No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.
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El sol fue lento en hundirse tras la montaña, y oscuras nubes amenazadoras empezaron a flotar por el cielo. El cielo parecía vivo con tonos de naranja y rojo, como si el cielo entero estuvieran en llamas. Profundamente bajo la tierra un solo corazón empezó a latir y Edward despertó, sus ojos se abrieron de golpe, su primer aliento salió en un largo y lento siseo de furia.
En alguna parte sobre él el desasosiego de Isabella le había despertado de su somnolencia rejuvenecedora. Ella luchaba por contener las lágrimas, su mente era un caos de miedo.
Edward escudriñó la zona para asegurarse de estar completamente solo antes de explotar a través de la superficie, el polvo fue arrojado al aire como un geiser. Se alzó alto en medio del aire, cambiando de forma mientras lo hacía, eligiendo la forma familiar de la fuerte y poderosa águila real. Extendiendo sus alas, remontó alto, agradeciendo la pesada cobertura de las nubes que protegían sus ojos sensibles. Sobrevoló el rancho, inspeccionando la región atentamente, buscando el problema potencial.
El rancho parecía bastante tranquilo, pero sabía que Eleazar había encontrado una ternera horriblemente mutilada, habían matado al animal recientemente. Había sido un acto brutal y salvaje, y la ternera había sido abandonada en el pozo de agua. Había obtenido la información de la mente de Isabella. Leyó la mente de Alec mientras el chico permanecía entre las sombras del porche observando el atardecer rojo sangre con su hermana. Dentro del cuerpo del pájaro, Edward voló más y más alto, escuchando desvergonzadamente cada palabra de la conversación que tenía lugar bajo él, sus ojos agudos tomaban nota de cada movimiento sobre el suelo, buscando para encontrar el peligro oculto para su compañera.
—¿Estabas con Eleazar cuando encontró la ternera? —Insistió Isabella. ¿Cuánto tiempo estuvo fuera de tu vista? Todavía luchaba contra los efectos del sueño, haciendo un esfuerzo por concentrarse y estar alerta a cada detalle de las inquietantes noticias.
—La cerca estaba caída cerca del campo, Isabella. —Dijo Alec, su joven voz rendida. —Le dije a Eleazar que podía arreglármelas solo. Son trabajadores rápidos, y saben lo que están haciendo. Quería dejarte dormir. Pensé que si nos separábamos conseguiríamos hacer más. Sé que me dijiste que mantuviera un ojo sobre los dos, pero he trabajado con ellos la mayor parte del día y... —Se interrumpió. —Lo siento, Isabella.
Ella extendió el brazo para bajarle el sombrero sobre los hombros, un gesto amoroso que pretendía tranquilizarle.
—Pero te gustan. —Terminó por él. —En realidad no creo que Eleazar matara a la ternera, Alec. No tendría sentido matar a una ternera, tirarla al pozo, y después "encontrarla" justo a tiempo para sacarla. El animal podría haber estado allí lo suficiente como para contaminar el pozo. Lo que supongo es que quien quiera que hiciera esto tenía esa intención y Eleazar se tropezó con ello demasiado pronto.
—Pero podría haberlo hecho él.
Isabellas suspiró.
—Quizás. ¿Buscaste rastros? ¿Echaste un vistazo a sus ropas? ¿Su cuchillo?
La cara de Alec enrojeció ligeramente.
—Debería haberlo hecho. No la dejó en el agua. Sacó el cadáver antes de venir a por mí. —A Alec le gustaban sus tíos, los dos. Eran buenos trabajadores y sabían lo que hacían. Le trataban como a un igual, y le recordaban a su padre. Alec estaba empezando a sentir afecto y gran cantidad de respeto por los dos y quería que ellos sintieran lo mismo por él. No había buscado evidencias o rastros porque no se le había ocurrido que ninguno de ellos pudiera ser el responsable, pero ahora estaba confuso.
Isabella asintió.
—También nosotros habríamos sacado una res muerta del agua. Difícilmente podemos culparle por eso. —Sacudió la cabeza. —Estoy muy preocupada; definitivamente alguien está intentando sabotearnos. Ahora mismo operamos en un delgado margen financiero. —Miró a su alrededor para asegurarse de que Alice no estaba cerca y bajó la voz otro tono. —Ya no eres un niño, Alec, y no sé en quién podemos confiar y a quién deberíamos temer. Pero alguien asesinó a Erik. No fue un accidente. Él no tenía dinero, no había razón para intentar robarle, alguien quemó nuestro establo, y ahora han matado a una de nuestras terneras y la han dejado en un pozo para contaminarlo deliberadamente.
—¿Qué dice Ben? —Alec se quitó el sombrero y se pasó una mano por el pelo.
—Le llamé, por supuesto, y debería llegar en cualquier momento. Los Stanley están también de camino para la clase de equitación. —Cuando Alec rió disimuladamente, Isabella le miró. —Espero que te comportes lo mejor que puedas. Esto significa mucho para Alice, quiere una amiga. Ambos olvidamos lo duro que resulta esto para ella. Tú puedes visitar a tus amigos, pero ella está atrapada aquí.
Alec pateó una roca.
—Sip, tengo muchas oportunidades de ver a mis amigos, Isabella. Trabajo del amanecer al atardecer.
—Sé que lo haces. —Isabella apartó la mirada de él, luchando por no llorar. No podía recordar un solo día en su vida durante los últimos cinco años en los que no hubiera trabajado del amanecer al atardecer y con frecuencia también durante la noche. —¿Qué dijo el veterinario sobre los caballos?
