No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

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Edward se movió demasiado rápido para ser visto, colocándose entre Isabella y Alec. Salvajes gruñidos emergían de la garganta de Alec y acuchillaba salvajemente con el arma.

Edward le sujetó con fuerza la muñeca, quitándole el cuchillo con facilidad, y de inmediato la expresión de Alec cambió. Parpadeó rápidamente, sus ojos se aclararon, recuperó la consciencia y soltó un grito alarmado de recriminación que destrozó el corazón de Isabella.

—¡Isabella! —Sonaba como un niño perdido, el pequeño al que tanto había amado, del que había cuidado toda su vida. —¿Qué estoy haciendo? ¿Qué he hecho? —No luchaba contra la sujeción de Edward. Las lágrimas inundaban sus ojos y surcaban su cara. Su cuerpo entero se estremecía.

—Cariño. —Isabella extendió los brazos hacia él, deseando consolarle.

Alec se echó hacia atrás fuera de su alcance.

—¡Soy yo! El vampiro me hizo algo cuando me mordió, ¿verdad? Por eso Carlisle quería matarme. Sabía que iba a intentar hacerte daño. —Se volvió para mirar a Edward directamente a los ojos. —¿Podría hacer daño a Alice? ¿Fui yo el que manipuló al caballo para que hiciera daño a Isabella?

Edward exploró los recuerdos del chico y vio como encontraba el sujetador de su hermana en el granero donde había quedado olvidado. La prenda de ropa interior había disparado la compulsión de matar a Isabella profundamente enterrada en Alec. Vio al chico preparar una jeringuilla y drogar completamente al caballo antes de ensillarlo y despertar a Isabella. Se arrancó de la mente del muchacho y dejó escapar el aliento lentamente.

—Alec. —Dijo gentilmente. —esta es la clase de cosas con las que el vampiro medra. No eres tú. Ellos toman a alguien bueno e intentan conseguir que lleve a cabo actos que la persona nunca concebiría. No puedes recordarlo a causa de que está tan en contra de tu naturaleza hacer daño a ninguna de tus hermanas. Él no podría retorcerte hasta convertirte en algo perverso. Solo puede utilizarte cuando eres vulnerable.

Alec retrocedió alejándose de la camioneta. No recordaba haber saltado de la parte trasera o abrir la puerta detrás de su hermana. Ni siquiera sabía de donde había salido el cuchillo.

—Quiero a mis hermanas. Preferiría estar muerto a herir a cualquiera de ellas.

Isabella dejó escapar un sonido de desasosiego que desgarró el corazón de Edward. Intentó deslizarse fuera de la camioneta e ir tras Alec, pero Edward la cogió de la mano y la retuvo, sin apartar nunca los ojos del chico. Querida, permíteme intentarlo. Se siente avergonzado por lo que ha hecho y aterrorizado porque podría haber tenido éxito.

—Alec, sabemos que amas a tu familia y que nunca harías daño a ninguno de ellos.

—Pero lo hice. Lo hice. —Alec se giró como si se dispusiera a correr, pero Edward fue más rápido, manteniéndole allí, sus brazos cerrados alrededor del chico.

—Escúchame. —Isabella reconoció la compulsión en la voz de Edward. —Ahora que sabemos lo que ha hecho y quién es, podemos detenerle mejor. Él no puede tenerte. Nos perteneces a nosotros. Eres familia, nuestra familia. Serás tú el que provoque su caída si continúa intentando utilizarte.

Alec estalló en lágrimas, sollozando salvajemente, enterrando la cara contra el Cárpato.

Edward se encontró a sí mismo consolando a un adolescente, un chico humano, su corazón reaccionaba justo igual que el de Isabella al incontenible llanto de Alec.

—Vi lo que el vampiro te hizo. Era horrendo. Y sus dientes penetrando en mi piel. —Alec se sacudió con repulsión. —Tengo pesadillas.

—He cazado al vampiro desde hace mucho. Sé que tú crees que es invencible, pero he destruido a más de los que puedes imaginar a través de los años. Fui descuidado, sentía demasiadas emociones, y no fui tan cauteloso como debe ser un cazador. El vampiro te tomó con la intención de utilizarte contra nosotros, pero descubrió que eras mucho más fuerte de lo que esperaba. Podrías haber matado a Isabella mientras dormía, en cualquier momento durante la tarde. —Eso no era estrictamente verdad; Alec podría haberlo intentado, pero Carlisle había colocado salvaguardas en la habitación de ella mientras dormía y los hermanos Denali había vigilado a Alec atentamente. Alec nunca lo había intentado a pesar de la compulsión del vampiro. —Tu carácter resultó ser demasiado fuerte para él. En todos los días y noches que han pasado, fue solo ahora, cuando yo estaba ya apunto de alzarme, cuando sucumbiste a sus demandas.

—Pero le hice daño.

—Tenías que obedecerle, Alec, mírame. —Gentilmente Edward le sujetó por los brazos hasta que la mirada temblorosa del chico encontró la suya. —Sabes que soy mucho más fuerte que tú, y mucho más rápido, pero atacaste cuando yo estaba aquí para detenerte. Él no te derrotó a pesar de que eres un niño, un humano frustrando sus planes.

Alec se encrespó un poco al ser llamado niño, su orgullo apareció de pronto.

—Tengo dieciséis años. —Dijo y retrocedió, limpiándose los ojos.

