No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

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Fuera, en el aire fresco de la noche, Edward se volvió bruscamente hacia Isabella, sus manos le amasaron el pelo, manteniéndole la cabeza inmóvil mientras se inclinaba hacia ella, su cuerpo más grande enjaulando el de ella contra el lateral del edificio. Estaba caliente, duro y hambriento por ella como nunca le había visto.

—No sé si podré esperar. Tenemos que salir, marcharnos antes de que te tome aquí y ahora. —Su voz fue un susurro áspero cuando estampó su boca sobre la de ella, su lengua se deslizó sobre la comisura de los labios, saboreándola, exigiendo entrar. Capturó su suave gemido con la boca y su temperatura se elevó varios grados.

¿En el aparcamiento? A Isabella no le importaba si estaban en el aparcamiento. Había demasiada ropa entre ellos. Oyó su propio quejido cuando la lamió, sus dientes le mordisquearon el labio inferior lleno, y después su lengua se hundió una vez más en la boca de ella. Su erección se presionaba firmemente contra su estómago, los pechos se aplastaban contra los músculos del pecho de él. Estaba empezando a perder el contacto con la realidad como siempre le pasaba con Edward. La mano que le aferraba el pelo en un puño apretado la mantenía inmóvil mientras su boca la dominaba, justo al borde de la rudeza. La besaba como un hombre hambriento, ahogándose en la necesidad de ella. Como si no pudiera esperar. Como si nunca pudiera conseguir suficiente. Su cuerpo reaccionó, caliente y resbaladizo, empapada de deseo.

El aparcamiento, el campo, ¿a quién le importa? Quiero arrancarte la ropa. ¿Por qué llevas sujetador? Su mano se deslizó ligeramente hacia arriba por el estómago para acunar el pecho, el pulgar le acarició el pezón, jugueteando y tirando de él bajo la blusa. Nunca vuelvas a ponerte sujetador.

Isabella se quedó sin aliento. Empujó contra su mano, dejando escapar un gemido de deseo.

—No podemos. Alguien saldrá y nos verá.

Él podía escudarlos, pero no podía hacerle las cosas que quería si se quedaban ante el bar al aire libre. Con más impaciencia que delicadeza, la envolvió con sus brazos y tomó el aire, su boca todavía dominaba la de ella. Isabella lloriqueó, intentó luchar, pero la mantuvo inmóvil, besándola hasta que ya no importó que no estuvieran sobre el suelo.

Le rodeó el cuello con ambos brazos, aferrándose firmemente a él, cerrando los ojos y entregándose a la sorprendente sensación de su boca. Su cuerpo se fundió contra el de él. El calor, creado por el grueso bulto presionado contra su estómago estaba generando una respuesta salvaje en ella. La mitad inferior de su cuerpo estaba caliente y pesada, la presión se acumulaba con rapidez. Se meció contra él, frotándose a lo largo de su cuerpo, todo mientras su boca se fundía con la de él. La lengua de él igualó la suya, explorando el interior aterciopelado de su boca, rozando y acariciando hasta que le sintió en cada célula de su cuerpo.

Edward tenía que tocar su piel o iba a volverse loco. Quería hacerlo en las aguas termales, donde la tierra era rica en minerales y podría asegurarse de que estaba salvaguardada mientras la tierra sanaba su cuerpo y completaba el cambio. Todo eso que había sido tan importante antes de verla. Su cuerpo se endureció hasta que cada movimiento pareció doloroso y tenía que tenerla una y otra vez. Era adictiva, con su piel suave y su pelo sedoso.

Era una mujer tan independiente, aceradamente fuerte bajo todas esas suaves curvas, con una voluntad de hierro, hasta que él la tocaba. Y era suya. Completamente suya. Había luchado tanto con él.

Todavía luchaba contra él, pero no cuando la besaba, no cuando posaba sus manos en ella. Disfrutó de la sensación de poder, de ser el hombre al que ella no podía resistirse. Se alimentó de eso, necesitándolo de ella.

En alguna parte sobre las montañas, le arrancó la camisa del cuerpo, deseando sentir su piel bajo la palma de la mano. Isabella no protestó, en vez de eso echó la cabeza hacia atrás, un estrangulado gemido de deseo escapó, y la boca de él trazó un rastro hacia abajo por su cuello, lamiendo y dejando diminutos mordiscos que enviaban lenguas de fuego a recorrer su piel y chispear a través de su cuerpo. Ella siempre parecía hacerle esto, en el momento en que sus cuerpos entraban en contacto. La lujuria se alzaba afilada y peligrosa, fuera de control. Su cuerpo se quemaba vivo de dentro a fuera, rabiando con necesidades y deseos que nunca se verían satisfechos. Nunca habría suficientes formas de tomarla, de tenerla, y una eternidad no sería suficiente para satisfacerle.

Edward. Ella susurró su nombre lastimeramente, suplicándole que los posara en el suelo, sin preocuparse de que estuvieran volando a través del cielo hacia un destino desconocido. Se contorsionó contra él, enredando una pierna alrededor de su muslo para frotar la pelvis contra él buscando alivio.

Una mano se le enredó firmemente alrededor de la cintura, él inclinó la cabeza hacia sus pechos desnudos, obligando a la parte superior de su cuerpo a inclinarse hacia atrás. El pelo de ella se arremolinaba en todas direcciones, volando al viento, enredándose en su cara, recordándole donde estaba.

