CHANTAJE
7 Cediendo
- ¿Está trabajando Naruto? – preguntó Ino.
- Probablemente – contestó Hinata.
Hinata acababa de darse cuenta de la ausencia de Naruto. Cinco años de soledad seguramente la habrían acostumbrado a no echarlo de menos. Pero la relación entre ellos había cambiado tan súbitamente que Hinata hubiera deseado volver a los viejos tiempos en que se sentía separada de él.
- Esta tarde estuvo en la taberna. Lo comentó uno de los pescadores. ¿Está enfadado por algo, no? – Ino preguntó con un gesto de disgusto.
- Sí, hemos tenido una discusión.
- Aunque tiene un carácter muy fuerte, rara vez pierde el control. Pero da lo mismo, ya que mi familia no sabe muy bien cómo manjar sus cambios de humor. Mi abuela jamás alza la voz. Ninguno de ellos la levanta. No saben qué hacer cuando Naruto se pone así. La única vez que lo vi, me resultó fascinante.
Ino miraba atentamente a Hinata, para ver su expresión y esperar su respuesta. Pero Hinata permaneció en silencio, aunque con el ceño fruncido.
- Yo debía tener unos once años cuando oí hablar a mis dos tías sobre Naruto. Se preguntaban entonces quiénes eran sus padres naturales. Yo ni siquiera sabía lo que quería decir eso.
Hinata se quedó pasmada.
- ¿Sus padres naturales...?
La cara de Ino se puso seria.
- Por supuesto yo fui lo suficientemente estúpida como para ir a preguntarle a mi madre y ella se puso furiosa. Pasaron años hasta que pude comprender que en mi familia la adopción era un tema tabú.
- Sí – reconoció Hinata, simulando saber de qué se trataba. Pero internamente no salía de su asombro.
- Nadie habla de ello nunca. Todos los de fuera piensan que Naruto es hijo de mi abuela. ¡Si mi abuela tenía entonces cuarenta y ocho años!
Hinata se estaba sintiendo incómoda ante la conversación. Era evidente que la curiosidad de Ino no había sido satisfecha en su momento, sino todo lo contrario.
- El que fuese un secreto seguramente lo hizo más difícil para Naruto.
- El tema de la adopción es mejor aceptado ahora que hace treinta años – dijo Hinata respirando hondo -. Pero es un tema muy delicado, no debiéramos hablar de ello, Ino. Y, por otra parte, yo no sé nada más que tú.
- Lo siento, no sé cómo se me ocurrió hablar del tema..
- Porque soy parte de la familia, supongo. Pero creo que Naruto tiene derecho a mantener una cierta confidencialidad acerca de ello. Y puede que me equivoque, pero no creo que le apetezca que le hables del tema.
- No se me ocurriría.
Después de despedirse de Ino, se quedó pensando en lo que había descubierto ese día. Era algo que le inquietaba. No sabía nada acerca de Naruto, y eso le molestaba. En la habitación descubrió un enorme piano, y decidió sentarse en la butaca frente a él.
O sea que Naruto era un Uzumaki adoptado. Y Hinata no debía molestarse por el hecho de que Naruto jamás lo hubiese mencionado. Naruto tenía tres hermanas, pero seguramente sus padres habrían querido tener un varón. Era evidente que la familia lo habría querido ocultar. Era cierto que nadie fuera de la familia lo sabía. Ella misma había leído muchas noticias sobre él en los periódicos, y en ninguna de ellas se hacía mención a ello.
¿A qué edad se habría enterado Naruto de la verdad? ¿Habrían sido más sinceros con él que con la gente de fuera? En caso de que se lo hubieran ocultado, habría sido un shock seguramente.
Hinata interpretaba un concierto de Chopin, que era el tipo de música con la que solía acompañar sus pensamientos más profundos.
Esperaba que Ino fuese discreta. Seguramente Naruto no querría que se enterase más gente, y por eso no se lo había dicho a ella. O tal vez era un tema que no le importaba ya, en su vida de adulto.
Era evidente que él estaba muy unido a su familia. Incluso había sido capaz de casarse con alguien a quien no amaba para protegerlos, dejando sus propios intereses a un lado. Aunque le era difícil apreciar su sacrificio, teniendo en cuenta que a ella también la había sacrificado.
«Dios mío», pensó. ¿Cómo podía vivir ella en un matrimonio en el que no se compartía nada más que una cama?
Pero era tarde para esas reflexiones. No tenía elección. Si hubiese tenido elección, ¿realmente hubiera tenido fuerzas para dejar a Naruto? ¿Era mejor aceptar estas migajas que quedarse sin pan?
Hinata, fuera de sí, levantó las manos del teclado.
- ¡No pares!
