No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

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—Tenemos trabajo que hacer. —Gritó Alec, golpeando con la palma de la mano la puerta del dormitorio de Isabella. —¿Vas a quedarte en la cama para siempre? ¡Ha pasado medio día! Alistair llevó a Alice a visitar a los Stanley y Eleazar y está trayendo el heno. ¡Vamos!

Isabella echó las mantas hacia atrás, sombreándose los ojos con las manos. Con cada día que pasaba la sensibilidad de su piel al sol parecía empeorar. Se duchó rápidamente con agua fría, intentando lograr que la terrible pesadez que invadía su cuerpo desapareciera. Tres noches habían pasado desde que Edward había sido abandonado para sanar en la tierra, tres días y noches de puro infierno. Intentaba dormir durante el día, desde las diez de la mañana hasta alrededor de las cuatro de la tarde. Debería haber sido un alivio, pero sus sueños estaban plagados de interminables pesadillas. Incluso había visitado la zona donde Eleazar le había enterrado, pero él se había ido, llevado a algún lugar por su hermano para sanar.

Isabella tenía sueño tras sueño en los que Carlisle sacaba la sangre del vampiro del cuerpo de Alec. Era una pesadilla macabra que la dejaba temblorosa y asustada. En el momento en que cerraba los ojos, podía ver la sangre presionando a través de los poros de Alec, y algún tipo de parásitos en su riego sanguíneo, retorciéndose como gusanos sobre su cuerpo. Cuando no estaba soñando con Alec, soñaba con Alice yaciendo en una tumba poco profunda, con los ojos abiertos de par en par acusadores. Algunas veces soñaba con Edward sonriéndole mientras le desgarraba la garganta con los dientes. La mayor parte de las horas diurnas yacía en la cama, esperando a que pasara el letargo, intentando no pensar en Edward y lo terriblemente herido que estaba. Rogaba por un sueño tranquilo, su mente siempre corriendo para encontrar una forma de mantener a salvo a sus hermanos.

Con frecuencia se despertaba llorando, su corazón convertido en una dolorosa masa en el pecho, su mente abotargada por el pesar. Estaba enfermando hasta morir de pena y miedo. Y odiaba la forma en que todos la miraban, como si pudiera hacerse daño a sí misma en cualquier momento.

—¡Vamos, Isabella, tienes que levantarte! Me dijiste que te levantara costase lo que costase, así que sal de ahí. —La puerta de la cocina se cerró con fuerza y Isabella hizo una mueca.

Con Alice visitando el rancho de los Stanley con su nueva amiga, los platos de Alec del desayuno y el almuerzo estaban en el fregadero. Solo la visión de la comida parcialmente devorada mientras atravesaba lentamente la cocina bastó para hacerla sentir náuseas. Su cuerpo odiaba trabajar a esta hora del día sin importar lo mucho que pretendiera ser normal.

Isabella apenas podía hacer frente a la separación de Edward. La mitad del tiempo sentía que iba a volverse loca. Carlisle la tranquilizaba en las largas noches, y los hermanos Denali la calmaban durante el día. Estaba segura de que Carlisle estaba compartiendo su mente, ayudándola en las horas de vigilia, y lo sentía como una invasión cada vez que pensaba demasiado en ello. Silenciosamente pedía a gritos a Edward, pensaba en él, le necesitaba; y que otra persona supiera lo obsesionada que estaba con él era humillante. Apenas podía funcionar de lo apesadumbrada que estaba.

Edward tenía mucho por lo que responder. ¿Cómo demonios esperaba que ella llevara un rancho y cuidara de dos chicos siendo semejante desastre? Podía necesitar verle, pero temía el momento en que tuviera que enfrentarle y decirle que se había acabado. Tenía que acabar. No podía vivir en su mundo. Era demasiado peligroso y violento.

Se tambaleó por el patio hacia el corral donde Alec sujetaba las riendas de un bayo de mirada firme. Ahora que era tan sensible a la luz, llevaba gafas oscuras para proteger sus ojos incluso bien entrada la tarde. Requería coraje enfrentar la luz y se encontró preguntándose cómo se las había arreglado Edward para quedarse con ella cuando el establo había ardido, o peor aún, cuando Alice había desaparecido. Debía haber sufrido una agonía. Ella estaba solo parcialmente en su mundo y sentía como si miles de agujas apuñalaran sus ojos.

Observó al caballo danzar nerviosamente, con ojos enrojecidos y suspicaces. Alec ya le había ensillado. Isabella siempre había creído en ir primero a por el caballo más rebelde y obviamente Alec seguía su filosofía al pie de la letra.

—¿Le tienes? —Isabella miró al animal, la forma en que estaba tirando de la cabeza, la forma en que sus ojos la evaluaban con una maliciosa intención. Intentó un suave susurro, su mente buscó consolar al animal, pero él se quitó de encima su acostumbrado efecto pacificador.

—Le tengo. —La tranquilizó Alec.

