No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.
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Alec se sentó silenciosamente en la esquina, con su tío muy cerca de él. Isabella no pudo dejar de notar lo protector de la postura de este. En ese momento, Alistair se parecía tremendamente a su padrastro. Miró ansiosamente hacia la casa.
—Quiero ir a ver a Alice.
—La niña está bien, durmiendo pacíficamente. —Dijo Carlisle. —Si quieres que se haga esto, hagámoslo ahora.
Intentó no encresparse ante su actitud abrasiva.
—No me arrepentía. Ocurre que estoy genuinamente preocupada. Hasta ahora esta no ha sido la mejor noche de mi vida. Puede que tú trates con vampiros todos los días, pero su existencia es novedosa para nosotros. —Lanzó una sonrisa tranquilizadora hacia su hermano.
Él intentó una sonrisa, bajó la mirada y captó un vistazo del sujetador color melocotón todavía enredado alrededor de su brazo. Al momento su expresión cambió, volviéndose oscura y fea. Alec desató la prenda de encaje, sujetándola lejos con dos dedos, levantándola, para que todo el mundo pudiera verla. Eso hizo a Isabella agudamente consciente del hecho de que no llevaba nada en absoluto bajo su fina camina y que los botones de la misma habían desaparecido. Incluso así, incluso en medio de su completa humillación, su mente intentó alcanzar a Edward. Al momento comprendió que no podía tocarle, solo había vacío y pena. El miedo sacudió su corazón.
Siguió el movimiento de su sujetador cuando Alec lo tiró lejos de él como si fuera algo tan repugnante que no pudiera soportar mirarlo. De repente el chico se tambaleó alejándose de Alistair y alcanzó una horca, lanzándose hacia Isabella en uno solo movimiento.
Isabella nunca vio moverse a Carlisle, pero estaba delante de ella, quitándole el arma a Alec y arrastrándole a su terrible abrazo. El aire abandonó precipitadamente los pulmones de Isabella cuando vio que los colmillos se alargaban, y sin preámbulos hundía los dientes en el cuello de Alec. Su hermano se quedó quieto, bajo la influencia de la mente de Carlisle. Se estremeció, sintiendo como si esos afilados colmillos estuvieran introduciéndose en su propio cuello. En ese momento odió a Carlisle. Se odió a sí misma. Odió a Edward. ¿Cómo podía quedarse allí sin más mientras una criatura a la que apenas conocía tomaba la sangre de su hermano tan fríamente?
¿Qué está haciendo? Edward estaba débil, demasiado débil. Podía sentir el pulso bajo de su vida mientras se movía en su mente.
Su alarma no era por Alec. Era por su propio hermano, por Carlisle. Isabella la sentía como si fuera su propia alarma. Sintió la oleada de amor y calidez que arrastraba siglos. Fluyó en su cuerpo, tomó el control de su corazón y alma haciendo que deseara extender la mano hacia Carlisle, detenerle. Lo que estaba haciendo era peligroso para Carlisle, no para Alec. Carlisle estaba ingiriendo deliberadamente la sangre del vampiro cuando ya luchaba cada minuto de cada día contra la bestia que manchaba su alma y luchaba por el control.
—¡Espera! —Isabella no podía elegir entre los dos hermanos. El suyo propio, o el de Edward. Estaban entrelazados, ambos confundidos ahora en su mente. La vida de Alec contra el alma de Carlisle. Era una terrible elección.
No malgastéis vuestra preocupación en mí, ninguno de los dos. La voz de Carlisle rozó las paredes de su mente. Resistiré y volveré con nuestros hermanos por tu bien, Edward. Compartes conmigo las emociones que sientes por esta mujer y este chico. Es suficiente para permitirme continuar hasta que llegue a casa. Ve a dormir, Edward, y permite que la tierra te sane.
Realmente sintió el amor de Carlisle por su hermano a través de su lazo con Edward. Era un extraño vínculo compartido. Por primera vez pudo verle como algo más que el monstruo de corazón frío que intentaba arrebatarle a sus hermanos. Carlisle fue real para ella. Pudo verle a través del corazón de Edward. Recuerdos de Carlisle fluyeron y supo que era algo deliberado por parte de Edward.
¿Cuántas veces se había interpuesto entre los humanos y la muerte, arriesgando su vida y su alma? ¿Cuántas veces había intentado proteger a Edward y sus hermanos menores de las terribles batallas? Había resultado herido incontables veces. Había matado incontables veces, cada vez arrancaba pedazos de su alma.
Isabella cerró los ojos. No quería verlo, no quería verle como otra cosa que el depredador sin emociones que pensó que era la primera vez. Ya estaba suficientemente confusa. Y estaba Alec, unido a él en su abrazo mientras Carlisle tomaba más y más sangre, hasta que la cara de Alec se quedó pálida y se derrumbó entre los brazos del cazador, mareado y débil, pero tranquilo y antinaturalmente dispuesto a hacer lo que Carlisle requería de él.
