No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

.

.

.

—Ben estaba de un humor de perros. —Saludó Alec mientras atravesaba la puerta de la cocina como un perrito maltratado. Fue directo hacia el fregadero y se lavó las manos. Isabella era una fiera con la limpieza. —Te lo juro, me alegré de ver que se iba. ¿Por qué está tan agobiado? ¿Qué le dijiste, Isabella?

Ella se dio la vuelta, mirándole fijamente.

—¿Qué le dije? —Repitió muy suavemente. —¿Y por qué crees que le dije algo? Ben es un hombre. —Lo hizo sonar como una palabrota. —Eso debería decirlo todo.

Alec silbó muy bajito.

—¿No me ha llamado nadie? —Preguntó esperanzado. Nadie se metía con Isabella cuando estaba en ese plan de machacar a los hombres. Alguien o algo la había sacado de sus casillas y esperaba no haber sido él.

—No, pero esperaba que dejases a Ben allí fuera perdido.

Las cejas de Alec se arquearon ante el humor de Isabella y después miró de su hermana a Edward especulativamente.

—Así que, supongo que has traídos los papeles del préstamo. ¿Los ha visto ya Isabella? —Era una buena suposición por su parte después de ver la expresión de la cara de su hermana.

Edward extrajo los papeles y se los extendió a Isabella.

—No, aún no. Quizás podría examinarlos mientras nosotros nos conocemos mejor. —Gesticuló hacia el salón, conduciendo a Alec y Alice delante de él para dar a Isabella más privacidad.

Isabella se congeló, el sonido de su corazón ruidoso en los oídos.

—¡Espera! —Sonaba totalmente atacada por el pánico. Se sentía en estado de pánico absoluto. Realmente extendió la mano para evitar que sus hermanos salieran del cuarto solos con Edward.

Edward se volvió para mirarla, sus ojos negros recorriéndole la cara con dura autoridad mientras ella retrocedía lejos de él.

—¿Qué pasa, meu amor? —Habló gentilmente, su voz como una aterciopelada caricia, pero se estremeció de todos modos. Él estaba ardiendo. Ardiendo. Podía sentir el volcán arremolinándose dentro de él tan unidos como estaban. Sus ojos permanecían sobre ella, serios y fríos, pero ardían con una terrible intensidad. Fuego y hielo. Ahí estaba de nuevo. La paradoja. No le entendía. No se entendía a sí misma. Pero primero y ante todo, a pesar de lo que ella pudiera necesitar o desear o sentir, tenía que saber que Alice y Alec estaban a salvo de todo mal.

Edward era una sombra en su mente y vio su miedo.

—¿Isabella? —Había preocupación en la voz de Alec. —¿Qué pasa?

Mucho cuidado con lo que dices al chico, pequeña; no quiero que me tema innecesariamente como pareces temerme tú. Las palabras ronronearon en su mente, una tranquilizadora amenaza.

La mano de Isabella fue hasta su garganta, un gesto protector, moviéndose para cubrir la marca que tan frenéticamente palpitaba en su cuello. ¿Me estás volviendo loca? Me siento como si ya no supiera qué es real y qué no. Soy diferente. Estaba llorando las palabras, necesitada de su confort incluso mientras intentaba alejarle con sus acusaciones.

Pronto estaremos solos Isabella, no hay necesidad de todo este miedo. Los niños y tú estáis bajo mi protección. Eso no es poca cosa. Si no crees en mí, entonces cree en Charlie. Envió a buscar a la familia. Son hombres de honor. Si creyeran que te haría daño, ¿crees que permitirían semejante cosa?

No sé. Te son muy leales. No lo sabía. Honestamente no lo sabía. ¿Cómo podía sentirse tan atraída por alguien en quien ni siquiera confiaba? ¿Cómo podía permitirle hacer las cosas que había hecho con su cuerpo y desear todavía más? No tenía sentido para ella. Y los hermanos Denali le temían. Sentía el desasosiego en ellos cada vez que la conversación giraba hacia Edward. Era mucho más que un hombre con talentos únicos como los que tenía la propia Isabella. Era mucho más poderoso. Y había una oscuridad en él que con frecuencia podía vislumbrar. Por mucho que se sintiera atraída por Edward, también se sentía igualmente repelida, su sentido de auto conservación la pateaba con fuerza. Él la estaba controlando, poco a poco, célula a célula. Su corazón. Sus pulmones. Daba la sensación de que no podía respirar sin él. Nadie más la miraba con esa ardiente mirada hambrienta. Ni la tocaba con semejante autoridad, tal necesidad. Era dominante en todo y algo en ella no podía evitar el responderle, el necesitarle, incluso cuando no estaba segura de quién o qué era.

—Revisa los papeles, Isabella. —Edward sonó tierno. —Estaremos en la otra habitación. Alice está interesada en recetas de sopa vegetarianas y soy bastante bueno en ese tema en particular.

Isabella miró a Edward, casi temiendo tomar una decisión. Tú no... no podría formular realmente una acusación. ¿Y si dirigía sus mentes para hacer algo dañino? ¿Podía haber hecho tal cosa?

Los ojos negros de él se encendieron de furia durante un momento. Si, podría, pero no lo hice. Giró sobre sus talones y salió a zancadas de la habitación.

