CHANTAJE
1 Secretos
Hinata bajó deprisa los escalones que daban al bar y entró. Estaba oscuro y lleno de bebedores que aprovechaban la hora del almuerzo para tomar un trago. No veía a Toneri; no era lo suficientemente alta como para divisarlo entre las cabezas de hombres de negocios trajeados que tenía a su alrededor. Mientras se abría camino entre los clientes, sintió un estremecimiento. La idea de que la vieran allí, de que la reconocieran la aterraba. Por ello fue un alivio distinguir entre la multitud en el extremo opuesto del local la cabellera plateada de Toneri. Toneri, alto, sofisticado y atractivo, se puso de pie al verla aproximarse a él. Hinata se sintió orgullosa.
- Llegas tarde – se quejó él.
- Lo siento, no pude escaparme antes –explicó ella jadeando, mientras se dejaba caer en el asiento y echaba otra ojeada al lugar, temerosa de encontrar alguna cara conocida.
- No sigas. Estás en otra parte de la ciudad.
Hinata bajó la cabeza, escondiendo la cara ruborizada detrás de la melena oscura.
- ¡Ese hombre de allí me está mirando!
- La mayoría de los hombres miran a las mujeres bonitas... y tú eres exquisitamente bonita, mi amor – murmuró Toneri en voz baja, adoptando un tono íntimo mientras le tomaba la mano-. Me fastidia ver que te miran todos cuando pasas.
- ¿De verdad? – preguntó ella asombrada por sus cumplidos.
- ¿Por qué no vamos a mi apartamento? – sonrió Toneri dibujando el labio inferior con el dedo.
Hinata se puso rígida.
- No puedo. Todavía no. Ya sabes cómo me siento – musitó. El miedo se había apoderado de ella.
Él cambió su expresión por un gesto frío y duro.
- Toneri, por favor...
- Por lo que se ve, estás jugando conmigo mientras tu esposo está de viaje.
- Te amo – los ojos de ella se llenaron de tristeza y ansiedad.
- ¿Entonces cuándo vas a decirle que quieres divorciarte? – le exigió.
- Pronto. Estoy buscando el momento apropiado – Hinata se había puesto pálida, y en los rasgos bonitos de su cara expresaba cierta tensión.
- Teniendo en cuenta que él solo duerme contigo una noche al mes, puedo esperar sentado aquí hasta el año que viene, según tú. Tal vez lo ames al desgraciado...
- ¿Y crees que es posible? Tú sabes bien que nuestro matrimonio no es como otros.
- ¿Y no quieren los periódicos aprovecharse de esa situación? – se rió Toneri burlón.
- No me hace ninguna gracia, Toneri.
- Bueno. Lo único que me tranquiliza es saber que si yo no soy tu amante, él tampoco lo es. Un verdadero misterio. Mírate. La esposa virgen después de cinco años. Y sin embargo a él rara vez no se le ve con una jovencita colgada del brazo. Quizás sea un homosexual no declarado.
El estómago de ella se revolvió. Pensó que había sido una locura contarle a Toneri la verdad sobre su matrimonio. No se trataba de que fuese a usarlo en su contra. Le tenía verdadera confianza a Toneri, pero se daba cuenta de que su confesión podía resultar peligrosa, si bien servía para calmar los celos de Toneri hacia Naruto.
- ¡No hables así de él! – se quejó Hinata.
- ¿Acaso no estás cansada de él? No creo que jamás tengas la valentía de decirle que quieres ser libre nuevamente. Me parece que estoy perdiendo el tiempo contigo.
- No, eso nunca – dijo ella aterrada ante la idea de perderlo.
No podía imaginarse volver a los tiempos de su vida sin Toneri. Una vida aburrida, vacía. Días interminables. Sin ninguna vida social. No tenía amigos. La observaban en todos los sitios a los que iba. La puerta de su cárcel se había cerrado el día de su boda, y ella había sido tan tonta, tan ingenua de no darse cuenta hasta que había intentado pasar las rejas.
- ¿Entonces cuándo? – presionó él.
- Pronto. Muy pronto. Te lo prometo.
- No entiendo por qué no recoges tus cosas y te vas. No se puede decir que no tengas motivos para divorciarte de él. El adulterio no va a pasarse de moda mientras ande por ahí Naruto Uzumaki.
