CHANTAJE


2 El Inicio


Hinata recobró la conciencia en la limusina. Naruto estaba inclinado sobre ella como cuando ella se había desmayado. En un movimiento brusco del coche, Hinata se apartó hacia el lado opuesto del asiento.

- ¡Aléjate de mí! – le gritó presa del pánico.

- ¿Eres una criatura muy delicada, no te parece? De pronto te has vuelto un manojo de nervios – Naruto la miraba con satisfacción perversa; parecía haber recuperado el control -. ¿Dónde está el certificado?

Hinata se clavó las uñas. Necesitaba alguna sensación que le dijera que estaba despierta, que no se trataba de una pesadilla.

- Te he dicho que no sé de qué hablas.

- Bueno, si antes no lo sabías, ahora ya lo sabes, y quiero que me lo digas.

- No puedo creer que mi padre te hiciera chantaje...

- ¿Un asunto sucio, no? – Naruto la trataba sin la más mínima compasión -. Pero él era un profesional, de alto vuelo. A él le interesaban los ricos y famosos. Le gustaban los personajes a los que pudiera sacarles el jugo. Era muy bueno en su trabajo. Nunca dejaba a sus víctimas totalmente secas, ni los llevaba al extremo de que quisieran matarlo. Los hacía pagar durante mucho tiempo y luego los dejaba en paz, pero siempre se quedaba con la prueba de sus delitos y trapos sucios para protegerse. Hizo una fortuna ...

- ¡No me lo creo!

- ¿Crees que guardaba esas fotos pornográficas sólo por diversión? Si se quedó con la prueba de los trapos sucios de mi familia... -La voz de Naruto se hizo más dura aún -. También tenía el certificado original, y como he intentado recuperarlo buscando por todas partes, es evidente que tú lo tienes.

- ¡Él no me dio nada! – gritó histéricamente.

- A mí no me vas a engañar. Inténtalo y te romperé...

- ¡Estás loco! – sollozó.

- Hasta ahora he sido paciente. He estado en la cuerda floja durante cinco años. La única forma de mantenerme a salvo era seguir casado contigo. Pensé que ibas a irte con papá. Pero no lo hiciste. Y hay una cosa que me ha quedado clara. Estás enamorada de mí...

- ¿Qué? – Hinata lo interrumpió.

- Estás obsesionada conmigo. ¿Crees que no los sé? – Naruto la miró con desprecio-. Cualquier mujer normal ya se hubiese desengañado y hubiera dejado de esperar que su amor fuera correspondido... ¡Pero tú no! Te has quedado hasta el final, fiel hasta el fin, ¡sin darme la posibilidad de que pueda quejarme del maldito trato que hice!

- ¿Fiel? – no podía creer todo lo que oía. Era increíble, pero Naruto se creía lo que decía. Estaba convencido de que se había quedado a su lado por una cuestión de amor. El nombre de Toneri quería abrirse paso entre sus labios, pero era mejor que no.

- No estoy enamorada de ti – dijo dignamente.

- ¡Escucha, estás hablando con el chico que fue tu regalo de cumpleaños cuando cumpliste diecinueve!

- ¿Cómo?

- ¿Me elegiste en alguna revista de sociedad? ¿O me viste personalmente antes? ¿Me echaste un vistazo y saliste corriendo a decírselo a papá? «Papá: éste es el que me gusta».

Naruto hablaba en serio. Realmente hablaba en serio.

- ¡Tú tienes que estar mal de la cabeza!

- Hablaremos. Llevo cinco años esperando esta conversación. Todo lo que sé es que el querido Hiashi hizo el trabajo sucio por ti. Me cazaste como a un animal...

- ¡Tú eres un animal, un auténtico insulto a la especie humana! – estalló Hinata -. ¡Y encima te lo tienes creído!

- ¡Dios! Mi joven dama sabe alzar la voz – dijo cínicamente Naruto -. No parece gustarle la verdad. Hiere tu orgullo. Pero sé que he sido atrapado intencionalmente. Yo no sabía siquiera quién era tu padre la primera vez que fui a la casa. Me hizo una proposición de negocios una tercera persona, y fui citado allí. Y ocurrió justamente que tu padre no se encontraba en casa cuando llegué. Pero, ¡Oh, sorpresa! ¡Estabas tú! Llevabas algo blanco y romántico, y adornabas con flores el recinto, es decir estabas armada hasta los dientes con tus encantos virginales. Lo recuerdo perfectamente.