Alec deslizó el brazo alrededor de los hombros de Alice.

—No voy a fingir que sé qué está pasando entre vosotros dos, pero nos ha ofrecido un enorme préstamo prácticamente por nada, Isabella, si no conseguimos el dinero pronto vamos a perder el rancho.

Isabella se encogió de hombros.

—Bueno, quizás estés siendo demasiado confiado, Alec. Ya deberías saber que nadie da algo por nada. Nunca funciona de esa forma.

—Quizás sea así, Isabella, pero de nuevo fuiste tú la que confió en Newton lo suficiente como para tomar el préstamo. —Le soltó Alec.

Isabella hizo una mueca como si la hubiera golpeado. Para su sorpresa, los ojos realmente le brillaron de lágrimas. Alice corrió hacia ella, rodeándole la cintura con brazos protectores, mirando abiertamente a su hermano.

—No dejes que te oiga volver a hablar así a tu hermana, Alec. —La gran forma de Edward llenaba el umbral de la puerta. Siempre parecía materializarse de la nada, moviéndose invisible y silencioso para aparecer y asumir el control. Miraba directamente al adolescente. —Eres demasiado mayor para gritar acusaciones cuando no dispones de todos los hechos. Isabella merece mucho más respeto por tu parte. —Había un látigo en la tranquila fuerza de su voz. —Piensa antes de hablar, chico. Soy bastante capaz de introducirte en el concepto de los modales. —Edward retrocedió en una invitación para permitir a Alec precederle, su mirada era acerada.

Alec pareció desafiante durante un momento, lentamente la cara se le puso roja. Alice se movió primero, apresurándose rápidamente a pasar junto a Edward para entrar en la otra habitación, deteniéndose solo lo suficiente como para lanzar a su hermano una mirada indignada.

Isabella, por una vez, no ayudó a Alec, bajando la mirada a las puntas rozadas de sus botas como si no pudiera soportar mirarle. Como si él le hubiera hecho daño tan profundamente con su acusación que no podía mirarle a él ni a nadie más.

—Isabella. —Él pronunció su nombre suavemente, lamentando realmente haberla emprendido con ella. Ni siquiera estaba seguro de por qué lo había hecho, solo que no le gustaba la forma en que Edward estaba mirando a Isabella, o la forma en que ella le devolvía la mirada.

Ella sacudió la cabeza sin levantar la mirada. Alec siguió a Alice hasta el salón. Isabella desdobló los papeles a regañadientes y extendió el documento de la oferta sobre la mesa de la cocina. Era estrictamente de negocios, legal y muy serio. No pudo encontrar falla en él. Edward la había dejado sin salida, ni razón lógica para negarse. La suma era la cantidad de dinero que necesitaba para pagar a Newton y suficiente para reconstruir el establo e incluso añadir nuevo equipamiento. Isabella no tenía la clase de efectivo de que disponían Newton o Cullen y nunca lo tendría.

—¿Estás planeando fruncir el ceño todo el día o lo firmaremos y acabaremos con esto? —Edward interrumpió sus pensamientos, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Ella le miró, con un ligero ceño en la cara.

—Lo estoy revisando, buscando trampas ocultas.

—Eso no va a funcionar, lo sabes. —Dijo en voz baja.

—¿Qué es lo que no va a funcionar? —Replicó ella.

—Intentar empezar una pelea. Conmigo no funcionará. Estás pensando en hacerme volver a mi tierra. ¿No comprendes que ya es demasiado tarde para eso?

Isabella se pasó una mano por el pelo y le evaluó con ojos serios.

—Tenemos que tener una charla, Edward.

Él señaló a los papeles con un grácil ondeo de la mano.

—¿Realmente es tan duro decidirse? ¿Preferirías que os volviera la espalda a ti y a los chicos? Es solo dinero. Te lo daría, pero no lo aceptarías. El dinero no significa nada para mí, nunca lo ha significado. —Suspiró, su mirada negra apresurándose sobre la expresiva cara femenina. —Odias el hecho de que te ofrezca el dinero, pero en realidad, querida, tú ya me tenías catalogado de cualquier forma. ¿Si no te lo hubiera ofrecido, qué clase de hombre habría sido? —No había nota de censura en su voz, simplemente establecía un hecho.

Isabella quedó instantáneamente avergonzada. Era cierto. Estaría resentida con él de cualquier forma. Y no confiaba en sus motivos. Edward extrajo una pluma de oro de su bolsillo y se la extendió, sus ojos oscuros eran elocuentes. Isabella sacudió la cabeza ante la locura que estaba haciendo, pero tomó la pluma. Sus dedos rozaron los de él, enviando un escalofrío de consciencia por su espina dorsal. Él podía hacerle eso, ¿pero era simplemente química? Isabella no sabía por qué se sentía tan atraída por él. Creía que era frío, pero algunas veces ardía con tal intensidad que a su alrededor se derretía. ¿Cuál era el Edward real? Le creía egoísta y arrogante, pero fue el primero en ayudar desinteresadamente en el rancho en una crisis. Había escudado a Alice en medio de la crisis a pesar de estar sufriendo una incomodidad extrema. Y le estaba ofreciendo dinero en unos términos más que razonables para que pudieran mantener el rancho.

