Yo sé que tengo que seguir con mis responsabilidades (? Pero es que estuve viendo la joyita de Mahoutsukai no Yome durante la cuarentena y, dios mío, no iba a perdonarme a mí misma si no escribía aunque sea una cosita pequeña para sumar a este fandom . Además, decidí sacar a relucir mi gran capacidad para shippear lo inshippeable y darle su momento de gloria a dos de mis favoritos: Ruth y Lindel. En el anime con suerte se habrán dirigido la palabra, pero las reglas están hechas para romperse jejeje ( y es que todos los personajes de MNY son tan hermosos, en especial estos dos).

Así que espero poder perdonarme por demorarme un poco más, pero mientras tanto les dejo otro experimento para que no me extrañen.


No te Vayas


Las ráfagas de viento que azotaban como un torrente sus oídos comenzaban a enloquecerlo, como un murmullo que había dado paso, después de casi una hora de viaje, a gritos horrorosos a los que no lograba acostumbrarse. Sus caderas comenzaban a resentir la dureza de la silla de montar que se adaptó y que, sin embargo, seguía siendo demasiado firme para él. El frío no parecía tan intolerable, había vivido por mucho tiempo a la intemperie en Inglaterra como para que el frío de Islandia le pareciera tan cruel, pero a esas alturas ya esa velocidad, cada ventisca era una cuchilla que le laceraba la piel desnuda de las mejillas, cuello y manos.

Maldijo por un momento su comodidad. Había viajado anteriormente en lomos de dragones, decenas de veces de seguro, pero siempre en el espacio intangible de la sombra de Chise. Había sido un ente, un ser que no sufría frío, calor, el viento, los mareos o el cansancio. Podía sentirlo por su compañera, pero ella lo hacía ver mucho más fácil, o quizás así lo sintiera. Ella era muy resuelta, disfrutaba el viento y el frío, mucho más de lo que era sano para ella, y como su familiar, Ruth debe cuidar por la salud de ambos más de una vez.

Gruñó por lo bajo. Le molestaba que, con la firmeza con la que sintió el viento y el frío, el lazo que sintió con su compañera se volvía cada vez más lejano, casi etéreo e imposible de detectar. Podía notar algunos detalles: sentí frío, estaba emocionada, se estremecía y estaba nerviosa pero, a la vez, totalmente encantada. No sabía hacer, pero al mismo tiempo sintió qué todo de forma natural, algo sorprendente considerando lo mucho que a Chise le costaba hacer las cosas sin analizarlas unas mil veces.

Se estremeció, o tal vez Chise lo hizo, y algo así como un estallido de mariposas reverberó en el vientre de ambos.

Cuando sus labios cosquillearon sin motivo alguno, Ruth gruñó con fuerza, frustrado, y se inclinó para enterrar la cara entre las blancas escamas del gigantesco dragón. Esperaba que no sintiera el calor de sus mejillas a través de ellas.

Repentinamente, la nostalgia que sintió por alejarse de su compañera se convirtió en la urgencia de que el espacio que los separaba fuera de cada vez mayor. Ella no estaba en su casa, sino muy lejos, en algún lugar que no tenía la menor idea ... en su luna de miel.

Tal vez habrían pasado uno o dos días desde que Elías y Chise se casaron, y no contento con haberlo hecho de una vez, lo hizo dos veces. La primera vez con uno de esos rituales asombrosos, en mitad del bosque y con más criaturas de Oberón y Titania de los que hubiera preferido. La segunda vez fue cuando, por primera vez en la historia al parecer, cedió a Simon el unirlos en la ceremonia de su religión, con Chise cubierta de telas blancas, delicadas como viento que llevaba nieve entrelazada, que resaltaba el rojo de su cabello y lo verde de sus ojos y que todos los amigos del pueblo elogiaron una y otra vez.

En ambas ocasiones pudo sentir los nervios y las dudas de la chica, pero también su felicidad, el gran amor que la inundaba y la tenía torpe. Más de una vez debió ponerse a su par y salvarla de arruinar su vestido. Era bueno que la mayoría de las personas creyeran que era su hermano –lo que era verdad en realidad-, o podrían haber hecho un escándalo antes de que llevara un día de casada.

Y pese a que en ese momento no podría encontrar imaginado lejos de ella, disfrutando de su felicidad robada y su pena, sabía desde hace un mes que debería alejarse apenas ella tuviera un nuevo compañero. El lazo que unía a un familiar ya su compañero era lo suficientemente fuerte para que uno sintiera el dolor del otro, la pena, el frío, el calor, las heridas y el temor. Era algo muy parecido a leer la mente, aunque se limitara a las sensaciones del cuerpo y los sentimientos, pero no ideas concretas.

Eso significaba que todo lo que Chise y Elías hicieran en su luna de miel, él lo sentiría en su propio cuerpo ... y siendo que ambos eran de distintos géneros, eso se veía como un panorama aún más penoso para él.

No sabía cuál de los dos lo había pensado antes, pero un mes, o acaso un poco más, antes de la boda le propusieron la idea más horrorosa de su vida, pero que ahora, al sentir un cosquilleo de labios que no existían sobre los suyos, no podía dejar de agradecer.

Elías había preparado una poción que le permitía, no deshacer su vínculo, sino apaciguar las sensaciones del compañero sobre el propio cuerpo. El problema es que ella sola no era suficiente para hacer una diferencia significativa, sino que necesita distancia, y para horror de ambos, mucha distancia.

-¿Estás bien? - una voz delicada y suave le sacó de sus penurias, sorprendiéndole por un momento. En todo el viaje no se había dirigido la palabra con su compañero, y la verdad es que en parte lo agradecía. Rara vez había hablado con alguien más que Chise, Silky o Elías, y francamente estaba cómodo con eso. El silencio le era grato, le era natural, y cualquiera le parecía cómodo, pero suponía que era injusto para él permanecer tanto tiempo en silencio, más when estaba haciéndole un favor.

Sin embargo, que un casi desconocido se preocupara por él le hacía sentir un poco de pena.

-Sí- soltó con un tono tan bajo que hubiera sido imposible que el otro le oyera con el viento azotando sus oídos. Sólo cuando notó que asentía, seña de que le había oído, notó que había magia de por medio en esa conversación.

-Sé que estás cansado, pero ya falta poco.

Y Lindel no habló en lo que quedaba de viaje.


Sintió su ceja dar un respingo por décima vez desde las tres horas que llevaba allí, y estaba comenzando a sospechar que era mejor la tortura de sentir lo que fuera que estaba haciendo Chise en su luna de miel, antes que pasar las próximas dos semanas en aquel lugar.

La estadía se veía trágica desde el primer instante en que había pisado el nido de los dragones o, mejor dicho, desde que se había sumergido en él; tal parece que el baño matutino a las visitas era una tradición que se había naturalizado entre aquellas criaturas escamosas.

Al menos no había permanecido húmedo todo el día, ya que de inmediato Lindel se acercó a él y, entre una extraña maraña de disculpas y regaños a la tal Paulina, había hechizado alguna extraña ráfaga de aire cálido que le tuvo seco en menos de cinco minutos.

No supo muy bien por qué no lo detuvo, ya que con facilidad podría encontrar transformado por un momento en perro negro y deshacerse de cualquier humedad. Pero había algo en la mezcla de preocupación, pena y, sobre todo, en el rubor que cubría sus mejillas que le impedía hablar y, también, apartar los ojos de su rostro. Era extraño ver a alguien que era mayor aún que el vejestorio de Elías ruborizado o agitado, pues nunca antes había notado al rubio guardián de los dragones más que como algo parecido a un estanque calmo.

Luego de eso, y de varias disculpas más que no le había visto nunca con Chise, fue el turno de los dragones de darle la bienvenida: tres especies de dragones -que olvidó casi tan rápido como se puso- se abalanzaron sobre él con un millar de preguntas y con deseos de jugar.

Siempre los había visto juguetear en las sombras de Chise, mediante sus ojos, y tenía cierta familiaridad con los cachorros de dragones; pero era muy distinto sentir la incomodidad de su compañera mediante su nexo, a tener tiempo que soportar los arranques de euforia y curiosidad de los niños, pese a haber vivido con una por tanto. Isabelle siempre había sido algo melancólica y triste, muy lejana de aquella explosión de gritos, alegría y movimientos volátiles que en menos de una hora lo re mareado por completo.

-¿Entonces puedes cambiar de tamaño cada vez que quieres, como nosotros?

-¿Cómo te bañas si a los perros no les gusta el agua?

-¿Ves en blanco y negro oa color?

Ruth hizo un gran esfuerzo por no gruñir a los dragones, pero no sabía cuánto más podría durar antes de convertirse en perro y salir corriendo de allí ... o algo peor.

-¿Tienes pulgas ?, ¿Y garrapatas?

Algo peor, absolutamente.

-¿No creen que están siendo un poco maleducados con nuestra visita? - la suave voz de Lindel se alzó en el lugar un segundo antes de que otro dragón abriera la boca, y por la manera en que los tres aplastaron las orejas y bajaron la cabeza, Ruth no era el único que había detectado el tono de advertencia camuflado en la seda de su voz.

-Lindel- se quejó uno de escamas azules, de la misma raza que la mayor, y si mal no recordaba un uil -. Sólo estábamos haciéndole preguntas.

-Sobre cosas que no deberían importar- le cortó, con una sonrisa que parecía una mezcla de diversión y molestia, pero no pudo más que suspirar con resignación cuando la cuadrada cabeza de uno de color naranja se restregó sobre su blanca túnica-. Bien, mañana pueden seguir jugando, ahora tienen que comer con Paulina y dejar descansar a Ruth.

El aludido se sorprendió un momento al escuchar por primera vez su nombre de los labios del alquimista, y sólo entonces notó la fuente de color oscuro en sus manos. Los dragones se despidieron de él con más alegría de lo que su huraño trato lo hubiera merecido, y Lindel se acercó con calma y algo muy parecido a una ceremonia natural, la misma con la que se sentó ante él. Fijó sus ojos azules en los suyos, y Ruth se sintió aún más vulnerable de lo que había estado con los cachorros.

Sin intercambiar una palabra, Lindel le tendió la fuente, que despedía un delicioso aroma a estofado. Sin embargo, y pese al hambre que apenas ahora notaba que tenía, se tardó unos segundos en tomarlo, prendido del azul cristalino de los ojos del otro, dándose cuenta de que era la primera vez que los veía con atención.

La sonrisa del alquimista se ensanchó, y se sintió extrañamente decepcionado de no encontrar en esas blancas mejillas esas pinceladas de rosa que había visto en los primeros momentos del día.

-¿Tengo algo en la cara? - preguntó el chico, y sólo entonces notó Ruth que se le había quedado mirando más de lo que era correcto.

Apartó la cara, sintiéndola arder al saber lo patético de su actuación.

-No es nada- masculló, tomando por fin la fuente y los cubiertos que la acompañaban-, lo siento.

-No te preocupes- le restó importancia, con aquella sonrisa calma que le había visto tantas veces. De repente, por un momento, el guardián parecía tan tranquilo y atento como siempre. Mientras probaba el primer bocado del estofado, tratando de disimular su incomodidad, él volvió a hablar: -. Preparé una tienda como la que usaron cuando vinieron a hacer el báculo de Chise, así que no tienes que pasar la noche a la intemperie, y puedo encender un fuego para que no pases frío.

La incomodidad que venía sintiendo desde el primer momento aumentó al ser consciente de las molestias que el otro estaba dispuesto a tomarse por su persona. Antiguamente lo había aceptado sólo por la comodidad de Chise, e incluso en esos momentos se sintió molesto de aceptar las atenciones del otro, en especial tomando en cuenta que solía dormir en forma de perro.