- ¡No fue así!

- Cualquier griego con sangre en las venas se hubiese rendido a tus encantos con mirarte dos veces – le dijo Naruto con resentimiento -. ¡Y tú ahí, todo sonrisas tímidas y con rubor en las mejillas, comiéndome con esos ojos perlas como si llevases una semana de ayuno!

- ¡Basta ya! – la voz de Hinata casi se rompió.

- Entonces me invitaron a cenar y tú tocaste el piano, y cantaste como un ángel. Todas tus virtudes puestas en juego para mí. Y no sé cómo fue, pero finalmente el negocio pasó a un segundo plano, y se me olvidó. Para que sepas, había sólo dos preguntas que me interesaba hacer, pero no era pertinente hacerlas esa noche.

- ¿Sí? – Hinata trataba de borrar los recuerdos penosos de ese día.

- ¿Tenías suficiente edad para obtener el consentimiento de tu padre? ¿Intentaba tu padre protegerte del mundo y de los depredadores como yo? El matrimonio no estaba entonces en mi cabeza, y nunca había estado.

Hinata sintió nauseas. Naruto siguió hablando:

- ¿Y de quién fue la idea de que me quedara a cenar? Tuya. Tú le dijiste a él que me querías y eso fue todo. Luego él escarbó y escarbó, hasta sacar a la luz cosas que sólo dos personas vivas sabían, y que ninguna de los dos iba a contar jamás.

- ¿Qué averiguó? – preguntó ella ansiosa.

- Tú lo sabes... Hiashi sabía perfectamente que no viviría muchos años. Y no se fue a la tumba con el secreto – dijo Naruto.

- Él no me reveló nada.

- Y si tú no lo tienes, debes saber quién lo tiene.

El chofer abrió la puerta y ella casi se cae del asiento. Miró la calle del barrio residencial casi con pánico. Hubiese querido correr. Ella sabía dónde estaba. Era el apartamento de Naruto en París donde ella había pasado una noche de bodas inolvidable, sola.

- Inténtalo – dijo Naruto con tranquilidad -. Corre y verás qué pasa. No llegarías ni a la esquina.

Aterrada, Hinata entró en el edificio frente a ellos, y se metió en el ascensor.

- Recuerdos... – dijo Naruto, como si pudiera ver lo que ella estaba pensando.

Hinata sabía que aún no había salido del estado de shock. No decía nada, sabía que no estaba en condiciones de desafiarlo. Naruto estaba preparado. Había estado esperando el momento de la venganza. Del mismo modo que habría esperado la muerte de su padre para liberarse de ella.

- Hay muchas cosas que puedo hacer por orden de otra persona, pero compartir la cama contigo no es una de ellas. Tu padre podía obligarme a casarme contigo pero no podía seguirme al dormitorio y forzarme a...

- ¡Cállate! – le gritó ella histérica.

- ¿Por qué no le contaste nunca la verdad de nuestro matrimonio?

Hinata se tapó la cara en un intento de no oír más.

- Por favor, no más ... – murmuró, y no le importó rogarlo. Pero él le sujetó por los hombros con firmeza y le dijo:

- ¿Por qué aceptaste la triste realidad de tu cama matrimonial vacía durante todos estos años y no dijiste nada? ¿Por qué?

En un acto de arrojo, Hinata salió corriendo y atravesó el hall del inmenso apartamento y alcanzó el dormitorio al otro extremo del corredor. Se metió en él y echó el cerrojo. Tenía el estómago revuelto, y tuvo que quedarse quieta un momento hasta que por fin pudo quitarse la ropa, y meterse en la ducha.

«Mi padre, lo extorsionaba», repetía sus palabras. Se sentía tan sucia. Era la primera vez en su vida que se sentía verdaderamente sucia. Y no sabía que podía hacer para sentirse limpia nuevamente.