- Tengo que hacerlo bien, Toneri. ¿No crees que le debo eso al menos?
- No creo que le debas nada. Ni siquiera es tu esposo ante los ojos de la iglesia ni de la ley – Toneri insistió.
- ¡Me tengo que ir! – dijo Hinata mirando el reloj de pulsera. Toneri le rodeó los hombros y la besó con demostrada maestría.
- Te llamaré – le prometió -. Te quiero.
Hinata salió corriendo. Estaba cerca de la peluquería en la que había reservado hora para una larga sesión de masaje. Era demasiado arriesgado encontrarse con Toneri. Y su cabeza le decía que cuanto más tardase en confesarle la verdad a Naruto y pedirle el divorcio, más se arriesgaba a que fuese descubierta. Pero, entonces, ¿qué importaría realmente?.
A Naruto no le importaba lo que hacía ella. Lo veía una vez al mes cuando él pasaba por Londres, y el año anterior ni siquiera lo había visto con esa frecuencia. A veces Naruto le pedía que organizara una cena de negocios. Pero no era frecuente. Había ocurrido pocas veces, y muy espaciadas. Incluso se solía comunicar con ella a través del personal de su empresa, en caso de necesitarlo.
Durante el tiempo que llevaban casados, Naruto no la había invitado a salir nunca, ni siquiera la había llevado a una fiesta. Solía llevar a otras mujeres en ese caso, pero a su esposa jamás. Naruto dormía en el ala de la casa que había acondicionado para sí. E incluso las pocas noches que habían dormido bajo el mismo techo, lo había oído salir tarde, y regresar al amanecer. Es decir que ni siquiera se podían contar esas noches como compartidas con él.
Por un momento recordó cuánto había llorado y se había preguntado qué había hecho para que las cosas fuesen así, y que podía hacer para atraer su atención. Con rabia, quiso borrar esos recuerdos de su mente. El tiempo se había ocupado de que aquellos tiempos hubiesen quedados sepultados. La joven novia había crecido y era más sabia ahora.
- Lo siento. Me olvidé de la cita – murmuró Hinata en la recepción de la peluquería, y además insistió en pagarla de todos modos.
El propietario, Haku, le ofreció comenzar con ella una sesión inmediatamente, pero ella se disculpó diciendo que se le hacía tarde, y se sentó a esperar a su peluquero.
- ¡Oh! Señora Uzumaki, su guardaespaldas ha dejado un mensaje para usted – le dijo Haku bajando la voz y la cabeza.
Hinata se puso tensa y pálida.
- Tranquilícese – Haku la miró con complicidad -. He dicho que estaba en la sesión de masajes.
- Gracias – ahora Hinata se había puesto colorada.
- Será mejor que le de el mensaje. El señor Uzumaki le está esperando en casa.
¿Que Naruto qué? Naruto la estaba esperando... ¿Naruto, que nunca la había esperado en cinco años? ¿Naruto estaba en casa cuando no lo esperaba hasta la siguiente quincena? Involuntariamente, Hinata se estremeció; se le revolvió el estómago. Sintió terror.
Haku se sentó a su lado, y le dijo:
- Pequeña, tú no eres el tipo de chica para jugar a esto.
- No sé lo que estás...
- Llevas viniendo a este salón desde hace cinco años. Y desde hace dos meses no haces más que ponerte colorada – suspiró -. Y no quisiera pasar a la historia como un estúpido capaz de facilitarle una coartada a la señora Uuzmaki. Me da la impresión de que tu marido es un tipo capaz de romperle los dedos a quien haga una falta así. Me dan temblores de sólo pensarlo.
- Lo siento – Hinata se sintió avergonzada.
- Y yo siento no poder ayudarte más, porque ha sido bonito verte feliz por un tiempo.
- ¿Señora Uzumaki?
Hinata miró a Rock Lee, su guardaespaldas, que proyectaba una sombra grande y oscura sobre ella se puso de pie, Rock Lee le echó una mirada de desconfianza a Haku, quien se encontraba demasiado cerca de la esposa de su jefe.