Tomando un profundo aliento, se subió a la silla. En el momento en que su peso cayó sobre el cuero, el animal explotó salvajemente, violentamente, la cabeza bajó en picada, levantando las ancas posteriores, relinchando furiosamente. Tensó las patas, alzándose y golpeando el suelo con una fuerza que sacudía los huesos, retorciéndose como un demonio poseído. Sin estar completamente colocada, Isabella no tuvo oportunidad de mantenerse en su sitio. Fue lanzada como un misil, su cuerpo esbelto golpeó contra el poste de amarre. Se vio lanzada y aterrizó en el polvo bocabajo.

—¡Isabella, cuidado! —El grito ronco de Alec la hizo rodar instintivamente hacia la seguridad de la valla, con las manos alzadas para protegerse la cabeza. La tierra se sacudió bajo los cascos cuando el animal se encabritó y la golpeó repetidamente. Una pezuña cortante la golpeó justo en el muslo mientras llevaba a cabo su escapada.

Instantáneamente se oyó el eco de dos gritos en su mente. Edward. Su voz fue un bálsamo consolador y valió la pena cualquier precio. Estaba vivo. Y Carlisle, la reprendía una vez más.

Su pierna entera estaba entumecida. Yació inmóvil, mirando hacia el polvoriento cielo, intentando recuperar el control de su corazón y su respiración acelerada. Aunque era ya bien entrada la tarde, pudo sentir el último rayo del sol quemando su piel y el cuerpo todavía pesado y agotado. Debería haber esperado otra media hora o así antes de intentar trabajar.

—Dios, Isabella. —Realmente había lágrimas en los ojos de Alec cuando se lanzó a su lado. —Estas sangrando mucho... dime qué hago. No sé qué hacer.

Isabella se incorporó muy alegremente sobre un codo para mirar fijamente hacia la fea cuchillada que le empapaba la pierna de sangre. Maldijo suavemente, luchando por controlar las náuseas.

—Sobreviviré, Alec, pero voy a necesitar puntos. —Se unió los bordes de la herida, forzándose a presionar con fuerza. —Consigue un par de toallas y trozos de hielo. Tendrás que conducir tú la camioneta hasta el pueblo. Llama antes y di a Doc Felix que espere en su oficina... no quiero ir al hospital y cargar con otra factura. —Espetó las palabras entre los dientes.

Su pierna había pasado de entumecida a una ardiente tortura.

Alec corrió hacia la casa. Su cara estaba tan pálida que parecía un fantasma. Nunca olvidaría, por mucho que viviera, la visión del pequeño cuerpo esbelto tan frágil en el polvo bajo el enorme y enloquecido animal, el sonido enfermizo de una pezuña encontrándose con la carne.

Abrió de un tirón la puerta de la nevera, cogiendo las toallas y las llaves de la camioneta, haciendo la apresurada llamada sin aliento y volviendo junto a Isabella en cuestión de minutos.

—¿Duele mucho? —Preguntó ansiosamente mientras la observaba aplicar el hielo a la herida. Con todas las veces que había resultado herida, Alec nunca había visto tanta sangre sobre su hermana. Era de un rojo brillante e Isabella estaba presionando con fuerza, sus dientes mordían profundamente el labio inferior.

Se las arregló para formar una sonrisa ladeada, echándose el pelo alborotado a un lado de la cara polvorienta. La acción dejó un olor a sangre.

—Necesitaré que me ayudes, Alec, mi pierna está entumecida por el golpe. —Apretaba los dientes, deseando que de veras se hubiera quedado entumecida, pero esto era mejor que decirle a Alec estaba pasándolo mal por el dolor y la pérdida de sangre. —Acerca la camioneta y seré capaz de entrar.

Isabella. Su nombre llegó salido de ninguna parte, suave y hermoso, enredándola en brazos seguros. Las lágrimas ardieron en sus ojos ante la caricia de la voz de Edward en su mente. Le anhelaba. Le echaba tanto de menos. Solo oír su voz la hacía sentir completa.

Estoy bien. Todavía suenas cansado. ¿Se supone que tendrías que estar ya levantado?

Edward sonaba lejano y hacía un obvio esfuerzo por alcanzarla. Esto la hizo sentir apreciada como él pretendía. Sabía que las heridas no estaban completamente sanadas y que el hambre rabiaba en él, pero se extendía en busca de ella salido de ninguna parte. Odiaba esa sensación fundente, cuando estaba tan enfadada con él por causarle problemas. No quería necesitar oír su voz o sentir su tacto. Y no quería pensar en la violencia de la que él era capaz.

No puedo acudir a ti hasta dentro de otra hora. Muéstrame lo que has hecho. Siento el dolor en ti. Es lo bastante severo como para despertarme de mi somnolencia.

Tomó un profundo aliento e hizo un esfuerzo para mirar la tremenda cuchillada de su muslo, alzando la mano y la toalla con hielo lejos de su piel. Oyó el jadeo de alarma de él e inmediatamente cubrió la herida. Alec me lleva al médico del pueblo. No es nada. Un par de puntos.

Acudiré a ti tan pronto como sea capaz.

