No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.
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Isabella leía el hambre en los ojos de Edward, la llama depredadora saltando a la vida.
Había una cierta fascinación impotente en observar los colmillos alargarse en su hermosa boca, sus dientes blancos brillando mientras la cabeza descendía lentamente hacia su cuerpo. Las caderas de él se movieron, una dura y larga estocada que la dejó jadeando incluso mientras sus dientes jugueteaban en su pulso. El corazón le saltó, el cuerpo se tensó alrededor de él, sus músculos se apretaron. Su respiración pareció detenerse. Su cuerpo pareció arderle en llamas.
Los dientes se hundieron en ella, un látigo ardiente de dolor, de placer, un relámpago que danzó a través de su cuerpo, aumentando sus sentidos, tan erótico que atravesó su cuerpo fragmentándolo en pequeños pedazos. El pelo de él le rozó la piel como sedosas lenguas, su cuerpo la estaba tomando salvajemente, la fricción era tan exquisita que las lágrimas asaltaron sus ojos y solo pudo yacer bajo él, sus caderas alzándose para encontrarse con él en cada frenético empuje.
Él era todo para ella en ese momento, le pertenecía a ella, su cuerpo, su mente, su corazón y alma. Le aceptaba como ninguna otra podría hacerlo nunca. La parte salvaje e indomable de él que era puro depredador, el hombre revestido del fino barniz de civilización, la criatura de la noche que debía obtener sangre para sobrevivir. Y él la aceptaba a ella, el que su naturaleza le exigiera cuidar de su hermano y su hermana, cargar con la responsabilidad del rancho, sus extrañas diferencias, la telequinesis, los accidentes de su juventud, los fuegos, el rígido control que mantenía sobre sí misma. Total, incondicional aceptación.
La lengua de Edward recorrió los diminutos pinchazos y cerró su boca sobre la de ella, compartiendo su sabor exótico, compartiendo su necesidad, mientras las llamas empezaban a arder fuera de control, sobre ellos, a través de ellos. La sintió apretarse, tensarse, y rugió con su propio alivio, sus manos la aferraron posesivamente mientras el cuerpo de ella le llevaba más allá del límite de todo control, toda razón. Toda cordura.
Isabella yacía bajo él, consciente del palpitar combinado de sus corazones latiendo exactamente al mismo ritmo. Consciente de la espesa alfombra de hierba bajo ella que no había estado allí antes. Consciente de las estrellas que brillaban en lo alto como una canopia de joyas.
Consciente del cuerpo duro, todavía unido al de ella. No podía moverse, su cuerpo estaba tan saciado, tan completamente drenado que se sentía en paz, serena en medio de la violencia de su unión. Isabella estaba relajada, a pesar del sexo tan intenso como para sacudir la tierra y las revelaciones que él había hecho tan casualmente.
Fue Edward quien se movió primero, liberando su cuerpo del de ella, apartando su peso. Sus manos le enmarcaron la cara, manteniéndola inmóvil mientras inclinaba su oscura cabeza. La besó gentilmente, tiernamente. Saboreó el filo de hambre en él. Una débil sonrisa curvó su boca.
—Aparta antes de que me mates.
—De nuevo. —Dijo Edward suavemente, una exigencia. Una orden. La necesidad de introducirla en su mundo era un monstruo viviente en su mente y en su cuerpo. Sabía que quería que ella le aceptara, pero si no lo hacía, si la persuasión no funcionaba, tomaría lo que era suyo y al demonio con las consecuencias. —Te deseo de nuevo.
Isabella se retorció alejándose de él, empujándose hacia arriba con manos y rodillas en la suave alfombra de hierba en un esfuerzo por levantarse.
—Me estás matando, no puedo, no puedo moverme. —Su cuerpo se estremecía con temblores secundarios, tenía la boca magullada por sus besos.
Él se movió con una velocidad cegadora, un gran felino abatiendo a su presa, su cuerpo cubrió el de ella, sus brazos le rodearon la estrecha cintura, atrayendo sus caderas hacia atrás contra él. Los músculos firmes del trasero de Isabella se presionaban firmemente contra su pesada erección haciendo que creciera incluso más.
—Nunca tendré suficiente de ti, ni en todos los largos siglos que vendrán. —Inclinó la cabeza hasta la línea lisa de la espalda femenina, dejando un rastro de besos a lo largo de su espina dorsal. —Esto es para siempre, querida, ¿puedes sentirlo? ¿Lo adecuado que es? Lo perfectamente que encajamos. —Edward cerró los ojos y lentamente se introdujo en ella, centímetro a centímetro. Le asombró lo apretada que estaba, lo ardiente, como sus músculos aunque delicados todavía le aferraban, ordeñando su cuerpo con la pericia natural de una auténtica compañera.