-Espera, eso no es ...

-Claro que lo es- le cortó el rubio, con una cálida sonrisa. Recostándose en una de las rocas, continuando mientras miraba el cielo con calma-. Hiciste un viaje largo, te dejé a merced de esos tres toda la tarde, además de que debes estar sufriendo mucho por Chise. Lo que menos puedo hacer es asegurarme de que estés cómodo- concluyó, sin mostrarse molesto o fastidiado por tener que hacer eso por él.

Ruth insistió un poco más, pero Lindel no cedió en lo más mínimo, por lo que acabó resignándose. Sin embargo, una pequeña sonrisa jaló de las comisuras de sus labios cuando estuvo seguro que el alquimista no estaba viendo, extrañamente satisfecho por esas muestras de amabilidad.


Había sido la peor noche de su vida, sin duda alguna.

El recuerdo de las caricias sobre su cuerpo, cosquilleos en su cuello, besos en su boca aún sin que allí hubiera otra persona lo perturbaba, lo suficiente para que en mitad de la noche debiera convertirse en perro, en una forma que impedía una sensación en lugares concretos, sino un cosquilleo general que, al menos, era tolerable. Sólo en esa forma, una vez logró tranquilizar su pena y su agitación, por fin, pudo dormir un poco, enterrando su hocico húmedo en medio de su espesa cabellera negra.

Y no cambió esa forma durante todo el día. Así se siguiente presentó ante Lindel a la mañana, encontrándose con esos azules ojos sorprendidos al verle, pero cuya expresión mudó de inmediato en una cálida bienvenida.

-¿Cómo dormiste? - fue lo primero que preguntó, y se sorprendió al verle ponerse en cuclillas para estar a su altura. Era una suerte que su forma canina no mostrara su nerviosismo al ver aquel rostro tan delicado tan cerca.

Por sobre todo, agradecía que no notara lo rojo de su rostro al recordar la agonía que sufrió hasta las tres de la madrugada.

-Bien- mintió, apartando levemente la mirada-, muchas gracias por la tienda- murmuró. Lindel sonrió con calma.

-Me alegro de que hayas podido descansar- comentó-, la poción de Elías es algo experimental, temía que no surtiera efecto- agregó, y Ruth se crispó de forma imperceptible, temiendo ser descubierto y sintiéndose terriblemente culpable sin saber siquiera por qué.

Antes de que pudiera comentar algo, por suerte, una embestida de gritos eufóricos y berridos inteligibles se lo llevó de allí de la forma más vistosa que alguna vez hubiera sufrido.

-¡Perro! - exclamó uno de los cachorros de dragón, de los que parecían rocas, mientras le daba topes en su costado- ¡Anda, vamos a jugar!

-¡Una carrera!

-¡Volar!

-Acaba de despertar, tengan piedad- les regañó Lindel, y esta vez tres cabezas se restregaron contra su blanca túnica antes de que cediera. Suspiró, colocando su mano sobre el emplumado cuello de lo que, creía, era un beanna-. No pueden obligarlo a hacer algo que no quiera.

Pero Ruth, después de la sobre carga de sensaciones que había sufrido la noche anterior, se encontró extrañamente complacido con la idea de poderar con los cachorros, ni de cerca tan avergonzado como la noche anterior. Su parte humana tenía conflicto con ello, pero su lado animal no tenía ningún problema con su excitación, ya que podía descargar en todo tipo de actividad física.

-No me molesta- replicó antes siquiera de poder pensarlo, y se sentó un poco cohibido ante los seis pares de ojos que se posaron sobre él. Se apresuró a explicarse: -. Es decir, a-ahora estoy descansado, y gastar algo de energía cuando estoy en esta forma no viene mal.

Sin importar cuan natural le pareciera, no dejaba de sentirse algo torpe cada vez que lo explicaba en voz alta. El que dos naturalezas tan opuestas habitaran en el mismo ser era algo extraño, aún más cuando eran la parquedad absoluta de su parte humana contra su necesidad de juguetear canina.

Se sorprendió un poco cuando el alquimista rio por lo bajo y los dragones a su alrededor comenzaron a dar brincos de júbilo.

-Está bien- cedió Lindel, y se inclinó hacia él. Su corazón dio un vuelco cuando la pálida y delicada mano del alquimista se posó sobre su cabeza, ejerciendo una agradable presión que dejó embobado por un instante-, pero no dejes que se aprovechen, oprimir a creer que toda visita es un juguete.

Y tan rápido como llegó, la mano se retiró, y una vorágine de colores tierra lo sacó de allí antes incluso de que pudiera descubrir protestando por romper el contacto.

Sin embargo, no le dieron oportunidad para poder pensar en ello nuevamente en todo el día, y se sorprendió a sí mismo disfrutando de corretear por aquel lugar con la manada de cachorros. La hierba fresca y acolchada por las matas de tréboles eran un mimo a las patas, el trepar por los altos peñascos y picos un desafío excitante, y aunque su parte canina no disfrutaba especialmente de sumergirse en agua, sí que apreciaba la belleza de aquel extenso estanque que reflejaba como un espejo el cielo cristalino de Islandia, pequeñas olas le refractaban la luz solar como millas de pequeñas estrellas bailando sobre el agua, al menos hasta que algunos uil se precipitaban como saetas sobre la clara superficie, rompiendo el encanto y empapando con malicia a sus amigos y, claro está, a él.

Al final del día, no sólo no tenía problemas en recordar quién era un beanna, un uil o un gaoth arach, sino que reconocía a cada uno perfectamente con el nombre que Lindel les hubiera dado.

Cuando llegó la noche, se descubrió a sí mismo, aún en su forma canina, recostado en medio de al menos siete cachorros de dragones, y con las alas de Paulina sobre todos ellos. No pudo sentir a Chise en todo el día, y pese a sentirse un poco preocupado por ello, no podía dejar de agradecerlo, por lo mismo que no podía evitar sentirse terriblemente culpable.

Soltando un gran bostezo, Ruth se levantó tan silenciosamente como pudo, resintiendo el alejarse del calor. Ya dormir comido y no hay motivo por el cual no debería simplemente abandonar a su deseo animal y con los dragones toda la noche.

Pero allí estaba de nuevo, extendiéndose por su cuerpo primero como un cosquilleo intenso, y luego como una notoria incomodidad que, pese a poder soportarla, le despertaba cierta pena al estar frente a cachorros. Si bien su parte animal era indiferente, su consciencia humana exigía privacidad.

Pero cuando encaminaba hacia su tienda, un murmullo extraño llamó su atención, y antes de poder percatarse de lo que hacía, sus patas doblaron tras una formación rocosa, en dirección al lago.

Y cuando el resplandor de un millar de flores golpeó de lleno sus ojos, y la melodiosa voz del alquimista llegó a sus oídos, el deja vú que experimentó no fue tan intenso como la maravillosa sensación de estar viviendo en aquello por primera vez.

Como aquella vez hace ya un año, el fragmento de valle frente al lago se iluminaba con el fulgor de pequeñas estrellas florecientes que cubrían cada fragmento de tierra libre a su alrededor, dando a las rocas una tonalidad azulada y blanquecina, mientras en lo alto de los riscos el brillo de las aguas dibujaba siluetas danzantes. Pudo reconocer a la pequeña foca tocando el tambor cerca del agua y algunas ninfas danzando sobre las aguas, en una especie de ronda sobre el reflejo de la luna. Algunos duendes danzaban sobre las rocas con flautas y cascabeles, y el agua se cubrió de las flores de un cerezo que no estaba allí.

La primera vez que vio aquel maravilloso espectáculo, creyó que la emoción que le embargaba era de Chise más que propia, pero en esa ocasión, completamente solo y con un nexo tan particular como el que los unía, no podía más que reconocer que la obnubilación que lo envolvía era suya, y de nadie más.

Y tampoco podía echar la culpa a alguien más de la forma en que su cuerpo se crispó, emocionado, al ver al alquimista de pie en medio del mar de flores relucientes, solemne, elegante y espectacular, entonando con una voz como la seda uno de esos cantos que daban fuerza a sus hechizos.

Sólo fue consciente de que se había movido cuando el dulce aroma a tierra húmeda y flores del alquimista impregnó todo a su alrededor, y silencioso, se echó a su lado, tan despreocupado como si fuera su compañero de toda la vida. Se dejó arrullar por la musicalidad que lo rodeaba todo, por las risas lejanas de las ninfas y los duendes que repiqueteaban a su alrededor y por el rítmico golpear del tambor de la foca. Si sorprendió a Lindel, éste no lo demostró, en cambio, siguió cantando por un buen tiempo, completamente impertérrito a su alrededor, pero extrañamente mimetizado con él. Era el ser que más resaltaba entre todos allí, y sin embargo el único que se veía totalmente natural.

Ni siquiera notó en qué momento paró de cantar, tan adormecido como se hallaba. Sólo volvió en sí cuando una cálida mano se posó sobre su cabeza, sobresaltándolo. Pero pronto el golpe constante del tambor, las flautas, y las cada vez más lejanas risas volvieron a calmarlo, y la mano se deslizó en una larga caricia hasta su nuca, sólo para volver a repetir el movimiento a un ritmo agradable.

Se dejó hacer, como si el otro no fuera casi un desconocido. Nadie más que Isabelle y su padre, y luego Chise, lo había acariciado, nunca lo había permitido, pero por algún motivo la mano de Lindel sobre su cabeza, tras sus orejas y sobre su lomo se sintió como lo más natural del mundo.

-La sientes- expresó de la nada, y Ruth se sintió horrorizado comprendió el sentido de sus palabras, sabiéndose descubierto. Alzó la cabeza, y supo que el otro pudo ver la alarma en sus rojizos ojos cuando ensanchó su sonrisa, en una expresión tranquilizadora-. ¿Por qué, sino, tomarías tu forma canina de la nada?

Se ruborizó, y volviendo a posar su cabeza sobre la tierra, agradeció que el otro no pudiera notar cuan patético se sentirá.

-Es más tolerable en esta forma- afirmó, y las caricias sobre su cabeza se reanudaron.

Lindel asintió, antes de reír por lo bajo. Esto llamó la atención del perro, que al alzar la mirada se encontró con una que mostraba una gran pena por parte de su compañero.

-Lamento no haberme percatado de ello anoche- dijo, confundiendo más aún a Ruth, antes de continuar: -. El hechizo que acabas de ver no sólo ayuda a mantener la tierra fértil y las aguas limpias, sino que es una purificación completa del valle. Es esencial para que este lugar sea habitable para dragones y demás criaturas mágicas. Pero otra función, es una barrera tiene descripción, y Ruth inclinó la cabeza, pidiendo silenciosamente que continuara -. No sólo expulsa impurezas o magia negativa, también incluye cualquier magia que venga de afuera, incluso un lazo tan fuerte como el que te une a Chise puede parecer invisible en las condiciones en que se encuentra ahora ... aunque no me explico cómo es que ese bastardo de Elías logra entrar cada vez que quiere- refunfuñó,

Sin embargo, luego de que su cerebro volviera a funcionar, entendió lo que el alquimista quería decir.

-Entonces ... ¿No me ocurrirá nada si vuelvo a mi forma humana? - exclamó, con una emoción desconocida hasta entonces. Siempre se había sentido más cómodo en su forma animal, y rara vez adoptaba la otra a menos que debiera mostrarse entre humanos; no obstante, cierto entusiasmo lo embargaba ante la idea de ser humano.

De serlo ante Lindel ...

Nuevamente, agradeció que no pudiera ver su rubor cuando era perro.

