No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.
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Alec se pasó una mano por la cara y examinó los rastros negros que quedaron en sus dedos.
— Primero voy a tomar una ducha. Si voy a pasar un rato con los parientes, lo menos que puedo hacer es tener una apariencia medio decente. Ya sabes cómo era papá con los detalles.
—Nunca olvidar las pequeñas cosas. —Repitieron ambos a coro, después rieron. El sonido fue sorprendente en medio del olor ahumado de las ruinas de su establo.
—No te preocupes tanto. —Alec se inclinó e inesperadamente le dio un beso en la coronilla. —Podremos con esto igual que hacemos con todo.
Isabella le observó desaparecer en el interior de la casa, con el corazón rebosante de amor por él. Alec no comprendía las implicaciones de ambos incidentes sobre el rancho. Todas las pequeñas molestias como la desaparición de herramientas podían ser consideradas pequeños hurtos o cosas mal colocadas. La verja rota y las vallas derribadas podían haber sido a causa del deterioro. Podías descartarlas como coincidencias. Pero el asesinato de Erik y el que alguien quemara su establo no podía ser tan fácilmente descartado. De algún modo estaban conectados.
Y eso significaba que Alec y Alice podrían estar en peligro.
Bajó algunos escalones, con la mirada sobre los hermanos de Brasil. Estaban hablando tranquilamente el uno con el otro, todavía a alguna distancia. Sin la protección de Edward podía oírlos claramente y escuchó desvergonzadamente a escondidas.
Estos hombres habían venido desde miles de millas de distancia para reclamar a Alec y Alice, y tomar posesión del rancho. No creían que una mujer debiera ocuparse de un negocio semejante. No sabía nada de ellos, y solo Dios sabía si eran capaces de las terribles atrocidades cometidas contra su propiedad. Ambos hablaban en portugués, pero Isabella había aprendido el idioma de su padrastro.
Fue el llamado Eleazar quien habló.
—Nunca antes le había visto así. Con nadie. Carlisle y Edward nunca toleran estar lejos de nuestro hogar mucho tiempo. Y me agradeció mi ayuda. Puso su brazo alrededor de mis hombros. No recuerdo ni una sola vez en la que haya hecho algo semejante en toda mi vida.
—Conmigo hizo lo mismo. —Respondió Alistair. —Aquí hay algo diferente y creo que es Isabella. No está bien, Eleazar. Ellos necesitan la libertad del bosque pluvial, lejos de tanta gente. Carlisle ha ido a la hacienda para estar solo, pero Edward no se marchará ahora. —La voz de Alistair traicionaba su preocupación.
—No sé qué está pasando, pero aquí él es diferente. No es tan frío, aunque es más peligroso. Y yo también creo que es Isabella. Habrá sangre y muerte si esto no se resuelve. Ahora debemos permanecer vigilantes día y noche. —Añadió Eleazar.
Isabella se detuvo en los escalones, sus dedos se cerraron firmemente alrededor de la barandilla hasta que los nudillos se le volvieron blancos. ¿Sangre y muerte? ¿Se estaban refiriendo a Edward? ¿Tan capaz era de provocar sangre y muerte que estaba tan obviamente preocupados? Dejó escapar el aliento lentamente. Edward había sido maldecido con inesperados talentos al igual que ella. Los dones especiales no siempre eran fáciles de controlar, especialmente cuando uno estaba rodeado por demasiada gente. Las emociones tenían mucho que ver en el asunto. Ella había "hecho" cosas antes, cuando era mucho más joven. Había estado molesta y prendido fuegos simplemente mirando furiosamente algo durante demasiado rato.
Había sido responsable del terrible derrumbamiento que había bloqueado la entrada de la mina y la había atrapado durante tantas horas. Habían sido accidentes, errores, y verdaderamente aterradores.
Isabella podía entender por qué Edward no quería estar rodeado de gente y por qué prefería la libertad de la selva.
El bombardeo continuo de olores y sonidos sobre los sentidos intensificados era difícil y agotador. Ella adoraba las montañas y necesitaba su paz. El hermano, Carlisle, debía tener los mismos talentos. Ambos habían parecido notablemente fríos y crueles cuando los había conocido por primera vez. No le gustaba Carlisle, pero Edward... Dio una vuelta para inspeccionar los caballos. Su corazón dio un curioso y pequeño vuelco. El calor recorrió su cuerpo. Aún no tomaría una decisión sobre él.
Pensó en la forma en que sus ojos la miraban con un hambre tan intensa. Entonces no habían parecido fríos. Y ahí estaba la forma en que se había comportado con Alice. Amable y cariñoso. Protector incluso. Edward tenía habilidades curativas. Había trabajado con los animales después de hacerlo ella. Sus manos habían sido rápidas y seguras, los caballos se mostraban tranquilos alrededor de él mientras les susurraba. Pero después una vez más, Edward podía parecer tan frío como el hielo, tan intimidante como un felino de la jungla acechando a su presa.
Isabella examinó de nuevo a los caballos. Las quemaduras tenían mejor aspecto y los caballos estaban menos nervioso. Todos mostraban todavía signos de trauma, temblando, sudando incluso, pero ninguno mostraba signos de inhalación de humo. Pasó una hora con ellos, examinando las heridas y consolándolos. El peligro de infección era alto y tomó nota mental de llamar al veterinario una segunda vez solo para asegurarse de que estaban haciéndolo todo bien.
Los animales estaban acostumbrados a ella y confiaban en ella. Era obvio que se sentían reconfortados por su presencia.