¿Tan equivocada había estado con respecto a él?

No, pequeña, no estabas tan equivocada sobre mí. Las palabras le rozaron la mente casi tiernamente.

Isabella le miró, asombrada. Era desconcertante tenerle leyendo cada uno de sus pensamientos.

—Supongo que tenemos que hablar. Tienes que explicarme lo que está pasando exactamente entre nosotros, porque yo no sé qué es. —No iba a darse por vencida. Había prometido hablar con ella y tenía intención de hacer que lo cumpliera.

—¿Realmente crees que tengo algo que ver con los problemas de este rancho? —Edward se movió por primera vez, un perezoso y casual movimiento que recordaba mucho a un felino mientras se enderezaba y movía hacia ella, llenando inmediatamente toda la cocina con su presencia.

El teléfono sonó chillonamente. Pudieron oír a Alec y Alice corriendo ambos para responderlo. Isabella abrió la puerta corredera. Necesitaba el aire nocturno, los espacios abiertos.

No volvió la cabeza y no oyó a Edward caminando, pero le sintió moviéndose justo a su espalda.

Mientras caminaban por el patio, su mano rozó la de ella. Al momento el corazón se le volvió loco, palpitando salvajemente antes de que pudiera evitarlo. Le miró desde debajo de sus largas pestañas, colocando subrepticiamente la mano tras la espalda.

—¿Por qué viniste aquí, Edward? ¿Por qué estás aquí en realidad? Este no es tu lugar, ¿verdad?

—Mis hermanos y yo raramente viajamos. Preferimos quedarnos cerca del bosque pluvial. —Alzó la mirada hacia la cordillera de montañas que se erguían amenazadoramente oscureciendo el rancho. —Necesitamos la libertad. Incluso juntos siempre hemos sido unos solitarios.

Su voz era muy callada, casi hipnótica. Isabella se encontró con la mirada también fija en las montañas. Todo parecía mucho más intenso. Los colores vívidos en la noche, la brisa trayendo hasta ella fragancias y sonidos que nunca antes había experimentado. Inhaló profundamente, atrayéndolo todo a sus pulmones.

—¿Por qué deseo estar contigo cuando ni siquiera me gustas? —No le miró mientras formulaba la pregunta. —Tú lo sabes, ¿verdad? —Ella sabía cosas, siempre había sabido cosas.

Sabía que él no le mentiría sobre lo que fuera que había entre ellos.

Edward se movió junto a ella en silencio, su cuerpo fluido y poderoso. Podía sentir su poder. Caminaron pasando el gran jardín que tan duramente había trabajado para mantener. Notó ausentemente que Alec había olvidado regarlo. Tan pronto como el conocimiento brilló en su mente, Edward ondeó la mano y el agua empezó a fluir de los aspersores. Lo hizo casualmente, casi como si no hubiera notado que lo hacía.

—¿Por qué necesito tocar tu mente con la mía, verte, cuando no he necesitado nunca a un hombre en toda mi vida?

La mano de él volvió a rozar la suya y esta vez los dedos de ambos se entrelazaron.

—¿Realmente quieres respuestas a tus preguntas, Isabella? Debes estar muy segura de que es eso lo que quieres. Las respuestas que obtendrás no son lo que esperas.

Dejó de caminar, su cuerpo estaba muy cerca del de él. Tenía que inclinar la cabeza para mirarle. Isabella se tomó un momento para pensarlo. Presentía que iba a revelarle algo monumental, algo aterrador. ¿Era lo suficientemente fuerte como para aceptarlo? Isabella necesitaba saber. Tomó un profundo aliento y asintió.

—Creo que ahora mismo ya tengo suficientes misterios en mi vida sin añadir este. Cuéntame la verdad.

Las manos de él le enmarcaron la cara, las yemas de sus dedos fueron increíblemente gentiles cuando le rozaron la cara.

—Te miro, Isabella, y veo a la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra. Por dentro y por fuera eres hermosa. Te conozco mejor que lo que ningún otro podrá conocerte nunca, porque puedo ver tus pensamientos y leo tus recuerdos. La propia luz en ti, tu tremenda capacidad de amar, me humilla.

Ella le miró con firmeza, intentando no caer en las profundidades de sus negros, negros ojos. Miraba tan intensamente, el hambre era tal en ellos, que resultaba imposible no creer lo que estaba diciendo y sus palabras le robaban el aliento, su habilidad de permanecer concentrada.

Sacudió la cabeza para liberarse de su hechizo.

—Háblame de tu vida. —Se encontró conteniendo el aliento; no quería oír hablar de Edward y otras mujeres. Quería saber de él. Quién era, qué pensaba, qué le importaba.

—Tú me importas. Alice y Alec me importan. El honor me importa. —Sus ojos negros, oscuros y pensativos, le recorrieron la cara. Sus dedos vagaron hacia abajo por la sedosa cortina del pelo de ella antes de liberarla reluctantemente. —El honor era lo único que me quedaba, Isabella, antes de que llegaras a mi vida. —Apartó la mirada de ella, evitando sus ojos para contemplar los sombreados picos que los rodeaban. —Pertenezco al bosque pluvial, arriba entre las montañas, lejos de la gente, donde es mucho más seguro para ellos... y para mí.

