No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la hermosa Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

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Isabella despertó en el momento en que el sol se puso, girándose hacia Edward incluso mientras abría la tierra sobre ella. Había reparado lo peor de las heridas del corazón con cuidadoso y meticuloso esmero, pero había un largo camino que recorrer para mantenerle vivo.

Empezó a trabajar al momento, sentándose junto a él en las profundidades del pozo con las paredes de tierra altas alrededor, dejando atrás su cuerpo para entrar en el de él. El corazón estaba intentando sanarse a sí mismo, pero Carlisle y los demás le habían advertido que las heridas de Edward eran tan severas que ningún Cárpato por antiguo y poderoso que fuera se recobraría sin ayuda continua.

Mientras trabajaba, fue consciente de las voces que se unían a la suya, masculinas y femeninas, cantando el ritual sanador. Agradecida reconoció el toque de Jasper, y el toque mucho más íntimo de Kachiri, ambos sanadores Cárpatos. Isabella siguió las instrucciones precisas de ambos continuando las reparaciones del corazón lacerado de Edward. Tenía que despertarle y proporcionarle sangre, pero la hemorragia seguiría en su corazón hasta que el músculo tuviera suficiente tiempo para sanar, lo que significaba que no podría permanecer despierto mucho más tiempo del que le llevara alimentarse.

—Le daré mi sangre. —Se ofreció Laurent. Estaba sentado observándola, tomando nota de la absoluta determinación en su cara.

—Ya le has dado demasiada esta mañana. Ve a encontrar lo que sea que necesites; estás más blanco que una sábana. —Isabella se tambaleó de debilidad. —Yo le daré mi sangre y le pondré de vuelta en la tierra donde estará a salvo.

—Volveré tan rápidamente como sea posible para proveer para ti. —Prometió Laurent.

Isabella asintió y se sentó con la cabeza de Edward apoyada en su regazo. Le llamó suavemente, odiando que estuviera tan dolorido cuando despertó, pero sabiendo que necesitaría alimentarse para sanar y recuperar sus fuerzas. Sintió a los hermanos de él entonces, llamados por la necesidad de responder incluso desde el otro lado del mundo. Los sintió intentar aliviar el dolor de Edward cuando despertó.

Isabella se inclinó para presionarle un beso en la frente.

—No te muevas, solo descansa. Necesitas sangre. —Se rasgó su propia muñeca, sin preocuparse del dolor, empujando la herida contra los labios de él. Estaba tan débil, ni siquiera le sentía tomar el sustento y eso la asustó.

No pierdas la esperanza. Fue Carlisle quien la tranquilizó y cada uno de sus hermanos murmuraron sus nombres en la mente de ella y añadieron su tranquilidad a la de él. En cierta forma le proporcionaba una sensación de familia tener a todos los Cárpatos susurrando ánimos en su mente.

¿Y qué hay de Alec y Alice, Carlisle? ¿Están bien sin mí? Intentó evitar la nota triste en su voz para no molestar así a Edward. Ese mundo le parecía ahora tan lejano. No se había alegrado al conocer la noticia de que los niños habían volado hasta Brasil para su protección... pero lo entendía.

Están siendo mimados por tías, tíos y cientos de primos. Te echan de menos. Agradeció que a Carlisle se le ocurriera en añadir esto último.

Detenle ya y ponle de vuelta en la tierra. Ese era Jasper, el sanador. Isabella podía sentir el espíritu de Edward retirándose poco a poco de ella cuando el dolor se volvió intolerable.

Detuvo su alimentación, dudando solo un momento antes de pasarse la lengua por la fea herida de la muñeca. Con la ayuda de Carlisle envió a Edward a dormir y cerró los ojos cansada, derrumbándose contra la tierra, sin preocuparse de estar tendida en lo que parecía una tumba.

Todo lo que le importaba era que había mantenido a Edward con vida.

—Necesitas alimentarte. —La voz de Laurent la sacó de su ensueño.

Se le secó la boca. Edward la había puesto bajo un encantamiento, pero no estaba preparada para abandonarse amablemente al control de nadie más.

