CHANTAJE
5 Viaje
Oyó la voz de Naruto, hablando en griego. Pero ella estaba en la cama, ¿cómo era posible? Pestañeo para volver a la realidad. Luego centró su atención en Naruto. Estaba de pie, mirando por la ventana, con un teléfono móvil en una mano. Hinata se sintió confusa. A su mente acudieron imágenes de la noche anterior.
No podía explicar cómo había ocurrido. Eso era lo peor. Primero le había estado gritando furiosa, y luego...
Mientras se ponía rígida debajo de las sábanas, unos músculos poco familiares se quejaron y una leve molestia le recordó toda la pasión que había surgido entre ambos la noche anterior.
Hinata se sonrojó. De no ser porque Naruto estaba presente, hubiera pensado que era un sueño. O una pesadilla...
De pronto sintió cierta identificación con las atractivas chicas que rondaban a Naruto, pero ella seguramente esta a la cola.
Porque las chicas de Naruto seguramente sabrían en qué se metían. Y ella, en cambio, había sido apartada de su camino sin saber cómo. Había tomado la decisión de abandonar a Naruto y eso le había dado fortaleza. Pero entonces él la había llevado a la cama, la había besado, e inexplicablemente la balanza de poder se había inclinado del lado del enemigo. Porque él era el enemigo. Cualquier persona capaz de reducirla a ese nivel era el enemigo.
Su vista, por otra parte, se recreaba en él. En su cabellera dorada, en el ancho de sus hombros que dibujaba la tela de la chaqueta, en las caderas estrechas que en ese momento dibujaban las manos que se metían en los bolsillos del pantalón del traje, en las piernas largas que se separaban levemente. Entonces comprendió cómo había ocurrido.
Se dio cuenta entonces, de que había reprimido toda atracción sexual por Naruto, como medida de autodefensa. Pero había sido peor, porque en el momento en que había tenido la libertad de aflorar, lo había hecho con suma intensidad. Se había traicionado a sí misma en brazos de Naruto. Como siempre había dicho él que ocurriría.
Sintió ganas de llorar. Pero se abstuvo.
Naruto se dio la vuelta, y fue hacia la cama. El depredador le sonrió. Tenía un aire de autocomplacencia, y la miró expresándoselo. Se sentó entonces al borde de la cama, y le dijo:
- Es una mañana estupenda.
Ella oyó la lluvia golpeando en los cristales.
- En Atenas – agregó -. Y si me dices que no vas a venir... no, no te atreverías. No, después de lo que ha ocurrido anoche.
- Eso fue sexo, nada más – dijo Hinata con gesto severo.
Naruto sonrió y bajó la cabeza para decirle:
- Sólo sexo no. Sexo fabuloso, maravilloso, increíble. Si no fuese porque el jet nos está esperando, seguiría en la cama.
- Ayer te he dejado – dijo Hinata con los dientes apretados.
- ¡Dios Mío! Y hoy estamos más cerca que nunca. La vida es impredecible. Piensa en esto como si fuera el primer día de nuestro matrimonio.
- ¡Es lo más nauseabundo que se te puede ocurrir! No quiero ir a Atenas – protestó Hinata.
- Pero lo harás – le dijo él incorporándose -. Mi familia se reunirá para conocerte en casa de mi madre. No me importa si tengo que llevarte a rastras y gritando todo el tiempo. ¡Para que lo sepas, has tomado la decisión anoche!
- Lo has hecho a propósito – se quejó Hinata.
- Sí – contestó él-. Bueno, y ahora, ¿por qué no te vistes? Le di instrucciones a la criada para que te hiciera el equipaje. Pensé que lo que tuvieras aquí no te serviría para Grecia.
Hinata se incorporó en la cama. Se sentía mal realmente.
Fue al cuarto de baño. Su propia estupidez la había llevado a este suplicio.
Ella había creído que Toneri estaba enamorado. ¿Había sido Toneri para ella una forma de evasión de su matrimonio? ¿Lo habría utilizado para sentir las fuerzas necesarias para abandonar a Naruto? Porque la idea de que alguien la amaba le había dado fuerzas, le había dado confianza en sí misma.
