Esta historia participa en el reto Caminando hacia Camelot del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. Consiste en escribir sobre un personaje de los mitos artúricos en el mundo HP. En este caso, he escogido a Isolde.
Beteo: Nea Poulain.
Disclaimer: Laverne de Montmorency y el mundo pertenece a JK Rowling. Isolde pertenecía a la humanidad de mucho antes.
Quién cuenta tu historia
1841
Laverne salió llorando de su casa.
Atravesó el campo que se extendía frente a ella rápidamente, provocando que su bolsa de cuero desgastado le golpease la cadera a cada paso que daba. Una vez en el bosque, se detuvo ante la primera flor que pudo encontrar y al agacharse aprovechó para limpiarse la cara con la manga de su vestido remendado.
Abrió la bolsa, que era una herencia de una herencia, y sacó el cuchillo oxidado que habían empleado sus hermanas en clase de Pociones, antes de acabar en manos de Laverne. Con él cortó las raíces, parpadeando cada vez que una lágrima le nublaba la vista.
Se enderezó y comprobó que sus zapatos, también entregados por otra persona, se habían hundido en el barro. «Toda yo huelo a viejo, aunque no lo sea». Apenas tenía diecisiete años, recién graduada de Hogwarts, pero con esa ropa se sentía como si tuviera la edad de su hermana mayor, de veintiuno. «No pienses en ella» se dijo, mientras seguía su recorrido por el bosque. Recordar lo que había ocurrido con Eliza la hacía rabiar. Y Eliza siempre había sido buena con ella, lo cual también la hacía sentirse rastrera por estar furiosa.
«Pero no es justo. No lo es».
Perdida como estaba en sus miserias, apenas se dio cuenta del camino que emprendía, solo prestó atención a lo que recogía a su paso. Margaritas destinadas a pociones para encoger; dientes de león, tan útiles en todo tipo de brebajes; menta para bálsamos de sanación.
Cruzó un claro y llegó hasta el lugar que sus hermanas jamás se atrevían a pisar. Allí, tras subir un terraplén, se encontraban las ruinas de lo que había sido, siglos atrás, un enorme edificio. Jane creía que se había tratado de un torreón de defensa y Eliza juraba que era el esqueleto de un castillo; lo único indudable era su tenebrosidad, ya que las piedras estaban recubiertas de hiedra y de manchas tan oscuras como rastros de sangre.
A sus hermanas les daba demasiado miedo acercarse. De lo contrario, habrían descubierto que en realidad se trataba de un lugar agradable y solitario, en el que Laverne podía ocultarse del calor del verano y del resto del mundo.
Se sentó en el suelo y sacó de la bolsa su caldero plegable, un objeto de latón que se embrutecía más y más a cada uso que le daba. Tratando de que la rabia no la volviese torpe, Laverne encendió un fuego con la varita y llenó el caldero de agua. Esa mañana se había decantado por intentar crear una poción de memoria, cuyos ingredientes y elaboración había anotado en un pergamino.
Una vez la tuvo burbujeando, sacó de su bolsa una de sus novelas muggles. Sus hermanas a menudo se reían de ella por enfrascarse en esos relatos, pero Laverne encontraba atractivo un mundo en el que se debía luchar por lo que se quería. Los enredos románticos no se resolvían con magia, sino con el ingenio y la inteligencia de cada uno y, en contadas ocasiones, algo de suerte.
«La que me falta a mí, aunque sea más inteligente que Eliza». Ese pensamiento le arrancó nuevas lágrimas, y las declaraciones apasionadas del Señor Darcy se convirtieron en un borrón. «No es justo. ¿Por qué ella? ¿Acaso importa que sea la mayor?».
Captó un destello plateado a su derecha.
Al principio, Laverne creyó que sus ojos humedecidos le habían jugado una mala pasada, hasta que logró aclarar la vista y comprobó que el reflejo no estaba en su imaginación: entre las ruinas había aparecido una fantasma.
Laverne se quedó quieta, contemplándola con asombro, pero sin alarma. La fantasma era como todos los espíritus que había llegado a ver en Hogwarts. Incluso podía decir que se parecía a la Dama Gris: una mujer joven y vestida con ropajes sacados de la Edad Media. Las únicas diferencias estaban en la larga trenza rubia que le caía por la espalda y en su expresión abierta y alerta, en contraste con la melancólica de la Dama Gris.
—¿Quién eres? —le preguntó Laverne.
—Me llamaban Isolde —respondió ella.