Isabella se entregó a sí misma completamente, sin inhibiciones, moviéndose con él, encontrando cada poderoso empuje y estocada con una propia. Era imposible pensar, mantener nada en su mente cuando solo había espacio para pura sensación. Su cuerpo tenía mente propia con él, moviéndose en perfecto ritmo mientras el relámpago danzaba y crujía y la electricidad se arqueaba a través de ella. Era la primera vez en su vida que estaba completamente fuera de control, entregándose a él, vertiendo en él todo lo que era, por él, por sí misma. Sintió como su cuerpo se apretaba alrededor de él, la impactante liberación que llegó en una serie de interminables sacudidas, fragmentando cuerpo y alma. El único ancla segura eran los brazos de Edward mientas la abrazaba firmemente, su cuerpo y su alma remontándose con las de ella.
Isabella se colapsó hacia adelante, sobre el estómago, exhausta, incapaz de moverse, sus dedos apuñaban la alfombra de hierba.
—Ya que eres tan, tan viejo, no es posible que esto sea bueno para tu salud. —Giró la cabeza ligeramente para mirarle, sus ojos danzaban de risa. —¿Alguna vez se ha registrado una muerte por exceso de actividad sexual?
Se tendió sobre ella, con la cabeza junto a la suya. Sus ojos negros brillaban de diversión.
—No creo recordar un evento semejante, pero si quieres, podemos intentarlo.
Las pestañas de ella fluctuaron.
—No puedo moverme. Creo que me quedaré aquí mismo en esta hierba inexistente, que, por cierto, está muy fría. ¿Puedes convertir mi césped delantero, ese feo parche marrón, en esto? —Palmeó la hierba con sus manos apretadas.
Él le besó el hombro, saboreando la sensación de su pequeño y suave cuerpo bajo él, la impresión de su trasero firme, su estrecha cintura. Podría vivir para siempre enterrado profundamente dentro de ella, su cuerpo bajo el de él.
—Puedo ordenar a la tierra que se mueva para ti, o traer la lluvia si la necesitas.
—Déjame recoger mi heno primero. —Dijo ella pragmáticamente. Giró la cabeza para mirarle. —¿Qué eres, Edward, eres un vampiro?
Él movió su peso para yacer tranquilamente junto a ella, sus brazos la llevaron con él. No había miedo en la mente de ella. Deliberadamente la había permitido verle en su auténtica naturaleza depredadora y aun así no temía lo que pudiera ser él. Frotó la nariz contra su cuello.
—No soy el no—muerto, Isabella; soy un Cárpato, y una vez unido a ti no hay posibilidad de que pueda convertirme en semejante criatura malvada.
—¿Crees que puedes convertirte en un vampiro honesto como Dios manda? —Abrió los ojos de par en par estudiando su cara, aunque no movió ni un músculo, demasiado cansada para hacer el esfuerzo.
—Existe tal monstruo. Nuestros hombres pueden convertirse en vampiros y hacer presa sobre la raza humana, y sobre nuestra propia especie. Son enteramente malvados y deben ser destruidos. Tenemos cazadores en cada tierra. —Su mano le encontró el trasero, necesitando tocarla mientras le hablaba de su mundo. Sus dedos empezaron un lento y tranquilizador masaje.
—Hay un vampiro en alguna parte cerca en esta región. Los he cazado toda mi vida, y le siento. Son capaces de matar y de los actos más viles.
—¿Erik? —Contuvo el aliento, esperando. Si no hubiera visto los colmillos de Edward alargándose, si no hubiera leído su mente, pensaría que ambos estaban locos.
Él inclinó la cabeza y mordisqueó la suave extensión de carne haciéndola saltar bajo sus afilados dientes.
—Erik no. Un vampiro le habría matado... de forma distinta. Pero el vampiro tuvo algo que ver. Carlisle, mi hermano, está demasiado cerca de convertirse para permitirle esta caza. Necesita volver al bosque pluvial, cerca de mis otros hermanos donde podemos ayudarnos los unos a los otros.
—¿Por qué estaría cerca de convertirse? ¿Quieres decir convertirse en vampiro? —Isabella no pudo evitar el repentino recuerdo de Carlisle invadiendo su mente, de sus ojos fríos y su expresión despiadada. En ese momento de toque de mentes, supo que Carlisle Cullen estaba tan cerca de una máquina de matar como ella nunca querría ver. El corazón le golpeó dolorosamente en el pecho. Había tocado la mente de Edward y una gran parte de él se parecía mucho a Carlisle.
—Isabella. —Dijo él gentilmente. —Te cuento estas cosas para aliviar tus temores, no para aumentarlos. Nuestros hombres pierden las emociones y colores después de doscientos años. Existimos, pero no vivimos. Yo fui enviado fuera a matar al vampiro, pero cada vez que llevamos a cabo una muerte, el susurro de oscuridad nos llama con más urgencia. Cuando la muerte se lleva a cabo al tomar sangre, sentimos. Para alguien con emociones, eso no es nada, pero cuando no sientes nada, siglo tras siglo, lo es todo. No quiero que Carlisle mate.