—Sí, cierto, y cuento con el hecho de que has estado cargando sobre tus hombros con las responsabilidades de un hombre. Definitivamente eres lo suficientemente maduro como para entender los riesgos y lo que tenemos que hacer.

Alec miró hacia Isabella, un rápido y nervioso movimiento de sus ojos. Cuadró los hombros.

—Dime como detener esto.

—Tenemos que matar al vampiro para que su poder sobre ti desaparezca completamente, Alec. —Explicó Edward. —Entretanto, puedo ayudarte como lo hace Carlisle.

Carlisle no ha sido de mucha ayuda hasta ahora, Isabella se vio forzada a señalarlo.

Carlisle evitó que te matara directamente. Edward fue amable, pero firme. Sin su interferencia, Alec estaría ahora en muy mala forma.

Está en mala forma. Yo estoy en mala forma. Mi rancho está en mala forma. Mi vida es un desastre desde que todos vosotros llegásteis aquí. ¿Os siguió hasta aquí ese vampiro...? Isabella se interrumpió, su mente corría a toda velocidad. Los accidentes en su rancho habían empezado mucho antes de que los hermanos Denali hubieran venido a establecer su reclamo sobre Alice y Alec. No podía culparles de eso.

—Cueste lo que cueste. —Dijo Alec. —Sea lo que sea lo que quieras que haga.

—Eso podría significar marcharse de aquí, Alec. —Dijo Edward.

Isabella se tensó.

—No vamos a marcharnos, Edward.

—No tenemos elección, Isabella. —Dijo él. —Hasta que el vampiro sea destruido, todos vosotros estáis en peligro. Alec, sobre todo. Necesitamos poner distancia entre ellos.

Isabella se sintió atrapada de repente. Apartó la cara de Edward y contempló los picos escarpados de sus amadas montañas.

—Estás hablando de enviar a Alec a Brasil, con la familia Denali, ¿verdad?

No había absolutamente ninguna expresión en su voz, pero Edward sintió la oleada de adrenalina, la resolución.

—En Sudamérica seremos cinco para proteger a Alec y su cordura. A semejante distancia, el vampiro no podría dirigirle fácilmente cuando es vulnerable. Tendrá a sus tíos y primos que cuidarán de él durante las horas de sol y a todos nosotros cuando el sol se haya puesto.

—Alec, entra en la camioneta. —Dijo Isabella.

El chico vaciló, pero ella le dirigió su mirada feroz, así que trepó a la parte trasera, todavía inseguro, confuso y muy trastornado.

Edward arrancó el vehículo.

—Isabella, no puedes huir de tus sentimientos hacia mí. Los vampiros son completamente malvados. Esta es una situación peligrosa.

—Soy bien consciente de que estamos todos en peligro. —Replicó ella velozmente. Los ojos negros de él le recorrieron la cara, solo una vez, pero provocó un estremecimiento en su espina dorsal. Tenía miedo de él, miedo de su control sobre ella. Cerró la ventanilla de atrás para darles una semblanza de privacidad. —No sé qué siento por ti. Tenemos sexo. Un sexo estupendo, pero, aun así, en realidad no te conozco. Me sedujiste deliberadamente, Edward. No lo niegues. Lo hiciste. Estaba sola y era una presa fácil.

—No tengo intención de negar que te seduje. ¿Por qué debería? Pero no me habrías respondido como lo hiciste si no fueras mi compañera.

—Edward, cualquier mujer se dejaría seducir por ti. Eres muy sexy y un amante increíble. No tiene nada que ver con ser compañeros.

—A mí no podría seducirme ninguna otra mujer. —Dijo él tranquilamente. —Tu lugar está conmigo. El resto ya llegará.

—¿Qué resto? ¿La parte en la que yo hago todo lo que dices?

—No, eso tiene que llegar ya.

Ella le miró fijamente para ver si había intentado hacer un chiste. No sentía ninguna diversión por su parte y tenía el presentimiento de que hablaba muy en serio.

—Ahí está la cosa, Edward; dejando vampiros y Cárpatos a un lado, creo en la compatibilidad. Tengo voluntad propia, tomo mis propias decisiones, y sigo mi propio camino. También me pienso mucho las cosas. Tú quieres tomar mis decisiones por mí. ¿Por qué crees que seremos alguna vez remotamente compatible?

Los ojos negros la recorrieron una segunda vez. Ardientes. Posesivos. Le robaba el aliento solo con esa mirada seductora. Isabella tuvo que mirar a otra parte, afuera por la ventada, retorciéndose los dedos con fuerza. Él podía ver directamente a través de ella. Una vez la besaba parecía perder la voluntad. Isabella se frotó las sienes palpitantes.

Tentativamente le tocó la mente. Las emociones se arremolinaban, violentas y turbulentas como nada para lo que ella pudiera estar preparada. Edward tenía intención de tenerla a cualquier precio. Era tan rudo como había pensado al principio, quizás incluso más. Las cosas se harían a su modo y haría lo que pensaba que era mejor para protegerla a pesar de sus miedos y dudas. Isabella se arrancó de su cabeza, más asustada que nunca. A Edward no le gustaba que nadie le dijera que no y creía tener derecho a ella.