Pero eso no lo detuvo de change in the acto, apenas el otro asintió. La descarga que pulsaba en todo su cuerpo cada vez que cambiaba fue lo único que se lo advirtió, además de la disposición del suelo debajo de él. Nunca notaba más que un cosquilleo en la piel cuando llevaba un cabo su metamorfosis, aunque recordaba que las primeras veces su piel y huesos desacostumbrados le habían hecho sufrir un dolor lacerante.

Pero cuando volvió a abrir los ojos, lo único que sintió fue el nivel desconcierto de que había algo diferente a su alrededor, aunque con la certeza de que lo único que se había alterado era su percepción de su entorno.

Eso, y el chico rubio que ahora estaba de pie junto a él, curiosamente más ... ¿Pequeño?

Los ojos cristalinos del chico parpadearon un par de veces, desconcertado, y se sintió levemente expuesto a esas pupilas rasgadas que lo escudriñaban con curiosidad.

-Estás ...- comenzó, dudoso- ¿Eres mayor?

Con un respingo, y sintiéndose como su hubiera sido descubierto en medio de una travesura, notó que hasta entonces se había presentado ante el otro en su forma humana más joven. Una sonrisa traviesa curvó los labios del otro, y Ruth tragó saliva. El que ahora fuera más bajo sólo lo hacía más encantador, ya él más culpable.

-B-Bueno, e-es que es la forma que tomo para acompañar a Chise- comenzó, tartamudeando por primera vez desde que tenía memoria-. Como ella viaja con frecuencia al pueblo, me gusta ser una compañía visible, y la gente puede pensar mal de ver a un hombre demasiado mayor junto a ella, así que, por comodidad, decidí que la fachada de hermanos se creería más si aparentaba su edad, además, la ropa pequeña es más fácil de conseguir, y no tengo que preocuparme por ...

Su verborragia se vio interrumpida por el musical murmullo de Lindel, y, absorto por la pena y los nervios, tardó un segundo en entender que no estaba comenzando otro hechizo, sino que se estaba riendo.

De él ...

Extrañamente no se sintió molesto por ello, aunque la pena aumentó crecientemente. Sin embargo, al ver la forma en que los dorados bucles bailaban a los lados del dulce rostro, y sus dientes como perlas brillaban en una sonrisa deslumbrante, Ruth no se sintió humillado, sino más bien bendecido.

Cuando Lindel se recuperó, Ruth estuvo seguro de haber descubierto un cielo nuevo en aquellos ojos llorosos y risueños.

-No te estaba pidiendo explicaciones- rio, divertido aún y algo ruborizado, lo que hizo que el corazón del perro se saltara un latido-. Aunque debo admitir que es una sorpresa que te veas incluso mejor de esta forma- soltó, por lo bajo, igual de divertido, pero esta vez Ruth descubrió un nuevo dejo de malicia en esos ojos gatunos.

Se tensó por un momento cuando la cálida mano del alquimista se posó sobre su cándida mejilla, en una caricia delicada y suave, idéntica a las que ya le había dado dado durante el día. Pronto, su cuerpo se relajó ante el contacto, y aparentemente habituados a él en un lapso tan breve, Ruth rindió su rostro sobre la pálida mano y se dejó mimar, recibiendo con total naturalidad las caricias en mejillas y cuero cabelludo, como pequeñas descargas que le estremecían la piel, mucho más placenteras que las de su metamorfosis.

-Los cachorros se pondrán felices al ver que acertaron al menos en lo de cambiar de tamaño- murmuró Lindel, en un tono tan bajo que ni siquiera cortó la magia del momento.

Cuando Ruth volvió a su tienda, un par de horas más adelante, se sintió como sumergido en el más plácido de los sueños, y ni pensó en Chise antes de caer dormido.


Los días siguientes se deslizaron con una inusitada calma, como una especie de sueño en el que se entremezclaban recuerdos de su forma canina, correteando por el valle y los riscos con los cachorros de dragones y volando sobre Paulina o escuchando historias junto al árbol de Nevin , y recuerdos de su forma humana, siendo acosado sobre su comportamiento por los niños, sobre las otras formas que podrían adoptar, y sobre qué edades mostraba.

Sin embargo, en ambos recuerdos aparecía siempre el rubio guardián de los dragones como una de las imágenes más destacadas, junto a él cuando volvían de juguetear con los cachorros, siempre con un plato de comida en las manos, una sonrisa amable, y más que dispuesto a dejarlo echarse sobre su regazo para que rascara su cabeza, fuera un perro o un hombre. Estaba seguro de que, a esas alturas, alguno de los pequeños dragones estaría celoso de que hubiera monopolizado a su guardián, aunque no podía sentirse culpable por ello, por más que lo intentara.

Al cabo de aquel, el quinto día allí, podía decir que Lindel había sido el punto fijo en aquellos días asombrosos, el lugar de origen por el que pasaba cada mañana, y al que volvía al finalizar el día. Se había naturalizado entre ellos una especie de rutina, en la cual, cada vez que los pequeños dragones dormían su siesta, él caminaba junto al rubio guardián, lo acompañaba en sus actividades de alquimia, o simplemente se dejaba mimar sobre su regazo. Había algo burlón pero maternal en Lindel que lo obligaba a permanecer cerca de él, y que le ayudaba a no pensar en Chise.

Tampoco volvió a sentirla, aunque algún débil vestigio de su lazo le daba la tranquilidad de que estaba bien, dichosa y plena. Esperaba que pudiera sentir su felicidad también.

Aún era relativamente temprano cuando abandonó el montículo de dragones durmientes bajo el ala de Paulina, y le dio una suave caricia pasar con su hocico al, a lo que la uil respondió con un resoplido.

Sin pensarlo, con la memoria de su cuerpo, sus patas se dirigieron al estanque en busca de su compañero, y cuando dobló la formación rocosa levantó la cabeza, sólo para recibir el grato aroma a tierra húmeda y flores que caracterizaba al alquimista.

Pero al no encontrarlo en su típico lugar al centro del prado, Ruth se extrañó. Estaba allí, pero no podía verlo por ningún lado.

Se acercó con pasos más rápidos que otra cosa, llevando su nariz una y otra vez a la tierra, cerrando los ojos y siguiendo el rastro de su olor entre los hierbajos y el trébol. No pasó ni un minuto antes de que tomara el rastro más fresco, que se tornaba más intenso entre más avanzaba.

Justo cuando estaba seguro que estaba a punto de encontrarlo, una desagradable sensación de humedad chocó de lleno con su rostro, haciendo que se le escapara un gimoteo agudo de perro, del que desde luego se avergonzó.

Y más aún al ver el rostro sonriente de Lindel, enmarcado en una lluvia de cabellos húmedos. Aún tenía el brazo con el que lo había mojado en alto, y luego lo usó para descansar una mejilla, mirándolo con una expresión juguetona.

-Estabas a punto de caer al agua- se excusó con una expresión llena de inocencia, pero Ruth había aprendido tanto a leer esos ojos en aquellos días que no le costó lo más mínimo ver la malicia en ellos.

Dejó caer los párpados, molesto, antes de open the boca y dar una larga lamida a toda esa adorable cara. Sintió cierta satisfacción en la forma en que, perdiendo sólo un poco la compostura, el alquimista se alejó sacudiendo la cabeza, llevándose las manos llenas de agua al rostro y soltando quejidos asqueados.

-Gracias- se burló el perro, echándose en la tierra, antes de dirigirle la mirada por fin. Sólo entonces notó Ruth la palidez de su piel, perfectamente visible debajo del agua cristalina.

Y todo lo que podía ver era piel.

El perro tragó saliva, antes de dirigir su look a la lejanía, notando esta vez las túnicas perfectamente dobladas del rubio, como una advertencia junto al agua.

Justo cuando creía que no podía hacer más el ridículo ante él.

-¿No quieres sumergirte un rato? - noté con toda naturalidad el rubio, completamente relajado, inconsciente de cuanto se esforzaba para no ver más de lo debido bajo el agua-. Me encargué de que tuviera una temperatura agradable.

-Los perros no somos amigos del agua- se excusó pobremente, rogando que el tartamudeo de su voz fuera sólo su imaginación.

Cuando le vio por fin, luego de un prolongado silencio, los ojos celestes permanecían fijos en él, extrañados, y enmarcados por unas pestañas llenas de pequeñas gotitas que, pegadas por el agua, eran similares a estrellas.

-¿Y la parte humana?

-No quiero mojar mi r-ropa.

Otro instante de silencio.

Oh, sí. El ridículo puro.

Justo en el momento en que consideraba seriamente el darse la vuelta y salir corriendo con toda la fuerza de sus monstruosas patas, una pálida y empapada mano salió del agua, arrastrando con ella algunas columnas de vapor, y se posó debajo de su hocico, sólo para avanzar en un camino ascendente de caricias hasta su nuca, donde se encaprichó con la parte posterior de su oreja.

Estuvo a punto de comenzar a sacudir una pata.

-Está bien, no voy a obligarte- murmuró el alquimista, acariciando con calma, arrastrándolo sólo con sus dedos a ese estado de semi somnolencia que lo dejaba vulnerable.

Pero, consciente de su poder, se alejó de él apenas decir eso, haciendo que un gimoteo lastimero escapara del perro. Nadó hasta el centro del lago con su cabello y su pálida figura serpenteando como si fuera una ninfa más, apenas oculto por el vapor que allí se acumulaba.

Ruth, llevado por el ansia de contacto, ni siquiera fue consciente del momento en que abandonó su forma canina, ni cuando se despojó por completo de su ropa, sin el menor cuidado, para sumergirse en el más completo de los silencios y nadar, también, al centro. Buscó a tientas el aroma del alquimista entre el vapor, y encontró el rastro justo en el instante en que esa mano se posaba suavemente sobre su hombro, y la figura de Lindel se pegó a su espalda, juguetona.

Cuando se giró, sus ojos refulgieron de un rojo intenso que no pudo disimular, y creyó detectar un pequeño estremecimiento en el otro.

-Al parecer sí podías desprenderte de la ropa, ¿Eh? - se burló, pero a Ruth no pudo importarle menos. Tomó la mano con que se sostenía y, arreglándoselas para mantenerlos a ambos a flote, obligó al sorprendido rubio a llevar ambas manos hasta su nuca.

El rubor que cubrió sus mejillas al sentir sus cuerpos desnudos tan cerca fue una nueva victoria para Ruth.

Pero, aunque no podía negar que el guardián le había atraído desde el primer momento, él no pensaba hacer nada en ese momento. No buscaba más que los mimos a los que el otro lo había mal acostumbrado ya, y Lindel, al parecer, lo entendía perfectamente, por lo que sin dudar comenzó a llenar de caricias su nuca y cuero cabelludo.

Sin embargo, ante la cercanía, le era imposible no aprovecharse un poco de la situación. Acercando más el brazo que rodeaba su cintura, sintiendo su cuerpo tensarse por un segundo, no pudo evitar notar cuán pequeño era el guardián en comparación de su forma adulta, y la forma perfecta en que entraba en su abrazo. Su era delicado, y sus ojos, tan inquietos y rostro enormes, siempre lograban combinar la mezcla perfecta de inocencia y jugueteo con una calma casi ancestral, pues no era inconsciente que la edad del alquimista debería ser bastante intimidante.

Pero allí, con los ojos risueños y apenados, y un rubor traicionero que delataba algún sentimiento nuevo para un ser con más de demasiado algunos siglos encima, en esos momentos, entre sus brazos, con hombros unos más pequeños que los suyos y sus largos dedos recorriendo su cabello, no parecía más que un dulce amante dispuesto a todo.

Mientras descendía a tomar sus labios, embargado por una repentina pasión, reflexionó que tal vez los mimos cotidianos y no eran lo único que quería del alquimista.

