No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

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El perro gateaba hacia ellos, arrastrando su cuerpo por el suelo. Cuando King los vio aproximarse, se dejó caer entre el polvo y gimió, sus ojos oscuros los miraron con confianza.

Alec se arrodilló junto a él y pasó las manos gentilmente por su pelaje.

—No tiene ninguna herida que pueda encontrar.

Un escalofrío bajó por la espina dorsal de Isabella. Se agachó para mirar al perro a los ojos.

—Está drogado, Alec.

Se hizo un pequeño silencio. Alec sacudió la cabeza inflexiblemente.

—No fui yo. Lo juro. Desperté recordándolo todo esta mañana, Isabella. No recuerdo las cosas que Carlisle me mostró que hice mientras eliminaba la sangre del vampiro, pero perdí pocos lapsos de tiempo. No fui yo esta vez. Yo no drogué al perro. No lo hice.

Isabella le puso una mano sobre el hombro.

—Ahora mismo eso no tiene importancia, Alec. Lo importante es que King estaba con Alice. Lleva a King a la casa y déjale sobre la cama de Alice y despierta a tus tíos. Diles que ensillen un par de caballos y nos sigan, luego vuelve aquí rápido. No esperaré mucho.

Alec recogió al perro y corrió hacia la casa. Isabella contuvo el miedo. Probablemente Alice esta recogiendo bayas cerca del estanque. Ignorando sus sentidos intensificados y la alarma que recorría su espina dorsal, Isabella tiró de los arreos, apresurándose a poner la brida a la yegua. Sin molestarse en ensillar saltó a la grupa y montó hasta la casa. Alec ya estaba esperando por ella. Eleazar estaba en pie tras él, con la camisa desabotonada y la preocupación estampada en la cara.

—¿Qué pasa? ¿Dónde está la niña?

—Voy a buscarla ahora. —Isabella extendió la mano hacia abajo y Alec la tomó, montando tras ella. —Han drogado al perro y estoy realmente preocupada. Busca a Alistair y traed un par de rifles. Puedo utilizar toda la ayuda que pueda conseguir. —Sin esperan ni un momento más, clavó los talones en los costados del caballo, dando la vuelta y urgiéndole a una carrera mortal hacia el manantial.

Mientras coronaban la subida, Isabella aminoró la marcha del caballo escudriñando la zona. No había signos de vida. Todo estaba tranquilo, demasiado tranquilo. El corazón le martilleaba contra las costillas. El miedo la estranguló. Alice no. No podía permitir que ningún daño le sobreviniera a Alice. Si algo le ocurriera, Isabella no sabía que haría. Luchando por contener un sollozo, tiró de las riendas, empujando a Alec prácticamente fuera del caballo.

—Busca algún rastro. Si ves algo, cualquier cosa, grita pero quédate a cubierto. ¿Entiendes, Alec? Quédate a cubierto. Si me ocurriera algo, ve a ver al sheriff. Acude a Ben. No confíes en nadie más.

—Pero... ¿Isabella? —Con la cara blanca, levantó la mirada hacia ella. —Yo no he podido hacer esto. No he podido hacerle daño, ¿verdad?

—No lo has hecho tú. —Dijo ella. —Estás mucho más en peligro que Alice. Ten cuidado, Alec, y no confíes en nadie. Desearía saber qué está pasando.

—¿Y si le ocurre algo horrible? No creo... —Se interrumpió. No podía enfrentar al vampiro de nuevo. Ni por Isabella. Ni por Alice. Ni por nada.

—Haz lo que te digo. —Espoleó de nuevo a la yegua, cabalgando por el prado hasta la lejana ladera, donde empezó a buscar un rastro.

Meu amor, ¿por qué tienes tanto miedo? Tu terror me ha despertado incluso del más profundo de los sueños. La voz de Edward fue una caricia consoladora en su mente. Casi se rompió en pedazos en el momento en que él tocó su mente. Realmente sintió su mano acariciarle la cara y notó que estaba llorando.

Es Alice. Drogaron al perro y salió sola a dar un paseo. Debería haber sido seguro. El vampiro está atrapado bajo tierra, ¿verdad? Necesitaba que la tranquilizaran.

Está bajo tierra pero puede utilizar marionetas. ¿Dónde está Alec? Lo preguntó cautelosamente, sabiendo como reaccionaría ella.

No fue Alec. Si hubiera sido Alec no estaría tan preocupada... sé que él lucharía contra ello. Pero puedo sentir que algo va mal, Edward.

Acudiré a ti.

¡No! La mirada de Isabella estaba pegada al suelo, buscando rastros. Estás gravemente herido y no puedo ocuparme de nada más ahora mismo. Quédate donde estás y déjame encontrarla.

Estoy yendo hacia ti y la pequeña. Su tono era implacable.

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Alec comprobó la pradera primero. Si Alice hubiera llegado tan lejos habría estado sedienta. La primera cosa que hacían siempre que salían a pasear era ir al estanque para echar un trago. No había pisadas de las pequeñas botas de Alice en el suelo húmedo, pero el corazón casi se le paró cuando vio la silueta clara de la bota de un hombre. Unas buenas dos tallas más grandes que su propio pie, Alec sabía que ni él ni Isabella habían dejado esa huella. Podría ser de uno de sus tíos, pero ambos calzaban una bota inconfundible con una banda de rodadura diferente y ninguno tenía un pie tan grande. Alarmado, escudriñó el suelo en busca de cualquier cosa que le diera una pista de qué camino había tomado el hombre.