Isabella mantuvo los ojos sobre su cara, decidida a averiguar la verdad. Había algo realmente solitario en él, algo tan solitario que le llegaba hasta el corazón. Sentía el abrumador deseo de acunarle entre sus brazos y reconfortarle.

—No veo nada de malo en que necesites tu propio espacio. Algunas veces, es tal el bombardeo de información que me abruma y apenas puedo soportarlo. Tú eres mucho más sensible que yo, puedo decirlo. Si lees mentes, las emociones deben ser sobrecogedoras.

Él se frotó el puente de la nariz pensativamente, sacudiendo la cabeza hacia ella.

—Naturalmente darías con una razón plausible para mi comportamiento. Pero no es así, pequeña, no tengo la excusa de sentirme bombardeado por las emociones. En realidad, aunque puedo leer mentes, no sentía nada hasta que te conocí.

Isabella continuó caminando. La suave brisa era consoladora, un telón de fondo perfecto para la serenidad mientras luchaba por entender lo que le estaba contando Edward.

—No entiendo. ¿Cómo que podías no sentir nada? ¿Quieres decir que nunca te has enamorado? ¿Qué? ¿Quieres decir eso?

—Lo digo en sentido literal, Isabella. —Continuó él gentilmente. —Toca mi mente, busca entre mis recuerdos. —No sonaba avergonzado, sonaba realista, como si diera la casualidad de que discutieran sus pecados cada día, no como si estuviera desnudando su alma ante ella, como si no estuviera arrancándose el corazón y ofreciéndoselo.

Sabía que ya no podía continuar sin ella. Sabía que era demasiado egoísta como para terminar su vida, y en cualquier caso tenía que atarla a él. No tenía ni idea de las consecuencias que tendría para ella su separación. No los había vinculado oficialmente con las palabras rituales, pero había intercambiado sangre con ella en dos ocasiones. Ella estaba parcialmente en su mundo. Y le necesitaba. Estaba sola en medio de su amada familia. Y ellos la utilizaban, su generosidad, naturaleza compasiva y dones únicos. Sin esos talentos, no habría sido posible para Isabella llevar el rancho con la maquinaria defectuosa como había hecho estos últimos años.

Había un vampiro en la zona, probablemente atraído por la utilización de su talento psíquico. Y estaba Carlisle, tan cerca de convertirse que resultaba aterrador. Y Edward no sabía en realidad cuanto podría resistir él mismo sin reclamarla. Por encima de todas esas razones, Edward sabía que nunca había deseado nada para sí mismo en todos sus largos años. Deseaba a Isabella y la tendría.

Ella se extendió hacia él, viendo realmente por primera vez más allá de su máscara inexpresiva. Su cara apuesta resultaba diferente cuando le estudiaba realmente. Había líneas talladas en sus rasgos sensuales que no habían estado allí antes. Había una pena en las profundidades de sus ojos, como si estuviera sufriendo. Instantáneamente se le derritió el corazón y Isabella afirmó el apretón sobre el brazo de él.

—¿Qué es lo que no quieres contarme, Edward? ¿No crees que sería mejor ir simplemente al grano?

Isabella, Directa al asunto. Sujetó espesos mechones sedosos de pelo chocolate y dorado tras su pequeña oreja.

—Tienes tanto aquí, Isabella. Estás dispuesta a dar tanto de ti misma a aquellos a los que amas. Quiero que me ames. No merezco tu amor. No he hecho ni una sola cosa para merecerlo, sino que en vez de eso he hecho tu vida más difícil. Te necesito. Sé que no siempre será fácil estar conmigo. Soy un hombre muy dominante, sexualmente y de cualquier otra forma. Quiero que seas mía. Toda mía. —Dijo las palabras rigurosamente, sin embellecimientos, totalmente vulnerable, consciente de que ella podía doblegarle fácilmente con una palabra, una mirada. —Pero quiero que me ames, necesito que me ames.

Todo en Isabella respondió a la franqueza de su súplica. Parecía tan solo, alto y erguido, sus ojos negros vivos con algún terrible dolor interior.

—¿Por qué? ¿Por qué necesitas que te ame, Edward? Tú lo tienes todo. —No estaba abrumándola con embellecimientos románticos, o siquiera utilizando la química sexual altamente cargada que compartían para persuadirla, y eso, más que nada, logró su completa atención.

—No tengo nada sin ti. Antes de venir aquí, Isabella, mi vida consistía en un momento vacío e interminable tras otro. Me siento vivo cuando estoy a tu alrededor. Puedo sentir emoción, sé que me importa la familia Denali, siento afecto por ellos, me importa lo que les ocurra. Siento por mis hermanos, mi gente. No quiero regresar a un mundo yermo, no puedo. —Sus ojos negros se movieron malhumoradamente sobre la cara vuelta hacia arriba de ella. —Eres un milagro y ni siquiera eres consciente de ello.

—No he hecho nada para ser un milagro. —Le recordó Isabella calladamente. Esperó en la oscuridad a que llegara lo inevitable. Sabía que había algo más, algo que él no quería contarle.

