermo, el banco no nos prestaría nada. No podía mantener el rancho en funcionamiento porque él me necesitaba. Había demasiadas facturas. Los chicos necesitaban ropa para la escuela. —Alzaba la barbilla beligerantemente. —Solo tenía diecinueve años, nadie se hubiera arriesgado a prestarme el dinero y el banco no nos concedería otra hipoteca a causa de las facturas del hospital y la parálisis de mi padre. Era medianamente de conocimiento común. —Tironeó de su muñeca otra vez. —Odio esto, contarte esto.

Ella no tenía que contárselo, podía "ver" los recuerdos en su mente. Había amado a Charlie Denali con la misma feroz lealtad y pasión que daba a los niños. Para Isabella, Charlie Denali había sido su padre, con o sin sangre. Apesadumbrada por la muerte de su madre, había tomado la tarea de ocuparse de su padre paralizado, dos niños, y el enorme rancho. Había estado muy asustada, sin nadie a quien recurrir y todo el mundo dependiente de ella.

Edward lo lamentó por ella, sus ojos ardieron con una emoción poco familiar. Tiró de su muñeca hasta que el cuerpo de ella descansó cerca del refugio protector del suyo. Necesitaba consolarla incluso más de lo que ella necesitaba ser consolada. Isabella se retorció para liberarse y se dirigió hacia la puerta de la cocina. Se movió con ella como una pareja de baile, grácil, fluido, pura energía. No produjo ningún sonido sobre el suelo de azulejo.

Isabella le miró sintiéndose atrapada y muy vulnerable.

—Pedí prestado el dinero a un vecino. Sabía cómo era él, pero lo necesitábamos. Primero envié la carta a la familia Denali, ellos eran nuestra última esperanza, pero no hubo respuesta. Acudí a Michael Newton y le pedí prestado el dinero que necesitabamos para seguir funcionando. —Cuando él continuó mirándola se encogió de hombros. —No era estúpida... sabía que él quería el rancho, y sabía que era responsable de que el banco me volviera la espalda. Y también sabía que nos daría tiempo si pensaba que podría tener una posibilidad conmigo. —Sus ojos verdes dudaron, la culpabilidad crepitó en ellos. —Cogí el dinero y me las he arreglado para cumplir con los pagos cada mes desde entonces, pero tenemos un pago total vencido. A menos que pueda vender parte de nuestra tierra rápidamente, perderemos el rancho. Desafortunadamente no es tan fácil cuando el rancho es parte de un aval.

Alec los había seguido a la cocina con la pretensión de servirse una taza de café. Isabella tenía que estar destrozada por los eventos de la mañana para revelar semejantes detalles personales un hombre al que ni siquiera conocía. Tenía que estar en estado de shock. Se dio la vuelta, listo para enderezar las cosas.

—Hace que suene como si se hubiera vendido a sí misma. Todo lo que hizo fue mantenernos en pie cuando nuestra familia no se molestó siquiera en contactar con nosotros después de que papá muriera. Trabajó duro para sacarnos de las deudas, ¡hizo más de lo que podrían haber hecho dos hombres! ¡No tiene nada de lo que avergonzarse!

—Comprendo que tu hermana es tan terca como una mula. —Dijo Edward desagradablemente. —Pero tenía mejor opinión de ti, chico. Deberías haberme hablado a mí o a tus tíos de esto inmediatamente en vez de permitir que tu hermana se matara a trabajar. —Su voz fue muy baja, pero había en ella un latigazo.

—¡No te atrevas a hablarle así! —Isabella volvió a la vida sus ojos verdes llameaban.

Irradiaban furia, sus puños ya apretados a los costados. Incluso dio un paso hacia Edward.

Él sintió la oleada de poder vibrando en el aire. Era tan fuerte que varias cacerolas que colgaban de ganchos se balancearon, tintineando y haciendo que ella las mirara alarmada. Su piel palideció bajo la capa de hollín e inmediatamente tomó un profundo aliento para calmarse.

La diversión caldeó los ojos de Edward.

—Piénsalo dos veces, pequeña, antes de lanzarte sobre mí. Si me haces daño, ¿cómo voy a firmar el cheque?

—¿Nos prestarías el dinero? —Alec jadeó ansiosamente.