—Hiciste un trabajo fantástico. Tú y Cullen. Los estudió cuidadosamente en busca de infección, y principalmente las cicatrices serán emocionales, no físicas. Están traumatizados y necesitarán trabajo. —La miró. —Tu trabajo, Isabella, tú eres la buena con los caballos. ¿Notaste como reaccionaron a Cullen? Se calmaban alrededor de él y parecía saber realmente lo que estaba haciendo. Su abogado llamó, por cierto. —Su voz se había vuelto muy casual. Intentó no notar como Isabella se revolvía. —Trajo los papeles para el préstamo y se los envié a Tyler Stanley para que les echara un vistazo. Cullen vendrá más tarde esta noche.
—Probablemente está entreteniendo a esa rubia alta con la que le gusta jugar. —Dijo Isabella. Necesitaba mantener la perspectiva con Edward. Era un mujeriego. Solo porque la hacía sentir cosas que nunca antes había sentido, solo porque le susurraba cosas bonitas en medio de la noche eso no significaba que no estuviera haciendo y diciendo las mismas cosas a otras mujeres.
Isabella estaba bastante segura de que iba a despertar una mañana no muy lejana con la cabeza llena de canas de preocuparse por todo.
Ciertamente tienes las ideas más raras.
Los dedos de Isabella se cerraron alrededor de la barandilla del porche ante el susurro de intimidad en su mente. Miró alrededor cuidadosamente, sintiendo que él estaba cerca. Le dolía el cuerpo. Sus pechos de repente estaban magullados. Ante el sonido de su voz sexy y pecaminosa la sangre empezó a calentársele. Lárgate. No quiero hablar contigo ahora mismo. Era una flagrante mentira, pero no quería enfrentarse a él, enfrentar la noche con el recuerdo de su cuerpo profundamente enterrado en el de ella. Enfrentar las acusaciones que había hecho mientras él la estaba ayudando o el hecho de que fuera a coger su dinero para salvar el rancho.
Si, lo haces. Estoy en tu mente. ¿Por qué tú nunca buscas entrar en la mía?
Bajo sus largas pestañas Isabella miró culpablemente hacia su hermano. No podía contenerse. Se sentía atraída por Edward a pesar de todo lo que temía. A pesar del hecho de que él estaba allí para quitarle a su familia. Había ocultado sus talentos extraños y únicos durante mucho tiempo y siempre estaba presente el temor a ser descubierta. Algunas veces había tanta soledad en medio de la noche. Isabella contemplaba las estrellas y deseaba simplemente poder desaparecer. Y el trabajo. El trabajo interminable. Edward sosteniéndola entre sus fuertes brazos. Tomando el control y dirigiendo a todo el mundo en medio de una crisis. Solo su fuerza era un atractivo seductor. Y su cuerpo...
Creo que lo que sea lo que tengas en tu mente me asustaría. ¿Me hiciste algo para hacer que necesitara tanto dormir? Se sonrojó ante la idea de los oscuros sueños eróticos que no parecía poder dejar de recrear durante el día o mientras dormía más de lo que podía evitar la forma en que su cuerpo le anhelaba y necesitaba de una forma tan poco familiar.
La voz de Edward contenía calidez y risa, absoluta satisfacción masculina. Casi ronroneaba. Hicimos un montón de cosas que pudieron hacer que necesitaras dormir.
Pudo sentir el rubor extendiéndose hacia arriba por su cuello hasta su cara. Debería haber tenido más juicio para sacar semejante tema con él. Era humillante hablar con él o enfrentarle, pensar en las cosas que le había permitido hacerle, pero cuando estaba sola, pensaba continuamente en su cuerpo y en la forma en que podía hacerla.
—¿No vas a preguntarme lo que dijo el Señor Cullen sobre los términos del préstamo? —Estalló Alec, incapaz de contenerse más. La atención de su hermana parecía lejana, tenía una mirada peculiar, casi soñadora en la cara. Isabella pareció sobresaltada, como si hubiera olvidado que él estaba allí. Incluso se ruborizó. —¿Y bien? Esto podría salvar el rancho, Isabella.
Tocó el borde los escalones con la punta de la bota.
—Podríamos perderlo todo, Alec. Edward Cullen vino a los Estados Unidos con un propósito. Pueden estar vendiendo caballos y haciendo negocios aquí y allá, pero vinieron a llevaros a Alice y a ti de vuelta a Brasil con ellos. Los hombres como Cullen consiguen lo que quieren de una forma u otra. Haz negocios con ellos y perderás siempre. —Cerró los ojos, sintiendo las manos de Edward moviéndose sobre su cuerpo. Le había permitido seducirla. ¿Era una completa idiota?
No estás siendo muy cortés, meu amor. Edward sonaba más divertido que nunca, en lo más mínimo perturbado por su valoración.
¿No es verdad? Vas a tomar lo que quieres y nadie se interpondrá en tu camino. De repente sentía el pecho apretado.
Eso es verdad, querida, y tú sabes exactamente lo que quiero.
¿Lo sabía? Isabella no se sentía como si supiera mucho de nada.
—¿Qué es lo peor que puede ocurrir, Isabella? —Exigió Alec. —Que se quede con nuestro rancho, ¿no? Al menos él es familia en cierto modo. Si dejamos que Michael Newton nos lo quite, nunca lo recuperaremos. Ya lo sabes. Si uno de ellos tiene que tenemos, ¿quién sería mejor?
Los ojos verdes repentinamente, astutamente, se alzaron hasta la cara del muchacho.