—¿Y qué hay de ti, Edward?
—Tú eres mi ancla. Evitarás que me convierta. Es mucho más seguro para mí que para Carlisle. —Se inclinó sobre ella. —¿Por qué me estás creyendo con tanta facilidad? ¿Cómo puedes aceptar las cosas que te cuento tan fácilmente, sin temor?
—Porque te he tocado, Edward. He mirado en tu mente y tocado tus recuerdos. No puedes ocultarme algo tan intenso cuando estás compartiendo mi mente. Admito que no entiendo todo lo que he tocado, pero no eres un asesino de humanos. Y eres poder... las cosas que puedes hacer son mucho más extremas que las que puedo hacer yo. —Descansó la cabeza sobre sus brazos. —En cierto modo, es muy reconfortante. —Sentía las manos de él moviéndose sobre su trasero, sus dedos masajeándole los músculos, aliviando su cuerpo deliciosamente magullado incluso profundamente en su interior, acumulando un calor que sentía pecaminosamente malvado.
Estaba demasiado relajada, demasiado saciada como para que le importara.
Yacer bajo las estrellas sin una hebra de ropa, con los dedos de él marcando su cuerpo y dejando rastros de su posesión en cada centímetro, proporcionaba una lujuriosa y primitiva satisfacción. Podía sentir el peso de sus ojos, la ardiente intensidad que llenaba el terrible vacío de su interior. Por un momento pensó en cómo sería su vida cuando él se fuera, cuando volviera a su propia tierra, y el corazón casi le dejó de latir. La respiración abandonó sus pulmones en una terrible ráfaga. Se quedó muy quieta. Esta noche tendría que durarle para siempre.
La mano de él se enredó en su pelo.
—Esta noche quiero mostrarte mi mundo para que entiendas por qué no tengo más elección que hacer las cosas que hago.
Su tono la advertía. Un suave terciopelo, pero había acero en él. Algo implacable, algo inamovible.
—¿Por qué tengo el presentimiento de que esto no me va a gustar? —Hizo un supremo esfuerzo por volverse para poder mirar arriba a las brillantes estrellas esparcidas sobre su cabeza. Cuando la mano de él se extendió hacia la suya, entrelazó los dedos. —No puedes estar bajo el sol, ¿verdad, Edward? Por eso los hermanos Denali estaban preocupados esta mañana cuando viniste a ayudar a luchar contra el fuego... el sol había salido. —Se recostó contra él para rozarle el hombro con la boca. —Sufriste por quedarte y reconfortarme, ¿verdad?
—Tenía que estar contigo, Isabella. —Su voz era ronca, tocándola profundamente en su interior como había hecho su cuerpo. —No puedo soportar tu infelicidad. Y si estás en peligro, no puedo hacer otra cosa que cuidar de tu seguridad. El dolor es parte de la vida; aprendes mucho en siglos de vida. El dolor es momentáneo, pero soportar cada momento de una existencia yerma es intolerable. No puedo volver a semejante cosa. Estaba más cerca de convertirme de lo que había creído. Lo sé porque ahora lo siento en mi hermano Carlisle. Tú lo sientes en él. Su oscuridad cuando está tan cerca de ti. Te asusta... leo tu recuerdo de tu encuentro con él.
Isabella sabía que le estaba diciendo mucho más de lo que ella oía, de lo que estaba entendiendo. No tocó su mente, prefiriendo permitir que su cerebro procesara la información a su propio paso. No quería tenerle miedo, no ahora cuando su cuerpo vibraba con miles de sensaciones, cuando estaba más relajada y feliz de lo que había estado en toda su vida.
—Por si nunca lo vuelvo a decir, Edward, gracias por esta noche. Gracias por preocuparte lo suficiente como para prestarnos el dinero para salvar el rancho. Y gracias por aceptarme como soy, por hacerme sentir aceptada.
—Eso me suena a despedida, Isabella. —Su voz era gentil. —¿Se te ha ocurrido preguntarte por qué tu piel se quema al sol? ¿Por qué tus ojos son tan sensibles? ¿Por qué necesitas dormir en medio del día?
Ella se sentó enderezándose, con la palma de la mano sobre la oscura marca de su posesión. Podía oír el repentino palpitar de su propio corazón, ruidoso en el silencio de la noche.
Hacía que sonara como si se estuviera convirtiendo en lo que era él.
—¿Tomar mi sangre haría eso? ¿Qué estás diciendo? —Aplastó el pánico, luchando por mantener la calma. Había algo aterrador en la forma en que esos ojos negros recorrían su cuerpo. Miró alrededor en busca de su ropa, sintiéndose de repente más vulnerable que nunca.