—De ninguna forma, Alec, absolutamente no. —Isabella estaba ultrajada ante la idea. —No voy a vender mi alma al diablo, ni siquiera para mantener el rancho. ¡A ningún precio! —Se sentiría como una prostituta, ¿y cómo podía explicar eso a Alec o Alice?

—No tienes ni rastro de modales. —La voz baja de Edward era súbitamente acero envuelto en terciopelo. Un músculo saltó en su mandíbula. —La verdad es que ya has hecho un trato con el diablo y te guste o no, necesitas ayuda.

Su barbilla se alzó hacia él, sus ojos verdes vivos de orgullo.

—No de ti o de la familia Denali. Tuvisteis vuestra oportunidad de ayudarnos y permitisteis que mi padre muriera.

Las advertencias sonaron en el cerebro de Alec. Isabella era bastante capaz de intentar poner a Cullen de patitas en la calle. No podían permitirse hacer de Edward un enemigo.

—Un momento, Isabella, me gustaría oír bien a este hombre. ¿Qué clase de términos estás ofreciendo?

Isabella miró a su hermano.

—Cuales quiera que sean los términos, no podemos afrontarlos. ¿Alec, no has aprendido de mis errores?

—Yo quiero oírlos. —Insistió Alec testarudamente, probando que podía ser exactamente como su hermana mayor cuando la situación lo requería. —¿Crees que no sé qué duermes alrededor de cuatro horas cada noche? Mírate, Isabella, estás en los huesos.

—Muchas gracias. —Espetó ella, otra vez humillada. —Si vosotros dos me perdonáis, voy a darme una ducha. —Isabella rozó a Edward, su cuerpo esbelto temblaba de desaprobación. No pudo mirarle al decir "ducha", ya que la atención de Edward se volcó de repente en su cuerpo.

Podía sentir el peso de su mirada sobre ella, podía recordar la sensación de su boca. Las manos de Edward habían estado por todas partes sobre ella, dentro de ella. Su boca, su lengua, su cuerpo. Había pronunciado su nombre, le había rogado, suplicado más de su posesión. Una y otra vez. Había ardido por él toda la noche. Todavía ardía por él.

El agua caliente escoció sus manos y las pequeñas quemaduras que no había notado antes en sus brazos y piernas. Giró la cara hacia arriba para dejar que el agua lavara las indeseables lágrimas de su cara. Estaba exhausta, ya había pasado la media mañana, y sus tareas esperaban. Todo estaba esperando. Se lavó el humo del pelo, temblando incontroladamente todo el rato. ¿Por qué había hablado a Cullen de la hipoteca? Solo sería un arma más en el creciente arsenal que podría utilizar contra ella. ¿Y qué había dicho él? ¿Alguien había provocado el fuego? ¿Con los caballos dentro del establo, alguien había provocado deliberadamente el fuego?

Se secó lentamente, dándole vueltas al asunto en la cabeza. Era difícil de creer, pero dudaba que Edward hubiera mentido sobre ello. Obviamente si el incendio era provocado como se sospechaba, habría una investigación a gran escala. Ella sería la sospechosa número uno. Todo el mundo sabía que necesitaba dinero. Isabella gimió suavemente y sacó un par limpio de descoloridos vaqueros Levi's. ¿Por qué querría alguien quemar su establo? El dinero del seguro no cubriría sus pérdidas completamente, y mucho menos sería bueno para cualquier otro.

¿Lo había hecho ella? Isabella se sentó lentamente sobre la cama. ¿Podía haberlo hecho ella? ¿Podía haber empezado el fuego inadvertidamente sin saberlo? ¿Era posible? Había estado en el establo más temprano por la noche con Edward. Recordaba la oleada de poder apresurándose a través de su cuerpo como una bola de fuego. Su poder había llenado la habitación. Había ardido por él toda la noche. Demasiado poder y energía. Isabella se presionó una mano temblorosa sobre la boca.

Ahora estás siendo verdaderamente tonta, querida, tú no podrías haber hecho esto. Si tus poderes hubieran empezado el fuego, habría sido combustión espontánea, no keroseno empapando las paredes. Esto fue deliberado. Sé lo que son los monstruos, Isabella, y tú no eres uno de ellos. Ven aquí y rescátame de estos niños. Tienen miedo e intentan ser valientes por ti. Necesitan que los tranquilices.