—Eleazar o Alistair Denali te dijeron eso, ¿verdad?
Alec se encogió de hombros incómodo.
—¿Qué importa quién lo pensara? Es cierto. —Miró carretera abajo, hacia donde el collie estaba ladrando furiosamente. —Los Stanley están llegando.
—¿Te has preguntado por qué tus tíos no ofrecieron un préstamo cuando tienen suficiente dinero para hacerlo? Ellos también son ricos, Alec. —Señaló Isabella. —¿Por qué dejan que Edward nos preste el dinero en vez de hacerlo ellos mismo? —¿Por qué no lo hicieron?
Porque no se atreven a cruzarse en mi camino, pequeña. Y tampoco tú deberías. Edward pronunció las palabras casi complacientemente. Saben bien que no deben interferir en mis asuntos.
Isabella se quedó en silencio durante un momento sopesando esa idea. Un estremecimiento recorrió su espina dorsal y resistió el deseo de frotarse los brazos en busca de calidez. Cualquiera pensaría que esta familia sería asunto de los Denali, no tuyo.
Ah, eso fue en un tiempo, pero ahora tú eres asunto mío.
Edward estaba cerca, le sentía a corta distancia, pero no le veía en la camioneta que se aproximaba al patio. Alec bajó del porche para evitar responderle, dirigiéndose hacia los campos de heno para no verse atrapado en dar lecciones de equitación a una principiante. Isabella le observó cruzar el patio, con el corazón pesado solo de mirarle. Era demasiado joven para soportar la carga del rancho, sus problemas financieros, y el conocimiento de que alguien estaba intentando destruirlos.
Igual que tú. Las palabras brillaron en su mente, un aliento cálido jugueteó en su nuca, y dos fuertes brazos le rodearon la cintura posesivamente desde atrás.
Isabella casi saltó fuera de su piel, pero él la abrazaba con fuerza, su cuerpo protector y agresivo al mismo tiempo. El dorso de sus manos le rozaban deliberadamente la parte inferior de los pechos. Podía sentir la dura y gruesa longitud de su erección firmemente presionada contra ella. Aprisionada contra su dureza, inhaló el aroma masculino con sus sentidos intensificados.
Olía a montañas, salvaje, indomable.
—Tenemos compañía, por lo que veo. Y yo te quiero toda para mí. —Susurró las palabras maliciosamente contra la piel. Su boca se deslizó por el cuello de ella, encontró su marca, sus dientes jugueteando y raspando gentilmente.
—¡No te atrevas! Parezco una adolescente con esto. Si Alec lo ve... —Isabella giró la cabeza para mirarle. —Tengo unas pocas cosas que decirte sobre tu comportamiento. —Excepto que no podía recordar que quería decir, las palabras terribles que le alejarían. Quería el calor y el fuego del cuerpo de él, sus manos sobre ella, esa boca sobre la suya. Su cuerpo enterrado profundamente dentro del de ella. Se encontró ruborizándose, evitando su mirada.
—¿Qué edad tienes? —Preguntó él de repente. —A mí me pareces una adolescente. —Sus ojos la estaban devorando, negros e intensos, con esa hambre que solo parecía estar presente cuando la miraba a ella. Ardían con sensualidad, su mirada la devoraba. Casi podía sentir la electricidad crujiendo entre ellos. Llamas ardientes le lamían la piel y profundamente en su interior, su sangre se espesaba.
Isabella debería haberse movido. Si le hubiera quedado algún sentido de auto conservación, si su cerebro estuviera funcionando, habría huido. En vez de eso permaneció entre sus brazos, dejando que la boca trazara un camino de llamas a lo largo de su cuello hasta el escote. Él le tocó el antebrazo gentilmente, llevándoselo la boca. Sintió el terciopelo áspero de la lengua de él raspándole la piel. En vez de hacer arder las quemaduras, lo sentía consolador.
—¿Qué estás haciendo? —Además de hacerme arder. ¿Por qué te dejo que me hagas esto? ¿Me has hipnotizado? Parte de ella sentía la familiar desesperación al no poder controlar su reacción ante él, pero otra parte llameaba de excitación, de anticipación.
Estoy curándote, pequeña, te has quemado. Debes llevar gafas oscuras para proteger tus ojos cuando salga el sol. Y cubrir tu piel. Intenta encontrar una forma de permanecer fuera de la luz directa del sol. Él utilizó deliberadamente este método mucho más íntimo de comunicación mientras su boca se movía sobre la piel de Isabella, su saliva sanadora acababa con el dolor de sus quemaduras. Le dio la vuelta y besó sus párpados, demorándose para asegurarse de haber hecho un trabajo concienzudo sanándola.
Durante un momento, Isabella se permitió a sí misma derretirse en la fuerza y refugio del cuerpo de él. Su voz canturreaba en otro idioma, no en portugués, sino en algo mucho más antiguo, las palabras eran hermosas y consoladoras. Podía oír el canto en su mente en vez de con los oídos.
—¿Por qué me quemé hoy al sol? —Él lo sabía. Con sus mentes fundidas, captaba sombras y ecos de los pensamientos de él. Sus recuerdos. Nada de ello tenía sentido para ella.
¡Vivo en un rancho, no puedo permanecer precisamente fuera del sol!