¿Cómo podría sobrevivir con él? Vivía de forma tan diferente, pensaba de forma tan diferente. Era una mezcla de instinto animal, hombre latino y peligroso cazador Cárpato. Ella era el epitome de la mujer independiente, pero ya no podía confiar en su propio juicio con él alrededor. Quería estar con él más que nada, pero se estaba perdiendo a sí misma. Necesitaba estar con él, pero sabía que él la controlaría. Ella no era el tipo de mujer que pudiera ser controlada. Cerró los ojos, intentando mantener la mente en blanco, sin desear que el leyera su confusión.

Edward pensó en cientos de argumentos, cientos de explicaciones, pero ninguna de ellas importaría. Isabella temía lo que era él y temía su poder sobre ella. Después de haber presenciado su casi pérdida de control, tenía todo el derecho a temerle. Ni siquiera confiaba en sus intenciones para con sus hermanos y en realidad no podía culparla. Él y su hermano habían llegado con la única intención de trasladar a la familia de Charlie Denali al rancho en Brasil y ese propósito permanecía inalterado. Isabella había leído claramente esa resolución en su mente.

Estaba intentando evitar pensar, no quería que él leyera sus pensamientos, pero planeaba llamar al sheriff tan pronto como llegara a casa y contarle un par de cosas. Confiaba en Ben como no lo hacía en nadie más.

Sintió como se alzaba algo oscuro y mortífero. La bestia rugió y los colmillos le explotaron en la boca. Mantuvo la mirada fija en la carretera, abriendo la verja con un ondeo de la mano y cerrándola tras ellos con un ruido metálico y el traqueteo de una cadena mientras esta se deslizaba en su lugar.

Condujeron en absoluto silencio hasta la casa del rancho. Isabella salió de la camioneta y se abrió paso hacia la casa, molesta por que sentía la pierna completamente bien. No podía ignorar que Edward la había curado, que casi había muerto para salvarla a ella y a Alec del vampiro. Que había acudido a ella a pesar de sufrir un terrible dolor, casi muerto, para ayudar a encontrar a Alice. ¿Pero podía haber manipulado su mente de alguna forma para hacerla creer que esas cosas habían ocurrido cuando no habían pasado realmente? ¿Era posible que todo fuera una ilusión? De pie sola en el salón, se tocó la marca palpitante del cuello con la yema de los dedos, rozando una caricia sobre los pinchazos. Edward y Carlisle eran ambos capaces de poderosas exploraciones mentales; los había visto utilizar la compulsión y embrujar a otros. Sus ojos, sus voces, todo en ellos gritaba poder.

Se le erizó el pelo de la nuca. Los pechos empezaron a dolerle y un calor se acumuló en ciertos lugares secretos. Cerró los ojos brevemente antes de darse la vuelta, sabía que él estaba allí con ella, en el salón. Edward apoyaba perezosamente una cadera contra la pared, sus ojos negros la observaban.

—¿Dónde está Alec? —¿Era esa su voz? Apenas podía hablar, tenía la boca seca. No podía mirarle y no desearle. Tenía que ser compulsión. Nunca había sido mujer de obsesionarse por un hombre. Mantuvo la mano sobre la marca del mordisco que nunca parecía palidecer en su cuello.

—Los hermanos Denali le llevan a casa de los Stanley. Puede ir de visita con Alice y calmarse. Tyler es bueno para él, un hombre muy firme, y sus tíos le vigilarán. Eso le dará unas pocas horas de alivio. El veterinario te dejó una nota. Se llevó el caballo a su clínica. Me he asegurado de que las tareas están hechas por esta tarde. —Le extendió la nota del veterinario.

Cautelosa, Isabella se quedó dónde estaba. Era la forma en que la mirada. Era tan guapo, tan firme y duro, aunque completamente sensual, y su mirada era ardiente y posesiva cuando descansaba sobre ella. Y tan hambrienta por ella. La hacía sentir como si solo la viera a ella.

Como si solo ella existiera para él. Su cuerpo respondió a la oscura intensidad de su mirada sin importar lo que dijera su cerebro.

—Todavía tengo cosas que hacer. Necesito hacer unas llamadas y comprobar las facturas. —Dijo ella. Su voz ni siquiera sonaba como la suya. Tanteó tras ella en busca de la pared y la aferró tan fuerte como pudo.

—No voy a marcharme.

—Si solo estuvieras pidiendo mi cuerpo, Edward, te lo daría. Pero estás intentando obtenerlo todo de mí, y no quiero eso. —Extendió las manos ante de ella y bajó la mirada a las pequeñas cicatrices blancas de reparar demasiadas vallas y tratar con demasiado caballos salvajes.

—No voy a marcharme.

—Necesito espacio. No me dejas pensar o respirar. Tengo que intentar averiguar lo que hay entre nosotros. Lo lamento si no es lo que quieres oír, pero tengo que pedirte que te vayas.

Él arqueó una ceja.

—¿Por qué persistes en pensar que te dejaré alguna vez?

Intentó un encogimiento casual de hombros y solo se las arregló para alzarlos. No quería que él se fuera, pero no podía quedarse. La devoraba, se comía su personalidad hasta que no reconocía a esa mujer que haría cualquier cosa por él.

—Quizás porque pareces humano y una persona medianamente responsable. Si una mujer te pide que te marches, yo imaginaría que accederías.