—Vamos a golpear un árbol o algo así. Bájanos. —La voz le salió ronca a causa del deseo. La lujuria se derramaba a través de sus venas, espesa y ardiente con una intensidad que la sacudía. —Tienes que hacerlo, te necesito ahora mismo.

La súplica jadeante en su voz le sacudió. Su boca le rozó el pecho, tirando del pezón.

Ella gritó y arqueó el cuerpo más aún para proporcionarle un mejor acceso. El fuego irradiaba de sus pechos a través de su cuerpo entero y creaba un hambre palpitante y urgente entre las piernas.

Edward oyó el palpitar de la sangre de ella apresurándose a través de las venas bajo la piel satinada, llamándole, haciéndole señas con su promesa erótica. Su propia sangre palpitaba con la misma intensidad, el mismo latido, palpitando y pulsando a través de su pesada erección con anticipación. Ardía de deseo por ella. Por toda ella. Ardía de deseo por tener su cuerpo enterrado en el apretado y ardiente canal, su mente firmemente en la de ella y su sangre fluyendo en él como néctar. Si no era cuidadoso iban a caer del cielo y chocar contra la tierra, apretados en un apasionado abrazo.

Los hizo tomar tierra, agradeciendo que lo hubieran hecho en las aguas termales. En el momento en que sus pies tocaron el suelo, arrancó los ofensivos vaqueros del cuerpo de ella, rasgándolos a tiras, y arrojándolos lejos de ella. Sus ojos se oscurecieron cuando su mirada se deslizó sobre ella posesivamente.

—Eres tan hermosa. —El cuerpo de Isabella estaba sonrosado por la excitación, por el deseo, el hambre era desesperada en sus ojos. Podía ver la húmeda y resbaladiza evidencia de su deseo brillando entre sus muslos e hizo todo lo que pudo por no caer de rodillas y darse un festín.

Isabella observó como él se quitaba la ropa deliberadamente al modo humano. Pateó a un lado los zapatos, sus manos fueron a la cinturilla de los vaqueros. Podía ver el enorme bulto empujando por liberarse contra la apretada tela. Su respiración casi se detuvo cuando se desabotonó los vaqueros y los empujó por sus caderas. No apartó nunca los ojos de ella, la observaba con hambrienta intensidad. Su cara estaba tallada de deseo, sus eran ojos negros y su boca una cuchillada sensual.

—Ven a mí, Isabella. —Su propia mano rodeó la pesada erección, acariciándose ausentemente, un movimiento fácil y casual que le provocó más placer.

Fue hacia él, medio hipnotizada por su tamaño y su forma, medio hipnotizada por la estampa de oscura sensualidad fija en sus rasgos. Su lengua se lanzó hacia afuera, lamiendo el labio inferior mientras observaba la mano de él deslizarse sobre la gruesa y dura longitud. La mirada de él nunca la abandonaba, compeliéndola hacia adelante, bebiendo de la visión de los pechos balanceándose mientras hacía un alto delante de él.

Alzó la mano para enmarcarle la cara, su toque fue gentil. Inclinó la cabeza lentamente hacia ella, dejando vagar los labios por la mejilla hasta la comisura de la boca. Le trazó los labios con la lengua.

—Adoro tu boca. Podría besarla para siempre. —Su otra mano le rozó el pecho, enviando diminutas llamas a danzar sobre su piel.

Isabella era tan consciente de esa segunda mano, viajando ligeramente sobre sus pechos, las yemas de los dedos apenas rozando, pero tan excitantes, moviéndose sobre su estómago, rodeando su ombligo hasta que el aliento se le quedó atascado en la garganta y los dedos de él se enredaron en los pequeños y fogosos rizos.

—Estás tan húmeda y preparada para mí, querida.

No pudo contener el pequeño sonido que escapó, una súplica de más. Apenas estaba tocándola, pero hacía que su temperatura se remontar.

La mano que le acunaba la cara se deslizó hasta su nuca, subiendo y enredándose entre su pelo, echándole la cabeza hacia atrás para exponerle la garganta. La boca de él se deslizó sobre su pulso. Sus dientes mordisquearon, un pequeño mordisco juguetón, la lengua se arremolinó instantáneamente en una caricia consoladora. El cuerpo de ella casi se convulsionó, cada músculo se tensó, su vientre se contrajo.

—Dime lo que necesito oír, Isabella. —Su boca subió por la barbilla, los dientes le mordisquearon el labio inferior. —Dime.

—Sabes lo que quiero. —¿Cómo podía no hacerlo? Los dedos de él se deslizaron dentro de ella, empujando tan profundamente que gritó de placer, retorciéndose contra su mano, desesperada por alivio. Los dedos se retiraron, poniéndola frenética.

—No es suficiente para mí. —La voz de él estaba muy tranquila, susurrando sobre ella como un golpe de calor. Su lengua jugueteó otra vez en la garganta de ella, moviéndose más abajo por el lateral de su cuello. Isabella sintió el afilado mordisco de los dientes, bordeando el placer con dolor justo antes de que él atrajera el cremoso montículo de carne hasta la ardiente cavidad de su boca.

Isabella le cogió el hombro en busca de apoyo, sus rodillas amenazaron con ceder.

—¿Qué quieres de mí, Edward? —Los dedos de él empujaban profundamente, haciendo que cabalgara al borde del clímax pero no lo bastante como para sobrepasarlo.

—Lo sabes.