Isabella se enderezó, enfrentando a su reflejo en el espejo. Sus ojos eran enormes, el verde vívido de sorpresa. Edward Cullen tenía tremendos talentos. Ya no podía negar que había entre ellos una conexión. Una fuerte conexión. No podía fingir que no le estaba oyendo hablarle, mente a mente. No podía fingir que cada vez que se acercaba a ella, incluso en medio de una crisis, su cuerpo reaccionaba al de él. De repente, en el espejo, sus ojos se abrieron de par en par con sorpresa. Él podía leer sus pensamientos. No estaba hablándole simplemente, estaba respondiendo a sus pensamientos. ¡Y ni siquiera estaba en la misma habitación que ella!

Isabella se sentó muy quieta, temiendo moverse. Podía oír su corazón latiendo ruidosamente en los pequeños confines de su dormitorio. Fue entonces cuando comprendió que oía mucho más que su corazón. Podía oír a los hombres en el patio, sus conversaciones, el continuo pasear inquieto de los caballos. Podía oír los insectos zumbando. Peor aún, podía oír los susurros provenientes de los bomberos cerca del establo. Se presionó las manos sobre las orejas, temiendo de repente estar perdiendo la cabeza.

Esta vez le sintió, el movimiento de una sombra en su mente. Una calidez la inundó, confort, una tranquilidad consoladora que él proyectaba. Este es un don como cualquier otro.

Trabaja con él durante unos momentos. Puedes controlar el volumen con tu mente, Isabella. No hay nada que temer. Baja el volumen hasta que estés cómoda.

¿Qué está ocurriendo? La pregunta brilló en su mente, una súplica de ayuda en medio de la locura de su mente. No solo la audición. Todo lo que estaba sintiendo. Incluso su atracción por él era extraña. No confiaba en ella. Era demasiado violenta, demasiado apasionada, cuando él ni siquiera le gustaba. También ella estaba tocando su mente y sintió su terrible cansancio. La necesidad de su cuerpo de cesar todo movimiento. La ardía la piel dolorosamente y le escocían los ojos como si se los estuvieran perforando con agujas candentes. ¿Qué te ocurre? ¿Por qué sientes tanto dolor? De repente estaba muy, muy asustada por él.

—¿Isabella? —Alec llamó a la puerta vacilantemente. —¿Estás bien? —Abrió la puerta lo suficiente como para asomar dentro la cabeza.

Viendo su cara joven y preocupada, la desnuda preocupación por ella, Isabella sintió que su fuerza y resolución volvían más fuerte que nunca.

—Resisto, Alec. —Le tranquilizó suavemente. —¿Y tú qué? —Respóndeme. Podría gritar si no sabía que Edward iba a estar bien. ¿Se había quemado?

—Creo que me golpeará esta noche o mañana. Todavía estoy en estado de shock. —Alec cruzó el suelo del cuarto para echarle el pelo hacia atrás por la frente. —Tienes moretones por todas partes. —Señaló su muslo envuelto en los vaqueros. —¿El corte era feo? Había un montón de sangre. —Señaló hacía en un torpe intento de demostrar su amor.

Estoy bien. Es bueno que te preocupes.

—Soy dura, Alec, y he sido coceada por caballos y tirada al suelo con mucha más fuerza que eso. ¿Qué hay de Alice? ¿Cómo lo lleva? —Edward tenía razón, si se concentraba, Isabella podía bajar el volumen de su audición y el asalto a sus sentidos disminuía. No podía dejar de pensar en él, no podía evitar que su mente intentara sintonizarse con la de él.

—Alice tiene comida y bebida preparada para las tropas. —Dijo Alec. Se aclaró la garganta. —Creo que será mejor que salgas ahí. El jefe de bomberos quiere hablar contigo. Tyler Stanley averiguó algunas cosas que deberías saber. Había contenedores de keroseno, ennegrecidos, dentro del establo.

Isabella asintió y siguió silenciosamente a su hermano de vuelta a la cocina. Tomó un profundo aliento para permanecer firmemente controlada.

—Alguien los colocó entonces. —Dijo las palabras en voz alta para probarlas. Era tan imposible de creer. —¿Quién haría semejante cosa?

Tyler sacudió la cabeza.

—No sé, Isabella, pero el sistema de alarma estaba completamente desmantelado y los aspersores fueron manipulados. Quien quiera que fuera fue muy profesional, muy concienzudo. Tuvimos suerte de salvar el granero y los edificios exteriores.