Sintió exactamente el momento en que Edward sucumbió a su necesidad de descansar y sanar. Se arrancó de su mente y la dejó vacía. Se dejó caer sobre una bala de heno y se presionó ambas manos sobre el estómago revuelto mientras una vez más observaba a Carlisle con su hermano. Él deslizó la lengua a lo largo del cuello de Alec, cerrando los pinchazos como si nunca hubieran estado allí. No había marca. Ninguna en absoluto. Su mano se arrastró hasta la marca de su propio cuello que nunca parecía palidecer, nunca desaparecía.
Podemos dejar una marca si queremos, o no dejar evidencia si así lo preferimos. Carlisle leía sus pensamientos tan fácilmente como Edward; pero donde con Edward era intimidad, con Carlisle parecía invasión. Los fríos ojos negros se deslizaron sobre ella, tan diferente a Edward. Tan absolutamente solitario y aislado de todo lo que le rodeaba. Edward decidió dejar su marca a la vez como advertencia y como muestra de su compromiso. Te protegerá incluso cuando debería descansar bajo la tierra. Reconoció la suave censura, pero por primera vez fue capaz de volver la vista al pasado para ver la terrible carga que Carlisle soportaba.
—¿Qué tienes que hacer ahora, Carlisle? —Preguntó.
—¿Sacar el veneno a través de mis poros y librar mi cuerpo de la corrupción del vampiro? —Su hermano estaba inmóvil bajo su encantamiento. Carlisle lo ayudó a sentarse en el suelo del granero. —La sangre del vampiro quema como ácido. El chico no habría durado mucho. Hay algo aquí con lo que nunca me había cruzado antes. —Los ojos de Carlisle se cerraron y buscó dentro de su cuerpo para destruir el compuesto que había infectado a Alec y ahora residía dentro de sus propias venas. —Hay algo más aquí, algún pequeño parásito que no debería estar. Está mutado, como la serpiente que el vampiro utilizó para atacar a Edward.
—¿De dónde vino el vampiro? —Preguntó Isabella, enferma ante la visión de las gotas de sangre que empezaban a abrirse paso a través de los poros de la piel de Carlisle. Era una visión que nunca olvidaría, nunca se la sacaría de la cabeza. Intentó distraer sus pensamientos, cualquier cosa para evitar gritar mientras la sangre empapaba el suelo del granero y manchaba el heno de un rojo oscuro. No era remilgada... se había criado en un rancho... pero su estómago dio bandazos de todos modos.
—No mires. —Dijo Carlisle severamente. —Vas volver a sacar a Edward de su somnolencia y su herida es profunda. Debe tener tiempo para sanar.
—Lo siento. Nunca había visto algo semejante. —Necesitaba tocar a Edward. No era solo que lo deseara. Todo en ella se extendía hacia él, pero solo había vacío. Ya no estaba segura de poder aguantar lejos de él y eso era alarmante, especialmente con Carlisle diciéndole que su herida era grave y necesitaba tiempo para sanar. No era una persona egoísta, pero le parecía tan imperativo perturbarle, llamarle para poder sentir el roce de su mente en la de ella.
Carlisle suspiró.
—Debería haberte convertido y librado así del infierno que tendrás que soportar. No debes hacerte daño a ti misma.
—No soy de las de ese tipo. —Dijo Isabella, pero estaba empezando a preguntarse si era verdad. —¿Te duele? —No podía imaginar a Alec teniendo que pasar por semejante cosa.
—Si. —Su voz no mostraba inflexión. Gesticuló hacia la sangre que empapaba el heno y Alistair inmediatamente apartó todo lo que no había sido tocado, dejando un círculo de madera desnuda expuesta con el heno ensangrentado en el centro. Carlisle abrió la puerta del granero de un empujón y levantó la mirada hacia el cielo. Al momento el relámpago se horquilló.
Para horror de Isabella, una bola de fuego anaranjada se movió gran velocidad hacia ellos, atraída por Carlisle. Incineró la sangre del vampiro, ardiendo por un instante y después simplemente desapareció como si nunca hubiera estado allí. Parpadeó varias veces para asegurarse de no estar alucinando.
—Esto es demasiado extravagante para mí. —Retrocedió alejándose de Carlisle. —¿Alec estará bien ahora? ¿Puedo meterle en la cama?
—Quiero intentar sanarle. El vampiro le infectó con su sangre y siente las entrañas como si alguien hubiera empleado con ellas un soplete. —Replicó Carlisle.
Isabella podía ver lo pálido y cansado que estaba. Las líneas eran más profundas que nunca en su cara y sus ojos eran tan fríos como el hielo. Se estremeció.
—Necesitas alimentarte.
—Si.