—No sé si puedo. —Respondió honestamente.

—Si no te alimentas, te debilitarás y no serás capaz de atarle a ti. —Señaló Laurent. —Evitaré que te enteres de nada.

El corazón le golpeó en el pecho ante la idea de dar a Laurent, prácticamente un desconocido, esa clase de control sobre ella. Con Edward inconsciente, se giró instintivamente hacia su hermano. ¡Carlisle! ¿Qué debo hacer? Carlisle estaba cerca de Edward, y ella unida a él. No tenía a nadie más a quien recurrir en una situación poco familiar. No puedo ni pensar en la idea de que me de sangre.

Laurent es un Cárpato honorable. Permítele compelerte. Debes conservar tus fuerzas para sustentar la vida de Edward. Sintió a los otros hermanos de Edward moviéndose a través de Carlisle para alcanzarla.

Cayo, el mayor, el más fuerte, al que todos los demás mostraban deferencia. Sacó eso de los recuerdos de Edward. Me aseguraré de que no te sobrevenga ningún daño. Isabella estaba asombrada del increíble sentido de la familia, del amor que compartían con ella a través de Edward.

En los siguientes alzamientos se repitió el mismo ritual nocturno. Algunas veces despertaba en la noche para yacer con la tierra abierta y la cabeza de Edward apoyada en su regazo, contemplando el cielo y las estrellas brillantes, acariciándole el pelo con las manos, urgiéndole a sobrevivir, a volver a ella. Se entregó devotamente a sí misma y su voluntad a completar la curación. Laurent proporcionaba alimento y se acostumbró a su presencia, pero nunca lo suficiente como para someter su voluntad. Carlisle o alguno de los otros hermanos de Edward tenían que estar siempre con ella antes de permitir que Laurent la colocara bajo su hechizo.

En la séptima noche Laurent se alzó mucho antes que Isabella y ya estaba fuera de la tierra cuando ella despertó. Ya era competente en salir la tierra y flotar hasta la superficie, vistiéndose como Carlisle le había enseñado. Despertaría a Edward tan pronto como hubiera reunido hierbas frescas y plantas sanadoras.

—¿Laurent? —Miró alrededor. Él siempre estaba esperando para proporcionar sangre a Edward. Encontró una sola rosa yaciendo sobre la roca cerca de las aguas termales.

Se había dio. Solo podía significar eso. Isabella se dio la vuelta, abrazando la rosa de tallo largo, con el corazón palpitando de anticipación.

Edward estaba en pie con aspecto de estar recuperado, mucho más recuperado de lo que tenía derecho a estar, pero mostraba signos de su roce con la muerte. Su hermoso pelo negro, que caía hacia atrás por su espalda, estaba veteado de gris en su lado izquierdo. Su cara estaba tallada con nuevas arrugas y había un cansancio en sus ojos que nunca habían estado allí antes. Se tocaba la cicatriz del pecho causada por el ataque de James.

—Se supone que los Cárpatos no tienen cicatrices.

Bebió de él. Ardían lágrimas tras sus ojos y tuvo que tragar varias veces para librarse del nudo de su garganta.

—Quizás no te sané adecuadamente. —No podía dejar de mirarle. Era tan sólido. Estaba tan vivo. —A mí me pareces perfecto. Ya revistes confianza como una segunda piel.

—Me salvaste la vida.

Isabella asintió.

—Alguien tenía que hacerlo. Estabas hecho un desastre.

Los ojos negros la midieron sin parpadear. Había olvidado lo completamente que podía concentrarse en ella. Las piernas se le volvieron de goma, pero mantuvo su terreno, intentando aparentar indiferencia.

—¿Estás seguro de que deberías estar levantado? —Su mirada vagó por el cuerpo de él y el aire pareció abandonar sus pulmones en una larga ráfaga. Definitivamente estaba en pie y listo para el ataque.

Una lenta y sensual sonrisa curvó la boca de Edward. Sus ojos se oscurecieron con flagrante sexualidad.