Se hizo un largo silencio mientras Isabella digería las implicaciones de sus palabras. Alzó la cabeza, miró alrededor hacia el círculo de sombrías caras masculinas, a los rasgos pálidos de Alec y a la pequeña Alice acurrucada inseguramente en una esquina. Edward permanecía erguido junto a ella, su cuerpo escudando protectoramente a la jovencita de los ojos de los otros hombres de la habitación.

Instantáneamente avergonzada de sí misma, Isabella acunó a Alice contra ella y rozó la frente mugrienta de su hermana con un beso tranquilizador.

—Creo que esto ha sido suficiente excitación para ti, cariño. —Dijo Isabella firmemente. —Gracias por toda tu ayuda, el café y la comida para todo el mundo. Yo nunca habría pensado en ello. Toma una ducha y vuelve a la cama unas pocas horas. Vamos a tener un montón de trabajo duro reparándolo todo. —Isabella miró hacia Edward. Gracias por cuidar de ella.

Al instante sintió el roce de unos dedos sobre su cara, la más leve de las caricias, aunque Edward no se había movido, no la había tocado físicamente. Podía ver la fatiga grabada en su cara. Sus ojos estaban cubiertos por unas gruesas gafas negras, las lentes eran tan oscuras que no podía ver a través de ellas. Isabella todavía podía sentir lo cansado y drenado que estaba, el dolor que sentía, aunque lo sentía alzar una barrera para que ella no pudiera sentir su dolor real. Podía ver que los hermanos Denali estaban preocupados por él. Permanecían en un apretado montón delante de la ventana, sus caras ansiosas mientras observaban a Edward.

—¿Qué podemos hacer? —Alice imploraba. —Perderemos el rancho.

—No, gallinita. —La mirada de Isabella saltó para encontrar la de Edward sobre la cabeza de la niña. —No perderemos nuestra casa. Corre ahora, estaré ahí para arroparte en un momento.

Tranquilizada, Alice recorrió el vestíbulo hacia su dormitorio. A Alec no se le podía enviar a la cama, aislándole de las malas noticias o los sobresaltos. Altamente inteligente, mostraba su gran sentido de la responsabilidad en casi todo lo que hacía.

—Isabella. —Empezó Ben, alzando una mano para detenerla antes de que pudiera hablar. —Nadie cree que tú provocaras el fuego. Te conocemos de toda la vida. Podrías quemar tu propio establo si te volvieras lo bastante loca, pero no por el dinero del seguro y no con los caballos dentro. Sin embargo, alguien lo hizo. ¿Quién podría beneficiarse?

—¿Tienes algún enemigo? —Preguntó Edward tranquilamente.

Su mirada verde saltó hasta la cara de él, su barbilla alzada beligerantemente. No hasta hace poco. Edward había pasado la noche con ella en el rancho. No había estado allí cuando se había despertado. La idea llegó inesperada, indeseada.

Cuídate mucho de decir cosas que luego no podrás retirar, meu amor. No envenenes la mente de tu hermano contra sus tíos o contra mí. Eres más lista que eso.

Parte de ella podía sentir que estaba perdiendo la cabeza.

—No que yo sepa.

Tyler se frotaba el puente de la nariz pensativamente.

—Has acaparado el noventa por ciento del negocio de entrenamiento de caballos por aquí. Cualquiera que quisiera trabajar con caballos estaría pasando una mala racha.

—La mayor parte de los rancheros desbravan y entrenan a sus propios caballos. En cualquier caso, la mayor parte de los rancheros lo son de ranchos de ganado. No veo como podría estar pisándoles el terreno entrenando caballos. Lo he hecho durante años.

—¿Y qué hay de ese hombre, Newton, del que me hablaba Alice? —Edward se enderezó de donde estaba apoyado casualmente contra el fregadero, un movimiento fluido de pura gracia y poder. —¿No tendría mayores probabilidades de conseguir el rancho?

—Michael Newton es quizás el mayor gusano del mundo, pero es un hombre rico. No le importa tener este rancho o no. Ya me gustaría que fuera así de simple.

Alistair Denali se aclaró la garganta.

—Don Edward, el sol se está alzando y ha estado levantado toda noche. Quizás Eleazar y yo deberíamos quedarnos aquí y ocuparnos de todo mientras usted vuelve con el Señor Stanley en el helicóptero. —Sugirió.