La camioneta estaba entrando en el patio y justo detrás iba el coche del sheriff de Ben, un cuatro por cuatro necesario para viajar por las carreteras de entrada de los ranchos. Isabella se alejó de un empujón de la calidez del cuerpo de Edward, permaneciendo firme para enfrentar a los visitantes. Edward rió, su aliento movió las hebras del pelo de ella en la nuca. Deliberadamente la cogió, apresurando su boca sobre la de ella, uniéndoles, haciendo que durante un momento se fundiera en su cuerpo. Se tomó su tiempo, su lengua encontrándose con la de ella, sus manos ardientes, mientras pequeñas llamas lamían sus cuerpos. Aplastaba el espeso pelo de Isabella en su mano mientras seguía en control de su boca. Lentamente, alzó la cabeza, su mirada negra llameaba con una oscura intensidad que se arqueó como un relámpago a través del cuerpo de ella.
Isabella parpadeó con fuerza e intentó recobrarse, después le miró y se alejó, saliendo del porche, pero él se movió fácilmente junto a ella, descansando la mano posesivamente en la parte baja de su cintura. La palma ardía como fuego y entre sus muslos su cuerpo palpitaba y suplicaba por él. Sabía exactamente qué estaba haciendo él, estableciendo un reclamo sobre ella delante de la gente de su mundo. Y la hacía saber que no había nada que pudiera hacer al respecto.
Tanya los observaba especulando con la mirada. Tyler tenía una sonrisa abierta en la cara, pero la expresión de Ben era tormentosa cuando cerró de golpe la puerta de su Jeep. Isabella era bien consciente de su desaprobación mientras hablaba con Tanya y su pequeña. Edward no ayudaba, hablaba con facilidad con Tyler, discutiendo sobre el fuego, actuando como si ese fuera su lugar. Parecía aprovechar cada oportunidad para tocarla, acariciar su pelo, deslizar los dedos a lo largo de su nuca hasta que llegó a pensar que Ben iba a dispararle a alguien.
Mirar fijamente a Edward y alejarse de él no parecía ayudar mucho. Podía oír la risa suave y burlona en su mente. Estaba obligada a reconocerle, incluso a pesar de estar decidida a no caer en su trampa. ¡Para! Entrecerró los ojos hacia él en advertencia.
Edward la miró con burlona inocencia. No estoy haciendo nada.
Isabella volvió su atención hacia Chelsea, la hija de Tanya, mientras Alice llegaba corriendo y enredaba el brazo alrededor de Isabella como muestra de apoyo. Edward puso su mano sobre el hombro de la niña con una sonrisa alentadora y Alice le sonrió agradecida, obviamente hipnotizada por él.
Voy a tirarte algo. Isabella intentó no reir ante la situación, pero por primera vez en su vida, sentía que estaba compartiendo algo con otra persona. Como si le perteneciera. Era parte de alguien más. No parecía importar que su cerebro le gritara un millón de advertencias, disfrutaba de su atención. Era una experiencia nueva para ella.
—Tengo un horario apretado, Isabella. —Espetó Ben, atrayendo su atención de vuelta hacia él. —Si es que puedes dedicarme suficiente tiempo como para contarme que está pasando por aquí. —Sonaba acusador.
Inmediatamente Edward rodeó los hombros de Alice con un brazo. La niña parecía a punto de echarse a llorar.
—Ve delante, Isabella, informa al oficial. Alice y yo podemos ocuparnos de esto, ¿verdad, Alice? —Sonaba supremamente confiado en Alice. —Me conoces, Chelsea. Alice y yo empezaremos la clase y cuando Isabella termine con su asunto, se unirá a nosotros. ¿Te parece aceptable? —Se giró con una sonrisa superpoderosa.
Isabella sacudió la cabeza estudiando a Edward. Definitivamente daba la impresión de estar en casa, de ser parte de su familia. Ben la cogió del brazo bastante rudamente, atrayendo de nuevo la atención de Edward. Isabella le miró sobresaltada, como alguien que estuviera despertando, emergiendo de un sueño.
Un gruñido bajo de advertencia brilló tenuemente en el aire, haciendo que los caballos se revolvieran intranquilos y los adultos miraran alrededor cautelosamente. Todos lo oyeron; la mayor parte de ellos pensaron que podía haber sido el perro de Alice, que estaba sentado recorriéndolos a todos con ojos curiosos ante la súbita atención. Isabella estaba mejor informada.
Se colocó el pelo tras la oreja y subrepticiamente lanzó a Edward una mirada de advertencia.
—Vamos al porche, Ben. ¿Puedo ofrecerte algo de café?
Él esperó los cinco escalones completos antes de explotar.
—¿Quieres decirme que demonios ha sido eso?
La ceja de ella se arqueó.
—¿De qué estás hablando?
—Antes de que niegues la escenita del porche, Isabella, podrías echarte en el espejo una mirada al cuello. Has estado persiguiendo a ese hombre.
Isabella se mordió el labio para evitar reír. Si no se reía, podría llorar. Su comportamiento con Edward era competente inadecuado. Lo sabía, al igual que Ben.
—¿Por qué me echas la culpa a mí? Resulta que lo que pasó es que él me persiguió a mí. —Corrigió ella. Quizás no era la mujer más guapa del pueblo, ¿pero significaba eso que no había posibilidad de que Edward se sintiera atraído por ella? —Algunos hombres se sienten atraídos por mí, tan extraño te parece ese concepto, Ben. No siempre tengo que atacarlos.
—Esto es propio de ti, elegir al hombre equivocado. ¡Un hombre como Edward Cullen se te comerá viva y te escupirá! Estás jugando con fuego. No puedes hacer esto con alguien como él. Demonios, Isabella, ¿por qué no te estableces con un hombre decente como Jacob Black?
—¡Jacob Black! ¡Cielos! ¿Qué tiene todo el mundo con el pobre Jacob? Odiaría estar casado conmigo.