Isabella miró impotentemente hacia Alistair. Después de lo que Carlisle había hecho por Alec, sentía que no tenía más elección que hacer la oferta y esa era la última cosa que deseaba hacer.
Alistair sacudió la cabeza.
—Yo proporcionaré sangre a Don Carlisle mientras tú metes al joven Alec en la cama. Después ayudaré a Eleazar a atender cualquier herida que haya sufrido el ganado.
—Alistair, Eleazar y tú debéis quedaros aquí. —Decretó Carlisle. —Vigilad al chico, particularmente durante las horas diurnas. Tengo que descansar y no seré capaz de monitorizarle.
Isabella se detuvo cuando extendía la mano hacia Alec.
—¿Qué significa eso? ¿No acabas de eliminar de él la sangre de vampiro?
—Hasta que el vampiro esté muerto, Alec siempre estará atado a él.
Isabella quería hacer más preguntas, pero Carlisle liberó a Alec del encantamiento. Su hermano consiguió levantarse inestablemente sobre los pies, forzándola a rodearle con un brazo y ayudarle a salir del granero.
Alec se apoyaba pesadamente en ella.
—Me siento terriblemente mal, Isabella.
—Lo sé, cariño, necesitas dormir.
Él se aferraba a ella mientras le conducía hacia la casa y a su habitación.
—Estoy realmente asustado, Isabella. Nunca había visto nada como eso.
—Yo tampoco. Pero tenemos a Edward y Carlisle y a Eleazar y Alistair para ayudarnos. Estaremos a salvo. Te quitaré las botas, Alec. Simplemente tiéndete en la cama y duerme.
Él cerró los ojos en el momento en que su cabeza golpeó la almohada, sin moverse ni siquiera cuando le quitó las botas y los calcetines. Parecía pálido, su pelo oscuro sobresalía contra su piel. Le apartó unos mechones vagabundos de la frente con dedos gentiles y se inclinó para dejar un beso breve en su coronilla. Alec se removió, tocándole la muñeca.
—Te quiero, Isabella.
No le había oído decir eso en años.
—Yo también te quiero, Alec. —Murmuró, lamentándose por dentro por él.
Isabella volvió al granero y encontró a Carlisle apoyando a Alistair contra la pared.
—¿Está bien?
Carlisle se volvió para mirarla, su mirada se deslizó sobre ella haciendo que tuviera que luchar para evitar estremecerse.
—Si, por supuesto, Alistair es mi familia, bajo mi protección. Ordinariamente no tomamos la sangre de nuestros compañeros humanos. Él ha sido generoso al ofrecerse cuando la necesidad era grande.
—Carlisle, Edward conocía al vampiro. Y el vampiro le llamó por su nombre. Sentí la tristeza de Edward, más que tristeza mientras luchaba.
Por primera vez Carlisle la evaluó con algo más que su fría expresión. Había una débil expresión que recordaba a los ojos de Edward como si luchar por entender su mundo le ganara un mayor grado de aceptación por su parte.
—Le conocimos cuando éramos muchachos allá en las Montañas de los Cárpatos. —Carlisle se sentó junto a Alistair, el primer gesto realmente humano que le había visto hacer. Era raro... no podía dejar de pensar en Edward como humano, pero nunca pensaba en Carlisle en términos humanos. Observó cómo tomaba la muñeca de Alistair y comprobaba su pulso.
—Estoy bien, Don Carlisle. —Protestó Alistair.
—Debes beber mucha agua y dormir.
—Tengo trabajo que hacer. —Protestó Alistair. —Debo vigilar al chico.
—Eleazar puedo vigilar al chico. —Dijo Carlisle. —Vete a la cama.
—No te preocupes, Alistair. —Estuvo de acuerdo Isabella. —Yo puedo vigilar a Alec. Sé que puede ser peligroso y seré cuidadosa.
—Debes hacer lo que Eleazar te diga. —Instruyó Alistair.
Eleazar entró en el granero mientras Alistair hablaba e inmediatamente ayudó a su hermano a levantarse.
—Le llevaré a la casa.
—La habitación de invitados es el dormitorio de en medio. —Dijo Isabella. Quería aprender más. Necesitaba aprender más, y de algún modo la presencia de Carlisle ayudaba a aliviar la pena que la abrumaba a veces. Observó a los hermanos Denali salir del granero. —Son buenos hombres.
—Sí, lo son, y ese no es un pequeño cumplido. —Dijo Carlisle. —Puedo leer sus pensamientos y sé que el honor y la integridad viven en esos hombres.
—Cuéntame sobre el vampiro. ¿Quién es?