Sintió el temblor de los labios ajenos bajo los suyos un segundo antes de que los brazos sobre sus hombros se aferraran a él, y el cuerpo del otro se hundiera levemente. Rio un poco por el nerviosismo del rubio, antes de obligarlo a llevar sus piernas sobre sus caderas y, mientras lo aferraba con un solo brazo, usaba el libre para poder flotar. Era una suerte el que Lindel estaba tan ansioso como él por sentirlo, ya que no necesitó más que acercarse un poco para que sus labios se abrieran a él y, con un dulce gemido, se pegara más a su cuerpo.

Nadó casi sin pensar hasta la pierda más cercana, donde se giró para posar la pálida espalda sobre ella. Sintió los suaves labios suspirar dentro del beso, y sólo cuando posó su mano sobre la piedra notó el agradable calor que irradiaba. Su propia espalda, congelada al hallarse expuesta, envidió la suerte del otro, pero su pecho y labios no se imaginaban un lugar mejor donde estar.

Se separó un momento del otro para observarlo, y un gruñido de satisfacción se le escapó al ver los labios rojizos e hinchados y la mirada anhelante que le rogaba porque se acercara una vez más.

Embargado por una pasión voraz, Ruth ni siquiera dudó un segundo antes de apretarse nuevamente sobre él, que le recibió con los brazos abiertos y más presteza de lo que hubiera sospechado. Se apresuró a descender por la pálida piel de su cuello, sintiendo las manos recorrer una y otra vez su cuello y cabello, en un silencioso pedido porque se acercara más a él.

Todo su cuerpo ardía, deseoso y excitado como nunca antes había estado, seguro de lo que quería y listo para tomarlo. Oleadas de calor lo sacudían como a un volcán, ascendiendo desde su vientre, mientras no podía dejar de presionarse contra él.

Le embargó una curiosa sensación de familiaridad cuando una de las manos ajenas descendió por su vientre moreno, pero no pudo prestarle demasiada atención cuando los labios del rubio se apoderaron de los suyos ansiosos, y él no pudo sino tomar ambas piernas con firmeza y separarlas para sí, sin ser consciente de lo que estaba a punto de hacer.

Sólo cuando un ardor en su espalda baja le obligó a soltar un respingo y alejarse del otro fue que, por fin, se quedó quieto por un instante, esperando ante un Lindel impaciente, a que sus respiraciones se tranquilizaran.

Y aun cuando estuvo casi por completo calmado, el cosquilleo de excitación seguía ahí, deslizándose por su cuerpo como dedos avarientos y expertos.

Una nueva mordida en su espalda le puso en alerta, porque sabía perfectamente que tras de él no había nadie.

Se apartó de Lindel como si le quemara, y éste se hundió con un grito ahogado. Lo ayudó a asirse a la roca, pero no volvió a acercarse a él.

El rubio, aún rojo y con los labios hinchados, lo miraba con una mezcla de desconcierto y preocupación.

-¿Qué ocurre?

Pero, apenado y repugnado de sí mismo y la situación, Ruth se giró, dándole la espalda.

-Lo lamento, pero no puedo- murmuró, sintiendo la imperiosa necesidad de alejarse de allí antes de que cualquiera de los dos cometiera una locura.

Y sin explicación alguna, se transformó en una sombra para huir del lugar.


Un par de horas más tarde, Ruth se agitaba desconsoladamente bajo una pila de pieles y mantas mucho más gruesa de lo necesario, deseando con todas sus fuerzas morir, como nunca antes lo había hecho.

Había intentado convirtiéndose en perro otra vez, en sombra, en lo que fuera, pero la sensación continuaba allí, insistente y enloquecedora. Las manos, los besos, el calor, el deseo. Más de una vez había pensado en volver corriendo hacia el alquimista y, ya fuera en el agua, ya fuera en la tierra, obligarlo a saciar sus deseos con fiereza, con una fiereza más animal que humana de a ratos.

Gruñó, también un sonido más animal que humano, y se hizo un ovillo. Estaba seguro de que su imagen de humano adulto hacía aquello que incluso más humillante de lo que de por sí lo era. Pero al menos sabía que, estando solo, podría controlarse.

Por ello maldijo en voz baja al oír la tela de la puerta de la tienda levantarse con un suave susurro.

-¿Qué haces aquí? - gruñó, y se sintió algo culpable al notar que sonó más como una queja que una pregunta.

El silencio reinó en la tienda por un momento, antes de que los pasos se acercaran a él.

-Independientemente de lo que hacíamos, te fuiste así como así- murmuró Lindel, por primera vez desanimado, y no pudo evitar sentirse culpable-. Me preocupaste.

Ruth se tensó bajo las pieles, ofuscado por molestar al guardián. Si tan solo fuera menos amable, al menos encontraría algún defecto que le resultara molesto y le ayudara a no desear tenerlo de nuevo entre sus brazos.

Sin embargo, por el contrario, no había percibido un movimiento desde que habló, y cuando lentamente sacó su cabeza de su fortaleza con olor a res, maldijo mentalmente al verlo aún allí, sentado sobre sus piernas, tan pequeño y mullido en su gigantesco abrigo , y con una dulce mirada de preocupación en su rostro angelical iluminado por el fuego.

Estrechó sus ojos, y Lindel alzó una ceja al no entender su mirada de reproche.

Al ver que no lograría nada más que aumentar su tortura -y maldito fuera, en parte, el calenturienta de Elías por ello-, soltó un pesado suspiro de resignación antes de colocarse en una posición erguida sobre la improvisada cama.

Sin embargo, no se había enderezado por completo entre las pieles cuando, presa de un vergonzoso espasmo, se vio obligado a arquearse con brusquedad.

Lindel se acercó de inmediato, alarmado.

-¿Qué ocurre? -inquirió, llevando sus manos a los hombros del otro e inclinándose para ver su rostro, y se sorprendió al ver una tonalidad rojiza en los pómulos del hombre.

La mirada de Lindel le interrogaba cuando por fin pudo reponerse, y sólo pudo sonreír con pena, dejando que su gesto le dejara en claro cuán grande era su martirio porque debiera ver aquello.

-Supongo… que las cosas van bien con los recién casados- bromeó, a medias divertido con su propia situación, aunque el humor era sólo un recurso muy pobre para ignorar el cosquilleo nervioso que recorría todo su cuerpo y que estaba a punto de hacer saltar sobre ese dulce rostro.

Lindel frunció el ceño por un momento, extrañado, sólo para abrir los ojos por la sorpresa. Pronto unas pinceladas de rosa aparecieron también es sus pómulos blancos.

-¿Puedes sentirlo? -preguntó, en una voz baja y con una mezcla de asombro y pena llenando su expresión -Pero… ¿Cómo? Si tan sólo han pasado…

Y entonces se quedó en silencio por un momento, mirando a través de su rostro, repasando algo en su fuero interno. Ruth frunció el ceño al verle dar un respingo, preocupado pese a su propia situación comprometida, y su confusión sólo aumenta al ver cómo esa mirada, llena de horror y remordimiento, ahora se clavaba en él.

-Ruth, lo siento mucho -gimoteó, y al ver la extrañeza en su mirada, Lindel se apresuró a continuar, con un arrebol mayor en sus mejillas a medida que hablaba-. La barrera de la que te hablé permanece en su mayor grado de efectividad sólo por cuatro días, a partir de ese momento su poder como escudo comienza a declinar. Usualmente no importa, ya que sus efectos pueden durar por diez días antes de una nueva purificación, pero en tu estado… lo siento, de verdad lo siento- repitió, acongojado, y Ruth se sorprendió a sí mismo más concentrado en el gesto suplicante y en aquellos cielos atormentados más que en su propia incomodidad.

Pero no pudo permanecer demasiado tiempo indiferente a ella, no cuando el hormigueo se convirtió en un verdadero terremoto que le obligó a gruñir por lo bajo. Lindel pareció alarmarse ante su gesto.

-Sólo espera un poco, voy a fortalecer la barrera- afirmó el alquimista con premura, haciendo ademán de marcharse. Pero antes siquiera de que pudiera ponerse en pie, una mano sobre la suya lo detuvo. Se tensó cuando los firmes dedos de Ruth se cerraron sobre los suyos en una mezcla de delicadeza y desesperación.

Todo su cuerpo se estremeció cuando aquella mirada deseosa y suplicante se posó en la suya.

-No te vayas.

Ruth no entendía por qué le pedía aquello. Hace unos minutos tan solo hubiera dado todo porque el rubio guardián se mantuviera alejado de él, a una distancia segura que le impidiera cometer una locura. Pero el sentirse solo de nuevo, privado del reconfortante aroma a flores que llenaba el espacio donde el otro estaba…

Sacudió la cabeza, en una reafirmación silenciosa de su súplica.

Lindel permaneció quieto por un instante, mirando sorprendido al hombre frente a él, tan grande y maduro y que, sin embargo, ahora parecía uno de sus dragones pidiendo que no se alejara luego de un mal sueño.

Sin pensarlo mucho, actuó de igual forma que haría con uno de ellos.

Llevó sus manos hasta las mejillas del otro, acariciándolas delicadamente, esperando que eso ayudara a tranquilizarlo y, de forma sorprendente, pronto la súplica en los ojos rojizos se apaciguó, y reinó una breve paz en la que ninguno de los dos hizo un solo intento por alejarse del contacto del otro.

Al menos, hasta que Ruth volvió a gruñir, un gruñido bajo y ronco que caló debajo de la piel del rubio.

Tragó saliva al sentir su propio cuerpo vibrar, con el recuerdo de las manos y labios del otro aún fresco sobre su piel. Trató de disimularlo, pero por la manera en que la mirada del otro se oscureció, llena de deseo, alguna cosa sus sentidos caninos by captado.

Lindel esperó en silencio, pero al ver que el otro no se alejaba y, además, sus ojos anhelante seguían en los suyos, se apartó un poco y, bajando la mirada, se atrevió a soltar la alternativa que no había mencionado a lo largo de toda la estancia del chico allí.

-Si la idea no te repugna, puedo ayudarte, sólo... -dudó por un momento, rojo de pena y con los ojos fijos en sus manos, antes de suspirar y continuar; -sólo debemos reemplazar las sensaciones ajenas con las propias, tú… y yo… deberíamos despertar sensaciones en tu propio cuerpo que desvanezcan las de Chi… se- al ver que el otro no respondía, guardó silencio también. Debía saber bien que lo ocurrido en el estanque era sólo un efecto del debilitamiento de la barrera y que, en estado normal, Ruth no estaría interesado en él. Apesadumbrado, hizo ademán de ponerse en pie-. Voy a tratar de fortificar la barrera.

Más se detuvo otra vez al sentir el firme agarre de la mano ajena sobre la suya. Sorprendido y algo entusiasmado, Lindel se giró hacia el otro, encontrando que el deseo en su mirada no había mermado en lo más mínimo.

-No quiero la barrera... -murmuró, haciendo un esfuerzo por no temblar e inclinándose hacia él, regodeándose en su expresión asombrada -. Te quiero a ti.

La sentencia resonó apenas por encima del lejano crepitar del fuego, pero se oyó como un trueno en los oídos del rubio. Jadeó cuando la mano que con tanta delicadeza le sujetaba la suya tiró de él de repente, acercándole lo suficiente al chico como para que su risa acariciarla la piel de su rostro cuando una risita escapó de sus labios.

Ruth aún no podía creer que Lindel, el Lindel de la carita dulce, risueña y angelical, acabara de ofrecerse a sí mismo como medicina de sus males, con aquellos ojos rasgados de gatito rehuyendo apenados de los suyos y un fuerte rubor que sus delicados cabellos rubios apenas podían esconder. El dulce aroma de su pena llenó con tanta fuerza el lugar que le dejó estático por un momento, y francamente nunca hubiera aceptado el ofrecimiento si, en todo momento, no hubiera percibido el aroma exquisito de su propio deseo, como una invitación a finalizar lo que habían comenzado en el estanque y a silenciar a la pareja que le estaba torturando.