—Cualquiera en su sano juicio odiaría estar casado contigo. —La arrastró al interior del porche, profundamente entre las sombras, sus dedos le rodearon la parte superior de los brazos para darle una pequeña sacudida. —¿Esto es por dinero? ¿Qué estás tramando?
—Ben, déjame, me estás haciendo daño. —Dijo Isabella mirando los dedos que le rodeaban el brazo. —Siempre olvidas lo endemoniadamente fuerte que eres.
—Suéltela ahora. —La voz era muy suave, muy amenazadora. Un látigo de malevolencia, una oscura promesa de venganza. Isabella nunca había oído nada parecido antes. Edward había cubierto de algún modo la distancia entre ellos, cruzando completamente el ancho espacio del patio, y se confundía con las sombras haciendo que su gran forma apenas pudiera ser visto, pero sus ojos negros casi brillaban en la oscuridad con una increíble amenaza.
Un estremecimiento de miedo le recorrió la espina dorsal y se llevó la mano protectoramente a la garganta. Edward parecía despiadado, cruel, un depredador. En ese momento no parecía completamente humano. Había una cualidad animal en él, fiero, peligroso, indomable.
Ben dejó caer los brazos y se habría alejado de ella, con la mano deslizándose hasta su arma mientras sus instintos tomaban el control, pero Isabella permaneció firmemente entre los dos hombres.
—Conozco a Ben desde que tenía tres años, Edward. Es como un hermano para mí. Nunca me haría daño, nunca. Estoy segura de que parecía que estuviera siendo rudo, pero no es así en absoluto. Él estaba solo, bien... —Titubeó torpemente por un momento, el corazón le palpitaba en la garganta. La sensación de amenaza, de muerte era tan fuerte que realmente se sintió aterrada durante un momento. Aterrada por Ben.
Edward fue el primero en moverse, su brazo saltó, sus dedos le rodearon la muñeca para atraerla muy gentilmente hasta él.
—Entonces debo disculparme por no entender la relación entre hombres y mujeres en otros países. —Sus brazos le rodearon el esbelto cuerpo, para sujetarla contra él protectoramente.
Ssh, meu amor, tu corazón late demasiado rápido. Escucha el ritmo del mío.
Ben se quedó allí en silencio observando al otro hombre inclinarse posesivamente sobre Isabella. Había una postura protectora en su cuerpo mientras abrazaba a Isabella, sus manos eran gentiles, a pesar de su tremenda fuerza. Edward exudaba poder y amenaza, la arrogancia de alguien largamente acostumbrado a mandar a otros con completa autoridad. Parecía un hombre que siempre se salía con la suya y Ben podía ver claramente que Edward Cullen deseaba a Isabella Swan. Cullen era un hombre, no un muchacho, y Isabella parecía joven y vulnerable a su lado. Parecía un poco asustada y muy confusa como si se encontrara en una situación para la que no estaba preparada. Y Ben conocía a Isabella, sabía que nunca estaría preparada para un hombre como Edward Cullen.
—Nunca haría daño a Isabella. —Dijo Ben tranquilamente. —Somos viejos amigos y supongo que acostumbro a ser un poco brusco con ella.
Edward sonrió, mostrando unos brillantes dientes blancos. No había humor en su sonrisa, más bien una sutil advertencia.
—Quizás ella se está volviendo demasiado mayor para tales cosas. —Su voz fue más suave que nunca e hizo que el pulso de Isabella corriera una vez más. Sonaba mortal.
Isabella tomó un profundo aliento y lo dejó escapar, decidida a retomar el control de la situación.
—Gracias por preocuparte por mí, Edward, pero como puedes ver, estoy perfectamente bien. En realidad, tengo bastante que discutir con Ben, así que si nos disculpas...
Edward se inclinó con una cortés y elegante reverencia largamente olvidada en el mundo moderno. Durante todo ese tiempo su mirada nunca abandonó la cara de Ben, las negras profundidades de sus ojos seguían fríamente heladas. Ben observó como el hombre se inclinaba para rozar un beso en lo alto del sedoso pelo de Isabella antes de alejarse, de vuelta al patio con los Stanley y Alice.
Ben bajó la mirada hacia Isabella, sus rasgos eran duros y soberbios.
—Estás loca si crees que puedes controlarle. Es peligroso, Isabella. Podría arrancarme el corazón con las manos desnudas. Deberías tener más juicio y no enredarte con alguien así.
Isabella se quedó allí mirándole bastante impotentemente. No sabía si estaba enredada con Edward. Todo en su vida parecía dar vueltas fuera de control cuando estaba cerca de Edward.
Sacudió la cabeza y se dejó caer en el balancín del porche, con las rodillas súbitamente temblorosas.
—No sé qué me ocurre, o al rancho, ahora mismo el mundo está patas arriba, Ben.
Era la primera vez que la había oído sonar tan perdida. Al momento se acuclilló junto al balancín, con las manos sobre su rodilla para reconfortarla.
—Escúchame, cariño. No necesitas vender así tu alma. Tengo dinero si lo necesitas. Unos pocos ahorros, nada especial. —Tomó un profundo aliento, su cara masculinamente inexpresiva mientras llevaba a cabo el sacrificio último. —Y demonios, si necesitas que me case contigo, supongo que podemos hacerlo también.
Isabella le miró durante cinco segundos completos antes se lanzarle los brazos alrededor del cuello y abrazarle con fuerza, riendo suavemente.
—¿Qué haría yo sin ti, Ben?
