TACENDA.
Nota: Este fanfic está ambientado en México y tiene muchos mexicanismos, y contiene spoilers del manga hasta su versión más reciente (Marcos), sin embargo, es semi-au. Perdón por la pareja tan rara, es que no me aguanté. Como siempre, Lyserg es aliado de Hao.
Peyote ya tiene veintiún años y hay un chingo de cosas que todavía no entiende.
A lo mejor la respuesta está en las pecas debajo de los ojitos verdes que mira todos los días. Cuando ya es octubre y las festividades de los muertos se acercan, él pasea todos los días por la avenida que le queda más lejos de camino al bar que frecuenta. Y si mira debajo de la acera, por los barrancos deslavados de la ciudad Loma Bonita, puede ver los campos de cempasúchil donde ella trabaja. El cabello se le revuelve entre los pétalos que se dispersan por el aire, y reluce su bonito color chocolate entre los rayos del sol. Díaz se atraganta tontamente nada más de verla; de reconocerla entre las cientos de mujeres que trabajan en ese lugar. Incluso si hay un auto que le está tocando el claxon con mucha insistencia para se mueva de en medio de la calle, a Peyote no puede importarle menos. Porque todo en él se reduce solo a ella, a la risa de flores que brotan en el campo silvestres y hermosas.
Su nombre suena bonito en los labios: Cecilia.
No tiene más de diecinueve años cuando Peyote la conoce y se le hace una maravilla, es lo más bonito que ha tenido la dicha de observar: no es demasiado alta ni demasiado bella, es apenas lo necesario para él. Tiene los ojos verdes y un montón de pecas en las mejillas; que, entre los colores naranjas, amarillos y buganvilia de los campos, se le resaltan en la piel blanca y a Peyote se le adormecen las extremidades nada más de verla. Siempre camina de largo y nada más la saluda de lejos, ella también lo saluda de lejos como puede con miles de flores en las manos. Peyote no tiene la entereza necesaria para acercársele. Porque teme que, si se acerca más de lo debido, ella se contamine con lo podrido de su propio cuerpo. Han hablado un par de veces, Cecilia quiere irse a la capital del país a probar suerte y estudiar algo, no se quiere quedar para siempre en los campos de flores, a Peyote le gusta escucharla por horas porque su voz le suena a ruiseñor y brisa del mar.
Es en las noches donde no puede dormir y la piedra no le hace efecto tampoco, en las que se dedica a escribirle canciones que le ha prometido tocar para ella un día. Así en la distancia siente que ella lo quiere más, donde no se acerca demasiado a él porque no quiere que la inmundicia la corroa, ni que la toque siquiera. Cecilia le insiste, todos los días, cuando él la acompaña en las tardes de vuelta a su casa para que no se vaya sola por la calle, en que le toque esas canciones que ha compuesto para ella. La joven de castaños cabellos tiene la osadía de colgarse del brazo del oaxaqueño, y no tendría nada de malo si no fuera porque a Peyote se le erizan todos los vellos del cuerpo y siente que el corazón se le va a salir desbocado del pecho. Teme que, si habla con algo más que monosílabos, ella se dé cuenta de lo nervioso que lo pone, o que, si se acerca demasiado a su rostro, le vea los labios temblándole levemente.
A Peyote se le suben los colores a la cara y le dice que luego, siempre le dice que luego porque no están terminadas. La verdad es cobarde. Cecilia nunca le vuelve a decir nada más y se queda contenta cuando mientras caminan, el peli-verde se pone a hacer un cisne con una servilleta; la chica se queda viendo muy impresionada lo fácil que dobla el papel que viene en el bolso que siempre carga. Y cuando le entrega el ave de color blanco Cecilia levanta la cara sonrojada y se ríe, tontamente, antes de verlo sacar otra servilleta para hacer otro cisne.
—¿Me vas a hacer cisnes hasta que se me olvide que no me has mostrado ninguna canción?
—No, es para que el primero no se sienta solo.
Y ella se desarma completa.
A Peyote no se le olvidan ni por un segundo los poemas y boleros que le ha escrito a la muchacha. Tiene el cuaderno escondido para allí, ya bien viejo y con las hojas amarillentas. Y cada vez que lo abre lo primero que ve es la primera canción que tocó alguna vez con su banda antes de pasarse al mariachi, probablemente estaba en la preparatoria cuando lo intentó. Fue todo un desastre, pero nunca se desanimó hasta que terminó haciendo cosas por su propia cuenta.
Quién te escribía a ti versos,
dime niña quién era,
te mandaba flores en primavera
y cada nueve de noviembre,
como siempre sin tarjeta,
te mandaba un ramito de violetas.
Así que siempre que la mira recuerda su promesa de que un día le mostrará las canciones que le ha escrito a ella, y Cecilia siempre espera paciente sin exigirle nada.
Pero en un lugar como México no hay cabida para las promesas.
Los años subsiguientes, Peyote deambulará en el cementerio municipal hasta sentarse en el pasto frente a una lápida en concreto: no tiene nada muy ostentoso, la piedra es blanca como casi todas en ese lugar, y solo tiene una pequeña placa que indica el nombre de la persona que descansa tres metros bajo tierra.
Cecilia.
Su cuerpo se volvió un triste recuerdo más, narrado en la página doce del periódico local como una bala perdida en un tiroteo, la misma noche que Peyote no la acompañó a su casa porque se quedó a pelear en un bar con sus amigos cuando estaban borrachos y él terminó completamente solo: con las sangres muertas rodeándole como maleza para que nunca escapara de sus nombres ni rostros.
Con el tiempo al músico los dedos se le atrofiaron, o eso pensó, porque nunca fue capaz de tocar una sola canción para ella.
—No seas mamón —Peyote tiene que soltar el tenedor unos segundos porque los sabores se le juntan todos en la boca y siente que se le va a derretir el cerebro—, estos chilaquiles están bien buenos, Lyserg.