Se recostó hacia atrás porque requería demasiada energía hacer cualquier cosa más, girando la cabeza para observar al caballo. Este temblaba, pateando el suelo polvoriento, todavía luchando con la silla, su cuerpo oscurecido por el sudor. Tan pronto como la camioneta se acercó a ella y Alec saltó fuera, Isabella señaló al animal.

—Míralo, Alec, algo va mal en él. No está actuando normalmente.

—Es un asesino. —Exclamó Alec, mirando fijamente al caballo, algo totalmente ajeno al carácter de Alec con los animales. —Alguien debería acabar con él.

—Está drogado, Alec. Mírale otra vez; no sabe qué está pasando.

—¿A quién le importa, Isabella? Olvida el maldito caballo, vayamos al médico.

—Aún no. Llama al Doctor Wesley, dile que estamos saliendo y que traiga con él algo de ayuda, la necesitará. Quiero que se ocupen del caballo.

—Me tomas el pelo. ¿Se supone que tengo que llamar al veterinario mientras tú yaces aquí sangrando por todo el lugar? —Protestó Alec, con preocupación en sus ojos.

—Alec. —Había un cansancio infinito en la voz de Isabella.

Reluctantemente Alec obedeció, relatando los detalles apresuradamente al atónito veterinario. Pareció pasar una eternidad antes de que Alec fuera capaz de medio alzar a Isabella hasta el interior de la camioneta. Temblando y traqueteando, la vieja camioneta aceleró hacia el pueblo.

Isabella gritó más de una vez mientras el médico limpiaba, daba puntos, y vendaba la herida de su muslo. Soportó sermones del médico y una enfermera que esgrimía una jeringuilla y para cuando hubieron acabado sentía que podría recitar los peligros del tétanos. El corte era profundo y la herida se había inflamado considerablemente; debería sentirse incómoda, pero había sufrido heridas peores.

Con el apoyo de Alec cojeó de vuelta a la camioneta, bajando arrepentidamente la mirada a sus vaqueros sucios, ensangrentados y rasgados. Sabía que su cara estaba cubierta de polvo y el pelo le caía en un revoltijo desordenado por la espalda. Miró fijamente a su hermano.

—¿Alguna vez has notado como que me las arreglo para parecer siempre tan maravillosa? —Le preguntó con un pobre intento de sonrisa. Cabeceó hacia el Porche aparcado calle abajo.

Alec siguió su mirada, reconociendo a la mujer que desaparecía dentro de una pequeña y cara boutique. Pasó la mirada de la perfección de Jessica a su hermana, quedándose con la mirada fija en ella durante un momento. Bajo el polvo y la sangre, había algo extraordinario, algo que realmente nunca había visto antes.

—Tú eres mucho más guapa que ella, Isabella, no hay comparación. De veras, no la hay.

Isabella se encontró sonriendo a pesar de lo mal que se sentía.

—Eres un hermano estupendo, ¿lo sabías? Voy a quedarme aquí y descansar mientras tú vas a por mis medicamentos y consideraré lo perfectamente maravilloso que eres.

—Acercaré el coche un poco más. —Dijo él, buscando las llaves.

—De ningún modo me vas a acercar a esa tienda... la farmacia es la siguiente puerta después de su perfecto Porsche. Podría venirte bien el ejercicio.

—El sacrificio máximo. —Gimió Alec. —Se supone que los vaqueros no van caminando a ninguna parte. —Se guardó en el bolsillo el pequeño trozo de papel y la ayudó a colocarse en una posición más cómoda. —Pareces un poco verde bajo todo ese polvo, Isabella. ¿Estás segura de que estás del todo bien y puedo dejarte sola?

—Estoy bien, Alec. —Le tranquilizó. —Solo deja la puerta abierta para que no ceda al pánico e intente salir por la ventana.

—Volveré enseguida. —Se apresuró a bajar la calle.

Le observó marchar, el cansancio la inundaba. Lo peor era que todo ese interminable trabajo estaba todavía esperando por ella. Con Eleazar y Alistair ayudando, finalmente se estaban empezando a poner al día con el trabajo. Una herida como esta interferiría su la habilidad para la equitación y el entrenamiento de caballos al igual que en el día a día cotidiano en el rancho.

¿Que había ido mal con el bayo? ¿Podían haberlo drogado como a King? Dimitri estaba muerto. Él no podía haberlo hecho. No quería pensar que Alec pudiera ser el responsable. Intentó recordar exactamente qué aspecto había tenido el caballo antes de subirse a la silla. Era inexcusable. No había advertido el desasosiego del animal, había estado demasiado alterada por Edward. Siempre volvía a lo mismo. Edward y su influencia sobre ella.

—Hola de nuevo. —Una voz suave la sacó de su ensueño.

Isabella levantó la mirada para ver a la mujer de los chispeantes ojos verdes que le había ofrecido ayuda cuando Edward se había puesto tan posesivo. Le lanzó una rápida sonrisa.

—Siempre parezco estar metida en problemas, ¿verdad? Soy Isabella Swan.

—Irina Shonski. —La mujer sonrió, su cara se iluminó. Señaló la pierna de Isabella. —Parece doloroso.