Edward oía toda la conversación, la sangre surgía con tal poder a través de su cuerpo que se mantuvo más que inmóvil, temiendo que el demonio se liberaría. Sus hermanos se movieron en su mente, cuestionando la furia que le inundaba. Edward miraba fijamente la mano que tocaba la rodilla de Isabella, observó como ella se lanzaba a los brazos de otro hombre, la oyó reír suavemente, la camaradería de un hombre y una mujer que se había conocido el uno al otro desde hacía mucho tiempo.
Sintió al demonio alzar la cabeza, rugir, la reacción bestial bajo el fino barniz de civilización que tan duramente había trabajado para lograr. Los colmillos explotaron en su boca y sus ojos ardieron salvajemente. Una neblina roja parecía consumir su cerebro.
Llámala. Era Carlisle. Tranquilo. Dando una orden. La voz de la razón cuando la oscura llamada de su naturaleza le estaba consumiendo. Edward. Deliberadamente Carlisle utilizó el nombre de su hermano para llamarle de vuelta desde el borde del desastre. Llámala ahora. La bestia solo podía ver a su rival abrazando a su compañera. No los había unido a ambos por temor a la incomodidad de ella, ahora la bestia tenía un agarre firme sobre él. Llámala. Era el viento frío de la razón moviéndose a través de su mente. Edward se aferró al ribete de cordura que su hermano le proporcionaba.
Isabella. Aléjate de él inmediatamente. Por mí. Haz esto por mí. La voz normalmente suave fue una amenaza en la mente de Isabella. Más peligroso que ningún animal salvaje que se hubiera encontrado nunca. La amenaza estaba allí, como la vez que se había topado con un enorme gato montés justo después de que este se hubiera cobrado una presa. Sintió el miedo de él de que no le escuchara, de que no viera el peligro, pero Isabella estaba mucho más acostumbrada a leer a las cosas salvajes de lo que él creía. Y eligió precisamente ese momento para tocar su mente.
Isabella se alejó de Ben y saltó sobre sus pies, paseándose lejos de él rápidamente, con la mente trabajando a dos niveles. Quería aparentar normalidad ante Ben, pero compartía el arremolinante caldero de oscuras y violentas emociones con Edward.
—Odiarías estar casado conmigo y lo sabes. —Cruzó los brazos e intentó contener un estremecimiento. En algún lugar allá afuera en la creciente oscuridad había algo poderoso y amenazador. Se agazapaba muy cerca, observándolos con los ojos fijos de un tigre. —Te volvería loco, Ben, y lo sabes. Pero ha sido muy dulce por tu parte ofrecerte. Estoy segura de que esta noche te has ganado tu entrada en el cielo.
Ben se puso en pie lentamente, intentando que no pareciera como si acabara de esquivar una bala.
—Sabes que lo haría, si me necesitas. Simplemente no hagas nada desesperado, Isabella.
Ella bajó los escalones del porche y recorrió el patio con la mirada casualmente. Sentía el peligro como una entidad de carne y hueso. ¿Qué es, Edward? ¿Tú lo sientes también? ¿Era Edward? ¿O simplemente él estaba sintonizado con el peligro? ¿La estaba amenazando Edward?
Nunca podría hacerte daño, querida, nunca. No hay peligro para ti o los tuyos, yo lo sabría. Simplemente estás sintiéndome a mí poniéndome celoso. La voz era tranquila como acostumbraba. Le vio entonces, de pie en el corral como si no hubiera pasado nada, charlando tranquilamente con Tyler y Tanya mientras Alice conducía el caballo de Chelsea en un amplio círculo.
¿Celoso? ¿Eso eran celos? Isabella le miró un largo tiempo. Parecía completamente normal, un extranjero guapo y encantador que resultaba muy atractivo. ¿Se estaba volviendo completamente loca? ¿En qué estaba pensando? ¿Que él era más que un hombre? Tenía poder del mismo modo que lo tenía ella; era bastante fácil perder el control. Ella entendía eso mejor que nadie. Pero había captado un vistazo de una bestia rugiente, no humana, algo mucho más peligroso. ¿Puedes proyectar tanto peligro simplemente cuando estás celoso? Y no por una razón muy buena, podría añadir. Tenía que preguntarle. No sabía si quería que mintiera o le dijera la verdad. Pero tenía que preguntarlo.
Cuando estemos solos y pueda sostenerte entre mis brazos, hablaremos. Las palabras habían sido pronunciadas como una suave caricia, corriendo por su piel desnuda provocando que se tocara su propio brazo. Atónita, bajó la mirada. Las ampollas y rojeces habían desaparecido.
Su piel estaba lisa e inmaculada. Él había curado su terrible quemadura solar.
—¿Vas a hablar conmigo o a quedarte mirando ese extranjero toda la noche? —Exigió Ben, llegando hasta ella. —Creo que tienes otro problema aquí. —Sonaba casi beligerante y Isabella se volvió para enfrentarle.
—Sabes, Ben, no creo que vaya a conseguir entender a los hombres ni en un millón de años. No son tan lógicos como intentan hacer creer a las mujeres lavándoles el cerebro. —Isabella se volvió alejándose de él y contemplando el cielo oscurecido. —Alec está terminando en el campo de heno. Yo aún no he comprobado el problema por mí misma. Eleazar Denali fue quien encontró la ternera y Alec la vio. Puedo llevarte allí, pero está oscureciendo muy rápido. No sé si tendrás tiempo.
—Estoy empezando a preocuparme por ti y los chicos aquí solos. Estoy haciendo tiempo, Isabella, no voy a permitir que os ocurra nada.