Isabella era consciente de que los hermanos Denali estaban trabajando en alimentar y abrevar a los animales. Eran buenos trabajadores, no se sentaban en el porche malhumoradamente porque se les había ordenado quedarse y vigilar a los niños. Parecían poderosos por derecho propio, pero hacían lo que Edward ordenaba. ¿Por qué decidirían hacer lo que él decía? ¿Era por propia voluntad? ¿O le tenían miedo?
Isabella fue hasta el corral para ensillar uno de sus caballos de trabajo. Lo hizo con la facilidad de la larga práctica, pero estaba tan cansada, habría utilizado la telequinesis si los hermanos Denali no hubieran estado observándola tan atentamente. Eleazar vagó hasta allí para apoyar su peso casualmente contra la verja. De cerca se parecía tanto a Charlie que temía que si le miraba podría echarse a llorar. Se estaba volviendo demasiado emocional. No era seguro.
—¿Qué puedo hacer por usted? —No permitió que sus miradas se encontraran.
—¿Qué caballo debo utilizar? —Lo preguntó gentilmente.
Su acento y su voz se parecían mucho a los de su padrastro. Apartó la mirada de él para dirigirla sobre la grupa de su caballo hasta las oscuras estribaciones. Eran oscuras incluso bajo el sol brillante.
—¿Está planeando seguirme?
—Sim, senhorina... si. Podría no ser seguro montar a caballo. Don Edward dijo que estaba usted bajo su protección. Eso no es poca cosa. En cualquier caso, la familia de mi hermano es mi familia. Deseo cuidar de su seguridad.
Isabella pensó en discutir, pero una mirada a sus rasgos decididos le dijo que no supondría ninguna diferencia, simplemente la seguiría. Por otro lado, sentía curiosidad. Gesticuló hacia un pinto.
—Es un caballo estable, y hay una silla en el granero que puede utilizar. —Había sido la silla de su padre, pero no le dijo eso. No había pensado en todos los arreos que habían perdido, incluida la silla hecha a medida de Alice. Alice no había dicho ni una palabra. ¿Cómo iba a poder reemplazar Isabella la silla?
Isabella hizo a un lado la necesidad de explotar de dolor y pena. ¿Quién ha hecho esto? Edward había estado en el cuarto de los arreos con ella. Y King, el perro de Alice. ¿Por qué no había ladrado? Le había enviado a dormir al granero. Le había visto más temprano en la mañana observando a los bomberos. No había ladrado cuando Edward fue a visitarla. Recordaba eso claramente. Cautelosamente se encasquetó el sombrero sobre los ojos y lanzó una rápida mirada a Alistair. Presumiblemente él se quedaba a cuidar de los chicos. ¿Confiaba en él?
Mientras Eleazar ensillaba al pinto, ella desmontó y se apresuró por el patio de vuelta a la casa. Alec y Alice habían vuelto a la cama y estaban durmiendo, King estaba enroscado sobre la cama de Alice. Isabella emitió al perro una orden firme de protegerlos. El collie estaba bien entrenado y sabía que los alertaría si Alistair se acercaba a la casa. En el último minuto se enfundó la pistolera que con frecuencia utilizara cuando comprobaba las cercas. Algunas veces el ganado pisaba un agujero de ardilla y se rompía una pierna, otras veces les mordían las serpientes cascabel. Tenía que llevar el arma por si había una emergencia. Cogiendo su rifle se apresuró a volver a su caballo. Esta vez Eleazar estaba listo y sobre la silla. Parecía haber nacido para montar, fácil, natural, un jinete fluido. Arqueó la ceja cuando vio el rifle, pero no dijo nada.
—Mi hermano era un excelente jinete. —Dijo, leyendo fácilmente la pena en sus ojos mientras veía como movía en la silla. —Incluso siendo el más joven podía tomarnos la delantera a la mayoría de nosotros.
Isabella apartó la mirada de él rápidamente, tragando el nudo de su garganta.
—Solía colocarme delante de él cuando era solo un bebé y montábamos juntos por todo el rancho. Él me enseñó a montar.
—Llevas a cabo el mismo ritual que realizaba él siempre antes de montar. —Eleazar sonrió ante el recuerdo. —Acostumbrábamos a gastarle bromas sobre eso. Siempre palmeaba el cuello del caballo y le pasaba la mano a lo largo del pecho y por las patas delanteras, le palmeaba una segunda vez, después se balanceaba y montaba, la mayor parte de las veces sin utilizar siquiera los estribos.
Isabella sintió ascender el recuerdo, vívido y doloroso. Charlie había sido un jinete asombroso y adoraba a los animales. Había inspirado ese mismo amor en Isabella.
—Era increíble con los caballos. —Dijo ella. —Nunca he visto a nadie mejor.
—Él querría que sus hijos conocieran a su familia. —Dijo Eleazar, su voz amable.
Isabella se inclinó hacia abajo para abrir una verja.
—¿Que espera, que les entregue a mis hermanos sin más? ¿A perfectos desconocidos? ¿Tan mala opinión tiene de mí que cree que permitiría que unos desconocidos arrastraran a mi familia a un país extranjero? Dígame, ¿lo haría usted?
Eleazar se echó el sombrero hacia atrás.
—No, senhorita, nunca entregaría a mi familia a gente que no conociera. Charlie nos escribió desde su lecho de muerte para que viniéramos a por sus hijos. Todos sus hijos. Fue su último deseo que vinierais con nosotros. Mi hermano dejó abundantemente claro que te consideraba su hija y su heredera. Vinimos por todos vosotros.