—No puedo dejarte y en realidad tú no quieres que me vaya. Puedo oler tu fragancia llamándome. Soy como los grandes felinos del bosque, o el lobo que corre libre. Reclamo lo que es mío y lo retengo. Tu miedo es una pequeña consecuencia.

—¿Es ese el tipo de línea de comportamiento que sigues con las mujeres con las que sales?

—Solo salgo contigo así que ahí tienes la respuesta. —Se enderezó de repente, una muestra de músculos y fluida fuerza.

—No, no encaja conmigo en absoluto. Quiero que te vayas. —Porque si no lo hacía, si se quedaba allí mirándola como la estaba mirando iba a prenderse en llamas. Era demasiado consciente de la reacción de su cuerpo hacia él. Tenía que decidir si creía en él o no, si confiaba en él al menos, antes de que avanzaran mucho más.

Él sacudió la cabeza.

—Crees que vas a librarte de mí. No tienes ni idea del poder que poseo, o de lo lejos que iría para conservarte.

—Y tú no tienes ni idea de lo que es la ley anti acoso. —Dijo ella. —Pero tienes razón, no tengo ni idea de tu poder. ¿Cómo puedo confiar en que nada de esto sea real?

—¿Crees que todo esto es una ilusión?

—No sé qué creer. Llegas aquí para llevarte a Alec y Alice. De repente estamos en peligro y mi mundo entero está patas arriba. Pero sorpresa... la gran solución es que te los lleves a Brasil contigo. ¿No resulta conveniente? No voy a aceptarlo todo simplemente sin pensar realmente en ello. Así es como soy. Vive con eso. —Sus ojos le enfrentaron, desafiándole incluso.

Necesitaba a Ben, necesitaba hablar con él desesperadamente. Estaba fuera de control, provocando a Edward como lo hacía.

—Sugiero que dejes de pensar en ese otro hombre. —La voz de él fue muy baja, casi un ronroneo, pero el miedo floreció profundamente en el estómago de Isabella y se extendió.

—Ben es mi amigo. Si te mantuvieras fuera de mi cabeza no sabrías que estaba pensando en él. —Señaló ella.

Los ojos de él no habían parpadeado ni una vez; estaban totalmente enfocados en ella. La estaba hipnotizando, tan eficientemente como una cobra hipnotizaba a su presa. Mantuvo su terreno porque no tenía otra elección. No le dejaría tomar el control.

—¿Qué crees que ocurriría si yo desapareciera? Has pasado un infierno sin mí estos últimos alzamientos, pero ahora pareces más que dispuesta a hacerlo de nuevo. ¿Podrías habértelas arreglado sin la ayuda de mi hermano?

Ella se sobresaltó visiblemente.

—Ahí tienes, Edward. No, no me las habría arreglado y eso me dice algo importante. No es normal no ser capaz de pasar unos pocos días sin ver a alguien. O sentirle dentro de tu cabeza. Ahí es donde estás, dentro de mi cabeza, y no puedo sacarte. No está bien.

—¿Cómo sabes lo que está bien? Mantienes a propósito nuestra relación en un plano físico. No tocas mi mente para averiguar quién y qué soy. No quieres saberlo.

Su tono era humilde pero el estómago de ella se tensó ante la forma en que seguía mirándola. De repente notó que estaba completamente sola en la casa del rancho y que él lo había arreglado así.

—Tú la mantienes en el plano físico, Edward. La forma en que me miras y me tocas. Eres un hombre muy físico y no aceptas un no por respuesta, no cuando me deseas.

—Bien, al menos nos entendemos el uno al otro. —Dijo él.

—No, no nos entendemos. —Estalló ella. Se paseó por la habitación y después se dio la vuelta para confrontarle. —Actúas tan tranquilamente, como si todo fuera normal, Edward. Intentaste matarme. De acuerdo, hagamos a un lado el hecho de que le arrancaste el corazón a un hombre del pecho y lo de la bola de fuego que sacaste del cielo. Dejemos eso por el momento y vayamos al hecho de que casi me matas. Lo vi en tus ojos. Podrías haber matado también a Eleazar.

La mirada oscura de Edward se encontró con la de ella.

—Es cierto.

—Me dijiste que nunca podrías hacer daño a tu compañera. Si yo soy esa persona, ¿cómo es posible? Tus propias palabras te convierten en un mentiroso, o estás muy equivocado sobre todo esto. —La había asustado a muerte. Incluso ahora, solo pensar en ello la hacía temblar de miedo.

—Para que entiendas cómo es posible semejante cosa, tengo que hablarte de mí mismo y de mis hermanos. Incluso cuando éramos jóvenes, aún antes de los doscientos años, sabíamos que éramos diferentes a la mayor parte de los hombres Cárpatos. Desafiábamos cada regla, empujábamos cada límite. Celebrábamos nuestro poder y fuerza y cuando el príncipe nos daba una orden, obedecíamos, pero cuestionábamos. Cayo era nuestro líder reconocido, primero y siempre antes que nuestro príncipe.

—Así que erais los chicos malos de la comunidad.

—Más que chicos malos. Nos irritaban las restricciones colocadas sobre nuestra raza. Nuestros más cercanos amigos eran los hermanos Masen. Jugaban tan duro como nosotros, celebramos batallas, desafíos, y teníamos largas discusiones sobre por qué nuestra especie debía dominar a la humanidad. Sabíamos que teníamos poder y nos parecía mal permitir que nuestro príncipe mantuviera nuestra fuerza en secreto. Cuando crecimos en fuerza, luchando contra los vampiros y aprendiendo en nuestro desarrollo como guerreros, nos unimos más y cuestionamos la autoridad de nuestro líder. Incluso discutimos la posibilidad de derrocar a la familia Dubrinsky y asumir el liderazgo.