—Oh, estoy muy seguro.

Un sonrojo acometió su cuello hacia su cara.

—Sabes lo que quiero decir. Casi moriste. —Había un dejo de acusación en su voz.

—Prometo ser mucho más cuidadoso en el futuro, querida. —No podía hartarse de mirarla. Dio un paso hacia ella y observó con los ojos entrecerrados como ella daba un pequeño paso atrás.

—No creo que puedas hacer algo así nunca más. Me asustaste.

—Lo siento. —Su mirada encontró la de ella firmemente. —Por un montón de cosas. Fue un error por mi parte convertirte sin tu permiso. Estabas intentando llegar hasta mí y yo me impacienté. Debería haber tenido más fe.

—Sí, deberías. Nunca seré feliz sin un compañerismo total, Edward. No soy la clase de mujer que tolera tu toma de decisiones arbitraria por mí. —Quería mostrarse severa. Era necesario dejar claro este punto, pero él parecía tan vivo, había estado tan cerca de la muerte durante tantos días. Había presenciado la batalla en su mente y esta había sido horrenda.

—Soy muy consciente de la clase de mujer que eres, Isabella. —Estuvo él de acuerdo tranquilamente. —Haré lo que pueda por aprender a ser tu socio.

—Bien, trabaja en ello con rapidez. —Tenía mucho más que decir sobre el tema, pero no podía pensar en eso en ese preciso momento. Todo lo que podía pensar era en tocar las nuevas líneas de su cara. Su cicatriz. Quería alisar el ceño de su boca y borrar la preocupación de sus ojos.

—Tengo que explicarte lo de Alec. —Dijo él, decidido a asegurarse de que ella entendiera que no había apartado al chico de ella. —No quedaba más elección que enviarle lejos. James no se parecía a ningún otro vampiro con el que me haya encontrado nunca. Era un amigo de la infancia. Un amigo cercano que conocía mis métodos de caza. Era un poderoso Cárpato y como vampiro se había vuelto tremendamente poderoso. Si no teníamos éxito en destruirle, antes o después habría logrado matar a Alec, o utilizarle para hacerte daño a ti o a Alice. Sabía que me arriesgaba a que no entendieras, pero honestamente sentí que era lo que tenía que hacer, la única cosa que podía hacer.

—Lo sé. —Había visto la lucha en su mente. En todo el tiempo que había pasado sanándole, se había fundido con frecuencia con él para mantenerle vivo y había visto sus fuerzas y debilidades. Había visto sus recuerdos y arrepentimientos, como había querido hacer lo correcto y lo mejor incluso si eso significaba arriesgar su relación. Sus acciones estaban motivadas por el amor, no por un sentido del poder. Parecía tener problemas para expresar ese amor de otras formas aparte de la sexual. Isabella estaba segura de que podría pasar los próximos siglos ayudándole a aprender a comunicarse mejor.

—Isabella, sobre el rancho. Quiero que vengas a Brasil. Podemos mantener el rancho en custodia para Alec y Alice, hasta que sean bastante mayores para decidir dónde quieren vivir. Me gustaría que conocieran a la familia de Charlie. Mi familia. Y me gustaría que mi familia os conociera a todos vosotros. Pero si no puedes ser feliz allí, volveremos y viviremos aquí juntos.

Era una tremenda concesión. Un regalo que le estaba ofreciendo. Él quería ir a casa. Necesitaba ir a casa. Su corazón y alma anhelaban el bosque pluvial, su rancho, las cosas que le eran familiares. Su familia, la humana y la Cárpato. Pero ella estaba en su mente y sentía su sinceridad. Haría cualquier esfuerzo para hacerla feliz. E Isabella descubrió que no era el rancho lo que importaba. Este pertenecía a Alec y Alice. Ella estaba más que dispuesta a renunciar a su parte. Si sus hermanos amaban Brasil, ella lo amaría. Y si ellos necesitaban volver al rancho, volvería con ellos hasta que tuvieran edad para vivir por su cuenta. Pero siempre, su elección sería Edward. Le sonrió.