La cocina está en silencio, Opacho sigue comiendo un huevo frito y Luchist lee el periódico de la mañana mientras Lyserg continúa con lo último del desayuno.
—Esa boca…
—Ah, perdón —el mexicano se relame los labios una vez más y luego vuelve a picar las tortillas en el plato, Luchist cambia una hoja del periódico cuando Lyserg apaga la estufa y finalmente se voltea para dejar el sartén caliente en la mesa con más chilaquiles y sentarse frente a Peyote—, pero… ni siquiera eres mexicano, ¿cómo le haces para que te queden tan buenos?
—¿Qué? —Lyserg lo mira con las cejas crispadas y una risa casi nerviosa mientras se sirve en el plato, a un lado hay otro sartén con frijoles refritos y algo de crema y aguacate para acompañar el platillo—, ¿Qué tiene qué ver eso? Solo seguí la receta. No es tan complicado.
Peyote rueda los ojos y hace muecas con la boca que hacen reír a Opacho como si estuviera imitando a Lyserg, sin embargo, junto con todas sus quejas, solo sigue agarrando más chilaquiles para comer. Llega un punto en que solo hace ruidos graciosos con la boca y exagera en las gesticulaciones, el peli-verde ya no sabe si Peyote lo hace para seguir haciendo reír a Opacho o porque así es de ridículo siempre.
—Eres un encanto, ¿lo sabías?
Luchist cierra finalmente el periódico habiendo llegado a la sección del clasificado, la cual no le interesaba en absoluto y se levantó de la mesa dejando su plato en el fregadero. Opacho ya había terminado cuando Luchist le levantó el plato y la tomó en brazos porque ya era hora de sus primeras lecciones.
—¿Ya ves? Te dije que no hicieras esos comentarios cuando Luchist está aquí, le incomodan.
—Que se vaya a la chingada —a Peyote de verdad no le interesaba.
—¡Peyote!
—¿Qué? —el mexicano se encogió de hombros mientras continuaba comiendo. Ya eran los últimos que quedaban por desayunar; la mayoría había iniciado ya su entrenamiento o estaban haciendo las tareas que les correspondían. Esa semana a Lyserg le tocaba la cocina, así que sí, las horas de comida eran las más esperadas por todos los aliados. Luchist también cocinaba rico, pero Lyserg parecía hacer magia con las manos cuando cocinaba. Le dabas una revista sin chiste alguno y te hacía un platillo delicioso.
El inglés suspiró sabiendo que el mexicano no iba a cambiar de ninguna manera.
Pero cada vez que el oaxaqueño le decía que era un encanto, a Lyserg se le revolvían las tripas y lo suyo ya no eran mariposillas revoloteando: eran enjambres de abejas yendo de allá para acá. Aún no sabía cómo exactamente sentirse ante las palabras ajenas. Y no porque no las apreciara, solo era… bueno, era muy bonito.
Ya había pasado algo de tiempo desde que comenzaron esta relación.
Nunca se detuvieron a pensar quién de los dos había dado el primer paso, y quien había querido perpetuarlo. Pero siempre que estaban solos y comían, Peyote le agarraba la mano al inglés para acariciarle los nudillos y dejar que ambos se fundieran en esa complicidad que los acompañaba. Una vez habiendo terminado de desayunar, el peli-verde caminó al fregadero para lavar los pocos trastes que habían quedado, antes de quitarse el mandil rosa que habían comprado para la cocina.
Era una larga historia, nadie puede negarse a Opacho si ella decide qué comprar.
—¿Qué vas a hacer hoy?
Lyserg escucha la voz carrasposa del mexicano con ese acento marcado al pronunciar el inglés, los brazos del mayor se deslizan por su cintura hasta entrelazarse sobre su abdomen mientras él acomoda el resto de los utensilios de ese día. El oaxaqueño tiene esta maña de besarle los hombros cuando puede, mientras nadie los ve; no porque a Peyote le importe, ni siquiera a Lyserg, pero el británico ha insisto en que no tiene muchas ganas de que todos les hagan caras por su relación.
—Tengo papelería qué llenar…, ¡Ay, Peyote! —el británico soltó una risa nerviosa cuando el mexicano lo tomó de las piernas y lo sentó en la orilla de la encimera, obligándolo a rodearle la cadera para que se le acercara, lo suficiente para que se pudieran besar un par de veces. Los sentimientos se les ahogaban en una hoguera que nacía de las entrañas de sus corazones.
—Dime algo —le increpó el mexicano—, ¿siempre me vas a cocinar así de rico cuando estemos juntos?
A Lyserg los colores se le subieron a las mejillas y las orejas antes de quedarse pensándolo unos segundos.
—¿No estamos juntos ya?
Peyote entrecerró los ojos con suspicacia.
—Sí, pero aquí cocinas para todos, ya sabes a qué me refiero, Lys.
Esta vez fue el detective quien se acercó a Peyote para repartirle besos por el rostro completo, primero los labios, luego las mejillas, los párpados, la frente y la nariz.
—Sí, te voy a poner gordito para que nadie más te mire…
Ay, a la chingad…
—¡Oye, lechuga! —Peyote se vio salvado por la voz de Hao desde el otro lado de la estancia, probablemente en la sala de la casa donde se hospedaban—, ¿ya están los bolillos que estabas horneando?
—¡¿Qué?! —Lyserg de verdad no lo había escuchado bien.
—¡Que si ya está el pan, cabeza de repollo!
—¡No, y no me estés apurando, greñudo!
El mariachi se reiría de sus absurdas peleas por pan para ocultar que el corazón le latía como desesperado y casi se le salía de la caja torácica, ya no estaba en edad para que Lyserg pudiera decirle esa clase de cosas y pretender que no pasaba nada, que no había una jauría hambrienta en su estómago esperando a devorarle cada centímetro para que no se alejara jamás de él.