Isabella se sentó en una silla, sentía las piernas de goma. Nada de lo que le había contado hasta el momento la hacía confiar en él y en su relación.

—¿Realmente conspirasteis para derrocar a vuestro gobernante?

—En un interesante debate. Ocurrió mucho antes de que ninguno de nosotros lo pensara seriamente. Finalmente, la noche en que nuestro príncipe nos envió lejos de nuestra tierra natal sin posibilidad de encontrar nunca una compañera... al menos eso era lo que pensábamos entonces... discutimos sobre si convertirnos en vampiros y en si seríamos lo suficientemente fuertes como unidad para evitar volvernos los unos contra los otros como hacen los vampiros. Podríamos separarnos y dispersarnos para reclutar a otros de nuestra raza, utilizando un nombre en clave. De esa forma, parecería como si la misma persona estuviera en varios lugares a la vez.

Isabella pensó en el horrible monstruo que había mantenido a Alec ante de él, hundiendo los dientes en su hermano, las criaturas mutadas ondulando a su alrededor. Se presionó la mano sobre el estómago.

—¿Dónde llegamos a la parte que tengo que entender?

—Trato de decirte que nuestra naturaleza era más oscura, más animal, incluso más depredadora que la de muchos Cárpatos. Solo considera el hecho de que mis hermanos y yo hemos permanecido unidos, el que tengamos un pacto y lo mantengamos. Discutimos estas cosas, pero al final, todo se redujo a una. Honor. Nos negamos a vivir sin honor. Los hermanos Masen sentían lo mismo. Nuestra decisión no nos hizo más fácil conformarnos con las normas. Tengo una naturaleza depredadora. Tú no has comprometido tu vida con la mía. Te necesito como ancla; necesito ese compromiso para que nuestras almas puedan fundirse completamente.

Ella se levantó de un salto.

—Ahora me estás culpando de lo que ocurrió. Tu naturaleza depredadora podría simplemente volver a asomar su fea cabeza y la próxima vez me matarás a mí, o a Alec, o a mi hermana.

Un siseo bajo de impaciencia acompañó a la exhalación de él.

—Te he contado cosas que nunca he contado a ninguna otra persona y aun así no ves que compartiendo esta vergonzosa parte de mí te estoy ofreciendo un regalo. Nunca lo habrías encontrado tan profundamente enterrado como está dentro de mí. Decidí ser honesto. Carlisle tiene razón, no hay más remedio que obligarte.

Ella se humedeció los labios secos con la punta de la lengua. Edward bullía bajo su conducta engañosamente perezosa, un caldero arremolinante de calor y fuego. La hacía arder solo con mirarle. Sus ojos quemaban a fuego lento un momento, se volvían frío hielo al siguiente. Isabella dejó escapar el aliento lentamente.

—¿Qué vas a hacer? —Odiaba que la voz le saliera en un susurro.

—Afortunadamente para ti, tu buen amigo el sheriff ha llegado sin que le llamaras. ¿Has ganado otra tregua temporal?

El alivio la inundó instantáneamente. Se hundió hacia atrás en la silla. No tenía ni idea de la tensión que se había acumulado tan firmemente. Parpadeó y él ya no estaba en la pared cerca de la puerta, sino acuchillado a sus pies, levantando la mirada hacia ella.

—Se muy cuidadosa con este hombre, Isabella. Estoy enfadado más allá de tu imaginación y te necesito de más formas de las que piensas. No quiero que sufra un hombre inocente porque me hayas empujado demasiado lejos.

Isabella se retorció los dedos. Perversamente, una parte de ella se sentía desilusionada y era lo bastante honesta como para reconocer el hecho. Se estaba ahogando en el deseo por él. Su mente desea tocar la de él. Le anhelaba y deseaba sus brazos rodeándola. Mantenerse lejos de él era difícil y agotador.

—No hagas daño a Ben. —Susurró.

Los dedos de él le cogieron firmemente la barbilla.

—Entonces no hagas nada que me provoque. Admite que no soy humano. Permítete a ti misma admitirlo y será mucho más fácil aceptar que no tengo completamente características humanas. Nací y me eduqué como cazador, perseguidor de presas. Es lo que hago y por lo que vivo. Cada instinto que tengo es de depredador.

—De acuerdo. —Su mirada se deslizó lejos de él. —No estás ayudando a tu causa. ¿Por qué intentas asustarme deliberadamente? Ya estoy asustada.

—Porque debes estar asustada. No te enfrentas a un hombre civilizado que entiende las leyes y las respeta. Nuestras propias leyes, basadas en nuestra naturaleza, nos rigen. Si no hago lo que me dictan mis instintos, pongo en peligro a demasiada gente. Sopesa eso contra tu reluctancia, cuando sé que al final el resultado será el mismo...

—Eso no lo sabes. —Interrumpió ella, intentando librarse de su firme garra. Siempre se sorprendía de su fuerza, pero él nunca parecía hacerle daño, incluso cuando era rudo. Su toque hacía que le rozaran alas de mariposa en el estómago.