Con sus bríos renovados por el aroma, fue incapaz de refrenarse antes de tomar la delicada y rojiza boca con sus labios, sacando una exclamación ahogada de sorpresa al guardián. Le sujetó de ambos hombros y le acercó a él, lo suficiente para ser capaz de sentir su cuerpo cálido a través de las telas. Gruñó de satisfacción.

-Lindel- suspiró, y no pudo evitar que un regocijo infantil lo embargara al sentirle temblar entre sus manos.

Cuando se alejó, la dulce tonalidad rojiza se había hecho más evidente en sus pómulos, y sus ojos felinos parecían esconder una súplica, velada por un dejo de recelo. Se lanzó nuevamente al encuentro de sus labios, pero un dedo desnudo le detuvo.

Lindel se estremeció nuevamente al ver el puro deseo de devorarlo que había en aquellos ojos rojizos.

-¿Es pasión tuya o ajena? -preguntó, receloso. Era cierto que había sido el de la idea de llevar aquello adelante, y también lo era que estaba más que deseoso de estar nuevamente cuerpo a cuerpo con el menor, pero eso no quería decir que, de cierta forma, no se sintiera vulnerable, a punto de yacer con un hombre cuyo deseo no sabía si era propio, o por el lazo que le unía con Chise.

En otro momento se habría avergonzado de sí mismo: tenía algo más de mil años en el tintero, había estado en una situación similar a aquella alguna vez y había salido airoso y algo indiferente en realidad... Pero Ruth...

Ruth lo hacía todo tan diferente, de una manera en que aún no podía entender, y le obligaba a comportarse como un niño nervioso que se apena por todo.

Se sorprendió cuando sujetó sus manos entre las suyas, cálidas y grandes, lo suficiente para cubrirlo por completo. Saliendo al fin de sus cavilaciones, alzó la mirada y la calidez en la del otro le obligó a abrir los ojos algo más de la cuenta.

-Es por ti -aseguró, inclinando suavemente su frente sobre la suya, sin apartar la mirada-, es lo único que me importa.

Lindel volvió a estremecerse, pero Ruth no pudo hipotetizar a qué se debiera antes de que, con una risa, se inclinara hacia adelante y uniera sus labios. Esta vez lo envolvió en un abrazo aún más estrecho, arrastrándolo casi hasta el espacio entre sus piernas, y le estrechó hasta que sintió cada contorno del cuerpo ajeno a través de la gruesa capa, cada delicado contorno, a medida que los labios del alquimista recuperaban su confianza y su avance sobre los suyos.

Rio dentro del beso cuando el otro le dio una pequeña mordida, sin dudas atento a la forma en que sus manos curiosas descendían lentamente por su cintura. Pero se detuvo por un momento al llegar a sus piernas, donde sus dedos se encontraron sin restricción alguna con la fría piel de sus pantorrillas. Detuvo sus movimientos por un instante y, guiándose por la tensión del otro, ascendió hasta su cadera. Se separó, recorriendo no sin cierta sorpresa la suave piel desnuda.

Le dedicó una mirada interrogadora, y Lindel apartó la suya, con un tono un poco más rojizo en sus mejillas. Aún le parecía algo sorprendente que alguien con más de mil años se ruborizara aún, y el hecho de que fuera por él no hacía más que llenarlo de una leve sensación de orgullo.

-¿No tuviste tiempo suficiente a vestirte? -le interrogó, fijando su mirada socarrona en él. Había descubierto su afición a tomarle el pelo a Lindel, y no pensaba dejárselo tan fácil en aquella situación.

-¿Te molesta, acaso? -le contestó con otra pregunta, sabiendo sin necesidad de alzar la mirada que la sonrisa del otro acababa de ensancharse en una lobuna.

-Me molestaría si lo hubieras hecho -concluyó, antes de volver a tomar sus labios. Lindel soltó algo que pretendía ser una protesta, pero su resistencia fue demasiado breve como para llegar a convencerlo.

Ruth, por el contrario, no perdió el tiempo. Embargado nuevamente por la pasión que le había poseído en el estanque, llevó sus manos por el torso desnudo, explorando la piel cálida y cremosa bajo sus dedos, que se estremecía para él cuanto más recorría. Cuando atrapó sus pezones, Lindel se alejó apenas para soltar un quejido por lo bajo, con los ojos entreabiertos en lo que parecía una mueca de dolor.

Sin embargo, era por completo consciente de que no era dolor lo que sentía, al menos no en el punto de excitación en que se encontraba y que su aroma denunciaba.

Llevó sus labios hasta el cuello blanco al mismo tiempo que abría la capa, ocultando su rostro en esa lluvia dorada con olor a bosque mientras exponía sus áreas más sensibles para él. Lindel se quejó una vez más cuando pellizcó sus pezones, pero se abrazó a él, para nada dispuesto a que se alejara nuevamente.

Una leve sensación de remordimiento le recorrió, más pronto prefirió concentrarse en ese delicado cuello que se arqueaba para él y en el pecho desnudo que se pegaba con insistencia al suyo, tal vez tratando de escapar a su tortura.

Por un momento se sintió culpable de aprovecharse del otro de aquella manera, pero el recuerdo de Lindel ofreciéndose para calmar su situación le asaltó, obligándole a gruñir sobre la delicada piel, antes de descender en un camino de besos por sus clavículas, apartándolo levemente de él.

Cuando deslizó su lengua sobre uno de los erectos pezones, las pálidas piernas a los lados de su cadera se estremecieron, mientras, echando la cabeza ligeramente hacia atrás, Lindel se mordía los labios para acallar algún gemido. Eso no le gustó para nada a su lado animal, que buscaba en las respuestas del otro la recompensa de sus esfuerzos como amante. Mordió levemente uno, y esta vez el gemido fue perfectamente perceptible.

-Ruth, no –le espetó, más las manos en sus hombros en ningún momento trataron de apartarlo, sino más bien lo contrario, enterrándose los delicados dedos entre sus cabellos, de forma placentera.

Decidiendo dejarlo por el momento, el perro volvió a ascender hasta su cuello y más allá, hasta atrapar el rojizo lóbulo de la oreja. Lindel escondió su rostro en su cuello, y su respiración agitada le hizo estremecerse.

-Hueles tan bien -murmuró contra su piel morena, y Ruth se sintió ruborizarse levemente, no acostumbrado a los halagos, más por una vez un regocijo le invadió al recibir uno. Y desde luego, no dudó en retribuirlo.

-Tú también hueles bien -ronroneó a su vez, tomando nuevamente su oído entre los labios. Lindel suspiró suavemente, antes de soltar un leve gritito cuando Ruth le encajó en sus caderas y, rodeando su cintura firmemente con uno de sus brazos, lo levanté, sólo para colocarlo tendido sobre las pieles. Ante la mirada sorprendida y mortificada del otro, abrió la capa en un elegante movimiento, exponiendo el pálido cuerpo ante él -. Tan bien, que sólo puedo pensar que sería mejor con nuestros olores mezclados por todos lados.

El rostro de Lindel estalló en un sonrojo que obligó a Ruth a echarse a reír, y se apresuró a detenerlo cuando trató de cubrirse otra vez.

-Eso sí que no puedo permitirlo -afirmó, tomando la muñeca del otro y manteniéndola en alto mientras recorría el pecho y vientre con la mirada. Sólo pudo sonreír con diversión cuando el otro volteó el rostro al sentir sus ojos descender más.

Con una sonrisa triunfal, descendió su mano lentamente por el vientre marcado, recorriendo el relieve de su musculatura, antes de llegar al punto que hizo estremecer con ferocidad al alquimista.

-N-No -trató de detenerlo el otro, pero Ruth volvió a tomar sus labios, y luego de un instante de duda, Lindel volvió a llevar su mano libre hasta su cabello estrechando su abrazo. El perro sonrió dentro del beso, antes de descender una vez más por su cuello, dibujando con la punta de su lengua y sus dientes el recorrido donde su pulso estaba acelerado.

Dejó sus yemas bailar lentamente sobre la longitud semi-erecta del miembro de Lindel, y se regocijó en el estremecimiento que recorrió todo el cuerpo debajo de él. Aunque no dejaba de pensar que sería mucho mejor si el guardián simplemente dejara de morder esos hermosos labios y le regalara los gemidos que se merecía.

-Creo recordar que eres tú quien debe sentirse bien –comentó, con un temblor en la voz que sólo la volvía más excitante a oídos del otro.

-Y me siento muy bien justo ahora -afirmó, sin estar mintiendo de hecho. El contacto con su compañero era algo que le proporcionaba un placer indescriptible, pero poder apreciar sus reacciones mientras lo complacía era un gusto del que debía confesarse adicto, en especial cuando sus caricias lo obligaban a mirarle con aquellos ojos felinos cubiertos por un velo de placer y deseo.

Como burlándose de él, un molesto hormigueo en su espalda le obligó a detenerse, arqueándose en medio de un espasmo que no sabía reconocer como placer o dolor, pero que le parecía malditamente molesto.

Sin siquiera necesitar que le explicara qué ocurría, Lindel se irguió y, con una resolución asombrosa, llevó sus manos a los botones de su camisa negra, desprendiéndolos uno por uno con rapidez. Un momento después, las delicadas manos se posaron sobre su piel, y parecía dispuesto a arrancar la prenda si él no lo hubiera detenido, dedicándole una mirada penetrante que le paralizó por un instante, antes de asentir lentamente, tragando saliva, al entender lo que quería decirle. Si bien era Ruth el que sufría la demora, de ninguna manera quería que por causa de otras personas ellos debieran apresurarse.

Lindel respiró hondo, sintiendo sus mejillas arder, antes de comenzar a descorrer la tela sobre el pecho del otro, esta vez con calma, tomándose su tiempo para descubrir los relieves, más pronunciados que los suyos, de sus músculos, la fuerza de su pecho y brazos, para finalmente complacerse en un camino descendente desde sus hombros por su tonificada espalda. Aunque le apenara decirlo, se detuvo más tiempo del necesario en esa espalda de piel sedosa, aunque musculatura tensa, que le estremeció por un instante. Sin llegar a sacarle del todo la camisa, Ruth volvió a colocarlo sobre las pieles, sorprendiéndolo.

Con un gruñido de animal satisfacción, se lanzó a recorrer su pecho con su boca, atrapando los delicados pezones en el camino, besando a consciencia cada uno, mientras oía cómo el otro ahogaba sus gemidos mordiéndose el labio inferior.

Molesto por ello, Ruth mordió con más fuerza de la necesaria, y esta vez Lindel no pudo esconder un grito de dolor y sorpresa.

-E-Espera -suplicó, pero no hizo caso, estrechándolo contra él mientras continuaba su camino. El vientre delicadamente marcado se estremecía bajo sus labios, suave y sedoso, y no pudo resistirse a delinear con la punta de su lengua los abdominales y luego concentrarse en el ombligo. Sonrió, socarrón, al escuchar el gritito ahogado del mayor.

Llevó su mano libre hasta la entrepierna desnuda, descubriendo con satisfacción que su excitación era cada vez mayor; presionó con delicadeza la punta rojiza, y sonrió al escuchar el gemido entrecortado del rubio. Cuando descendió aún más con sus labios el guardián pareció por fin entender sus intenciones y se removió, tratando de alejarlo.

