—Ahora que has vuelto, por favor, cásate conmigo y conviértete en la madre de mis amados hijos—le susurró de manera suplicante el espectro que lo mantenía envuelto entre sus brazos. Su voz reverberante parecía resonar dentro de su cabeza ocupando todos sus pensamientos dificultando su habilidad para idear un plan para escapar en el nuevo embrollo en el que se había metido.

¿Por qué siempre que se sentía triste iba y cometía alguna tontería? Bueno, la respuesta era sencilla, cuando se sentía mal nunca pensaba las cosas y todo se resumía a que era Ezreal, simplemente él hecho de ser él. Se regañó así mismo aunque carecía de importancia, había terminado siendo capturado por aquel espíritu de tez morado y máscara dorada. Le pareció vagamente familiar y trató de hacer uso de todas sus neuronas para recordar dónde lo había visto o leído sobre él pero la repentina somnolencia que lo atacó sumado a la voz del espectro le hacía difícil poder aclarar su mente.

—Creo que me estás confundiendo con alguien más, puedes ver claramente que soy un hombre. No puedo ser la "madre" de tus hijos…—Fue lo último quedijo Ezreal antes de caer inconsciente en los brazos del espectro, quien lo levantó para acunarlo en su pecho.

—Jamás podría confundirte con alguien más, nunca podría olvidar a mi hermosa prometida—le susurró el espectro y se quitó la máscara que tenía sobre su rostro para depositar un pequeño beso en la mejilla del chico. —Había estado tan solo, esperando tu regreso, Ezreal.—

Los recuerdos más felices de su niñez eran los que tenían que ver con las historias de los viajes de sus padres. Ellos viajaban por toda Runaterra buscando objetos antiguos y valiosos que vendían o integraban a su propia colección personal cuando no terminaban en el museo de su tío. Ezreal creció rodeado de historias cargadas de magia, aventuras y peligros, con batallas contra criaturas inusuales y desconocidas por lo que no fue raro que el chico creciera con una poderosa curiosidad, una mente ágil y una actitud algo insolente al ser el único hijo de una pareja de mercaderes aventureros. El chico era demasiado perspicaz a su corta edad y por supuesto, el tesoro más valioso de sus padres.

Sucedió un día hace mucho tiempo, su familia fue invitada a cenar con un Lord que vivía en Jonia para negociar el trato sobre un extraño espejo que podía revelar la muerte de la persona que se reflejaban en él. Ezreal que estaba demasiado curioso por conocer el rural continente, le suplicó a sus padres que le permitieran ir con ellos, argumentando que solo irían a Jonia y no a una peligrosa excavación a Shurima, por lo que no correría ningún peligro si los esperaba de manera paciente en su cuarto de hotel.

Sus padres no creyeron que fuera conveniente llevar a su pequeño hijo, sin embargo la insistencia de Ezreal y él poco tiempo que pasaban con él, los hizo sentir culpables y al final, accedieron pero con ciertas condiciones.

— ¿No puedo ir a la cena con ustedes? ¿Me tendré que quedar en el hotel?— preguntó decepcionado un joven Ezreal haciendo una cara de puchero.

—Me temó que si cariño, la cena es bastante tarde y pasa de tu hora de dormir— le explicó su madre mientras se veía en el espejo de la habitación donde estaban hospedado, había comprado un hermoso vestido para la ocasión y revisaba que le entallara adecuadamente.

—Pero mamá...— volvió a quejarse y su madre se hinco frente a él para acariciar su rostro.

—Prometiste obedecer si te traíamos, además no quiero que nadie robé mi amado tesoro— le dijo depositando un beso sobre su frente.

—Está bien— accedió el chico a regañadientes con sus mejillas teñidas de rojo. Siempre que su madre lo halagaba le era imposible desobedecerla.

—La vastaya que trabaja para Lord Alkos nos hará favor de cuidarte y quiero que seas amable con ella—le informó su madre.

— ¡¿Una vastaya?! ¡¿Una verdadera vastaya?!— exclamó sorprendido como si fuera la cosa más impresionante del mundo y sus ojos irradiaron de curiosidad. Había leído sobre aquellos seres pero jamás había visto ninguno de cerca, sabía que los había de muchos tipos y que incluso algunos tenían características humanas. En Piltover no había tenido la oportunidad de ver ninguno y la razón era porque en la ciudad del progreso, la magia salvaje que ellos necesitaban para vivir no era especialmente fuerte. Por lo cual los vastaya preferían vivir en zonas rurales o en zonas ocultas donde los humanos no pudieran molestarlos.

— ¿Cómo es ella, madre? ¿Es cierto qué pueden hacer magia? ¿Crees que pueda hacerle preguntas acerca de su tribu?— empezó a interrogar a su madre de manera impaciente al saber que lo cuidaría un ser tan maravilloso.

—No quiero que la asedies con preguntas Ezreal, quiero que seas amable y la obedezcas— le advirtió su madre.