—Quién era sería una pregunta mejor. La primera cosa que aprendes como cazador es a separar al hombre que conocías y amabas como amigo del monstruo que lucha con toda intención de matarte. James es un hombre semejante. Sus hermanos y los míos eran los mejores amigos. Es inusual en nuestra sociedad tener hermanos tan cercanos, pero nuestras dos familias los tenían. Nuestros padres eran amigos y crecimos juntos. —Soltó un suave suspiro. —Éramos muy competitivos, un poco rudos y muy desafiantes ante las reglas de nuestra sociedad, así que permanecimos juntos. James y Edward eran particularmente buenos amigos. Estaban siempre metiéndose en líos y siempre compitiendo para ver quién podía hacer algo primero. Fueron buenos tiempos, aunque mis recuerdos se desvanecen. Edward y Emmett mantuvieron esos recuerdos vivos para el resto de nosotros. —Carlisle dejó caer la cabeza entre las manos, frotándose las sienes.
Carlisle. La voz de Edward una vez más rozó sus mentes compartidas. Te estás debilitando. Debes descansar.
—Suena tan débil, tan lejos de nosotros. —El corazón de Isabella palpitó con alarma.
Carlisle alzó la cabeza, recostándola contra la pared. No estás descansando apropiadamente. ¿Tendré que ordenarte dormir, Edward? ¿Por qué persistes en dormir tan ligeramente cuando sabes que estás mortalmente herido? La mordacidad estaba de vuelta en la voz de Carlisle, haciendo una mueca hacia Isabella.
Aquellos a los que amo son vulnerables sobre tierra y quiero oír si tienen necesidad de mí. Empezando por ver por qué mi compañera es renuente a comprometer su vida con la mía. Es una forma de infierno yacer indefenso bajo la tierra cuando aquellos a los que amas están en peligro. La voz de Edward era un hilo, pero está tranquilo, casi en paz.
Ve a descansar, Edward, o haré la única cosa que me pediste que no hiciera y romperé la promesa que te hice.
Isabella estudió esas líneas tan profundamente talladas en la cara de Carlisle. Le había visto a través de los ojos de Edward y ahora sabía que esas líneas eran distintivos de un hombre atado por honor, un hombre marcado por su destino, pero decidido a continuar para proteger a la gente que amaba en el recuerdo.
Tú alivias su carga, querida. Solo por eso siempre te amaré.
Isabella cerró los ojos y saboreó su voz, la caricia en su mente que se deslizaba a través de su cuerpo y se enredaba alrededor de su corazón. Anhelaba tocarle. Asegurarse de que estaba completamente bien. Incluso ahora, incluso con sus terribles heridas, estaba acariciando su mente y cuerpo, extendiéndose para consolarla, extendiéndose hacia su hermano.
Parpadeó para contener las lágrimas. Estaba empezando a enamorarse de él. No sabía como había ocurrido; él no era la clase de hombre en el que se hubiera permitido nunca fijarse.
Soy el único hombre para ti.
Eres demasiado dominante. Te gusta que tus mujeres digan que sí a todo lo que dictas.
Solo cuando se trata de sexo. Y cuando tengo razón.
El aliento de Carlisle salió en un lento suspiro.
—Funde tu mente completamente con la de él. —Fue más que una orden; fue un desafío.
Sin darse tiempo para pensarlo detenidamente y echarse atrás, Isabella fundió su mente completamente con la de Edward. Instantáneamente estuvo flotando en dolor, un gran dolor desgarrador que le arañaba las entrañas, la piel, incluso la mente. Vio más que eso; vio los recuerdos de su niñez de un pequeño muchacho corriendo con un amigo por las colinas, intentando cambiar de forma, y cayendo de las ramas de los árboles, riendo juntos. Sintió la terrible carga de saber que tendría que matar a ese amigo, arrancar el corazón de su pecho, con el recuerdo de esa sonrisa juvenil y siglos de parentesco pesando sobre ella.
Con un pequeño grito, se arrancó de la mente de Edward, tambaleándose hacia atrás, extendiendo la mano tras ella en busca de apoyo. Carlisle estaba allí, aunque no le había visto moverse, dejándola en una bala de heno.
¡Isabella! El grito de Edward hizo eco al suyo.
No tenía ni idea de que sufrías tal dolor. Ve a dormir de una vez y lo digo en serio, Edward. ¿Cómo podía sobrevivir alguien a semejante herida? Se presionó la mano sobre el corazón. El vampiro había intentado arrancar el órgano a través de la espalda de Edward utilizando las fuertes mandíbulas de la serpiente y sus dientes afilados.
—No debería haberte dicho que hicieras eso. —Dijo Carlisle. —Me arrepiento de pocas cosas, pero eso no fue digno de mí. Mi hermano tomará represalias.
—¿Qué significa eso?
Una débil sonrisa tocó la boca de Carlisle y desapareció.
—Solo me reprenderá severamente y eso no será adecuado para tus oídos. —Se dejó caer junto a ella. —En realidad, no había pensado en las Montañas de los Cárpatos en años. Sudamérica se ha convertido en nuestro hogar. Ni siquiera recuerdo la apariencia del actual príncipe de nuestra gente. Era joven cuando nos enviaron fuera a cazar al vampiro.