—Tomar tu sangre no te afectaría así. Existimos con la sangre de otros. Las mujeres con las que crees que me he acostado no revisten ningún interés para mí más que como presa. —Pronunció las palabras bruscamente, estudiando su reacción atentamente. —Si has estado en mi mente, sabes que me alimento de los humanos. — Alcanzó su camisa, sintiéndose más amenazada que nunca. La mano de él la cogió por la cintura, manteniéndola inmóvil. Su mirada era muy directa, muy negra mientras le recorría pensativamente la cara. —Tu lugar está conmigo, Isabella. Esta noche nos ha probado eso a ambos.
Había una enorme fuerza en su apretón. Más que en los dedos que se cerraban como grilletes, era la sensación de freno, como si fuera una prisionera, no una amante. Tragó el nudo apretado de miedo que fluía hacia arriba.
—Suéltame.
—Hace un momento me agradecías esta noche, ahora me temes.
—Tengo razones para temerme. —Señaló ella y esperó a que él lo negara. La mirada de Edward no abandonó su cara.
—Lo supiste la primera vez que me viste, pero eso no evitó que me desearas. ¿Alguna vez te has preguntado por qué?
Cometió el error de forcejear. Isabella no sabía por qué lo hacía. Edward era el tipo de hombre que respondería agresivamente a una lucha y era mucho más fuerte. Se encontró yaciendo en la espesa mata de hierba, mirando fijamente hacia la piedra tallada que era la cara de él. Juraría que había oído un gruñido retumbar en su garganta, y sus ojos llamaban con fuego.
—No hagas eso. —Siseó él. Subió la mano hacia arriba para extenderla a lo largo de la delicada garganta e inclinó la cabeza lentamente para presionarle un beso en la comisura de la boca. —Nunca te haría daño, Isabella. Nunca. Soy incapaz de hacerte daño.
Tomó aliento. Lo dejó escapar. Obligando a su mente a alejarse del pánico.
—Te di aceptación, Edward. Admito lo que eres. ¿Por qué me asustas deliberadamente de este modo? ¿Qué más quieres de mí? ¿Crees que me tiendo en el campo con cualquier hombre que aparece? He hecho cosas contigo que nunca pensé que haría. Te dejé hacerme cosas que nunca consideraría hacer con ningún otro hombre. Incluso te permití tomar mi sangre. Observé como se alargaban los colmillos en tu boca y te dejé hundirlos en mí.
La boca de él se movió sobre el punto en su cuello. La lengua se arremolinó allí.
—Y resultó erótico, ¿verdad? —Inclinó la cabeza hacia la marca del pecho. —Lo quiero todo de ti. Me estás dando solo una parte de ti y me niego a aceptar eso.
—Eso es todo lo que tengo para darte. Lamento que no sea suficiente para ti, pero sabías que tenía responsabilidades cuando te metiste en esto. Te dije que no cambiaría el futuro de Alice y Alec por nada del mundo.
La lengua lamió su marca en ella. Alzó la cabeza, sus ojos negros brillaban.
—¿Y qué crees que haría un vampiro a Alice y Alec?
Por alguna razón, inesperado, llegó el recuerdo de estar atrapada en la mina con un monstruo vivito y coleando. Había estado tan atrapado como ella, aplastado bajos los escombros, pero arañando el polvo para acercarse a ella. Recordó el sonido del siseo y el gorjeó, los ojos brillantes, demoníacos en la oscuridad de la mina. El hedor había sido horrible, la maldad permeando el pozo de la mina que la ponía enferma. Inadvertidamente había quemado a la cosa, el miedo provocó llamas que lamieron el cuerpo atrapado haciendo que este gritara horriblemente. Todavía se despertaba con pesadillas, empapada de sudor, oyendo los ecos de esos gritos. ¿Había sido un vampiro? ¿Podría haberse encontrado con uno en su juventud? Alice y Alec nunca sobrevivirían a semejante criatura.
—Los protegeré. —Susurró ferozmente. —De ti, de tu hermano, de los hermanos Denali, y de un vampiro si es necesario. Déjame levantarme, Edward, lo digo en serio.
Él no se movió, sus amplios hombros bloqueaban el cielo, sus pesados músculos la rozaban la piel provocando que cada terminación nerviosa del cuerpo de Isabella volviera a la vida. Si era posible, sus ojos se oscurecieron más, robándole el aliento.
—No cierres los ojos a lo que hay entre nosotros. Te dije que lo obtendría todo de ti y lo dije en serio. Si te beso y tomo tu cuerpo ahora mismo, cuando tienes miedo y estás enfadada conmigo, me dejarás porque me deseas. Me necesitas del mismo modo que yo te necesito a ti. —Se inclinó acercándose para que su aliento le tocara la boca. —No estás completa sin mí. Por eso me permites tener tu cuerpo, Isabella. Es la única razón. Me necesitas. Desearías que el sexo fuera suficiente, pero no es suficiente y nunca lo será.
—¿Entonces qué? —Le formuló la pregunta tranquilamente, sin rendir su mirada desafiante. No cambiaría a los chicos por su propia vida. Fue lo que fuera lo que él le estaba pidiendo, el precio era demasiado alto.