Pero Ruth ni siquiera se inquietó. Tomó uno de los suaves muslos con delicadeza, separándolo para él al mismo tiempo que llevaba sus labios hasta la unión de su pierna y la pelvis, dando delicados besos, sintiendo el cuerpo ajeno tensarse bajo él. Disfrutó de su tiritar cada vez que besaba demasiado cerca de su erección, riendo para sus adentros cuanto más jadeos sorprendidos escapaban de sus labios. Aún le sorprendía un poco la sensibilidad de un cuerpo que había vivido más que algunos siglos, pero de igual manera le enorgullecían los jadeos y gimoteos del otro, y aún más el gritito quebradizo que soltó cuando por fin lo recibió dentro de su boca.

Comenzó un lento vaivén y de inmediato, entre gimoteos inentendibles, una pálida mano se acercó hasta sus cabellos, buscando apartarlo. Tomó ambos muslos y lo obligó a alzar sus piernas sobre sus hombros, sintiendo cómo se tensaban en espasmos cada vez que lo tomaba.

Lindel mantenía una mano sobre la cabellera azabache, como vestigio de una resistencia que ya ni convicción tenía, mientras con la otra trataba de acallar los vergonzosos suspiros que pujaban por escapar de sus labios, ocultando su boca con el dorso de su muñeca. Pero para su gran pena, sus estremecimientos y espasmos hablaban por lo que él callaba.

Cada vez que el calor de la boca ajena lo rodeaba por completo, un grito demasiado agudo se filtraba entre sus labios y se veía obligado a cerrar los ojos con fuerza. La mano que trató de apartar la cabeza entre sus piernas se aferró con más fuerza de la necesaria, y no pudo evitar reír un poco al oír la queja que soltó el moreno.

Suspiró cuando el otro se apartó un poco, relajándose al detenerse los estímulos. Más su momentánea calma se esfumó cuando se encontró de lleno con la mirada del otro, más rojiza incluso que antes, brillando con una mezcla de indignación y diversión.

-¿De modo que no puedes complacerme con tus suspiros, pero sí puedes reírte de mí en mi cara? -inquirió, y de inmediato sintieron el calor apoderarse de su rostro por el bochorno. Ruth rio por lo bajo, y el alquimista se tensó al ver cómo se llevaba los dedos hasta la boca rojiza y húmeda -. Creo que no debería ser tan cuidadoso contigo si esas tenemos, ¿No?

Lindel tardó en entender las intenciones del otro lo mismo que él en llevarse los dedos a la boca, deslizando sobre ellos una y otra vez la rojiza lengua. Trató de alejarse, pero hallándose atrapado en sus hombros no pudo apartarse antes de que el menor llevara su mano hasta su entrepierna, tomándola con firmeza, esparciendo la humedad que la desbordaba después del jugueteo anterior.

Presionó el rojizo glande, y Lindel se tensó, mordiéndose los labios con firmeza.

-Recuerdo que hiciste unos adorables ruiditos de gato la última vez que te visitamos -susurró sobre su oído, obligándolo a tensarse, mientras que el movimiento de su mano sobre su erección aumentaba su velocidad- ¿Por qué no los haces ahora de nuevo?

-I-Idiota -jadeó, azorado, y la risita baja y ronca sobre su oído le obligó a estremecerse. Ruth dejó sobre la mejilla rojiza un delicado beso, antes de descender nuevamente hasta su entrepierna.

Sintió sobre su espalda los dedos de los pies contraerse cuando volvió a tomarlo en su boca, mientras llevaba sus dedos más abajo. Se esforzó en distraerlo con su lengua, pero pudo sentirlo tensarse más cuando rozó su entrada con cuidadosos movimientos circulares.

Al principio la tensión del cuerpo ajeno le hacía imposible la tarea, pero bastó que aumentara el ímpetu de su boca sobre el miembro demasiado sensible ya, y perdiendo sus fuerzas en un agudo gemido, por fin pudo adentrarse en su estrechez.

Lindel se resistió una vez más, probablemente de manera inconsciente, entre gemidos adoloridos y jadeos de placer. Las piernas pálidas y suaves se agitaban sobre sus hombros, presionándolo en la calidez de sus muslos, y de su boca cada vez más gemidos de placer ganaban a los de dolor. Las delicadas manos se aferraron con fuerza a la cabellera azabache, pero esta vez ya no encontró en su contacto el rechazo anterior.

Lindel gimió con fuerza cuando los labios lo abrasaron por completo y una succión bastó para que su espalda se arqueara. Un latigazo de dolor le recorrió cuando un segundo dedo se internó en su interior, y un quejido se mezcló con sus suspiros en cuanto Ruth comenzó a hacer movimientos de tijera.

Un cosquilleo intenso comenzó a recorrer su cuerpo, sumado a las descargas que le recorrían cada vez que Ruth lo tomaba. El dolor dio paso a un placer abrumador, y pronto Lindel ya no pudo ocultar sus gemidos y jadeos mientras la lengua del menor recorría a consciencia su erección y las embestidas en su interior se repetían intensamente.

-Ruth -suspiró por lo bajo, inconsciente de los estragos que su nombre envuelto en su sedosa voz podía causar en el otro. El moreno gruñó en aprobación, y la vibración hizo que el otro lloriqueara, tomado por sorpresa.

Bajó la mirada, dispuesto a reprenderlo, pero al instante volvió a caer sobre las pieles en medio de un grito ahogado.

Ruth sonrió y volvió a curvar los dedos en su interior, presionando sobre el pequeño y sensible bulto, recibiendo a cambio un nuevo gemido, mientras el guardián se arqueaba.

Abandonó su miembro para recorrer su vientre y pecho con sus labios, sintiendo como se estremecía y alzaba las caderas desesperadamente, en busca de más contacto. Esta vez apenas le sintió tensarse cuando un tercer dedo entró de golpe, ensañándose con aquel punto.

En cuanto estuvo a la altura de su rostro los pálidos brazos se asieron a sus hombros con desesperación, mientras las piernas abrazaban sus caderas, reclamando más contacto. Se dejó caer por completo sobre él, sintiendo su acelerado latir contra su propio pecho y los suspiros y gemidos entrecortados justo sobre su oído.

Sus dedos se abrieron, estirando su piel sensible, y unos dientes más filosos de lo que parecían se aferraron a su hombro. Siseó de dolor, y entre molesto y divertido se alzó sobre su mano libre para burlarse de él mirándolo a los ojos.

Más cuando chocó de lleno con esos ojos felinos, las burlas se le atragantaron y sus movimientos se detuvieron por un instante. Los ojos celestes, que había conocido fríos, divertidos e incluso afectuosos con sus niños, ahora permanecían fijos en él, llorosos bajo lágrimas de placer, anhelantes y dilatados por el deseo; le miraban como si estuviera rogando, como si lo único que quisieran fuera a él mismo, y sus labios rojos e hinchados por las mordidas y los besos temblaban de forma apenas perceptible, murmurando su nombre por lo bajo, llamándolo.

Tragó saliva, siendo consciente por primera vez de su propio estado de excitación y del deseo que le embargaba ante esa mirada, ante ese cuerpo que se mostraba ya sin pena ante él. Por un instante el recuerdo del motivo por el que estaban haciendo aquello llegó a su mente, causando que un sentimiento de culpa lo recorriera. La idea de ponerse en pie y alejarse apareció por un momento, pero la rechazó en cuanto las manos de Lindel, aún en sus hombros, jalaron de él y las caderas se removieron contra las suyas, invitándolo a continuar.

Sin embargo, no prosiguió y su duda fue evidente para el alquimista. Comprendiendo la situación, y en el fondo un poco ofendido porque el otro lo ignorara, se sentó, quedando a horcajadas sobre el perro, que le miró sorprendido y quizás algo amedrentado por el deseo en sus ojos.

Adoptando una mirada coqueta, el mayor se abrazó a él, recorriendo nuevamente sus fuertes brazos y espalda, llevando sus manos hasta los sensibles oídos para dejar aquellas caricias que, sabía, encantaban a su compañero.

Y cuando habló, procuró que sus ojos fueran tan sinceros como para convencer por fin al otro que no estaba siendo obligado a hacer nada.

-Te deseo, Ruth -afirmó, un susurro lleno de convicción que, para su mayor satisfacción, obligó al otro a abrir los ojos de par en par y tiñó sus mejillas de una agradable tonalidad rosácea -. No estoy haciendo nada que no quiera, no pienses por un instante que me estás obligando o que lo hago porque sienta pena por ti. Estoy aquí porque quiero -aseguró, antes de tornar su sonrisa ladina y elevarse hasta su oído, con un destello juguetón en los ojos, removiéndose sobre la pelvis del otro, donde el oscuro pantalón poco podía disimular sobre el estado de su compañero, quizás más desesperado que el suyo -. Y aunque estoy bastante seguro que ya sólo experimentas tus propias sensaciones, creo que aquí están muy lejos de estar satisfechos, ¿No?

Soltó una risilla divertida cuando el moreno se tensó, antes de tomar el cálido lóbulo de su oído entre los labios. Sin embargo, un segundo después un impulso lo dejó nuevamente sobre las pieles, desorientado y perplejo, y no pudo evitar soltar un gritito vergonzoso cuando las fuertes manos del otro abrieron sus piernas con un movimiento más firme del necesario.

Un gruñido reverberó en la tienda, antes de que aquel gran cuerpo volviera a ocupar su lugar encima del suyo, cubriéndolo casi por completo. Esta vez, Lindel fue el que debió tragar saliva al ver el deseo en los brillantes ojos del otro.

-Demasiado lejos -concordó, y un estremecimiento le recorrió cuando aquella ronca voz se coló bajo su piel.

Más, lejos de amedrentarse, Lindel se sobrepuso como pudo y volvió a atraerlo en un estrecho abrazo, aferrándolo con brazos y piernas, mientras se alzaba para tomar aquellos carnosos labios, que le correspondieron con idéntico ímpetu. Sintió el cuerpo ajeno removerse con premura para, finalmente, oír el sonido de la tela deslizarse por la piel.

Un instante más tarde, un ardor algo más que notable le obligó a arquear la espalda, aunque se esforzó por no soltar el grito de dolor que pujó en sus labios. A fin de cuentas, él había incitado al otro.

Pero para nada esperaba que el otro tomara su nuca y, alzando delicadamente su rostro desde allí, le obligara a abrir los labios con el pulgar. Volvió a empujar y, aunque enterró con fuerza sus dientes en su piel, no pudo evitar que el lloriqueo fuera claramente notable: Ruth era grande, y mucho más exigente que sus dedos.

Además, tenía alguna estúpida obsesión con oírle gemir.

Mordió con más fuerza el pulgar, sintiendo el sabor metálico de la sangre estallar en su lengua, y le dedicó una mirada divertida cuando el rostro moreno se frunció por el dolor y la sorpresa, antes de soltarlo. Más no lo sacó de su boca, sino que lentamente y a consciencia recorrió la piel lacerada con la punta de la lengua. Era perfectamente consciente de la imagen provocadora que estaba mostrando, y también lo era de la molestia creciente que se apoderaba de su compañero.

Esta vez, Ruth retiró su dedo antes de volver a embestir, pero de igual manera pudo escuchar perfectamente el gemido de incomodidad del otro. Bueno, no era su culpa si crecía, él no era quien andaba de coqueto.

Mantuvo un ritmo lento mientras se balanceaba de atrás hacia adelante, esperando que el cuerpo ajeno se acostumbrara. No pudo evitar sentirse conmovido cuando las manos blancas se aferraron a su espalda y jalaron de él, buscando una mayor cercanía mientras su cuerpo tiritaba por el dolor y el exceso de estímulos. Un quejido lastimero escapó de sus labios cuando estuvo completamente en su interior, y Ruth acunó su cabeza con dulzura, quedándose quieto por un instante.