Toneri no la amaba. Pero, ¿ella lo había amado realmente?
Había sido muy doloroso descubrir que él la había visto solamente una vez como un objetivo rentable. Pero, ¿lo añoraba ella todavía? No. Todo había terminado. No quería volver a ver a Toneri. ¿Lo había amado realmente? ¿O había sido producto de su gran soledad?
El baño estaba caliente. Hinata se sentía débil, indefensa y mareada.
Lo que había sucedido la noche anterior había sido un error incalculable. ¿Debía soportar ahora la vergüenza de seguir al lado de Naruto aún a sabiendas de que ella consideraba ese hecho como lo peor que podía ocurrirle?
Reunió fuerzas para ponerse de pie y salió del baño. Entonces se apoyó en la puerta para no caerse. Naruto la miró extrañado y le preguntó:
- ¿Ocurre algo?
- Me parece que tengo gripe. Pero no es nada importante... – respiró hondo y agregó - Me quedo aquí. No volveré contigo.
- No te encuentras bien. No sabes lo que dices – la interrumpió Naruto -. Te llevaré yo al coche.
- ¡No! – dijo ella con lágrimas en los ojos, y a punto de desfallecer -. ¿No me has oído? Tú no eres un hombre para mí.
Naruto la alzó en brazos al ver que ella se quería apartar de él.
- ¡Por favor! – no podía hacerlo razonar para que la soltara -. No quiero ir contigo. Quiero quedarme aquí.
- ¡Dios! ¿Lo estás esperando, no es así? – preguntó él furioso -. ¡Si no estuvieras mareada te sacudiría!
Las maletas ya no estaban en la habitación, pudo comprobar ella con horror, mientras Naruto abría la puerta de la habitación con una mano y con la otra la sostenía firmemente.
- ¡Déjame marchar!
- Si te dejo marchar, te caerás al suelo – dijo él y luego agregó un sonido gutural en griego, con una expresión dura mientras presionaba el botón del ascensor con violencia.
- Quiero el divorcio. ¡No quiero ir a Grecia! – dijo ella con pánico.
- Debieras haberlo pensado anoche – dijo él entrando con ella en brazos al ascensor.
- ¡Fue un error! ¡Bájame!
- No sabes lo que haces ni lo que dices – Naruto la sujetó con firmeza, sin siquiera concederle una mirada.
- Sé... – no podía hablar casi. Pero hubiese gritado, de no ser porque había perdido las fuerzas tanto físicas como psíquicas, a cuenta de sus conflictos emocionales -. Te odio – dijo finalmente.
Naruto la llevó en brazos hasta el jet y luego la envolvió en una manta. Algo más tarde. Hinata oyó una voz que le resultó familiar.
- ¡Pobrecita! Me da tanta pena – no parecía sincera la mujer.
Reconoció a la azafata que le daba un vaso a Naruto, y cuando éste la incorporó para darle un trago, agregó.
- Está fatal...
- Bebe. Te hará sentir mejor – la incitó Naruto.
No había nada que pudiera hacerla sentir mejor. Naruto se estaba aprovechando de su enfermedad. Bebió, porque supuso que ningún argumento le valdría a él. Lo que había hecho él no era mucho menos que un secuestro.
-No puedo dejarte sola en el hotel en estas condiciones – murmuró él, como si hubiera leído los pensamientos de ella.
- ¡No te perdonaré jamás! ¡Ojalá te contagies! – titubeó Hinata.
Inesperadamente, Naruto se rió, mientras le rodeaba los hombros con sus brazos, como si desafiara el contagio. Naruto nunca estaba enfermo. La idea lo divertía, porque tenía una salud de hierro.
A partir de ese momento. Hinata perdió totalmente la noción del tiempo. Tampoco distinguía entre el sueño o la vigilia. ¿Había dormido?
Unas voces en griego le hicieron suponer que habían aterrizado. Sería el aeropuerto, pensó con amargura, y hundiéndose en una espantosa sensación de fracaso.
Una discusión la puso alerta. Alguien la apoyó sobre algún sitio, le levantó la manta, le puso el termómetro en la boca. Sus ojos se fijaron en un cielo raso blanco.