—Confía en mí, lo es. Quería agradecerte lo que hiciste la otra noche. La mayor parte de la gente simplemente hubiera pasado de largo.

—Tenías miedo de él. —Dijo Irina. —Pude sentirlo.

Isabella se apartó el pelo de los ojos y dedicó la mujer una sonrisa macilenta.

—Todavía tengo miedo de él.

Irina se apoyó en la puerta para examinar el cuello de Isabella.

—Es uno de los cazadores, ¿verdad? ¿Tienes idea de lo peligrosos que son?

La palma de Isabella se presionó instantáneamente contra la marca del mordisco, sujetando a Edward contra ella.

—¿Cómo sabes de ellos?

Irina vaciló, eligiendo sus palabras cuidadosamente.

—He tenido la mala suerte de cruzarme con sus contrapartidas en más de una ocasión. —Irina la observó atentamente para ver si Isabella entendía.

—Yo tuve mi primer encuentro hace unas pocas noches. —Isabella se estremeció. —Es agradable saber que no estoy perdiendo la cabeza. Pensé que quizás me había imaginado todo el asunto. —El alivio la inundó, un ansia por hablar con esta mujer que sabía por lo que estaba pasando, que no creería que tenían que encerrarla. —¿Cómo te encontraste con ellos? La mitad del tiempo todavía no me creo todo esto.

—¿Qué quiere de ti el cazador?

Los dedos de Isabella presionaron profundamente contra la marca de Edward en ella. Estaba siempre allí, tan fresca como el día en que él la había hecho, nunca palidecía y siempre latía como si la llamara. ¿Qué quería él de ella? ¿Sexo? Si solo fuera un sexo estupendo. Podría manejar eso. Recordaba el sonido de su risa recorriendo su mente. Baja. Sensual. Una tentación.

Sus pestañas se deslizaron hacia abajo. La controlaba sexualmente, era cierto. No podía sobreponerse a su deseo por él.

—No estoy completamente segura. —Intentó ser sincera. Para su completa sorpresa Isabella se encontró parpadeando para contener las lágrimas. —Estoy hecha un lío, Irina. Me ha unido a él de algún modo y no puedo soportar separarme de él. Odio sentirme así.

Irina miró alrededor y mantuvo la voz baja.

—Desearía poder ayudarte, Isabella. Aquí tienes mi número de teléfono móvil. Me marcharé pronto. Si quieres venir conmigo, llámame. No puedo quedarme en el mismo lugar demasiado tiempo.

—Tengo un hermano y una hermana a los que proteger.

—Si hay un cazador en la zona, hay un vampiro cerca. No puedes protegerles de un vampiro.

—¿Cómo sabías que Edward era un cazador?

Irina bajó la voz aún más.

—Tengo una marca de nacimiento, aquí abajo, justo sobre mi ovario en el costado izquierdo. Parece un dragón respirando fuego, y cuando un vampiro está cerca, o un cazador, o incluso una de las marionetas humanas, arde.

Isabella inhaló agudamente y se tocó el costado izquierdo.

—¿De dónde ha salido?

Irina se encogió de hombros.

—Nací con ella. Me ha salvado la vida en más de una ocasión.

Isabella se frotó el muslo, justo bajo la laceración, con la esperanza de aliviar el dolor.

—Hay un vampiro en la zona y Edward dice que es diferente a los otros, más poderoso.

Irina frunció el ceño.

—¿Pueden matarle?

—No lo sé. Edward estaba herido y el vampiro se marchó. Creo que Edward también lo hirió a él.

Irina suspiró.

—Me gustaba esto. Realmente no quería marcharme aún. Aún no he aprendido a matar a un vampiro. Siguen viniéndome detrás. Ver películas de Dracula todo el tiempo no me ha resultado para nada útil.

—Edward y su hermano, Carlisle, son originarios de las Montañas de los Cárpatos. Podrías encontrar ayuda allí. —Sugirió Isabella. —Carlisle me dijo que tienen que ser incinerados. Fue bastante burdo. Dijo que les arrancaban el corazón del pecho y lo incineraban también.

Irina se enderezó lentamente.

—Desearía no haber preguntado. — Miró a Isabella. —¿Estás segura de que estás totalmente bien? ¿Puedes manejar esto? Ha sido duro para mí y no quiero que te sientas tan sola como he estado yo.

—Honestamente no lo sé. Él habla de conversión.

Irina frunció el ceño.

—¿Consiguiendo que sobrevivieras? ¿Pueden hacer eso? Sé que los vampiros normalmente matan. Con frecuencia mantienen a su alrededor mujeres por un tiempo, disfrutando de su miedo, pero siempre las matan. Un par de veces he intentado rescatarlas, pero están locas. Quisieron morderme e intentaban beber sangre e incluso tuve que ver como intentaban comer sangre humana. No sé, Isabella, suena peligroso.

—Se presiente peligroso. Estoy teniendo problemas con la luz del sol, y luego están los hermanos Denali... vinieron de Brasil con Edward... no sería capaz de mantener en marcha el rancho. Ahora tengo que dormir durante el día.