Su madre. Que había muerto cuando Hinata tenía cuatro años, era un recuerdo difuso. Era la hija de un pequeño aristócrata, que se había apartado de su familia por casarse con Hiashi. Pero Hiashi no le había dicho a su hija por qué. Nunca se lo había explicado.

La infancia de Hinata había sido una sucesión de niñeras e internados desde una edad muy temprana. Hiashi viajaba incesantemente, y siempre que le había pedido ir a vivir con él. Había llorado mucho antes de que se diera cuenta de que para su padre ella era exceso de equipaje, y que un hombre frío y distante. De todos modos reconocía que su padre se había preocupado por ella más que por ninguna otra persona.

Había estado siempre orgulloso de su belleza, de su educación, y su don para la música. Ahora se daba cuenta de que ésas habían sido unas ventajas de gran valor social para su padre. Hiashi había sido ambicioso con relación a su hija. Había querido que se casara con un hombre rico y poderoso. Él mismo había vivido en contacto con la alta sociedad, y quería que su hija fuera miembro de todo derecho de esa misma clase social. Pero Hinata había carecido de un verdadero calor de hogar. Y esa carencia afectiva la había llevado a hacer todo lo posible por ganarse la aprobación y el amor de su padre.

¿Cómo iba a imaginarse que Hiashi no era un hombre de negocios legal? ¿Cómo podía imaginarse que su privilegiada vida había sido financiada con algo tan ruin como el contenido de la caja fuerte? Y menos aún, ¿Cómo podría haber sospechado que había extorsionado a Naruto para que se casara con ella? Finalmente comprendía la farsa de su matrimonio, demasiado tarde.

Los cinco años habían pasado, no podían recuperarlos ni ella ni Naruto. No le extrañaba que la despreciara. Y que estuviera seguro de que ella conocía el secreto que no debía conocerse, «para proteger a mi familia», había dicho.

Lo gracioso del caso era que ella no tenía la más mínima curiosidad por conocerlo. Naruto podía seguir guardándolo toda la vida. En todo caso la familia de Naruto eran extraños para ella. No conocía a su madre, ni a sus tres hermanas. Muchas veces se había preguntado qué les diría a ellas acerca de su matrimonio. ¿Pero se habría molestado en explicarles algo? Como Hiashi, Naruto no era amigo de dar explicaciones.

¿Cómo podía pensar que ella lo amaba? Era humillante. No sólo se trataba de un marido al que habían obligado a casar a punta de pistola, sino que además creía que su mujer, después de cinco años de desprecios e infidelidades, aún lo amaba.

El agua de la ducha seguía cayendo, y de pronto Hinata sintió que una extraña fuerza se apoderaba de ella. Incluso empezó a sentir pena por Naruto.

Creía que ella podía usar el chantaje más allá de la muerte de su padre. La noticia de que ella estaba enamorada de otro hombre seguramente sería un alivio para Naruto.

Hinata había perdido cinco años de su vida, pero ni un día más. Su padre había ejercido plena autoridad sobre ella. Luego Naruto había tomado el relevo, y ella lo había aceptado sin más.

Y había sentido miedo durante tanto tiempo... Miedo por el mundo que había fuera de su irreal mundo de privilegios. Temor por el desprecio de su padre. Temor de que la verdad sobre el matrimonio terminara con la débil salud de su padre si se enteraba. Pero no más miedos, se dijo.

Si Naruto había sido una víctima, ella también lo había sido. Y sin embargo no armaba tanto escándalo como él. La vanidad de Naruto la indignaba.

Un golpe fuerte sonó en la puerta.

- ¡Abre! – exigió Naruto.

Hinata hizo un esfuerzo por no oír. Ya tenía bastante con lo que había ocurrido anteriormente. No quería saber nada de él. Naruto no tenía una sola virtud que pudiera conmoverla. Cinco años atrás sin embargo había sentido una gran atracción por él. Había elegido entonces con el corazón, no con la cabeza.

- ¡Hinata! – volvió a golpear Naruto con impaciencia.

No era un hombre que respetase a las mujeres. Iba detrás de todas ellas, rubias morenas, daba igual. Eso sí, todas tenían piernas largas, pechos imponentes y pelo largo. Hinata no tenía ninguno de esos atributos, y alguna vez había sido un tormento para ella, ya que la imagen que tenía de sí misma, débil e insegura, no se había visto beneficiada con esta carencia.