—Voy a llevarte completamente a mi mundo.
Isabella podría haberlo esperado. Había considerado brevemente que pudiera pedírselo, pero la forma en que lo había dicho con su dura e implacable resolución resultaba aterradora. Oír las palabras en voz alta era muy diferente a dar vueltas a la idea, aunque fuera brevemente, en su propia mente. Durante un momento se quedó paralizada, yaciendo bajo él como un sacrificio. Su cuerpo la había traicionado hacía mucho, suave y complaciente, perteneciéndole, vivo bajo sus manos, bajo su cuerpo, listo para él incluso mientras la mantenía cautiva.
—¿Qué me has hecho? —Ni siquiera se reconocía a sí misma. Podría tomarla allí mismo, en medio de su miedo, con el corazón roto y lo disfrutaría. —Esto no es amor, Edward. No importa lo que creas, no es amor.
—Para mí es amor. —Sus manos alisaron la piel desnuda, dando forma a sus curvas, sintiendo su respuesta a él. —Tienes mi cuerpo y mi alma. Lo tienes todo de mí. Yo lo quiero todo de ti. No tomaré menos.
—¿Qué has hecho? —Repitió ella, negándose a ceder a la histeria.
—Para traer a una compañera humana completamente a nuestro mundo se requieren tres intercambios de sangre. La mujer debe ser psíquica, lo cual eres tú.
Le miró con horror.
—¿Intercambiaste sangre conmigo?
—Por supuesto. Eres mi compañera. Es natural. Te convertiste en la misma sangre en mis venas como yo en la tuya.
Cerró los ojos brevemente para bloquear su visión.
—¿Me diste tu sangre? —Era un susurro, quizás incluso una súplica. No quería que fuera verdad, pero sus ojos habían ardido a la luz del sol y su pie se había ampollado. Su mente necesitaba tocar la de él y todavía lo necesitaba. —Maldito seas, Edward, no tenías derecho a darme tu sangre. Sabías que tengo un rancho que llevar. No tenías derecho a tomar decisiones por mí arbitrariamente. No me importa lo que eres, tengo derechos y tú te limitas a pisotearlos. ¿Cuántas veces? ¿Cuántas veces lo has hecho?
—No me juzges según tus estándares humanos, Isabella.
Empujó la pared de su pecho.
—Quítate de encima, demonios. Quítate de encima o gritaré hasta que alguien me oiga y venga corriendo. —Estaba furiosa, más furiosa que temerosa de él.
—¿Crees que permitiría que nadie te apartara de mí? Soy más animal que hombre. Más monstruo que guardián. Soy capaz de cosas que no puedes concebir.
—¿Y crees que diciéndome esto fomentas tu causa? —Empujó de nuevo. —¡Quítate de encima!
Con una mano la sujetaba por las muñecas y tiró de sus brazos sobre la cabeza.
—Bésame, Isabella.
—Vete al infierno, Edward. No me importa lo que me hagas. No hará diferencia. Yo decido mi destino, no tú.
Él se inclinó hacia su boca. Isabella giró la cabeza apartándose y le mordió el hombro con fuerza. Al momento el calor llameó entre ellos. El fuego corrió a través de su cuerpo. Era enloquecedor y perverso y no quería entregarse a ello. Edward besó su camino hacia abajo por la garganta hasta los pechos. Su boca era firme y cálida y raspaba con los dientes a lo largo de su tierna piel, añadiendo un borde de dolor al placer. Su cuerpo reaccionó con más calor. Más fuego. Con urgentes demandas. La presión se acumuló rápida y aguda, profundamente dentro de ella, necesitando alivio.
Edward se negó a dárselo, atendiendo los pechos con su boca ardiente, masajeando con las manos, tomando pequeños pellizcos con los dientes y pasándole la lengua por encima. La sostuvo con facilidad mientras ella le arañaba la espalda, sus caderas intentando frenéticamente alinearse con el cuerpo de él en busca de alivio. Deliberadamente alimentó el frenesí sexual en la mente de ella, aumentando su placer, compartiendo el propio. Lo que se sentía el tener la piel de ella contra la suya, moviéndose bajo él como satén y piel. Lo que se sentía el tomar su pecho en la boca, acariciar su cuerpo hasta que clamó por él. Compartió la sensación de sujetarla bajo él, hacer su voluntad con su cuerpo, un cuerpo que le pertenecía. Compartió lo que le hacían sentir sus uñas en la piel, sus manos amasándole el pelo, deseándole, deseando más.
Besó su camino hacia abajo por el estómago de Isabella, sus manos le masajearon los pechos, su muslo la retenía en el lugar. Ella sollozó cuando zambulló el dedo profundamente en su centro húmedo. Se movió contra su mano, pero él se negó a permitirle alivio. Le maldijo, arrastrándose hacia él, pero sacudió la cabeza, deseando que supiera como era, la terrible hambre de su interior cada vez que la miraba. Las necesidades, oscuras e intensas, esas que bordeaban la locura cuando creció duro y grueso y necesitó el cuerpo de ella bajo el suyo. No quería que acudiera a él inconsciente de su naturaleza exigente. Intentaría aprender a ser tierno por ella, pero sabía exactamente como era e insistiría en que ella se siguiera el ritmo.