—¿Quieres alejarte de él? —Preguntó Irina.

Isabella suspiró, sintiéndose cercana a las lágrimas.

—No creo que pueda. Honestamente no sé qué quiero. Tengo mucho miedo, pero estoy tan obsesionada con él. Si estoy lejos, él está en mi mente hasta que creo que voy a volverme loca. —Miró hacia Irina. —No anhelo ninguna clase de comida, y mucho menos carne humana.

—Él no es un vampiro. —La tranquilizó Irina. —Pero estos cazadores son peligrosos. No es humano, Isabella, y no importa lo humano que te parezca, todavía es diferente, con unas reglas totalmente diferentes.

—Tengo miedo. —Admitió Isabella en voz baja, sorprendida del miedo que tenía realmente.

Edward la había seducido deliberadamente. La había atraído parcialmente a un mundo del que ella no sabía nada, y la había sacado parcialmente del mundo con el que estaba familiarizada. Era aterrador y aun así no podía imaginar su vida sin él. Y era eso lo que tanto la asustaba.

—Podéis venir conmigo, todos. —Ofreció Irina. —No es muy divertido huir sola. Y podríamos estar más a salvo juntos.

Y yo te encontraría. No hay ningún lugar a donde ir y donde yo no pueda encontrarte. Había amargura en la voz de Edward, una advertencia. Isabella sintió un escalofrío en su espina dorsal.

—Él puede oírme. —Irina se apartó instantáneamente, mirando alrededor cautelosamente.

—Tengo que irme. No me atrevo a quedarme aquí. Buena suerte. —Retrocedió alejándose de la camioneta.

Isabella luchó contra la urgencia de aferrarla y mantenerla allí.

—Ten cuidado, Irina. —Gritó, metiéndose el pequeño trozo de papel con el número de móvil de Irina en el bolsillo. También ella quería huir. Había miedo en los ojos de Irina y una absoluta resolución de largarse. Fuera lo que fuera lo que los vampiros quisieran de ella, no iba a dárselo. Isabella solo podía desear que todo volviera mágicamente a la normalidad. Cerró los ojos de nuevo y contó hasta diez, sabiendo que Alec se habría encontrado con uno de sus amigos y estaría charlando en vez de traerle la medicación para el dolor. Vaya con su preocupación.

—¡No me digas que Annie Oakley se ha caído de su caballo! —Tony Crowley se apoyó en la camioneta, sus rasgos apuestos eran burlones.

—Solo faltabas tú para completar el día, Tony. —Le dijo Isabella cansinamente.

—¿Qué ocurrió? —Se acercó más para mantener la puerta abierta, su peso atravesando el cuerpo de ella mientras se inclinaba para examinar el vendaje grueso y bastante ensangrentado. Estaba inmovilizándola contra el asiento, su brazo presionaba firme y muy deliberadamente su cintura. Silbó, levantando la mirada hacia ella, sus ojos negros satisfechos revelaban su diversión ante el apuro de Isabella. —Quizás debería echar una mirada a eso; parece estar sangrando. —Tenía la mano sobre su muslo, sus dedos presionaban la carne abotargada.

—Si grito, Tony, medio pueblo vendrá corriendo.

—Nadie puede verte conmigo bloqueando la vista. —Dijo él. —Grita, diré que te dolía la pierna y estaba intentando ayudarte.

—Como si fueran a creer tu palabra contra la mía. Vete al infierno, Tony. Y aparta tus manos de mí. —Isabella golpeó hacia él, pero sus movimientos se vieron obstaculizados por la falta de espacio.

Él esquivó el golpe y se rió de ella.

—¿Has dejado tu rifle en casa, Isabella? Muy mal, ¿dónde está todo ese frío desdén arrogante que te gusta mostrar? —Su mano volvió al vendaje, demorándose allí mientras la estudiaba atentamente, disfrutando de su indefensión.

—Cállate, Tony, y lárgate de aquí.

Los dedos avanzaron más cerca de la herida de su pierna, presionando un poco más fuerte.

—Esto no tiene gracia, Tony. —Isabella intentó no mirar su mano.

—Oh, sí, yo creo que es realmente divertido. Siempre pensaste que eras mejor que yo, ¿verdad, Isabella? Así que ahora te consigues un hombre rico y crees que eso prueba que eres demasiado buena para alguien como yo, ¿pero sabes qué creo yo? Creo que no eres más que su puta. Voy a mostrarte lo que te haría sentir un hombre de verdad.

Antes de poder eludirle, Tony se inclinó, apretando su boca contra la de ella, estrujándole deliberadamente los dientes contra el suave labio inferior. Una mano permanecía sobre su pierna, justo junto a la laceración inflamada en forma de advertencia.