Tras unos pocos minutos de explorar alrededor encontró un rastro débil. No mucho, un rastro parcial, una hoja retorcida, una ramita rota; una vez encontró la colilla de un cigarrillo. De repente cayó de rodillas junto a las huellas del suelo, se le escapó un grito bajo de alarma. Sus manos se extendieron por propia voluntad para tocar la pequeña pisada. Era definitivamente la huella de Alice; la reconocería en cualquier parte. La bota más grande la cubría. Durante solo unos minutos la indecisión luchó en él... quería gritar llamando a Isabella, pero temía que quien quiera que hubiera cogido a Alice le oyera y le hiciera daño. El rastro era fresco. Empezó a seguir las huellas, manteniéndose bajo, manteniéndose a cubierto, cuidando de no perturbar el suelo y llenar el aire de polvo. Esperaba que sus tíos o Isabella vinieran pronto tras él.

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Edward explotó atravesando la tierra. Soltó un grito gutural cuando los rayos del sol rayaron su piel como cuchillos. Cambió de forma inmediatamente para proteger sus ojos sensibles y el cuerpo del ardiente sol. El retorcer de músculos y huesos abrió sus heridas haciendo que gotas de sangre salpicaran el cielo y cayeran sobre la tierra. Eligió la forma de vapor para no tener que continuar protegiendo sus ojos. Mantener estaba forma en su débil estado era precario y le dejaba con poca energía para proporcionar una cobertura de nubes.

Carlisle había encontrado la tierra sanadora profundamente en el interior de las montañas, demasiado lejos del rancho, y había puesto a Edward en la tierra allí, con la esperanza de que los ricos minerales le sanarían más rápido. Había sido una tierra perfectamente curativa, pero eso significaba viajar una gran distancia con su cuerpo ya drenado de fuerza. Utilizan su tremenda fuerza de voluntad, Edward echó a un lado el dolor y atravesó el cielo hacia Isabella, dejando atrás un rastro de neblina roja.

Isabella desmontó, soltando las riendas para que la yegua no se moviera mucho mientras ella estudiaba el suelo con una mirada asombrada. Algo estaba mal pero no podía decidir que era. Acuchillándose, recorrió con la mano la tierra seca como si eso le fuera a dar una pista. Se obligó a tomar varias profundas y tranquilizadoras respiraciones. La histeria no la ayudaría en este momento. Había creído que Alice estaría jugando en alguna parte completamente ignorante de su preocupación. Examinó la tierra cuidadosamente, frunciendo el ceño al descubrir un espacio despejado en un diminuta ramita de un pequeño arbusto. La tocó con el dedo.

A la altura de Alice. La habría rozado al pasar corriendo. ¿Pero dónde estaba el rastro? Una hoja rota a unos pocos pies la convenció de que Alice había venido por este camino.

Sacudió la cabeza. Esto era una locura, tendría que haber habido más. ¿Dónde estaba el rastro?

Era demasiado elusivo, como si Alice hubiera flotado, y solo tocado ligeramente los puntos oscuros, como un pequeño fantasma. Se estremeció, acallando su imaginación y el terror que amenazaba con consumirla de un momento a otro.

Estoy de camino. No veo por qué crece tu temor cuando ves que ha pasado por ese camino. Edward era una roca tranquila y estable. Se apoyó en su fuerza como si fuera un ancla.

Las huellas no son así, Edward. Tendría que ver las pisadas de sus botas en el polvo, y más adelante, una roca pateada. Habría signos más obvios de su paso. Intentó convencerle de lo que quería decir, mostrándole sus recuerdos de rastrear animales.

¿Dónde están Eleazar y Alistair? Todos deberíais estar armados y deberíais permanecer juntos. Su voz no había cambiado, pero ella sentía su intranquilidad.

Están de camino. Esperaba que fuera cierto.

—¡Isabella! —Era un grito, una súplica, un niñito buscando la tranquilidad de un adulto. No había oído a Alec utilizar esa voz desde que tenía seis años. Saltó sobre sus pies y se volvió hacia donde estaba Alec. El chico se tambaleaba hacia ella, su cara era una máscara pálida y retorcida de angustia. Cayó sobre una rodilla, enterrando la cara entre las manos.

La mente de Isabella quedó misericordiosamente en blanco mientras cubría la distancia entre ellos en una carrera lacónica, lanzándose junto a él, atrayendo el cuerpo pesado y tembloroso contra el suyo protectoramente.

—Cuéntame, Alec. —Increíblemente gentil, su voz escondía autoridad.

Sintió a Edward quedarse inmóvil, sintió sus brazos rodeándola para proporcionándole su fuerza.

—Los rastros, el de ella y el de él. Los seguí. Hay... hay un... una... —Se interrumpió, sollozando salvajemente, las lágrimas cruzaban sus mejillas. Enterró la cara entre las manos, negándose a mirarla.

Isabella le aferró los hombros, sacudiéndole dos veces con fuerza.

—¡Cuéntame! —El miedo la estaba estrangulando, haciéndole imposible respirar. —¡Alec! Por amor de Dios, ¿has encontrado a Alice?

Alec levantó la cara, mirándola con ojos fantasmales. Isabella contuvo el aliento. Edward contuvo el aliento.