—Entrégate a mí. —susurró, arrastrándole las piernas para colocárselas alrededor de los hombros. Sus ojos brillaban como obsidiana negra cuando se encontraron con los de ella.
Después bajó la cabeza hacia su centro ardiente y anhelante.
Isabella gritó, arañándole la espalda tirándole del pelo.
—Lo hice. Lo hago. —Suplicó cuando se detuvo después de un rato, manteniéndola balanceándose al borde de la liberación.
—Estoy tomando lo que es mío. —Replicó él. —Hay una diferencia.
—Estás siendo un bastardo. —Señaló ella y gritó de nuevo cuando deliberadamente él renovó su ataque.
Cuando estuvo sollozando, segura de no poder soportar más, le levantó las piernas más alto, sujetándole firmemente los tobillos mientras empujaba con fuerza dentro de ella. Una larga y profunda estocada de posesión. Se enterró dentro de ella, más profundo de lo que nunca había estado, forzándola a tomarle todo. La llenó, empujando a través de los suaves y magullados pliegues, húmedos y acogedores, ardientes de deseo. En la posición en la que la mantenía no podía moverse, solo podía alzar las caderas para intentar encontrar los duros y profundos empujones de él. El fuego rabiaba en su sangre, quemando en su estómago. El trueno rugió en su cabeza. Era tan ardiente y apretada que pensó que explotaría. Su cuerpo ya no era suyo, sino parte del de ella y se sacudió con el placer y el dolor de su enérgica unión.
—Te reclamo como mi compañera. —Mordió las palabras, jadeándolas en voz alta, mientras se introducía en el apretado canal, una y otra vez, y otra y otra, deseando no parar nunca. La feroz conflagración ardía fuera de control, extendiéndose como una tormenta de fuego que le atravesaba. —Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Te doy mi protección, mi lealtad, mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Tomo en mí los tuyos para cuidarlos.
Estaba matándola de placer. Las oleadas colisionaban sobre ella, a través de ella. Llegó al climax tantas veces, con tanta fuerza, que se estremeció mientras las sensaciones la desgarraban. Mientras le oía hablar sintió un curioso retortijón en el corazón. En el alma. Como si algo los estuviera entretejiendo juntos dentro de ella. Como si su feroz acto de amor y sus palabras combinadas los soldaran como una sola persona completa.
—¡Alto! —El pánico fluyó. Él le sostenía los tobillos firmemente, manteniéndola abierta, destrozándola, separándola para rehacerla tan completamente que nunca habría forma de volver atrás, a lo que había sido.
Implacablemente empujó dentro de ella, una y otra vez, con crueles, ardientes y duras estocadas, cada una diseñada para conducirle más profundamente, para atarla a él de cualquier forma posible.
—Tu vida, tu felicidad y bienestar serán apreciados y colocados sobre los míos propios todo el tiempo. Eres mi compañera, unida a mí por toda la eternidad y siempre a mi cuidado.
Isabella vio su cara, las sensuales líneas profundamente talladas, la convicción e implacable resolución, y supo que había hecho algo terrible. Lo sintió. Lo supo. Lo vio en el brillo negro de sus ojos, en la dureza de su expresión incluso mientras la hacía perder la cabeza de puro placer. Sintió como el cuerpo de él endurecía y hacía más grueso en su interior. Le vio echar hacia atrás la cabeza y captó el destello de sus colmillos blancos mientras gritaba roncamente, bombeando dentro de ella, llenándola, enviando su cuerpo a un orgasmo salvaje que la fragmentó en un millón de pedazos.
Después de un rato fue consciente de estar tendida en la hierba con las piernas extendidas, en el aire, mientras los dedos de él le rodeaban los tobillos como grilletes. Tiró para liberarse. La respiración de Edward era jadeante, igual que la de ella. Lentamente soltó su apretón sobre ella y le bajó las piernas hasta el suelo antes de derrumbarse sobre ella.
Isabella yació bajo Edward. El corazón le palpitaba tan fuerte que temía que le atravesara el pecho. Su cuerpo continuaba sacudiéndose con temblores, el placer la destrozaba de forma que no podía moverse, en vez de eso yacía tumbada en la hierba temiendo que el terrible anhelo de las necesidades sexuales de él se hubiera establecido en ella. Nunca podría encontrar a nadie más que hiciera esto a su cuerpo y alma. ¿Cómo podría tenderse despierta en la noche y no sentir las manos de él sobre su cuerpo? ¿No sentirle hundirse en ella una y otra vez hasta que ambos gritaran pidiendo misericordia? Las lágrimas ardieron, pero no sabía si era por el puro éxtasis o a causa de un profundo deseo que calaba hasta los huesos y que solo Edward podía apaciguar.