—Lo sé. La única forma en que cambiará es si yo muero.

Sus palabras la dejaron sin aliento. Enviando un oscuro temor arrastrándose por su cuerpo. Parpadeó para contener las lágrimas, odiando que la sola idea de su muerte destrozara sus emociones.

El golpe en la puerta de la cocina fue ruidoso pero breve. La voz de Ben la llamó.

—¿Isabella? ¿Estás en casa? Doc dijo que tenías un corte feo en la pierna y el veterinario dijo que el caballo estaba drogado. —Estaba atravesando la casa.

Edward frunció el ceño con disgusto ante la familiaridad del otro hombre. A regañadientes permitió que Isabella apartara la barbilla de su mano y se puso en pie, pareciendo más que nunca un felino.

—Estoy en el salón, Ben. —Respondió Isabella, con la mirada sobre Edward. No podía apartar la mirada ni, aunque lo intentara. Él era demasiado abrumador, llenaba la habitación con su presencia, respirando todo el aire y ocupando todo el espacio.

—¿Como de malo es esta vez, cariño? —Preguntó Ben mientras entraba en la habitación.

Se detuvo durante un momento cuando vio a Edward recostado contra el escritorio con los brazos cruzados y las piernas extendidas ante él perezosamente. Inmediatamente la tensión en la habitación subió varios grados.

Isabella se pasó la mano por la cara.

—Estoy bien, Ben. Gracias por preocuparte por mí. Alec y Alice están en el rancho de Tyler Stanley en este momento y yo estaba simplemente descansando. —¿Por qué no decía algo? ¿Cómo que arrestara a Edward por acecharla? Se presionó los dedos sobre las sienes palpitantes y sacudió la cabeza ante su propia estupidez. No tenía la clase de fuerza que se requería para sacar a Edward de su vida. Quizás podría hacerlo por sus hermanos, pero no por sí misma. Estaba empezando a despreciarse.

Querida. La voz de él era suave, compiladora. Un susurro terriblemente íntimo en su mente. Estás empezando a entender, aceptar. Te enfrentas a tanto por los demás sin miedo y aun así no puedes aceptar nada para ti misma.

Cuando él hacía eso, cuando hablaba en su mente, la volvía del revés y quería enterrarse dentro de él y ser todo lo que él quería y necesitaba.

—Hemos tenido problemas por aquí, Isabella. Debería haberte escuchado cuando hablaste de todos los accidentes que ocurrían en tu rancho y de la desaparición del viejo Erick. —Se quitó el sombrero y se hundió en una de sus mecedoras buenas. —Han desaparecido tres personas en el pueblo y otras dos de un par de ranchos.

Isabella miró a Edward. Obviamente las noticias no le sorprendían.

Los vampiros tienen que alimentarse y cuando se alimentan, matan a su presa. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Estaba tan tranquilo sobre la cuestión, tan resignado. Así de fácil. Como si sus sentimientos no se vieran envueltos. No he tenido emociones durante siglos. No siento cuando cazo al vampiro. No sería capaz de matar al que fue mi amigo una y otra vez.

—¿Hay evidencia de juego sucio? —Preguntó Isabella, estudiando a Edward. ¿Lo sentía alguna vez por las víctimas? ¿Por las familias? No podía ver pruebas de ello. ¿Qué sentiste cuando arrancaste el corazón a eso pobre desafortunado? Porque podría haber sido el corazón de Alec. Podría haber cazado a su hermano. El vampiro le había mordido, intentado utilizarle del mismo modo que se utilizaría a una marioneta.

No siento nada en absoluto. No le mentiría. Ella insistía en asustarse a sí misma y hacer su vida mucho más difícil de lo necesario.

¿Habrías sido tan desapasionado si se hubiera tratado de Alec?

No fue Alec.

—¿Isabella, has escuchado al menos una palabra de lo que estoy diciendo? —Exigió Ben.

—Lo siento, sí, es solo que es tan horrendo. Nunca antes habíamos tenido asesinatos y desapariciones por aquí.

—Hablé con Tony Crowley. —La mirada dura de Ben recayó sobre Edward.

Isabella tuvo que admitir que Edward no parecía impresionado o arrepentido en lo más mínimo.

—No tengo ni idea de lo que poseyó a Tony. Estuvo mucho peor de lo normal.

—Afortunadamente para el Señor Cullen, admitió que te había asaltado. —Dijo Ben. —Me hubiera gustado darle una buena paliza yo mismo.

—¿Tony lo admitió? —Isabella estaba sorprendida. Miró suspicazmente a Edward. ¿Había plantado una compulsión en el hombre para que contara la verdad? Los duros rasgos de Edward permanecieron inexpresivos.

Ben asintió.

—Tuve una larga charla con él sobre eso y sobre todo lo que ha estado pasando por aquí. Sospechaba que su jefe quería tu rancho y que era el causante de algunos de vuestros accidentes.

—Yo también lo pensé, Ben. —Dijo Isabella. —pero por muy matón que sea Tony, es ranchero. Es uno de nosotros. No puedo imaginarle haciendo eso a los chicos y a mí. Le conozco de toda la vida.

—Y siempre has sobresalido sobre él.

Isabella extendió los dedos ante ella.

—Quizás sea verdad. Siempre ha sido un matón. Odio la forma en que me habla.