La primera vez que convivieron más allá de los designios como seguidores de Hao, fue un día que Lyserg se levantó sintiendo que ya no podía más. Hacía todo de manera mecánica, y solo alguien lo suficientemente apegado como lo eran ellos, se daría cuenta de que algo estaba mal con él; entre las manos que le temblaban escribiendo sobre los papeles o los ojos enrojecidos por la desesperación que le roía las entrañas.
—¿Sabes qué es lo más cagado? —le había preguntado el mexicano, que estaba sentado en un sillón a un lado de él, tenía una botella en la mano y la voz se le oía garrosa. A veces hacía sonidos extraños cuando le tomaba a la botella y apoyaba los codos en las rodillas, mirando al joven que estaba analizando los papeles en la mesa ratona—, el hecho de que sigues aquí, y te preocupas demasiado por alguien que te arrebató todo.
—También me dio mucho a cambio.
Lyserg ni lo miró.
Escuchó las pisadas de Peyote en la estancia, pero tampoco se inmutó cuando lo tuvo allí enseguida de él, incluso si alzó la mirada, los rastros de las drogas eran presentes en el mexicano y sabía que no estaba en sus capacidades mentales como para comenzar una discusión.
—¿Te estás oyendo, güero? —al mariachi la voz casi se le desencajó—, ¿estás justificando lo que te hizo?
—No pongas palabras en mi boca.
El inglés cerró los ojos un momento cuando el mexicano le aventó los papeles que tenía en la mesa y se sentó frente a él como si quisiera analizarlo, encontrar algo más allá del campo verde y vacío de sus ojos. Peyote no era afecto a las muestras de justificación; nunca había sabido conformarse y contrario a la creencia popular, ese no era el peor de sus defectos. Porque cuando su mano tomó la cara de Lyserg entre los dedos, sintió las lágrimas secas que le corrían por las mejillas y estas lo condujeron casi a la respuesta de todas las fatalidades que les asediaban. Ninguno de ellos estaba allí para traicionar a la persona que les dio un nombre digno para portar, o una segunda oportunidad para vivir cuando ya no les quedaba nada… pero lo cierto es que Peyote no comprendía aún porque todos querían tratarlo como si fuera terciopelo, cuando, el hecho de que el tacto fuera tan suave, solo lo volvía más peligroso.
—Peyote, estás muy drogado —intentó el peli-verde hacerle entrar en razón, soltándose de él y de su tacto que le quemaba en la cara como brasas ardiendo.
—¿Y cuál es el pedo? —le preguntó, deshaciéndose del zarape que siempre traía para meter la mano en la bolsa debajo de este, sacando algunos papeles que le lanzó, junto con algunas flores— ¿qué importa si estoy así, y esta es la única manera en la que me puedo comunicar sin sentirme como un pendejo?
—¿De qué estás hablando?
—¡De que necesitas algo más que violencia, Lyserg! —la exaltación en él era palpable, no solo por las arterias de la esclerótica que se le abultaban, o los gritos ahogados en su voz; sino por los movimientos frenéticos que hacía, sacando cosas de esa bolsa que le lanzaba— ¡quiero quererte de la manera que mereces! ¿Por qué es tan difícil de entender para ti? ¿Por qué no puedes ver nada más allá de la lealtad que le debes a alguien que te quitó todo?
Pero después de eso todo fue silencio.
Lyserg se le quedó mirando, con el ceño excesivamente fruncido hasta que, sin previo aviso, se levantó para encararlo allí en la mesa ratona. Ahora es Lyserg quien parece más alto que Peyote, y lo mira desde arriba aún con enojo, y sus manos deslizan el pañuelo que el mexicano utiliza en ese momento, dejándolo ver más allá de lo que Peyote permite. Quizá Lyserg puede comprenderlo mejor que nadie: pues él mismo utiliza su rostro como una máscara para que no conozcan su interior que se incinera y cae en pedazos grandes, agigantados y carbonizados hasta que se va desgastando. Llegará un momento en que ya no pueda más, y lo sabe. Y aun así parece no importarle demasiado. Hace mucho tiempo Lyserg vivió la oscuridad, no es un sentimiento que le guste estar teniendo con regularidad, pero quizás hay demasiados conflictos de por medio como para solo abandonarlo con el resto de su pasado: vive con la oscuridad y tiene qué hacerse cargo de ella. No hay nada que pueda perder ya.
Sin embargo, lo que hace es bajarle el pañuelo a Peyote, y luego subirle los goggles que utiliza, se los levanta con la mano hasta que esa misma acción hace que el sombrero se le resbale hacia atrás y quede completamente descubierto de la cara. Su rodilla se apoya en la mesa ratona a un costado del mexicano y, sin mediar palabra alguna le besa. Lyserg cierra los ojos porque siempre ha estado acostumbrado a entregar más de lo que recibe. No es algo que le moleste ni le quite el sueño, mentiría si dijera que conoce otra manera de estar con alguien. Es por eso que deja que sus sentimientos se le desborden por la boca hasta que se fundan con los de Peyote quien permanece con los ojos bien abiertos sin saber cómo reaccionar. Las manos enguantadas se levantan para rodear la cintura del más joven y abre un poco más la boca; el cuerpo de Lyserg es dulcísimo, es como probar bocados de cielo con las manos y los labios de grana son la más fina de las literaturas que Peyote ha probado alguna vez.
Cuando el británico se separa de él lo suficiente para mirarlo y dejarle respirar, tiene la sonrisa más resplandeciente que Peyote le ha visto jamás, Lyserg se apoya en su cuerpo y ambos se van para atrás, juntos.
Y Peyote entendió que la sangre que Lyserg cargaba en las manos era la que poseía.
—Deme uno con todo porfa —pide el mexicano acomodándose la guitarra tras la espalda.