Isabella lo olvidó todo, su debilidad, el dolor de su pierna, el hecho de que estaba en un coche aparcado en la calle principal del pueblo. Una cosa era soportar las enfermizas insinuaciones de Tony y su bravuconería; y otra muy diferente que estuviera físicamente en posición de tocarla. Su feudo había empezado en el patio del colegio cuando Tony, dos cursos por delante de ella, se había estado burlando sin piedad de un chico de su clase. Ella le había golpeado justo delante de todo el mundo. Cuando él se había vengado, Jacob Black, Ben y Larry Jeffries habían saltado instantáneamente en su defensa. A través de los años Crowley la había amenazado y acosado, pero nunca había posado un dedo sobre ella.

Con el codo derecho le golpeó el plexo solar y su mano izquierda le cogió el negro pelo rizado de la nuca en una maliciosa garra, en un intento de tirar de su cabeza hacia atrás alejándole de ella. Para su horror él fue catapultado de la camioneta como si manos invisibles le hubiera alzado físicamente y le hubiera tirado. Entonces quedó mirando a los negros, negros ojos de Edward. Contuvo el aliento ante la pura amenaza concentrada allí. Diminutas llamas rojas brillaban, feroces y antinaturales. Parecía un demonio, un depredador, vicioso, astuto, más animal que hombre. Nada en su vida la había asustado nunca como el sombrío vacío que revelaban sus ojos. Estaba mirando a la muerte. Y sabía que él podía muy fácilmente matar a Tony Crowley.

¡No! No, Edward, no puedes. Deliberadamente utilizó el modo más íntimo de comunicación para llamar al hombre de vuelta a su cuerpo, a su cerebro. Estaba viendo a un depredador natural. Ya se volvía alejándose de ella, de vuelta hacia Crowley, que yacía despatarrado en la calle.

—Edward, deja que se vaya. —Llamó en voz alta, luchando por deslizarse fuera del asiento, el corazón la palpitaba en una especie de terror. Maldijo suavemente en voz baja al apoyar el peso en la pierna, lo que le sacudió el cuerpo entero.

Tony saltó hacia arriba, preparando los puños mientras escupía en la calle.

Edward fría y bastante brutalmente golpeó a Tony Crowley con la mano abierta, un golpe duro y poderoso que hizo tambalear al hombre cuando se lanzó hacia adelante. Edward continuó abofeteándole, dando golpe tras poderoso golpe, guiando al vaquero calle abajo. Cada golpe hacía a Tony tropezar y perder el equilibrio, un castigo chocante y humillante. Isabella había presenciado miles de riñas, pero esto era completamente diferente. Era un ataque salvaje, pero a sangre fría, una demostración de poder brutal que mantuvo a todo el mundo inmóvil, de pie en las aceras simplemente boquiabiertos ante el drama.

Isabella fue cojeando tras ellos, la furia empezaba a arder mientras su corazón se aceleraba ante la compresión de que Edward podría haber descartado a Tony Crowley de un solo golpe. Esto era un castigo público. Edward habría matado a Tony, fríamente y sin remordimiento.

Prefería matarle, pero se contenía porque Isabella nunca habría disculpado un asesinato.

No la ayudaba estar bebiendo de él. El que cuerpo estuviera volviendo a la vida. Podía sentir cada célula, cada fibra de su ser extendiéndose hacia él, necesitándole, anhelándole como una droga. Detestaba el control que él tenía sobre su cuerpo y mente. ¿Lo mostraba? Irina la había mirado con pena y sentía desprecio por sí misma cada vez que pensaba en cómo se había comportado tan apesadumbrada, casi hasta el punto de hacerse daño a sí misma. Se había visto forzada a buscar a Carlisle, alguien en quien no confiaba del todo, para poder soportar cada noche.

—Déjales. —Chilló Alec, agarrándola del brazo, sin aliento a causa de su carrera a través de la calle. Ella cojeaba y no parecía notar que apretaba los dientes a causa del dolor.

Isabella se sacudió a su hermano.

—¡Cállate! —Espetó.

Alec se detuvo inmediatamente. El pelo de Isabella era rojo por una razón. Podía prenderse en llamas si alguien la empujaba demasiado lejos. Evaluó a Cullen con intensa satisfacción. Iba a ser públicamente puesto en su lugar. La multitud era ciertamente bastante grande.

Isabella capturó el brazo de Edward, tomada momentáneamente por sorpresa por la pura dureza del mismo. Era como agarrar un trozo de hierro.

—¡Para, Edward, ahora mismo! —Intentó colocarse entre los dos hombres, pero Edward se deslizó a su alrededor con facilidad manteniendo su cuerpo directamente entre ella y Crowley. Eso solo enfadó más a Isabella. —No quiero que te ocupes de mis problemas. Me entiendes, nunca más. Esto es asunto mío. —Ella entendía el poder, lo entendía mejor que la mayor parte de la gente, la necesitad de permanecer en continuo control, pero estaba tan enfadada con ambos hombres que intentó arrastrar a Edward por el brazo lejos de Tony sin mucho éxito.

Crowley aprovechó la oportunidad para alejarse tropezando, aferrándose la cara magullada con ambas manos. Sobre la coronilla de Isabella, Edward le observó marchar, llamas rojas todavía titilaban en las profundidades de sus ojos.