Isabella le miró, por primera vez notó realmente el parecido con su hermano, Charlie Denali. También notó que estaba nervioso, muy nervioso, y que tenía algo que ver con Edward Cullen. Estudió a los hermanos Denali. Eran hombres guapos como lo había sido Charlie, como seguramente lo sería Alec. Obviamente eran ricos por derecho propio, y muy educados. Ambos estaban estudiando a Edward cuidadosamente, y ambos estaban definitivamente tensos.

Delante de todo el mundo Edward extendió la mano, su palma se cerró posesivamente sobre la nuca de Isabella.

—Permitidme dejar claro que esta mujer y estos niños están bajo mi protección. Deben saber que de sobrevenirles cualquier, me ocuparé personalmente de la caza de la persona responsable. —Pronunció las palabras casi formalmente, como si fueran un ritual que ella no entendía. Pero si ella no lo hacía, los hermanos Denali sí. Se miraron el uno al otro intranquilamente y uno hizo la señal Cullen, incluso mientras asentía su conformidad con esas palabras.

Edward se inclinó más cerca de ella.

—Querida, me ocuparé del papeleo legal y volveré tan pronto como sea posible. Debes intentar comer algo. —Incluso a través de las lentes oscuras podía sentir su mirada penetrante. Tan cansada como estaba, Isabella estaba temiendo caer hacia adelante y ahogarse en la fuerte personalidad de Edward. Sin volver la cabeza, Edward asintió suavemente. —Alec, indica a Alice que haga una sopa de verduras e insiste en que Isabella la coma. Ninguno de vosotros deba vagar demasiado lejos de la casa en mi ausencia. Eleazar y Alistair os ayudarán en el trabajo de hoy.

Isabella intentó sacudir la cabeza.

—Eso no será necesario.

El pulgar de él se movió sobre su pulso en una larga y lenta caricia que hizo que su sangre palpitara.

—Es necesario, meu lindo amor, ya que no puedo hacer otra cosa que proteger lo mío. —Bruscamente la soltó, su mirada negra encontrando y reteniendo a los hermanos Denali. —Hablaréis conmigo mientras voy hacia el helicóptero. —Edward había rodeado el lugar del incendio, estudiándolo con más que los sentidos humanos. La mancha del no-muerto estaba allí, pero el vampiro no había sido el que empezara el fuego. Podía haber sido su voluntad, pero no había llevado a cabo el trabajo en persona. Edward no tenía forma de fijar el olor del incendiario cuando tantos voluntarios habían aparecido para luchar con el fuego. Los hombres, que provenían de varios ranchos y del pueblo, habían estado en todas partes. Solo podía esperar a la próxima vez, y Edward estaba seguro de que habría una próxima vez. Podría estar indefenso, atrapado en la tierra, pero se ocuparía de que Isabella estuviera protegida mientras él dormía.

Las cejas de Alec se alzaron mientras observaba el pequeño grupo de hombres caminando hacia el helicóptero, Tyler hablaba ansiosamente con el jefe de bomberos, Edward y los hermanos Denali permanecían a cierta distancia. Edward tenía el brazo posado afectuosamente sobre los hombros de Alistair, pero obviamente les estaba dando órdenes.

—¿Proteger lo que es mío? ¿Qué significa eso, Isabella?

Ella había subido de nuevo el volumen de su audición, encontrándola ahora una herramienta útil.

—Ssh, solo un minuto. —Podía oír al jefe asegurando a Tyler Stanley que estaba seguro de que Isabella no había provocado el fuego y agradeciéndoles su ayuda. Pero no podía oír lo que Edward estaba diciendo a los hermanos Denali. Y extrañamente, no podía oír lo que ellos le respondían a él. Pero estaban hablando sobre Alec, Alice y sobre ella. Estaba muy segura de eso.

—¿Confías en él, Alec, lo suficiente como para poner el rancho en sus manos? Porque si aceptamos ese dinero, eso será exactamente lo que estaremos haciendo.

Edward Cullen se quitó las gafas oscuras y giró la cabeza para mirarla directamente con sus brillantes y despiadados ojos. Ella se estremeció y se acercó más a su hermano en busca de protección. El helicóptero era muy ruidoso, pero sabía que él había oído su pregunta a Alec.