—Sale jefe son treinta pesos —Peyote terminó pagando con cambio al hombre apostado frente a un carrito de elotes en un parque comunitario donde había un montón de niños a los alrededores. Agarró servilletas de un paquete contiguo hasta que caminó habiendo agradecido una última vez dándose la vuelta para ir al lugar donde Lyserg lo esperaba.
—Ya vine.
Lyserg se acomodó mejor la camisa luego de haber estado ayudando a unos niños a bajar de un árbol bastante alto. Se despidió de ellos con la mano antes de voltearse a ver a Peyote con esa resplandeciente sonrisa que al mexicano le iluminaba los días, por cursi que pudiera sonar. Fue el británico el primero que se sentó debajo de la sombra de un frondoso árbol. Peyote se acomodó detrás de él, recargándose en el tronco del árbol antes de que Lyserg se acomodara entre sus piernas, ambos mirando hacia enfrente. Luego de mucho tiempo el mariachi había dominado la técnica de no tirar su elote mientras se acomodaba.
—¿Y qué más vas a hacer hoy? —le preguntó el mexicano a Lyserg, quien tenía ahora el vasito en sus manos y comía lentamente el elote que estaba caliente. Peyote lo mantenía rodeado de la cintura con el mentón apoyado en su hombro. El árbol se encontraba en una de las zonas más alejadas del parque por lo que era muy poca la gente que pasaba por allí, tan pocas como para prestarle atención al par de hombres medio tirados compartiendo un elote.
—Pues tengo más papeles que llenar —la vida de Lyserg últimamente se reducía a eso, habiendo dejado un poco de lado las misiones de campo luego de ser convocados para la flor del maíz, el británico se dedicaba a la papelería y el trabajo de oficina donde básicamente se encargaba de conocer a todos los niños que la fundación había rescatado en la guerra. La mayoría pertenecía al medio oriente y África, por lo que tenía especial atención en detalles para que una vez rescatados, tuvieran la vida que merecían.
—Es que lo he estado pensando mucho… —Peyote le sacó de sus cavilaciones antes de que Lyserg le ofreciera una cucharada del elote en los labios. Peyote la aceptó y masticó un poco antes de volver a abrir la boca—, ¿tú has pensado alguna vez en lo que haremos una vez que todo esto acabe?
Y sabiendo el rumbo de la conversación, Lyserg se termina el elote antes de dejar el vasito a un lado y voltearse en sus brazos, colgándose del cuello del mayor para terminar ambos completamente tirados en el piso. El inglés nunca ha tenido reparo alguno en lo mucho que sus sentimientos fluyen fuera de su cuerpo; no es capaz de contenerlos y francamente le gusta sentir que se le desbordan por los poros.
Porque es en esos instantes, donde ambos se liberan de la atadura de ser humanos que Lyserg siente a Peyote temblar un poco debajo de sus brazos, pero no de miedo y de nervios, quizá más bien en una anticipación compartida que para ambos fluye como un caudal enrevesado dentro de su cuerpos.
—¿Qué te gustaría hacer a ti? —le pregunta con una sonrisa, acariciándole las mejillas llenas de la barba incipiente de días sin rasurar, hay algo increíblemente sensual en el estilo desgarbado del mexicano, Lyserg no lo prefiere de otra manera y deja que sea él quien lo gire en el pasto.
Deja que sea Peyote el que desborde todas sus alegrías cuando lo besa, cuando siente que las manos enguantadas se le quieren fundir en el cuerpo hasta volverse uno solo. Lyserg se deja consumir por el amor y la pasión que sienten el uno por el otro desde hace quién sabe cuánto tiempo, porque Peyote buscó muchas veces dejar de estar vivo. El mexicano buscó más su propia muerte que la manera de expiar cada uno de sus males y tristezas. Pero en medio de un día nada extraordinario, Lyserg le dio la luz: y de repente ya no quiso morir más. De un momento a otro, Lyserg se volvió esa vida que quería vivir.
—Quiero hacer lo que sea mientras sea contigo.
Y el británico deja que los colores se le fundan en las mejillas para volverlas un par de manzanas que Peyote ha de acariciar con finura, los dedos moviéndose de manera tan lenta y suave sobre la perfecta piel que, de ejercer un poco más de presión, Peyote siente que podría destrozarla entre las garras que posee y que Lyserg se ha encargado de besar. Las que le desnuda con sus propias manos y toma para guiarlas a su boca. Cierra los ojos cuando las yemas de los dedos del mexicano le tocan los labios y los besa, la piel se le desliza tibia entre los pliegues de la carne blanda. Hay un montón de sensaciones nuevas que Peyote experimenta cuando está con Lyserg, no una ni dos veces, siento, miles.
Su corazón arde como una granada y suspira en las noches que tiene el cuerpo tibio entre sus brazos sin oponer resistencia alguna; sin pedirle ni esperar que sea nadie más a cambio. Peyote cree que nadie lo había querido nunca de esa manera, con cada una de sus manías, defectos y las poquísimas virtudes que se ahogaban en la desolación de todas sus maldiciones. Y cuando mira las esmeraldas que el inglés tiene por ojos, igual de risueño que siempre, es que obtiene la respuesta.
—Te amo.
Pero de un momento a otro a Peyote se le congeló el mundo.
De repente los ojos se le abren tanto como pueden y se da cuenta de dónde está. Los oídos se le truenan y un extraño sabor se le junta en la boca cuando lo escucha. Tiene que quitarse los goggles y bajarse completamente el pañuelo para que Lyserg entienda que está boqueando como un pez afuera del agua. Que la respiración agitada es solo por la consternación de lo que acaba de oír. A este paso el corazón se le va a salir por la garganta y no lo va a poder evitar.
—¿Qué? —tiene que escucharlo de nuevo, tiene que saber que no es mentira. Que Lyserg no lo está engañando de ninguna manera.
—Que te amo.