—Alec. —Isabella le tocó las lágrimas en la cara. —¿Qué pasa?

—¡Una tumba! —Gritó Alec. —Encontré una tumba.

Se hizo un súbito silencio. Sorprendida, Isabella se quedó completamente inmóvil durante un minuto, el martilleo de su corazón golpeaba en sus oídos y un grito fue arrancado de su corazón.

—No me lo creo. —Dijo, empujándole a un lado, poniéndose en pie tambaleante.

Espera por mí. Edward redobló sus esfuerzos para apresurarse a pesar de sus heridas. Ella estaba casi histérica. Debería haber tomado la sangre de los chicos para poder saber dónde estaban en cualquier momento. La idea de esa pequeña herida, quizás muerta, golpeó su corazón y su alma hasta que deseó hacer eco del silencioso grito de Isabella.

Isabella corrió en la dirección desde la que Alec había venido. Vio las pisadas de grandes botas donde un hombre pesado había alcanzado a Alice, los arbustos rotos y maltratados donde ella había luchado, las pisadas más profundas del hombre mientras la cargaba. Los rastros volvían al refugio de un cañón sin salida. Fuera a la izquierda, entre dos grandes rocas, había un pequeño montículo, tierra fresca apilada y más de ella esparcida alrededor, pequeñas rocas colocadas cuidadosamente en lo alto para evitar que los animales desenterraran algo.

Edward. Edward. Oh, Dios creo que está muerta. Isabella corrió hacia adelante, gritando una negativa, arrojando las rocas a un lado en medio de una terrible furia, rasgando la tierra con las manos desnudas.

No hagas esto tú misma. Estoy tan cerca, meu amor. Déjame hacerlo por ti.

Ella no paró, no pudo parar hasta que sus dedos tocaron algo sólido. Dejó de respirar, dejó de pensar, su mente estaba casi entumecida. Entonces fue consciente de todo, las lágrimas en su cara, el polvo en sus ropas, la tela entre sus manos. Arpillera. Reluctantemente apartó el resto del polvo para descubrir el saco.

Iba a ponerse enferma.

—No, no lo harás. —Ni siquiera había oído llegar a Edward. Simplemente estaba a su lado, con una mano sobre su hombro, su aliento cálido y tranquilizador contra la nuca. —Mira atentamente el saco, Isabella.

Apenas podía ver a través de las lágrimas. Entonces empezó a sollozar ruidosamente, salvajemente, incontrolablemente, agradecidamente, jubilosamente.

—Es un saco de cien libras de avena. No Alice. Avena. —Se giró en el refugio de los brazos de él, enterrando la cara contra su pecho, y lloró de puro alivio.

—Está viva. —Dijo Edward. —Escaneé la zona y hay algo perverso aquí, pero ella está viva. Siento su presencia.

—Alec no. —Susurró ella, aferrándose a su camisa.

—Alec no, querida. —Confirmó él, sus manos fueron gentiles mientras la ayudaba a ponerse en pie.

Isabella se giró para mirar hacia Alec. Estaba a varias yardas de distancia, aferrado a un árbol en busca de apoyo, con la cara enterrada en el brazo.

—No es Alice. —Gritó. —No es ella, Alec. Era un engaño. Gracias a Dios, era un engaño.

Alec levantó la cabeza, mirándola como si estuviera loca, después corrió hacia adelante con piernas temblorosa, tropezando sobre el terreno accidentado para verlo por sí mismo. Se abrazaron riendo histéricamente, su alivio era tan grande que estuvieron un poco locos durante unos momentos.

Isabella se controló primero, extendiendo la mano en busca de Edward. Fue solo entonces

que le vio realmente. Su cara estaba devastada y surcada por las profundas garras de las criaturas mutadas del vampiro. La camisa le colgaba en sucias trizas, la piel de su pecho estaba enrojecida y lacerada. La sangre manchaba su camisa y goteaba de sus heridas. Sus ojos estaban rojos e hinchados incluso a la luz de la mañana temprana, un testimonio de su pérdida de fuerzas.

Estaba en pie alto y erguido y tan desgarrado que las lágrimas empezaron a correr por la cara de Isabella.

—Edward, no deberías haber venido. —Estaba tan herido, su gran fuerza más que disminuida, pero aún así había venido en su ayuda. Se mordió el labio, deseando tocarle, deseando abrazarle y aliviar lo peor de su dolor. —Ni siquiera llevas gafas oscuras.

—¿Y dónde están las tuyas? —Le tomó la mano, su pulgar le acarició la piel como buscando quemaduras o ampollas.

—No sé, las olvidé. Todavía tengo que encontrar a Alice. Debería haberlo sabido. Estaba allí justo delante de mí, pero estaba tan asustada. Contaban con ello. Que estaría tan asustada que creería lo obvio. —Le tocó la cara gentilmente. —Edward, tienes que volver. Estánaquí Alistair y Eleazar. Ahora no estoy sola. —No pudo contenerse, le rodeó con sus brazos y se apoyó en él, teniendo cuidado con sus heridas. —Gracias por querer estar aquí por mí.

—Debe descansar, Don Edward. —Dijo Eleazar, desmontando. Reparó en los rastros, la tumba abierta y el saco de avena. Edward permanecía muy cerca de Isabella, un gesto puramente protector.