Tan pronto como se acomodó en la limusina se desmoronó. Haku sabía que ella estaba viendo a alguien. Se sentía tan humillada. Y también se sentía terriblemente culpable. Se peluquero además tenía miedo de verse envuelto en un escándalo matrimonial. Aunque lo cierto era que nada de eso sería posible, ya que Naruto no tenía ni la menor idea de lo que hacía ella. Pero el dicharachero Haku, que tantas veces se había reído de sus depresiones, estaba sinceramente asustado.
Todo el mundo le tenía miedo a Naruto. Y sin embargo ella jamás lo había oído gritar. Durante los primeros tiempos de su matrimonio, Hinata había sentido terror hacia Naruto, pero con el tiempo ese terror se había ido difuminando, y adquiriendo la forma real de la indiferencia de Naruto hacia ella. Simplemente parecía que Hinata no existía en la escala de seres humanos importantes para Naruto. Él se había casado con Hinata para obtener las acciones que su padre le había cedido a ella. Su esposa era parte de un acuerdo de negocios, nada más.
Y sin embargo, ella hubiera jurado que había habido momentos, al principio de la relación, en que Naruto la había mirado con odio; un tiempo en que cada palabra de él sonaba como una amenaza hacia ella, cuando la sola presencia de Naruto la hacía sentir en peligro. Entonces había aprendido a evitarlo siempre que podía. Había aceptado casarse con ella por las acciones. Pero no obstante el divorcio no parecía ser una idea que lo convenciera. Y esto era algo que Hinata no alcanzaba a comprender.
Y ahora Naruto, que no había dado la más mínima señal hacia ella en cinco años, había vuelto a casa y la estaba esperando. Era algo que la ponía nerviosa. Subió los escalones de la enorme casa aferrada a su bolso como si buscase protección en algo.
«La esposa infiel », pensó con tristeza.
Pero ella no era su esposa en realidad, se recordó, como lo había hecho desde que había conocido a Toneri. Tendría que haberle pedido su libertad mucho tiempo atrás. Pero su padre se hubiese puesto fuera de sí, y se hubiera sentido terriblemente decepcionado.
Hinata se había pasado los primeros diecinueve años de su vida complaciendo a su padre, Hiashi. Y hacía cinco años, por consejo suyo, se había casado con Naruto, y ése había sido el error más grande de su vida. Naruto le había quitado la libertad, y no le había dado nada a cambio. Pero todo eso era historia pasada, se recordó a sí misma. Hacía apenas dos meses que su padre había muerto, a causa de la enfermedad coronaria que había dañado su salud durante años.
- El señor Uzumaki la está esperando en la sala – le informó Iruka, el mayordomo.
Hinata se puso más nerviosa aún. Como norma general, ella no veía a Naruto hasta la hora de cenar, por lo que sospechó que algo no iba bien.
Naruto estaba de pie, cerca de la chimenea recubierta de mármol. Era un hombre alto, que irradiaba una presencia extremadamente masculina. Alguna vez había sentido que su corazón se estremecía al mirarlo, que se le aflojaban las piernas, y que le costaba pronunciar cualquier palabra frente a él. Ahora en cambio, Hinata lo veía como si entre ellos hubiera una mampara de cristal. Había aprendido a distanciarse de él, como primera medida.
Naruto Uzumaki, el legendario magnate griego, poseedor de un gran poder y una gran fortuna. Tenía una elegancia natural que aumentaba con el exquisito gusto en la elección de la ropa: zapatos de piel acabados a mano, o un fabuloso traje en tela de mohair y seda. Era un hombre por el que cualquier mujer se moriría, había pensado Hinata con la ingenuidad y excitación de los diecinueve años.
Y Naruto en efecto, era un atractivo hombre, seductor por donde se lo mirase. Un pelo grueso color dorado, la piel bronceada, los ojos azules. Y lo sabía, le gustaba que así fuera, y se valía de ello cuando le venía bien. Una vez, aunque ella casi no lo recordaba, ella había sido el blanco de esa energía sexual que irradiaba.
Pero luego todo había cambiado.
Hinata entró en la sala. La tensión flotaba en el ambiente. Los profundos ojos azules de Naruto la miraron detenidamente.
- Tienes corrido el carmín – y los dedos de él volaron hacia su boca. Luego frunció el ceño y le dijo - No tenemos mucho tiempo, así que voy a ser muy breve y directo. Nos vamos a París.
- ¿A París? – preguntó Hinata como un eco, más que sorprendida.