Y el mundo se le desdibuja por unos segundos entre su respiración cortada y el corazón que le estalla en la caja torácica. Peyote ya no puede soportarlo un segundo más; ya no puede dejar pasar todas estas sensaciones que han dejado de tener un nombre en específico: ya no es solo lo que siente por Lyserg y lo que pasa en el «ahora », cuando se besan, Peyote ya es capaz de pensar en el «mañana » a su lado. Porque ya sus cuerpos encajan perfecto y se vuelven una melodía atronadora que solo prevalecerá con el paso del tiempo, hasta que se vuelvan una sola voz y un solo corazón.
—Pero yo te amo más a ti.
Y Lyserg callará por primera vez en mucho tiempo dejándose guiar por la marea de emociones que le inunda. Porque ambos han encontrado ese lugar donde pertenecen en medio de los escombros vacíos de sus cuerpos: la pieza que faltaba para hacerles sentir vivos, para hacerles creer que podía sobrevivir a la adversidad del mañana a base de las palabras dulces que se susurraban.
Pero en un lugar como México no hay cabida para las promesas.
«Lyserg es extraordinario con los niños », piensa Peyote.
Lyserg se pasa las horas con Opacho en brazos mientras le enseña a leer, primero en japonés porque es el idioma que todos allí comparten, luego lo escuchar parar unos minutos para jugar y empieza a hablarle en inglés. Opacho es una niña muy inteligente que con facilidad absorbe las palabras. Y Lyserg desde pequeño se ha encargado de la educación del resto junto con Luchist; en él, Lyserg encontró a una figura paterna luego de la desgracia que azotó a los Diethel. Y quién sabe, Peyote a veces cree que Luchist encontró en Lyserg ese niño desprotegido que quería cuidar al haberle fallado a Marco y Jeanne.
Al menos eso es lo que ha alcanzado a oír, alguna vez, a Luchist decir. Que él le falló a Marco y Jeanne y su pecado más grande fue ofrecerles una familia que no pudo mantener.
—Lyserg…
—¿Sí, Opacho?
—¿Qué es el amor?
Nos ahogaremos juntos,
en aguas que todos quieren probar.
Sin importarnos como es el final,
no hay otras vías, tierra nada más.
Lyserg lo pensó unos segundos, formulando una respuesta en su cabeza.
—Es que, cada vez que lo mencionamos, Lyserg se pone muy rojo, —le dijo la niña, alzando la cabeza para verlo—, ¡como ahora! ¿Lyserg lo está pensando justo ahora, verdad?
Y Lyserg tiene que sonreír con las mejillas acaloradas por la audacia de la niña. La acomoda mejor en sus brazos, cargándola como cuando era un bebé y todos se turnaban para lograr que conciliara el sueño. Lyserg a veces quiere volver a esa época, donde todo era más fácil, más suave.
—El amor es muchas cosas, Opacho —Lyserg quiere comenzar a explicarse—, es… ¿te gusta pasar tiempo con Hao, verdad? Te gusta estar con él en todo momento, que platiquen, que te abrace, que duerman juntos… ¿no?
Y Opacho le asiente.
—Pues es un tipo de amor, tú lo amas como a un hermano mayor o como a un padre.
Opacho se queda pensándolo unos segundos hasta que sus oscuros ojos lo vuelven a mirar de nuevo, esta vez con una pequeña sonrisa en los labios, acurrucándose en él y el cuerpo tibio que tienen.
—Entonces… ¿Lyserg ama así a Peyote?
Y el inglés siente la cara como un hervidero.
—No… Ah, eso es más complicado —con una mano se rasca la parte de atrás de la cabeza, con una risa nerviosa que se le escapa de la boca apenas lo digiere del todo—, eso es otra clase de amor, Opacho… y ese amor llegará a ti cuando seas más grande. Va a ser un sentimiento que todos te vamos a describir de diferente manera, y cuando lo sientas, vas a creer que ninguna de esas explicaciones tenía sentido para ti.
Opacho no estaba muy segura de entenderlo.
Caminaremos juntos,
escaparemos de la realidad.
Si tropezamos no nos dolerá,
no existen cuerpos, mente nada más.
Mientras el resto se mantiene haciendo un montón de tareas inventadas, Lyserg la sostiene en sus brazos para que se siente de manera correcta en sus piernas y se rasca la nuca, algo apenado de quizá tener que ventilar algo así de íntimo. No porque tuviera algo de malo… es solo que para Lyserg, los sentimientos eran algo íntimo, algo que debías mantener contigo y atesorar para ti. Cerró los ojos unos segundos pensando en las palabras adecuadas para alguien menor de quince años.
—Cuando amas a alguien… quieres hacer de todo por esa persona —empezó, quizá con algo de inseguridad, quizá con algo de nervios de tener que explicar sus propios sentimientos—, quieres que el mundo se detenga un momento solo para seguir al lado de esa persona, ¿sabes? Como que quieres que ese momento se quede grabado para siempre…
Se aclaró la garganta unos segundos antes de continuar.
—Y luego a veces, si de verdad amas mucho, mucho a una persona… muchas cosas que antes considerabas inútiles y sin sentido empiezan a tener sentido. Es como si vieras el mundo con otros ojos, tocaras con otras manos, como si te volvieras una nueva persona… —asintió unos segundos mientras sus ojos se inundaban de la figura de Peyote, alejado de donde él se encontraba, afinando las cuerdas de su guitarra unos momentos antes de comenzar a tocar—, así que intentar saber de mano de otros lo que significa amar o que te amen, es solo anticiparte a un sentimiento que llegará a ti de manera completamente diferente, y que de cierta manera tendrá sentido solo para ti. ¿Lo entiendes? Como que no importa qué tantas cosas pueda decirte yo de cómo amo a Peyote, para ti el amar a la persona que consideres especial será completamente diferente.
Opacho asintió enérgicamente con la cabeza consciente de lo que el inglés le decía: ella por ejemplo, quería a Hao de manera muy diferente a como Lyserg lo quería, o incluso el mismo Peyote.
—Qué lindos…
Y a veces el amor colisiona hasta estrellarte contra la realidad.