—Que existas es un milagro para mí, Isabella. —Gesticuló con la mano, una larga barrida que trazó un amplio círculo. —Este es mi mundo, Isabella, la noche. He vivido mucho tiempo solo y ya no puedo seguir haciéndolo. —Inclinó la cabeza como si estuviera infinitamente cansado. —Pensé que podría ser lo bastante fuerte como para permitir que te apartaras de mí. He pensado mucho en esto, pero no puedo. —La miró directamente entonces, la cabeza alzada, alto y poderoso, sus ojos negros marcando a fuego una marca en el interior de la mente de ella. —No puedo, Isabella.

—Edward, deja de dar rodeos. ¿Qué es? —Podía oír como su propio corazón latía salvajemente. Podía sentir la desesperación en su propia mente y cuerpo como si cada célula necesitara de él confort y seguridad. Pero él le estaba cambiando la vida. Lo sabía instintivamente, sabía que la estaba advirtiendo, no tranquilizándola. Fuera lo que fuera lo que no le estaba contando era algo terrible. Así que simplemente se quedó allí contemplándole. Esperando.

Edward permaneció en pie un momento con aspecto curiosamente vulnerable y al siguiente su expresión era sombría, decidida. Pura arrogancia. La arrastró hasta sus brazos y tomó posesión de su boca. Ella saboreó una desesperada necesidad, una terrible hambre, y algo mucho más aterrador. Se entregó a él, aferrándose a él, devolviendo el hambre de su beso, tranquilizándole incluso mientras temía a donde la estaba él conduciendo. Arrastró las manos hacia arriba por su cuello, amasándole el pelo con los dedos.

—Cuéntame, Edward, ¿no puedes sentir lo mucho que te deseo? —Quería darle coraje para que le contara, darse a sí misma el coraje necesario para escuchar. Susurró las palabras en la boca de él, contra sus labios, manteniendo su cuerpo pegado a él.

Edward alzó la cabeza entonces, sus ojos negros brillaban. Cada centímetro de él parecía un alto y oscuro depredador.

—No puedes solo desearme, Isabella, tienes que amarme. —Había una finalidad en sus palabras, algo en su voz la advertía de que estaba en peligro.

Se quedó en silencio, escuchando al viento susurrarle, sintiéndola en su cara, su cuerpo.

La cara de él estaba inmóvil y tallada con una profunda pena que ella no podía comprender del todo. Parecía tan solitario como sus amadas montañas. Isabella alzó una mano hasta los labios de él, sus dedos alisaron gentilmente las líneas.

—¿Qué es, Edward? Dilo en voz alta, dilo aquí en la noche donde solo estamos nosotros dos, mientras estamos juntos. Ahora mismo.

Diminutas llamas rojas titilaron en las oscuras profundidades de los ojos de él. Sus dedos sujetaron la frágil muñeca, ligeramente, holgadamente, como si la encadenara esperando que huyera de él.

—Soy de la noche, Isabella, del viento y la tierra. Puedo volar como un águila o tomar la forma de un felino de la jungla. Mi gente es tan vieja como el propio tiempo. No soy humano.

Durante un momento Isabella se quedó perfectamente inmóvil, sin comprender, no queriendo aceptar lo que él decía. Parpadeó mientras las palabras se asentaban en su mente. Su mirada estaba fija en las llamas de esos ojos.

—Si no eres humano, Edward, ¿qué eres? —No debería haberle creído, pero sentía el peligro en él, el depredador, sentía sus diferencias. La forma en que actuaban los hermanos Denali de repente tenía perfecto sentido. Ellos sabían que era diferente. Y le temían.

No estaba huyendo de él, ni siquiera intentaba apartarse, pero Edward oía el palpitar de su corazón y veía la aprensión acumulada en sus ojos.

—Soy un Cárpato. Mi tierra natal original está en las Montañas de los Cárpatos. En el siglo trece, nuestro príncipe pidió voluntarios para ir a tierras distantes a proteger el mundo del mal que se extendía. Mis hermanos y yo éramos ya guerreros con mucha experiencia y respondimos a la llamada.

Se quedó muy, muy quieta. Las palabras "siglo trece" resonaban en su mente.

—Nos parecemos bastante a niños humanos normales en los primeros años de nuestras vidas. Cuando nos convertimos en adolescentes nuestros dones y talentos empiezan a emerger. Los mayores nos enseñan a cambiar de forma, a utilizar nuestros dones. En ese momento el sol comienza a convertirse en un problema para nosotros.

Tomó aliento agudamente, sus ojos nunca abandonaron la cara de él.

—Como me está pasando a mí. No es a causa del fuego, ¿verdad? —Cambiar de forma. Había utilizado el término casualmente, del mismo modo que había mencionado el siglo trece.

No estaba loco e Isabella deseaba que lo estuviera. Dio un paso involuntario hacia atrás, su mano subió para cubrir la marca que palpitaba en su cuello.

El sacudió la cabeza lentamente.

—No, Isabella, tu sensibilidad al sol no es a causa del fuego. Te atraje parcialmente a mi mundo, y no tengo más elección que traerte a él completamente. —Lo dijo muy tranquilamente, implacablemente, irrevocablemente. Sus ojos negros la estudiaban cuidadosamente. Le sentía en su mente, esa misma inmovilidad vigilante, juzgando su reacción.