—¿Vives aquí? —Laverne miró a su alrededor—. Nunca te había visto antes.
—No siempre me dejo ver. —La fantasma se acercó.
—Lamento haberte molestado, si este es tu hogar.
—Mi hogar ya no existe, estas solo son sus piedras. ¿Por qué lloráis? —Su voz sonaba comprensiva. Laverne se pasó los dedos por las mejillas.
—Quiero dedicarme a las pociones —contestó, señalando con la cabeza su caldero—. Pero mi familia no tiene dinero para pagar dos contratos de aprendizaje. Mi hermana ha sido la escogida para marcharse con la señora Fawley y a mí no pueden darme un maestro. —Laverne se mordió el labio. Puede que Martha Fawley no fuera la pocionista más prestigiosa de Gran Bretaña, pero Eliza tendría buenas perspectivas de futuro con ella.
—Y, sin embargo, parece que tenéis talento. —Isolde se inclinó sobre el caldero. Arrugó un instante la nariz, como si intentase captar el aroma de la poción, pero Laverne dudaba que tuviera olfato.
—De poco va a servirme —repuso Laverne. Inglaterra estaba llena de pocionistas. Se necesitaban influencias y buenos maestros para ganarse la vida de esta forma—. ¿Entiendes de pociones?
—¿No os dice nada mi nombre? —El fantasma le envió una mirada altiva.
—Pues… —Laverne hizo memoria. Tras unos segundos, logró recuperar una historia que había escuchado mucho tiempo atrás—. Conozco una leyenda, pero tú no podrías ser ella…
—¿Por qué no? —El fantasma cuadró los hombros—. Lo cierto es que no tengo cosa que pueda demostrarlo, excepto mis recuerdos, pero creedme cuando te digo que soy Isolde, hija de Anguish de Irlanda.
—La que se enamoró de Tristan, el caballero del rey Arturo —añadió Laverne y, si bien todavía se sentía un poco escéptica, sonrió—. ¡Era una historia muy romántica! Aunque tan…
—Imposible. —Isolde hizo una mueca. Si Laverne no recordaba mal, Isolde había estado casada con el tío de Tristan, el rey Mark, pero ambos se habían enamorado sin remedio.
—¿Es cierto que Tristan murió de amor? —preguntó Laverne.
—De amor y heridas. —Isolde parecía muy triste mientras hablaba—. Tristan no podía vivir sin mí. Solía tocar el harpa bajo mi ventana. Un día, Mark lo escuchó. Lo atravesó con una espada mientras yo miraba. ¡Y luego me arrojó a mi por la ventana! —Isolde rio con amargura—, por lo menos regresé para hacer de su vida un tormento. —Abrió los brazos, señalando su condición como fantasma—. ¿Sabéis que yo también fui pocionista? Y sanadora.
—Curaste las heridas de Tristán. Así os enamorasteis.
—Sí.
Isolde flotó por encima del caldero, perdida en sus pensamientos. Laverne aprovechó para dar un par de vueltas a la cuchara.
—A veces, preferiría que el mundo me recordase por mis talentos —dijo Isolde, tras esa breve pausa—. Fui una gran bruja, aunque en las leyendas solo me traten como una chiquilla enamorada.
—Eso debe ser duro —aceptó Laverne, si bien a ella no le habría importado pasar a la historia por una historia de amor tan bella.
Isolde le sonrió.
—¿Os gustaría tener una maestra? —le preguntó a Laverne.
—¿Cómo? —respondió ella, desconcertada.
—Puede que no sea la señora Fawley, pero yo también puedo enseñaros. Sé de una poción que os haría conocida en todo el mundo.
—¿Cuál? —Laverne la miró atentamente.
—Una cuya receta me llevé a la tumba. Una poción de amor.
OoO
La tienda apareció de la noche a la mañana en Hogsmeade.
«Pociones Montmorency», rezaba un vibrante cartel rosa. El escaparate mostraba todo tipo de frascos del mismo color, colocados sobre telas de seda moradas y blancas.
Aquellos que se acercaron el primer día, atraídos por el extravagante espectáculo de cursilería, acabaron entrando en el establecimiento empujados por el dulce olor que desprendía su interior. Examinaron sus productos y descubrieron que lo que se vendía eran distintas versiones de una misma poción, llamada amortentia. La dueña del local, una muchacha imposiblemente joven a ojos de muchos, prometía que cualquiera que bebiese de ella se enamoraría de la persona que la había subministrado durante un corto período de tiempo.