Pensó entonces que se había equivocado. No era el aeropuerto. Debía ser un hospital. Oía la voz de Naruto. Parecía enfadado, disgustado. Y la voz que antes parecía enojada, de pronto se había suavizado. Era una voz femenina muy expresiva. Con gran esfuerzo, Hinata giró la cabeza para ver quien era.
Una mujer vestida de blanco estaba rodeada por los brazos de Naruto. Ella le acariciaba el pelo rubio y también la cara, y en ese momento se disponía a darle un beso. Hinata cerró los ojos impresionada ante aquella visión.
Alguien le quitó el termómetro momentos después. ¿Se lo habían quitado enseguida, o había pasado algo de tiempo? Por momentos estaba inconsciente. La siguiente vez que abrió los ojos, la mujer le estaba dando algo a Naruto, y esa vez pudo verla bien. Era una mujer bonita, de piel clara y ojos verdes, que miraba a Naruto con extrema calidez. Hinata tosió fuerte. Ellos entonces se dieron vuelta para mirarla.
- Pensé que estabas dormida. Ésta es la doctora Haruno... – dijo Naruto.
- Sakura – agregó su acompañante forzando un tono de informalidad con él mientras a Hinata le habló con frialdad y distancia profesional -. Me temo que vas a sentirte algo peor antes que haya una mejoría, Hinata.
Hinata cerró los ojos, para autoprotegerse.
Pero ya se sentía peor. Estaba totalmente sudada, la cara, el pelo, la ropa. Le dolía todo el cuerpo. Tenía ganas de llorar, pero no tenía la fuerza para hacerlo.
¡Dios! Naruto la había llevado a que la atendiese su amante. Sólo él podía ser tan cruel.
- Estaba muy asustado realmente. Parecías tan enferma. Pensé que podía ser neumonía o algo así. No sabía qué hacer. Estaba aterrado.
¿Aterrado, Naruto? Era una imagen de Naruto que no lo encajaba. Entonces, Naruto volvió a hablar en griego con otra mujer, más joven, más dulce, y más expresiva. Le pareció que discutían acaloradamente. Pero Hinata nuevamente se desvaneció.
Había una mezcla de ruidos de fondo. No podía distinguir de dónde venían. La mente de Hinata era un caos de imágenes y sentimientos. Había tenido fiebre. Había transpirado y había estado con tiritona durante un tiempo que ella no podía determinar. El día y la noche se le mezclaban indistintamente.
Recordaba que la habían secado y lavado con una esponja repetidas veces, pero que había sido incapaz de hablar a causa de su debilidad. Recordaba también la silueta de Naruto en la penumbra de una habitación desconocida. Naruto sentado con expresión asombrosamente preocupada en la luz del amanecer. También había habido más gente, pero le costaba recordarlo.
Abrió los ojos. Una criada corrió las cortinas de un ventanal que dejó a la vista un cielo espléndidamente azul. Entonces la luz del sol la cegó, y tuvo que darse la vuelta. En ese momento se dio cuenta de que afortunadamente no le dolía la garganta, ni la cabeza, y que su cuerpo no se resentía con cada movimiento. La puerta se cerró. Tuvo ganas de darse un baño.
Intentó sentarse. Pero el cuerpo no le obedeció. Con un gemido de impaciencia, estiró las piernas para alcanzar la mullida moqueta. Era una habitación grande. La luz de una lámpara le hacía difícil distinguir los contornos.
Apoyándose en la cama, decidió ponerse de pie. Pero se tambaleó como un borracho, admitiendo entonces que no se encontraba tan bien como ella había creído. Pero la obstinación la llevó a la suite anexa a la habitación.
Descubrió entonces accidentalmente su cara en el espejo del baño. Estaba horrible. Pálida, demacrada, el pelo en una madeja lacia y húmeda. Haciendo un esfuerzo se inclinó para abrir el grifo de la bañera. Por lo menos si estaba limpia se sentiría algo mejor.
- ¡Dios! ¿Qué demonios estás haciendo? – Naruto se puso a un lado de la bañera.