No era justo pedir una declaración de amor, de compromiso, cuando ella estaba intentando con tanto empeño dar sentido a todo el asunto. Edward no creía en la justicia. Creía en salirse con la suya, utilizando para ella cualquier recurso posible. Y cuando se trataba de sexo, sabía que no tenía nada que hacer frente a él. Él lo sabía también. Estaba allí en el brillo de sus ojos. Sus manos eran mágicas y sus besos podrían acabar con su autocontrol. Isabella alzó la barbilla una fracción y se echó el pelo sobre el hombro, su mirada cayó sobre la erección de él.

Era enorme y dura a causa del deseo. En el momento en que le miró, en el momento en que se humedeció los labios, sintió como él contenía el aliento.

Su mano cayó hasta rodear el grueso bulto, sus dedos se deslizaron ligeramente. Se lamió de nuevo los labios, observando su reacción cuando el pulgar se deslizó alrededor de la base de la cabeza aterciopelada. Él apenas tomó un aliento cuando se puso de rodillas ante de él.

Permitió a su lengua una breve exploración, lamiendo un círculo sensual y jugueteando en la base de la henchida cabeza. Él se estremeció, se le escapó un gemido ronco. Le hundió los dedos en el pelo, amasándolo, y arrastrándola más cerca mientras empujaba en el interior de la húmeda caverna de su boca. Su lengua se rizó alrededor de él, danzando y jugueteando. Los puños de él se apretaron en advertencia.

—Me estás empujando más allá del borde de mi control, pequeña.

La boca de Isabella era ardiente y apretada, su lengua lamía para vibrar a lo largo de la sensible base de su gruesa punta de acero cubierta de terciopelo. Las caderas de él se sacudieron con fuerza, sus músculos se tensaron de placer. Los incisivos le dolían deseando alargarse, pero controló la necesidad. Empujó hacia adelante, sujetándole la cabeza, deseando controlarse, pero incapaz de arruinar el obvio placer de ella. Isabella había prendido un fuego en su ingle que se extendía a través de sus entrañas hasta cada parte de su cuerpo. La lengua se rizó y lamió hasta desquiciarle. Durante un momento las demandas se abrieron paso en su mente, pero ella no tenía experiencia y no estaba preparada para todo el erotismo del que él estaba sediento.

Edward le echó la cabeza hacia atrás y bajó la mirada hacia sus ojos. Eran de un chocolate brillante, oscurecidos por la pasión, por el deseo. Dolía de amor por ella, por su necesidad de que se comprometiera con él. La llevó con él hacia las grandes rocas que rodeaban las aguas termales y simplemente la cogió por la cintura y la subió a una de las rocas más planas. Sus manos separaron los muslos de un tirón y presionaron en la entrada de sus resbaladizos pliegues.

Estaba tan caliente que temió que ambos ardieran. Ella intentó empujarse hacia adelante, empalar su cuerpo sobre la dura longitud de él, pero la mantuvo inmóvil.

—Olvidas decirme algo. Algo muy importante.

—Esto no es divertido, Edward. —¿Cómo podía desearle cuando él quería que todo se hiciera a su manera? —Dame tiempo.

Se inclinó sobre ella con las manos abiertas sobre la roca, elevándose sobre ella, su cuerpo negándose a entrar en ella. Simplemente los mantuvo a ambos allí, al borde de la locura.

—Estoy en tu mente. Veo lo que sientes por mí.

—Entonces no tengo que decirlo, ¿verdad? —Isabella se las arregló para deslizarse de la roca, pero él interpuso el brazo y la sujetó. Ahora estaba atrapada entre el duro borde de la piedra y las caderas de él. Le quedaba un centímetro, lo suficiente como para hacerla gritar de absoluta frustración.

—Porque me perteneces. Quiero oírte admitirlo. — Isabella estaba cerca de las lágrimas y eso sería peor. —Dime que me amas, Isabella.

—No puedes ordenarme que te ame, Edward. ¿No es suficiente con que esté aquí contigo? ¿Con que no pueda mantener mis manos lejos de ti? —Era humillante tenerle sujetándola contra la roca mientras ella empujaba las caderas contra él, casi suplicándole que la tomara.

—Sea lo que sea lo que pienses, esto soy yo haciéndote el amor. No practicando el sexo, haciendo el amor. —Reiteró él. Se empujó profundamente dentro del cuerpo de ella, observando como sus pupilas se dilataban de placer. —Lo adoro todo de ti, querida. No me avergüenzo de admitirlo. Adoro la forma en que me quemas y la forma en que mi cuerpo se pone duro y caliente, dispuesto cada vez que poso mis ojos en ti. Adoro la forma en que cuidas de tu familia e incluso la forma en que piensas que puedes desafiarme. Deja de ser tan cobarde y admite que me amas.

—Mantente fuera de mis pensamientos. Ya es bastante malo que intentes obligarme a hacer lo que quieras. Si necesitas oírme decirlo antes de que yo misma lo sepa, me obligas a decirlo. —Dijo ella, levantando la mirada hacia la pura intensidad de la cara masculina. El corazón le palpitaba de miedo mientras se miraban el uno al otro, mientras los ojos de él brillaban peligrosos.

Se hundió del todo en ella, enterrándose tan profundamente que pudo sentir su útero.

Atrapada contra la dura roca, ella apenas pudo aceptar el rudo empujón de sus caderas, su propio cuerpo era un apretado y feroz infierno rodeándole. Estaba hermosa, la cara y el cuerpo ruborizados, los labios hinchados a causa de sus besos, los ojos brillando de pasión. Por él. Sus dedos se apretaron sobre ella.

—Eres tal regalo, Isabella. —Apenas podía aceptar que fuera real, que fuera suya. Que después de esta noche sería suya para siempre. Que no habría vuelta atrás.