—Espero que tengas caballos. Necesito estar rodeada de caballos.

—Tenemos muchos caballos, meu amor.

Ella inclinó la cabeza.

—¿Estás absolutamente seguro de que te sientes bien y tu corazón está fuerte? —Su voz descendió hasta una bochornosa invitación

—Estoy curado.

Isabella levantó la mirada hacia la cascada que se vertía desde lo alto del acantilado sobre ellos. Proporcionaba un trémulo telón de fondo a la gruta aislada donde burbujeaban las aguas termales, separadas de la corriente por rocas adecuadamente desgastadas. Helechos y musgo recubrían el suelo como una alfombra esmeralda. Tomó aliento, permitiéndose el lujo de apreciar la belleza del lugar, apreciar la riqueza del suelo que había ayudado a Edward a sanar.

Él llegó desde atrás, sus manos se deslizaron hacia abajo por su espalda hasta su cadera, presionándola contra su gran cuerpo. Isabella extendió los brazos hacia arriba para rodearle el cuello, tirando de su oscura cabeza hasta la de ella. Tuvo que reclinarse hacia atrás, buscar la excitación de su boca.

—Hazme el amor, Edward. —Susurró contra sus labios. —Casi te perdí y necesito sentir como me amas. —Se giró entre sus brazos, necesitando el consuelo de su abrazo. Necesitando la sensación de estar acordonada por el acero que recorría su cuero.

—Siempre te estoy amando, meu amor. —Él retrocedió, la intensidad y el hambre de su mirada la hipnotizaba. —Con cada aliento que tomo, te hago el amor. —Con dedos gentiles y seguros, le desabotonó la blusa, sus nudillos le rozaron los pechos plenos. —Siempre tienes demasiada ropa. Creía que habíamos acordado que te limitarías a ir por ahí desnuda para mí. —Le sacó la blusa por los hombros, las manos se demoraron sobre la suave hinchazón de carne, disfrutando del placer de mirar simplemente sus pechos antes se extender la mano para quitarle las horquillas del pelo. Soltó la sedosa masa, sus dedos la recorrieron hasta que la última trenza quedó liberada cara caer incontenible sobre su cuerpo.

Aplastó las hebras de pelo en su puño, llevándoselas a la boca, sus ojos no abandonaron nunca los de ella. Observándola. Hambriento por ella. Ni una sola vez se había entregado completamente a él, pero podía ver el amor en su mirada, en el rubor de calor que se extendía bajo su piel. Como siempre, el salvajismo se alzó en él, pero luchó desesperadamente por aplastarlo, sintiendo de qué humor estaba ella, su necesidad no solo de una demostración física de amor, sino también de consuelo. Había sido tan valiente. Y le había elegido a él. La besó de nuevo, la paz se estableció en sus huesos, la satisfacción en su alma. Por primera vez perdió la sensación de empuje, la necesidad de conquistar y tomar.

Edward le bajo los vaqueros por las caderas, sus manos se movieron, sobre los muslos hasta que Isabella se sintió débil a causa del anhelo. Le observó, el puro deseo en sus ojos mientras trazaba los contornos de su cuerpo con evidente disfrute. Su cuerpo la abrumó hasta obligarla a retroceder entrando en las aguas termales.

Isabella se deslizó en el interior del agua. Cálidas burbujas como de champagne la rodearon, envolviendo su cuerpo como una manta viviente. El agua la sujetaba, moviéndose sobre su cuerpo mientras se hundía más profundamente en la piscina mineral. La sensación de ingravidez en el agua, su pelo flotando como algas, y el fondo de la cascada la hacían sentir sensual, una sirena acuática atrayendo a su pareja.