—Demonios, Edward. —Estaba haciendo que Isabella se sintiera como una mosca zumbando a su alrededor. Le golpeó en el pecho, toda su cólera expresada en un puñetazo bien dirigido.

Él se irguió sobre ella, parpadeando como si la viera por primera vez. Lentamente la diversión se arrastró por sus sensuales rasgos, caldeando el amargo hielo de sus ojos. ¿Me has golpeado, querida? Su voz fue suave, sexy, íntima allí en medio de la calle, haciendo que la sangre de Isabella se calentara y el cuerpo se le tensara, y eso la hizo enfadar lo suficiente como para desear golpearle de nuevo.

—No tiene gracia. —No se dejaría seducir por él. No sentiría su cuerpo derretirse y como se acumulaba en él un ardiente calor. —No te metas en mis asuntos. Si no quiero que Tony Crowley me maltrate, me ocuparé de ello yo misma. Has empeorado la situación diez veces más; todo el pueblo sabe que ha ocurrido algo, gracias a ti. Por si lo has olvidado, estás en los Estados Unidos, no en Brasil, y aquí llamamos al sheriff.

Él la levantó fácilmente, casualmente, justo delante de todo el mundo, acunándola contra su pecho, recorriendo a calle de vuelta hacia la camioneta con largas zancadas sin ningún esfuerzo.

—Sabías que no me mantendría lejos cuando estás herida, Isabella. —Su voz susurró sobre ella, suave terciopelo, irresistible. Mágica. Había posesión en su ardiente mirada, y algo más, algo salvaje y primitivo, como si aún no hubiera terminado con Tony Crowley. —Y no voy a permitir que otro hombre pose sus manos sobre ti.

Isabella levantó la mano y tocó su boca. Sus dedos trazaron las líneas talladas tan profundamente, líneas de cansancio y debilidad que no habían estado allí antes, recordándole que él había despertado antes de que Carlisle dijera que podía hacerlo. Había débiles marcas en su cara, cediendo lentamente, pero evidencia de las garras que le habían desgarrado. Había sufrido terriblemente para proporcionarle a ella una barrera. Pasó la mano sobre su corazón, preguntándose si las marcas del mordisco estaban todavía allí. Algo se suavizó en su interior aunque no quería que ocurriera.

—Puedo manejar a Tony Crowley. —Lo dijo más amablemente de lo que pretendía. —Nuestras leyes no permiten que la gente vaya por ahí matando a alguien solo porque no les gusta lo que hace.

—Nuestras leyes son muy claras. —No había emoción en la voz de él, solo una calma mortal y una cuchillada implacable en su boca.

—Tony es un matón.

—Tony va a aprender una lección que debería haber aprendido hace mucho tiempo o no se quedará por aquí para volver a molestar a las mujeres.

—No, Edward. Sé que realmente puedes hacerle daño, incluso a distancia, pero no está bien. No lo hagas. —Su temperamento se estaba alzando en proporción directa al dolor de su pierna y la implacable posición de la mandíbula de él.

—Si quieres que diga que no tocaré a ese hombre, no puedo mentirte así que me niego a hacer semejante promesa. Si este hombre vuelve a intentar poner sus manos sobre ti, no tendrá otra oportunidad. Nunca. —Lo dijo con absoluta convicción.

—Muy macho. Estoy realmente impresionada. Al igual que Jessica. Por amor de Dios, bájame, me siento como una estúpida. Soy bastante capaz de caminar. —Para su horror las lágrimas fluyeron llegadas de ninguna parte. Maldito hombre. Todo el pueblo estaba mirando, sonriendo burlonamente hacia ella, justo bajo la mirada de Jessica.

—Deja de luchar, Isabella, o te ordenaré que lo hagas. —Espetó. —¿Qué esperabas que hiciera, querida? No podía permitir que esa pobre excusa de hombre te tocara. Estabas sangrando y te dolía. Soy tu compañero y es mi deber y mi derecho velar por tu bienestar. Tengo intención de hacer eso mismo.

Lo sintió entonces, profundamente dentro de él, la rabia volcánica a la que no se le había permitido acercarse a la superficie mientras se enfrentaba a Crowley. Apenas atada, apenas controlada. Los grandes ojos de Isabella nadaban en lágrimas y eso se sumó a la furia que ardía en la mirada de él mientras esta vagaba sobre su cara.

—Solo quiero irme a casa, Edward. — Lejos de aquí, lejos de ti. Se le escapó el pensamiento antes de poder evitarlo.

Un músculo saltó en la garganta de él. Nunca, nunca, te dejaré. Ni ahora, ni nunca. Ya deberíamos haber superado esto. Había un chasquido en el látigo tranquilo de su voz.

¿Superado esto? ¿Estás loco? Tengo unos pocos reparos, ya sabes. Como el que arrancaras el corazón de un hombre directamente de su pecho. Eso no se hace, Edward.

Él la depositó muy gentilmente en el asiento de la camioneta, ignorando el negro ceño de Alec.

—Muévete, chico, yo conduciré. —Dijo suavemente, pero había algo en su voz, una nota de advertencia que hizo que Alec se encogiera impotentemente de hombros hacia su hermana antes de saltar a la parte de atrás de la camioneta.