No estaba seguro de qué manera Lindel sintió el dolor, pero si lo hacía de igual forma que el resto de los humanos lo estaba soportando estoicamente, con pequeños estremecimientos que solo notaba por estar a piel.

De alguna manera, se sintió mal por no poder consolarlo.

Se separó lo suficiente para buscar sus labios, y aunque al comienzo los halló sellados en una mueca adolorida, pronto se abrieron al reconocer el contacto de los suyos, recibiendo y devolviendo con cierta dulzura los pequeños besos que dejaba sobre su boca.

Sólo cuando fueron se volvieron cada vez más prolongados y sintieron su abrazo relajarse se atrevió a moverse, empujándose lentamente en su cálido interior.

Un nuevo quejido escapó de los labios rojizos del rubio, pero esta vez reconoció no sólo dolor en él, sino un dejo de placer que le alentó a moverse una vez más. Esta vez, las piernas se presionaron en sus caderas, temblando ligeramente.

-M-Muévete -jadeó contra sus labios, una voz aguda y azorada que le obligó a estremecerse, antes de lanzarse contra esa boca dulce, al mismo tiempo que embestía, tomando un ritmo cadencioso que resultara cómodo para ambos.

Lindel se estrechó con firmeza a su alrededor, y él mismo no pudo evitar gruñir de satisfacción, antes de atacar sus labios en un impulso. El sabor metálico de su propia sangre fue lo primer que le recibió, antes de que la lengua del otro fuera a su encuentro, profundizando el beso y demostrando tanta desesperación como él mismo.

Cuando las caderas ajenas se alzaron, reclamando un mayor contacto y abrigándolo en su interior, fue el turno de Ruth de soltar un grito sorprendido, más ronco y animal que los de Lindel, de seguro. El rubio se estremeció en respuesta y, jadeante, le miró a los ojos, en una súplica silenciosa que el moreno captó al vuelo.

Tomó las blancas caderas y, subiendo un poco el ritmo, le obligó a recibirlo en su interior. Sin poder disimularlo, Lindel se alejó un poco de él, arqueando su espalda y soltó un gemido agudo que parecía más placer que dolor.

Ruth no pudo evitar sonreír al ver el rostro azorado del otro, y la forma en que se estremecía cada vez que entraba en él. Se sintió con la confianza suficiente para burlarse un poco de él.

-¿Y eras tú el que iba a darme placer a mí? -comentó, socarrón. Pero en cuanto los ojos de Lindel brillaron con entendimiento entre la bruma del placer, Ruth tuvo un mal presentimiento.

Un segundo después, y con un poderoso impulso que le sorprendió viniendo de un cuerpo tan pequeño, era ahora él el que permanecía sobre las pieles. Alzó la mirada, perplejo, a tiempo de encontrarse con la sonrisa gatuna del otro.

-Estaba esperando que lo pidieras -ronroneó. Acto seguido se dejó caer nuevamente sobre él, tomándolo en su interior. Ruth ni siquiera tuvo tiempo para acallar su grito, aferrando sus manos a las pieles.

-M-Mierda -gruñó, alzándose sobre sus codos. Las manos pálidas se posaron sobre su pecho, recorriendo lentamente su piel. En cuanto Lindel movió sus caderas, un espasmo le obligó a arquearse, frunciendo el ceño.

-¿Y bien ?, ¿Se siente bien? -murmuró a centímetros de su rostro, con sus ojos divertidos cubiertos por un brillo que parecía deseo puro. El menor se estremeció, asombrado por aquella expresión coqueta y ese atrevimiento.

Pero no tardó más que un segundo antes de llevar su mano a su cadera y, con un tirón, obligarlo a pegar su cuerpo completamente a su pelvis. Fue el turno de Lindel de estremecerse, dedicándole una mirada de reproche, mientras que la diversión se apoderaba una vez más de sus facciones.

-Malditamente bien -afirmó, con una sonrisa lobuna, antes de atraerlo a él y volver a besar los labios fruncidos en un mohín molesto.

Pero su molestia duró lo que tardó Ruth en llevar sus manos hasta su espalda, acariciando la desnuda piel por debajo su abrigo, que pendía de sus brazos totalmente olvidado hasta el momento. Entonces, al notar la suavidad de sus gestos, la dulzura de su mirada y su sonrisa, ahora más relajada, Lindel se sintió deseado por primera vez en muchos siglos, pero también querido de alguna forma.

No pudo refrenarse antes de inclinarse a besar sus labios morenos con ternura, recibiendo la misma dulzura en el toque del otro, que no dudó en estrecharlo contra su pecho. Debía admitir que se había precipitado al tomar aquella posición, por lo que no estaba seguro de qué manera continuar.

Para su suerte, o desgracia, Ruth sabía perfectamente cómo continuar.

-Sostente de mí -pidió, tomando sus caderas y comenzando un ritmo lento, pero que le obligó a jadear ante el cambio de ángulo. Ruborizado, Lindel tomó sus anchos hombros y se dejó hacer, ayudando con sus piernas.

El problema era que, en esta posición, era completamente consciente de las reacciones del otro, no sólo sus estremecimientos, sino también sus suspiros de placer y la forma en que su corazón latía acelerado contra su pecho, igual que él suyo propio. La consciencia de que Ruth percibía con la misma claridad esas reacciones en él fue lo suficientemente penoso como para que debiera cerrar los ojos. Pero, al mismo tiempo, era esa misma intimidad lo que volvía aquello más excitante aún.

En especial cuando ambas manos jalaron de sus caderas con fuerza, obligándolo a recibirlo aún más profundo en su interior. Contrajo los dedos de sus pies, antes de abrazarse a él firmemente, mientras todo su cuerpo se estremecía por una descarga que le obligó a gimotear sobre su oído. Ruth sonrió para sus adentros. Sabía que no había tocado ese punto que le llenaba de placer, pero por su reacción podía apostar que no estaba muy lejos.

Lo encontró en la próxima embestida, cuando esos blancos dientes se enterraron en su labio inferior en el beso y todo el delicado cuerpo se dejó caer sobre él en medio de un espasmo. Se entretuvo un segundo en la hermosa curva de su espalda, sobre la que el abrigo blanco y rojo dibujaba un límite justo antes de las caderas, dejando ver dos hoyuelos al final de su columna.

Acercó sus labios hasta el lugar entre los dorados cabellos donde debería estar el oído, mientras sus dedos se deslizaban lentamente por los hoyuelos.

-Eres tan hermoso -murmuró, adentrándose en aquellos bucles rubios, inhalando profundamente aquel aroma a bosque que comenzaba a adorar. Le complació el estremecimiento que recorrió su cuerpo, antes de sentirle removerse sobre él.

Adivinando su estado de ánimo, tomó sus caderas y volvió a moverse, alzándolo hasta casi salir de su interior, antes de hacerlo descender con fuerza. Lindel gimió y se removió sobre sus caderas, buscando acogerlo mejor en su interior. Aún sin despegarse, Ruth alzó las caderas con firmeza, y el rubio echó la cabeza hacia atrás con un gemido entrecortado.

Entonces no estuvo muy seguro de cuál de los dos puso el ritmo o comenzó el movimiento, pero al instante siguiente Lindel estaba rebotando sobre él con la misma habilidad que le había visto al volar sobre sus dragones, y sus manos bailaban sobre su pecho y hombros buscando algún punto en el que aferrarse, temblorosas, mientras en cada embestida le obligaba a ir más y más profundo. Cuando daba de lleno en su próstata, él se detenía por un instante y se arqueaba para soltar un agudo gemido que se metía bajo su piel, estremeciéndolo.

Le acercó desde las caderas y mordió su cuello en un impulso que muy pocas veces había sentido, deseando no sólo dejar marca, sino someterlo por un instante, mientras movía sus caderas de adelante hacia atrás, rozando ese punto que le hacía estrecharse deliciosamente sobre él y gimotear su nombre en gemidos quedos. Gruñó en aprobación cuando el mismo Lindel tomó la iniciativa de mover sus caderas en círculos, antes de volver a su sube y baja con fuerzas renovadas.

Esta vez Ruth echó la cabeza hacia atrás ahogando un gemido, y Lindel aprovechó su posición ligeramente más alta para inclinarse a besarlo. Tomó su cuello con delicadeza, al tiempo que su cabello formaba una cortina entre ellos y el mundo que los rodeaba. Sus miradas se conectaron por un momento mientras Lindel subía y bajaba a un ritmo menor, y una sonrisa coqueta, aunque sin malicia, se formó en sus labios rojizos, lo suficientemente hermosa como para que la mente del perro hiciera cortocircuito.

Los suaves labios del mayor se apoderaron de los suyos con una dulzura desesperante, recorriendo su boca con lentitud, saboreando sus labios, atrapando el inferior entre los suyos y succionando. Mientras, sus caderas se movían a un ritmo demasiado lento sobre él, subiendo y bajando sin apuro, con el rubio suspirando de placer en su rostro, cuando Ruth apenas podía mantener sus manos en su lugar. Trató de mantener la calma, respirando hondo mientras sentía el interior a su alrededor estrecharse de forma tortuosa, con aquel cálido cuerpo contra él.

La pálida piel se pegó por completo a él sin detenerse, y pudo percibir a la perfección la dureza de Lindel contra sus abdominales, friccionándose entre sus cuerpos cada vez que el otro subía y bajaba, aumentando un poco el ritmo. Aún si no supiera cuánto el rubio llevaba acumulando desde que llegó allí, lo agitado de su respiración y sus movimientos cada vez más erráticos delataban la sensibilidad de su cuerpo.

Sin aviso alguno, Lindel se dejó caer de golpe sobre él, echando la cabeza hacia atrás y soltando un gemido agudo cuando dio de lleno en su punto dulce. Ruth sintió sus espasmos de placer sobre su propia piel, y no pudo evitar tragar saliva when, tras una pequeña pausa, volvió a removerse, tomándolo más aún en su interior.

Se quedó de piedra cuando, con la cabeza ligeramente inclinada, aquellos ojos de fantasía le buscaron entre la bruma del placer, con el rostro cubierto de un suave color rosa y con algunos mechones dorados adheridos a sus sienes. Las coletas naranjas ya sólo pendían en la punta de algunos cabellos, dándole un aire desalineado y adorable que contrastaba con el movimiento de sus caderas sobre él.

No lo pensó mucho cuando llevó su mano por su piel perlada por el sudor, para tomar el miembro erecto entre sus dedos. De inmediato el interior del otro se estrechó, sacándole un jadeo, mientras los ojos felinos se dilataban.

-R-Ruth -gimió el rubio, y sonó como una súplica a oídos del moreno.

Se irguió de golpe, llevándose al rubio nuevamente por delante y dejándolo tendido sobre las pieles. Las coletas salieron volando en algún momento del tiempo que a él le tomó sacarse a tirones la camisa de los brazos, aunque debió parar a maldecir los botones en sus muñecas.

Cuando por fin pudo encargarse de su compañero, Lindel permanecía riendo sobre un fondo pardo, con los cabellos dispersos como tinta dorada y los ojos brillantes por la sorpresa, y algún sentimiento que no le había visto hasta el momento y que se parecía mucho a la felicidad.

Tomó su boca casi en el mismo instante y con la misma desesperación que entró en él, y obtuvo una bien merecida mordida, antes de que los labios sonrientes se abrieran, aceptándolo.

Con sus bríos renovados, tomó un ritmo constante y duro, en que cada embestida lo llevaba hasta lo más profundo del rubio, mientras éste no podía evitar gemir, preso de un placer desesperante. Tomó una de sus piernas con firmeza y le obligó a abrirse para él, entrando más en él, golpeando nuevamente ese punto sensible que hacía gemir al alquimista.