—¿Te he hecho daño? —Edward no creía que pudiera encontrar nunca la fuerza necesaria para volver a levantarse. Sus dedos le rozaron gentilmente las lágrimas.
—No sé. No lo sabré hasta dentro de unas horas. —Estaba deslumbrada por los colores del cielo, las estrellas y la luna y las variaciones que nunca había notado. Su cuerpo cantaba, todavía aferrado a las secuelas de su frenética unión.
Él alzó la cabeza de sus pechos y la miró a los ojos.
—Eres una mujer muy testaruda.
—Y tú un hombre muy creído. —Le apartó sedosos mechones de pelo negro de la cara. —No te gusta que nadie te diga que no, ¿verdad?
Una pequeña sonrisa le curvó la boca.
—No hay razón para decirme que no. Y especialmente no quiero que tú me digas que no. Eres mi mujer. Mi compañera.
—Pero eso no significa propiedad. —Le dijo ella. Sus dedos eran gentiles sobre la cara masculina. —No puedes forzarme a amarte, Edward. Necesito saber más de ti. Veo en el interior de tu mente y hay cosas que no tienen sentido para mí.
—Lo que ves en mi mente no debería suponer ninguna diferencia, querida.
Isabella se movió, empujando su cuerpo, molesta con su arrogancia.
—Pesas mucho, Edward. Muévete. —Sus colmillos no se habían retraído y se estaba volviendo a poner nerviosa.
Él le besó la garganta y se alejó de ella para sentarse.
—Solo porque tú eres demasiado pequeña. Necesitas comer más.
Le miró por debajo de las pestañas.
—Últimamente no puedo comer nada. ¿Tienes algo que ver con eso?
—Si. —Uno no mentía a su compañera.
Tómala. Hazla tuya para que podamos abandonar este lugar y volver a casa. Carlisle estaba cazando a su presa. Su voz susurró en la mente de Edward. Era obvio que no entendía por qué su hermano no obligaba simplemente a la mujer a hacer su voluntad.
Es complicado.
Carlisle suspiró. Olvidas quién y qué eres. ¿Quieres que el vampiro la mate? ¿Qué destruya a la gente de este rancho? Si permites que esta rebelión continúe, ella será la muerte para todos nosotros. No tendremos honor.
Isabella se las arregló para encontrar su blusa, aunque no tenía ni idea de donde estaba su sujetador.
—¿Está hablando contigo?
—¿Mi hermano? Si.
Ella deslizó los brazos en el interior de la camisa, haciendo una pequeña mueca. Estaba magullara por la fuerza de los dedos de él. Su cuerpo todavía sufría el sello de su posesión.
—¿Que me dijiste? ¿Qué eran esas palabras que dijiste? Sonaban sospechosamente a un ritual de algún tipo. —Le lanzó una mirada cauta mientras se arrastraba hacia sus vaqueros descuidadamente descartados. —¿Qué hiciste exactamente? —Los botones habían desaparecido de su blusa, así que se anudó los extremos bajo los pechos.
—Nos uní a la manera de mi gente.
Sonaba presumido. Arrogante incluso. Isabella apretó sus bragas en la mano y se las tiró.
—Las desgarraste.
—No las necesitas. —Sus brazos la envolvieron y tiró de ella hacia atrás contra su pecho mientras intentaba ponerse los vaqueros. Los dientes mordisquearon y le arañaron el cuello. —No deberías llevar ropa nunca.
—Eso tendrá gran éxito con el resto del mundo. ¿Qué ritual? —Se apoyó contra él en busca de equilibrio mientras tiraba de los vaqueros subiéndoselos sobre el trasero. Estaba sensualmente magullada por todas partes, por dentro y por fuera. Y por supuesto, las manos de él habían ido directamente hacia sus pechos, acunando el peso de sus palmas a través de la abertura en los bordes de su blusa. —¿Nunca es suficiente para ti?
—Aparentemente no. Quizás no deberías vestirte aún.
Giró la cara hacia arriba, hacia su garganta y se apoyó contra él, saboreando el estar entre sus brazos. En otras pocas horas tendría que trabajar sin descanso, pero le quedaba la noche con él. Todo lo que tenía que hacer era convencerle de que no la mordiera más.
—Tal y como está la cosa, no estoy segura de poder andar. —Se puso en pie, utilizando el hombro de él como ancla mientras ponía a prueba sus piernas. Era extraño mirarle, saber las cosas que le había hecho, las que había hecho con ella, saber que había gritado su nombre, que le había suplicado más, rogado que la consumiera, y no sentirse en lo más mínimo avergonzada.
Edward se puso en pie con un solo movimiento casual, vistiéndose a la manera de su gente. Ella soltó un pequeño jadeó y retrocedió.