Hinata se quedó rígida. Lentamente giró la butaca, y se encontró con Naruto en la sombra, al lado de la ventana. Parecía estar tenso. Le brillaban los ojos, llevaba la camisa medio desabrochada y una barba incipiente.
- Toca para mí – dijo cortante.
Hinata volvió al teclado, y tocó nerviosamente, expresando en cada nota discordante un cierto desafío.
De pronto unas manos le apresaron las muñecas. Se hizo el silencio, interrumpido apenas por su respiración entrecortada. Sintió un escalofrío en todo el cuerpo cuando él se inclinó por encima de ella.
- ¿Por qué? – preguntó él, soltándole las muñecas.
- No soy tu esclava – murmuró temblando. Pero no era ese el motivo de su agresividad en el piano. Hinata recordaba la primera vez que había tocado para él. La música era para ella una forma muy personal de expresión. Tanto que no la podía compartir con él.
- Toca – dijo él nuevamente.
- No tengo partitura.
- Puedes tocar durante horas sin ella – le recordó él.
Hinata, intimidada y disgustada por la presencia de Naruto comenzó a tocar con desenfreno, un trozo de aquí, otro de allá. Pero no quería tocar, por lo que cometió varios errores, y finalmente abandonó.
- Eres muy obstinada. Detrás de ese aspecto frágil, se esconde una personalidad fuerte.
Sin embargo, Hinata se sentía muy débil en ese momento. Se levantó lentamente, sin mirar alrededor.
- Háblame de él – le dijo Naruto con calma. Pero le había interrumpido el paso, y no la dejaba salir.
- No sé de qué me hablas...
- De tu amante...
- No creo que te interese saber nada de él.
- ¿No? ¿Dónde lo has conocido?
- En Harrods.
- ¿En Harrods?
- Sí, nos conocimos allí y me invitó a tomar un café.
- ¿Ligaste con él en Harrods?
- ¡No ligué con él!
- ¡En Harrods! – repitió él como si no pudiese creerlo -. ¿Y dónde fue a parar el asunto después del café?
- A ningún sitio. Me lo encontré nuevamente a la semana siguiente.
- Déjame que adivine, el mismo día, en el mismo sitio, a la misma hora...
- No me acuerdo.
- Esperabas verlo otra vez.
Hinata se quedó callada. Fue hacia la ventana y se quedó mirando la oscuridad de la noche iluminada por las estrellas, y el mar allí abajo. Naruto no tenía derecho a hacerle esas preguntas. Se puso furiosa.
- O sea que el affaire comenzó en Harrods... ¿Y en qué zona de Harrods?
- ¿Y qué importa dónde?
Naruto se sentó en un sofá y estiró las piernas, simulando que se relajaba.
- Quiero hacerme una idea de la escena. ¿Fue en una lencería fina o en el salón de comidas?
- Me niego a contestar a una pregunta así.
- Mejor dejarlo librado a la imaginación. Pero, cuéntame, cómo fue ganando territorio...
- Muy fácil.
- Yo no estaba allí, ésa es la única razón por la que le fue fácil.
La arrogancia de Naruto la decidió a no confesarle la verdad sobre su ruptura con Toneri. Veía que Toneri era la única arma para defenderse. Y Hinata tampoco le confesaría que en brazos de su marido había sentido algo más que atracción sexual. Por nada del mundo iba a dejarle saber que estaba enamorada de él.
Recordaba perfectamente aquel día en París en que tanto la había despreciado pensando que ella aún lo amaba. Y no se perdonaría jamás decírselo.
El que amase a Naruto no quería decir que no supiera lo despiadado que podía llegar a ser. Y el admitir su amor la haría totalmente vulnerable. Tal vez fuese el tipo de mujer que asociara el amor con el dolor, una víctima de su propia condición.
Sentía una rabia hacia Naruto, pero era consciente de que también disfrutaba de que en ese momento él tuviese puesta toda la atención en ella.
- No lo amas. Si lo amases te hubieses ido a la cama con él en la primera oportunidad que se presentase.
- ¡Lo creas o no, hay gente que es capaz de contenerse!
Naruto se acomodó en el sofá y con ojos burlones le dijo:
- No parece que te hayas contenido mucho conmigo.
Hinata se sintió peor aún.
- No es que me queje – sonrió Naruto -. El deseo es algo que está de acuerdo con mis instintos naturales... me parece mejor que enamorarse cruzando miradas entre coles de bruselas. ¿Fue en la planta de comida, verdad? Un verdadero romance.
- Toneri tiene más de romántico en un solo dedo de lo que tú puedes tener en todo tu cuerpo – le gritó Hinata enfadada.
- Sí, te invito a un café. Yo te hubiese llevado a un hotel cercano y te hubiese derramado champaña sobre los pechos... Y te aseguro que a ti te hubiese gustado más.
Hinata se puso pálida. De pronto pensó en cuántas mujeres habrían sido bañadas en champaña por su marido.