Se hundió con fuerza, empujando en ella una y otra vez. Encajaba tan forzadamente. Realmente podía sentir la forma en que estiraba los pliegues mientras la empalaba. Se retorcía bajo él, intentando alzar las caderas para encontrarle, para ser golpeada hacia atrás en cada furiosa embestida. La roca lisa arañaba sus nalgas, pero se negaba a notarlo mientras llegaban juntos a un calor descabellado. Cada empujón enviaba un placer agonizante que recorría su cuerpo, el de ella. Podía sentirla volverse más ardiente, más húmeda, sentía la pasión en espiral que atravesaba su mente hasta dejarla aturdida por la necesidad de alivio. La alegría surgió a través de él, sacudiéndole con la necesidad de satisfacerla. Ella gritó su nombre, complacida con él, un medio sollozo que le sacó de su carne hasta la de ella, marcándola como suya para siempre.

El orgasmo desgarró su cuerpo, abarcando cada fibra de su ser, tomando su corazón y mente. Isabella se sintió estremecer, fragmentar, por el placer implacable y sin discernimiento que ondeó sin parar hasta que supo que nunca sería feliz sin él. Sintió su erupción, la caliente liberación que envió más temblores a través de sangre y hueso, a través de cada célula hasta que incluso su visión se emborronó. Enterró las uñas profundamente en los brazos de él, intentando anclarse desesperadamente mientras el mundo se mecía a su alrededor.

Edward inclinó su cuerpo sobre el de ella, con la respiración tan áspera y desesperada como la de ella. Sus corazones latían al unísono, un compás alocado mientras intentaban aspirar el aire nocturno. Isabella yació contra las rocas, con la cabeza de él posada sobre sus pechos.

Estaba empezando a sentir los efectos de haber hecho el amor violentamente contra la dura roca.

—Guau.

—¿Guau? —Repitió él y alzó la cabeza para mirarla.

Le espió por debajo de las pestañas. Fue un error. Él parecía oscuramente sensual, su cara pecaminosamente sexy. Sus ojos estaban oscurecidos por la pasión, por la posesión y aun así eran demasiado hambrientos. Sacudió la cabeza.

—No podemos. Lo digo en serio. Esta piedra está dura. No lo había notado antes, pero no voy a ser capaz de caminar.

—Y yo que pensaba que las vaqueras eran duras. —Su lengua lamió el pezón de ella y los pequeños músculos se tensaron a su alrededor. Todavía estaba duro, todavía enterrado profundamente dentro de ella y deseaba seguir así.

—No tan dura. —Miró a su alrededor. Varias cascadas pequeñas se vertían en las aguas termales saliendo de la tierra, enfriándolas lo suficiente como para que fueran utilizadas como jacuzzi. —No había estado aquí en años. Está a millas de mi rancho y siempre estoy demasiado ocupada para llegar hasta aquí. Casi había olvidado que estaban aquí. —Los helechos cubrían la tierra y rodeaban la enorme roca plana formando un anillo alrededor de la base. —Es hermoso.

—Creí que te gustaría. —Sus dientes juguetearon y tironearon para sentir su reacción.

Ella le empujó por los hombros.

—Tienes que parar. Ahora mismo no puedo más. Creo que me has matado.

La lengua le acarició el pecho, arremolinándose alrededor del pezón. Él alzó la cabeza y le sonrió. Una lenta y sexy sonrisa.

—Aún no.

—No. —Dijo ella firmemente, aunque su sangre ya se espesaba ante el brillo malicioso de los ojos de él. —No puedo moverme. Creo que simplemente me tenderé aquí toda la noche, tirada sobre esta roca. Haz lo que tengas que hacer y déjame dormir. —Perversamente, cuando se deslizó fuera de ella, se sintió abandonada. No hubo forma de evitar el pequeño gemido de protesta.

—Tienes que entrar en el agua o de veras te sentirás magullada. —La levantó como si no pesara más que una pluma, acunándola donde su pecho, y cargándola hasta el agua humeante. Se detuvo, la misma sonrisa sensual jugueteaba con sus sentidos. —A menos que prefieras que te lama. Mi saliva actúa como un agente sanador.

Isabella le rodeó el cuello con los brazos.

—Podrías acabar gustándome cuando actúas así, Edward. —Le besó la garganta, mordisqueando el camino hasta su barbilla. —¿Por qué no te comportas así todo el tiempo? Dulce y gentil.

Edward esperó hasta que los labios de ella juguetearon en la comisura de su boca antes de girar la cabeza para capturar su boca. Se movió agresiva y exigentemente, tomando posesión, su lengua introduciéndose profundamente y enredándose con la de ella en un emparejamiento salvaje. A Isabella le saltó el corazón y su sangre cantó. Él levantó la cabeza, sus ojos negros brillaban hacia ella.

—Esta es la razón. Te conozco. Por dentro y por fuera, y sé lo que necesitas, quizás mejor que tú misma. Te gusto rudo.

Isabella se echó hacia atrás para levantar la mirada hacia su cara, tallada con cruda posesión.

—¿Es eso lo que crees, Edward? —Su tono era muy serio. —¿Es eso lo que crees leer en mi mente?

—Nunca respetarías a un hombre al que pudieras dominar, Isabella. Eres una mujer fuerte y requieres un hombre que pueda tomar decisiones, sin verse abrumado por la fuerza de tu personalidad. —Le respondió igual de seriamente.