Observó cómo Edward avanzaba hacia ella, extendiendo la mano lentamente para tirar de su pelo húmedo. Sus dedos le rodearon la nuca, atrayéndole la cabeza hacia la suya para poder tomar posesión de su boca. Isabella levantó una pierna y le rodeó la cintura, deslizando su cuerpo hacia arriba y abajo por su muslo para aliviar la creciente presión. Las burbujas lamían como lenguas su piel sensibilizada. No importaba que quisiera ir despacio, sentir las manos de Edward él moviéndose sobre ella con ternura, algo en ella le respondía con salvajismo, frenético deseo que crecía ardiente y veloz.

—Meu amor, no tienes ni idea de lo que me haces. Soy un hombre fuerte, pequeña, un hombre poderoso, pero una mirada tuya y me derrito por dentro. Mi cuerpo no solo anhela el refugio del tuyo, sino que mi corazón está lleno y me inunda la luz. Cuando lo discutía en mi juventud no tenía ni idea de lo que significaría. Todos los hombres de los Cárpatos sueñan con tener una compañera... es nuestra motivación y nos empuja a continuar en los años interminables y vacíos... pero hasta que te conocí realmente, no podía concebir cómo me sentiría. No puedo encontrar palabras para explicar lo que significas para mí.

Isabella le rodeó el cuello con los brazos, sus dedos acariciaron los mechones blancos del pelo sedoso de él.

—Lo haces bastante bien, Edward.

—Tú mereces algo mejor. Un poeta. Un hombre de bellas palabras que pudieran expresar lo que hay en mi corazón.

—Ya no necesito palabras, Edward. Abro mi mente a la tuya y siento el amor que me das. Conozco las palabras que hay en tu corazón porque puedo verlas ahí. —Le besó, un beso largo y lento de seducción. —Te deseo. Deseo tocarte, abrazarte, sentirte dentro de mí. Necesito sentir que estás vivo y envuelto a mi alrededor.

La boca de él abandonó la suya para encontrarle el cuello.

—Estás tan caliente, Isabella. Siempre estás húmeda, caliente y deseosa de mí. Me pone tan endemoniadamente duro solo el sentir que me deseas.

Ella cerró los ojos cuando los dientes le arañaron la piel.

Edward apretó el cuerpo de ella con más fuerza contra el suyo, montándola en su muslo.

—Ocurre que estábamos en medio de aguas termales. Estoy caliente y húmeda por una buena razón.

Los dientes de Edward mordieron con fuerza en un pequeño y burlón castigo.

—Yo soy la razón de que estés caliente y húmeda y lo sabes.

Sus manos se movieron posesivamente sobre el pecho de él, la punta de los dedos se demoraron sobre la cicatriz.

—Estás curado del todo... has recuperado tu arrogancia.

Los labios le mordisquearon el hombro, enviando un escalofrío por su espina dorsal mientras la levantaba y llevaba en brazos desde el agua hasta una piedra plana.

—Estoy más que seguro de no ser excesivamente arrogante. Me encanta la forma en que me deseas, Isabella. ¿Tienes alguna idea de lo que hace eso a un hombre, saber que una mujer le mira y arde como lo haces tú por mí? —Sus dientes le mordisquearon el pulso, la lengua jugueteó sobre el punto sensible.

—Nunca tendremos el problema de que no te desee. —Confesó ella, inclinándose para besarle la garganta, dejando un rastro de besos hasta las cicatrices sobre su corazón. Sus manos se movieron sobre él, la punta de sus dedos trazaron patrones sobre el pecho y bajando por el estómago.

Él alzó la cabeza, cerrando los ojos, saboreándola entre sus brazos, su cuerpo entrelazado con el suyo y su boca consolando la herida del pecho. El corazón le latía allí a causa de Isabella. El ritmo era fuerte y firme y si todavía había dolor en cada latido era minúsculo, fácilmente enmascarado y valía la pena por cada momento con ella.

—No, solo con que me ames —Solo pronunciar las palabras despertó una feroz violencia en él. Rugió a través de sus venas hasta que los brazos se le tensaron, formando una jaula de acero alrededor de ella. Con un esfuerzo, luchó por contener la necesidad de dominación. Su boca le susurró sobre la piel, ligera como una pluma; jugueteó con su labio inferior, zambulléndose más abajo para encontrar sus pechos. Sintió la ávida lujuria alzándose aguda y terrible, pero se negó a ceder a ella.