Pero Naruto ya había abierto la puerta, y le decía impaciente:
- Vamos.
- ¿Quieres que vaya contigo a París? ¿Yo? ¿Ahora mismo?
- Sí.
- ¿Pero por qué?
- Un asunto relacionado con la herencia de tu padre.
Hinata estaba más que sorprendida, ya que no se imaginaba que pudiera haber algo pendiente con relación a la herencia de su padre.
A pesar de que Naruto no se había molestado en ir al funeral de su padre, había asumido con arrogancia la responsabilidad de dar instrucciones a sus abogados para liquidar sus propiedades. Mientras Hinata lloraba la muerte de su padre, sumida en la gran pérdida que significaba para ella, e incapaz de ocuparse en ese momento de cuestiones materiales, Naruto había vendido todos los bienes que tenía su padre, absolutamente todos.
Su hermosa casa, sus inversiones, sus exquisitos muebles y efectos personales habían sido convertidos en dinero en efectivo siguiendo las instrucciones de Naruto. No le había dejado a Hinata ni un solo recuerdo. Su padre, Hiashi Hyūga, podría no haber existido, si sus bienes hubieran tenido que testificar sus sesenta y tantos años de vida en la tierra.
Hinata había quedado impresionada por la falta de sensibilidad de Naruto, pero cuando se había dado cuenta de ello ya era tarde para intervenir. Como siempre, sus obedientes empleados habían cumplido sus órdenes eficientemente.
- ¿Algo que has pasado por alto?
- No. Algo que andaba buscando, finalmente lo he localizado – dijo con gravedad en el gesto -. Por lo menos es lo que creo. Y por tu propio bien, ruega que no me haya equivocado.
- ¿Por mi propio bien? No entiendo de qué me estabas hablando – dijo ella aterrada.
- Espero que no – dijo él dándose la vuelta.
Hinata fue hacia la escalera. Una mano fuerte la frenó.
- ¿Adónde crees que vas?
- A cambiarme– contestó ella mirando la mano que la sujetaba, algo que le extrañaba, ya que Naruto no la tocaba nunca.
- No hay tiempo para ello. El jet esta listo para despegar.
- ¿Regresaremos esta noche? No llevo nada de equipaje – exclamó ella mientras él la llevaba hacia fuera.
- Te arreglaras sin él.
Luego, ya en la limusina, preguntó Hinata:
- ¿Qué ocurre?
Naruto no le hizo caso y se dispuso a hablar por teléfono durante un buen rato en griego.
Ella no entendía una palabra. A su mente acudió el recuerdo del día de la boda, cuando ella le había dicho que intentaría aprender su lengua, y él le había dicho:
- No pierdas el tiempo.
Ésa había sido la primera grieta que se había abierto en su mundo de fantasía. Antes de que se hubiera terminado el día, la grieta se había hecho más profunda, pero le había llevado algún tiempo de realidad el desvanecer por completo aquel mundo de fantasía que ella tanto ansiaba.
La situación con Naruto la había desquiciado, pero sin embargo guardaba la compostura. Había aprendido a disimular sus emociones delante de él, y ahora estaba sentada tranquilamente en el coche, con las manos sobre el regazo, como si en su interior no sintiera un temporal.
- ¿De qué se trata todo esto? – preguntó Hinata por segunda vez.
Hubo un silencio sepulcral.
- Creí que los asuntos de la herencia de mi padre ya estaban todos resueltos – insistió Hinata.
- ¿Estás segura? – respondió Naruto con calma.
Algo en el tono de su voz le inquietó. Se volvió hacia él, y se encontró con una mirada de hielo. Tenía la sensación de que se avecinaba un desastre, y el terror a enfrentarlo le provocaba un cierto mareo.
- Si al menos me explicaras. ¿Qué...? – comenzó a decir Hinata.
- ¿Por qué tengo que darte yo explicaciones?
El desprecio de su contestación la silenció.
- Eres tan joven...Debes ser la secreta fantasía de todo hombre – le había dicho una vez.
¿Quién iba a pensar que esas seductoras palabras habían sido pronunciadas por el esposo que la había ignorado durante los últimos cinco años? Sin embargo, Naruto había dicho eso la primera vez que se habían visto. ¿Por qué había mentido? ¿Por qué? ¿Acaso había sido por sus tremendas ganas de conseguir las acciones? Seguramente sí. Porque estaba claro que ella no había sido nunca la secreta fantasía de Naruto Uzumaki Él la había usado, igual que su padre, que se había dejado llevar por la fortuna y el status de Naruto.