Se erguía alto y elegante. Su aspecto la intimidaba, estaba atractivo con su traje color crema, que no hacía sino acentuar el color de su piel oscura.
- ¿Estás loca? ¡Deberías estar en la cama! – tronó la voz de Naruto, no satisfecho con haberla asustado al encontrárselo.
- Quiero bañarme – dijo ella extremadamente débil. Por momentos le parecía verlo al lado de Sakura Haruno.
El corazón de Hinata pareció detenerse. Y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
- ¿Vas a darte un baño cuando apenas puedes ponerte de pie? - dijo él inclinándose para alzarla.
Hinata estalló en llanto, desconcertándolo tanto como a sí misma. En ese momento pareció relajarse la tensión y ambos se abandonaron sorpresivamente a la expresión de sus sentimientos, como si alguien hubiese abierto de pronto la compuerta que los frenaba con firmeza.
Su efecto fue asombroso.
Naruto soltó algo en griego, la alzó aun más y la acunó durante un segundo, mientras se disculpaba por haberla hecho sentir tan mal y le aseguraba que por supuesto que podía tomar un baño si tanto lo quería. Se trataba sólo de que ella había estado tan enferma, que él se había puesto muy tenso, y que tenía miedo de que pudiera descuidarse y tener una recaída. Naruto parecía ponerse de rodillas, metafóricamente. Ella lo desconocía totalmente.
Diez minutos más tarde, Hinata se metía en la bañera, y si no hubiese sido por la imagen de la doctora que se le aparecía por momentos, podría haberse sentido conmovida por la preocupación que parecía tener Naruto. No podía entender, ahora menos que nunca, que su enfermedad la había dejado en un estado de confusión mayor, por qué Naruto la había querido llevar a Grecia en un intento de hacer valer su matrimonio que no había valido nada desde el principio.
El lavado de su cabello la había dejado exhausta. Al salir del baño no se resistió a que Naruto la llevase hasta la cama. Y a decir verdad le asombraba con la paciencia que la había esperado.
- Oigo el mar - dijo ella, identificando finalmente el sonido de fondo como olas.
- ¿Te acuerdas de algo del viaje hacia aquí? – le preguntó él mirándola fijamente.
- Nada – contestó ella en un suspiro.
- No estamos en Atenas. Como estabas enferma, no tenía sentido llevarte a casa de mi madre. Así que te traje aquí en lugar de llevarte allí.
- ¿Dónde es aquí?
- Tratos, una pequeña isla que compró mi padre poco antes de su muerte. Es el lugar perfecto para que te recuperes.
- ¿Una isla? – Hinata se llevó la mano a la frente. La enfermedad no la dejaba pensar con claridad. Pero había algo que estaba claro por lo menos; no sabía nada de su marido, con quien llevaba casada cinco años.
Una criada sonriente los interrumpió para traer el desayuno. El estómago de Hinata se alertó ante la vista de la bandeja, y entonces se dio cuenta de lo hambrienta que estaba.
- ¿Cuánto tiempo hace que estoy aquí? – preguntó.
- Dos días...
- ¿Dos?
En ese momento golpearon la puerta. Entró una adolescente con pantalón corto, un gracioso top, y el cabello colgándole en rizos rubios.
- Veo que estás mejor...
- Hinata, esta es mi sobrina, Inolia...
- Me llaman Ino – interrumpió la joven -. Fui a recibirte al aeropuerto, pero seguramente no me recordarás. Estabas prácticamente inconsciente.
- Recuerdo tu voz – sonrió Hinata, contagiada de la simpatía de la muchacha.
Hinata volvió a sentir la embarazosa sensación de no conocer nada acerca de Naruto. Era la sobrina de Naruto. Podría tener docenas de sobrinas.
- Hinata tiene que descansar. Es mejor que no le hables mucho – le advirtió Naruto.
Ino se puso colorada, obviamente avergonzada por el comentario que ponía en evidencia su verborrea.
- Pero me gustaría mucho tener un poco de compañía – protestó Hinata.
- ¡Asombroso! Pensé que serías mayor. O tal vez seas mayor de lo que aparentas. ¿Qué edad tienes? – preguntó Ino.