Ella le sonrió sobre el hombro, su pelo cayendo en una brillante cascada por su espalda. Estaba tan guapa que Ben quedó ligeramente sorprendido. Parecía casi etérea, fantasmalmente sexy y un poco misteriosa. La había considerado su hermanita pequeña casi toda la vida. Los sentimientos de Ben por Isabella estaban muy entremezclados, y no quería verla bajo esta nueva luz. Ellos no encajaban en absoluto. Nunca antes se había fijado en si parecía atractiva o sexy, ni una vez en todos sus años juntos.
Ben miró hacia el oscuro extraño y cogió al hombre mirándole a su vez. Edward no apartó la mirada, sus ojos ardientes brillaban extraños con una luz de advertencia. A Ben le recordaban los ojos de un felino, más preparados para la visión nocturna que para el día. Sus ojos no parpadeaban y Ben apartó la vista, no le gustaba era mirada intensa que ponía los pelos de punta. Edward Cullen estaba dejando perfectamente claro que Isabella estaba prohibida para cualquier otro hombre. Ben no confiaba en él, presentía algo violento y peligroso bajo esa calma exterior. Y Cullen parecía del tipo playboy, adquiriendo fácilmente mujeres y haciéndolas a un lado igual de rápidamente. Isabella no estaba hecha para aventuras de una noche. Era una mujer que se entregaría a sí misma completamente a alguien a quien amara. Ben no quería que ese fuera un hombre como Cullen.
Se encasquetó el sombrero en la cabeza.
—Encontraré a Alec y hablaré con Denali, pero, Isabella, mantén a los chicos cerca y no vagues por ahí sola.
—Tengo un rancho que llevar, Ben. —Dijo ella tranquilamente. —No voy a dejar que nadie me asuste.
—Dijiste que Eleazar Denali encontró la ternera. ¿Qué estaba haciendo cabalgando en tu rancho? —Ben sonaba casual, pero Isabella no se dejó engañar en lo más mínimo, le conocía desde hacía mucho.
—Después del incendio, Edward no quería que estuviéramos aquí solos. Él no podía quedarse así que pidió a Eleazar y Alistair que nos ayudaran. —Bajó la mirada a sus manos, avergonzada al tener que admitir su debilidad ante él. —Fue una suerte que se quedaran. Me puse enferma esta tarde y dormí la mayor parte del día.
—Así que Cullen les ordenó quedarse.
—Ellos querían quedarse, Ben. Son los tíos de Alec y Alice, después de todo. Estaban preocupados por su bienestar.
Él giró sus descoloridos ojos azules hacia ella.
—¿Intentas hacerme creer que Isabella Swan no sospecha en lo más mínimo de esto? ¿De esa gente que apareció de la nada reclamando a tus hermanos y queriendo que se les entregara el rancho? ¿Qué crees que son solo socios de negocios y están hospedados con tu vecino Tyler Stanley cuya plantilla entera resulta por casualidad que son exconvictos? ¿Y que, justo en el mismo momento de su llegada, toda clase de "accidentes" empiezan a ocurrir en tu rancho? ¿Es todo coincidencia, Isabella? Y ahora Eleazar Denali encuentra una ternera muerta mutilada mientras está "cuidándo de vosotros" por orden de Cullen. A mí me parece un poco inverosímil.
—¿No hemos tenido esta conversación antes, y entonces era yo la que te decía a ti esas cosas? Me dijiste que estaba siendo testaruda y que lo superara. Me dijiste que estaba exagerando cuando intenté señalarte que las cosas que iban mal en mi rancho no eran accidentes.
—Sip, bien, la muerte de Erik no fue un accidente, Isabella, y no fue un accidente que los jinetes de Stanley y Denali estuvieran sobre esa colina. O que Michael Newton y esa escoria de Crowley estuvieran allí también, junto con ese nuevo, Dimitri Carter. Ese si que es un verdadero ganador. ¿Qué demonios estabas haciendo montando allá fuera sola?
—Ben —Posó una mano aplacadora sobre su brazo. —No estarás sugiriendo que todo el mundo conspira contra mí, ¿verdad?
Ben sintió el peso de esos peculiares ojos mirándole malevolentemente. No levantó la mirada para comprobarlo; sabía instintivamente que gozaban de la completa atención de Cullen y sabía que era porque le había levantado la voz a Isabella y porque ella estaba tocándole.
—Creo que estás en gran peligro, Isabella, no solo de perder el rancho. Eso es lo que creo y harías bien en tomarme endemoniadamente en serio.
—Lo haré, Ben. —Concedió Isabella con un pequeño suspiro. —Yo también estoy preocupada. No sé qué pensar, pero no quiero que les ocurra nada a Alec o Alice. Prometo ser cuidadosa. —Cuando él continuó mirándola suspiró de nuevo. —Muy, muy cuidadosa.
—Y no confíes demasiado en nadie. —Advirtió él.
—Y no confiaré demasiado en nadie. —Añadió ella obedientemente.
Ben caminó hacia el campo de heno, y ella le observó hasta que su gran forma desapareció rodeando el costado del enorme granero. Clavó los ojos en el granero, perpleja.
Habría tenido mucho más sentido que el incendiario quemara el granero. Estaba ubicado más lejos de la casa y no tenía aspersores. El granero habría ardido más rápido con el heno dentro. ¿Por qué no había escogido el granero?
—¡Isabella! —Llamó Alice, su voz traicionaba molestia. Quería desesperadamente causar una buena impresión. Chelsea era muy agradable y quería que Isabella le prestara un montón de atención para que así quisiera volver.