—Te ha estado rondando durante años, Isabella. —Dijo Ben.

Ella miró a Edward. No podía contenerse, pero no quería mirarle. Podía sentir su mirada, ardiente y posesiva, sobre su cuerpo. Deja de mirarme así. La plegaria surgió de ella antes de poder detenerla. La hacía desearle sin tocarla. De pie al otro lado de la habitación, con aspecto tan frío y casi aburrido, podía mirarla y reducirla a rabiosas hormonas. Lo odio. Odio lo que me haces.

—No lo creo, Ben. Siempre fue asqueroso conmigo. Asqueroso y sarcástico. Siempre me llama princesa de hielo.

—Todo el mundo sabe que no tiene nada que hacer contigo, Isabella. Y es asqueroso y sarcástico. No estoy diciendo que Tony Crowley sea un gran tipo... es traicionero como una serpiente... pero parece pensar que deberías estar con él y está endemoniadamente furioso porque no lo estés. Estaba bien cuando no tenía la sensación de tener un rival, pero todo el mundo sabe ya que estás liada con Cullen. —Ben lanzó su pulgar hacia Edward. —Y la nariz de Tony está hiperventilando.

—Eso no le da derecho a poner las manos sobre mí.

—No, no lo hace, y le habría arrestado si hubieras puesto una denuncia. Y si yo hubiera visto lo que te hizo habría hecho lo mismo que Cullen. —Miró hacia Edward. —Te has ganado un enemigo de por vida. Tony no respeta demasiado la ley.

Edward se encogió de hombros, despreocupadamente.

—¿Ha tenido algo que ver con los accidentes que se han producido en el rancho de Isabella?

—Eso creo. —Dijo Ben. —Evitó el asunto, pero tampoco lo negó. Creo que el gusano de su jefe intentaba conseguir el rancho barato y Tony le ayudó. Dos veces, en el curso de la conversación, dijo que quizás Isabella no sería tan altiva y poderosa cuando comprendiera que necesitaba un hombre que la ayudara. Creo que, a su forma retorcida, Tony pensó que podría obligar a Isabella a pedirle ayuda.

—¡Como si lo hubiera hecho! —Casi bufó Isabella. —Nunca pediría ayuda a esa rata. Deberías haberle visto cuando pensó que estaba sola en las minas. Él y ese... —Se interrumpió, mordiéndose con fuerza el labio. No quería hablar de Dimitri Carter, o pensar en Edward de pie, cubierto de heridas, con el puño enterrado en el pecho del hombre. Cerró los ojos, sintiéndose enferma.

Ben se encogió de hombros.

—Tony se hacía falsas ilusiones, Isabella, pero creo que tuvo oportunidad y a su propio modo retorcido, motivo.

Ella se enderezó.

—Sospechas que mató a Erick, ¿verdad? —Tony era muchas cosas, pero no un asesino. No quería intentar contar a Ben que había vampiros y humanos a los que utilizaban como marionetas en su condado. La encerraría en una celda acolchada, pero no podía dejar que arrestaran a Tony por asesinato.

—Tony no es lo bastante listo como para cometer un asesinato y salir impune. Bebe mucho y habla mucho cuando está borracho. Nadie le ayudaría a encubrir un asesinato.

Isabella dejo escapar lentamente el aliento.

—Si ese gusano de Michael Newton está causando todos los accidentes en mi rancho, ¿cómo vamos a atraparle? Enviaría a Tony o a uno de sus otros hombres... nunca se ensuciaría sus propias manos.

—Sea lo que sea lo que estás pensando, Isabella. —Advirtió Ben. —no lo hagas.

—Bueno, alguien tiene que detenerle. No voy a contentarme con meter a Tony en la cárcel si Newton le incitó.

Edward, siempre una sombra en su mente, tocó sus planes, le irritaba de que Ben pudiera leerla tan fácilmente. Captó sus pensamientos, encontrarse con Newton por casualidad para tomar una copa, coquetear con él, intentar sonsacarle información y grabarlo. ¿Podría besarle? No estaba segura de poder llegar tan lejos.

Yo no lo creo. Tendría que matarle. Declaró Edward. Y después tendrías que vértelas con mi furia.

Ahórrame el drama masculino. Esto es serio. Michael Newton es una serpiente. He luchado durante meses intentando mantener esto en pie.

—Permanecerás lejos de Newton, Isabella. —Dijo Ben. —No quiero tu culito mezclado en asuntos de cadáveres y desapariciones.

Isabella le sonrió. Ben había utilizado su voz más severa con ella.

—Ben, cariño, nadie dice ya "culito".

Sintió la oscuridad entonces, oyó el rugido de una bestia. Edward giró la cara lejos de ella, mirando hacia afuera por la ventana, dándoles la espalda, pero ella sabía que los colmillos habían explotado en su boca. Estaba luchando contra un oscuro instinto que parecía estar jugando duro.

¿Qué? Se pasó una mano por el pelo, irritada una vez más.

Llamas a este hombre con un apelativo cariñoso cuando ni siquiera contemplas la posibilidad de sentir afecto por mí. ¿Cómo esperas que reaccione tu compañero? Fue casi un gruñido. El corazón le atronó con fuerza entra el pecho.

¿Ben? ¿Estás celoso de Ben? ¿Estás loco? Ben cree que estoy chalada. Me quiere como a una hermana o algo así. Y yo le quiero del mismo modo.