—¿A James le enviaron fuera también?
Carlisle asintió.
—Aro Vulturi era príncipe en ese momento. Era un gran gobernante y todos le admirábamos. Nos envió a nosotros cinco a Sudamérica y a los cinco de la familia Masen a Asia.
—¿Cinco?
Carlisle asintió en confirmación.
—¿Los cinco se convirtieron en vampiros? —Preguntó Isabella. ¿Por qué los hermanos Cullen resististeis tantos siglos contra el susurro del poder oscuro pero los hermanos Masen sucumbieron?
—Pensaba que habían muerto hacía mucho. No he oído nada de ellos desde hace siglos. La mayor parte de los cazadores oyen rumores de los que se han convertido en vampiro y la familia Masen nunca ha sido mencionada. Mis hermanos y yo hemos estado tan separados de nuestra gente que no pareció inusual. Brasil, nuestro rancho, el bosque pluvial se convirtió en nuestro mundo.
—¿Y ninguno de vosotros tiene esposa?
—Compañera. —Corrigió él. —Tenemos compañeras y debemos encontrarlas. Tú eres la compañera de Edward. Mi hermano menor, Emmett, ha encontrado a su compañera en el bosque pluvial, lo que nos sorprendió a todos, pero nos dio una pequeña esperanza para continuar.
—¿Cómo lo sabéis con seguridad? Yo no estoy segura. Me siento atraída por Edward... de hecho, estoy obsesionada con él. Eso me asusta. No suelo responder a los hombres de esa manera.
—No es una obsesión, aunque he oído que es así como se siente uno. Cuando toco tu mente, siento la confusión y el miedo. Somos todas las cosas que crees que somos... poderosos, peligrosos y capaces de gran destrucción... pero no de hacer daño a nuestras compañeras.
—¿Solo de controlarlas?
—No estás acostumbrada a ser sumisa con un hombre.
—No soy sumisa, no va con mi carácter. ¿Cómo es posible que seamos compatibles? ¿Es posible que haya un error?
—No puede haber error. Restauraste los colores para él, y, a través de él, para mí. No he podido ver en colores durante años. Le diste emociones y, a través de él, me las diste a mí. Puedo sentir lo que él siente por ti, el tremendo amor en su corazón y su necesidad de protegerte y velar por ti. Deseo sentir esas emociones por mí mismo.
—¿Cómo es posible que yo sea su... —Dudó y después probó la palabra—... compañera, cuando nací humana?
—Solo sé que las mujeres que son psíquicas pueden ser convertidas con éxito en Cárpatos y esas mujeres pueden también ser compañeras de nuestros hombres. Aún no he conocido a la compañera de Emmett, pero él me cuenta que es descendiente de la raza del jaguar.
Isabella sonrió.
—Mi hermano dice que puedo ser una tigresa, pero dudo que haya ningún jaguar dentro de mí. No podía saltar muy alto cuando practicaba deportes en el instituto.
—Nosotros también tuvimos que aprender toda clase de cosas —Carlisle cruzó los brazos sobre su pecho. —Primero tuvimos que aprender a cambiar de forma. No fue ni remotamente tan fácil como pensamos que sería.
—Eso tuvo que ser genial. —Admitió Isabella. —Me gusta la idea de volar. Solía desear poder volar. Créeme, cuando has estado sobre un caballo ocho horas, te sientes vieja.
—Recuerdo la primera vez que Edward intentó convertirse en lobo. Era la primera cosa que intentaba y en la que no tenía éxito. Parte de él estaba cubierta de pelaje y parte tenía piernas donde no debería. Estábamos todos allí, por supuesto. Todos solíamos correr por ahí juntos, los hermanos Cullen y los hermanos Masen. Todos aullábamos y nos tirábamos por el suelo, rodando como idiotas, pero entonces Embry, el mayor de los Masen, empezó a reír y señalarle, mi hermano mayor, Cayo, fue tras Embry por divertirse a costa de Edward. Terminamos todos en una enorme riña. Mientras tanto, todo el rato, Edward estaba todavía atrapado entre hombre y bestia.
Isabella no pudo evitar reír mientras Carlisle le relataba la historia. Proporcionaba vívidas imágenes del incidente para ella. Edward parecía tan joven e inseguro, en absoluto el hombre dominante al que estaba atada.
—¿Y qué hay de ti? ¿Cuál fue la primera cosa en la que intentaste convertirte?
Se hizo un pequeño silencio. La máscara se volvió a deslizar sobre la cara de Carlisle. Se encogió de hombros descuidadamente, pero ella no creyó que fuera un gesto descuidado.
—No lo recuerdo.
—Recuerdas la primera vez de Edward muy vívidamente. —Incluso los colores de los árboles, las hojas individuales, los olores y sonidos. Oía el zumbido de los insectos en la mente de él.