Pero tenía muchas otras virtudes. Y debía agradecerle a Toneri el haberlo descubierto. Toneri le había enseñado a valorarse, poniéndola en primerísimo lugar. Él la había ayudado a aceptarse a sí misma.

En cambio Naruto siempre la había humillado y despreciado. ¿Y ahora por qué tenía que sentirse culpable? ¿Acaso no había pagado ya los pecados de su padre?

Cuando estaba cerrando la ducha y alargando la mano para alcanzar la toalla, un golpe enérgico tiró la puerta abajo. Ésta quedó pendiendo de la bisagra, y dejó la figura de Naruto al descubierto. Su cuerpo vigoroso ocupando la puerta de la habitación.

- ¿Para qué te has encerrado aquí? – preguntó furioso.

- ¿Te has vuelto loco? – Hinata se sentía intimidada por la presencia de él, pero también estaba furiosa.

- ¡Me hicieron responsable de tu bienestar!

¿Se refería a su bienestar o a su propia seguridad? ¿Era por ello que había tirado la puerta como un hombre de las cavernas? ¿Tenía miedo de que se hubiese tirado por la ventana o de que fuera a hacerlo? Evidentemente esto último lo hubiese puesto en un aprieto.

Hinata, echándole una mirada de incredulidad, comenzó a recoger su ropa.

- Tu piel tiene el color de las camelias – dijo él.

Naruto estaba mirando descaradamente, algo que la turbaba terriblemente.

- Tira la toalla – le exigió.

Hinata no podía creer lo que oía. Pero Naruto esperaba que su orden fuese cumplida. Lo demostraba en su gesto expectante.

Hinata sintió que se le secaban los labios, que sus pulmones se quedaban sin aire, que un calor asfixiante se apoderaba de su cuerpo entero. Sus pechos de pronto se volvieron pesados, sus pezones se irguieron volviéndose más sensibles.

- Eres tan pequeña, pero guardas unas proporciones tan perfectas... – musitó él en el denso silencio.

Hinata no podía creer lo que oía de la boca de Naruto. Éste era un Naruto que ella jamás había conocido, pero que de algún modo siempre había sospechado que podía existir. Era un hombre que despedía una vigorosa sexualidad. Había algo peligrosamente fascinante en la corriente sexual que emanaba de él, algo atávico y elemental. Daba la sensación de ser depredador como él mismo se había nombrado alguna vez con candor. Y lo era, ahora ella lo podía comprobar.

- ¿Me disculpas? Voy a vestirme, si no te importa – murmuró ella inexpresiva.

- ¿No hablarás en serio, verdad? – dijo él como si ella fuera la que se estaba comportando de modo extraño.

Hinata estaba indignada. Naruto podía dejar de lado el odio y el resentimiento que había entre ellos y pensar en el sexo. ¿Por qué? ¿Por qué estaba medio desnuda solamente? Parecía que la lívido de Naruto despertase con poca cosa.

- Quiero vestirme – insistió.

- Eres tímida. Pero me has estado esperando durante mucho tiempo – dijo él con satisfacción.

Hinata rió. No pudo evitarlo. Era una risa histérica que rompía el silencio como un cristal que se rompe.

- Basta...

Se le cayó la ropa de las manos al darse la vuelta y taparse la cara con las manos temblorosas. Era un gesto histérico, descontrolado, que la asaltaba sin aviso. Estaba furiosa por su propia reacción, pero su furia aumentó aún más cuando sintió los brazos de Naruto alrededor de ella, asaltándola por la espalda. Se quedó paralizada.

Él la había empujado contra un cuerpo tibio y vigoroso, amenazándola con un contacto físico tan turbador como desconocido. No podía creer que él la estuviera tocando. Parecía algo irreal. Durante cinco años se había comportado como un leproso que se aparta. Y ahora, de repente, quería tocarla, como si estuviera en su derecho. Pero no tenía ningún derecho, y no deseaba sus manos sobre su cuerpo.

- Tal vez no sepas dónde está ese certificado. Tal vez lo haya destruido Hiashi. Pero quizás lo tenga alguien en sus manos esperando para activarlo como una bomba...