Ella se movió con inquieto abandono, su piel se frotó contra la de él, sus manos le reclamaron, recorriendo su cuerpo posesivamente. Eso solo se añadió al ardiente deseo que se acumulaba en él. Isabella le mordió el hombro ligeramente, pasando la lengua sobre su pezón, lamiéndolo gentilmente. Isabella podía leer su lucha por proporcionarle ternura y lo significaba todo para ella que intentara mantener su autocontrol.

Los ojos negros vagaron sobre su cara. Caprichosos. Pensativos. Puramente sensuales. Su corazón palpitó de anticipación. Observándola atentamente, se inclinó hacia ella, su lengua le lamió los pechos, deslizándose hasta el ombligo mientras se dejaba caer ante de ella, apretándole las manos sobre los muslos. Ella estaba ya ahogándose en calor, en placer. La lengua lamió lentamente su vaina pulsante. Isabella se sobresaltó, un jadeo escapó mientras su útero se contraía y cada terminación nerviosa se volvía hipersensible.

Isabella había estado tan concentrada en las heridas de él, en salvar su vida y mantenerle a su lado, que todavía no había renunciado al vínculo con la mente de él. Sintió como el fuego le inundaba las venas y el rugido de deseo en su cabeza. La lujuria mezclada con amor hasta que las dos emociones estuvieron entretejidas. Eso alimentó sus propios deseos, un pozo de placer que estalló a través de ella cuando su lengua apuñaló profunda y juguetona, lamiendo y succionando hasta que se retorció de deseo, casi un delirio y le suplicó. La llevó al borde de la liberación una y otra vez y cada vez se echó atrás hasta que las manos de Isabella le amasaron el pelo y gritó su nombre.

—Edward, no puedo soportarlo. Es demasiado. —No podía respirar, no podía encontrar el alivio que tan desesperadamente necesitaba. —No puedo aguantar mucho más.

—Puedes. He perdido el juicio deseándote. Tú tienes que sentir lo mismo.

—Lo haré. Lo hago. ¡Aprisa! —Suplicó ella urgentemente.

Edward besó su camino hacia arriba por el estómago, mordisqueó la parte inferior del pecho mientras ella intentaba enredar frenéticamente las piernas alrededor de su cintura y atraerle más cerca. Él enterró la cara contra su garganta.

—Te amo, Isabella. Te amaré por siempre con todo lo que soy.

Su voz era pura honestidad, el sonido se enroscó alrededor de su corazón hasta que Isabella se sintió derretir. Profundamente incrustada en la mente de él, también sintió su incertidumbre. No sabía con seguridad si ella le amaba completamente, con cada fibra de su ser. Le había mantenido a distancia tanto tiempo, no confiaba en su lectura de sus pensamientos.

Creía que estaba viendo y sintiendo lo que tan desesperadamente deseaba ver.

—Edward. —Susurró su nombre suavemente, obligándole a levantar la vista hasta sus ojos. Le sostuvo la mirada, deseando que viera su expresión, la terrible emoción que había mantenido raya durante tanto tiempo. —Todo este tiempo he estado temiendo lo que sentía por ti. Me aterrorizaba porque pensaba que, si te entregaba mi corazón, no quedaría nada para mí, que eso sería perderme completamente a mí misma. Pensaba que querías poseerme, controlarme, y eso nunca podría gustarme. Pero cuando casi moriste, comprendí que era demasiado tarde. Te amo, Edward. Te amo tanto que creo que moriría sin ti.

Brillaban lágrimas en los ojos de Edward, pero no apartó la mirada, no importaba que ella viera como le había humillado con su admisión. Le enmarcó la cara.