Se puso en pie.
—Era el recuerdo de Edward, no el mío. Tú le devolviste esas cosas y él las comparte conmigo.
Isabella estudió su boca. Había un borde cruel en ella, una mirada remota en sus ojos.
—Estás muy cerca de convertirte en uno de esos monstruos, ¿verdad? —Preguntó. Su corazón se lamentaba por él. Se lamentaba por Edward.
—Si. Sin los recuerdos que mi hermano comparte conmigo, perdería esta batalla.
—Y aun así viniste en su ayuda incluso a pesar saber que luchar contra el vampiro te colocaría un paso más cerca. Y tomaste la sangre del vampiro de Alec, cuando eso podría haberte hecho sobrepasar el límite. ¿Por qué lo hiciste, Carlisle? Yo ni siquiera fui agradable contigo.
—Eres familia. Eres una compañera Cárpato y debes ser protegida por todos los Cárpatos. Y yo amo a mi hermano. Ya no puedo sentir nada de ese amor, pero sé que está ahí, profundamente enterrado, y no permitiré que te ocurra nada.
—Nunca olvidaré el riesgo que corriste por nuestro bien, Carlisle, y si esto se vuelve demasiado difícil y necesitas ver colores y sentir emociones, no me importa mucho compartir nuestras mentes.
Se hizo un pequeño silencio.
—No es poca cosa lo que ofreces, cuñada. —Dijo él suavemente. —Los hombres de los Cárpatos no comparten con otros, ni siquiera con los parientes. Mis hermanos y yo somos inusuales porque no tuvimos más elección que permanecer juntos para vencer la llamada de la bestia. Sé que temes el poder de Edward sobre ti y aún no has comprometido tu vida con la suya. ¿Por qué me ofreces esto?
Era complicado. No sabía si había sido el verle empujar la sangre venenosa a través de sus poros después de tomarla de Alec, u observarle dar sangre a su hermano, pero sentía un gran conflicto. Estaba segura de que no iba a comprometerse a vivir una vida de vivir bajo tierra y chupar sangre de seres humanos vivos... la misma idea la hacía estremecer... pero no podía dejarle tan absolutamente solo mucho más de lo que podía dejar de pensar en Edward.
—Te quedas aquí hablándome porque sabes que nunca sería capaz de resistir esta noche sin él, ¿verdad?
—Si.
—Ahí tienes tu respuesta, Carlisle. Quizás siento la necesidad de protegerte por él, de igual modo que tú lo sientes por mí.
Hubo un momento de silencio. Después él habló de nuevo.
—Tengo un vampiro que capturar.
—¿Cómo puedes encontrarle?
—Ahora que sé quién es, será fácil rastrearle. Conozco sus costumbres. Han pasado cientos de años, pero ciertamente tiene patrones, todos nosotros los tenemos, y mantendrá algunos de ellos.
—Edward quiere que esperes. —Había sentido la preocupación de Edward y no había sido solo porque tuviera miedo de que Carlisle llevara a cabo otra muerte y eso le acercara más a sucumbir al insidioso susurro de poder.
—No puedo darle oportunidad de golpear contra ti. Estará atrapado en la tierra durante las horas diurnas, mucho más lo de que lo estaré yo, pero él puede utilizar a sus marionetas humanas para intentar matarte.
—Quieres decir Alec.
—Estoy sugiriendo que puede tener más de una. Este vampiro es antiguo y astuto. Es un luchador hábil y conoce todos los trucos. Un maestro vampiro no tiene orgullo que guardar, a diferencia de un principiante o incluso un vampiro ligeramente experimentado. Está dispuesto a huir, a sacrificar peones para poder vivir, y se le llama maestro porque es hábil en la batalla y en la magia de nuestra raza.
—¿Por qué querría vivir una existencia tan terrible?
—El dolor y el terror que provoca el sufrimiento de otros, el matar, le da un subidón. Uno bastante alto. Como una droga humana. Es adictivo. Vive para ese único momento.
—¿Cómo mata uno a un vampiro? —Estaba intentando retenerle. Casi estaba amaneciendo. Sorprendentemente no estaba cansada. Tendría un montón de tiempo, antes de que el sol estuviera demasiado alto, para hacer las tareas matutinas.
—Tú no lo harás. —La voz de él fue muy severa.
—¿Vuestras mujeres nunca luchan con el vampiro?
—En cualquier especie siempre hay excepciones, pero nuestras mujeres sostienen la luz para nuestra oscuridad. Luchan para defender sus vidas y las vidas de nuestra gente, pero ellas no cazan. Tenemos pocas mujeres y nuestros cazadores son solitarios. Si dividimos nuestra atención para mantener a una mujer a salvo, es un riesgo adicional para nosotros mismos.