Apenada por sus pensamientos, Hinata miraba por la ventanilla. Echaba de menos a Toneri. Toneri, quien no había sabido siquiera quién era ella la primera vez que se le había acercado. Toneri, el primer hombre que la había tratado como un ser humano con sentimientos y necesidades, y con opiniones propias. Toneri sólo la quería a ella. No trataba de usarla.
En París le diría a Naruto que quería divorciarse. No quería arriesgarse a perder a Toneri. Y estaba deseosa de vivir su propia vida, hambrienta de la libertad que se dibujaba en el horizonte. Naruto le había robado su libertad, los años de juventud, cuando ella tendría que haber estado saliendo con chicos, divirtiéndose y enamorándose. ¿Por qué no iba a tener derecho a añorar lo que nunca había tenido?
Sentada en el jet privado ojeó unas revistas, pero no dejó de notar que la azafata se apoyaba en el hombro de Naruto, como si fuera de un harén, y quisiera ganarse los favores del sultán. La atractiva mujer trataba de seducirlo. Reconocía todos los síntomas. ¿Quién mejor que ella para reconocerlos? Al fin y al cabo ella también había sido una víctima de Naruto. Pero ahora estaba lejos de él, y se sentía orgullosa de la distancia que había podido poner.
Naruto Uzumaki, era un hombre con un temperamento acorde con su origen griego, con un aspecto de estrella de cine, no se le movía un pelo, ni física ni emocionalmente. Era además un hombre despiadado, caprichoso, arrogante y perverso con sus enemigos o con aquellos que se le oponían. Si ella hubiese sido su mujer real, no se hubiera arriesgado a andar con otro hombre.
Una limusina los recogió en el aeropuerto de Charles de Gaulle, y los condujo por una ciudad atestada de coches. Se bajó del vehículo. El orgullo le impedía preguntar nuevamente adónde iban, simplemente observaba. Él se bajó también, y se dirigió al edificio más cercano. En la mano llevaba un maletín de ejecutivo. Y el edificio, por su apariencia, debía ser un banco.
Tres hombres los esperaban dentro. Uno de ellos a quien Hinata reconoció como el representante de su padre, quiso hablar con ella, pero Naruto se lo impidió de manera poco caballerosa. Siempre era así. Intolerante, grosero hacia quienes él consideraba seres inferiores a él. Como el hombre de mediana edad, cara colorada y tensa, que los acompañaba.
Subieron al ascensor. ¿Acaso había una nueva oferta de acciones en su valiosa línea de barcos? ¿Cómo podía ser tan codicioso un hombre con toda la fortuna y el poderío que tenía Naruto? ¿Pero acaso no se había casado con ella por codicia?
El representante de su padre puso una llave en la mano de Hinata sorpresivamente, y se dispuso a partir.
- Dámela a mí – dijo Naruto tenso.
Debía de ser la llave de una caja fuerte, propiedad de su padre. Por primera vez no hizo caso y se dirigió directamente hacia donde estaba el representante del banco, que ponía en ese momento una caja fuerte sobre una mesa, y luego abandonaba la habitación vacía.
- Hinata – protestó Naruto.
Hinata no quiso mirarlo. Pero dijo:
- Si es de mi padre, es mío.
- Ten cuidado con lo que dices.
Sus palabras la hicieron estremecer. Lo miró y se sintió paralizada. En el rostro de Naruto se adivinaba la agresión y la violencia a punto de estallar.
Hinata ceso en su intento, y súbitamente dejo la llave al lado de la caja.
- Si está en esta caja, puedes quedarte tranquila. Pero si no está, puedes considerarte afortunada si llegas a ver el día de mañana.
No entendía a qué cosa se refería que pudiera estar en la caja. Un sudor frío se apoderó de ella. Sus piernas se debilitaron. Sus ojos color plata lo miraron incrédulos. Pero él no la estaba mirando. Estaba metiendo la llave en la caja, temblándole el pulso.