—Deseo que oigas las palabras que nos unen. Son las que nos hacen verdaderamente uno. Eres mi vida, Isabella, por toda la eternidad. —Rozó un beso gentil sobre sus labios. —Te reclamo como mi compañera. Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Te doy mi protección, mi lealtad, mi corazón, mi alma y mi cuerpo. —Dejó un rastro de besos por su garganta, susurrando las palabras contra su pulso. —Tomo en mí los tuyos para cuidarlos del mismo modo. Tu vida, felicidad, y bienestar serán apreciados y colocados sobre los míos propios siempre. Eres mi compañera, unida a mí por toda la eternidad y siempre a mi cuidado. —Alzó la cabeza, mirándola a los ojos, viendo las mismas lágrimas nadando en sus ojos.

Isabella le sonrió.

—Son las palabras más hermosas que podrías haberme dicho jamás.

—Dije en serio cada una de ellas.

—Lo sé.

Los ojos de Edward se oscurecieron incluso más, su deseo se intensificó. La tomó con dureza, zambulléndose en el ardiente y acogedor canal profundamente y con fuerza, un feroz empuje que la hizo gritar, un orgasmo atravesó su cuerpo incluso mientras él empezaba a entrar en ella con largas y seguras estocadas. Se aferró a él con sus ardientes y resbaladizos músculos, tan apretados que un solo sonido de puro placer escapó de la garganta de Edward. El orgasmo explotó a través de ella, sobre ella, hasta que solo pudo pensar en hundir las uñas en su hombro y colgarse de ellos mientras cabalgaba con fogosa pasión.

Edward bajó la mirada a la cara de ella. Tenía la cabeza echada hacia atrás, su pelo largo agitado a su alrededor por la brisa. Le envolvía las piernas alrededor de la cintura, sus pechos se balanceaban con cada dura estocada.

Era una hermosa visión, entregándose a él, haciendo sus propias demandas con sus fuertes músculos. Solo podía mirar su cara, observar como su propio cuerpo tomaba posesión del de ella, conquistando incluso mientras ella le conquistaba a él. Rindiéndose, incluso mientras él se rendía a ella. Sabía que nunca olvidaría ese momento, se ofrecía completamente a él y el corazón se le retorció en el pecho. Había confiado en él con su cuerpo, su sexualidad, y ahora, al fin, con su corazón.

Quería dárselo todo, inundar su cuerpo con todas las emociones que sentía y que nunca podría expresar adecuadamente con palabras. Con cada caliente estocada, con cada ardiente empujón, su cuerpo declaraba su amor. Era completamente suyo y siempre lo sería. El fuego rabiaba en él como un infierno, acumulándose más y más hasta lo imposible, hasta que se hinchó dentro de ella, estirando sus delicados músculos, y ella gritó su nombre.

Erupcionó, vertiendo su esencia en ella, profundos y duros empujones que no pudo controlar, cada músculo se contrajo. Incluso el corazón le dolía, palpitando de deseo y amor por ella.

Edward giró, todavía profundamente enterrado dentro de ella, para descansar contra la roca. Isabella se acurrucó inmediatamente más cerca, su boca buscando la cicatriz sobre el corazón, lamiéndola.

—Quédate quieto. —Dijo ella. —Necesito asegurarme de que estás del todo bien.

Edward echó la cabeza hacia atrás, y se quedó mirando fijamente hacia arriba a la luna, las piernas de Isabella estaban firmemente enredadas alrededor de su cintura, su cuerpo estaba

profundamente enterrado en el refugio del de ella mientras recibía imperiosas órdenes. Se encontró a sí mismo sonriendo. Feliz. En paz. Podía sentirla moviéndose dentro de él, trabajando en su corazón. Podía sentir el empuje de sus pechos contra su propio pecho, la seda de su pelo en un amasijo sobre la piel. No importaba donde vivieran. Aquí, en este rancho, o en Brasil, su hogar, su santuario era esta mujer que estaba entre sus brazos.

En el momento en que ella alzó la cabeza tomó posesión de su boca, un largo beso de ternura, un susurro de amor mientras volvía a llevarla de vuelta a las aguas termales.

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Yo no estoy llorando, ustedes están llorando jajaja ¿Qué les parecio? ¿Debería subir de una vez el epílogo? Jajajaja No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!