—¿Cómo has hecho eso? Incluso tu pelo parece limpio y peinado. —Se llevó una mano a su propio pelo con un pequeño ceño. —Te temo que yo parezco un poco utilizada. Necesito una ducha y una peluquera.
—Estás preciosa, Isabella. Siempre estás preciosa, especialmente cuando estás gritando debajo de mí. —Había satisfacción en su voz. Tendió los brazos hacia ella, con la mirada fija en su cara. Su piel ondeó e irrumpieron plumas mientras se desarrollaba un ala, un ala enorme que se parecía mucho a la de un águila real.
Isabella contuvo la respiración.
—Eras tú. Te dejé entrar en mi casa.
—En tu dormitorio. —Las plumas desaparecieron, dejando atrás músculo y tendón. Se inclinó hacia ella, sus colmillos eran mucho más evidentes. —En tu cuerpo. Estoy robándote el corazón.
Porque en realidad ya tenía su alma. Lo sabía ahora con una extraña certeza, como sabía siempre las cosas. Era dueño de su cuerpo y su alma. No terminaría ni quedaría satisfecho.
Él quería su corazón y quería su mente. Isabella sacudió la cabeza.
—No estás pensando con claridad, Edward. Piensa con el cerebro, no con las partes sobreexcitadas de tu anatomía. Siendo realista, ¿cómo crees que terminará esto? —Barrió con el brazo para abarcar el rancho y los altos picos de las montañas. —Tú adoras Brasil y el bosque pluvial. Tú y tu hermano queréis volver. Necesitas volver. Esta es mi casa. Es todo lo que he conocido nunca. Tengo que conservarlo para Alec y Alice. He luchado una buena parte de mi vida para mantener este rancho en funcionamiento. ¿Realmente crees que voy a alejarme y huir con un hombre al que apenas conozco porque disfrutamos de un excelente sexo juntos? Puedo ser una chica de rancho, pero tengo un cerebro en la cabeza.
Se acercó a ella, la postura de su cuerpo resultaba súbitamente agresiva.
—Sé realista, Isabella. ¿Realmente crees que voy a alejarme de la única cosa en este mundo que se interpone entre yo y la pérdida de mi alma? ¿Que se interpone entre yo y la más absoluta oscuridad? El monstruo ruge hacia mí en cada alzamiento. Me susurra en medio de la noche, me llama cuando cazo, y cuando tomo la sangre de mi presa. Nunca te dejaré. Te llevaré conmigo cuando vuelva a mi tierra natal. Vendrás conmigo como mi compañera lo quieras o no.
Ella le miró fijamente.
—Eres un arrogante salvaje. ¿Es así como los hombres consiguen a sus mujeres en Brasil?
—No, es la forma en que los hombres de los Cárpatos consiguen a sus mujeres. Las palabras rituales de unión están impresas en ellos antes de nacer. Una vez encontrada, pueden matar a su mujer si ella se niega a atender a razones. Es lo que salvaguarda a nuestros hombres y mantiene viva nuestra especie.
Saboreó el miedo en su boca. Hablaba en serio. Y ahora estaba más cerca. No le había visto moverse, pero allí estaba, a un aliento de distancia, y había algo terrible en sus ojos. No podía apartar la mirada de él, hipnotizada por la pura fuerza de su personalidad. Tragó con fuerza y sacudió la cabeza.
—No, Edward. No lo intentes. Lucharé contigo y puedo ser destructiva. Uno de nosotros podría resultar herido y no quiero eso, no después de lo que hemos compartido. Yo no tengo el control que tienes tú.
Los dedos de él se cerraron alrededor de su cuello con exquisita gentileza. Con tremenda fuerza. Sabía que podría romperle el cuello si quisiera.
—Entonces no luches conmigo, meu amor.
Una punzada de ansiedad recorrió su espina dorsal. Se le secó la boca y el corazón le palpitó fuera de control. Dio un paso atrás. Él se deslizó con ella, casi una danza, igualando cada uno de sus movimientos.
—Edward. —Oyó su propia protesta a través del rugido repentino en sus oídos.
El cuerpo de él se sacudió. Sus ojos se abrieron de par en par con sorpresa. La empujó lejos de él con tal fuerza que literalmente la levantó en el aire y voló hacia atrás. Vio la sangre salpicando del pecho de Edward. El grito de Isabella se vio cortado cuando aterrizó con tanta fuerza que le arrancó la respiración. Yació a varios pies de él, viendo con horror como se volvía para encarar a algo que estaba lejos de ella. Vio el agujero abierto en su espalda, el río de sangre. No había oído el sonido de un arma y estaba segura de que ella no había hecho algo semejante.
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Corajes me hacen pasar los de la universidad DX sigo en el papeleo y tengo sueño! En fin… para pasar el rato me puse a editar este cap y pues de una vez se los dejo jajajaja
Creo que quedó en lo más interesante, sorry jajaja
No olviden dejarme un comentario, me encanta saber de ustedes.
¡Nos leemos pronto!