Isabella se apresuró, ignorando la ardiente mirada de Edward y concentrándose totalmente en Tanya y Chelsea. Fue consciente de que Edward la observaba intensamente cada vez que daba instrucciones, pero se obligó a evitar mirarle. Deseaba mirarle. Incluso necesitaba mirarle. Podía sentir su mente buscando la de él continuamente. Había tenido esa sensación antes; ahora la reconocía. Y con frecuencia él tocaba su mente. Como una sombra. Casi buscando tranquilidad.
En el momento en que él la tocaba podía relajarse de nuevo, respirar. Sonreía a Tanya y charlaba normalmente. Abrazaba a Alice con frecuencia, fingiendo sentirse interesada y excitada por su charla. Prodigaba atención a Chelsea, pero todo el tiempo era intensamente consciente de Edward. Esperando. Observando.
Tyler extendió un sobre a Edward a través de la ventanilla abierta de la camioneta justo antes de que se marcharan, prometiendo a Alice que volverían en un par de días. Isabella vio como Edward se lo metía casualmente en el bolsillo de la camisa. Le estudió realmente entonces, permitiéndose a sí misma el lujo. Su ropa estaba inmaculada, a pesar del hecho de que había estado comprobando las quemaduras de los caballos en el corral y ayudando con la lección de equitación. Parecía como si ni siquiera la suciedad y el polvo del rancho se atrevieran a aferrarse a él como hacían con todos los demás. Y siempre olía tan bien.
Edward encontró su mirada sobre la cabeza de Alice y le sonrió. Podía robarle el aliento sin hacer mucho más que eso. Isabella agachó la cabeza y empezó a caminar con Alice hacia la casa.
—Asi que, ¿qué te parece, gallinita, te gusta Chelsea?
—Es realmente agradable, Isabella. —Dijo Alice entusiasmada. —Alec debería haber venido al menos a presentarse.
—¿De veras? —La ceja de Isabella se arqueó —¿Tú crees? Pensé que podría decir algo horrible y mortificarnos... ya conoces a Alec.
Alice consideró la idea, después sacudió la cabeza.
—Las chicas creen que es mono. Ha estado hablando con unas pocas por teléfono y siempre son ellas las que llaman primero. Él nunca las llama. Por la noche cuando tú estás trabajando él está al teléfono de la cocina.
—¿Tu hermano habla por teléfono con chicas mientras tu hermana está trabajando? —Preguntó Edward tranquilamente. No había expresión real en su voz, esta era suave y tranquila como siempre, pero ocultaba una amenaza.
Isabella le miró fijamente, preguntándose cómo podía hacer eso, no alzar la voz o cambiar su inflexión, pero sonar tan aterrador.
—Alec es muy joven, Edward. Solo tiene dieciséis años.
—¿Y cuándo Charlie tuvo el accidente y te dejó un rancho que llevar y la responsabilidad de cuidar de él, cuántos años tenías tú? ¿Diecisiete? —Los ojos negros se movieron pensativamente sobre su cara.
Ella subió los escalones del porche trasero muy rápido, súbitamente furiosa con él.
—Alec ayuda mucho, Edward y, en cualquier caso, no es asunto tuyo.
Él se deslizó junto a ella a su manera silenciosa, irritándola incluso más. Su mano se extendió hacia la puerta de la cocina exactamente al mismo tiempo que lo hacía la de ella. Isabella tiró de su mano hacia atrás cuando los dedos de él rozaron los suyos.
—¿Crees que mimando al chico vas a convertirle en un hombre, Isabella? Finalmente, él tendrá que llevar el rancho. Era el sueño de tu padre mantener el rancho para sus hijos, pero no querría que te mataras para lograrlo.
Isabella era demasiado consciente de los ojos abiertos de par en par de Alice mirando del uno al otro, repentinamente muy adulta.
—También era mi sueño. —Isabella sonó desafiante incluso a sus propios oídos. Atravesó la habitación hasta el refrigerador y miró dentro.
La sonrisa de Edward fue muy amable. Puso una mano sobre el hombro de ella. He estado en tu mente, pequeña. No vi tal recuerdo. Había estado en su cuerpo también. Las palabras no pronunciadas brillaron en medio del aire. Ella se dio la vuelta y le miró.
—Entonces no has buscado lo bastante bien. —Espetó, odiando saber que la tenía en el bolsillo y que no tenía más elección que aceptar su ayuda. Iba a tomar su dinero y había dormido con él. —Yo también quería el rancho. Lo quería. Lo quiero.
El recuerdo no está ahí, querida, y tú, más que yo, sabes que es verdad. Nunca estuvo allí, ni ningún recuerdo semejante, porque no existía tal deseo o sueño.
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Holi! Sé que ya querían actualización de esta historia jaja aunque no actualice siempre las leo jeje aún no estaré de regreso al 100% a demás que la próxima semana empiezo clases… así que tendré que reorganizar mi día… también empecé un blog de psicología en Facebook jjajaja y pues eso también me toma tiempo… intentaré actualizar un poco más hoy… espero se pueda.
Estoy escribiendo algo… espero que les guste… no estoy segura de a dónde me llevará, también he estado trabajando en el cap 2 de Juegos de Poder… por un momento se me fue la inspiración, pero ya estoy retomando el camino, afortunadamente solo son tres cap así que no debe tomar mucho tiempo (esperemos).
¿Qué les pareció este cap? No olviden dejar un comentario, de verdad que me alegra mucho saber lo que piensan.
¡Nos leemos pronto!