- ¡No me metas en un mismo saco con todas tus mujeres! ¡Me voy a la cama!
Y decidió que no iría a su cama. Por lo que entró en el dormitorio principal, recogió unas pocas cosas, y salió.
Un cuarto de hora más tarde, ella estaba acostada en la cama de un dormitorio al final del corredor y con la puerta con cerrojo.
Si estaban condenados a estar juntos, eso no quería decir que tuviese que dormir con él. Y se arrepentía de haber estado en la cama con él. Se había perdido el respeto.
Un ruido la alertó. Entonces vio una sombra oscura y silenciosa que entraba por la ventana de la habitación. Estuvo a punto de gritar, hasta que vio los rasgos de Naruto que iluminaban con la luz de la luna.
- Dime, ¿este juego de camas separadas es parte del plan para hacer más romántica nuestra relación? ¿Se suponía que yo iba a trepar con una rosa entre los dientes y una caja de chocolates?
- Hay una altura considerable desde la ventana hasta la playa ahí abajo. ¡Te podrías haber matado¡.
- Y si me cayese, sería un engorro para ti. ¿Tendrías mucho que explicar?
Naruto ni se había inmutado ante las muestras de horror que había dado ella al saber cómo se había arriesgado.
Y era un riesgo inútil, absurdo para alguien como ella. Pero no para Naruto. Le gustaba el riesgo.
- ¡Estás loco! – dijo ella nerviosa ante lo que podría haber pasado.
- Dar patadas a la puerta no era un buen sistema con Ino en casa. Y hubiese asustado a los criados. No me hubiese gustado hacerte quedar mal.
- ¿Y tú no hubieses quedado mal? – preguntó ella, impresionada todavía por lo que había hecho.
- No, porque es la habitación de mi esposa, y estaba con cerrojo. Para los griegos eso es una provocación.
- ¡Te podrías haber matado! ¿Y hubiera valido la pena?
Naruto se metió en el otro lado de la cama, y le dedicó una sonrisa de satisfacción.
- Pregúntamelo por la mañana – aclaró él, acercándose a ella.
- ¡No! – gritó Hinata con pánico -. ¡Si vas a dormir aquí, yo dormiré en otra parte!
- Tú no dormirás conmigo. Dormirás en el suelo.
- ¡Por supuesto que no! ¿Qué te crees que soy?
- ¿Esperas que me disculpe por lo que te he dicho hoy? – dijo él apoyándose sobre las almohadas.
- ¿Qué?
- Pero lo que tú te has tomado como un insulto, yo lo considero un cumplido. Muéstrame a algún hombre casado que no quiera una esposa apasionada.
Hinata se estremeció.
- Me has llamado prostituta.
- No es cierto. He dicho que me alegraba que te comportases como una de ellas en mi cama. Aunque necesitarías unas pocas lecciones para tener el diploma – murmuró él con provocación -. Y me muero por dártelas. ¿Qué más puedo decir en mi defensa?
Hinata se estremeció. Naruto la fascinaba incluso cuando estaba enfadada. Tenía un tremendo carisma.
- No podemos vivir juntos de este modo.
- Acabamos de empezar – Naruto saltó de la cama, y la estrechó antes de que ella pudiera remediarlo.
- ¡No! – la furia de la boca de Naruto la silenció. La fuerza de sus brazos la tomó por sorpresa. Hinata apretó los puños y le pegó. Pero inmediatamente el deseo también se apoderó de ella.
Los labios de él presionaron la boca de Hinata, sumergiéndola en una oleada de excitación. La sangre galopaba en sus venas, el calor en su cuerpo iba aumentando. Sintió el frío de la sábana en la espalda cuando él la apoyó de espaldas en la cama. Lo miró con desesperación, y él fue hasta sus pechos, que tomó y acarició con gesto posesivo. La respuesta de ella no se hizo esperar, y tampoco la pudo ocultar.
- Esto no es lo que quiero... – murmuró ella suavemente, tratando de vencer el deseo que la amenazaba.
- Pero tú me deseas...
- ¡No!
- Sí.
Naruto jugó con sus labios. Ella descubrió la dulzura del whisky en su boca, y la aceptó, resignada a que la maestría de él la llevase por caminos de placer inexplorados.
- Me deseas... tanto como yo.
Hinata gimió de placer cuando él se acercó con su boca a los pezones, tensando el cuerpo de ella como un instrumento de placer.
- Admítelo... – le exigió Naruto, hundiendo sus manos detrás de la cadera de ella y empujándola contra él.
- ¡Sí, sí! – por fin admitió Hinata.
Había sido un grito de derrota. Ella se había rendido al calor de su boca y sus manos seguras, pero en su interior, ella sentía que había cedido algo más importante aún, imprescindible para su supervivencia.