Isabella alzó la barbilla hacia él, fingiendo no sentirse intimidada. Pero lo estaba. Los hermanos Denali no eran sirvientes. Eran ricos hombres de negocio, hombres fuertes y orgullosos. Sabían de ganado y obviamente trabajaban sus ranchos. Pero había exhibido signos de algo muy cercano al miedo cuando Edward había hablado. ¿Quién era él para causarles semejante efecto?

—Si vuelve con los términos que me dijo, no habrá problema. —Dijo Alec. —No dijo que tuviéramos que marcharnos a algún otro país, será un préstamo en toda regla. Por supuesto, tendrás que revisarlo todo cuidadosamente, yo solo veo que no tenemos muchas elecciones.

—Tienes razón, Alec, eso es justo lo que resulta tan horrible. Y él no es hombre que de algo a cambio de nada. —Se había acostado con él, sus manos habían estado sobre su cuerpo mientras tomaba posesión de ella una y otra vez. —No confío en él. —Sus manos habían estado por todas partes encima de ella, su cuerpo profundamente enterrado dentro de ella. —Incluso si nos presta el dinero para la hipoteca, ¿de dónde vamos a sacar un nuevo establo? Todos los caballos están hechos un desastre, sus propietarios van a estar molestos, y con razón. Y Wylon... ¿qué voy a decirle? Butane era su esperanza en la competición de lazo del becerro. Ahora está muerto. Wylon no se mostrará comprensivo con lo de que el fuego fuera provocado. —Estaba divagando y lo sabía. Normalmente habría protegido a Alec de sus miedos, pero necesitaba hablar, pensar en voz alta. Mantener su mente lejos de la sorprendente noche que había pasado con un perfecto desconocido. Evitar pensar que alguien los odiaba lo suficiente como para quemar un establo lleno de caballos. Evitar demorarse en el violento asesinato de Pete.

—Como siempre nos dices tú: cada cosa a su tiempo. —Le recordó él. —Superamos la muerte de mamá. Y superamos el que papá estuviera confinado en cama. Y después superamos su muerte. Podemos hacer esto también, Isabella. Solo estás cansada.

El sol de la mañana lucía brillante, manteniendo la oscuridad a raya un día más. Sonrió ante eso, sabiendo que la vida del rancho continuaba sin importar el drama. Los animales tenían que ser alimentados y abrevados. El mundo no se detenía porque Isabella Swan estuviera cansada y deprimida. Ni siquiera porque su pequeño rincón del mundo se balanceara al borde del desastre.

Observó como el helicóptero se elevaba hasta que fue un pequeño punto en la distancia, después se giró para mirar hacia las humeantes ruinas de su establo. Era casi demasiado para asimilar. Lentamente Isabella se sentó en el balancín del porche, abrazándose las rodillas, descansando la cabeza sobre las piernas. ¿Quién podía odiarles tanto? ¿Quién podría haber hecho tal cosa? Primero Erik y ahora esto. Gimiendo suavemente enterró la cara entre las manos. Tenía que tener un establo. ¿Un préstamo del banco? ¿Y si aceptaban el dinero de Edward y el préstamo era ejecutado...?

Alec pasó una mano sobre su esbelto hombro.

—Deja de sentarte aquí fuera mirándolo, te volverás loca. Entra y come algo, o al menos duerme una hora o dos. Edward dejó a esos dos hombres, mis... —Se interrumpió. —Tíos. —Insertó ella firmemente. —Bien podríamos tomarnos tiempo para llegar a conocerlos. —Su voz de suavizó. —Se parecen un montón a papá. —Y Edward se había ido. Fuera de su vista. Se había ido. Su cuerpo dolía, magullado en lugares sobre los que ni siquiera había tenido conocimiento, recordándole continuamente su posesión. El corazón le palpitaba y tambolileaba en los oídos, en la garganta. La pena fluyó, una presión firme en su pecho. Quería creer que era pena por su establo quemado, por la pérdida de un animal, pero se temía que fuera por su separación de Edward Cullen.

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Se me olvidó por completo que esta historia se actualizaba también hoy jajajajaja por no me avisan XD en fin… mañana tendremos un super maratón de actualizaciones porque hay dos historias de Series: La Manada… son varios caps… ojalá les gusten jajaja

Recuerden que si quieren saber en qué día se actualizan las historias, el listado está en mi perfil.

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