Mantuvo su terreno, mirándole firmemente.

—¿Crees que simplemente voy a dejar que tomes el control sobre mí? —Sus palabras fueron suaves, como el viento nocturno, pero era una amenaza, la primera amenaza real que Isabella había hecho nunca en su vida. —Quiero a mi hermano y mi hermana, y nunca te permitiré apartarme de ellos. Espero que nos entendamos.

Él asintió, sus ojos muy negros, muy vacíos.

—Tienes fuertes dones, Isabella, pero no tienes ni idea del alcance de mi poder. Hablo en serio cuando digo que no tengo elección. No tienes ni idea de lo fuerte que es el empuje de la oscuridad, el insidioso susurro de poder. La llamada de sentir. Solo sentir. Algo tan pequeño que los humanos dan por hecho. Creía que no hay nada peor, pero no es así. Las emociones me bombardean; no puedo buscar el solaz de la tierra porque tú estás sobre tierra y mi alma clama por la tuya. No tengo ancla. No puedo aguantar mucho más. Es demasiado arriesgado.

Ella alzó la barbilla.

—No sé de qué estás hablando exactamente, Edward, lo admitiré, pero eso no importa, ¿no lo ves? Yo no importo, tú no importas, solo importan Alec y Alice.

Los dientes blancos brillaron en la oscuridad, la advertencia de un depredador.

—¿Crees que permitiré que intercambies nuestras vidas por las de ellos? —Su voz fue muy, muy baja.

El corazón de Isabella atronó dolorosamente y durante un momento apenas pudo respirar.

¿Realmente estaba amenazando a sus hermanos? Parecía invencible allí en la oscuridad y no sabía siquiera qué era, qué era capaz de hacer. Sentía el poder, sentía el poder aferrado a él, vibrando en el aire a su alrededor.

—¿Qué estás diciendo, Edward? No me gustan los rodeos.

La mano de él subió para enmarcarle la cara. Isabella se alejó antes de que los dedos pudieran rozarle la piel, antes de que su tacto pudiera inducirla a aceptar. La mano cayó a un costado.

—Soy incapaz de hacer daño a esos niños. —Dijo él suavemente, su voz fue un latigazo. —Son parte de ti. Les he ofrecido mi protección. Persistes en verme como tu enemigo cuando estás rodeada de enemigos reales.

Ella se quedó quieta con el viento rizándole el pelo y el corazón tan pesado como una piedra. ¿Su dolor o el de ella? Isabella no estaba segura de que no fueran lo mismo.

—Lo siento, Edward. —Se pasó una mano temblorosa por el sedoso pelo. —La tierra parece moverse bajo mis pies y honestamente no sé lo qué pensar. —Ondeó una mano para abarcar las montañas que los rodeaban. —Este es mi mundo. Este rancho, los chicos. Mi mundo entero. Lo que ocurre entre nosotros es aterrador. Me comporto de forma diferente a tu alrededor. No soy yo. Tienes que entenderlo. No soy lo que quieres.

Él le sonrió. Gentilmente. Tiernamente.

—Isabella. —Su nombre fue un dolor suave en medio de la oscuridad de la noche. —He esperado cerca de dos mil años por ti. Solo por ti. Sin esperanza, sin color o emoción. No puedo volver a un mundo vacío. Estás aquí delante de mí y este es nuestro momento. No permitiré que esto se me deslice entre los dedos. No puedes concebir al monstruo en el que podría convertirme sin ti. Lo sientes agazapado, observando, esperando incluso, pero no comprendes su potencial.

—Tienes la habilidad de hipnotizar con tu voz.

—No veo razón para negarlo. No te seduje con mi voz. Eres mi otra mitad, lo sientes, lo sé. Vivo en ti y tu necesidad es tan fuerte como la mía. —Se movió entonces, deslizándose, un depredador silencioso, sus brazos la acunaron contra su cuerpo y su cabeza oscura descendió hasta que su boca reclamó la de ella. Ardiente. Dominante. Hambrienta. Una urgente demanda.

En el momento su boca tomó la de ella, Isabella sintió las llamas lamiéndole la piel, dentro de la piel, profundamente dentro de su cuerpo. El calor se acumuló, un infierno feroz que convirtió su sangre en un líquido fundido que se acumuló bajo en su cuerpo y consumió su mente con un oscuro deseo del que nunca escaparía. Se movió a través de su cuerpo, malicioso, pecaminoso, un anhelo traicionero que profundizó y se extendió, hasta que estuvo consumida por la necesidad de tocarle, saborearle. Darle todo. Sus negativas desaparecieron, perdidas en el fuego de su ardiente boca y su cuerpo duro.