—Pude sentir la resolución de Edward. Estaba dispuesto a morir para mantenerme viva, para mantener vivo a Alec. Sabía que si luchaba contra el vampiro podía resultar derrotado.
—James es un luchador muy poderoso. Tenía reputación como cazador. Ha crecido en fuerza desde entonces. Su sangre era diferente y me gustaría mucho saber por qué. Algo no encaja aquí, Isabella.
— Todavía quiero saber cómo matar a uno. Me sentiría mejor si supiera que puede hacerse.
—No con un rifle. Eleazar y Alistair podrían haberle retrasado disparándole al corazón, pero eso no le mataría. El corazón tiene que ser completamente arrancado e incinerado o encontrará la forma de volver a su perverso anfitrión. Después el cuerpo es incinerado para que no quede esperanza de regeneración. La sangre del vampiro quema como ácido, Isabella, y este pueden dar órdenes con su voz al igual que podemos Edward y yo. Déjales en paz.
—¿Utilizó Edward su voz para seducirme? —Le miró directamente a los ojos, necesitando una respuesta honesta.
—No sé lo que Edward decidió hacer para unirte él, pero si yo tuviera una compañera, Isabella, utilizaría mi voz, mi mirada, y cualquier otra cosa que tuviera a mi disposición para hacerla mía. No correría riesgos. Mi mujer hará lo que se supone que tiene que hacer.
—Espero que tu mujer sea una amazona. —Murmuró ella por lo bajo. Podía ver que le había retenido tanto como era capaz. Él salió al frío de la noche y ella le siguió. —Ya siento la necesidad de tocarle de nuevo. —Confesó, frotándose las manos sobre los brazos. —¿Va a ser así todo el tiempo?
Odiaba la debilidad en sí misma, y lamentarse por Edward como si estuviera muerto solo porque no estaba tocando su mente era una terrible debilidad.
—Si. Yo te ayudaré durante las noches, pero quédate cerca de Alistair y Eleazar durante el día. Ellos te ayudarán tanto como sea posible. Recuerda todo lo que te dije. Debes sobrevivir.
—No planeo ninguna otra cosa. —Le aseguró.
Isabella observó con sorpresa como Carlisle simplemente se disolvía. Al principio su forma humana relució, volviéndose transparente de forma que se podía ver a través de él. Diminutas gotas de niebla se formaron y pronto no fue nada más que vapor, flotando por aire lejos de ella hacia las colinas. Parpadeó varias veces, intentando hacer que su mente aceptara lo que acababa de ver.
En el momento en que Carlisle se fue, dejó escapar un suspiro de alivio. No había notado lo tensa que estaba. Necesitaba estar sola, ocuparse de tareas familiares que podría hacerla sentir de nuevo normal, aunque fuera solo por unos pocos momentos.
Fue hacia el establo provisional, sorprendida de todo el trabajo que los hermanos Denali había realizado mientras ella dormía esa tarde. Tyler Stanley debía haber enviado materiales y hombres adicionales para levantar un refugio tan rápidamente. Suspiró de nuevo, esta vez a causa de su orgullo. Este parecía haber volado directamente por la ventana. Ya ni siquiera sabía que estaba ocurriendo en su rancho.
Isabella pasó el siguiente par de horas atendiendo a los caballos y tratando quemaduras. La mayor parte de las quemaduras estaban casi curadas, y los caballos ya parecían otra vez estables, un logro increíble cuando habían estado tan traumatizados. Fue consciente de oír un ligero ruido, la puerta de la cocina abriéndose y cerrándose. Captó un vistazo del perro subiendo la cuesta a la carrera y tomó un profundo aliento. El día ya estaba empezando. Eleazar y Alistair se levantarían pronto, a pesar de su necesidad de dormir. Y en unas pocas horas ella tendría que ir a la cama y dejar a Alec y Alice en sus manos.
Se frotó la mano sobre los ojos. Edward no tenía derecho a traerla parcialmente a su mundo cuando ella tenía semejantes responsabilidades. Ahora estaba atrapada entre dos mundos, sin ningún camino claro para dejar ninguno de los dos y no tenía ni idea de que hacer al respecto.
Horquilló heno para los caballos y llenó las cubetas de agua fresca. El refugio construido para mantener a los caballos lejos del calor era sólido y, cuando el sol estuvo alto, protegió su piel igual de bien. Todo mientras pensaba en Edward. Su cuerpo le anhelaba y su mente se negaba a pensar en nada más. Isabella no tenía ninguna posibilidad de resolver problemas cuando todo en lo que podía pensar era en que deseaba tocar a Edward, verle, saber que estaba vivo y bien. Estaba disgustada consigo misma, pero eso no evitaba las lágrimas que corrían por su cara o la terrible pena que fluía inesperadamente y con frecuencia sacudía su mismo centro. Trabajó firmemente, intentando hacer tareas normales para sentirse de nuevo normal. Fue lo único que se le ocurrió hacer.