—Edward, no puedo someterme a ti. No va con mi carácter... ¿no ves eso también? Tengo que tener algún control, algo de compañerismo, o lo nuestro nunca funcionará. Nunca podría amarte. Sé que soy sexualmente adicta, pero quiero estar tan enamorada de ti como tú quieres que lo esté. Es solo que no quiero dar ese salto sabiendo que no respetas mi juicio.

—¿Querida, por qué crees que no respeto tu juicio? Estás en una situación que no es posible que entiendas. Tiene sentido que confíes en mi juicio hasta que te hagas con el conocimiento y poder necesario para hacer frente a nuestro mundo.

Había tanto amor en su voz, tanta ternura, su corazón dio un vuelco. Si solo pudiera ser así todo el tiempo. Cerró los ojos cuando los dientes de él juguetearon sobre su pulso y su cuerpo respondió con una oleada de calor renovado.

—Me gustaría explorar esta adicción sexual por mí. Suena muy interesante.

—Genial. Ahora me estás llamando retorcida. —Se recostó hacia atrás y contempló las estrellas. Quizás lo era. Las cosas que él hacía a su cuerpo resultarían inconcebibles con ningún otro, pero con él se derretía cada vez que se acercaba a ella. —Quizás lo soy, pero solo cuando se trata de ti.

—Me gustas retorcida. —Susurró él contra su cuello. Contra el pulso que latía en su garganta. —Necesito saborearte esta noche, meu amor. Entrégate a mí.

—De ninguna forma. —Sacudió la cabeza incluso mientras su cuerpo empezaba a debilitarse con el roce sensual de esa voz. Profundamente en su interior, sus músculos se tensaron y el útero latió. Podía sentir el calor acumulándose... y no tenía nada que ver con las aguas termales. —La última vez te pusiste en plan vampiro conmigo y me asustaste a muerte. Hunde tus colmillos en algún otro. — La boca se movió hacia abajo por su garganta, la lengua lamió el pequeño hueco en su hombro. Los dientes rasparon adelante y atrás de una forma particularmente erótica. Cerró los ojos. —Pero asegúrate de que no sea una mujer.

Él entró en el agua hasta que esta le rodeó los muslos. La risa vibró contra el cuello de Isabella, los dientes jugueteaban.

—Te deseo otra vez.

—Tú siempre me deseas, me agotas. —Dijo Isabella.

—Otra vez. —Insistió él, zambulléndolos a ambos en el agua. —Envuelve las piernas alrededor de mi cintura. —Sus ojos estaban oscurecidos por la pasión mientras tomaba posesión de la boca de ella, lamiéndole los labios, mordisqueando juguetonamente hasta que Isabella le devolvió el beso, le deslizó los brazos alrededor del cuello, y presionó los pechos firmemente contra él.

Se sentó con la espalda contra el lateral de la charca natural, empujándola hacia abajo sobre su regazo, arrastrándole las piernas a su alrededor para poder insertarse en el estrecho canal cuando se colocó sobre él. Maldijo suavemente, contra su pecho.

—Deus, Isabella. Eres tan ardiente y apretada. Es una sensación celestial. —Sus manos le guiaron las caderas en un lento y balanceante ritmo. —Esto es perfecto. Mi vuelves loco.

Ella empezó a sentarse recta, matándole con un ritmo pausado, pero las manos de él se deslizaban hacia arriba por la espalda, presionándola más cerca, manteniéndola contra él. Su boca se movió sobre el hombro, lamiéndola, dejando besos por su piel.

—Tengo que saborearte, meu amor. No habrá errores esta vez. Entrégate a mí. Será tan placentero. —Su pecaminosa voz susurraba tentación. —No tienes ni idea de lo mucho que te necesito. Nadie te necesitará nunca o te amará nunca como yo. Nunca entenderán tus necesidades o tu hambre. —Su lengua se arremolinó sobre el pulso, justo sobre la hinchazón de sus pechos. Sus dientes raspaban seductoramente. —Entrégate a mí.

El acero corría a través de los brazos de Edward, aunque la sujetaba con una gentil posesividad, incluso más persuasiva por la forma en que el cuerpo de ella se ondeaba fogoso. El aliento era cálido contra su piel, y cada diminuto mordisco hacía que sus músculos se tensaban y afirmaban alrededor de él. El deseo de darle cualquier cosa que deseara, cualquier cosa que necesitara, pulsaba a través de ella.

—No voy a escudarte, pequeña. —Su voz era áspera por la pasión y le sintió crecer más grueso y más duro, sus caderas empujaban hacia adelante para encontrar su perezosa cabalgada.

Obviamente su excitación solo alimentaba la de ella. Le acunó la cabeza, su pelo era como seda deslizándose sobre su piel. La lengua se arremolinaba y sus músculos se tensaban y agarrotaban. Sintió el renovado fluir de calor líquido, de excitación, ardiendo entre sus piernas.

El corazón le latió una vez, dos. Los colmillos se hundieron profundamente, un dolor ardientemente blanco atravesó su cuerpo para dejar paso un puro placer erótico. Jadeó, tirándole de la cabeza hacia atrás, un suave grito se le escapó cuando cada terminación nerviosa de su cuerpo saltó a la vida. Pensó que podía sentir chispas cuando él empujó más profundamente. La fuerza empezó a acumularse más y más hasta que pensó que podría morir de placer. Empezó a acelerar el paso, necesitando alivio, pero las manos de él se deslizaron hasta sus caderas, meciéndola gentilmente, evitando el clímax, manteniéndola al borde de la locura.