No era suficiente tener su boca soldada a la de ella, tenía que sentir el calor de su piel bajo las yemas de los dedos explorando cada músculo, cada hueco. No quería nada entre ellos, ni siquiera la fina capa de tela que amortiguaba la gruesa y dura evidencia de su deseo por ella. La oleada de poder vibró en el aire, tanta electricidad que crujió y chasqueó. La camisa de él flotó hasta el suelo mientras sus manos encontraban la cremallera de los pantalones. Tiró impacientemente de los ofensivos vaqueros, queriéndolos fuera de su camino, necesitando que desaparecieran. Una vez más el aire crujió y él quedó desnudo a la luz de la luna, los rayos plateados iluminaban los duros planos de su cuerpo. Parecía magníficamente masculino, una escultura masculina dedicada al puro placer carnal. Hecho para ella. Necesitado.

Isabella jadeó con respeto, recorriéndole con las manos, mientras profundamente en su interior la dolorosa necesidad floreció en un hambre feroz que la mordió y arañó hasta que su cuerpo rabió. Estaba compartiendo la mente de él, sabía que ambos estaban más allá del control, pero no le importaba. Le miró, sus ojos negros e implacables, ojos vivos con hambre y deseo, una lujuria insaciable que bordeaba la obsesión. Lo entendía; ella sentía lo mismo.

Edward separó las dos partes de su top de algodón haciendo que los botones salieran volando en todas direcciones. Sus manos se movieron hacia arriba para soltarle el pelo, tirándolo un lado para que yaciera indeseado junto a los pequeños botones redondeados. Sus manos se deslizaron hacia arriba por el torso, alzando los pechos mientras hundía la cabeza para festejarse en la suave y cremosa carne. El suave grito de Isabella quedó amortiguado cuando la boca de él se cerró sobre el pezón, húmedo, ardiente y succionó con fuerza. Un calor líquido en respuesta palpitó y ardió profundamente dentro de ella, una charca fundida de cautivada anticipación.

Las manos de Edward navegaron sobre la curva de sus caderas, apartándole los vaqueros del cuerpo, dejándola abierta a su hambrienta mirada. La oleada de poder llegó de nuevo cuando ella se sacó los zapatos de una patada e hizo a un lado sus ropas dejando su cuerpo piel contra piel con él.

—Tócame, Isabella. —Ordenó él suavemente, mientras sus dientes jugueteaban y raspaban a lo largo de la piel sensible. —Necesito tus manos sobre mí. Tócame.

Las manos de Isabella, trazando los huesos de las caderas, los bordes duros, los músculos definidos. Gimió cuando el cuerpo de él creció más lleno, más pesado, ante el roce de su piel.

—Quiero tocarte, Edward. —Respondió ella verdaderamente. Adoraba la forma en que él empujaba con su mente dentro de la de ella, las imágenes eróticas eran muy vívidas, muy gráficas.

La boca de él sobre su pecho entumecía su mente, convirtiendo su cuerpo en calor líquido, un fuego tan exquisito que deseó arder fuera de control, que solo podía arder fuera de control. Deliberadamente dejó que sus dedos danzaran a lo lago de la dura y gruesa longitud de él, acunando su peso en la mano, apretando gentilmente hasta que el aire abandonó sus pulmones y alzó la cabeza con un suave gruñido de placer animal.

No era suficiente, le quería de rodillas, a esta criatura de oscuro poder, un maestro de la seducción que había dejado su marca profundamente dentro de ella haciendo que ningún otro tuviera posibilidad de tomar su lugar. Quería que sintiera lo mismo que él le hacía sentir a ella.

Tan cerca del fuego que ardía en él. Isabella capturó sus caderas, arrastrándole más cerca de forma que la calidez de su aliento le hizo apretar los dientes. Su lengua le saboreó, un lento y seductor remolino, deliberadamente íntimo, siguiendo los lisos contornos de suave terciopelo, explorando el grueso nudo mientras los dientes mordisqueaban como si pudiera morder. No tenía una idea real de que hacer, pero podía seguir las instrucciones de la mente de él, y la guía de sus manos.

Cada respiración rasgada le daba coraje.

Las manos de él la cogieron del pelo, el gruñido profundizó en su garganta. Le quería de este modo, al borde de la violencia, desenfrenado, allí en medio de la noche con las estrellas desparramadas en lo alto y el poderoso cuerpo temblando a causa de ella. A causa del sedoso calor de su boca, apretada y húmeda, tomándole como finalmente le tomaría su cuerpo.

Profundamente, succionándole como él había hecho con ella. Su cuerpo le pertenecía, para su placer, llevándole a un punto febril, capaz de arrancarle gruñidos guturales y sentir su cuerpo empujar impotentemente en ella. Los puños le apretaron el pelo, arrastrando su cabeza más cerca mientras ella deliberadamente le conducía al borde del delirio.

Él dijo algo, algo ardiente y erótico, tirando de su cabeza hacia arriba para encontrar su boca con la de él. Ondeó la mano y una manta de espesa hierba se tendió bajo ella mientras la empujaba hacia atrás sobre el suelo, siguiéndola con su cuerpo duro. Haciendo sus piernas, tiró de ella haciéndola abrir las piernas de par en par, dejándola abierta y vulnerable a él. Arrodillándose simplemente tiró de las piernas sobre sus amplios hombros y se inclinó para encontrar el ardiente y húmedo centro con su lengua ondeante.

El cuerpo de Isabella explosionó, se fragmentó, meciéndose y corcoveando entre las manos de él. Gritó, sus dedos aferraron los tallos de hierba en busca de algo, cualquier cosa a la que aferrarse.