—¿Habéis encontrado a la joven Alice?

Alec se lanzó a los brazos de Eleazar.

—Yo no hice esto. No hice esto.

Edward le tranquilizó con un toque.

—No, Alec, tú no lo hiciste. Este es el trabajo de una marioneta, un ser muy malvado. No me marcharé hasta que se encuentre a la niña. Está en alguna parte en esa dirección. —Señaló hacia atrás a la zona donde Isabella había estado buscando rastros. —Eleazar y Alistair buscaran terreno elevado y utilizaran las miras telescópicas. Quizás parezca que estáis recorriendo la zona en busca de ganado.

—Crees que alguien nos está observando. —Dijo Alec. —No entiendo esto. Alice todavía está desaparecida; él debe tenerla.

Edward asintió.

—No creo que estén juntos. Alice lucharía delatando su posición. Creo que vosotros dos fuisteis atraídos aquí deliberadamente.

Alec encontró los ojos enrojecidos.

—Crees que quieren hacer daño a Isabella. ¿El vampiro puede utilizarme para hacer daño a alguna de mis hermanas?

—Alec. —Objetó Isabella.

Edward puso una mano contenedora sobre la pequeña espalda de ella.

—Durante las horas diurnas el vampiro no puede darte ninguna orden. Puede programarte con antelación, pero no puede continuar haciéndolo durante el día. Carlisle te vigila. No permitiré que nada os ocurra a ninguno de vosotros.

Alec cuadró los hombros.

—¿Qué quieres que haga? Este hombre tiene a Alice, tenemos que recuperarla.

Isabella sacudió la cabeza firmemente.

—No, ella huyó en la otra dirección. De alguna forma la atrajeron aquí, no estoy segura, pero la encontraremos por ese camino. Eliminaron su rastro e hicieron un trabajo endemoniadamente bueno, por cierto.

—¿Cómo? —Preguntó Alec.

Isabella se encogió de hombros.

—Todo lo que tuvieron que hacer fue esperar por ella al principio de la pradera y de algún modo la hicieron cambiar de dirección. Una vez estuvo fuera de la vista, borraron sus huellas en ese lado y cualquier evidencia de que hubiera pasado por ese camino. Dejaron rastros que conducían en esta dirección, los cubrieron con los suyos propios, y aplastaron arbustos para que parecieran que ella había luchado.

—Y utilizaron el saco de avena para hacer su pisadas más profundas sobre el polvo, para que pensáramos que cargaban con Alice. —Dijo Alec.

Ella asintió.

—Debería habérmelo figurado en ese momento. Nos habría ahorrado mucha pena.

—¿Por qué, Isabella? —Preguntó Alec lastimeramente. —¿Por qué nos hace esto el vampiro? ¿De donde viene y que quiere?

Isabella miró a Edward.

—Esa es una buena pregunta, Alec, y no tengo la respuesta. No tiene sentido.

Edward suspiró.

—El vampiro efectivamente destruyó el cerebro del hombre. Está pudriéndose desde dentro. Para él, lo que está haciendo tiene perfecto sentido, aunque para nosotros sea elaborado y perverso. Ya no puede pensar con claridad. Intenta obedecer las órdenes de su maestro. Más que probablemente su maestro no le dijo que matara a la niña así que se concentra en atraer a su objetivo.

Por mucho que quisiera que Edward estuviera allí, se tambaleaba de cansancio y podía ver las ampollas alzándose en su piel. Tocó su mente, una sonda tan suave y delicada como pudo. Instantáneamente cayó de rodillas, el dolor era tan execrable que el corazón le tartamudeó.

Las manos de Edward fueron gentiles cuando la levantaron hacia él, pero sus ojos eran severos.

—No vuelvas a hacer eso.

Ella parpadeó para contener las lágrimas. Lágrimas por no poder encontrar a Alice y porque no podían evitar el dolor de Edward.

—Alec, necesito mi rifle. Coge la yegua, vuelve a la casa y tráeme mi arma, munición extra y una cantimplora.

—¿Encontrarás a Alice?

—Absolutamente. Encontraré a Alice.

Alec dudó.

—¿Pero qué vas a hacer con el rifle?

—No lo sé aún. —Replicó Isabella honestamente. —Pero esto no va a acabarse. Ve ahora.

Él se giró, dio dos pasos, y volvió atrás.

—¿Y si ambos estáis equivocados, Isabella? ¿Y si la tiene él?

—No estoy equivocada, Alec. —Le dijo. Isabella había estado leyendo rastros la mayor parte de su vida; estaba segura de que encontraría a su hermana.

—Sabes lo que somos a través de tu vínculo con Carlisle. —Señaló Edward. —Te lo digo ahora, Alice no está con el sirviente del vampiro y podemos estar todos agradecidos por ello. Siento su presencia en una dirección y la de ella en otra. Isabella tiene la esperanza de alejarme porque no estoy en plena forma, pero no la dejaré hasta que todo el mundo esté a salvo. Tienes mi palabra de honor.

Alec abrazó a Isabella, necesitándolo, necesitando su fuerza, extrayendo consuelo y tranquilidad de ella como había hecho la mayor parte de su vida. Isabella observó a Alec salir gateando del cañón y empezar a abrirse paso de vuelta a la casa del rancho antes de volverse hacia Edward.

—Parece que vayas a derrumbarte. Soy buena tiradora, Edward. Si no se trata del vampiro, puedo ocuparme de ello.