Eres sangre tibia, y yo,
me siento vivo.
Hubo una vez Peyote y Lyserg—
Lyserg entiende completamente la estática del mundo; pues esta se llevó arrastrando su niñez a un basurero del que no pudo volver a salir aunque los años pasaron por sus ojos de gema derretida y el hervidero de pensamientos y martirios no se apagó ni un segundo.
Por favor, ven a apagar mi hoguera con tu fuego, dijo una vez.
—¡Déjenla ir!
Pero la voz le sale como graznidos y la saliva se le junta en las comisuras una vez que Marco lo comienza a golpear. Lo hace con toda la saña que existe en su interior: con todo el odio que le tiene a Luchist por haberlos abandonado una vez; por haberle dado una vida y un nombre que estaba orgulloso de portar y luego le arrebató. Por haber dejado a la indefensa Jeanne postrarse frente a un altar de mentiras proclamándose diosa.
Cuyo manto él tuvo que rasgarle a jirones cuando todo acabó para que ya no caminara entre ellos como deidad, sino más humana, y el mundo dejara de abuchearla y lanzarles piedras incluso si el mal no eran ellos y—
—Dime una cosa —le increpó el rubio cuya mano sostenía los cabellos verdes entre los dedos, como si los quisiera arrancar de cuajo—, ¿qué creíste que iba a pasar entre ustedes dos?
Le increpa, y Lyserg tiene que subir la vista para poder mirarlo y tratar de descifrar a lo que Marco se estaba refiriendo. Lyserg quiso saber si alguna vez Marco habría dejado de tener esa mirada de loco, con los labios temblándole en la rabia contenida o si por el contrario había nacido en la desdicha y en la desdicha iba a morir.
Porque Marco es una navaja y Lyserg simple algodón.
Lyserg se le va mallugando en las manos hasta que del británico ya no quedan nada más que los despojos; cascarones de lo que alguna vez fue un flamante agente secreto cuya vida se había ahogado en un campo de aves carroñeras que le royeron hasta que quedaron apenas los huesitos chupados y el mundo le olvidó.
—¿Creíste que ibas a poder cambiarlo? ¿Tú?
Pues Lyserg es una rosa que vive entre hiedras venenosas. Y lo mira con esos ojos afilados cuyo interior refulgía en el magma calcinado de la tierra, ese que se había escondido para dormir y nunca más volvió a brotar ni por accidente. Pero a él, la risa de Marco le quema más que las brasas ardiendo sobre la piel; porque es cruel y estrambótica, es el chillido de una hiena malherida y no hace nada más que atormentarlo en las noches donde no puede dormir.
—¿Sí lo creíste, verdad? —y vuelve a reírse, esta vez con eco siniestro que fue igual de palpable que el encono de sus acciones luego de mantenerlo desnudo en la mitad de la noche, sostenido por debajo de los muslos hasta que se apoyara en el cuerpo del capitán—, si creíste que alguien tan quebrado como tú podía arreglar a alguien más.
Pues así es como Peyote y Lyserg se quieren, incongruentes y quebrados. Nunca han pretendido ser nada más, y Lyserg esa noche robaría las estrellas del firmamento para llorarlas recordándolo una vez más.
—Cállate…
—¡De verdad lo creíste! —pero esta vez la risa ya no se oye como una, ni como un graznido ni un chillido, es ahora un arpa quebrada que le atenaza el cuello imposibilitándole el aire a Lyserg, quien boquea como un pez fuera del agua, terriblemente asustado— ¿Y qué más creíste? ¿Que él iba a cambiar por ti?
Por favor no te marchites nunca—
Pues es azotado de la cabeza una, dos, diez veces contra el búnker del infortunio, y como cataratas, la sangre le cae a chorros de la cabeza.
—Déjala ir, te lo suplico.
Y Lyserg ha de rogar cada noche por Opacho que lo mira con sus ojitos inundados en la desgracia ajena que la carcome; esa que ha visto tantas veces que siente que es un manto que ella porta, pues lo ha vivido en carne propia y ya no sabe como quitárselo de encima.
—Lyserg… —le pide ella con la voz temblorosa y el británico comienza a llorar en impotencia luego de saberse capturado, por saberse esclavo una vez más de lamentaciones ajenas que le bañaban la carne trocito por trocito.
Eres solamente un tallo hueco que se ahoga.
—Entonces haz todo lo que te digo —negocia el italiano con él, y le cercena la carne del vientre a pedazos para que la sangre chorree en el piso, nutriéndolo con toda la sal que hay en Lyserg—, eres un hombre podrido, y escogiste amar a alguien que ya estaba inundado en inmundicia.
Pero el británico niega porque sabe que no es cierto.
Que Peyote y él son dos acordes cortados con la misma tijera cuyo único fin era escarnecerse mutuamente para jamás abandonarse.
Pero es la navaja en su estómago, sobre la cicatriz del tiempo la que lo devuelve a la realidad: los ojitos se le hacen pequeños y grita de puro dolor cuando él gira el cuchillo dentro de sus tripas, una, dos veces… Lyserg ruega porque Opacho no vea, grita que se gire pero la niña es incapaz de hacerlo.
Y el peli-verde lo único que quiere es fundirla con él en un abrazo; quiere volver a tener su cuerpecito tibio en las manos y besarle las mejillas porque es como su hermana menor, como su hija… solo quiere protegerla de ese mundo podrido lleno de lamentos de ángeles y risas de demonios.
—Peyote iba a dejarte de todos modos, —y es como si le inyectaran cicuta—, una persona así de jodida no puede quererte. ¿Qué creíste que iba a pasar en el primer disgusto que tuvieran? ¿Qué solo con un perdón iban a tener suficiente? ¿Qué él no iba a recaer en ese mar de drogas al que pertenece?