—Llegasteis cinco años demasiado tarde. Escribí a su familia cuando ocurrió el accidente y nadie respondió. Y tres años después escribí otra carta cuando él estaba en su lecho de muerte. No había ni una sola frase en ella sobre mí. —Sus ojos verdes le tocaron la cara, apartándose.
Hubiera deseado que hubiera habido algo en la carta, pero ella había escrito palabra por palabra lo que Charlie le había dictado. No quería que Eleazar viera reflejadas en su cara transparente su desilusión por no haber sido adoptada por Charlie, o la furia que sentía antes las mentiras de Eleazar.
El sol estaba empezando a abrirse paso a través del espeso banco de nubes que rodeaba las montañas y, por alguna razón, los ojos de Isabella eran ultrasensibles. La luz la acuchilló haciendo que tirara del ala del sombrero más abajo para ensombrecerse la cara. Incluso así, le dolían los ojos, ardientes en el sol de la mañana.
Eleazar cerró la verja tras ellos.
—Charlie debe haberlo añadido después a la carta. Su mano era temblorosa y no lo habríamos sabido de no haber sido por él.
—No podría haberlo hecho. Apenas podría moverse al final. —Dijo Isabella rígidamente, sin mirarle. Su padrastro le había pedido que dejara la carta en su mesita de noche para poder repasarla por si acaso había algo más que decir. A la mañana siguiente, la carta estaba doblada pulcramente e Isabella la había insertado en el sobre y la había enviado. Desearía que Eleazar estuviera diciendo la verdad, pero temía que de descubrir que Charlie no la hubiera incluido se le rompería el corazón, y si lo hubiera hecho, podría llorar un río de lágrimas.
—¿Supiste alguna vez que Charlie te dijera una mentira? —Preguntó Eleazar tranquilamente mientras el cuero de sus sillas crujía y los cascos de los caballos chasqueaban contra la roca. Una melodía que encontraba consoladora, una que recordaba de su niñez con su padrastro. Isabella sacudió la cabeza silenciosamente. —Tampoco yo deshonraría el recuerdo de mi hermano mintiéndote.
Isabella montó unos pocos minutos en silencio, dando vueltas a la información en su mente.
—Por eso su abuelo se negó a responderle, ¿verdad? —Adivinó astutamente. —No me incluyó en la carta misma porque no quería que yo supiera que su familia le rechazaba a causa de mí.
—No te equivoques, eso no fue la familia.
Le miró a los ojos, los suyos verdes vivos con un feroz orgullo.
—¿La familia Cullen entonces? ¿No querían que yo arruinara su impoluta reputación con mi falta de apellido?
Eleazar suspiró suavemente.
—Los hermanos Cullen no se interesan en semejantes cosas. No se preocupan por las vidas de los demás. Eso fue solamente responsabilidad de mi avo. No habló a mi padre ni a ninguno de nosotros sobre las cartas de Charlie. De haberlo hecho, habríamos venir al instante. No puedo decirte cuanta pena ha causado esto a nuestra familia.
—Charlie fue feliz con mi madre. —Le dijo Isabella, abriendo el camino a través de un estrecho cañón que terminaba en las explanadas donde estaba esparcida la mayor parte del ganado. Cabalgó directamente hacia el pequeño granero donde se almacenaba el heno y urgió a su montura a entrar. Ahora el sol le molestaba verdaderamente los ojos, y las sombras del granero le proporcionaron algo de alivio. Debía haber sufrido algún daño con el fuego sin notarlo. Incluso su piel parecía ultrasensible, ardiendo ferozmente donde quiera que la tocaba la luz del sol.
Eleazar la siguió, maldiciendo silenciosamente el esnobismo de su abuelo.
—Estoy seguro de que así fue. Nunca habría permanecido en otro país lejos de su familia si no hubiera encontrado algo mejor.
Isabella desmontó, el movimiento fue veloz y fluido a pesar del hecho de que ser bajita. Se movía eficientemente, sin malgastar movimientos. Eleazar tuvo que admirar sus habilidades cuando empezó a reunir montones de heno.
—¿Cómo encaja la familia Cullen en todo esto? —Preguntó Isabella con estudiada despreocupación.
Se hizo un pequeño silencio revelador. Isabella sabía que el hombre estaba eligiendo sus palabras cuidadosamente mientras trabajaba a su lado.
—Su familia es antigua, como la nuestra. Las dos familias han estado entretejidas durante cientos de años. ¿Quién sabe hasta cuándo se remonta eso? Nosotros cuidamos de sus haciendas, y ellos cuidan de nosotros. Hemos coexistido así durante tanto tiempo que nos hemos convertido en una familia.
—Pero vosotros tenéis vuestro propio dinero y tierras.
—Es cierto, pero nuestras familias tienen una relación simbiótica. Lo que es bueno para los Cullen es bueno para nosotros. Ellos tienes habilidades especiales y nosotros les ayudamos en otras áreas.
Le estaba contando algo, pero no todo. Por alguna razón inexplicable, algo en su voz provocó un escalofrío en la espina dorsal de Isabella.
—¿Cómo son?
—Hay cinco hermanos Cullen. Los otros se parecen mucho a Edward y Carlisle. —Eleazar se detuvo durante un momento. —¿Haces este trabajo por ti misma cada día?
Había un dejo de censura en su voz, aunque Isabella pudo notar que trataba de eliminarlo.
—Mi hermano me ayuda y tenía un hombre, Erik Cheney, trabajando para mí.
Eleazar se apoyó en su horca.