—Solo un par de preguntas, al menos eso ¿Siii?— dijo con una amplia sonrisa mostrando sus dientes mientras observaba a su madre calzándose sus zapatillas.

—Tú no vas a cambiar ¿verdad?— dijo la mujer pellizcando suavemente la mejilla de su hijo.

—Yo sé que te gusto de este modo— soltó el chico.

Su madre suspiró ante su contestación y pasó su mano por los cabellos rubios de su hijo para desacomodarlos.

—También deberías aprender un poco de humildad, jovencito—

Ezreal continuaba recibiendo los mimos de su madre cuando su padre entró a la habitación en la que se encontraba.

—Ha llegado, tenemos que irnos. Lord Alkos envió un carruaje por nosotros— informó el hombre y Ezreal salió del cuarto tomado de la mano de su madre.

Se dirigieron a la pequeña salita y ahí se encontraba la mujer vastaya que lo cuidaría.

—Buenas noches—Saludó la mujer vastaya. Su cabello era lila con dos pequeñas orejas en la superficie de su cabeza, eran parecidas a las de los conejos y la caí una de cada lado, tenía unos hermosos ojos dorados y una larga cola del mismo color que su cabello. — Me envía Lord Alkos, soy quien se hará cargo de su hijo en su ausencia. Mi nombre es…—

Un trueno resonó en el exterior vaticinando una terrible tormenta.

—Creo que debemos apresurarnos o nos quedaremos atrapados en la lluvia—atenuó el padre de Ezreal.

—Muchas gracias por venir. Él es Ezreal, por favor, cuídelo bien. Lo dejó en sus manos— dijo la madre del chico.

La Vastaya asintió con la cabeza y se agacho para ver al pequeño niño rubio que se aferraba al vestido de su madre.

—Mucho gusto, Ezreal—Le saludo la Vastaya. —Eres muy lindo, me recuerdas a mi propio hijo.

— ¿Tienes un hijo?— preguntó Ezreal curioso soltándose de su madre.

—Sí, es un poco más grande que tú y tiene unas hermosas orejas rojas sobre su cabeza. —

—Wow, debe ser tan lindo como tú— dijo el chico haciendo que los adultos se sintieron enternecidos por su comentario.

—Bueno, nos marchamos. Por favor cuídelo bien— dijeron sus padres antes de salir por la puerta de salida y Ezreal los despidió agitando su pequeña mano. En cuanto desaparecieron por la puerta, Ezreal corrió a la ventana de la habitación y pegó su cara al vidrio para ver a sus padres abordar el transporte que los llevaría a la residencia de Lord Alkos. Antes de subirse al carruaje, sus padres alzaron sus rostros para verlo y agitaron su mano para despedirse de él; era una tradición no escrita que siempre voltearan a despedirlo antes de partir.

—Se ve que quieres mucho a tus padres— comentó la Vastaya.

—Si aunque siempre me dejan con mi tío cuando están de viaje— comentó con pesar el niño sin alejarse de la ventana. —Está es la primera vez que me traen con ellos.

— ¿Viajan mucho?—preguntó curiosa la mujer.

—Demasiado pero siempre me traen regalos geniales y eso me pone muy feliz aunque lo que más me gustaría es poder viajar con ellos— confesó viendo las primeras gotas de lluvia caer.

La vastaya ya no le preguntó nada más y pronto su atención fue atraída por una pequeña rama de árbol con una flor de cerezo en su punta. Estaba sobre la mesita del centro y a pesar del clima sus flores lucían en buen estado. A simple vista, la flor era como cualquier otra a diferencia que irradiaba energía espiritual que por supuesto ni el chico ni sus padres habían notado.

—Disculpa, puedo saber de dónde sacaron esta rama—preguntó la vastaya señalando la rama con su garra.

—Ah— dijo el chico apartándose de la ventana y corrió a tomar la rama entre sus manos. —La recogí del piso frente a un gran árbol en lo alto de un pequeño cerro. A mis padres les pareció un árbol hermoso aunque ya casi no tenía flores. Fuimos a visitarlo por la tarde y recogí esta rama como recuerdo.

—Oh, no debieron hacer eso...—dijo de manera preocupada la mujer llevándose una mano a sus labios.

— ¿Sucede algo malo?— preguntó con inocencia el muchacho.

—Ese árbol se cree que es sagrado porque sus pétalos son especiales. Le dicen el árbol de los espíritus y sus hojas se desprenden únicamente durante el festival de La Flor espiritual para rendir tributo a los que ya no están con nosotros. Nadie se atreve a tomar ningún pétalo o rama antes o después de esa época porque se cree que atrae la mala suerte— le explicó la vastaya.

— ¡Wow, genial! Debo registrar esta historia en mi diario de viaje— contestó de manera despreocupada el pequeño y corrió a la habitación de sus padres por un cuaderno, tinta, pluma y algunos gises de colores. Al poco tiempo volvió a donde se encontraba la Vastaya y tiro sus cosa en el piso para luego acostarse sobre la alfombra y empezar a escribir en su cuaderno.