Esa noche, cuando los parroquianos pusieron en común la experiencia en Las Tres Escobas, la camarera dijo que la tienda olía a chocolate y cerveza de mantequilla; el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras de Hogwarts, que se dejaba caer por el pueblo todos los sábados, prometió que olía a libro viejo y madera quemada; una de las vecinas juró que era a queso fresco y liras, y un hombre borracho, entre hipidos, clamó que la tienda debía ser tener licorería oculta, porque a él le había llegado un aroma muy bueno a whiskey de fuego y vino de elfo.
Mary Walker, que trabaja en la Oficina de Correos, aseguró que ella había captado un olor a canela y té, y que, además, había visto el ligero resplandor de un fantasma escabulléndose entre las estanterías. Eso último nadie lo creyó.
Tampoco le hicieron mucho caso cuando expresó su preocupación hacia los productos que se vendían en la tienda. La cinta inaugural de Pociones Montmorency estaba recién cortada, pero ya eran muchos los que soñaban con unos amores que, habiendo parecido imposibles antes, ahora podían cumplirse.
Al día siguiente, los primeros clientes se acercaron a comprar.
OoO
La bolsa de Laverne ya no estaba desgastada. Sus botas, hechas del mejor cuero de dragón, le permitieron subir las escaleras que llevaban a la Oficina de Correos sin temer un resbalón. Al entrar en el establecimiento, se sacudió la nieve de la túnica nueva.
Había transcurrido solo un año desde que sus padres habían optado por Eliza para ser la aprendiz de la señora Fawley, pero Laverne había conseguido mucho más que ella en ese breve espacio de tiempo. Vendiendo frascos de amortentia a modo particular había logrado dinero suficiente para abrir su tienda y esta funcionaba estupendamente. Además, eran muchos los magos y brujas que la respetaban por ser la supuesta inventora de la poción de amor. De hecho, llevaba en sus manos una carta en respuesta a una academia francesa que se había interesado por la receta.
Estaba tan contenta, que un acto de egocentrismo procuró mantener el sobre alzado, de forma que la dirección quedase a la vista cuando se la entregó a la muchacha que la atendió.
La chica le echó un vistazo a la carta y, tras una breve vacilación, se la devolvió.
—No puedo darte una lechuza —dijo.
Laverne frunció el ceño. La chica se llamaba Mary, o eso creía recordar Laverne. Debía tener su edad y era preciosa, con el cabello rubio claro y unos ojos imposiblemente azules, que relucían incluso en la relativa oscuridad de la Oficina.
—¿Ocurre algo con la carta? —preguntó Laverne, mirando el sobre.
—No, pero imagino cuál es su contenido. —Mary golpeó el mostrador con los dedos, nerviosa—. Mi consciencia me impide ayudarla con su negocio, señorita Montmorency.
—¿Su consciencia…?
—¿Tiene idea de lo que ha provocado la poción? ¿Del daño que ha causado?
—¿De qué está hablando? La amortentia es inofensiva.
—¿Inofensiva? Dígaselo a Amber Hodges. Vive en las afueras del pueblo. —Mary hizo un gesto con la cabeza, como si quisiera indicarle el camino a su casa—. Su marido la abandonó y no porque él quisiera hacerlo. Una vecina le dio a beber una de sus pociones y ahora no hay quien lo encuentre.
Laverne apretó la carta.
—¿Y qué hay de los niños de Hogwarts? —continuó Mary—. ¿Sabe lo que comentan los profesores, cuando se dejan caer por las Tres Escobas?
—Imagino que las usan para todo tipo de bromas infantiles… —murmuró Laverne. A pesar de ser invierno, un sudor frío le estaba recorriendo la espalda.
—¿Bromas? Por supuesto, bromas. Que te roben tu primer beso es una broma. Que te toquen cuando en el fondo no lo deseas es una broma. —Mary volvió la vista a la cola que se estaba formando tras Laverne—. Es despreciable y no contribuiré en eso de ninguna forma. El señor Riggs la atenderá.
Pero Laverne no se acercó al mostrador del señor Riggs. Salió de la Oficina con la carta todavía en su mano y el corazón latiéndole a toda prisa, incapaz de quitarse de la mente las palabras de Mary.