—Comen carne humana, Isabella. —Dijo él, gesticulando en la dirección que pensaban que Alice había tomado. —Tú encuentra a tu hermana y yo destruiré la malvada creación del vampiro.

—¿Qué vas a hacer?

—Dejarle pensar que estás sola. Irá tras de ti. No me gusta utilizarte como cebo, pero es la única forma cuando estoy tan débil, meu amor.

—No me importa ser el cebo para recuperar a Alice. ¿Estás seguro de que Alice está viva?

Él tomó un profundo aliento, olisqueando el aire.

—Está viva. —La enorme forma de Edward relució. —Será más fácil para mí soportar la luz en forma de niebla. Estaré cerca, Isabella.

Sabía que lo estaría. Edward sufría un dolor execrable, pero aún así había acudido a ella cuando le necesitaba.

Está corriendo un terrible riesgo. La voz de Carlisle fue áspera en su mente. Pronto el letargo le abrumará y será incapaz de moverse, y sin cubertura, morirá.

No le dejaré morir. No podía hacer que Edward cambiara de idea una vez la decisión estuvo tomada. Solo podía intentar localizar a Alice rápidamente para que todos salieran del sol.

Isabella empezó una lenta y metódica búsqueda en el suelo. Mantuvo los ojos pegados alpolvo, moviéndose en un amplio círculo. En una depresión poco profunda tras las rocas descubrió una huella parcial con el talón izquierdo desgastado, una vieja pala oxidada. Una que reconocía. Ella y Alec la habían descartado meses atrás después de que el mango se hubiera roto.

Le llevó veinte preciosos minutos encontrar donde el hombre había yacido a la espera, las dos impresiones gemelas de sus codos en la hierba sobre la colina. Había vigilado el camino suficiente tiempo como para fumarse tres cigarrillos. Consciente de la posición del sol, examinó cuidadosamente la tierra, segura de que la marioneta del vampiro disponía de algún medio de transporte. De nuevo utilizó un tiempo precioso tiempo que sabía que Edward no tenía desentrañando el rastro. A unas pocas yardas de su punto aventajado descubrió donde había dejado el caballo.

Edward. He visto estas huellas antes. Pertenecen al hombre que trabaja para Michael Newton... su nombre es Dimitri Carter. Me tropecé con él cuando encontré el cuerpo de Erik. Sus ojos estaban enrojecidos e hinchados y lo presentí malvado. ¿Puede haber matado él a Erik? La idea de que ese hombre hubiera estado cerca de Alice la aterraba.

Es probable.

Isabella examinó la hierba pisoteada, encontró donde el caballo había pastado y sus

excrementos, y supo que Dimitri había pasado allí algún tiempo. Pudo ver una impresión clara donde el pesado costal de grano había descansado contra las rocas, el peso había aplastado la hierba bajo él. Se mordió el labio leyendo la historia fácilmente, las zancadas cortas que se alejaban del caballo, obviamente agobiadas. Dimitri había permanecido fuera de escena y había vuelto a la ladera para observar su trabajo. Encontró las huellas delatoras, la marca distintiva de su talón donde había divisado que ella le rastreaba y había dado vueltas alrededor, las largas zancadas indicaban que había corrido hacia su caballo.

Está en algún lugar cerca. Definitivamente me divisó y podría estar acechándome ahora mismo. Durante un momento le picaron los hombros, esperando el impacto en cualquier momento.

Está al norte de ti, en pie ahora, moviéndose a través de los arbustos. Ni Eleazar ni Alistair tiene un blanco claro.

Isabella lanzó la cabeza hacia arriba, un escalofrío poco familiar la recorría, una resolución de hierro. El vampiro no solo le había hecho esto a ella, había mezclado a Alec en algo por lo que nadie, y mucho menos un niño, debería pasar. No puedo pensar en él, Edward, tengo que encontrar a Alice. Por favor no dejes que le pase nada a Alec. Prométemelo.

Querida, Alec no sufriría daño por parte de esta perversa criatura. Ya le tengo, y le destruiré. Alec se acerca con tu rifle.

Al momento el corazón se le paralizó. Edward esta decidido a entrar en batalla. Estaba mortalmente herido. A todos los efectos debería estar muerto, no corriendo a cazar a un sirviente del no—muerto. Extendió la mano en busca del rifle y Alec se lo lanzó. El chico dejó caer las riendas de la yegua y desmontó, ofreciéndole una caja de munición.

—¿Aún no has dado con su rastro? —Preguntó él.

Isabella sacudió la cabeza.

—Este hombre es un hábil rastreador. Eliminó su trasto durante un buen cuarto de milla a través de los arbustos. Quiero que sigas el rastro, Alec, pero será peligroso. Tendrás que fingir que eres yo y serás el cebo. Yo me abriré paso a través de los arbustos para abalanzarme sobre él. Edward le está persiguiendo, pero está gravemente herido y el sol ya está alto. Puedo sentir lo cansado que está y lo difícil que se le está haciendo moverse.

—¿Y si ella está...? —Alec se interrumpió.

Isabella sacudió la cabeza mientras cargaba el rifle.

—No lo está, Alec. Edward dice que está seguro de que está viva. ¿Qué hay de ti? —Se detuvo, su mirada se encontró con la de él sólidamente. —¿Puedes resistirte a cualquier cosa que el vampiro pueda haberte programado a hacer?