Nadie se atrevió a desafiar el poder de Edward y la camioneta arrancó inmediatamente.

—¿Sabes conducir? —Preguntó Isabella.

Los ojos negros se movieron sobre ella y después miró hacia la carretera, conduciendo directamente a través del pueblo, fallando por poco a Tony Crowley mientras el hombre permanecía en pie junto a su coche.

—Estás pensando en abandonarme. Y defiendes a esa pobre excusa de hombre.

—Por supuesto que estaba pensando en abandonarte. —Le miró fijamente. —¿Crees que soy tonta? Y maldito Tony Crowley. ¿Crees que esto es por él? No es por Tony, Edward, es porque casi me matas. ¿Crees que voy a caer en tus brazos y confiar en ti no solo con mi vida, sino con las vidas de Alec y Alice?

Se hizo un pequeño silencio.

—Puedo explicar eso, Isabella.

Por primera vez Edward pareció vacilar. Las cejas de ella se arquearon.

—No quiero arriesgarme a que Alec pueda oírnos. Esperemos hasta estar en la casa. Pero vas a explicarte. En todo lo que pienso ahora mismo es en cómo me duele la pierna. —añadió y golpeó la ventana. Alec se deslizó a un lado. —Alcánzame las pastillas para el dolor. Voy a tomármelas todas.

Alec puso el bote en su mano y Edward y lo tomó.

—No necesitas esto.

—¿Cómo lo sabes? Duele como el infierno. —Le miró fijamente. —Me estás volviendo loca. De veras. Hiciste algo para atarnos y después casi haces que te maten y me dejas para ir a dormir en la tierra. Dame las pastillas.

—No. Y no necesitas castigarme, yo ya lo he hecho suficientemente por ambos.

—Quizás fue suficiente para ti, pero nunca será suficiente para mí. —Dejó escapar el aliento lentamente y se recostó contra el asintió. —Realmente me duele la pierna, Edward.

—Soy consciente de ello. Siento lo que tú sientes, ¿recuerdas? No es bueno utilizar tales medicamentos; estás parcialmente en mi mundo y tu cuerpo rechazará tales cosas.

—¿Cómo rechaza la comida? —Preguntó ella, mirándole fijamente. Miró hacia el vendaje.

—El médico te cosió la pierna. Muy bárbaro.

—¿Debería haberla taponado con tierra y saliva? ¿Quizás meterme en una tumba y dejarme allí unos pocos días?

—Simplemente guarda silencio. —Sabía que ella sentía el loco deseo de saltar de la camioneta. Estaba confusa y agitada y el dolor la enfermaba. —Aparcaré para poder aliviar el dolor de tu pierna.

Isabella no discutió. Si él podía hacerlo, estaría más que agradecida. Encontró una pequeña área protegida en la sinuosa carretera y aparcó para poder concentrar su atención completamente en Isabella. Se envió a buscar fuera de su cuerpo, permitiendo que este se alejara y dejando atrás una luz, pura energía, viajando al interior del cuerpo de ella para sanarla de dentro hacia fuera. Se tomó su tiempo en reparar la pierna cuidadosamente, asegurándose de que la hinchazón desaparecía, los bordes se cerraban sin cicatriz, y las heridas de los músculos y tejidos interiores estaban curadas.

Cuando volvió a su propio cuerpo se inclinó sobre ella, tocándole la pierna con dedos gentiles.

—¿Te sientes mejor?

Isabella solo podía mirar a sus ojos oscuros, ahogándose en ellos como una idiota cuando quería ser fuerte. Sentía la pierna perfectamente bien, pero las arrugas en la cara de él eran más profundas que nunca.

—No deberías haber hecho eso.

—No tenía elección. —Se inclinó para besarle la comisura de la boca, los párpados, la punta de la nariz. —Me asustaste. No vuelvas a hacerlo nunca. —Extendió la mano en busca de su muñeca, la que ella se había cortado para salvarle la vida. Se la llevó a la boca, su lengua se movió sobre la débil cicatriz.

La intimidad de ello envió un calor que se enroscó por todo el cuerpo de Isabella.

—Edward, necesitas sanar más tú mismo. —Podía sentir el hambre golpeando hacia él, un monstruo vivito y coleante que rugía pidiendo atención. —Deberías ocuparte de tus propias necesidades.

—Me estoy ocupando de mis necesidades. —Su voz era baja y ronca, una seducción a todos sus sentidos.

Una sombra fue la única advertencia, oscura, amenazadora y llena de una especie de negra maldad mientras se erguía sobre los dos. La puerta se abrió de un tirón tras ella, casi sacando a Isabella de la camioneta. Gritó de sorpresa y horror cuando su hermano, con la cara retorcida en una máscara de odio, se abalanzaba sobre ella con un cuchillo.

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Ya empecé clases, chicos jajajaja los martes tengo unas horas libres antes de mi siguiente clase, así que a lo mejor actualizo esta historia los martes n.n

Espero que les vaya bien a las que, igual que yo, empiezan sus clases n.n No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!