«No es para tanto», se dijo, al llegar a su tienda. Cerró la puerta tras ella y aspiró, notando un olor a margaritas y clavo. «Los efectos de la poción no duran demasiado, de todas formas. La poción solo es un juego divertido. No es para tanto, no es…»
Pero el daño ya estaba hecho. Cuando Laverne se acercó a su mesa y observó su libro de cuentas, lo que había visto como un registro de todo el dinero y prestigio que había ganado se convirtió en un listado de bromas pesadas y vidas destrozadas.
«No, bromas no. Peor que eso», pensó Laverne, al tiempo que se echaba a llorar.
—¿Qué os ocurre, mi niña?
Laverne se volvió. Isolde flotaba entre dos estanterías.
—Isolde, creo… creo que me he equivocado… —murmuró Laverne—. Nunca me había detenido a pensar en lo que se podía hacer con esto… —Señaló una de las cajas que guardaba tras el mostrador, repleta de pociones.
—¿A qué os referís? —preguntó Isolde.
—¿Y si esta mal? ¿Y si nadie… debería…?
—¿Enamorar a otro alguien? —concluyó Isolde por ella. Laverne asintió—. ¿Qué le veis de malo? La persona que suministra la poción es feliz. Y la persona que la recibe, también.
—No es amor real.
—Claro que sí.
Laverne negó con la cabeza. Había comprobado los efectos de la poción diversas veces, cuando Isolde la estaba ayudando a aprenderse la receta. En aquel momento le había parecido muy divertido hacer que Jane se encaprichase del vecino de los Montmorency o que Kitty suspirase por el cartero muggle que se paseaba en el pueblo cercano.
Esos amores le habían parecido absurdos, infantiles, solo un entretenimiento al estilo de lo que se vendía en las tiendas de broma. No eran nada como lo que Laverne leía en los libros: esa conexión entre dos personas que aprendían a ver más allá de lo que uno parecía ser a simple vista, que se escuchaban y se entendían, y que mostraban cariño con actos y no palabras.
—No, no lo es, Isolde —replicó Laverne. Se acercó al libro de cuentas y lo cerró.
—A mí me funcionó.
Laverne alzó la vista hacia el fantasma, escandalizada. Isolde estaba trenzándose el cabello, en un gesto un tanto irritado.
—¿Le diste esta poción a Tristan?
Isolde asintió, indiferente.
—Por eso no podía alejarse de ti —dedujo Laverne, y la incomodidad que llevaba sintiendo desde que había hablado con Mary aumentó—. Y por eso lo atraparon tocando bajo tu ventana. No estaba enamorado, estaba obsesionado.
—Se habría enamorado de mí de todas formas. —Isolde había fruncido los labios, y los movimientos de sus dedos se habían vuelto un tanto erráticos—. Pero era un caballero y creía más en el honor que en la felicidad. Mark era su tío y su rey, y no quería hacer nada que pudiera romper la lealtad que le había jurado. Yo solo le di un empujoncito.
—Lo manipulaste.
—Pensad lo que queráis. —Isolde soltó su cabello—, pero no me juzguéis. Vos no sois mejor que yo.
Laverne no podía rebatir eso. No cuando estaba rodeada de cientos de pociones que ella misma había elaborado, con la cabeza llena de sueños de fama y fortuna.
—Vete. —Laverne le dio la espalda al fantasma—. Vuelve a tus ruinas. No quiero saber más de ti.
—Si eso deseáis… —No parecía particularmente afectada—, de todas formas, ya tengo lo que quería.
—¿Y eso es?
—Os dije que me llevé mi receta a la tumba. Creo que el mundo merecía tenerla de vuelta.
Laverne se estremeció.
—Destruiré todas las pociones. —Cuando Laverne se volvió para mirarla, Isolde sonreía.
—Voy a daros un consejo: si mi amortentia os supone algún tipo de conflicto, es mejor que olvidéis que tuvisteis algo que ver con esta tienda. Porque ya no hay vuelta atrás: ahora que la gente conoce su existencia, no dejarán que se desvanezca. —Isolde ladeó la cabeza—. Aunque bien pensado, dudo que os permitan olvidar. Creo que pasareis a la historia como su creadora y, en eso, vais a tener más suerte que yo. Por lo menos nadie os verá como una niña enamorada y tonta.
—Preferiría la alternativa —dijo Laverne, consternada.
—Y yo habría preferido que me recordasen de otra forma —contestó Isolde, mordaz—. Pero nadie escoge quién cuenta su historia.
Antes de que Laverne pudiera replicar, Isolde traspasó una pared y se perdió de vista.