Acababa de terminar e iba hacia el campo de heno cuando oyó de nuevo la puerta de la cocina. Esta vez los pasos firmes de Alec pudieron oírse cruzando el patio hacia ella.
Isabella se sacudió de encima el súbito miedo. Necesitaba unas pocas horas a solas sin preocuparse por si su hermano iba o no a convertirse en un monstruo ante sus ojos. No quería vigilarle a cada minuto. Se giró para saludarle con una sonrisa decidida, agradeciendo su aguda audición.
—Has estado llorando. —Dijo él inmediatamente.
—Siento lástima de mí misma, nada más. —Explicó ella. —¿Qué hay de ti? Deberías estar en la cama. ¿No puedes dormir? No estás herido, ¿verdad? —Isabella se echó el pelo hacia atrás.
Alec parecía bien, pero la ponía nerviosa saber que el vampiro todavía podía utilizarle. Era difícil olvidar el recuerdo de su joven cara retorcida de odio mientras la tiraba entre el rebaño de ganado en estampida. ¿Qué le dices a un chico que había sido mordido por un vampiro e intentado matar a su propia hermana? ¿Cómo le consolabas? Estaba nadando en aguas profundas.
—Estoy bien, solo que tuve demasiadas pesadillas. No quiero dormir, incluso a pesar de estar exhausto. —Le ofreció un trozo de papel. —Alice ya salió a pasear esta mañana. Se llevó a King con ella. Dice que regará el jardín y hará el desayuno cuando vuelva. Es difícil pensar en cosas tan mundanas como el desayuno y las tareas.
—Vi salir a King y pensé que simplemente le ha soltado y había vuelto a la cama. Le gusta recoger bayas para el desayuno, pero no me gusta que se aleje tanto con todo lo que está pasando.
—Podría ir tras ella. —Se ofreció Alec. —A mí tampoco me gusta.
Isabella no quería perder a Alec de vista.
—Dejémosla dar un corto paseo y si no vuelve en media hora, pasearemos casualmente tras ella para que no crea que algo va mal.
—¿Y qué hay del vampiro? —Preguntó él ansiosamente.
—No puede estar en pie a esta hora del día; la luz de la mañana temprana es demasiado para él. Deberíamos estar totalmente a salvo. —Y Alec estaba con ella, así que no podía ser utilizado sin saberlo. El sol apenas había salido pero su piel lo sentía. Se frotó los brazos. Había una torpeza entre ellos que nunca había existido antes.
Alec palmeó a varios de los caballos mientras estos se removían intranquilamente.
—Ayudé a levantar este refugio ayer con los hombres de Tyler y Eleazar y Alistair. —Había orgullo en su voz.
—Es magnífico. —No mencionó el dinero. Alec necesitaba sentirse bien por algo.
—¿Cómo les va a los caballos?
—Parecen recobrarse rápidamente. Me gusta ver Eleazar y Alistair trabajando con ellos, susurrándole al oído como solía hacer Papá. —Isabella intercambió una sonrisa con su hermano. —Me encanta verles hacer eso.
—A mí también. —Admitió él. —¿Volvieron al rancho Stanley para dormir algo?
—No, están los dos en la casa. Puse a Eleazar en la habitación de Papá y a Alistair en la de invitados. —Sonrió hacia él.
—No puedo creer que los caballos estén tan bien ya. ¿Cómo lo hacen?
—Creo que fue Edward. —Dijo Isabella. —Cada vez que los visita, mejoran. Creo que utiliza alguna clase de técnica curativa con ellos.
Un silencio torpe cayó sobre ellos. Alec se presionó la mano contra la garganta.
—Todavía puedo sentirle, Isabella.
—Lo sé, Alec, estoy intentando averiguar con qué estamos tratando aquí. No podemos ir precisamente a donde Ben y contarle que hay un vampiro suelto... nos encerraría a los dos en un pabellón psiquiátrico.
Alec se encogió de hombros, intentando una sonrisa.
—Ha estado intentando hacerlo durante años. No sería nada nuevo.
Isabella giró la cabeza, un movimiento atrajo su atención en la cuesta justo sobre su rancho. Le ardían los ojos y eso que aún era temprano por la mañana. El sol no estaba alto, pero podía sentir la luz preparada para apuñalarla. Entrecerró los ojos, haciéndose sombra.
—¿Qué es, Alec? ¿Un animal arrastrándose?
Alec se dio media vuelta, sus ojos rastreando la cuesta. Inmediatamente se puso rígido.
—Es King, Isabella. Está herido. —Empezó a correr, cruzando velozmente el patio hacia el perro herido.
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Que feo final! Pero en general amé este capítulo, parece que Bella ya es más cercana a Carlisle jejeje
Por suerte para ustedes, no podré subir capítulo mañana… así que les pasaré a dejar otro cap dentro de un rato.
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