Era un lujo increíble tenerla desnuda entre sus brazos, su cuerpo montando el de él mientras bebía el néctar de su cuerpo. Estaba abrasadoramente caliente, rodeándole con tal calor aterciopelado, sus músculos aferrándole tan firmemente, apretando y masajeando que la cabeza le rugió de lujuria y amor. La sangre de ella cantó en sus venas ardiendo a través de su cuerpo hasta que se sintió completo. Deslizó la lengua por su pecho, cerrando los pinchazos gemelos, su cuerpo hinchándose incluso más. Encontró la boca de ella con la suya, vertiendo todo lo que sentía por ella en su beso. Ella apretó los brazos alrededor de su cuerpo, devolviéndole el beso mientras lentamente se deslizaba arriba y abajo por su dura longitud, enviando escalofríos de éxtasis a través de ambos.

—Te amo, Isabella. Lo eres todo para mí. —Susurró las palabras contra sus labios. Su corazón se vertía de su pecho con anticipación. Ella era toda piel suave, toda calor y fuego, un refugio para él. Su cuerpo estaba hecho para él y disfrutó el orgullo máximo de saber que podía hacerla gritar de placer.

La uña de Edward se alargó. Su mano se sacudió a causa de la enormidad del momento. Isabella sería suya para siempre, unida a su mundo, su vida entretejida con la de él, el milagro de su especie. Las palabras rituales los habían unido, pero estaba demasiado cerca de la bestia.

Siempre había estado demasiado cerca de la bestia para algo menos que un compromiso total entre ellos. Por un instante el tiempo se detuvo. El corazón le atronó en los oídos. Isabella odiaría que estuviera tomando la decisión por ella. Lo leía en su mente, sabía que estaba buscando una forma de conectar los mundos de ambos. Esto la enfurecería, pero si la llevaba a casa, atrayéndola completamente a su mundo, sabía que podría hacerla feliz, entregándose devotamente a ese fin. Tendría tiempo suficiente para persuadirla de olvidar su enfado con él. La necesitaba más que ningún otro, y ella le amaba; no podía admitirlo ante sí misma o ante él, pero lo leía en su mente.

Se inclinó para presionar la boca contra su oído, susurrándole una orden, meciendo su cuerpo con un pequeño empujón. El agua golpeó contra ellos chisporroteando de calor, pero solo se añadió al mundo erótico en el que flotaba.

La boca de ella viajó hacia abajo por su garganta, los dientes le mordisquearon la piel, su cuerpo se hinchó, estirando su vaina imposiblemente apretada ante los pequeños mordiscos. El fuego le desgarró cuando se cortó el pecho con la uña afilada y la cogió por la nuca para obligarla a beber. El cuerpo femenino se movió sutilmente, naturalmente sensual, incluso bajo su hechizo. La lengua se deslizó sobre su pecho y él se estremeció en reacción. La boca se movió, atrayendo la esencia de quién y qué era él a su cuerpo. Su sangre se extendió a través de ella como lava fundida, moviéndose lentamente hacia cada célula, invadiendo músculo, hueso y tejido, extendiéndose hasta cada órgano hasta que fue verdaderamente suya. Sintió la determinación de su unión y en su alma la terrible tensión finalmente se desvaneció.

Cuando hubo tomado suficiente para un auténtico intercambio, le separó lentamente la boca de su pecho, ordenándola pasar la lengua sobre el corte para cerrarlo. La besó con fuerza mientras eliminaba el hipnótico hechizo, empujando su lengua profundamente en la boca de ella mientras la empujaba hacia adelante con sus caderas, manteniendo su cabalgada al borde del clímax. Se tragó su suave gemido, urgiéndola a un ritmo más duro y más rápido.

Isabella enredó los dedos en el sedoso pelo negro. La hacía sentir tan hermosa, tan increíblemente sexy, como si nunca pudiera conseguir suficiente de ella. La hacía sentir como si fuera la única mujer en el mundo.

—Quizás te ame. —Susurró, haciendo la confesión contra su cuello, con la lengua saboreando su piel. Se echó hacia atrás, manteniendo su cuerpo lejos del de él para poder mirar a sus ojos oscuros. Un hambre insaciable llameó en respuesta. Posesión. Amor. Era puro, crudo y rudo como Edward, pero todo suyo.

Sus suaves palabras casi le condujeron al límite. Había sido una dura batalla conseguir que admitiera que podría sentir algo más que pura lujuria por él. La satisfacción se extendió.

—Une tus tobillos a mi alrededor, Isabella.

Ella sintió las manos en su trasero, levantándola más completamente hasta él. No creía que fuera posible, pero la estiró más aún, dejándola jadeante y gritando su nombre. Él tomó el control, marcando el paso, sujetando sus caderas mientras empujaba una y otra vez, conduciéndola directamente a través de una violenta liberación. La firme garra de su clímax, ferozmente ardiente, se llevó lo que quedaba de su control. Su cuerpo entero pareció explotar, su propio alivio le desgarró desde la punta de los pies, pulsando a través de su ingle mientras se vaciaba en ella.

Isabella se colapsó sobre el pecho de Edward, con la cabeza descansando sobre su hombro. Los brazos de él se deslizaron hacia arriba por su espalda, manteniéndola cerca. Su corazón era fuerte y firme, latiendo salvajemente en sincronía con el de ella. Estaba empezando a gustarle el concepto de corazones que latían juntos.

Iba a la deriva en medio de una neblina de placer, sus ojos se cerraban mientras el agua caliente lamía su cuerpo magullado y Edward la hacía sentir segura y amada.