Estoy con él. Fue todo lo que dijo Carlisle, pero fue suficiente para tranquilizarle.

Alec asintió.

—No haré daño a Alice. Nada podría obligarme a hacerle daño. —Se puso la correa de la cantimplora alrededor del cuello. —Y Carlisle Cullen está en mi mente. Está despierto, así que supongo que estaré bien.

—Toma mi sombrero y mi camisa de manga larga. Quédate entre los arbusto para que crea que eres yo. Tiene que creerlo, Alec, ¿puedes hacerlo?

Alec tomó el sombrero y la camisa, frunciendo el ceño mientras lo hacía.

—Estás realmente quemada.

Isabella ignoró su comentario.

—Cuento contigo entonces. —Empezó a correr, manteniendo el cuerpo bajo, utilizando tanto del terreno disponible para cubrirse como podía, abriéndose paso hacia el norte. Sabía que Dimitri se abría paso hacia ella con la esperanza de matarla o capturarla. Era bueno, pero cometía errores y uno de ellos era su continua necesidad de nicotina. Podía oler el cigarro ardiendo mientras él fumaba en alguna parte delante de ella.

Sin mangas largas para protegerse los brazos, las ramas le arañaban la piel e incluso con la cobertura de nubes en lo alto, podía sentir como se formaban las ampollas. Le ardían los ojos, un desgarro continuo, y sabía que Edward estaba sufriendo incluso más. Aplanó el cuerpo entre los arbustos, gateando a lo largo del rastro de un animal a través de las ramas.

¿Qué crees que estás haciendo? Había un chasquillo distintivo en la voz de Edward, como si hubiera desnudado los dientes.

Te estoy protegiendo. Alec está haciendo de mí y es casi tan buen rastreador como yo.

Este hombre no va a acercarse a ninguno de vosotros. Lo prohíbo.

—Siempre prohibiendo. —Murmuró ella en voz alta. Él estaba débil, casi un muerto viviente, su cuerpo desgarrado y atormentado, pero también era demasiado orgulloso como para admitirlo. Necesitaba que ella lo ayudaba lo supiera o no. Gateó más cerca de donde su presa se había colocado entre las rocas, esperando por ella. Esperando para matarla. Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando comprendió que el objetivo del hombre no era solo llegar hasta ella.

Isabella... Había una nota de advertencia en la voz de Edward, una promesa de represalias.

Tú haz simplemente tu parte y déjame a mí hacer la mía. Así es como soy yo, Edward, así que si estás pensando en liarte conmigo por cualquier período de tiempo, acostúmbrate.

Así es como soy yo, Isabella. Ponte en peligro en cualquier momento y te envolveré en una barrera impenetrable donde nada podrá tocarte. Requerirá una gran cantidad de mi fuerza cuando la necesito en otra parte.

Ella murmuró en voz baja una imprecación, llamándole varias cosas, ninguna de las cuales era un cumplido. Este hombre era imposible, incluso estando al borde de la muerte.

Había atravesado los arbustos un poco más y veía a la marioneta del vampiro. Definitivamente era el mismo hombre que había estado con Tony Harris en su propiedad cerca de las minas. El estómago le dio un bandazo cuando le llegó el inesperado pensamiento de que había intentado alimentarse del cuerpo de Erik, así que debía haber sido él quien lo matara. Dimitri Carter parecía enormemente fuerte, pero descuidado, sus ropas estaban rotas y arrugadas.

Babeaba incontrolablemente y tenía un tic en un ojo. Observaba a Alec a través de un par de binoculares, pero se limpiaba continuamente los ojos llorosos.

Isabella se sentía enferma pero tenía que hacerlo de todos modos. De algún modo estaba relacionada con el hombre. Una vez, él había sido justo como Alec, inocente, hasta que el vampiro le había atrapado.

No tan inocente, negó Edward. Su mente y sus recuerdos son pútridos. Quédate quieta, sospecha algo. Alec no se mueve como tú y nota que algo no va bien.

De repente Dimitri maldijo en voz alta, tiró el cigarro a un lado, y alzó el rifle hasta su hombro, apuntando hacia Alec.

Isabella colocó su rifle en posición, con el dedo en el gatillo. Era una excelente tiradora, pero nunca antes había matado a nadie. Con un encogimiento del corazón, sus dedos empezaron a tensarse. Sabía que no tenía elección. El sol la cegó, saliendo de detrás de las nubes y golpeándola en la cara. Hizo todo lo que pudo por no gritar de dolor cuando miles de agujas parecieron atravesar sus ojos. Parpadeó rápidamente para aclarase la visión, desesperada por hacer un disparo antes de que el acechador pudiera herir a Alec.

—¡Alec! ¡Agáchate! —Gritó la advertencia, sabiendo que estaba revelando su posición, pero sin preocuparse de ello.

Inmediatamente Dimitri se giró hacia el sonido de su voz y realizó varios disparos. Las balas surcaron el aire, golpeando en la tierra a sus pies. Isabella apretó el gatillo, medio cegada por el sol pero decidida a proporcionar fuego de cobertura a su hermano.