—El hombre al que encontraron muerto. —Hizo la señal Cullen reverentemente. —Ese no era un buen lugar para que estuvieras montando sola.
Isabella se encogió de hombros descuidadamente.
—Lo hago todo el tiempo. Alguien tiene que hacerlo.
El sacudió la cabeza.
—No es seguro. Ese no es un buen lugar. Sentí...—Se presignó por segunda vez. —Lo sentí malvado. No creo que esos hombres te hubieran dejado marchar si el jinete del Señor Stanley y yo no hubiéramos estado observando.
—Puedo manejarlos. —Dijo Isabella, sin estar segura de estar diciendo la verdad.
—Esto no puede continuar. Las cosas que haces son demasiado peligrosas.
Ella se pasó una mano impacientemente por el pelo.
—Afortunadamente para mí, no tengo que responder ante nadie. —Había un puro desafío en su voz y una amenaza abierta. —Yo llevo este rancho, Señor Denali. Eso significa que tengo que montar por todas partes y trabajar como un hombre.
—Pero no eres un hombre. —Señaló Eleazar pacientemente. —Don Edward no permitirá que esto continúe. Es un hombre acostumbrado a salirse con la suya y no es buena idea oponerse a él. Si él decreta otra cosa, no trates de desafiarle.
Isabella dejó de trabajar y le miró directamente por primera vez. Sus ojos verdes llameaban hacia él.
—Edward Cullen puede ser un gran hombre allá de donde vienen ustedes, pero aquí, en mi rancho, en mi pequeño rincón del mundo, no vale más que esto. —Chasqueó los dedos. —No me controla a mí ni a mis hermanos.
Eleazar sacudió la cabeza lentamente.
—No conoces a Don Edward, senhorita; no es como el resto de los hombres. Eres la hija de Charlie y por consiguiente minha sobrinha, mi sobrina. No quieres reconocer el parentesco, pero yo debo cuidar de ti como él quería que hiciéramos. No quiero que pongas a prueba a este hombre.
¿Oía de nuevo el débil tintineo del miedo en su voz?
—¿Por qué se preocupa? Edward Cullen no tiene nada que ver conmigo. Con suerte se irá muy pronto. —Tan pronto como las palabras salieron de su boca, un miedo que llegaba casi al punto del terror la aferró. La idea era insoportable. Era más que pena, una pena inconsolable.
La marca de su cuello palpitó y ardió en protesta.
—Don Edward es un hombre muy influyente y poderoso. No es como los otros hombres. —Era obvio que Eleazar estaba buscando las palabras correctas. —Los hermanos Cullen no son como nosotros. Son formidables oponentes y duros e implacables enemigos.
Isabella mantuvo para sí sus sonrisas. Obviamente Eleazar sabía que Edward y sus hermanos estaban dotados con talentos únicos, que ella había empezado a descubrir a través de su propio roce con esos dones. Él no quería traicionar una confidencia, aunque estaba intentando advertirla. Lo encontraba bastante conmovedor.
—Dudo que pueda hacer nada para que Edward me considere lo suficiente importante como para hacer de él mi enemigo. Le he visto en acción. Todo un seductor. —Incluso decir las palabras parecía hacer daño, pero Isabella no quiso examinar demasiado atentamente el por qué.
—Te equivocas con él, Isabella. —Dijo Eleazar. —Don Edward es un hombre de honor. Y hay algo diferente en él desde que se muestra tan interesado en ti. Le vi con la pequeña. Fue muy amable con ella y protector. Don Edward nunca ha mostrado mucho interés por los niños. Los ha rescatado cuando era necesario, pero como una cuestión de deber, no como fue con tu hermana. Nunca había observado este inusual comportamiento en él. Y está diferente conmigo, más abierto con sus emociones.
No quería pensar demasiado en Edward. Se frotó los ojos que podía decir estaban empezando a hincharse severamente. Las lágrimas le corrían por la cara y no podía detenerlas.
—Creo que el fuego en cierta forma me dañó los ojos. —Murmuró como explicación. —Si se van a casa, Edward se irá a casa también. Tengo la impresión que de ambos hermanos están ansiosos por largarse de aquí inmediatamente.
Eleazar la miró atentamente, sus ojos demorándose sobre la extraña marca de su cuello.
—Me temo que es demasiado tarde para eso. —Dijo ominosamente. Parecía muy alarmado, su mirada permanecía sobre la marca, especulativa al mismo tiempo.
Isabella suspiró pesadamente y, para evitar subconscientemente cubrirse la marca como una adolescente avergonzada, añadió otro montón de heno a la pila.
—Dígalo directamente, Señor Denali. No puede quedarse a medias, ya sabe. No puede insinuar en un minuto que soy una buena influencia para él y al siguiente que podría estar intentando hacerme daño de algún modo. Si hay alguna razón por la que piensa que estoy en peligro a causa de Edward Cullen, bien podría decírmelo. —Fijó la mirada en su cara. —No le tengo miedo. —Esa era una terrible mentira, pero persistió, intentando forzar una admisión de Eleazar. —¿Me está amenazando él de algún modo? No cree que fuera el responsable de lo ocurrido en el establo, ¿verddad? —Le habría mirado desafiantemente, pero tenía los ojos demasiado hinchados. Y estaba cansada. Sentía pesados los brazos y piernas. Quería tenderse sobre el heno y dormir.
—Don Edward nunca haría algo semejante. —Eleazar pareció horrorizado ante la mera sugerencia. Pero no parecía horrorizado; parecía preocupado. —Creo que deberíamos volver a la casa; no estás bien.