Después de un tiempo la sacó del agua y la tendió de espaldas sobre una espesa alfombra de hierba. Ella abrió los ojos y levantó la mirada hacia las estrellas mientras él se estiraba, desnudo, sobre el estómago, cubriéndola. El cuerpo de él estaba encajado entre sus piernas y recostaba la cabeza sobre su estómago. Le enredó los dedos en el pelo.

—Estoy tan cansada, Edward.

—Lo sé, meu amor. Duerme si quieres. Yo quiero mirarte. Adoro simplemente mirarte. —Se inclinó para presionar los labios contra su ombligo. Sus dedos se movieron posesivamente sobre la piel. Adoraba tocarla tanto como adoraba mirarla. Casi sin pensarlo, trazó la silueta de su marca de nacimiento. Por alguna razón, esta vez, la silueta era más pronunciada. Podía trazar el patrón. La sorpresa le sacudió y alzó la cabeza para mirar la pequeña marca del dragón respirando fuego. El aliento abandonó apresuradamente sus pulmones, sus dedos se hundieron en la carne, a lo largo del hueso de las caderas. —¡Eres una Cazadora de Dragones! ¡Deus! Tienes la marca del clan del Cazador de Dragones.

Bajo él, Isabella se quedó rígida. Hablaba de su marca de nacimiento. Extendió la mano hacia abajo en un intento de cubrírsela, el miedo la atravesó. Él le apartó la mano, dejando el brazo alrededor de su cadera para mantenerla sujeta.

—Tienes que haber nacido con esta marca. No había visto nada semejante en siglos.

—Me dijeron que matarías a cualquiera con una marca semejante. —No sonaba como si fuera a matarla. Había una sedosa caricia en su voz que la debilitaba totalmente. Le vio frotar la nariz contra la marca, su lengua acarició la forma y su textura. Podía sentir la excitación pulsando a través de él.

—¿Quién te dijo semejante cosa? El del Cazador de Dragones es uno de nuestros linajes más poderosos. Son Cárpatos con habilidades y astucia y dotados con un sentido para la batalla como ningún otro y sus compañeras con frecuencia dan a luz niñas. Pensábamos que la familia había muerto hacía mucho. Ningún Cárpato haría daño nunca a una mujer del linaje del Cazador de Dragones, ni desearía hacer daño a un guerrero de esa casa.

Ella levantó la cabeza para mirar a sus ojos negros y brillantes. Decía en serio cada palabra. Se relajó bajo el sedoso calor de su boca.

—¿Recuerdas a la mujer del aparcamiento del bar? Te oyó cuando amenazaste con hacer daño a cualquier que interfiriera en tus asuntos.

Él frotó la barbilla contra el triángulo de rizos, enviando una oleada de deseo a través de su sangre.

—Sí, me oyó cuando hablé telepáticamente.

—Ella tiene la misma marca solo que reacciona de forma diferente. Se le enseñó a evitar a los cazadores y su marca se calienta cuando uno está cerca, igual que cuando se acerca un vampiro. Me dijo que una de sus ancestros, Rhiannon, abandonó a su compañero, aunque utilizó el término marido, y se unió a un hombre poderoso. Estalló una guerra.

—Es cierto que hubo una guerra, pero Rhiannon fue raptada y su compañero asesinado. La retuvo cautiva un poderoso mago...

Isabella gimió.

—No sé si quiero saber esto. Los vampiros ya son suficientemente malos, Edward. Por favor no me digas que también hay magos.

—Llámalos como quieras. Seres poderosos entrenados en los caminos de la magia. Estaban bien versados en las viejas costumbres cuando salvaguardas y hechizos eran abundantes y las demás cosas de la tierra eran adoradas y apreciadas. Se les llamaba magos solo para identificar sus enseñanzas y habilidades. Rhiannon había empezado a estudiar con uno de sus maestros más poderosos. Él conspiró para asesinar a su compañero y tomarla para sí. La mayor parte de los compañeros no sobreviven a la muerte de su pareja. Su captor debe haber encontrado una forma de mantenerla viva por un tiempo.

—Irina afirma que Rhiannon tuvo trillizos, dos hijas y un hijo, antes de morir. Dijo que el hijo de Rhiannon era su abuelo. También sospechaba que su propio hermano debió ser mi padre.

—¿Y las dos hijas de Rhiannon?

—No sabía que les había ocurrido. Fue su padre quien le enseñó que un cazador mataría inmediatamente a cualquiera que llevara la marca. También me dijo que la marca se ocultaba de ti, que se ocultaría de cazadores y vampiros.

—Por supuesto que le contó eso. —Edward presionaba pequeños besos sobre la marca. —Envenenarían a sus hijos contra nosotros. ¿Qué mejor venganza que mantener al linaje apartado de la gente de los Cárpatos cuando tanto les necesitamos?

—¿Por qué se ocultaría de ti la marca?

—Sospecho que sabía lo realmente fuerte que era la bestia en mí y reaccionaba a eso. La mayor parte del tiempo que he pasado contigo apenas me las he arreglado para controlar la oscuridad en mí. Buscaría protegerte de mí mientras yo estuviera cerca de abrazar la tentación de nuestro lado oscuro, pero ya no hay necesidad.

El estómago de Isabella dio un bandazo incómodo. Sentía la piel hipersensible y algo fogosamente ardiente se deslizaba por sus entrañas, alcanzando cada órgano de su cuerpo. Edward alzó la cabeza alerta. Pudo ver el conocimiento en sus ojos. Isabella le empujó apartándole de ella, esa extraña oleada de calor la asustaba.