Simultáneamente, oyó disparos de rifle de otras dos armas y supo que Alistair y Eleazar estaban haciendo lo mismo. El siervo del vampiro se deslizaba hacia atrás entre los árboles, arrastrándose por el polvo sobre la barriga hacia su caballo. Isabella captaba vistazos de él, pero no podía conseguir un blanco claro. El corazón casi se le paró cuando Edward se interpuso en su línea de fuego, de espaldas a ella. La sangre formaba una gigantesca charca en la espalda de su camisa.

¡No! No, Edward. Estaba demasiado débil. Podía sentir la terrible pérdida de energía. ¡Carlisle! ¡Oh, por favor, dime que hacer! Gritó pidiendo ayuda al hermano de él con su mente. Isabella se puso en pie y corrió, aferrando su arma, decidida a ayudar a Edward. Podía ver a Eleazar y Alistair corriendo hondonada abajo, convergiendo desde dos direcciones distintas, intentando llegar hasta él. Isabella golpeó algo sólido y cayó hacia atrás, encontrándose sentada en el suelo, una barrera la bloqueaba. Podía tocarla, pero no podía verla.

Dimitri se tambaleó poniéndose en pie, con los ojos enrojecidos hinchados y casi cerrados, y cargó hacia Edward como un jugador de futbol. Se las arregló para rodearle con los brazos, hundiendo los dientes en el pecho del cazador y el puño en la herida de su espalda. Arrancó un trozo de carne sobre el corazón de Edward y lo escupió.

Isabella intentó utilizar el rifle, disparando contra la barrera, con la esperanza de hacerla pedazos, pero esta permaneció inamovible. Solo podía observar con horror como el mutante desgarraba a Edward una segunda vez.

Edward no se apartó sobresaltado, en vez de eso cogió la cabeza del hombre entre las manso y retorció con fuerza. El sonido del cuello de Dimitri al romperse resultó ruidoso en el aire tempranero de la mañana. Isabella atrajo aire a sus pulmones con alivio, pero para su horror, Dimitri no cayó. Edward le empujó hacia atrás. La criatura zombi se lanzó hacia delante, con la cabeza torcida en un ángulo peculiar. Rugió, arrojando escupitajos mientras atacaba.

El corazón de Isabella palpitó en su pecho. Sus puños aferraban el rifle tan fuerte que sus manos estaban entumecidas. Nunca se había sentido tan indefensa en su vida. Sorprendentemente, el siervo del vampiro era rápido, pero Edward se hizo a un lado, hundiendo el puño profundamente en el pecho del hombre. Se quedó allí, mirando a los ojos a la marioneta, con la mano profundamente enterrada, y entonces la retiró. El sonido fue ruidoso en el aire inmóvil de la mañana, un sonido de succión que hizo enfermar a Isabella. Edward se quedó allí de pie con el corazón de Dimitri en la mano, y la sangre corriendo por su brazo. El cuerpo se tambaleó y dobló sobre sí mismo en un movimiento lento.

Isabella giró la cabeza lejos de la visión, el corazón le martilleaba en el pecho. Ella no pertenecía a un mundo donde los hombres se arrancaban los corazones del pecho, se mordían los unos a los otros en el cuello y convertían a seres humanos en caníbales y marionetas. Se sentía mareada y débil, se presionó una mano sobre la frente, limpiando las gotas de sudor.

Lamento que hayas tenido que presenciar semejante destrucción de vida, meu amor. La voz de Edward rozó sus terminaciones nerviosas, un toque sensual de terciopelo sobresu piel, en su mente. Seduciendo sus sentidos. Sacudió la cabeza, deseando poder pensar conclaridad. Necesitaba poder pensar con claridad. Parte de ella sentía que podría estar volviéndoseloca.

El destello de un relámpago llamó su atención. Edward atrajo del cielo la misma bola de energía naranja que Carlisle había manipulado, incinerando al hombre que una vez había sido un ser humano. Tiró el corazón al suelo e hizo lo mismo con él, lavándose también las manos y brazos con la energía.

Dio varios pasos hacia Isabella y se tambaleó. Jadeando, ella golpeó la barrera con la culata del rifle.

—¡Baja esto ahora mismo! —Su tercer golpe no encontró resistencia y corrió hacia él. —¡Maldito seas! No vuelvas hacer eso nunca. No elimines mis elecciones de esa forma. Podría dispararte yo misma. —Eleazar y Alistair se acercaban a ellos. —Encontrad a Alice. —Gritó y cogió a Edward. —Toma mi sangre ahora mismo. En este mismo segundo. — Él sacudió la cabeza.

—Es demasiado peligroso, meu amor. Necesito demasiado. El hambre me corroe. Podría hacerte daño. No me arriesgaré.

Isabella estaba tan enfadada que la adrenalina corría por su riego sanguíneo. Se sacó el cuchillo del cinturón y se cortó la muñeca.

—Demonios, no me digas que no. —Dolía como el demonio, y le revolvía el estómago haciendo que tuviera que luchar contra las oleadas de nausea. Empujó el brazo contra su boca. —Toma la sangre antes de me desmaye o me vuelva tan loca que te apuñale y termine el trabajo.

El olor de la sangre le golpeó fuerte, y antes de poder detenerse a sí mismo, Edward asió su muñeca y se lanzó sobre ella. La sangre llena de adrenalina le golpeó como una bola de fuego, empujando a través de su sistema, proporcionándole un falso subidón instantáneamente. Tragó el líquido, sus células demandaban alimento. La neblina roja se extendió por su mente y la bestia se alzó, rugiendo en busca de más. Su cuerpo rabioso exigía la regeneración misma de la sangre vertida en él, caliente, dulce y adictiva.