—A propósito— dijo el chico sin dejar de trabajar en su libreta. — ¿Por qué dicen que atrae la mala suerte?—

—Bueno, se cree que ese árbol está conectado con el mundo espiritual y nos permite reunirnos con los que ya no están. Si tomas un pétalo de los que desprende en esa época, puedes orar por el alma que ya no se encuentra en esta tierra, deseándole un feliz viaje o el descanso eterno. Aunque también existe la leyenda que si uno de los espíritus se aparece frente a ti puedes obsequiarle uno y en agradecimiento, te cumplirá un deseo.—

— ¡¿Cualquier deseo?!— preguntó el chico emocionado y en su cabeza empezó a formularse un ingenioso plan.

—Supongo que sí…— contestó de manera incierta la Vastaya.

— ¿Cuándo es el festival de flor espiritual? Tal vez pueda convencer a mis padres de extender nuestro viaje y así pueda conocer un espíritu.

—De hecho, el festival termino hace poco. Si hubieran venido un poco antes habrían podido verlo— le informó la mujer y en el rostro de Ezreal se dibujó una mueca de decepción.

—No puede ser… quería ver un espíritu— comentó desanimado el rubio.

—Eres un pequeño bastante singular. —río la mujer— A mi Settright no le gustan las historias de fantasmas y espectros, creo que en el fondo aunque no lo admite les tiene miedo. — confesó con una risita entre sus labios.

—Creí que a ustedes no les daba miedo ese tipo de cosas— expresó el pequeño sorprendido.

—No somos tan diferentes a ustedes, también sentimos, tristeza, amor, felicidad, dolor e incluso soledad. — le explicó la vastaya.

Ezreal se quedó pensativo y luego de pasar un buen rato dibujando en su libreta, el cansancio finalmente lo venció. La vastaya lo alzó del piso entre sus brazos y lo llevó a su cama donde le puso su pijama y lo arropó.

—Buenas noches pequeño Ezreal— dijo la mujer acariciando suavemente su cabeza con sus garras y apagó la luz de su habitación.

En realidad, Ezreal había fingido quedarse dormido y había guardado tres pétalos de la rama que recogió dentro de su mano. Los observó en la oscuridad de su habitación y le pareció que emitían una luz rosácea bastante tenue que no había notado antes porque era muy débil para verlo a simple vista.

—Genial…—murmuró en voz baja al mismo tiempo que veía sus pétalos mágicos brillar en la palma de su mano.

Se cambió el pijama que le acababan de colocar por ropa más abrigadora. Estaba lloviendo con fuerza en el exterior por lo que usaría su impermeable y botas amarillas que había empacado en caso de que tuviera que ir a un lugar húmedo. Se puso sus google sobre sus ojos y empacó en una mochila su diario de viaje, una lámpara y otras cosas que pensó podrían serle útiles.

Quizás el festival ya había pasado pero si sus suposiciones estaban correctas, sus pétalos aún tenían residuos de energía espiritual y existía la posibilidad de que pudiera invocar un espíritu que hiciera realidad su deseo.

El árbol no estaba muy lejos de donde se hospedaban y si era rápido, volvería antes de que sus padres regresaran y la vastaya notara su ausencia. Así que evaluó las opciones que tenía para salir de su confinamiento y todo se reducía a escapar por la ventana del cuarto o por la puerta principal, está última supondría un problema, ya que su niñera en turno se encontraba en la salita, esperando el regreso de sus padres. Su única opción viable era la ventana y se lamentó de haber olvidado una herramienta de explorador tan básica como una cuerda. Anotaría en su diario de viaje que jamás debería viajar sin una en su mochila.

Fue hasta que vio las sabanas sobre su cama que tuvo una idea. Tomó las cobijas y amarró los extremos para crear una cuerda provisional. Una vez que comprobó que estaban bien sujetas amarró la punta al pie de la cama y abrió en silencio la pequeña ventana. La lluvia arreciaba, lo cual agradeció en silencio porque seguramente la vastaya aun con su oído desarrollado no podría escuchar que la había abierto. Dejo caer su cuerda por la ventana y puso un pie sobre el pretil, luego el otro sin dejar de sujetarse y fue descendiendo poco a poco hasta que sus manos se humedecieron y descendió abruptamente sin poder detenerse hasta que pudo enlazar sus piernas a las cobijas y se detuvo a escasos centímetros del suelo. Agradeció al clima que no hubiera nadie en la calle a esas horas porque habría sido terrible que alguien lo viera y gritará que un niño pequeño se deslizaba del segundo piso con una cuerda hecha de cobijas.

Ezreal soltó un suspiro aliviado y se adentró por las oscuras calles de la ciudad alumbrado únicamente por la luz lunar. Tenía buena memoria por lo que no necesitaría un mapa para encontrar el árbol. Ya se moría de ganas por llegar y encontrar al espíritu para formularle su deseo.