—Duele cuando me tocas. —De repente le ardían las entrañas y se sentía enferma. Le empujó más fuerte, mientras el aire abandonaba sus pulmones en una ráfaga llameante.

Los ojos de Isabella se abrieron con sorpresa. Edward sintió la primera oleada de culpa. No era un sentimiento cómodo y era algo que solo experimentaba desde que la conocía a ella. Rodó, colocándose cerca, sus brazos la atraparon sin tocarla, sus ojos permanecieron vigilantes.

—¿Qué me ocurre? —El conocimiento se mezclaba con el dolor. —Lo sabes, ¿verdad? ¿Qué has hecho esta vez? —La respiración abandonó su cuerpo y casi se convulsionó, se quedó rígida y el dolor la aferró. Sus uñas en enterraron profundamente en el brazo de Edward.

—Simplemente respira, Isabella. —No esperaba que la conversión fuera tan violenta. El corazón se le retorció. ¿Y si algo iba mal?

—¡Respóndeme! Dios, al menos puedes contarme lo que me has hecho.

—Estás empezando atravesar la conversión. —Su dolor le retorcía por dentro, mezclándose con la culpa y el terror por ella.

—Confié en ti. —Sus ojos eran acusadores, rabiando de dolor y traición. Jadeó las palabras, medio incorporada, intentando retorcerse para alejarse de él mientras hacía la acusación. —¿Cómo pudiste decirme nunca que me amabas? ¿Crees que esto es amor? No sabrías lo que es el amor, aunque te golpeara en la cara. El amor no es traición ni dominación, me estás robando mi libre voluntad. Estaba intentando llegar hasta ti a mi propio modo y me quitas incluso eso. —El dolor se retorcía como un cuchillo en su interior y sus ojos se nublaron. —Confié en ti. —Susurró de nuevo, con voz rota.

Edward se tensó. No tendría que haber sido así. Sabía que tenía que convertirla por el bien de todos. Él no llevaría la dominación tan lejos. ¿Era tan monstruoso después de todo?

La siguiente oleada ya se estaba construyendo, apresurándose a través de ella como una bola de fuego, abrasando piel y órganos. Rompió a sudar y la sangre perló los poros de su piel.

Él susurró su nombre, trayendo agua fresca de la cascada para bañarle la cara. Isabella giró la cara lejos de él, estaba claro que quería su ayuda mientras su cuerpo se ponía rígido con el siguiente terrible afloramiento de dolor. Este se deslizó a través de ella, abrasando todo a su paso.

El temor vivía y respiraba dentro de ella. Se empujó hacia arriba, intentando arrastrarse lejos de él, como un animal herido. Él la capturó con manos firmes, sus propias entrañas se agitaban con bilis. Él había hecho esto, en su propia arrogancia había creído tener derecho a ella. No tenía ni idea del sufrimiento que causaría la conversión y le enfermaba.

El dolor era execrable. Los ojos de Isabella estaba vidriosos y su cuerpo se contorsionaba.

—¿Me has hecho esto para poder llevarte a Alec y Alice? —Hizo la acusación histéricamente. —Realmente no eras muy distinto del vampiro que controla a Alec.

El dolor en los ojos de ella, la sugerencia de traición le destrozó el alma. ¿Así le veía ella? ¿Honestamente creía que podía hacerle esto para apartar a los chicos de ella? Su alma gritó una reprimenda, horrorizada por lo que había hecho. Sintió la humedad en su propia cara, sabía que eran lágrimas, sabía que había cometido un acto imperdonable. Ella había estado abriéndose paso hacia él, pero su falta de paciencia podría muy bien haber destruido su frágil posición sobre las emociones de ella.

Se inclinó para que ella pudiera ver que decía la pura verdad.

—Te amo más que a mi propia vida, más que a nada en esta tierra. No tenía ni idea de que sería así. Te juro que estoy diciéndote la verdad. Lamento más de lo nunca sabrás el haberte introducido en mi mundo sin tu consentimiento.

Isabella levantó la mirada a la cara devastada de él, lágrimas de sangre se vertían de sus ojos, y el corazón revoloteó dispuesto al perdón durante un breve momento. La siguiente oleada golpeó y se giró lejos de él, retorciéndose y convulsionándose, el fuego ardía en ella desde dentro.

Edward solo pudo permanecer impotentemente a su lado mientras la conversión tomaba el control de su cuerpo, obligándola a librarse de toxinas, de todo lo humano. Su poder poco significaba enfrentado a semejante dolor. Intentó tomar el dolor por ella, pero fue imposible. No tenían más elección que pasar por esto juntos. Intentó abrazarla, reconfortarla, lavarla, mecerla, murmurar tanto ánimo como pudo para ella. Todo mientras se sentía morir por dentro. No podía tomar el dolor de su compañera. No podía deshacer lo que había hecho. Ahora tenía que seguir hacia adelante sin importar lo que costara y temía que el precio iba a ser mucho más alto de lo que nunca había considerado.

Cuando fue seguro, abrió la tierra rica en minerales y flotó a las profundidades, sujetándola entre sus brazos. Por primera vez en siglos se encontró llorando con fuerza, sintiéndose perdido y avergonzado de sus propias acciones.

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QUE FUERTE! No puedo creer que solo nos queden 3 cap (y el epílogo) para terminar la historia. ¿qué opinan del cap? Tal vez suba de una vez el siguiente capítulo jaja ¿qué opinan?

No olviden dejar un comentario…

¡Nos leemos pronto!