Una protesta se inició en su mente, pero se sentía terriblemente mal, la piel de su cara y antebrazos ya ardía ferozmente. Sentía los ojos como si los atravesaran agujas al rojo. Incluso dentro del refugio del granero, sentía la luz preparada para atacar. Peor aún, estaba pensando constantemente en Edward. Invadía su mente hasta el punto de ahuyentar cada pensamiento práctico que tuviera. No importaba lo fuerte que fuera, no parecía capaz de dejar de pensar en él, de necesitar verle. Isabella nunca se había considerado a sí misma el tipo de mujer que necesitaba un hombre hasta el punto de estar consumida por él, pero deseaba desesperadamente oír su voz, tocarle, ver por sí misma que estaba vivo y bien.
—Por favor, senhorita, el sol está quemando su piel. Estoy sobre todo preocupado, quizás podría llevarla de regreso a la casa. —Eleazar ya había decidido llevarla de vuelta. Podía ver que tenía problemas y estaba siendo tan cortés como le era posible. Si le ocurría algo, Edward le haría responsable. Estaba muy preocupado. La piel de Isabella se ampollaba al sol, y sus ojos eran muy sensibles a la luz. Se parecía mucho a lo que les ocurría a los hermanos Cullen. Eleazar nunca había visto ese fenómeno en un humano. Ahora estaba realmente alarmado y quería hablar con Alistair.
—Debería comprobar que los chicos están bien. —Capituló Isabella. —y conseguir que el veterinario examine a los caballos. —Anhelaba el alivio de la frescura de la casa del rancho.
Quería acunar a Alice y Alec entre sus brazos y hacer que todo volviera de nuevo a la normalidad. Más que todo eso, necesitaba desesperadamente ver a Edward, tocarle. Saber que estaba vivo.
¿Dónde estás?
Edward yacía atrapado profundamente dentro de la tierra. Alrededor de él la tierra rejuvenecedora ofrecía un confort consolador para las terribles quemaduras de sus brazos y cara donde el sol implacable le había abatido. No había sido capaz de dejar a Isabella hasta estar seguro de que el peligro para ella había pasado, así que se había quedado hasta mucho más tarde en la mañana de que había afrontado nunca antes. Sus ojos, incluso yaciendo en la tierra, ardían y lloraban por la luz del sol. Incluso protegido por la pesada cobertura de las nubes, había pagado un alto precio por estar con ella.
¿Por qué el olor del vampiro había permanecido cerca del establo, aunque el causante había sido un humano? ¿Estaba utilizando el vampiro a una marioneta humana para destruir a Isabella? Carlisle tenía razón, no tenía más elección que traerla completamente a su mundo donde podría protegerla todo el tiempo.
Ante ese pensamiento llegó otro mucho más desagradable. Era difícil yacer indefenso en la tierra mientras Isabella enfrentaba el peligro sin su protección. ¿Cómo se sentiría ella yaciendo junto a él dentro de la tierra y con la pequeña Alice en peligro o necesidad? Su corazón dio un extraño bandazo. El tema era mucho más complejo de lo que había considerado al principio. Era mucho más simple cuando solo pensaba en sí mismo, en sus propias necesidades y deseos. Una furia salvaje pareció arder en su alma. Isabella se desmejoraría bajo la tierra, su alma gentil y compasiva quedaría devastada ante una separación entre ella y sus hermanos pequeños. Los amaba como si fueran sus propios hijos. Un amor feroz y protector, con cada fibra de su ser. De la forma en que quería que le amara a él.
Su juramento fue elocuente, las palabras resonaron ásperamente en su mente. La había traído parcialmente a su mundo sin pensar en lo que eso significaría para ella y su vida. Para sus sueños. Para lo realmente le importaba. Se sentía incómoda sin él, intranquila, y el sol estaba empezando a subir alto. Isabella era una mujer independiente, no estaba segura de que él le gustara. La confundía su incapacidad para dejar de desearle, la necesidad de tocar su mente, de saber que estaba a salvo. Edward solo podía yacer impotente bajo tierra sabiendo que había contribuido al desasosiego de Isabella. No, era más que eso, era directamente responsable de su desasosiego.
Había acudido a la tierra cerca de la casa de Isabella, para sentir mejor las primeras vibraciones de peligro para ella. Se había sentido tan cerca de ella la noche anterior, tendido a su lado en la cama, escuchando su respiración. Era tan hermosa. No solo su cuerpo, sino su corazón y alma. Parecía brillar de dentro hacia fuera. Ninguno de los bomberos que la conocían, ninguno de los rancheros, se había entretenido en la idea de que ella podría haber provocado el fuego por el dinero del seguro. Había algo en Isabella que simplemente atraía a la gente como un imán. Y los hacía creer en ella.
Yacía con su cuerpo como en peso muerto, incapaz de mover un músculo mientras contemplaba los problemas que encaraba. No quería a Isabella sobre tierra donde no podía protegerla. Quería estar con ella. No lo quería, necesitaba estar con ella. No pasaría otro día incapaz de dormir el sueño reparador de su gente, aterrorizado de perderla. No lo haría.
Completaría el ritual y la arrastraría pataleando y gritando hasta su mundo. Las consecuencias serían endemoniadas. Su lugar estaba con él. Estaba hecha para él, su otra mitad. Tenía derecho a ella. Una vez en Brasil podría desagraviarla, ganar su amor. Estaría atada a él para siempre. Eternamente. No podría dejarle y tendría que aprender aceptar su destino.