OoO
Dos días después, Mary encontró a Laverne esperándola en los escalones de la Oficina de Correos.
La chica trató de pasar de largo, pero Laverne se puso en pie de un salto y la siguió.
—¡Tenías razón! —le exclamó, esperando que esas palabras la detuvieran. Surgieron efecto, ya que la Mary se quedó quieta y permitió que Laverne la alcanzase—. Voy a vender la tienda.
—Seguro que harás un gran negocio, cualquiera querría tener esas pociones —replicó Mary, con frialdad.
—Las he destruido —dijo Laverne—, te lo repito: tenías razón. Y siento mucho lo que he hecho.
Mary suspiró y echó a andar de nuevo, esta vez a un ritmo que permitió que Laverne la siguiese.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó Mary.
—Sigo siendo buena con las pociones, pero trataré de crear cosas dignas. —«Es lo que debería haber hecho desde el principio»—. Me gustaría compensar lo que he hecho, pero no sé si lo lograré nunca —No podía obviar las palabras de Isolde: el mundo la recordaría como la inventora de las pociones de amor. Aquella sería su historia y cualquiera que sufriese a manos de una amortentia la maldeciría.
—¿Cómo vas a empezar? —contestó Mary.
—Le he vendido la tienda a una tal señora Tudipié —respondió Laverne—. Dice que la decoración del local es ideal para un salón del té. Quiere enfocarlo a enamorados. Supongo que en ese lugar se forjarán historias de amor de verdad…
Para su sorpresa, Mary se rio.
—Algo es algo —dijo, tapándose la boca con la mano. Un gesto adorable.
—Quizás te gustaría tomar el té conmigo, cuando abran —tanteó Laverne—. Creo que eres una persona de gran corazón. El tipo que necesito para que me ayude en mi propósito.
Mary se volvió a ella. Sus ojos brillaban todavía más a la luz del sol.
—¿Prometes escuchar todas mis propuestas? —le preguntó, algo pícara.
—Por supuesto.
Como bien había dicho Isolde: nadie podía escoger quién cuenta su historia. Pero Laverne haría lo posible para que la suya tuviera por lo menos una versión en la que había hecho algo genuinamente bueno.
NA.
Creo (o quiero creer) que el fandom descubrió hace muchos años que las amortentias y otras pociones de amor son cosa chunga. Incluso dentro del canon Dumbledore parece condenarlas... en el mismo libro que Ron acaba tragando amortentia y todos se lo toman como una broma. El mundo mágico tiene problemas.
Laverne de Montmorency, según el canon, fue una pocionista que pasó a la historia por crear pociones de amor. De hecho, tiene una rana de chocolate. Yo no he imaginado para ella una larga carrera dedicada a esas cosas, como se insinúa que tuvo en el canon, pero sí como una pocionista de renombre que, además, ayudaba a muggles en sus tiempos libres en compañía de Mary, el amor de su vida. Tengo un drabble dentro de la recopilación La diadema de Ravenclaw, titulado Fuga, que podría considerarse una secuela de este fic.
De Isolde y Tristán hay como tropocientas versiones. La de que Tristan murió a manos de Mark mientras tocaba el harpa bajo una ventana (o un árbol) es solo una de ellas. Que a Isolde la matasen arrojándola de la ventana no es parte de las leyendas, aunque existen algunas en las que muere (en una quemada viva, qué agradable) y en otras simplemente se desvanece. En algunas de esas versiones se enamoran al tomar sin querer una poción de amor, lo que ha servido de inspiración para esta historia. En otras, Tristán se deja morir al creer que Isolde también ha muerto, lo cual no es una visión del amor muy saludable, que digamos xD De hecho, en los relatos medievales puedes encontrar cosas tan exageradas, que cualquiera diría que los protagonistas llevaban en sus cuerpos cinco o seis pociones de amor.
Una de mis frases favoritas del musical Hamilton es you have no control, who lives, who dies, who tells your story (no puedes controlar quién vive, quién muere, quién cuenta tu historia). Pocos tienen el poder de decidir como se los recordará en el futuro, ya que eso no queda en sus manos. En mi opinión, lo único que puedes controlar es lo satisfecho que puedas sentirte de tus acciones cuando llegue el final. Así que mi humilde consejo es: preocupa ser la persona de la que tú te sentirías orgullosa...
...Y deja reviews en una historia que has leído, que eso siempre es una buena obra.
Gracias por leer y gracias a Nea por betear a todas las Ravenclaw tardonas :)