Le sintió, más que verle, curvarse contra su cuerpo cuando tomó su miembro erecto con una de sus manos y comenzó a bombear a un ritmo tan desesperado como el que usaba para embestirlo. Los blancos dedos se aferraron a su muñeca en un intento vano de detenerlo, pero bastó que se colocara a su alcance para que se abrazara a él y aquellos dedos de uñas filosas se clavaran en su espalda, mientras sus caderas se alzaban para un mayor contacto.

Era demasiado para Lindel: se sentía lleno y pleno en todos los aspectos, pero se movía como si estuviera muy lejos aún de estar satisfecho, a pesar de que los agudos y desesperados gemidos que caían de sus labios decían todo lo contrario y él sintiera en su propio cuerpo que estaba a punto de explotar. Era rudo, húmedo, incómodo de alguna manera y el sonido de sus cuerpos al rozarse era demasiado vergonzoso, pero él sólo quería más y más. Tomar más de Ruth, darle más a su vez.

Si eso era lo que llamaban lujuria, entonces Ruth debía ser la primera criatura por la que la habría sentido.

Se arqueó, ocultando su rostro entre los cabellos oscuros del perro, inhalando su aroma almizclado; se llenó de él tanto como sus propios gemidos le permitían, mientras sentía los labios hambrientos del menor sobre sus hombros y cuello. El cálido sentimiento que le despertaban los dulces murmullos de Ruth sobre su oído, halagando detalles de él mismo en los que nunca había reparado o simplemente gimiendo de placer, era algo sobre lo que aún no estaba seguro de poder identificar.

Aunque no pudo pensar por mucho tiempo en ello cuando la presión que había estado sintiendo en su vientre bajo se tornó en una sensación desesperante, una presión que auguraba el final próximo y un estallido.

Ruth se percató de ello tal vez antes que el propio Lindel, atento como estaba a sus gemidos y el ritmo de sus jadeos, cada vez más agitados. Los espasmos que le tornaban más estrecho aún sobre él y que hacían que sus uñas se enterraran en su espalda de forma dolorosa casi le daban el indicio que necesitaba.

Le obligó a permanecer sobre las pieles, con los cabellos revueltos bajo la cabeza, y aumentó el ritmo de sus embestidas, asegurándose de dar en cada una sobre su próstata. No apartó su mano de la entrepierna erecta, por el contrario, se dedicó a dejar dibujos circulares sobre el glande rojizo, esparciendo el líquido perlado, antes de volver a bombear con vehemencia, sin apartar los ojos del rostro azorado debajo de él.

El rubor era incluso más intenso sobre sus pómulos y mejillas, llegando a su cuello y ocultando algunas de las marcas que había dejado en la pálida piel. Los labios rojizos e hinchados estaban entreabiertos por los jadeos y gemidos, y podía reconocer de vez en cuando su nombre brotando de ellos. Y aquel rostro perfecto, que siempre había parecido divertido o indiferente, ahora permanecía descompuesto en una mueca de placer, cubierto de una fina capa de sudor a la que se adherían algunos cabellos rebeldes.

Esos ojos fríos e intimidantes que lo veían todo con la calma de quien ha vivido demasiado tiempo, ahora permanecían fijos en él sólo gracias a un esfuerzo sobrehumano, dilatados por el placer y el deseo, recubiertos por una pasión que los hacían refulgir como fuego azul . Sin embargo, en el fondo de esa mirada podía reconocer la súplica silenciosa que las lágrimas que derramaba sin cesar certificaban.

Tragó saliva, en un estado similar al éxtasis, antes de inclinarse y, aumenta la velocidad de sus movimientos, tomar sus labios una vez más.

No se separó cuando los espasmos del otro le hicieron contorsionarse, ni cuando los blancos dientes se enterraron en su carne para acallar en vano el grito de placer de su orgasmo. No se apartó cuando su interior se estremeció a su alrededor, torturándolo de la manera más placentera, ni cuando las largas uñas resbalaron por sus hombros, acercándolo más, mientras las piernas pálidas se abrazaban a él en un pedido desesperado para que no se alejara, mientras los gemidos con su nombre daban paso a bajos jadeos llamándolo.

El único instante en que se apartó de él fue cuando, ya sin fuerzas y casi inconsciente, el cuerpo del otro se relajó entre sus brazos. Sólo entonces Ruth llevó sus lánguidas piernas sobre sus antebrazos y, tomándolo por las caderas con fuerza, se adentró en él en una poderosa embestida, sacando en el acto de su sopor al rubio y obligándole a gemir su nombre por la sorpresa, su cuerpo nuevamente despierto y demasiado sensible.

Se soportó sobre sus rodillas mientras elevaba la cadera del alquimista de las pieles, embistiendo en él con el ímpetu animal que en ese instante le poseía, mientras Lindel llevaba sus manos sobre su cabeza, enterrando los dedos en las pieles castañas, y agitaba las piernas a sus lados. Balanceaba la rubia cabeza sin control, ido en medio del placer, sintiendo al otro dar de lleno en su punto más sensible

Un par de embestidas más tarde, no sólo logró darle un segundo orgasmo al exhausto rubio, sino que él mismo se dejó ir en su interior, soltando un grito tan ronco y hueco, que por un minuto Lindel estuvo seguro de que su lado animal lo había dominado.

Dejó tan probablemente como pudo el cuerpo tembloroso sobre las pieles, un segundo antes de dejar caer sobre él, sosteniéndose sobre sus codos sólo el tiempo justo para no lastimarlo. Se abrazó a la estrecha cintura, mientras el otro lo rodeaba con lo que parecían sus últimas fuerzas, con una de las amplias mangas de su abrigo, dejando reposar su mejilla en su pecho aún agitado.

Permanecieron en el más absoluto silencio por unos minutos, disfrutando del calor del otro y del crepitar del fuego olvidado a unos pasos de ellos. No llevado la cuenta, pero la noche parecía ser joven aún. Internamente, ambos rogaron porque ningún dragón se hubiera despertado, o el día siguiente y los demás están los más vergonzosos de sus vidas.

Ruth se removió levemente, y Lindel llevó por impulso sus manos hasta la oscura cabellera, dejando cálidos caminos por su piel, en un contacto de lo más gratificante. El menor suspiró.

-¿Puedes sentir algo? -preguntó, genuinamente interesado, y Ruth alzó la mirada, una mirada somnolienta y satisfecha que provocó un calor desconocido hasta entonces por el rubio.

-Sí, siento que podría hacerte esto todas las noches -suspiró, y una sonrisa coqueta se expandió por sus labios al sentir el respingo del rubio, a la vez que el corazón bajo su oído se agitaba otra vez. Posó sus labios sobre el lugar, antes de mirarle, divertido -. Y también puedo sentir que la idea no te desagrada.

No pudo sentirse más dichoso al ver el rubor delator en las mejillas del otro, y hubiera seguido molestándolo por toda la noche si tan sólo no le encantara sentirlo contra su cuerpo, y realmente no quería hacer nada que alterara el cómo estaban entonces.

Pero, buscando más comodidad para el rubio, lo atrapó en un abrazo afectuoso y se giró con rapidez y en un gracioso movimiento, dejándolo sobre él y a ambos cubiertos por su abrigo. En esa posición, además le era mucho más fácil ver el rostro del otro, ruborizado, con los cabellos sueltos y cayendo de forma hermosa a sus lados, mientras ese par de ojos como cielos permanecían fijos en él, indecisos entre la curiosidad o la pena.

Ruth no pudo resistirse a ensortijar uno de los dorados bucles en su dedo, antes de recorrer la rojiza mejilla con una caricia leve. Lindel cerró un ojo ante el contacto, y estuvo a punto de sentir como su corazón estallaba en una desconocida sobredosis de ternura.

-Estoy bien -contestó al fin, dejando que su lado coqueto saliera a la luz una vez más: -. Me pregunto si en verdad no deberíamos hacer esto todas las noches -ofreció con una sonrisa ladina, y el guardián se echó a reír, encantado y apenado a partes iguales.

-No tendría ningún problema en ayudarte -afirmó, igualmente coqueto, despertando por unos instantes el deseo en Ruth de volver a recostarlo sobre las pieles y hacerlo suyo. Sin embargo, lo detuvo el velado sentimiento de pena que brilló en los ojos del rubio, antes de volver a hablar: -. Aunque de verdad te voy a extrañar cuando la luna de miel acabe.

Sólo esas palabras bastaron para que el ánimo de Ruth cambiara por completo, sintiendo una pesadez en su pecho al entender las palabras de su amante: Lindel estaba atado a aquella tierra de dragones, y sólo podía abandonarla por períodos muy breves de tiempo; de la misma forma, el lazo que lo unía a Chise le obligaba a permanecer a su lado al menos que, como en casos como aquellos, ambos se vieran en la necesidad de separarse. Teniendo eso en cuenta, aquella sería, probablemente, la única vez que tuvieran tanto tiempo para estar juntos, y Ruth no podía negar que la atracción que sentía por el alquimista no era algo como simple deseo o lujuria, y sospechaba que el sentimiento era mutuo.

Hizo una mueca desalentadora que no pasó desapercibida a Lindel, quien bajó la mirada. Sin embargo, la nueva perspectiva optimista que Chise había decidido adoptar sobre su vida se había contagiado a él, y pronto logró ver una forma en que aquello no parecía tan desalentador.

Con una sonrisa conciliadora, dejó un beso sobre la impoluta frente del rubio, llamando su atención.

-Aun así, podré volver las veces que quiera -aseguró, acunando su mejilla con una de sus manos. Acarició la sedosa piel -. Chise y Elías están recién casados, ya juzgar por lo que he estado sufriendo, dos semanas no les bastarán para apagar ese fuego. Y ahora que sé cómo llegar como un ente independiente, tal vez me tengas merodeando por aquí más de lo que quisieras -bromeó, sacando una sonrisa apenada al rubio, a pesar de que le era imposible ocultar el brillo esperanzado en su mirada. Esta vez dejó un beso sobre sus labios antes de volver a hablar: -. Y casi puedo apostar a que Elías va a exigir una semana más de luna de miel, así que espero que puedas soportarme todo ese tiempo.

Lindel rio, alzándose sobre su pecho y restregando su rostro en la mejilla del otro. Ruth no pudo evitar volver a compararlo con un gatito, y se preguntó si era correcto que eso le gustara tanto siendo él un perro.

-Haré mi mayor esfuerzo -bromeó, dedicándole una mirada coqueta, pero cargada de un sentimiento que hizo bombear con fuerza el corazón del menor.

Un instante después, ya se había lanzado a aquellos dulces labios con desesperación, estrechando el cálido cuerpo contra sí desde la cadera, notando, para su gran satisfacción, que Lindel estaba tan dispuesto como él a continuar.

La noche era joven después de todo, y ellos no tenían tiempo que perder.


Pese a que debemos ser muy pocos los que los shippeamos (y prueba de ello es que ni siquiera encontré un fanart para la portada), espero que hayan disfrutado de este fic y sumar algunos soldados al equipo.

No tengo mucho que decir, salvo una vez más agradecer a mi consciencia (Celine) por ayudarme a revisar esto, darme su opinión y acompañarme en estos ships sin pies ni cabeza.

Y si no tienen nada que hacer en la cuarentena, infinitamente les recomiendo ver Mahoutsukai no Yome. Lo vi con Celine (a la distancia, es una gran forma de mantener el contacto con la gente importante para uno) y realmente es uno de los animes más hermosos que he visto, gracioso, pero con sus buenos momentos de llanto, con personajes increíbles y emoción por todas partes. Especialmente lo recomiendo si les gusta la magia, la mitología anglosajona, celta y japonesa, y los momentos divertidos y asombrosos.

Un beso, espero que estén bien.

Mangetsu Youkai.