Edward intentó forzar su mente a alejarse de ella en un intento de cerrarse a sí mismo y recuperar su enorme fuerza. Podía oír el corazón de ella latiendo. Podía sentirla sobre la tierra, como su corazón buscaba la tranquilidad del de él. Podía sentir su mente sintonizándose en un intento de encontrar la suya. Había completado con éxito dos intercambios de sangre. Ella ya estaba parcialmente en su mundo. La alarma le golpeó con fuerza. La piel de ella sería sensible al sol, sus ojos lagrimearían y arderían.
Isabella estaba acostumbrada estar bajo la dura luz del sol, no pensaría en protegerse.
Hizo un esfuerzo de concentración y la tocó, mente a mente, aliviando su desasosiego y parcialmente el suyo propio. Al momento sintió el dolor, el ardor de su piel y ojos. Estaba hambrienta, pero tenía problemas para comer. Necesitaba tocarle con frecuencia y se sentía terriblemente confusa por esta necesidad tan poco familiar. Se le escapó un sonido bajo, un gemido de desesperación. ¿Cómo podía haber sido tan egoísta? Solo había pensado en sus necesidades, sus deseos. No se había detenido a pensar en las consecuencias para ella. Isabella sufriría terriblemente este día y era a causa de su propio egoísmo. En ese momento, se odió a sí mismo.
Edward no tenía ahora elección, tenía que llevarla de vuelta a Brasil con él donde podía protegerla adecuadamente, pero ella no sería feliz sin Alice y Alec. Nunca podría hacerla feliz sin sus hermanos menores. La idea se arrastró inesperada hasta su mente y allí se quedó. Una espina. La verdad. La oyó entonces, el suave lamento de su corazón al de él.
¿Dónde estás?
Le requirió una tremenda fuerza y poder de voluntad sobreponerse a la parálisis y el letargo de su raza en la hora en la que el sol estaba más alto. Se extendió hacia ella con su corazón y mente.
¿Isabella? El más ligero de los toques. Una pregunta.
Isabella intentó luchar contra el terrible dolor de sus ojos, más el cegador dolor de cabeza que resultaba tan implacable que se sentía como su tuviera la cabeza atrapada en un torno. Sus ojos estaban tan hinchados, llorosos y doloridos que los mantenía cerrados la mayor parte del tiempo contra la acometida del sol. Sus antebrazos estaban rojos y ya se formaban pequeñas ampollas. Isabella era castaña casi pelirroja, pero su piel hacía mucho que se había acostumbrado al sol. No podía creer que fuera tan sensible. Urgió a su montura a aumentar la velocidad y se cubrió los ojos con una mano, casi incapaz de guiar al animal. Eleazar extendió la mano y tomó las riendas en silencio, conduciéndola de vuelta a la casa del rancho.
Oyó el sonido de una voz moviéndose delicadamente en su mente, en revoloteo de las alas de una mariposa contra las paredes de su mente.
Edward.
La voz de él era increíblemente mesmerizaste y su corazón se anexó a él inmediatamente. ¿Por qué había tenido tanto miedo de que le hubiera ocurrido algo terrible? Había sido una pesada piedra que la agobiaba, aplastándola hasta que apenas había podido pensar con claridad.
¡Edward! No pudo contener el alivio en su voz o su mente.
Estaba descansando. Acudiré a ti esta noche. Duerme y permite que Eleazar y Alistair ayuden a Alec con el trabajo de hoy. Deslizó un ligero "empujón" en su voz, pero ya su fuerza había desaparecido, fluyendo fuera de su mente.
Isabella sabía que algo iba mal con él, podía sentirlo, su necesidad de descansar, de sanar.
Estás herido. Puedo sentir dolor en tu mente.
Es tu dolor.
No me mientas.
Los compañeros no se mienten los unos a los otros. Siento tu dolor como mío propio. Soltó un pequeño suspiro. El sol también me afectó a mí negativamente. Sano con rapidez. Debo dormir, querida.
Isabella intentó indagar más aún en la mente de él para evaluar sus heridas, pero fue imposible. Se rindió, la tarea era demasiado difícil en vista de su fuerza decreciente.
Creo que ambos necesitamos dormir, Edward.
La sorprendía lo fácil que se estaba volviendo comunicarse con él. Lo bien que se sentía. Como si se pertenecieran, dos mitades del mismo todo. Me has lavado el cerebro.
La terrible presión que le aplastaba el pecho había desaparecido y al momento se sintió mucho más feliz. Le dolían los ojos demasiado como para abrirlos, su piel estaba ardiente, y el establo había desaparecido, pero ella era inexplicablemente feliz solo con oír su voz. Sabiendo que él leía sus pensamientos y probablemente se sentía orgulloso, le dirigió un último mensaje.
Cómo me enferma.
Aunque Isabella entró en el granero para escapar del sol, descubrió que no podía abrir los ojos ni siquiera en el interior oscurecido. Se las arregló para desmontar, pero se vio obligada a aferrarse ciegamente a su caballo hasta que Eleazar tranquilizó al animal, sujetando las riendas.
—Entra, yo me ocuparé del caballo.
—¡Isabella! —Alec entró corriendo en el granero, viendo a su hermana tambalearse mientras desmontaba. —¿Qué ha ocurrido? —Miró a su tío mientras envolvía un brazo alrededor de su pequeña figura. —¿Qué le has hecho? —Su voz estaba llena de beligerancia y sospecha.