Las palabras que usó la hicieron temblar.

Naruto lentamente la iba dando vuelta. Hinata no se había dado cuenta de lo fuerte que podía ser un hombre comparado con una mujer, hasta que Naruto la levantó del suelo como si fuese una muñeca y la apretó contra él.

Descalza no le llegaba ni al hombro, y antes de que él se inclinara hacia ella, las mejillas de Hinata rozaron el pecho viril que asomaba por la camisa de seda, cuando se abrió inesperadamente su chaqueta. Hinata apenas podía respirar ante la esencia de su masculinidad.

- Mírame – le dijo cortante.

- Por favor, déjame marchar – atinó a decir ella.

Naruto le tomó la barbilla y se quedó mirándola, como si no la hubiese oído.

Hinata sabía de los hechos acontecidos esa tarde y el ataque de furia de Naruto, habían sido apartados de su mente, y que otras necesidades le urgían en es momento.

Hinata sintió un torbellino de sensaciones que jamás había sentido. Su cuerpo estaba tenso, y parecía recoger todos los estímulos provenientes de aquella atmósfera.

- Naruto... – se oyó decir, mientras sentía que sus pies se apoyaban en la alfombra.

- Hace tanto que no te oigo pronunciar mi nombre – dijo él en un tono profundo.

- No... – dijo ella.

El dedo pulgar de Naruto recorrió el labio inferior de Hinata, haciéndola temblar. Ella intentó moverse, pero la otra mano de él la sostenía con firmeza apoyada en su espalda.

Naruto la miró intensamente, y con el pulgar separó sus labios y se internó en la boca de ella, mientras la palma le acariciaba la mejilla.

Era un gesto más erótico que jamás había experimentado, y lo peor era que le estaba desencadenando una serie de reacciones físicas que reconocía como una traición de su cuerpo a sí misma.

Era evidente que él se divertía con sus reacciones, pero su mirada expresaba además una gran satisfacción. Hinata lo notaba en la expresión de sus ojos.

Naruto era un maestro en las técnicas y el arte de seducir, un arte que redundaba en su propio beneficio, aumentando su propio placer. Y estaba acostumbrado a buscar ese placer siempre que afloraba el deseo.

- Quiero... – Hinata no podía decir más de una palabra.

- ¿Más? – Naruto la soltó de pronto, y le sonrió -. La próxima vez que te pida que tires la toalla, hazlo, pequeña – le aconsejó suavemente.

Hinata sintió que esa insinuación podía ser más dolorosa que un puñetazo. Cuando la puerta se cerró tras él, Hinata se desmoronó. Lo había desafiado, lo había irritado. Estaba confusa. Todos esos años, nada, y ahora...

¿Por qué ahora? Recordaba lo que le había dicho momentos antes: que su padre no había podido obligarlo a compartir la cama con ella. Y, sin embargo, cuando afloraban sus instintos, parecía que cualquier mujer le venía bien.

Lo que estaba claro era que Naruto tenía que demostrar que era un macho. Plantearle el divorcio en esas circunstancias hubiese sido contraproducente, porque lo hubiese llevado aún más lejos en sus intentos de intimar con ella.

No era el mejor momento de hablar de Toneri. Hinata recogió sus prendas nuevamente.

La cuestión era que su marido se había dado cuenta de que existía, aunque sólo fuera de la forma que para él contaba una mujer: sexualmente.

Pero estaba indignada. No entendía cómo se había atrevido a tocarla. No tenía derecho. Y además, seguramente, le era infiel a alguna mujer. Y por descontado se hubiera aprovechado de su deseo, en caso de que hubiese existido. Él era así. Estaba acostumbrado a tomar, no a dar.

Naruto había trabajado duramente para levantar las empresas familiares que había heredado, la herencia de los Uzumaki. Nadie le había regalado nada, ni le había hecho favores. Y él no hacía tampoco. Pero seguía a sus enemigos hasta la muerte, y cuando tenía a su presa, regresaba victorioso. Luchaba constantemente por su supremacía.

Ése había sido el aspecto del carácter de Naruto que Hiashi había valorado más. Y finalmente le había servido a Naruto en bandeja de plata, tratando de convencerla de que aunque él no hubiese hablado de amor, sería un perfecto marido.