Y Lyserg lo piensa, unos segundos porque no está mal por una vez —serunpocoegoísta— no tener miedo de las acciones de otra persona, no tener miedo de que le vayan a herir. Aunque Marco le hiere no solo en carne y entrañas, si no en el corazón también.
—Eres un placebo para él.
Él niega, desesperanzado viendo la sangre de su cuerpo chorrear hasta el piso y con el dolor taladrándole la cabeza para que no pueda emitir ya nada más que sollozos que van acompañados de la saliva que le sale entre hilos desesperados de un amor que de disecaba como mariposas.
Transformaremos mundos,
inventaremos mares que cruzar.
—No eres nada más que esa esperanza desafortunada a la que se aferró para no morirse.
Y Lyserg se vuelve loco de dolor, se troza en pedazos que caen al piso una vez que mira la sangre corriendo del cuello de Opacho. Porque ambos le entregaron su vida a un Dios que no los salvó cuando ellos más lo necesitaba; cuando ambos estaban injuriados y desmembrados por el destino fatídico de permanecer a su lado y pagar las consecuencias de sus pecados.
Lyserg grita en medio del bosque como último aliento, el nombre de Peyote cuando cae con la garganta cercenada. Pues mira a Opacho con un último aliento y extiende su mano a ella que yace sin vida, yerta sobre el pasto del lugar y su sangre hace brotar los botones de cempasúchil buganvilia, para no volver a marchitarse jamás.
Así que Lyserg llora hasta que siente el cuerpo abandonar todo rastro de vida y por dentro sonríe solo una vez, la milésima de un segundo, pues está entrelazando sus dedos con los de Peyote y él le devuelve siempre el apretón de manos.
aún ahogándose en su mar de lava sanguinolenta que escurre por el pasto,
el color escarlata nunca le había sentado tan bien.
Y tirado en el suelo,
brota de los tallos marchitos de su cuerpo,
el amor es—
contagioso.
Y sabe a—
(CICUTA)
Si nos perdemos nada pasará,
ahora lo entiendo: amar es liberar.
—¡LYSERG!
En medio de la noche, Peyote escucha el nombre de su buenaventura y amor desbocado.
Pero cuando lo escucha, las cuerdas de su guitarra se barren y se zafan una por una hasta que ya no vuelve a funcionar. Porque el nombre viene acompañado de los gritos de dolor de Hao que no puede evitar y a los cuales no pone resistencia alguna, torciéndose en el piso mientras se agarra el cuello desbarajustado en un dolor que nadie es capaz de entender.
—¿Señor Hao…? —pregunta Luchist quien se acerca para levantarlo del piso donde se retuerce como un insecto sobre su caparazón buscando los últimos hálitos de vida. A Peyote las manos le empiezan a sudar cuando el espíritu del fuego comienza a levitar sobre ellos, chiquito, como la primera vez que lo vio.
Y entonces ocurre.
Que no fueron ni quisieron—
—Está… —y Hao toma aire para poder erguirse de golpe como si tuviera un resorte en la espalda, donde sus huesos emiten un sonido espantoso intentando acomodarse, pero sus ojos no ven a nadie, ni por accidente, cuando Tabarsi ya está a un lado de Peyote luego de haber oído los gritos—, muerto.
Es como si le rompieran el esqueleto.
Crack.
Crack.
Crack.
craaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaackkkkkkkkkkkkkkkkkkkkk—
como llorar esperanzas; y pintar un abismo con acuarelas negras esperando que la luz golpee el lienzo para poder apreciar lo que hay oculto, lo que hay más allá de la vista. Pues el dolor es tanto que Peyote se tira en el piso y comienza a rasguñarlo entre el dolor que siente en el cuerpo y en el alma. No se oye nada, no hay pisadas, respiraciones ni murmullos, solo es Peyote gritando en el piso que araña con los dedos sangrados y las uñas levantas.
Pero duele tanto que ni lo siente, que no entiende porque Tabarsi quiere levantarlo del piso y porque Billy lo detiene por detrás, no entiende porqué las Hanagumi, Luchist y Brocken desaparecen junto con Hao y él solo está allí tirado, royendo el piso con las yemas astilladas.
Porque duele, duele demasiado.
Y el mundo ya le había juzgado demasiado por solo vivir, ya le había arrancado a él las ganas de seguir adelante una vez, y como pago o fatalidad del destino, una vez más había perdido estas ganas de continuar. Pues ya tenía más años que sangre en las venas y había soñado esperanzado que llegaría el día en el que el sol volviera a calentarle los huesos una vez más.
Pero se había ido.
Pues él le pasaba los dedos-ramas por el pelo, y desdibujaba sus ojos nublados por la inconsciencia permanente, le había guardado en el ventrículo izquierdo de su corazón y le daba a beber amor para subsistir.
—¡Peyote, Peyote!
Pero el mexicano niega, desesperado, porque si abre sus ojos puede ver sus propios dedos torciéndose hacia arriba, cuando empieza a golpearse la cabeza contra el piso una y otra vez hasta que la sangre le nubla la visión. Ya no puede soportarlo, ya no puede volverse nada más que un sucio despojo de la basura de sus entrañas que se esforzó por ocultar tanto tiempo. De repente todo en la habitación comienza a temblar, el suelo, los muebles y luego es su propio cuerpo el que se convulsiona por el horror de seguir respirando.
De seguir existiendo en un mundo donde Lyserg no está más.
Todavía puede oírlo, a la risa de terciopelo, a los ojos de fina vida derramándose en alegrías a las cuatro de la tarde. A las manos de pétalos y a la boca de frambuesa que mordisqueaba todos los días al despertar y luego al irse a dormir. Y en contraste con un canal descompuesto, escucha el grito de Hao por el vínculo de ambos, y huele el fuego del espíritu del fuego que revoloteaba sobre su amo— sobre ese que lo robó y que también condenó a Lyserg a una vida llena de lamentaciones vacías y horrores descarnados, aquel que cuando Lyserg se quebraba una pierna o un brazo o le daban un balazo en el estómago le daba veneno para que se curara.