—Alec... —La voz de Isabella fue una amable advertencia. —Me duelen los ojos. No puedo ver muy bien. Debo habérmelos dañado antes con el fuego. Tu tío solo estaba intentando ayudarme. —Se apoyó en él, confiando en que la metiera en la casa. —No seas grosero. —Enterró la cara en la camisa de su hermano, tropezando ciegamente contra él a través del patio hasta la casa del rancho. No se atrevía a abrir los ojos. Ahora que estaba en casa parecían doler incluso más.
Alice se apresuró a su lado.
—¿Qué ha pasado? Estás quemada, Isabella, es realmente malo. —Al momento empapó una toalla en agua fría y la presionó sobre las manos de su hermana.
Isabella sostuvo la toalla fría sobre sus ojos hinchados. Se hundió en una silla.
—No puedo creer lo mucho que duele esto. Nunca me he alegrado tanto de estar en casa.
—Puedo llevarte al pueblo a ver al médico. —Se ofreció Alec.
Isabella tomó un profundo aliento y sacudió la cabeza.
—Creo que solo quiero tenderme durante una hora o así. —Se sentía exhausta, la necesidad de dormir era tan grande en ella que se temía que pudiera sucumbir allí mismo, en medio de la cocina. Se frotó las sienes latentes. —Tengo tanto que hacer.
—Llamé al veterinario. —ofreció Alice. —Vendrá de nuevo esta tarde. Las gallinas están alimentadas y el jardín está regado. El jefe de bomberos enviará a alguien para investigar el fuego. Alec hizo todas las llamadas a los propietarios de los caballos. Bueno, excepto a Shorty. —Alice vaciló un momento, mirando a su hermano. Isabella nunca se ponía enferma. Había resultado herida en muchas ocasiones, pero raramente se había ido a la cama durante el día, ni siquiera después de un parto largo y particularmente difícil. —Oh, y llamé a Chelsea Stanley y le pregunté si su madre y ella podían venir al anochecer en vez de por la tarde. —Agachó la cabeza, sus ojos vagaron lejos de los de Alec. —Iba a cancelarlo también, pero sonaba tan solitaria que pensé que quizás podía montar yo con ella en el corral. Si quieres que lo cancele lo haré, Isabella.
—No, por supuesto que no, gallinita. —Isabella presionó el paño frío aún más, intentando desesperadamente acabar con el calor de su piel y sus ojos. —Estoy tan cansada, realmente necesito descansar un par de horas. ¿Me despertáis más tarde?
—Vamos. —Alec la ayudó a levantarse y la condujo vestíbulo abajo hasta su habitación. —No te preocupes por nada, puedo ocuparme de ello.
Isabella se quitó el paño de los ojos para espiar a su hermano. La luz que brillaba a través de la ventana la golpeó con un brillo alarmante. Inmediatamente apretó los ojos con firmeza de nuevo y los escondió bajo el húmedo y consolador paño.
—Cierra la cortina, Alec.
La obedeció, cerrando las pesadas cortinas sobre la abertura, oscureciendo la habitación.
—¿Estás segura de que no deberíamos llevarte al médico, Isabella? Quizás tus ojos se quemaron en el fuego. —Sonaba muy joven y asustado.
—Creo que solo están sensibles, Alec, y estoy tan cansada. —Se tendió sobre su cama, extendiendo la mano ciegamente hacia él. —Necesito hablar contigo sobre Eleazar y Alistair Denali. Están aquí para ayudarte y creo que deberías ser respetuoso ya que son los hermanos de tu padre. Por otro lado, con todas las cosas raras que están pasando por aquí, creo que deberíamos mantenerlos vigilados. Lo digo en serio, Alec. Solo asegúrate de que Alice y tú estáis a salvo. —Se contorsionó incómoda hasta que Alec extendió la mano y le desabrochó la pistolera.
Isabella todavía podía oler a Edward en sus sábanas y almohada. Deseó presionar la cara en el algodón e inhalar.
—No creo que llevar un arma en la cama esté de moda este año. ¿Dónde dejaste tu rifle? —Preguntó Alec bruscamente. Su hermana parecía de repente muy frágil.
—En la funda. Creo que Eleazar estaba desensillando el caballo. Devuelve el arma al armero, Alec, y asegúrate de descargarla.
Alice entró agitada, empujando a Alec a un lado con su pequeña cadera.
—Traje algo de aloe vera. Tú quédate ahí y déjame embadurnarte con él. —Miró preocupada hacia Alec. —Está siempre tan cansada, Alec. ¿Crees que está enferma? No comió en todo el día de ayer ni esta mañana. Ni siquiera tomó una taza de té.
Una sonrisa coqueteó en la comisura de la boca de Isabella.
—Estoy aquí, Alice. No necesitas hablar de mí en tercera persona.
—Ya conoces a Isabella. —Dijo Alec con decisión, sin querer que Alice se preocupara. —Se levantó un par de horas antes para ir en busca de... —Se interrumpió, consciente de que Erik Cheney era un tema peligroso. —Solo vigílala, Alice, y quédate con ella en casa. Mantén también a King contigo. —Habló gruñonamente, sintiéndose de repente tremendamente responsable de sus dos hermanas.
Alice puso los ojos en blanco mientras le veía marchar, con la pistolera de Isabella entre las manos.
—Gran error, Isabella, darle todo ese poder. Lo siguiente que sabrás es que resultará imposible vivir con él. —Recogió el pelo de Isabella, sorprendentemente Isabella no se movió en absoluto. Alice se inclinó más cerca. Ya había caído dormida. Alice se sentó en el borde de la cama mirando intensamente a su hermana, sus dedos trenzaban automáticamente los gruesos mechones en una trenza suelta. Había algo diferente en Isabella. Era tan sutil que Alice no podía decir qué era exactamente. A pesar de la terrible quemadura, Isabella parecía diferente, más... todo.