¿De qué marido hablaba su padre? Ella jamás había tenido un marido. Pero cinco años atrás ella no había podido adivinar el futuro.

Lo curioso era que sus recuerdos de los primeros encuentros no coincidían en absoluto con lo de él. Había terminado la preparatoria, y había perfeccionado la técnica en arreglos florales, ¡qué tontería! Deberían haberle enseñado mejor, un curso sobre hombres...

Naruto había aparecido en la entrada de la sala de música, sin que nadie lo hubiese invitado o llamado. Lo habían hecho esperar a Hiashi en la sala de espera y él debía haberla visto por la ventana, porque para llegar a la sala de música tenía que salir de la sala de espera, atravesar el hall, pasar por la otra habitación y entrar a la sala de música a través de un ventanal. Así que, ¿Cómo podía tener el descaro de decirle que ella había preparado el encuentro?

Lo había visto de pronto en la entrada y, sí, se había enamorado de él a primera vista. Su presencia la había impactado. Era como un dios griego que se le había aparecido en todo su esplendor.

-Eres una bocanada de aire de primavera en este triste paisaje de invierno – le había dicho Naruto.

Y probablemente lo había copiado de alguien, pero él había pronunciado esas palabras.

A ella no se le había ocurrido que él estuviese interesado en ella, sino en las plantas. Porque había surgido una conversación entre ellos. No había demostrado su falta de interés e ignorancia hacia el mundo vegetal, y ella se había dejado engañar.

Incluso le había dicho que sus ojos hacían juego con las violetas, y ese cumplido le había salido tan torpe como el primero, lo que le dio la impresión a Hinata de ser un hombre tímido, a pesar de disimularlo con cierta sofisticación.

- ¿Tímido Naruto?

Él no le había dicho nada sobre su cita con su padre. Parecía haberlo olvidado más bien, hasta que la empleada había ido a decirle que su padre le llamaba y entonces se había quedado desconcertada al encontrarla con Naruto.

-Le diré que lo está esperando – le había dicho Hinata a Naruto, y había subido rápidamente hasta la biblioteca de su padre.

- ¿Quién es él? – le había preguntado a su padre con interés y ensoñación.

- Naruto Uzumaki– su padre la había mirado achicando los ojos.

- Lleva aquí un montón de tiempo. ¿No crees que debiéramos invitarlo a cenar?

- Parece que ha tenido éxito...

- ¿Está casado?

Y lo habían invitado a cenar. Había sido culpa suya, enteramente culpa suya. Su padre había pedido disculpas a Naruto y luego los había dejado solos, y en ese rato Naruto le había hecho un montón de preguntas personales a Hinata. No se había molestado en averiguar si tenía la edad apropiada.

Sabía perfectamente la edad que ella tenía. Al día siguiente la había llevado a dar una vuelta en coche, pero su padre dudó en darle su consentimiento. Este hecho la había puesto en evidencia delante de Naruto, quien no habría tenido la menor duda acerca de la sobreprotección de su padre.

-Tengo la sospecha de que tu padre te va a mirar de arriba abajo a ver si tienes huellas dactilares en algún sitio cuando vuelvas, así que no te besaré. No sé qué estoy haciendo aquí contigo. Eres demasiado joven para mí.

Y ella había sufrido mucho en la semana siguiente a su encuentro con él, porque él no la llamaba ni daba señales de vida. A Hiashi la historia le hacía poca gracia, y le había aconsejado que era mejor que no entregara su corazón.

-Uzumaki puede tener a la mujer que quiera. Pero no quiero que te ronde, a menos que tenga en la cabeza la idea de casarse contigo.

- ¿Y se lo has dicho? – le preguntó alarmada.

- Puede que tú no te valores. Pero yo sí. Te he enviado a los mejores colegios para asegurarme que tuvieses un lugar digno con quien estuvieras. Quiero que te cases bien. Un escarceo amoroso con Uzumaki es algo que no está en tu agenda. Y puedes estar segura de que no ofrecerá ninguna otra cosa, a no ser que le resulte rentable.

Naruto había aparecido la segunda semana inesperadamente, con una actitud agresiva con ella. Se volvió a quedar a cenar. Hiashi se encontraba de un buen humor increíble. Pero estaba muy tranquilo, y los observaba todo el tiempo, agregando poco a la conversación.