Hinata se lamió los labios secos en un gesto ansioso. Debía tratarse de algo más que acciones. Nunca había visto a Naruto perder el control de ese modo. Y ahora, fuese lo que fuese lo que estaba dentro de la caja, estaba frente a él.
La caja estaba llena de papeles. Naruto comenzó a revolverlos, dejando de lado las fotos y cartas, que quedaron esparcidas por toda la mesa. Estaba pálido, y su búsqueda se iba haciendo más desesperada a medida que avanzaba.
Hinata fijó la vista en un sobre grande dirigido a una persona de la que jamás había oído hablar. Ni siquiera reconocía la letra. Entonces vio una foto grande en la que se veía a hombres y mujeres en actividades obscenas. Sintió disgusto. No entendía por qué su padre las guardaba.
- ¿Qué es todo eso? – preguntó a Naruto, puesto que era evidente que él sabía bastante más que ella acerca de la caja y su contenido.
Él pasó la foto sin demostrar un ápice de asombro.
- ¿Qué es? – preguntó él repitiendo sus palabras con una mueca que simulaba una risa cínica -. ¡Es una caja de vidas destrozadas! Los secretos de otra gente. ¡Tu padre vivía a costa de sus víctimas y de su miedo, el muy cerdo!
Hinata se puso lívida, pero lo increpó:
- ¿Cómo te atreves a hablar así de mi padre?
Naruto no la estaba escuchando. Seguía buscando entre los papeles como un poseso.
- Qué me obligase a revolver entre esta basura es el último de sus insultos. ¡Yo, Naruto Uzumaki, ensuciándome las manos, porque no hay nadie en quien pueda confiar como para que hurgue entre esta colección de errores humanos! ¡Sus trofeos! ¡En lugar de tirarlos los ha conservado hasta el final, el muy maldito!
Hinata casi no se sostenía de pie. No podía dar crédito al crimen que se le imputaba a su padre. Y en su incredulidad todo se le hacía confuso.
- ¿Qué estás diciendo? – la voz de ella sonó tan débil que apenas se oyó.
- ¿Estás sorda? – la miró Naruto sin piedad -. ¿Por qué crees que me casé contigo? ¿Por tu cara bonita y tu educación de convento? ¿Por tu habilidad para actuar como una dama y saber colocar adornos florales en la casa?
- Por las acciones – alcanzó a pronunciar ella.
- ¡No había acciones! ¡Era todo mentira! ¡Ésa línea de barcos ni siquiera existió!.-gritó él con furia, sus palabras retumbando en la habitación.
- Me estás mintiendo – contestó Hinata a punto de desfallecer.
La atención de Naruto estaba puesta en el documento que tenía en ese momento en sus manos. De pronto, sin aviso alguno previo, dio un puñetazo sobre la mesa.
- ¡Es sólo una copia!
- ¿Una copia de qué?
- ¡Y éste es el fin!
Naruto parecía un león dispuesto a comérsela.
- El original te lo dio a ti, ¿no es verdad? ¿Te lo dio a ti para dejar a salvo...?
- ¿Qué cosa me dio? – casi no podía articular palabra Hinata.
- Tú sabes de qué estoy hablando. No te hagas la inocente – dijo él yendo a un rincón de la habitación -. Si no está aquí, lo tienes que tener tú. Hiashi no era ningún tonto. Y sabía que me desharía de ti si caía en mis manos. Así que te lo dio a ti. Entonces, ¿dónde está?
- ¡Basta ya! ¡Déjame en paz! – gritó a pesar del terror que sentía.
- Si no me dices dónde está el certificado, soy capaz de cualquier cosa. ¡He vivido extorsionado durante cinco años para proteger a mi familia, y no pienso vivir así un día más!
Naruto había pronunciado por fin la palabra, «extorsionado». No podía ser cierto. Su padre no podía haberle hecho un chantaje. Hinata estaba a punto de desfallecer.
- Siempre me he preguntado por qué lo había hecho así...que tú tuvieras que ser mi castigo de por vida – soltó Naruto como pensando en voz alta -. Pero te diré una cosa, preciosa. Prefiero ir a la cárcel por estrangularte antes que cumplir esta otra sentencia.
Aterrada, Hinata miraba la cara de Naruto, y finalmente, de manera misericordiosa, dejó de verla, al mismo tiempo que Hinata se desvaneció.