Ella sintió el drenaje, realmente sentía la sangre apresurándose desde su cuerpo al de él.

Su muñeca ardía y latía y podía sentir el pinchazo de los dientes. No pudo evitar el tirón involuntario al intentar recuperar la mano. La garra de él se apretó dolorosamente, los dedos se hundieron en su piel con una fuerza maulladora. Isabella cerró los ojos e intentó no mirar ni sentir nada en absoluto.

Detenle. La voz de Carlisle era tan distante y débil que Isabella apenas pudo captarlo. Oblígale a detenerse antes de que sea demasiado tarde.

—Edward. —Tiró de su muñeca con fuerza, intentando liberarse de su garra. —Déjame. Me haces daño. —Las piernas le fallaron y se dejó caer.

—Don Edward. —Eleazar Denali empujó el cañón de su rifle bajo la mandíbula de Edward. —Déjela o dispararé.

Hubo un momento de silencio. El corazón de Isabella palpitó. Por dentro, podía oírse a sí misma gritando una negativa. Prefería morir ella misma a perderle a él, pero el miedo vivía en ella cuando Edward pasó la lengua por su muñeca y alzó la cabeza para mirar a Eleazar. Había muerte en sus ojos negros y poco más.

El brazo de Isabella cayó libre de su garra. Antes de poder pensar saltó sobre sus pies y empujó el rifle lejos de Edward.

—No, Eleazar. No sabe lo que está haciendo. —Intentó tocar la mente de Edward, pero solo podía oír un extraño rugido y, muy distante, un retorcido grito de pesar. Los dedos de Edward se cerraron alrededor de su garganta. El tiempo se detuvo. El corazón le latía demasiado rápido y el aire abandonó sus pulmones.

Sin advertencia Edward se colapsó, cayendo con fuerza y arrastrándola con él. Había abandonado su mente. Isabella le tomó el pulso frenéticamente.

—¿Está muerto? Eleazar, no hay pulso. No puede estar muerto. —Intentó darle la vuelta para hacerle el RCP.

Eleazar la detuvo con una mano sobre el hombro.

—Es el sol. Está demasiado débil y debe ser protegido, colocado en la tierra. Tenemos que atender sus heridas lo mejor que podamos y cubrirle de tierra. Cuando Don Carlisle se alce esta noche, le llevará a algún lugar seguro.

Ella alzó la cabeza de Edward y para su sorpresa, sus ojos negros la miraban, llenos de inteligencia y remordimiento. Parecía paralizado, incapaz de moverse. Su corazón y sus pulmones parecían no estar funcionando, pero permanecía alerta.

—¿Debería taponar sus heridas como hice anoche? —No quería mirar a los ojos de Edward y no quería tocar su mente.

Mientras Eleazar cavaba un lugar en la tierra fresca cerca del estanque, taponó las heridas con tierra y su propia saliva. Él no habló ni una vez y ella se sentía entumecida. Sus heridas eran terribles. No parecía posible que nadie se recobrara de algo así. Odió ayudar a Eleazar a meterle en la tumba poco profunda y tener que mirar como su cuerpo era cubierto.

Isabella se tambaleó poniéndose en pie y empezó a correr a través de los arbustos, sin preocuparse de las ramas afiladas y las espinas que arañaban su piel y ropa. Necesitaba encontrar a Alec y Alice. Necesitaba estar con alguien cuerdo, alguien normal. Su mente no podía aceptar lo que Edward había hecho. Debería estar muerto, pero había arrancado un corazón con sus manos desnudas. Casi la había matado y podría haber matado a Eleazar. En vez de llevarle a un médico, había taponado las heridas abiertas con saliva y tierra y le había enterrado en su rancho.

Alec y Alice estaban sentados en la pequeña arboleda de pinos, Alistair permanecía de guardia. Ambos parecían cansados y sucios y tan familiares que estalló en lágrimas.

Edward no podía consolarla, atrapado bajo la tierra, con el cuerpo realmente pesado y su corazón que había cesado de latir. Podía oírla llorar, sabía que casi la había matado y que ella también lo sabía. Eleazar le había obedecido, anteponiendo la protección de ella a todo lo demás, y por eso le estaría eternamente agradecido. Estaba tan cerca, el monstruo crecía en él cuando las palabras rituales deberían haberle puesto a salvo. ¿Habría esperado demasiado? Quería extenderse hacia ella, abrazarla, besar las lágrimas de su cara y asegurarle que nunca le haría daño, pero ya no sabía si eso era verdad. Yaciendo bajo la tierra, comprendió que su angustia por Isabella dolía más que cualquiera de sus heridas físicas.

Sobre tierra, Isabella aferraba a Alec y Alice, desesperada por sacarlos de un mundo que no entendía. Alice empezó a contarle todo sobre su aterradora experiencia, como había seguido el sonido de un animal herido y había caído en la trampa. El sonido de su voz no hizo nada para evitar el terrible miedo que invadía el corazón de Isabella.

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Como ya se me está haciendo costumbre… actualicé el cap en el celular jajaja me tardé un poco más pero les dije que hoy quedaba un segundo cap… muero de sueño, así que ya dormiré.

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¡Nos leemos pronto!