Dos días más tarde, su padre la había hecho ir a su biblioteca y le había informado de que él era el dueño de innumerables acciones en una compañía naviera llamada Moon International, acciones en las que Naruto tenía un interés extremo.

- Así que se las he ofrecido a él gratis como regalo de bodas – concluyó Hiashi.

Hinata se había quedado consternada. Sí, ella estaba loca por Naruto. Pero que su padre le hubiese ofrecido un capital por casarse con ella le parecía humillante.

- Naruto es griego. Comprende este tipo de trato – le había asegurado -. Y espero que tú también comprendas que un hombre tan duro como Naruto jamás hubiese pensado en el matrimonio a no ser que fuese una ventaja económica para él. Esas acciones serán tu dote. La elección es tuya. ¿Lo quieres o no?

Hinata había salido corriendo de la habitación, llorando de rabia y desesperación.

Al día siguiente, Hiahsi le había informado acerca de su deficiencia cardiaca. Le había dicho que no sabía cuánto iba a vivir, y que estaba sinceramente preocupado por su futuro. Era otro golpe para Hinata. Hiashi había puesto a Naruto por los cielos. Según Hiashi, Naruto era como un diamante en bruto por el medio social en el que se había criado, pero la iba a tratar con respeto y honor como a su esposa. Ese tipo de arreglo era algo común en Grecia. Si se casaba con Naruto estaría a salvo, segura por el resto de su vida.

- ¡Pero no me ama! – había protestado.

Hiashi la miró fríamente y le dijo:

- Te desea...

- No tanto como a esas acciones – protestó en voz baja.

- Depende de ti lo que este matrimonio resulte. Te estoy dando la oportunidad de casarte con el hombre que amas.

Hinata volvió al presente, y se retorció las manos. Su padre le había servido a Naruto en bandeja de plata. Se lo había dado encadenado y esposado a cuenta de un chantaje. ¡Cómo no lo había sospechado!

Se oyó un golpe en la puerta. Era una criada anunciando la cena. Hinata no podía creer que fuera ya la hora de la cena. Toneri la llamaba todas las noches a las ocho. Sabía que ella jamás salía de noche. ¿Le habría dicho Iruka que se había ido a París? Levantó el auricular del teléfono de la habitación y marcó el número de su apartamento.

- ¿Dónde diablos estás? – contestó Toneri inmediatamente -. Iruka me ha dicho que «el señor y la señora Uzumaki no estaban». ¿Qué quiere decir eso?

- Hemos volado a París...

- ¿Hemos?

- Mira, había un problema con la herencia de mi padre y tuve que venir. Mañana estaré en casa, querido. Te amo.

- ¿Qué tipo de problema?

- Nada importante – ocultó Hinata. No quería contarle los detalles sórdidos del asunto a Toneri, al menos por teléfono.

- ¿Va a mostrarte las maravillas de París, entonces? – se burló Toneri.

- ¿Salir con Naruto? ¡Estás bromeando¡ – forzó una risa, aliviada de que Toneri no estuviera enfadado -. Te echo mucho de menos. He pensado en ti todo el tiempo.

- No veo la hora de que llegue mañana.

- Se me hará eterno... – dijo. «Pero no puedo usar nuevamente a Haku», pensó, recordando a Rock Lee, y preguntándose cómo podía quitarse de encima al guardaespaldas.

Pero Hinata se sentía un poco culpable de sus citas con Toneri, ya que cuando ella se había casado en la iglesia, había hecho unas promesas en las que entonces creía...

«¿Por qué eres tan cobarde y no le planteas el divorcio, ya que a él le importas tan poco? » – le decía innumerables veces.

Hinata suspiró hondo, bajó el auricular en un gesto que quería relajar su tensión.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo después de dejar caer el auricular. Naruto estaba de pie, silencioso y quieto, como una estatua. Hinata se quedó paralizada ante semejante visión.

Quiso decir «Naruto... », pero no pudo articular una palabra.

- La cena... – murmuró Naruto -. Pero termina la llamada primero. Levantando el auricular como un autómata dijo:

- Adiós – y colgó.