No me hables de querer a otro hombre cuando te niegas a amarme a mí.

Edward, Ben no intenta controlar mi mente o darme órdenes como si fuera una muñeca sexy sin cerebro. Quizás debería intentar aprender algo de él.

Ben no lo intenta porque no le perteneces.

—¡Oh, por amor de Dios! —Exasperada, Isabella se puso en pie de un salto. —Los hombres sois estúpidos. No puedo con esto. Realmente no puedo, Ben, vete y llévate a Edward contigo.

Ben parecía completamente confuso.

—Nunca tienes ningún sentido, Isabella.

—Tengo perfecto sentido, Ben. Sois los hombres los que no tenéis sentido. Necesito descansar. Estoy enfadada y no es nada fácil enfadarme, francamente si no salís de mi casa os soltaré el perro a los dos. —Miró fijamente a Edward, con las manos en las caderas.

Él se enderezó lentamente. Fue un movimiento perezoso, pero felino y sensual. O depredador y sensual. Isabella no podía decidirse. Fuera lo que fuera, apenas podía respirar con él mirándola. Devorándola. Arrancándole la ropa y reclamándola con hambrientos ojos negros. Dio un paso hacia ella y se detuvo bruscamente, una intensidad al rojo vivo flotó en su mirada, siendo reemplazada por el frío cálculo. Instantáneamente sintió la oscuridad arrastrándose a través del cielo, invadiendo sus tierras.

¿Qué es? Pero ya lo sabía. Estaba allí fuera, quizás vigilando, quizás otra vez tras Alec.

El vampiro se había alzado.

Sabe que no estoy aún en plena forma y quiere ponerme a prueba en batalla. El vampiro siempre aprovecha la ventaja.

—Entonces no vayas. Quédate aquí conmigo. —Isabella cruzó la pequeña distancia entre ellos, cogiéndole del brazo. —Espera hasta que estés más fuerte. —Era perverso, y un cambio totalmente radical de actitud, sus emociones se balanceaban salvajemente fuera de control ante la idea de que Edward estuviera en peligro. No pudo evitar aferrarse a él incluso a pesar haber deseado solo momentos antes que se fuera.

Ben lanzó las manos al aire con exasperación.

—Hace dos minutos nos estabas tirando a la calle y azuzándonos el perro, y ahora quieres que nos quedemos. Isabella, echa el freno a tus emociones.

Edward inclinó la cabeza hacia Isabella. Le enmarcó la cara con las manos.

—Sabes que tengo que ir, meu amor. Alec está demasiado en peligro como para dejar pasar esto.

—Entonces llama a Carlisle.

Presionó su frente contra la de ella, dejando fuera a Ben, al vampiro, a todos, hasta que solo estuvieron ellos dos. Isabella y Edward.

—Sabes que no puedo. Está demasiado cansado, ha ido demasiado lejos. Lucha contra la oscuridad a cada momento.

—Tendrá que luchar más aún si te ocurre algo. —Susurró ella. —Edward, no vayas solo. Eso es lo que él quiere.

—¿Sabes algo de esas desapariciones, Cullen? —Exigió Ben. —Si vas a enfrentarte a algo peligroso, iré contigo.

Edward no giró la cabeza, sino que mantuvo la mirada fija en la de Isabella.

—Gracias por tu preocupación, pero debo ocuparme de este problema solo. Quizás podrías acercarte al rancho Stanley y llevar a Isabella contigo. Di a Eleazar y Alistair que vigilen al chico.

La besó. Tomó posesión de su boca sin persuadir con ruegos, sin el más ligero jugueteo, sino reclamándola, marcándola en vez de eso, su boca fue ardiente y hambrienta, exigiendo una respuesta. Isabella le envolvió los brazos alrededor del cuello, su cuerpo se fundió con él, complemente ajena a la presencia de Ben.

Edward la apartó se volvió y salió. Isabella fue hasta la ventana para verle marchar. Simplemente se disolvió, ya no estaba allí, pero captó un vistazo de un águila real atravesando el cielo.

—Maldita sea, espero que sepas lo que estás haciendo, Isabella. —Espetó Ben.

—Yo también lo espero. —Dijo ella ausentemente.

—Vamos, te llevaré al rancho Stanley.

—No voy, Ben, ¿pero te asegurarás de que Alec y Alice están a salvo?

—¿Estás segura? —Se colocó el sombrero sobre la cabeza.

—Mucho. —No quería volver la cabeza, simplemente observó por la ventana hasta que el pájaro gigante hubo desaparecido tras el follaje de los árboles. El corazón se le hundió. —Tengo demasiado que hacer.

—Ten cuidado, Isabella, y cuídate esa pierna.

Se había olvidado completamente de su pierna. Edward había curado el corte. Mucho después de que Ben se hubiera alejado conduciendo Isabella continuaba mirando por la ventana a la noche, parpadeando para contener las lágrimas. Finalmente se puso la mano en el bolsillo y sacó un trozo arrugado de papel con el número de móvil de Irina.

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¡Hola, chicas! Hoy mis clases estuvieron aburridas jajaja así que me entretuve editando este capítulo XD pero no le digan a nadie jajajaja

No olviden dejar un comentario, me gusta saber qué les está pareciendo la historia.

¡Nos leemos pronto!