—No lo bastante. —Dijo él suavemente, impacientemente. —Otra vez, Isabella, una y otra vez y la siguiente vez di mi nombre. Tienes que saber quién soy. Dilo. —Era una orden, una amenaza. Su boca encontró de nuevo la de ella, enterrada profundamente, acariciante, juguetona.

Muy delicadamente deslizó un dedo sobre ella, dentro de ella. Al momento su cuerpo volvió a responderle, haciéndola girar fuera de control haciéndola jadear pidiendo misericordia, desgarrando la hierba en busca de un ancla.

Él dejó el dedo profundamente en su interior, empujando más de forma que la palma se presionara contra el calor de su entrada. Se inclinó para besar el estómago plano, los dientes mordisquearon, la lengua se arremolinó sobre la peculiar marca de nacimiento. En respuesta los músculos de ella se tensaron firmemente alrededor de su dedo.

—Eso es lo que necesito sentir, meu amor, quiero que me necesites más. Más aún. —Observando su cara insertó un segundo dedo, estirando su apretada vaina, presionando más profundamente en ella mientras inclinaba la cabeza hacia el pecho que empujaba tan tentadoramente hacia él. El cuerpo de Isabella se estremeció en respuesta, bañando los dedos en un cremoso ardor, tensando y apretando, ondeando de vida.

—Edward. —Jadeó su nombre. Dolorida. Necesitada. Ardiente.

Le golpeó ligeramente el pecho, chupando su carne, empujando los dedos profundamente, retirándolos, empujando de nuevo. Hubo satisfacción en el grito de ella cuando sus movimientos provocaron un orgasmo incluso más salvaje. Isabella casi sollozaba mientras su cuerpo golpeaba contra la mano.

Edward se inclinó sobre ella, presionando su cuerpo palpitante contra el de ella, grueso y duro, deseando que ella le sintiera.

—Aún no, Isabella. ¿Quién soy? Di mi nombre, nómbrame. Dime que quieres de mí. Solo yo. Nadie más, solo yo. —Su voz era el arma de un oscuro hechicero, suave terciopelo, una seducción a los sentidos, ronca por su propia hambre oscura. Jugueteó con la lengua sobre el pezón de ella, sus dientes rasparon el pulso, arremolinándose en una caricia mientras sus dedos la estiraban incluso más, hundiéndose más profundamente en su centro.

Los ojos de Isabella se bañaron de lágrimas.

—No puedo hacer esto, no puedo más. Es demasiado. —Su cuerpo estaba vivo con miles de terminaciones nerviosas, diminutos puntos de placer inundándola hasta el punto del dolor.

—Sí, puedes. —Sus dientes juguetearon en el pulso del cuello de Isabella, el aliento fue cálido en su oído. —Déjate ir, entrégate a mí, en todos los sentidos, con todo lo que eres. No aceptaré nada menos. Toda tú. Me deseas. Me necesitas del mismo modo que te necesito yo. Tu cuerpo necesita el mío.

El aliento de Isabella quedó atascado en su garganta y la sensación de la boca de él contra su piel fue casi más de lo que podía soportar.

—Sí, Edward, ahora. —Se atragantó con las palabras mientras su cuerpo se ondeaba y estremecía subiendo de nuevo en una espiral fuera de control.

Él le atrajo las piernas alrededor de su cintura, empujando las caderas contra ella, manteniéndole los muslos abiertos para acomodar su gran cuerpo mientras presionaba en su ardiente, húmeda y acogedora vaina. Un suave sonido escapó de la garganta de ella cuando empujó en su interior. Incluso con los dedos preparándola, estirándola, su cuerpo era apretado y se resistía contra su gruesa y dura longitud.

—Todo yo, querida, tómame todo. —Urgió él suavemente, insistentemente. Su hermosa voz era ronca de deseo, su cara estaba tallada de deseo y hambre, sus ojos ardían con intensidad.

Ella gritó, su voz se esparció por el cielo cuando profundizó la estocada, uniendo sus cuerpos. Era su nombre, su mente estaba llena de él y su alma le reclamaba mientras tomaba posesión de su cuerpo. El alivio fue rápido y feroz, alcanzándola como un tren de mercancías antes de que pudiera tomar aliento.

Edward no tuvo piedad, empujó hacia adelante, enterrándose profundamente mientras la feroz fricción crecía una y otra vez, intensa y ardiente, una tormenta de fuego que los consumió a ambos. La necesitaba toda, la esencia de ella fluyendo en sus venas, y deliberadamente se inclinó hacia adelante, sabiendo que los ojos de ella estaban fijos en su cara, deseando que viera quién era, que supiera qué era él.

.

.

.

Que. Fuerte.

¿Qué les pareció el cap? Hoy estuve de malas (lo que llevo de la mañana) porque los de la uni se hicieron bolas con las reinscripciones y estoy haciendo un montón de papeleo por correo… así que para relajarme un rato decidí editar un cap jajaja

A demás de que estoy editando en oneshot en el que estoy trabajando… ya casi lo termino jajajaja

No olviden dejar un comentario, me anima saber de ustedes.

¡Nos leemos pronto!