—¡PeyOTE! ¡PEYOTE!
Pero ya no tiene oídos, su sangre corre por los canales del oído y por la nariz, por la boca y los ojos hasta fundirse con el suelo. Peyote se vuelve todo un témpano de hielo que hierve cuando lo tocan y de su interior no brota nada más que la imagen de sus pesadillas. Se le sale por el cuerpo y por la boca ahogándolo lo suficiente para no dejarlo morir, pero sí otorgarle el peor de los suplicios.
La muerte.
—¿Pasó otra vez, verdad?
Y la voz de sueño a él le suena como un tormento.
—Volviste a dejar que la persona que amabas muriera.
Dice: me encanta tu sufrimiento, me comeré su cuerpo para que nunca te abandone, ¿sí?
Y no puede importarle menos cuando Tabarsi y Billy huyen despavoridos de la habitación que se destartala como las costillas y esternones en el cuerpo del mexicano. Pues es como comer agujas y vidrios y luego escupirlos, es así de doloroso y mortal al punto en que solo se encuentra gritando porque no soporta más el dolor. No puede aguantar más las ganas que tiene de despellejarse la piel y sacarse los ojos para dejar de sentir.
—Peyote, te voy a arrancar esos labios de ataúd.
Pues ella no quiere oírlo gritar, quiere verlo rogando piedad.
Y no le concederá jamás la dicha de un descanso.
—Voy a llevarte a las cenizas a las que tanto anhelas volver.
Le miente ella, cuando se le acerca para tomarle la cara rasguñada, con el labio partido, y luego verle las manos con los dedos quebrados y torcidos hasta arriba. Es una pena, Peyote había sido un gran compositor, y jamás fue capaz de hacer que sus seres amados escucharan sus canciones. Porque nunca fue nada más que un saco de huesos gemebundos que buscaban el incentivo suficiente para abandonar la tierra, ¡qué pena! Pues sería el fantasma de Lyserg lo que le anclara a la tierra hasta que se hartara de él.
—¡Yo te quería! ¿¡Por qué no me salvaste!? ¡¿Porqué no fuiste por mí cuando yo más te necesitaba?!
Y el eco de esa voz que suena como a burla hace que Peyote quiera trozarse los oídos; se jala las orejas hasta que le duelen y luego se muele a golpes la cabeza, tirando fuerte de los lóbulos para poder arrancarse las orejas y dejar de escuchar los alaridos de Lyserg que rebotan en la casa vacía. Para dejar de oír lo chillidos de su voz de niño asustado rogando porque no maten a—
Porque lo maten solo a él—
Y Peyote se desconecta.
—Peyote Díaz…
Y cuando el mexicano abre los ojos se encuentra con un mundo completamente distinto.
—Soy Hans Reiheit, antiguo miembro de los X-LAWS, no creo que me recuerdes pues no nos conocimos en el torneo...
Y la voz se oye difusa, inconexa, no tiene nada de sentido para él o para todo su cuerpo podrido y desesperado por la dicha de un descanso.
¿Dónde está?
—¿Uh? ¿De verdad eres el mismo Peyote, el que siempre se la pasaba cantando?
El rubio se acerca a él, y cuando Peyote levanta la cabeza puede verlo: los ojos de esmeralda también.
Y la cabeza le vuelve a hacer corto circuito.
Todo comienza a doler, la cabeza la martillea y grita en el exterior porque no comprende lo que está pasando. Puede sentir a Cecilia en su interior, a Cecilia y las pecas salpicadas en sus mejillas como estrellas, a Cecilia y su voz de ruiseñor.
A Cecilia con todo y su manía, con todo y sus virtudes.
Está allí, calentándole los huesos de las costillas para que sean fuertes y no se le quiebren—y Peyote ya no se quiebre.
Pero no lo siente a él, a él y su voz de verde; porque el verde siempre significó vida aún si era una vida plagada de dolor.
—¿Lyserg…? —pregunta con la voz temblándole debajo del pañuelo una última vez antes de rendirse a la misma historia.
Porque para ser hay que estar—
—¿Lyserg? —pregunta el rubio separándose de él unos centímetros, volviendo a erguirse tan alto como era con las manos en la cintura—, ¿así que Lyserg te dijo que vendríamos? Huh… definitivamente quería ser ese chico el que encontrara a Marco, ¿eh?
Y Peyote lo comprende allí.
Que cuando Lyserg se puso el traje blanco—
Hondo se volvió el quebranto de su llanto, porque los cempasúchiles no crecen si los ahogas; y Lyserg había inundado el interior de Peyote hasta que aprendió a vivir sin respirar: a base de adversidad y engaños, como crueles falacias del destino; Cecilia y Lyserg encontraron en las pecas danzantes de sus cuerpos la venganza perfecta para una canción descosida de su alma que chorreaba gemebunda como alquitrán hasta pudrir los campos donde ambos habían nacido y le habían arrullado en gris amor.
En esos pétalos que se salían de la boca derramados como saliva y gritos por el dolor ausente de sus entrañas que no tenían descanso; aquellas que solo querían ser sacadas con una mano y desparramadas en el piso para que dejaran de doler.
Había muerto para él.
—Mátame —grita en el interior y el exterior se hace trizas como toda la realidad, porque Peyote ya no existe, es un muerto que camina siendo la marioneta de un destino carroñero.
Pues tenía en el pecho un infierno ahogado en amargura.
y no quisieron,
ni ser,
ni estar,
.
.
.
Peyote ya tiene cincuenta años y hay un chingo de cosas que preferiría no haber entendido jamás.
Ni querer.
Obviamente te engañé y esto nunca iba a ser fluff. Pero supongo que lo suponías.
El resto, espero que lo hayan disfrutado, (todo lo que el angst se puede disfrutar), gracias por leer.
TACENDA: algo que es mejor no decir o callar.