Alice se sentía reconfortada sentada junto a Isabella, pero desearía que su hermana no se hubiera dormido tan rápidamente. Necesitaba hablar con ella.
Se inclinó acercándose mucho.
—Es todo culpa mía, Isabella. Desearía que pudieras oírme. —Susurró las palabras contra el cuello de su hermana, contra la extraña marca que había en su piel —Yo lo hice, Isabella.
Isabella yacía perfectamente inmóvil, su respiración firme y regular, parecía un ángel en su sueño. Una lágrima se filtró de los ojos de Alice y rodó por su mejilla hasta caer sobre el cuello de Isabella, sobre la marca distintiva. Al momento Isabella se movió, su mano se extendió hasta que encontró la de Alice.
—Tú nunca podrías haber hecho algo semejante. —Su voz era suave y adormilada. Había una débil sonrisa en el tono.
—Yo no lo provoqué. —Admitió Alice, sorbiendo un poco por la nariz. —Pero llamé a King para que entrara. Esperé hasta que estuviste dormida y le llamé a mi habitación y cerré la puerta. Odio dormir sin él. Todavía tengo pesadillas sobre Mamá y Papá muriendo. Sobre que te mueres. No quiero que te ocurra nada. Jamás.
Isabella hizo un tremendo esfuerzo para moverse. Nunca se había sentido tan cansada, su cuerpo tan pesado que lo sentía derrumbarse. Se las arregló para entrelazar los dedos firmemente con los de Alice.
—¿Pequeña, por qué te haría eso responsable? Probablemente le salvaste la vida. Quien quiera que empezara ese fuego no pensó en los caballos encerrados dentro. No habrían dudado en matar a nuestro perro este si hubiera intentado alertarnos. —Tan cansada como estaba, Isabella no estaba censurando sus palabras como podría haber hecho normalmente.
—No debería haberle llamado... si no lo hubiera hecho el caballo de Shorty no habría muerto. —Alice enterró la cara profundamente en el cuello de Isabella haciendo que la marca palpitara como el latido de un corazón.
Isabella se despabiló más, deslizando su brazo alrededor de Alice.
—No estés tan asustada, cariño, no vamos a perder nuestra casa. Nadie nos separará. Os quiero a ti y a Alec. Esto no fue culpa tuya.
—Mamá y Papá se fueron. —Alice se atragantó conteniendo un flujo de lágrimas.
—Lo sé, corazoncito. Papá intentó quedarse con nosotros tanto como pudo. Sé que fue duro para ti, pero nadie va a separarnos.
—¿Y si esa gente te lleva a los tribunales y nos obliga a ir a Brasil con ellos? —El cuerpecito de Alice estaba temblando.
Isabella tiró de la colcha sobre ella, envolviéndolas a ambas con sus propiedades cálidas y consoladoras.
—No creo que lo hagan, Alice. Pero si lo hacen, no creo que ganen. Y si de algún modo se las arreglan para ganar, bien, hablé con Eleazar hoy. Es tu tío, el hermano de Papá, y dijo que querían que yo fuera también. Nunca les dejaría llevaros sin ir yo también.
—Podrías casarte con Edward Cullen. —Dijo Alice de repente. —Si lo hicieras nunca podrían separarnos porque él es el jefe.
La alarma se extendió a través de Isabella, su cuerpo se tensó. La idea de estar casada con Edward Cullen era aterradora. Él la controlaría absolutamente. Podía verlo en la estampa de arrogancia de su cara, el calor de sus ojos tan ardientes. No tenía forma de combatir su garra sobre ella. Isabella todavía no había abierto los ojos y no quería hacerlo.
—¿Ha estado hablando contigo?
—Solo esta mañana en la cocina cuando todo el mundo estaba mirándome y yo estaba tan asustada. Fue agradable conmigo. Habló sobre papá, y de cuando papá era pequeño, y dijo que no estabas tan gravemente herida y que no me preocupara, que las cosas se arreglarían por sí mismas. Dijo que eras guapa. —Alice se agarró firmemente a la mano de Isabella. —Me hizo sentir a salvo y se quedó delante de mí cuando estaba llorando para que nadie pudiera verme.
—Eso fue muy amable por su parte. Edward parecía estar en todas partes esta mañana. Luchando contra el fuego, curando a los caballos, ayudándome, y ahora me entero de que también estaba cuidado de ti. —La voz de Isabella era lejana como si se deslizara de vuelta al sueño. Giró la cara en la frescura de la almohada, inhalando la fragancia de Edward, y se cubrió la marca del cuello con la palma, sujetándola como una caricia contra su piel.
—Dijo que no era culpa mía y que lo hablara contigo. —Insistió Alice.
—Tenía razón, pequeña, no fue culpa tuya. Me alegra que llamaras al perro anoche. A partir de ahora si necesitas a King adelante y llámale cada noche. ¿Alice? Realmente estoy cansada, cariño, necesito dormir.
—¿Te gusta?
—¿Gustarme quién? —Preguntó Isabella, vagando más hacia el sueño.
—Edward. ¿Te gusta?
Isabella sonrió de nuevo.
—No. —su voz fue suave y sensual.
Alice se acurrucó más cerca con una sonrisa complacida en la cara.
—Sí, te gusta, puedo decirlo por tu voz.
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Hola! Aquí les dejo un capítulo más de esta historia! ¿Qué opinan? Se irán todos a Brasil como dijo Eleazar? ¡Déjenme saber qué opinan! No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