- Ino... – dijo Naruto.
- Veinticuatro.
- ¿Te casaste a los diecinueve? – Ino abrió los ojos grandes de asombro y miró a su tío.- ¿Y tú estás de acuerdo con mis padres en que dieciocho años es poco para salir seriamente con un chico? – le preguntó molesta.
Hinata reprimió una risa al ver el gesto de Naruto avecinando una tormenta, y salió en ayuda de la graciosa adolescente, cambiando de tema.
- Hablas inglés perfectamente, Ino.
- Voy al colegio en Inglaterra. Me hubiese gustado saber tu edad. Te hubiese ido a visitar y te hubiese conocido hace años... A pesar de lo que todo el mundo decía.
Entonces Naruto dijo algo en griego. Ino se puso rígida, y su hermosa cara se tensó al mismo tiempo que bajaba la cabeza.
¿Qué habría dicho la familia Uzumaki de la esposa de Naruto, a quien no conocían?
- No dejes que te canse – dijo Naruto resignado, yendo hacia la puerta.
- Los hombres son un poco pesados, a veces – murmuró Ino, y luego le dedicó una risita a Hinata.
- ¡Tienes razón! – dijo Hinata riéndose, al mismo tiempo que se daba cuenta de lo deprimida que había estado hasta la llegada de Ino.
- Me ha costado convencerlo para que me dejara venir a verte. Naruto siente siempre pena por mí por el aburrimiento que sufro cuando vengo a ver a mi familia en vacaciones.
- Supongo que todos tus amigos están en Inglaterra...
- ¡Oh! No es eso. Es que en mi familia son todos unos viejos. ¡Viven en el siglo pasado!
- ¿Tus padres?
- Bueno, me parece que son los más jóvenes. Algo más de cincuenta años...
- ¿Los más jóvenes? Naruto tiene treinta. ¿Tu madre, o sea su hermana, es tan mayor?
- Y sus otras hermanas son aún más viejas. Mi abuela tiene alrededor de setenta, o un poco más.
Hinata siempre había pensado que Naruto sería el mayor de sus hermanos. Pero parecía que había sido un hijo tardío. Era extraño que hubiese una diferencia de veinte años entre hermanos.
- Si hubiese sabido cómo eras... tenía mucha curiosidad por conocerte.
- ¿Por eso me fuiste a recibir al aeropuerto?
- No. Eso era para decirte que eras bienvenida. En mi opinión la familia te ha tratado muy mal.
Hinata sorbió el café.
- Yo...
- Y tú eras igual de joven que yo en ese entonces – continuó la chica, mientras se levantaba de la cama e iba hacia la ventana -. Yo me hubiese sentido muy mal si la familia de mi marido no hubiera querido saber nada de mí... ¡me hubiera dolido mucho, y hubiera estado furiosa con ellos!
Por lo que parecía, Naruto no la había mantenido alejada de su familia por propia decisión, sino que su familia la había rechazado. Pero ella no sentía ni pena ni furia. Pero su matrimonio no había sido normal. No debía preocuparse por algo como la falta de interés de su suegra, o su distancia hacia ella. Tenía cosas más importantes en qué pensar. Pero se alegraba de no ser una extraña para ellos...
- No estoy furiosa – dijo secamente.
- Pero era tan injusto... No tenías la culpa de que Naruto se enamorase perdidamente de ti, y dejase a Sakura Haruno. Quiero decir, que hubiese sido peor que se enamorase de ti después de que se hubiese casado con ella.
Por suerte, Hinat se libró de contestarle, porque una criada entró para dirigirse a Ino.
-¡Dios! ¡Mi madre al teléfono! – protestó la joven -. Seguro que no hará ninguna pregunta, pero intentará sacarme toda la información que pueda sobre ti. Ella adora a Naruto...- frunció el ceño, y por primera vez se fijó en la palidez de Hinata -Deberías dormir un poco. Se te ve cansada. Te veré luego.
«Increíble», pensó, después de oír semejante revelación. Y sintió también que empezaba a salir de su estado de aletargamiento. Entonces se mordió los labios, para evitar un grito de asombro.
